Historia de la decadencia de España
Part 55
No tardaron los franceses en entrar de nuevo (1690) en Cataluña; tomaron á San Juan de las Abadesas y á Ripoll, demoliendo sus fortificaciones y rindieron á Vich, sin que el de Villahermosa hiciese más que movimientos inútiles y sin fruto. Fuera triste suerte la de este caudillo, á hallar quien lo juzgase con tanto rigor como él juzgó antes al Gobernador de Camprodón. Clamó Cataluña porque se le separase del mando, achacándole todas las pérdidas y desórdenes, y la Corte envió en su lugar al duque de Medinasidonia. Comenzóse bajo su mano la campaña de 1691, en la cual los franceses rindieron la Seo de Urgel, valerosamente defendida de D. José Agulló, por no haber sido socorrida, cosa muy sentida en Cataluña. Ofrecióse entonces llena de ira á facilitar hombres y dinero con que echar á los franceses. Una armada de éstos de cuarenta naves, al mando del conde de Estrées, bombardeó por dos días á Barcelona con poco daño, y se retiró al aparecer la nuestra, gobernada del conde de Aguilar, aunque ésta excusase el combate. Ni en esta campaña ni en la siguiente hizo más el de Medinasidonia que vagar de acá para allá con un mediano ejército que tenía, ya sitiando plazas, ya alzándose de sobre ellas, ora ofreciendo batalla al enemigo, ora huyéndola, sin llegar nunca á pelear. Sólo los miqueletes peleaban por donde quiera ejecutando sus ordinarias proezas, bajo sus caudillos naturales, entre los cuales se contaba aún el viejo Trinchería. Hubo también algunas celadas y choques de poca cuenta entre soldados sueltos del ejército. Tampoco los franceses hicieron más que demoler aquí y allá fortificaciones, hasta 1693 en que, con ejército de veinte mil hombres y cuarenta cañones, embistieron á Rosas. Defendióla valerosamente D. Pedro Rubí hasta ser herido de muerte en la defensa, y su sucesor, don Gabriel de Quiñones, rindió la plaza con poca honra.
Menos manifestó todavía el duque de Medinasidonia, que pudo lograr el socorro y no quiso intentarlo. Abandonaba la provincia á su suerte, y cuando se quejaban de ello los naturales respondía: «que todo era inútil, pues no había mejor partido que hacer las paces, sometiéndonos á la voluntad del extranjero». Duque indigno de su casa y nombre; otro Guzmán que añadir á aquellos tan fatales del reinado anterior. Vergonzosamente envió regalos el Gobernador de Barcelona á la armada francesa de M. de Tourville, que tuvo la insolencia de pedirlos al pasar por aquellas aguas, diciendo que de todas las plazas de la costa de España quería llevar esta muestra de agasajo. Lloró Cataluña con noble altivez aquella vileza, y más al ver que el Gobernador y sus capitanes achacaban la determinación al pueblo. Fué también de gran sentimiento el desorden de la campaña, porque el ejército francés se paseó por el Ampurdán como quiso, y el de los españoles malgastó el tiempo en pareceres y marchas, sin poner mano á las armas. La Corte, viendo tal interés, separó al fin al de Medinasidonia, y envió en su lugar al marqués de Villena; salió aquél del Principado querido por su carácter dulce y su justicia, pero universalmente despreciado. Era el nuevo Virrey tan imprudente como fué su antecesor irresoluto y no dotado de más talento que él. Al comenzar la campaña de 1694 envió capitanes que alistasen en Castilla muchas compañías. «Llegaron en crecido número, dice el historiador Feliú de la Peña, contemporáneo y catalán; pero tales, que antes servían de embarazo que de provecho, por no ser disciplinados, ni ser fácil en poco tiempo enseñarles el arte, modo de disparar, jugar las armas ni perderles el temor. Amaestrábanlos en el disparar, no sólo los hombres, sino hasta los muchachos de Barcelona, porque era para ellos muy extraño aquel ejercicio, como sacados de los cortijos y lugares de Castilla. No obstante, contento el Virrey del número, no advirtiendo la calidad, prometía prodigios y decía: «Con veinte mil hombres y todos españoles, no hay que temer.» El suceso le desengañó. Desengañóse, con efecto, muy en daño de la Monarquía, aunque no por culpa sólo de tales soldados.
Entró el duque de Noailles en el Ampurdán con ejército igual al nuestro, y asentó su campo á la orilla izquierda del Ter, cerca de Torroella de Mongri. Acudió al opósito el de Villena, poniéndose á la orilla derecha del río, en campo abierto, por juzgar que éste bastante lo defendía. Aprovechóse de esta confianza necia el de Noailles, y esguazando el río con parte de su caballería, cayó sobre nuestros descuidados cuarteles. En un momento fueron deshechos los trozos de caballería que gobernaban D. Juan Colón y D. Fernando de Toledo, con muerte honrosa de los dos capitanes. Huyó el resto de nuestra caballería, dejando sola en el llano á la infantería, que desordenada, y tan sin conocimiento de las armas como se sabe, no tardó en ser rota y dispersa. Murió el Maestre de campo D. Alonso de Granada pugnando por ponerla en orden, y en el propio empeño fenecieron los mejores capitanes, siendo otros muchos prisioneros. Del de Villena no se supo en todo el trance; el general de la caballería, Senmenat, quedó luego prisionero, y fuera allí total la vergüenza, á no ser por el esfuerzo de aquel valeroso José Bonet, que tan heroica muestra dió de sí años antes en la villa de Massanet, defendiéndola por largo espacio con sólo cuarenta hombres contra todo un ejército enemigo. Era ya el Bonet Maestre de campo en el tercio catalán llamado de la _Diputación_, y, además, gobernaba, por ausencia de caudillo, el tercio viejo de los _morados_, que era el mejor del ejército. Al ver la acometida de los enemigos y el desorden de los nuestros, Bonet formó en batalla sus tercios, que fueron los únicos que así se vieron aquel día, sobre una zanja, donde se mantuvo valerosamente hasta que se halló de todo punto desamparado. Luego volvió á hacer alto en la colina de Foxá, y recogió muchos fugitivos, salvando los restos del ejército, á pesar de que el enemigo puso el mayor empeño en desordenarle.
Glorioso y vencedor, se alejó por fin Bonet de aquel campo de ignominia, donde quedaron las banderas y la artillería, los papeles del Virrey y los de los regimientos, las armas, los bagajes y cuanto pudo ser presa del enemigo. No dejó éste escapar los frutos de aquella batalla que se llamó del Ter. Llegó delante de Palamós y la rindió á pesar de la esforzada defensa de D. Melchor de Avellaneda, que allí mandaba; luego se puso sobre la importantísima plaza de Gerona, que tan imposible de rendir había sido otras veces, y la tomó sin dificultad ninguna por causa del Maestre de campo general, D. Carlos Sucre, que aún gobernaba en la plaza, y de D. Juan Simón, que abandonó sin defensa una de sus más importantes fortalezas. Lloraron los vecinos largamente aquella capitulación que hubo de ajustar Sucre sin su noticia. Hostalrich con poca defensa y Castelfollit también cayeron en poder del enemigo, y ochenta partidarios franceses osaron entrar en Corbera á cuatro horas de Barcelona. Quisieron los paisanos y miqueletes recobrar á Hostalrich juntándose tumultuariamente en una especie de ejército donde vino á hallarse en persona el de Villena; pero se abandonó la empresa, no bien amagó el francés el socorro.
Dejó el de Villena avergonzado el mando y entró á sucederle aquel marqués de Gastañaga que tan mala cuenta había dado de sí en Flandes. Tuvo éste en los principios el acierto de reconocer su incapacidad y el poco valor de sus soldados, y manteniéndose en guarnición de las plazas con ellos, excitó á los paisanos á que defendiesen la tierra. Ayudaron los franceses cometiendo algunos daños; y no necesitaron de más los valerosos catalanes. En el invierno mismo de 1694, queriendo un inglés que gobernaba por Francia la villa de Blanes, bien fortificada, recoger algunos rehenes y tributos, envió un trozo de quinientos hombres á los lugares comarcanos, que fué derrotado. Para castigarse este hecho embistió el inglés con ochocientos hombres á Pineda, lugar pequeño y abierto; pero fué rechazado con muerte de más de sesenta de los suyos. Luego los mismos paisanos de Pineda y las cercanías le obligaron á encerrarse en Blanes. Derramados de repente los miqueletes por todo el principado, mataban á cuantos franceses osaban salir sin amparo de ejército á los caminos, entrando á matar dentro de la misma Gerona. Aconteció (1695) que no queriendo pagar contribución á Francia la villa de San Esteban de Bas, acudió á quemarla en castigo con mil trescientos hombres escogidos el Gobernador de Castelfollit, de orden de Mr. de San Silvestre, que estaba por caudillo de toda aquella parte de Gerona. Cuando llegaron los franceses cerca de San Esteban de Bas, hallaron ya la villa puesta á la defensa habiendo recogido á la montaña todas las personas inútiles. Hubiera sido grande la defensa de la villa á comenzar el ataque los franceses; pero no se atrevieron á intentarlo. Durante su marcha habían sido descubiertos por los paisanos catalanes, que con increíble audacia se pusieron á perseguirlos de uno en uno. Al llegar á San Esteban serían ya estos paisanos hasta en número de cuarenta; y aunque los enemigos subían á mil trescientos, repartidos en tres trozos, tuvieron valor para acometer uno de estos trozos. Acudió al punto el veguer de Vich con algunos paisanos, y el francés con notable cobardía dispuso la retirada. Serían ya hasta ochenta los paisanos, y se pusieron vivamente á perseguirle como si fueran un ejército, engrosándose ellos á cada momento y matando á cuantos hallaban un poco retrasados.
Apoderóse un terror pánico de los franceses, y al pasar un puente llamado de San Roque fueron desordenados por los paisanos, que llevaban ya muertos un centenar de ellos y prisioneros muchos más, separándolos en dos trozos. El menor de ellos, cercado en un hospital, tuvo que rendirse; el más grueso, donde iba el mismo Gobernador de Castelfollit, no atreviéndose á pasar adelante, se fortificó en el convento del Carmen de Olot. Ya el número de los paisanos era grueso acudiendo de todas partes; mandábanlos el veguer de Vich y los caudillos Francisco Toralla, José Más de Roda y Galderch, llamado el mozo, hombre de valor heroico. Este logró meterse por un agujero que abrió en el muro con hasta doce hombres dentro del convento, y allí peleó largo rato con el gran número de los franceses, hasta que, muerto él y cinco de los suyos, los otros tuvieron que fingirse muertos para salvar la vida. Entre tanto el convento era asaltado por todas partes, y después de un largo combate donde el caudillo francés fué mortalmente herido, tuvieron que rendirse sin más honor sino que no se quitasen á los oficiales los vestidos. Llenó de júbilo esta gloriosa victoria á toda Cataluña. La guarnición francesa de Blanes, desbandada, se salió del lugar dejándolo abandonado; pero acometida en el camino por los vecinos de Pineda y labradores, perdió ciento cincuenta hombres muertos y doscientos ochenta prisioneros, huyendo el resto en desorden. Trescientos franceses que guarnecían á Argelagués se rindieron también á algunas compañías de dragones y miqueletes; y un capitán por nombre Plex entró por un agujero que abrió en la puerta de San Lorenzo de la Muga, donde había cien granaderos franceses, con solo treinta hombres, y después de haberlos acorralado en la iglesia les obligó á rendirse. Sonaba el caracol marino por todas partes levantando en armas el principado, y los franceses no tenían en ninguna un momento de reposo. Blas de Trinchería, hijo acaso de aquel valeroso D. José y D. Valerio Saleta, con sus gavillas de miqueletes bloquearon á la guarnición de Hostalrich, reduciéndola al mayor extremo, y el veguer de Vich y José Más de Roda, pusieron en el mayor aprieto á Castelfollit, favorecidos por algunas compañías de dragones y derrotando á los franceses que intentaban socorrerla.
Ya estaban á punto los paisanos de tomar esta plaza, dirigidos por un cierto Luis de Novas, catalán que había estado al servicio de Francia, cuando vino al campo D. Juan de Acuña con un buen trozo de ejército á encargarse del sitio, y en un punto se perdió todo; fué preciso alzar el campo por haber logrado socorrerla los franceses. También tuvieron que alzarse de sobre Hostalrich los paisanos, por no ser socorridos con artillería y algunas municiones como solicitaban. Demolió sin embargo el francés tanto las fortificaciones de esta plaza como las de Castelfollit, de miedo de que los paisanos y miqueletes volviesen sobre ellas. Pero ya por entonces aquel glorioso ardor de los catalanes había desaparecido. El marqués de Gastañaga, D. Francisco Antonio de Agurto, se había mostrado cada día más afecto á los paisanos, loando y regalando á sus caudillos, recorriendo y animando por sí mismo las cuadrillas de ellos que pasaban por Barcelona, haciendo tocar en su palacio los temerosos caracoles marinos de que usaban y que solían levantar en ira las comarcas por donde iban. Si fueron órdenes de la Corte recelosa del ascendiente y soberbia de los paisanos, ó celo de los capitanes que la rodeaban, ó idea de que ya no eran necesarios tales servicios por haberse juntado numerosas tropas en la provincia, no se sabe; pero ello es que de pronto cambió de opinión el Virrey y comenzó á mirar con mal ceño las cuadrillas de paisanos.
La voz de Cataluña fué que el marqués de Villadarias, que acababa de venir por Maestre de campo general del ejército, había traído orden de la Corte para ir entregando la provincia á Francia; mas esto era increíble cuando cabalmente se había juntado allí el mejor y más numeroso ejército que tuviese España, y el de mejor calidad que hubiera aparecido en toda la guerra. Componíanlo hasta veintisiete mil hombres, muchos alemanes é irlandeses que trajo en refuerzo, de parte del Emperador, el príncipe Jorge de Hesse Darmstad, no pocos walones y bastantes castellanos y navarros de las nuevas levas.
Por este tiempo se presentaron también en aquellas costas las escuadras unidas de Holanda é Inglaterra, dueñas del mar. Con tal poder militar y poca ayuda de los paisanos, desalentados y aun llenos de saña con la mudanza que notaban en el Virrey, se continuó la campaña de 1698, y en ella se vió de nuevo cuanto superasen á los soldados mal acaudillados y organizados que teníamos los valerosos paisanos catalanes. Púsose el de Gastañaga con el gran ejército y armadas sobre Palamós, villa flaca, y hubo de alzar el asedio sin fruto, si bien los franceses, de propio motu, demolieron luego la plaza. Luego el ejército y armada se retiraron á descansar sin otra empresa por aquel año. Al siguiente volvió á salir á campaña Gastañaga, oponiéndosele el duque de Vandome con ejército igual en fuerzas. Asentaron los nuestros su campo entre Hostalrich y Gerona á orillas del río Tordera, y el francés se puso también no lejos de Gerona. Allí se mantuvieron unos y otros sin emprender nada; solo el Príncipe de Darmstad que gobernaba la caballería extranjera sostuvo un choque empeñado con los enemigos que querían envolverle, frustrando valientemente su intento. El de Gastañaga no hizo más que ordenar á los paisanos que ocupaban todavía algunos pasos que se retirasen, con lo cual los franceses bajaron por la Tordera y ocuparon sin dificultad aquellas villas de Blanes, Malgrat, Pineda y Calella que les habían dado tanto en que entender en otras ocasiones, saqueando á su sabor el país. Las quejas de Cataluña llegaron con esto á tanto, que la Corte separó al virrey Gastañaga y al Maestre de campo general Villadarias, enviando en su lugar de Virrey á D. Francisco de Velasco, soldado de probado valor y hermano natural del Condestable, y de Maestre de campo general al conde de la Corzana. No hicieron estos otra cosa que mejorar las fortificaciones de Barcelona, porque ya se recelaba del francés que quisiera cercarla.
Veníase tratando de paz hacía tiempo, negándose nuestra Corte á negociarla por temor de que como eran sus pérdidas grandes la fuese muy funesta. Para obligarla á ceder resolvió Luis XIV emprender el sitio de Barcelona, y dispúsose lo necesario no con tanto secreto que no hubiese noticia de todo. Por fin, á principios de Junio de 1697 llegó el duque de Vandome delante de aquella ciudad insigne con diez y ocho mil infantes y seis mil caballos; la armada, compuesta de cincuenta naves y ochenta velas de transportes, cerró la boca del puerto al mando del Bailío de Noailles, y se desembarcaron hasta ochenta piezas de artillería entre cañones y morteros para batir los muros, con inmensa copia de proyectiles y fuegos de artificio. Jamás se ha visto tanta flojedad como se vió entonces de nuestra parte. Había cerca de veinte mil hombres con que cerrar el paso al enemigo, y se le dejó llegar tranquilo delante de la ciudad; extendió sus cuarteles desde Sans hasta Esplugas, poniendo en Sarriá sus principales depósitos; abrió sus trincheras sosegadamente también, plantó sus baterías, todo como si no hubiese armas en la provincia. El Virrey y la Audiencia se salieron fuera de los muros á procurar socorros, y quedó en el mando el Maestre de campo general conde de la Corzana, con el Príncipe de Darmstad, el conde de la Rosa, D. Juan de Acuña y otros caudillos, y hasta diez mil infantes y mil trescientos caballos, mitad españoles, mitad extranjeros, sin contar otros cuatro mil infantes á que ascendía la milicia de los gremios que se levantó en la ciudad, ni la nobleza catalana, entre la cual se hallaba el marqués de Aytona, y voluntarios, toda gente valerosa. Pronto las montañas que rodean el llano de Barcelona aparecieron cuajadas de labradores y miqueletes que acudían de toda Cataluña á salvar su capital, mandados por el heroico Bonet, D. José de Agulló y Copons, y otros caudillos de igual denuedo y patriotismo. Por todas partes resonaban los ecos del caracol marino, llenando de pavor á los franceses, y hasta las mujeres y los niños recorrían las calles de Barcelona gritando: «¡antes morir que rendirnos!» Los Magistrados preparaban con ardiente patriotismo las cosas de la defensa; los mercaderes fiaban sus géneros; el clero se hallaba dondequiera, excediendo en valor á los soldados, todos cumpliendo con su deber largamente; aquella ciudad soberbia no había sido hasta entonces vencida. Pero todo se malogró por la ineptitud ó cobardía del conde de la Corzana y los demás capitanes, que á excepción del de Darmstad no parecía sino que obraban de acuerdo con los franceses. Bien pudo sospecharse que lo estuviesen según lo que hicieron.
D. Francisco de Velasco, que había puesto su cuartel general en Molins de Rey con todas las tropas que no habían quedado en la ciudad, se dejó sorprender del enemigo á punto que perdió todo su equipaje, y él á duras penas salvó la vida. No se dió orden alguna para que los valerosos miqueletes obrasen; de modo que aunque llevados de su ardor acometieron dos ó tres veces los cuarteles enemigos, fué sin fruto, perdiendo en una ocasión Bonet cinco capitanes de seis que lo acompañaban con casi toda su gente; y entre tanto el marqués de Corzana dispuso tres salidas tan mal dispuestas, que aún arrollando como se arrolló al enemigo, no se logró hacer ningún daño en sus trabajos de sitio. Descuidóse el fortificar los puntos débiles, negáronse armas á los que las pedían, y al cabo de cuarenta días, cuando la plaza estaba casi entera todavía, se resolvió la capitulación. Ofreció Barcelona llena de noble ira defenderse sola y obligar á los franceses á alzar todavía el sitio, con tal que el de la Corzana se fuese donde quisiera con todas sus tropas, menos el Príncipe de Darmstad y sus caballos. No fué la proposición admitida; y como en aquellos días fuese nombrado el de la Corzana Virrey, en lugar de D. Francisco Velasco, llevó á cabo la entrega contra el sentir de todo el pueblo que lloraba su suerte, y el parecer del Príncipe de Darmstad y de los mejores capitanes, avergonzados. Salió la guarnición con los honores de la guerra y se reconocieron los privilegios de Barcelona. Viéronse en este sitio hechos heroicos. Imaginóse introducir la deserción en el campo francés, ofreciendo cierta cantidad á los soldados; pero no parecía posible llevar hasta ellos el ofrecimiento. Entonces, Gabriel Fort, natural de la villa de Alforja, con dos paisanos y un muchacho, se prestó voluntariamente á fijar los carteles en Pedralbes y en Sarriá, cuarteles principales de los enemigos, y así lo hizo. El Canceller en Cap de Barcelona murió de dolor y de fatiga, notando que sus prodigiosos esfuerzos eran impotentes para salvar la ciudad. También murió de un mosquetazo Luis de Noves, aquél ingeniero catalán que tan bien dirigió á los paisanos en el sitio de Castelfollit. Señalóse el valor de los sitiados, en que siendo tan mal dirigida la defensa, causaron sin embargo horribles pérdidas á los vencedores. Después de rendida Barcelona, los franceses se acercaron á Vich; quisieron ponerse en defensa los valerosos moradores; pero el de la Corzana les envió á decir que no era tiempo de tales bizarrías, y que no esperasen socorro alguno de su parte. Entonces Vich se rindió también, y este fué el último hecho de la guerra con Francia.
No habían faltado en ella hostilidades marítimas; los corsarios catalanes y vascongados hicieron algún daño en el comercio francés, y el duque de Nájera, con las galeras de Nápoles, logró algunas ventajas en los mares de Italia. La armada francesa que bombardeó á Barcelona, hizo lo mismo con Alicante, no con más fruto, y aun intentó un desembarco en el cual fué rechazada con pérdida. Acudió el conde de Aguilar con veintiocho bajeles, y los enemigos huyeron precipitadamente, esquivando vergonzosamente el combate que le ofrecieron los nuestros. En América hubo sucesos muy diversos. Habiendo pretendido Cussi, que mandaba la parte francesa de la isla de Santo Domingo, apoderarse de toda ella, fué derrotado en un combate por nuestros colonos y soldados, muy inferiores en número. Llegó entonces á aquellos mares D. Jacinto López Girón con nueve bajeles destinados á perseguir corsarios enemigos, y el Gobernador de Santo Domingo, D. Iñigo Pérez de Castro de acuerdo con él, determinó castigar á los franceses. Cussi fué muerto con más de cuatrocientos hombres en un combate gloriosísimo para nuestras armas; tomóse el lugar de Guarico, y se echaron á pique algunos bajeles.
El contento de esta victoria lo desvanecieron los daños que nos hicieron los filibusteros aliados con los franceses. En 1697 el barón de Pointis, con diez bajeles de estos y hordas filibusteras de desembarco, tomó y saqueó á Cartagena de Indias, como todas aquellas plazas desguarnecida. Ni en África nos dejaban los franceses. Incitaron á los argelinos y al feroz Ismael, rey de Fez, segundo de los Filelis, á que nos hicieran furiosa guerra. Los catalanes y los marineros valencianos y andaluces tuvieron que construir y tripular buques con que alejarlos de nuestras costas, y á las plazas de África dieron todas cuidado. Sitió Ismael á Larache y la combatió por muchos días, hasta que el conde de Aguilar y el almirante Gregori, con una armada, llegaron al socorro, con la cual tuvo que alzar el campo (1691). Poco después (1693) el xeque de Mequínez vino sobre Orán con veinte mil caballos, y desmontándolos al llegar á la fortaleza y muros, dió un asalto general que duró siete horas y costó la vida á infinitos de ellos, sin fruto alguno. Ismael, acostumbrado á vencer en África á todos sus enemigos, sañudo, soberbio y sanguinario como ninguno de aquellos bárbaros monarcas, no escarmentado con el suceso de Larache, embistió á Ceuta. Dióla varios asaltos y procuró rendirla por fuerza; pero fué rechazado con muerte de los mejores caudillos. Cuéntase que el mismo Ismael, para librarse de ellos, les hacía poner, de propósito, en los lugares de más peligro. Continuaron los infieles por muchos años en este sitio, sin lograr efecto alguno, y, al propio tiempo, embistieron á Melilla y se pusieron de nuevo sobre Orán, todo para gloria de sus defensores.