Historia de la decadencia de España

Part 58

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Fué fortuna para éste que el Almirante, con quien á la sazón estaba de acuerdo, siendo los dos jefes del partido austriaco, pudiera avisarle á tiempo, con un billete lo que pasaba. Á la verdad, no habían dejado también de oirse amenazadores gritos contra el astuto Almirante, aunque no tan continuos como contra Oropesa. La casa de éste fué en un momento entrada, á pesar de la resistencia armada que opusieron sus criados, y habiendo muerto algunos de los asaltantes, la muchedumbre destrozó los muebles y los echó por las ventanas; destrozó las pinturas y los papeles, y no hubo, en fin, exceso que no creyese poco para satisfacer su ira. Habíase refugiado Oropesa con el aviso del Almirante en casa de su vecino el Inquisidor general, y el terrible nombre de esta dignidad contuvo á las puertas de aquel asilo á la multitud, que no osó siguiera insultarlas. Aproximábase ya la noche y el tumulto no cedía, sin embargo, pidiendo todos á voces la cabeza de Oropesa, cuando el Cardenal de Córdoba y otros sacerdotes salieron de Santo Domingo con un crucifijo, y sus exhortaciones y las de Ronquillo, que ya debía tener por bastante lo hecho, lograron restablecer la calma y el silencio. Creían, sin duda, los del partido francés que con esto bastaría para que el Rey separase de nuevo á Oropesa; pero se engañaron, porque habiendo éste solicitado su retiro, á causa de que no se castigaba á los culpables en el alboroto, no quiso Carlos consentirlo, mandándole que permaneciese en la Presidencia. Entonces, sus adversarios celebraron una junta en casa de Portocarrero, donde después de oir la opinión del jurisconsulto Pérez de Soto, favorable al duque de Anjou, se acordó echar el resto en alejar á Oropesa de la corte. Fué entonces Portocarrero á ver al Rey, y prevaliéndose de su calidad cardenalicia y del influjo espiritual que en tal concepto tenía con el Rey, le obligó á decretar la vuelta de Oropesa á la Puebla de Montalbán, el destierro del Almirante á treinta leguas de la corte, y el nombramiento de D. Manuel Arias Mon, parcialísimo, como sabemos, del de Anjou, para la presidencia de Castilla. Quedó entonces el partido francés triunfante, y sin más apoyo el austriaco que la Reina, el conde de Frigiliana y de Aguilar y D. Antonio de Ubilla, secretario del despacho universal, que á falta de otros más calificados, llegó á ser uno de sus caudillos.

Un suceso singular, del cual se ha hablado mucho posteriormente, ocupaba á la sazón á nuestra corte. Eran los supuestos hechizos del Rey, cuyo recuerdo podría bastar para comprender á qué punto llegaba la fanática superstición de unos, y la hipócrita maldad de otros en aquella época. Ya hacía tiempo que el vulgo atribuía á hechizos las enfermedades del Rey. Viéndole dotado de entendimiento muy claro, de rectísima conciencia, de tanto amor á sus vasallos, sin que hiciese valer ninguna de estas calidades; no comprendiendo tampoco cómo desde la edad temprana hubiera podido padecer una flaqueza tan extrema que le impedía ejercitar su virtud, dió por cierto que algunos malos hechizos estaban apoderados de su persona. Á punto llegó el rumor que en tiempo del inquisidor Sarmiento y Valladares, el Tribunal Supremo de la fe llegó á intentar algunas averiguaciones. Suspendiéronse por respeto á la persona del Monarca, y así continuaron las cosas, hasta que en los principios de 1698, el mismo Carlos llamó al Inquisidor general Rocaberti y le rogó que indagase si él era ó no víctima de hechizos, como vulgarmente se creía. Oyólo Rocaberti con atención proporcionada á su ignorancia, que era grande, porque de pobre dominico se había visto elevado á tal categoría, más por intrigas que no por fama ó mérito como entonces se solía. Dió parte del asunto al Tribunal, cuyos Ministros, más sabios que él, se negaron á entender en cosa tan inverosímil y ridícula.

No se desalentó con esto Rocaberti, y á poco lo consultó con el Padre confesor Fr. Froilán Díaz, que no teniendo más luces que él, se conformó con sus opiniones y propósitos. Diéronse entonces ambos á cazar los tales hechizos, y no tardaron en saber, casualmente, que un cierto Fr. Antonio Álvarez Argüelles, vicario de un convento de monjas en la villa de Cangas, solía tener gracia particular para exorcizar endemoniados, y platicar con los mismos demonios, de quienes sabía curiosísimos secretos. Escribieron ambos al Obispo de Oviedo para que éste interrogase al vicario sobre los hechizos del Rey: pero aquel prelado respondió con desprecio que el Rey no tenía hechizos, sino flaqueza de ánimo y de cuerpo, y que antes que de exorcismos necesitaba de buenos consejos. Ni Rocaberti ni el confesor se avergonzaron con esta respuesta; llenos de fe se pusieron á buscar otros conductos por donde entenderse con el vicario, y lo lograron, entablándose una correspondencia entre los tres, fecundísima en puerilidades y absurdos y locuras, que asombra que pudiera seriamente seguirse. Notóse, sin embargo, que los demonios á quienes interrogaba el vicario Argüelles, no cesaban de hablar mal de los parciales de la casa de Austria, y principalmente de la Reina y del Almirante, sin perdonar á la Reina madre, por ser ya cosa del otro mundo, ni á ninguno de cuantos antes ó después habían abogado en contra de la casa de Francia. Y dando por ciertos los hechizos, solían proponer para el Rey remedios capaces de causar su muerte aunque estuviese robusto y sano, cuanto más en la situación en que se hallaba. Ni Rocaberti ni Froilán sospechaban por eso de los demonios ni de su interlocutor, y molestaban sin cesar al pobre Príncipe, haciendo las más de las cosas que aquéllos les prevenían, y excusando sólo las que manifiestamente eran dañosas ó impracticables.

Así transcurrió algún tiempo, hasta que los demonios se cansaron de pronto de hablar, y respondieron al vicario que no dirían palabra más si no era en Madrid, en la capilla de Atocha. Asombró al confesor y al Inquisidor tan extraña demanda, y si la dieron crédito no se sabe; pero ello es que no les pareció bien traer tan cerca del Rey persona que poseía el admirable privilegio de andar con los malos, de que á su juicio andaba aquél poseído. Negáronse á su venida, y continuaron carteándose con el vicario hasta la muerte del inquisidor Rocaberti, sin obtener otra cosa que nuevos embustes cada día. Pero este vicario y estos demonios tenían cierto olor francés que puso en alarma á los austriacos, no bien se susurró el caso en la corte. No era este partido menos rico en frailes y demonios que lo fuera su adversario, y antes de mucho se recibió en Madrid una información auténtica del Obispo de Viena, donde se contenían graves respuestas traídas por el demonio á la boca de unos energúmenos, á quienes él y su clero estaban exorcizando en la iglesia de Santa Sofía, sobre los hechizos del rey Carlos II. De ellas se deducía claramente que este Príncipe había sido hechizado por una mujer, de nombre Isabel, que vivía en Madrid, en la calle de Silva. Dió el Embajador imperial la información al Rey; pasó luego al Tribunal, y se hicieron inútiles pesquisas. Parecía ya indispensable exorcizar al Rey, y se llamó para ello de Alemania al mejor exorcista del imperio, por nombre Fr. Mauro de Tenda, capuchino de religión, y dotado de gran torrente de voz, con la cual atormentaba día y noche al Rey, llamando á voces á los demonios que se albergaban en su cuerpo. Empeoró mucho el Rey con el sobresalto, y como estaba en poder de demonios y exorcistas austriacos, era de temer cualquier extravío en su juicio que hiciese venir la Corona á poder del Archiduque. Entonces, un nuevo demonio, más audaz que los otros, se apoderó de una pobre mujer y la condujo al Palacio mismo, donde entró desgreñada y furiosa sin que nadie pudiese contenerla, hasta llegar á la presencia del Rey, el cual no halló más medio de librarse de ella que ponerse por delante un relicario que traía consigo. Interrogóse á este nuevo demonio, y acusó claramente de autores del hechizo á la Reina y al Almirante, de donde se supo ser este demonio francés. Irritóse la Reina; hizo que su marido apartase de su lado al Padre Froilán Díaz, y mandó que se le formase un proceso que duró mucho tiempo, y del cual resultó que él, como Rocaberti, no eran culpables sino por ignorantes y fanáticos. No de todos los cortesanos se pudo decir lo mismo; porque sin acusar de tan indigna farsa á ninguna persona determinada, parece fuera de duda que fué obra de los partidos, que con tanto encarnizamiento se disputaban la herencia de Carlos II.

La muerte estaba tan cercana del desdichado Príncipe, que no podía ya perdonarse ningún esfuerzo, y desde la primavera de 1700 á 1701, ni dentro ni fuera de España se habló apenas de otra cosa que de la resolución de este grande asunto. Luis XIV, viendo que en Madrid tenía ya recobrado lo perdido, comenzó á moverse por fuera con nuevo empeño. Persistía en el propósito de hacer entender á los españoles que tenían que darse á él ó someterse á la desmembración del reino. Para ello negoció un nuevo tratado de repartición con el rey Guillermo III en Londres. Disponíase en él que por muerte del Príncipe de Baviera pasasen al archiduque Carlos los estados que á aquél estaban asignados, añadiéndose la Lorena á los que debía recibir Francia, y dándole en cambio al poseedor de aquel ducado el de Milán. Y si el Archiduque no admitía el tratado en el término de tres meses, determinábase que toda su parte sería secuestrada, nombrando los aliados Príncipe que ocupase su puesto. Protestó el Emperador contra el tratado, y el Rey de España hizo fuertísimas reclamaciones en Londres y París, de cuyas resultas el marqués de Canales, nuestro Embajador, fué expulsado de Inglaterra y se rompieron las relaciones entre las dos Coronas. Aprovechóse el partido austriaco de esta nueva falta de Luis XIV, y puso en tal disposición el ánimo del Rey, que Harcourt tuvo que volverse á Francia, llamado por su Soberano. Ubilla ayudó poderosamente á la Reina. Prometióse á esta casarla con el heredero imperial, si lograba que fuese nombrado heredero el Archiduque, y Doña Mariana no sólo admitió el partido, sino que delató á su marido la promesa que le había hecho Harcourt de casarla con el Delfín, después que él muriese. Ya se habían dado órdenes á los Virreyes de Italia para admitir guarniciones imperiales, y el partido francés parecía del todo perdido. Estorbó lo de las guarniciones la amenaza que hicieron Francia é Inglaterra de declarar inmediatamente la guerra, y la habilidad de Portocarrero y los demás españoles que seguían el partido del duque de Anjou, puso definitivamente de su parte la victoria.

Porque en el verano de 1761, después de una excursión al Escorial, donde sintió algún alivio, cayó Carlos en el lecho de que no había de levantarse jamás. Instalóse Portocarrero en su aposento, y sin hablarle más que de cosas religiosas, logró ahuyentar á la Reina y á Ubilla y á todos sus parciales, incluso el confesor Torres Padmota y el inquisidor Mendoza, pues para la asistencia espiritual del enfermo traía ya él consigo dos frailes que suponía en olor de santidad. El Rey, que veía ya su muerte inmediata, entregó á Portocarrero el cuidado de su salvación, que fué entregar su Corona á la casa de Francia. Indújole el artificioso Cardenal á que hiciese testamento que él no quería; luego lo persuadió de que pidiese dictamen á los diferentes Consejos sobre el nombramiento de heredero. La mayoría del de Castilla, ganada ya, opinó porque fuese preferido el francés. En el Consejo de Estado fué la discusión muy viva. El duque de Medinasidonia, los marqueses de Villafranca, Maceda y el Fresno, y los condes del Montijo y de San Esteban, opinaron con Portocarrero en favor de la casa de Anjou; el conde de Frigiliana y Aguilar y el de Fuensalida se opusieron á ello, pidiendo que se convocasen unas Cortes generales del reino, donde se eligiese sucesor libremente. Apoyábanse en muy sólidas razones, en especial aquella de que no era fácil conciliar en ninguno de los pretendientes las distintas leyes de Aragón y Castilla. Desechó la mayoría todo pensamiento de convocar Cortes, y el de Frigiliana, levantándose conmovido, pronunció estas nobles palabras, dignas de más pura lengua: «hoy destruís la Monarquía.» Acordóse que el duque de Anjou debía ser nombrado heredero. Resistía, sin embargo, el Rey, y sabiendo Portocarrero que el Papa estaba muy irritado contra el Emperador, aconsejó que se sometiese á su decisión el caso. Gustó Carlos del Consejo, y la respuesta de Inocencio XII fué, como esperaba Portocarrero, favorable al francés.

Entonces, Carlos no resistió más, y llamando á Ubilla, en presencia de Portocarrero y de D. Manuel Arias Mon, le hizo que extendiera un testamento, nombrando por heredero en todos sus estados y señoríos al duque de Anjou, «reconociendo--decía--que la razón en que se funda la renuncia de las señoras Doña Ana y Doña María Teresa, Reinas de Francia, mi tía y hermana, á la sucesión de estos reinos, fué evitar el perjuicio de unirse á la Corona de Francia, y reconociendo que viniendo á cesar este motivo fundamental, subsiste el derecho á la sucesión en el pariente más inmediato, conforme á las leyes de estos reinos, y que hoy se verifica este caso con el hijo segundo del Delfín.» Nombró una Junta para que gobernara sus reinos durante la ausencia del de Anjou, compuesta de la Reina su esposa, Portocarrero, Montalto, Arias, Frigiliana, Benavente, el Inquisidor general Mendoza y D. Antonio de Ubilla como secretario. Y hecho esto, exclamó con los ojos llenos de lágrimas: «Dios es quien da los reinos.» Con que manifestó la repugnancia que le costaba el desheredar á su familia. Cerróse el testamento solemnemente, y Portocarrero y los suyos lo notificaron al punto al rey Luis, cerciorándose de que estaba dispuesto á tomar entera la herencia y á defenderla con las armas, á pesar de los tratados de repartimiento que había hecho. Pocos días después, Carlos se halló incapaz de entender en asunto alguno de gobierno, y expidió un decreto confiándolo en lo civil y militar al cardenal Portocarrero, hasta su muerte. Quiso éste por cortesanía que se le asociase la Reina; pero Carlos no consintió en ello, mostrando así que había llegado en sus últimos momentos á aborrecerla. Al fin, el día de Todos Santos de 1701, después de haber recibido muy devotamente los sacramentos, expiró el desdichado Carlos, repitiendo: «ya nada somos»: Príncipe, como dejamos indicado, digno de lástima y amor, no de odio y desprecio.

No hay que explicar largamente cómo quedaría la Monarquía. Ya en 1686 decía el economista D. Miguel Álvarez Osorio y Redín estas palabras: «Si todo no se desbarata, es imposible remediar esta Monarquía, si Dios no envía un ángel para libertarnos de esta confusión y cadena que labró la malicia». El conocimiento no faltaba; pero, ¿y el remedio del mal? Hallábalo entre otras cosas el buen Osorio, en «reducir el número de artesanos y mercaderes, porque además de defraudar las rentas reales, quitaban las ventas unos á otros». Es imposible imaginar mayor absurdo; pero tal andaban los estudios entonces. Hubo, sin embargo, un hombre, harto censurable como Ministro, D. Manuel de Lira, que siendo Presidente de Indias dirigió al Rey un memorial digno de eterna memoria, en el cual proponía francamente que se llamasen á España capitalistas extranjeros, que se les abriese el comercio de América, y que se les permitiese seguir su culto á cada uno, con tal que no fuese en público, concediéndoseles cementerios y otros privilegios que aún hoy se les disputan. Pero los sabios consejos de Lira, fundados en su mucha experiencia de viajes y negocios, no fueron oídos, y gracias que era poderoso, que si no la Inquisición hubiera dado buena cuenta de su persona. Á manos de la represión de este tribunal infausto había ya muerto todo género de filosofía, y tras esta ciencia matriz habían desaparecido todas las ciencias y artes. Alguno que otro poeta dramático de mediana importancia, y éste ó el otro lírico culto interrumpen de vez en cuando el silencio de nuestras letras. Mas sólo los eruditos florecen y dan algún honor á nuestra patria. Nicolás Antonio, Mondéjar, Ferreras y D. Juan Lucas Cortés ofrecieron á nuestra última decadencia el consuelo que tienen todas, que es el de rebuscar en lo pasado. Eran, sin embargo, varones dignos de otro tiempo y de otra patria.

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CONCLUSIÓN

«Puede decirse--exclama el autor de un opúsculo atribuído al venerable Palafox--, que esta Monarquía la zanjó la sabiduría y gran juicio de Fernando el Católico, la formó el valor y celo de Carlos V, y la perfeccionó la justicia y prudencia de Felipe II.» En este punto la tomamos, y desde aquí la hemos seguido en su decadencia.

Un siglo ha bastado para comenzar y llevar al extremo la ruina de aquella grande España de Pavía y Otumba y Lepanto, de aquella inmensa Monarquía, que se levantó del suelo al juntar sus manos Isabel I y Fernando V. Cuando comenzamos á escribir, todavía los sucesores de estos grandes Príncipes llenaban el mundo con su nombre. Dueños de toda la redondez de la Península asomaban el brazo amenazador por encima del Pirineo, y desde la ciudadela de Perpiñán mantenían en respeto las llanuras de Francia. Con Nápoles al Mediodía y Milán al Septentrión tenían entre sus manos todo el centro de Italia, al paso que Génova y Mónaco bajo su dependencia y final conquistado, les aseguraban el dominio de la frontera marítima. El Mediterráneo, encerrado entre las dos penínsulas, itálica é ibérica, y la costa africana, donde levantaba la soberbia Orán su cabeza, y vigilado desde Sicilia, Córcega, Cerdeña y las Baleares por nuestras fortalezas y nuestros soldados, no estaba lejos de ser un lago de España. Por él corrían triunfantes y soberbios nuestros bajeles, numerosos todavía y casi siempre vencedores, mandados por los Príncipes de Italia, que ya que no pudiesen evitar nuestros hierros, se honraban con ser nuestros Ministros y servidores. Y desde España é Italia y el avasallado mar por donde una y otra se comunicaban, ardía en deseos la Monarquía de extenderse hasta recoger y unir todas sus vastas posesiones de Europa. La Waltelina se veía amenazada, el Austria occidental en tratos de cesión, la Alsacia á punto de quedar avasallada, la Suavia feudataria. No parece que se necesitase más que de un esfuerzo para que nuestras banderas se abriesen camino desde la Waltelina al Luxemburgo, dominando ambas orillas del Rhin, y poniendo en comunicación á Milán con Bruselas, y con el Franco-Condado. Tan gigantescos propósitos, que hoy parecen quimeras, no lo eran entonces todavía. La nación, aunque cansada, se sentía con fuerza para tanto, y ¿quién sabe si lo habría llevado á término á hallarla el siglo XVII con un Fernando V, como halló un Felipe III, á su cabeza?

Aún vivía el gran conde de Fuentes D. Pedro Enríquez de Acevedo, émulo, al decir de los franceses, del gran Enrique IV, tan buen soldado como él y harto mejor político; aún vivían los viejos tercios del duque de Alba; aún honraban nuestro nombre en las batallas y en los consejos el buen marqués de Villafranca, D. Pedro de Toledo, y aquel D. Gómez Suárez de Figueroa, á quien llamó su siglo gran duque de Feria; aún el otro Duque que mereció ser llamado Grande, D. Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, y el ilustre marqués de Bedmar, D. Alfonso de la Cueva, eran dignos de haber heredado títulos dados por Fernando V y Carlos I y Felipe II. ¿Que no podía esperarse todavía de tales Ministros, y capitanes y soldados? Verdad es que el fanatismo religioso iba estrechando mucho al talento español y estorbaba no poco sus nobles alardes; verdad es que estaba empeñada la Hacienda y que no había industria, ni comercio, ni agricultura que proporcionase tanto oro como se necesitaba; verdad es que la despoblación era grande, que la obra de la unidad nacional estaba muy atrasada, y que la extensión de nuestro imperio y la separación en que se hallaban unas de otras provincias hacía la defensa difícil y fácil la ofensa, de modo que podía llamarse débil y flaco por su grandeza misma. Pero todo lo habrían vencido, sin duda, con buen gobierno y espera, hombres tan grandes y poder tan inmenso como la nación tenía, y riquezas como las que se sacaban ya del Nuevo Mundo. El caso es que no nos convenían ya tan gigantescos propósitos; que aun abierto el gran camino que se pretendía entre Milán y Bruselas, no era posible mantenerlo abierto por mucho espacio; que nuestro interés político estaba en encerrarnos en España, Italia y sus islas, y cerrando la boca del estrecho con la conquista de la España transfretana y el dominio de sus dos orillas, hacernos absolutos señores del Mediterráneo. El caso es que debíamos preferir á extender nuestra dominación por Europa y hasta á asegurar nuestros dominios más importantes, el curar las llagas interiores de la Monarquía, reponer la Hacienda, reformar la administración, terminar la obra de la unidad política, y levantar la industria, el comercio y la agricultura, cosas en que al aparecer no se pensaba.

Faltas antiguas que se hacían más peligrosas á medida que más tiempo continuaban, hijas de los fundadores de la Monarquía, nacidas con ella y en ella envejecidas, de que hemos tratado extensamente en otra parte. Pero equivocada ó no en sus propósitos por lo grande de ellos y de sus medios y recursos, todavía era España á principios del siglo XVII, no ya una gran nación, sino la primera de las naciones. Nuestros mayores enemigos no osaban sospechar que fuese tan rápida y tan grande como fué su ruina. Verdad es que el italiano Campanella decía ya en tiempo de Felipe II estas palabras: «La Monarquía española no puede subsistir por mucho tiempo, porque además de tener por enemigas á todas las demás naciones, tiene sus pueblos y provincias desparramados por ambos mundos en Italia, Flandes, África y las Indias.» Pero otro italiano como él, Juan de Botera, opinaba hacia el propio tiempo que España, por lo mismo que tenía desparramados sus dominios, era más fuerte y de más duración y grandeza. «La grandeza--decía--en todo el cuerpo compuesto de miembros desunidos, la medianía en la mayor parte de los miembros, hacen que tenga España todas las ventajas que pueden tener las naciones: ser agrandes para poder resistir á los enemigos extranjeros, y medianas para que no las destruya la corrupción. Lo que necesita es tener fuerzas marítimas para tener siempre en comunicación las diversas partes del imperio.» Túvolas España temibles en los días de Felipe II, y aun por todo el reinado de su hijo. Y así no ha de causar maravilla que Enrique IV preguntase al Embajador de éste, D. Iñigo de Cárdenas, con mal encubierto recelo: «¿por ventura quiere hacerse vuestro Rey señor de todo el mundo?»