Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2)
Part 27
Pasado esto, cuando fue de día claro, los demás de la armada, que estaban aún metidos en sus barcos que habían abordado a la isla, en número de sesenta naves, saltaron en tierra así los que estaban primero en el cerco como los que trajo Cleón consigo, excepto los que quedaban en guarda del campo y de las municiones, que serían entre todos ochocientos flecheros y otros tantos de lanzas y escudos armados a la ligera. A todos los puso Demóstenes en orden y los repartió en diversas compañías, una distante de otra, a doscientos hombres por cada compañía, y en alguna parte había menos, según la capacidad del lugar donde estaban. Mandoles que fuesen ganando tierra hacia lo más alto para que llegasen a dar de noche sobre los enemigos y apretarles por todas partes, de suerte que no supiesen donde irse por la multitud de gente que cargara sobre ellos por todos lados. Así se hizo, y cercados los lacedemonios, les acometían por todas partes. De cualquiera que se volvían, eran atacados a retaguardia por los que iban armados a la ligera, que les alcanzaban pronto, y por los flecheros que los herían de lejos con flechas, dardos y piedras tiradas con mano y con honda, de manera que esperándose un poco, caían sobre ellos, porque estos tienen la costumbre de vencer cuando parece que van huyendo, pues nunca cesan de tirar, y cuando los enemigos se vuelven, revuelven sobre ellos por las espaldas. Este orden guardó Demóstenes en la pelea así al entrar en la isla como después en todos los combates que hubo en ella.
Cuando Epitadas y los que estaban con él, que eran los más en número, vieron que sus guardas y los del primer fuerte habían sido rechazados, y que todo el tropel de los enemigos venía contra ellos, se pusieron en orden de batalla y quisieron marchar contra los atenienses que venían de frente, mas no pudieron venir a las manos ni mostrar su valentía, porque los tiradores y flecheros atenienses y los armados a la ligera que iban por los lados se lo estorbaban, por lo cual esperaron a pie firme. Los atenienses armados a la ligera los apretaban, y fingiendo que huían, se defendían y trabajaban por guarecerse entre las peñas y lugares ásperos, de suerte que los lacedemonios armados de gruesas armas, no los podían seguir. Así pelearon algún tiempo escaramuzando. Después, viendo los atenienses armados a la ligera que los lacedemonios estaban cansados de resistirles tanto tiempo, tomaron más corazón y osadía y se mostraron muchos más en número porque no hallaban los lacedemonios tan valientes ni esforzados como pensaban al principio cuando entraron en la isla, pues entonces iban con temor contra ellos por la gran fama de su valentía. Todos a una con gran ímpetu y con grandes voces y alaridos, dieron sobre ellos tirándoles flechas, piedras y otros tiros, lo que cada cual tenía a mano. La grita y esta manera nueva de combatir dejó a los lacedemonios que no estaban acostumbrados, atónitos y espantados. Por otra parte, el polvo de la ceniza que salía de los lugares donde habían encendido fuego era tan grande en el aire, que no se podían ver, ni por este medio evitar los tiros contra ellos, quedando muy perplejos porque sus celadas y morriones de hierro no los guardaban del tiro, y sus lanzas estaban rotas por las piedras y otros tiros que les tiraban los contrarios. Además, estando cercados y acometidos por todas partes, no podían ver a los que les atacaban, ni oír lo que les mandaban sus capitanes por la gran grita de los enemigos, ni sabían qué hacer ni veían manera para salvarse. Finalmente, estando ya la mayor parte de ellos heridos, se retiraron todos hacia un castillo al término de la isla, donde había una parte de los suyos. Viendo esto los atenienses armados a la ligera los apretaron más osadamente con gran grita y con muchos tiros, y a todos aquellos que veían apartados del escuadrón los mataban, aunque una gran parte de los lacedemonios se salvaron por las espesuras y se unieron a los que estaban en guarda del castillo, y todos se aprestaron para defenderlo por la parte que los pudiesen acometer. Los atenienses los seguían de más cerca, y viendo que no podían sitiar el lugar por todos lados por la dificultad del terreno, se pusieron en un lugar más alto, de donde a fuerza de tiros y por cuantos medios pudieron, procuraron lanzarlos del castillo donde se defendían obstinadamente, y de esta manera duró el combate la mayor parte del día, por lo cual, todos, así de una parte como de la otra, estaban muy trabajados por el sol, la sed y el cansancio.
Estando las cosas en estos términos, y viendo el capitán de los mesenios que no llevaban camino de terminar, vino a Cleón y a Demóstenes, y díjoles que en balde trabajaban para coger a los enemigos por aquella vía; pero que si le daban algunos hombres de a pie, armados a la ligera, y algunos flecheros, procuraría cogerlos descuidados por las espaldas, entrando por donde mejor pudiese. Diéronselos, y los llevó lo más encubiertamente que pudo por las rocas, peñas y otros lugares apartados, rodeando la isla, tanto que vino a un lugar donde no había guarda ni defensa alguna, ni les parecía a los lacedemonios que la habían menester, por ser inaccesible, y con gran trabajo subió hasta la cumbre. Cuando los lacedemonios se vieron asaltados por la espalda, espantáronse, y casi perdieron la esperanza de poder salvarse, y los atenienses, que los acometían de frente, se alegraron, como quien está seguro de la victoria.
Los lacedemonios se hallaron cercados, ni más ni menos que los que peleaban contra los persas en las Termópilas, si se puede hacer comparación de cosas grandes a pequeñas, pues así como aquellos fueron atajados por todas partes por las sendas estrechas de la montaña, y al fin muertos todos por los persas, así también estos, siendo acosados por todos lados y heridos, no se podían defender; y viendo que peleaban tan pocos contra tantos enemigos, y que estaban desfallecidos y cansados, y casi muertos de hambre y de sed, no curaban de resistir, sino que abandonaban muros y defensas, ganando los atenienses todas las entradas del lugar. Observaron Cleón y Demóstenes que mientras menos se defendían los enemigos, morían más, y con el deseo de llevarlos prisioneros a Atenas si se querían entregar, mandaron retirar a los suyos, y pregonar que se rindieran. Muchos lacedemonios lanzaron sus escudos a tierra y sacudieron las manos, lo cual era señal que aceptaban el partido, habiendo tregua por corto tiempo, durante la cual conferenciaron Cleón y Demóstenes de parte de los atenienses, y Estifón, hijo de Fárax, de la de los lacedemonios, porque Epitadas había muerto en la batalla, y el hipágreta[82] que le sucedió en el mando estaba herido y en tierra entre los muertos, aunque vivo aún. Los representantes de los lacedemonios dijeron a Cleón y Demóstenes que antes de aceptar el partido, querían saber el parecer de sus caudillos, que estaban en tierra firme; y viendo que los atenienses no se lo querían otorgar, llamaron en alta voz a los trompetas de aquellos hasta tres veces. Al fin vino uno de los trompetas en una barca, y les dijo de parte de los jefes que aceptasen las condiciones que les pareciesen honrosas; y consultado sobre esto entre sí, se rindieron con sus armas a merced de los enemigos.
Así estuvieron toda aquella noche y el día siguiente, guardados como prisioneros, y al otro día por la mañana los atenienses levantaron trofeo en señal de victoria en la misma isla, repartieron los prisioneros en cuadrillas y les dieron en guarda a los trierarcas[83]. Pasado esto, se prepararon para volver a Atenas, y otorgaron a los lacedemonios los muertos para sepultarlos. De cuatrocientos veinte que había en la isla, se hallaron prisioneros doscientos ochenta, entre ellos ciento veinte de Esparta; los demás fueron muertos por los atenienses, no siendo muchos porque no se luchó cuerpo a cuerpo.
El tiempo que los lacedemonios estuvieron en la isla cercados desde la primera batalla naval hasta la postrera, fue setenta y dos días, de los cuales tuvieron vituallas durante los veinte que los embajadores fueron y vinieron de Atenas por el convenio hecho: el tiempo restante se mantuvieron con lo que les traían por mar escondidamente; y aun después de la última batalla se halló en su campo trigo y otras provisiones, porque Epitadas, su capitán, se las repartía muy bien según que la necesidad obligaba. De esta manera se separaron los atenienses y los lacedemonios de Pilos, y volvieron cada cual a su casa, y así se cumplió la promesa que arriba dijimos había hecho Cleón a los atenienses al tiempo de su partida, aunque loca y presuntuosa, porque llevó los enemigos prisioneros dentro de los veinte días, según había prometido.
Esta fue la primera cosa que sucedió en aquella guerra contra el parecer de todos los griegos, porque no esperaban que los lacedemonios, por hambre, ni sed, ni otra necesidad que les ocurriese, se rindieran y entregaran las armas, sino que pelearían hasta la muerte; y si los que se rindieron hubieran igualado en esfuerzo a los que murieron peleando, no se entregaran de aquella manera a los enemigos. De aquí que después que los prisioneros fueron llevados a Atenas, preguntado uno de ellos a manera de escarnio, por un ateniense, si sus compañeros muertos en la batalla eran valientes, le respondió de esta manera: «Mucho sería de estimar un dardo que supiese diferenciar los buenos de los ruines», queriendo decir que sus compañeros habían sido muertos por pedradas y flechas que les tiraban de lejos, y no a las manos, por lo que no se podía juzgar si murieron o no como bravos.
Los atenienses mandaron guardar a los prisioneros hasta hacer algún convenio con los peloponesios, y si entretanto entraban en su tierra, matarlos.
En cuanto a lo demás, los atenienses dejaron guarnición en Pilos, y aun sin esto los mesenios enviaron desde el puerto de Naupacto algunos de los suyos que les parecieron más convenientes para estar allí, porque en otro tiempo el lugar de Pilos solía ser tierra de Mesenia, y los que la habitaban eran corsarios y ladrones que robaban la costa de Laconia, y hacían muchos males, valiéndose de que todos hablaban la misma lengua.
Esta guerra amedrentó a los lacedemonios, por no estar acostumbrados a hacerla de aquel modo, y porque los hilotas y esclavos se pasaban a los enemigos. En vista de ello, enviaron secretamente embajadores a los atenienses para saber si podrían recobrar a Pilos y a sus prisioneros; pero los atenienses, que tenían los pensamientos más altos y codiciaban mucho más, después de muchas idas y venidas, los despidieron sin concluir nada. Este fin tuvieron las cosas de Pilos.
V.
Victoria de los atenienses contra los corintios.
Pasadas estas cosas, y en el mismo verano[84], los atenienses fueron a hacer la guerra de Corinto con ochenta naves y dos mil hombres de a pie, todos atenienses, y en otros barcos bajos para llevar caballos fueron doscientos hombres de caballería; también iban en su compañía, para ayudarles en esta empresa, los milesios, los andrios y los caristios, y por general Nicias, hijo de Nicérato, con otros dos compañeros. Navegando a lo largo de la tierra entre Quersoneso y Rito, al alba del día se hallaron frente a un pequeño cerro llamado Soligeo, desde donde antiguamente los dorios guerrearon contra los etolios, que estaban dentro de la ciudad de Corinto, y hoy día hay en él un castillo que tiene el mismo nombre del cerro. Dista de la orilla del mar por donde pasan las naves, cerca de doce estadios[85], de la ciudad unos sesenta[86] y del estrecho llamado Istmo, veinte[87]. En este cerro los corintios, avisados de la llegada de los atenienses, reunieron todo su ejército, excepto los que habitan fuera del estrecho en la tierra firme, de los cuales quinientos habían ido a Ambracia y a Léucade para guardarlas. Pero como los atenienses pasasen de noche delante de ellos sin ser oídos ni vistos, cuando entendieron por la señal de los que estaban en las atalayas que habían pasado de Soligeo y saltado en tierra, distribuyeron su ejército en dos cuerpos: el uno se situó en Céncreas para socorrer la villa de Cromión si los atenienses la atacaban, y el otro fue a socorrer a los moradores de la costa donde los atenienses desembarcaron.
Habían los corintios nombrado para esta guerra dos capitanes, uno llamado Bato, el cual con una parte del ejército se metió dentro del castillo de Soligeo, que no era muy fuerte de muros para defenderle, y el otro, llamado Licofrón, salió a combatir a los atenienses que habían saltado en tierra, y encontró la extrema derecha de su ejército, en la cual iban los caristios a retaguardia, acometiéndoles valerosamente, y trabando una pelea muy ruda, donde todos venían a las manos, mas al fin los corintios fueron rechazados hasta la montaña donde había algunos parapetos de murallas derrocadas. Haciéndose fuertes en este lugar, que era muy ventajoso para ellos, hicieron retirarse a los enemigos a fuerza de pedradas.
Cuando vieron los corintios a los enemigos en retirada, cobraron ánimo, y salieron otra vez contra ellos, empeñándose de nuevo la batalla, más encarnizada que la primera vez. Estando en lo más recio de ella, vino en socorro de los corintios una compañía, y con su ayuda rechazaron a los atenienses hasta la mar, donde se juntaron todos los de Atenas y volvieron a rechazar a los corintios. Entretanto, la otra gente de guerra peleaba sin cesar unos contra otros. A saber, el ala derecha de los corintios, en la cual estaba Licofrón, contra la de los atenienses, temiendo que esta atacase el castillo de Soligeo, y así duró la batalla largo tiempo, sin que se conociese ventaja de una ni de otra parte; mas al fin los de a caballo que acudieron en ayuda de los atenienses, dieron sobre los corintios y los dispersaron, retirándose estos a un cerro, donde, no siendo perseguidos, se desarmaron, y reposaron. En este encuentro murieron muchos corintios, y entre otros Licofrón, su capitán; los otros todos se retiraron al cerro, y allí se hicieron fuertes, no cuidando los enemigos de seguirles, y retirándose a despojar los muertos. Después levantaron trofeo en señal de victoria.
Los corintios que se habían quedado en Céncreas no podían ver nada de esta batalla, porque el monte Oneo, que estaba en medio, lo impedía; mas viendo la polvareda muy espesa, y conociendo por esta señal que había batalla, vinieron con gran diligencia en socorro de los suyos, y juntamente con ellos los viejos que habían quedado en la ciudad. Advirtieron los atenienses que iban contra ellos, y creyendo que eran los vecinos y comarcanos de los corintios, de tierra de peloponesios, que acudían en su socorro, se acogieron a los barcos con los despojos de los enemigos y los cuerpos de los suyos que perecieron en la batalla, excepto dos que no pudieron hallar ni reconocer, los cuales recobraron después por convenio con los corintios. Embarcados, partieron hacia las islas más cercanas, y hallose que habían muerto en aquella jornada de los corintios doscientos veinte, y de los atenienses cerca de cincuenta.
Los atenienses fueron después a Cromión, que es de tierra de los corintios, y está apartada de Corinto ciento veinte estadios[88] y allí estuvieron una noche y un día saqueándola. Desde Cromión vinieron a Epidauro, y de allí tomaron su derrota para Metana, que está entre Epidauro y Trecén, ganando el estrecho de Quersoneso donde está situada Metana, que fortificaron y guarnecieron con su gente, la cual, después de algún tiempo, hizo muchos robos en tierra de Trecén y Epidauro, y también de Halias. Hecho esto, los atenienses volvieron a su tierra.
VI.
Los atenienses ayudan a entrar en Corcira a los desterrados y después los matan.
Al mismo tiempo que pasaban estas cosas, Eurimedonte y Sófocles, capitanes de los atenienses, partieron con su armada para ir a Sicilia y descendieron en tierra de Corcira. Estando allí salieron al campo juntamente con los ciudadanos contra los desterrados que, habiéndose hecho fuertes en el monte de Istone, ocuparon todas las inmediaciones de la ciudad y hacían gran daño a los que estaban dentro. Acometiéndoles, les ganaron los parapetos que habían hecho, obligándoles a huir y a retirarse a un lugar más alto de la montaña, donde, puestos en gran aprieto, se rindieron con condición de entregar todos los extranjeros que habían ido en su ayuda a la voluntad de los atenienses y corcirenses, y que los naturales de la ciudad estuviesen en guarda hasta tanto que los atenienses conociesen de su causa y determinasen lo que querían hacer de ellos, y si entretanto se hallase que un solo hombre de ellos contraviniera a este convenio o quisiese huir, dejara de aplicarse a todos en general. En cumplimiento de este contrato fueron llevados a la isla de Ptiquia. Pero sospechando los principales de Corcira que los atenienses por piedad no los mandasen matar como ellos deseaban, inventaron este engaño. Primeramente enviaron a la isla algunos amigos de los desterrados que allí estaban, los cuales les hicieron entender que los atenienses tenían determinado entregarlos a los corcirenses, por lo cual harían bien en procurar salvarse prometiéndoles navíos para ello. Con este consejo acordaron escaparse y embarcados ya fueron presos por los mismos corcirenses.
Roto de esta manera el contrato arriba dicho, los capitanes atenienses entregaron los presos a la voluntad de los corcirenses, aunque primero fueron advertidos del engaño, mas lo hicieron, porque debiendo partir de allí para Sicilia, pesábales que otras personas tuviesen la honra de llevar a Atenas a los que ellos habían vencido. Puestos los prisioneros en manos de los de la ciudad de Corcira fueron todos metidos en un gran edificio, y después los mandaron sacar fuera de veinte en veinte atados y pasar por medio de dos hileras de hombres armados. Al pasar por la calle, antes que llegasen donde estaban los hombres armados, los que tenían algún odio particular contra alguno de ellos, le picaban y punzaban, y asimismo los verdugos que los llevaban los herían cuando no se apresuraban; finalmente, al llegar adonde estaban los armados puestos en orden, fueron muertos y hechos piezas por estos, y de esta manera en tres veces, de veinte en veinte, mataron sesenta antes que los otros que quedaban dentro de la prisión en el edificio supiesen nada, porque pensaban que les mandaban salir de allí para llevarlos a otra prisión; pero al avisarles lo que sucedía comenzaron a dar gritos y a llamar a los atenienses, diciendo que querían ser muertos por estos si así era su voluntad, y que no dejarían a otras personas entrar en la prisión donde estaban mientras tuviesen aliento. Viendo esto los corcirenses no quisieron romper la puerta de la prisión, sino que subieron encima del edificio y quitaron la techumbre por todas partes, y después, con tejas y piedras tiraban a los que estaban dentro y los mataban, a pesar que los prisioneros se escondían lo más que podían, y muchos se mataban con sus propias manos, unos con las flechas que les tiraban sus contrarios metiéndoselas por la garganta, y los otros ahogándose con los lienzos de sus lechos y con las cuerdas que hacían de sus vestidos, de suerte que entre aquel día y la noche siguiente fueron todos muertos. Al otro día por la mañana llevaron sus cuerpos en carretas fuera de la ciudad, y todas sus mujeres que se hallaban con ellos dentro de la prisión, fueron hechas siervas y esclavas. Así acabaron los desterrados por haberse rebelado en la ciudad de Corcira, y tuvieron fin aquellos bandos y rebeliones habidas por causa de esta guerra de que al presente hablamos, porque de las rebeliones anteriores no quedaba raíz ninguna de que se pudiese tener sospecha por entonces.
VII.
Victorias y prosperidades de los atenienses en aquella época, sobre todo en la isla de Citera.
Después de estas cosas, los atenienses arribaron en Sicilia con su armada, y, unidos a sus aliados, comenzaron la guerra contra sus enemigos comunes. En este mismo verano los atenienses y los acarnanios que estaban en Naupacto tomaron por traición la ciudad de Anactorio, situada a la entrada del golfo de Ambracia, que es de los corintios, la cual habitaron después los acarnanios, expulsando a todos los corintios que en ella moraban. Y en esto pasó el verano.
Al principio del invierno[89], Arístides, hijo de Arquipo, uno de los capitanes de la armada de los atenienses enviada a cobrar de los aliados la suma de dinero que habían de dar para ayuda de la guerra, encontró en el mar un barco, junto al puerto de Eyón, en la costa de Estrimonia, y en él venía un persa que el rey Artajerjes enviaba a los lacedemonios, llamado por nombre Artafernes, al que prendió con las cartas que traía, y llevádole a Atenas, donde fueron estas traducidas de lengua persa al griego. Entre otras cosas, contenían que el rey se maravillaba mucho de los lacedemonios, y no sabía la causa porque le habían enviado varios mensajes discordantes, y que si le querían hablar claramente, le enviasen personas con Artafernes, su embajador, que le diesen a entender su voluntad.
Algunos días después los atenienses enviaron a Artafernes a Éfeso con embajadores para el rey Artajerjes, su señor; pero al llegar tuvieron nueva de la muerte de este rey, y volvieron a Atenas.
En este mismo invierno los de Quíos fueron obligados por los atenienses a derrocar un muro que habían hecho de nuevo en torno de su ciudad, por sospechar estos que quisiesen tramar algunas novedades o revueltas, aunque los de Quíos se disculpaban buenamente, ofreciéndoles dar seguridad bastante de que no innovarían cosa alguna contra los atenienses.
Pasó el invierno, que fue el fin del séptimo año de la guerra que escribió Tucídides. Al comienzo del verano siguiente, cerca de la nueva luna, hubo eclipse de sol, y en este mismo mes en toda Grecia un gran temblor de tierra. Los desterrados de Mitilene y de la isla de Lesbos, con gran número de gente de la tierra firme donde se habían acogido y de los del Peloponeso, tomaron por fuerza la ciudad de Retio, aunque pocos días después la devolvieron, sin hacer en ella daño, por 2000 estateros de moneda de Focea que les dieron; de allí se fueron a la ciudad de Antandro, la cual tomaron por traición, valiéndose de algunos que estaban dentro e intentaban libertar las otras ciudades llamadas acteas[90], que en otro tiempo habían sido habitadas por los mitilenios y a la sazón las poseían los atenienses. La causa principal de querer tomar la ciudad de Antandro era porque les parecía muy a propósito para hacer naves, a causa de la mucha madera que en ella hay y en el monte Ida, que está cercano, y también porque desde allí podían hacer la guerra muy sin peligro a los de la próxima isla de Lesbos, y asimismo tomar y destruir los lugares de los eolios, que estaban en tierra firme.
En este mismo verano los atenienses enviaron sesenta naves, y en ellas 2000 hombres de a pie y algunos de a caballo y los aliados milesios y de otros pueblos, a las órdenes de Nicias, hijo de Nicérato; de Nicóstrato, hijo de Diítrefes, y de Autocles, hijo de Tolmeo, para hacer la guerra a los de Citera. Es Citera una isla frente a Laconia, de la parte de Malea, habitada por lacedemonios, los cuales enviaban allí cada año sus gobernadores, y tenían en ella gente de guarnición para guardarla, pues la apreciaban mucho, por ser feria y mercado para las mercaderías que venían por mar de Egipto y de Libia, y también porque impedía robar la costa de Laconia, por su situación entre el mar de Sicilia y el de Creta.