Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2)
Part 18
Considerando los de Atenas que les sería muy difícil, después de tan gran epidemia como habían tenido, y estando los enemigos en su tierra, aparejar nueva armada y emprender otra guerra contra los de Lesbos, que tenían sus fuerzas intactas y gran número de naves, no quisieron al principio creer lo que decían, porque no deseaban que fuera verdad, y reprendían a los que comunicaban estas nuevas diciendo que no era nada y que hacían mal en culpar a los mitilenios. Mas después que los mensajeros que enviaron para saber la verdad les dijeron que los de Mitilene, a pesar de su exigencia, no habían querido hacer volver a los moradores de la isla que obligaron a ir a la ciudad, ni suspender los aprestos de guerra, temiendo que se rebelasen de veras, quisieron prevenirlos enviando hacia aquella parte cuarenta naves que tenían dispuestas para marchar al Peloponeso, mandadas por Cleípides, hijo de Dinias, y otros dos capitanes, porque les advirtieron que muy pronto sería la fiesta de Apolo, que se celebraba en Maloeis, fuera de la ciudad, a la cual todos los ciudadanos, o la mayor parte, venían todos los años, y que si se daban prisa a ir sobre ellos, podrían coger a todos de repente, y si no se conseguía, yendo sobre ellos con armada, les podrían mandar que diesen todas las naves que tenían, y derribasen sus murallas, y si lo rehusasen, con razón les declararían la guerra antes que se pudiesen fortificar ni proveer de las cosas necesarias para su defensa.
Por esta causa enviaron los atenienses aquellas cuarenta naves, retuvieron las diez galeras que los mitilenios les habían enviado en socorro por razón de la alianza que había entre ellos, y metieron en prisión a todos los hombres que venían en ellas. Había en Atenas un varón natural de Mitilene que, al saber este hecho, partió apresuradamente por mar, arribó en Eubea, y de allí fue por tierra hasta Geresto, donde halló un barco de mercaderes que iba a hacerse a la vela para ir a Mitilene. Embarcose en él, y con el viento que tuvo llegó en tres días al puerto de Mitilene, y en seguida avisó a los mitilenios de que iba contra ellos la armada de los atenienses.
Los mitilenios, al saberlo, no salieron el día de la fiesta a Maloeis, sino que a toda prisa repararon los muros de la ciudad y fortificaron su puerto lo mejor que pudieron.
Pocos días después aportó allí la armada de los atenienses, los cuales, viendo los aprestos de guerra que hacían los ciudadanos, les declararon el encargo que traían de mandarles que diesen sus naves y derribasen sus muros. Al ver que rehusaban cumplirlo, se preparan a acometerlos. Mas como los de la ciudad se vieren en aprieto, aunque al comienzo salieron un poco delante al puerto haciendo muestra de querer pelear, cuando vieron la armada de los atenienses derechamente contra ellos, se retiraron y determinaron parlamentar con los capitanes atenienses, diciéndoles que se avenían a entregarles todas sus naves con tal de que hiciesen con ellos algún buen concierto para en adelante. De buen grado lo otorgaron los atenienses, temiendo no contar con bastante armada para conquistar toda la isla de Lesbos: y con esto hicieron treguas por algunos días, enviando su embajada a los atenienses con algunos de sus ciudadanos, entre los cuales fue el que había descubierto a los atenienses que los mitilenios se les querían rebelar (aunque ya este había mudado de parecer), por ver si podían excusar aquel hecho y quitarles la mala sospecha que habían concebido los atenienses, para que mandasen volver la armada, que tenían sobre Mitilene sin hacer daño. Por otra parte, los mismos mitilenios enviaron otros mensajeros en un galeón a los lacedemonios, ocultándolo a los atenienses, que tenían sitiado el puerto con su armada, que estaba a la parte septentrional, hacia Malea. Hicieron esto los mitilenios porque no tenían esperanza de que los que enviaron a Atenas pudiesen conseguir su demanda de los atenienses. Los mensajeros enviados a Lacedemonia trabajaron tanto con los lacedemonios, que consiguieron enviasen socorro a los mitilenios. Entretanto llegaron los que habían enviado a Atenas, y al decir a los suyos que no pudieron alcanzar nada de los atenienses, toda la ciudad de Mitilene y todos los de la isla se pusieron en armas y se aprestaron para la guerra, excepto los de Metimna, que seguían el partido de los atenienses, y los imbrios y lemnios, y algunos otros de las islas cercanas, sus aliados y confederados.
Aunque los de la ciudad hicieron una entrada en el real de los atenienses, y llevaron lo mejor en la pelea, no osaron esperar en el campo ni salir más adelante, sino que continuaron encerrados en la ciudad, esperando algún socorro de los lacedemonios o de otra parte.
Poco tiempo después arribaron allí el lacedemonio Meleas y el tebano Hermeondas, los cuales no traían socorro, porque fueron enviados a los mitilenios antes que se rebelasen: no llegando antes que la armada de los atenienses, se metieron en un bergantín, después de la pelea que arriba contamos, arribaron a la ciudad, y les aconsejaron que enviasen sus embajadores con ellos, en otra galera, a los lacedemonios, lo cual hicieron.
Pasado esto, como los atenienses vieron que los mitilenios no osaban salir, cobraron ánimo, y llamaron a sus aliados y confederados para que les ayudasen, los cuales acudieron de buena gana, por la idea de que sin mucho trabajo podrían conquistar a los lesbios, que tenían pocas fuerzas. Cercaron a la ciudad por dos partes, fortificaron su campo con baluartes y pusieron sus guardas de naves a la entrada de los dos puertos, de manera que los de la ciudad no se podían salir por mar; pero por la parte de tierra lo mandaban todo, porque los atenienses no ocupaban sino muy poco trecho en torno de su campo, a causa de que en Malea hacían su mercado y tenían la estancia de sus navíos.
En tal estado estaban las cosas de los mitilenios.
En este mismo verano los atenienses enviaron treinta naves para guerrear alrededor del Peloponeso, mandadas por Asopio, hijo de Formión, a petición de los acarnanios, que demandaron para aquella empresa a alguno de los hijos o parientes de Formión. Al llegar Asopio con su armada al Peloponeso, robó y taló muchos lugares de la costa de Lacedemonia, y después se retiró a Naupacto con doce de sus naves, enviando las otras a su tierra. Hizo enseguida armarse a todos los acarnanios; con ellos fue a hacer la guerra a los eníades, remontando con sus barcos el río Aqueloo, mientras los acarnanios, por tierra, robaban y destruían todos los lugares. Mas viendo que no podía acabar su empresa por tierra, despidió el ejército de infantería, y él por mar, con sus doce naves, tomó derrota hacia Léucade, saltando a tierra en el puerto de Nérico, en donde al querer volver a sus barcos, fue muerto él y una parte de los suyos por los del pueblo de Nérico con la ayuda de algunos soldados extranjeros que tenían, aunque pocos. Los que quedaron vivos de los atenienses, cuando rescataron sus muertos de los néricos para darles sepultura, volvieron a su tierra.
Entretanto, a los embajadores que los mitilenios enviaron en la galera a los lacedemonios, ordenaron estos que acudieran a la junta de todos los griegos que pronto se verificaría en Olimpia, para que siendo allí oídos en presencia de todos los confederados y aliados, se determinase por común parecer lo que debía de hacerse en tal caso. Halláronse, pues, en las fiestas de Olimpia cuando Dorieo el rodio ganó el premio y la honra de ellas, y acabadas las fiestas y los juegos, estando reunidos todos los aliados y confederados para consultar sobre los negocios en común, fueron llamados los embajadores de los mitilenios, que, entrando en el Senado, pronunciaron este discurso.
II.
Discurso de los mitilenios en la junta de los confederados de Grecia.
«Varones lacedemonios, y vosotros, aliados y confederados: Bien sabemos que es costumbre, admitida entre los griegos como justa y legítima, que los que en tiempo de guerra se rebelan contra los aliados y se pasan a los contrarios, los que los reciben les tratan bien tanto tiempo cuanto piensan que los rebelados les pueden ser útiles y provechosos; pero considerando después la traición que han hecho a sus primeros amigos, los tienen por ruines, y creen que serán peores en adelante. Sería esto razonable si las cosas fuesen iguales de parte de los que se rebelan como de aquellos de quien se apartan. Porque si son iguales en las fuerzas y aprestos de guerra, como lo son en consejo y amistad, no hay ocasión ninguna justa en que se deban rebelar y apartar unos de otros. Pero esto no sucede entre nosotros y los atenienses, según os mostraremos para no pareceros malos si nos apartamos en tiempo de guerra de aquellos que nos honraron en el de paz.
»Pues venimos a pedir vuestra amistad, bien será, ante todas cosas, justificar nuestra causa y hablar de la justicia y de la virtud, porque ni puede haber amistad firme entre los particulares, ni unión perdurable entre las ciudades si no hay un crédito verdadero de virtud y bondad de una parte a la otra, y una comunicación y conformidad de voluntades y costumbres; que si son discordes las voluntades y pareceres, también serán diferentes las obras.
»Sabed, pues, que nuestra amistad y alianza con los atenienses data desde que vosotros os apartasteis de la guerra contra los medos y ellos prosiguieron la empresa. Entonces nos confederamos con ellos, no para poner a los griegos bajo la sujeción de los atenienses, sino para librarles de la servidumbre de los medos. Mientras nos tuvieron por iguales, siempre los seguimos con entera voluntad; pero al ver que, terminada la guerra contra los medos, procuraban someter a sus amigos y confederados a servidumbre, no pudimos dejar de recelarnos. Y porque no era posible a los otros aliados y confederados unirse para defenderse de los atenienses, por la diversidad de votos y pareceres que suele haber entre muchos, todos quedaron sujetos a servidumbre, excepto nosotros y los de Quíos.
»Usando siempre de nuestro derecho y libertad, les ayudamos en la guerra como amigos y confederados, empero nunca tuvimos a los atenienses por verdaderos caudillos y capitanes, tomando ejemplo de lo pasado: pues no era verosímil que habiendo sujetado a los otros, que también eran sus amigos y confederados, dejaran de hacer lo mismo con nosotros cuando viesen oportunidad para ello: que si todos disfrutáramos de nuestra libertad, como antes, podríamos tener confianza en que no querían innovar cosa alguna; pero habiendo ya sujetado todos los más, de creer es que sufrirán de mala gana que queramos tratarles de igual a igual, y que obedeciéndoles todos los demás, nosotros solos nos queramos igualar a ellos, mayormente ahora que cuanto más poderosos llegan a ser, venimos nosotros a ser menos fuertes por estar solos y desamparados.
»No hay cosa que tanto haga fiel y firme la amistad y confederación como el temor que tiene uno de los aliados al otro si hace cosa que no debe, porque el que quiere traspasar los términos de la amistad y alianza se refrena y abstiene cuando ve que sus fuerzas solas no son bastante: y si considera que el otro es tan poderoso como él, teme acometer el primero. Si ellos nos han dejado hasta aquí gozar de nuestra libertad, ha sido porque pensaban tener más firme y estable su señorío, so color de que usaban más de razón y de buen consejo que de fuerza y violencia manifiesta, y a fin de que si hiciesen la guerra contra algunos, justificarla diciendo que, de no ser justa, ni nosotros ni los otros, que aún disfrutaban de su libertad, les ayudaríamos.
»De esta suerte han aumentado su poder muchas veces en perjuicio de los débiles, sujetando poco a poco a muchos, unos en pos de otros, para que los que quedasen no tuvieran medios de defensa; que de empezar contra nosotros teniendo los otros sus fuerzas enteras, no lo pudieran hacer tan sin peligro, y también porque temían nuestra armada y sospechaban que, si las juntábamos y nos uníamos a vosotros o con otros, les podríamos hacer daño.
»Así nos hemos librado de ellos hasta ahora, procurando siempre ganar la gracia del pueblo de Atenas y de los que le gobernaban, con halagos y cumplimientos y por buenos medios. Esto no pudiera durar mucho si no se hubiera comenzado esta guerra, según se advierte por el ejemplo de los otros; pues ¿qué amistad puede haber, o qué confianza verdadera, donde los unos tienen por sospechosos a los otros y procuran agradarse contra su parecer: es decir, que ellos nos agradan en tiempo de guerra por temor a ofendernos, y nosotros hacemos lo mismo con ellos en tiempo de paz por igual razón, y lo que hace firme y estable la amistad entre otros, que es el amor, lo hace el temor entre nosotros? De manera que si hemos perseverado en la confederación y amistad de los atenienses, ha sido antes por temor que por amor, y sería nuestro primer aliado quien antes nos facilitara medios de romperla sin peligro. Por tanto, si a alguno le parece que hemos hecho mal al prevenir sus actos rebelándonos contra ellos, y que debiéramos esperar a que declararan primero la mala voluntad que pensábamos nos tenían, atento que no la habían aún mostrado, este tal no acierta, porque esto no sucediera si nosotros fuéramos tan poderosos para tramarles asechanzas, y esperar la nuestra, como ellos lo son, y en tal caso no habría peligro, siendo iguales. Mas viendo que ellos tienen poder y medios de emprender lo que desean y acometernos cuando quisieren, justo es que nos anticipemos a rebelarnos al ver oportunidad de defendernos.
»Ya sabéis, varones lacedemonios, y vosotros los confederados, las causas por que nos hemos apartado de los atenienses, las cuales parecerán claras y razonables a todos que las quieran entender, y muy bastantes para justificar nuestra intención y demanda, porque con razón les tememos y con razón venimos a pediros socorro, como teníamos determinado hacerlo antes que se comenzase la guerra, y para ello entonces os enviamos nuestros embajadores a pedir vuestra amistad y alianza y tratar de rebelarnos y apartarnos de los atenienses. Entonces impedisteis vosotros que lo lleváramos a efecto.
»Ahora que somos llamados por los beocios a ello, acudimos sin dilación, pensando que nos hemos rebelado por dos razones bastantes: la primera, porque siguiendo el partido de los atenienses, y perseverando en ello, no parezca que damos favor y ayuda para oprimir y maltratar Grecia, sino que, con vosotros, la ayudamos a defenderse; y la otra, por conservar nuestra libertad, para no perderla en adelante como los otros.
»Declarada nuestra intención, es necesario que con la mayor diligencia nos socorráis, mostrando por obra en este punto que queréis defender y amparar a los que estáis obligados, y por consiguiente, dañar a vuestros enemigos por todas las maneras posibles, pues al presente tenéis mayor y mejor oportunidad que nunca, porque los atenienses están desprovistos de gente por la epidemia, faltos de dinero por la guerra, y sus naves esparcidas, unas en vuestra costa del Peloponeso, y otras en la nuestra para hacernos la guerra, de suerte que no es verosímil puedan tener abundancia de barcos si vosotros en este verano los acometéis por mar y tierra; antes es de creer, o que seréis más poderosos que ellos por mar, o a lo menos que ellos no serán bastantes para poder resistir a vuestras fuerzas juntas con las nuestras.
»Y si alguno piensa que no debéis poner en peligro vuestra propia tierra para defender la nuestra, que es ajena y está lejos de la vuestra, yo os digo de verdad que el que juzga la isla de Lesbos lejos y apartada, conocerá por los efectos que el provecho que puede recibir de ella está muy cercano; que la guerra no se ha de hacer en tierra de Atenas, como piensan, sino en aquellos lugares de donde los atenienses sacan su dinero y llevan sus provechos; pues sus rentas las tienen de los aliados y confederados, las cuales podrían ser mayores si nos hubiesen sujetado también a su dominio; que en tal caso ninguno de los otros aliados osaría rebelarse, y nosotros también seríamos suyos, y tan mal tratados como lo son los otros que ya tienen sujetos. Si vosotros nos dais ayuda, pronto tomaréis en vuestra compañía una ciudad como la nuestra que tiene abundancia de barcos, de que vosotros estáis muy necesitados, y podréis destruir a los atenienses, quitándoles sus aliados, para que siguiéndonos, e imitando nuestro ejemplo, se atrevan a rebelarse. Por esta vía disiparéis la mala opinión que las gentes han concebido de vosotros de no querer recibir en amistad ni ayudar a aquellos que se os ofrecen por aliados y compañeros de guerra, y si os mostráis favorables a ayudarles y librarles, tendréis más firmes vuestras fuerzas para la guerra.
»Tened, pues, vergüenza de faltar a lo que los griegos esperan de vosotros, y de no reverenciar al dios Apolo, en cuyo templo, al presente, estamos suplicando y pidiéndolo por merced. Amparad y defended a los mitilenios, tomándolos por amigos y compañeros, y no nos dejéis en manos de los atenienses, nuestros enemigos, con gran daño y peligro de nuestras personas, pues de nuestra buena suerte depende el provecho común de toda Grecia, y de nuestros males el daño evidente de todos. Mostraos al presente tales como los griegos os estiman según nuestra necesidad al presente lo requiere y demanda.»
Cuando los mitilenios acabaron su razonamiento, los lacedemonios y los otros aliados y confederados celebraron consejo sobre ello, y determinaron recibirlos por amigos y compañeros, y asimismo entrar de nuevo aquel año en tierra de Atenas. Para ello mandaron a todos los otros aliados que se apercibiesen y estuvieran a punto lo más pronto que pudiesen, y proveyesen las dos partes de la armada.
III.
Grandes aprestos de guerra y hechos que aquel año realizaron ambas partes.
Conforme a la resolución tomada en la junta de Olimpia, los lacedemonios mandaron preparar su gente de guerra junto al estrecho del Peloponeso, para embarcarla, reunirla en Corinto, enviarla a la costa del mar de Atenas y acometer a los atenienses por mar y por tierra. En estos preparativos emplearon gran diligencia, pero sus compañeros y aliados fueron muy negligentes, así por estar ocupados en coger sus frutos, como porque ya les cansaba la guerra.
Cuando los atenienses supieron los aprestos de los peloponesios y que, por las muestras, parecía que tenían en poco el poder de Atenas, armaron cien naves, para dar a entender que podían más de lo que los enemigos pensaban, y que, sin mandar venir la otra armada que tenían en Lesbos, contaban con barcos y poder bastante para resistir a los del Peloponeso, si los acometían. En las cien naves metieron todos los moradores de la ciudad, naturales y extranjeros, excepto los caballeros y personas principales que tenían cargos[62], y alzaron velas, navegando hacia la costa del Peloponeso, pasando por el Istmo, a fin de que los enemigos los viesen, y saltando a tierra donde querían.
Cuando los lacedemonios que estaban en el Istmo vieron el número de barcos de los atenienses, mucho mayor de lo que ellos pensaban, sospecharon mal de los mitilenios, creyendo que les habían mentido en lo que les dijeron, y parecioles que acometían una empresa muy ardua y difícil, con mayor motivo viendo que los aliados no venían. Sabiendo además que la armada de los atenienses que andaba por la costa del Peloponeso robaba las tierras y lugares marítimos, volvieron a sus casas.
Poco tiempo después prepararon barcos para enviarlos a Lesbos, y ordenaron a los confederados que preparasen hasta el número de cuarenta naves para este viaje, nombrando por capitán a Álcidas. De otra parte, las cien naves de los atenienses, cuando entendieron que los lacedemonios se habían retirado, también regresaron. Fue esta armada de los atenienses la mejor y más hermosa que habían tenido, aunque al comienzo de la guerra poseían otras tantas naves, y aun más, porque tenían ciento para guarda de la mar de Ática y de Eubea y Salamina, y otras tantas que corrían la costa del Peloponeso, sin las que estaban en Potidea y en otras partes, que serían todas hasta doscientas cincuenta, las cuales tuvieron en el mar un verano, gastando gran cantidad en el coste de aquella armada y de la que hicieron en Potidea, pues los que sitiaban esta ciudad desde el principio de la guerra, que serían unos tres mil, otros tres mil que les auxiliaban y los seiscientos soldados que fueron bajo el mando de Formión, tenían dos dracmas de sueldo cada día[63], una para su mantenimiento y otra para el de su mozo, y otras tantas tenían todos los que iban embarcados. A tanta costa tuvieron tan grande armada.
En este mismo tiempo, cuando los lacedemonios estaban en el Istmo, los mitilenios, con algunos soldados de sus aliados, hicieron guerra a los de la ciudad de Metimna, pensando tomarla por traición, por los tratos que tenían con algunos de la ciudad; pero después de hacer cuanto podían, viéndose engañados y que la cosa no sucedía como pensaban, volvieron a Antisa, a Pirra y a Éreso, cuyas ciudades fortalecieron lo mejor que pudieron, reparando los muros y haciendo otras obras. Y con esto regresaron a Mitilene.
Después de su partida, los de Metimna fueron con todo su poder contra la ciudad de Antisa, procurando tomarla por fuerza; mas fueron rechazados por los de la ciudad y por algunos soldados extranjeros que tenían en ella, con gran pérdida de los suyos, retirándose con mucha vergüenza.
Sabido esto por los atenienses, y que los mitilenios tenían la isla de Lesbos a su voluntad, sin que aquellos que estaban sobre el cerco se lo pudiesen estorbar, enviaron al principio del otoño[64] a Paques, hijo de Epicuro, con mil hombres que, después de embarcados, sirvieron de marineros y remadores hasta que saltaron en tierra en Mitilene. Al arribar cercaron la ciudad con un muro sencillo, y en muchas partes hicieron torres y bastiones, de manera que estuviese sitiada por mar y tierra y puesta en mucho aprieto.
Acercábase el invierno, y porque el gasto era muy grande y les faltaba dinero para sostener el cerco, impusieron un nuevo tributo, hasta la suma de doscientos talentos[65], y enviaron por comisarios para cobrarlo de los confederados y aliados, a Lisicles con otros cuatro compañeros y con doce navíos; el cual Lisicles, habiendo cobrado de algunas ciudades marítimas gran suma, cuando atravesaba la tierra de Caria por los campos de Meandro, a la salida de Miunte, cerca ya del monte de Sandio, fue acometido por los de Caria y por los aneitas, y muerto con muchos de los suyos.
IV.
Los atenienses sitiados en Platea y algunos ciudadanos de esta población se salvan por su arrojo e ingenio, pasando por los muros, fosos y fuertes de los sitiadores peloponesios.
En este mismo invierno[66] los de Platea continuaban cercados y puestos en mucho aprieto por los peloponesios y por los beocios, y no tenían esperanza de ser socorridos por los atenienses, ni salvarse por otra vía; al faltarles los víveres, acordaron con los atenienses que estaban de guarnición en la ciudad, salvarse todos juntos, y asaltar los muros que habían hecho los enemigos si lo podían hacer por fuerza. De este consejo fueron autores los atenienses, y principalmente Teéneto, hijo de Tólmides, que se preciaba de adivino, y Eupómpides, hijo de Daímaco. Mas porque la empresa les parecía muy difícil y de gran peligro, se apartaron del propósito más de la mitad, quedando solo unos doscientos veinte, que la pusieron por obra de esta manera.