Historia de la decadencia de España

Part 42

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Acogiólos Francia con favor, porque su tesoro estaba de todo punto exhausto, y muerto Cromwell no podía contar con la alianza de Inglaterra, al paso que Holanda, los Príncipes alemanes y los potentados del Imperio comenzaban á mirar su grandeza con la misma envidia y recelo con que habían mirado la de España. Temió agotar sus fuerzas y exponerse á perder todo lo ganado, y se apresuró á ceder algo discretamente. Así se hubiera hecho en España cuando era tiempo de hacerlo. Ahora si Francia necesitaba de la paz, júzguese cuánto la necesitaríamos nosotros: estábamos ya sin aliento, sin vida; no quedaba sangre en nuestras venas, ni oro en nuestras arcas, semejante la nave del Estado á aquéllas desarboladas y sin timón, que sin poder moverse para esta ó la otra parte, ni mantenerse fijas en un punto, son en el Océano miserable juguete de los vientos y ludibrio de las olas. Tres meses duraron las negociaciones para la paz entre D. Luis de Haro, Marqués ya del Carpio por muerte de su padre, y conde-duque de Olivares por herencia del tío, y el cardenal Julio Mazzarino, que á tan justo título podía jactarse de haber dado cima á la obra de Richelieu. Fué el lugar de ellas una casilla de madera construída de por mitad en una isla del Bidasoa, llamada de los _Faisanes_, media legua de Irún, en la raya de España y Francia, y que se supuso que pertenecía á ambas Coronas. Concertáronse las negociaciones en ciento veinticuatro artículos que forman aquella paz famosa de los Pirineos, tan importante en la historia de España. Por ella cedimos á Francia, en el condado de Artoys, las ciudades de Arras, Hesdin, Bapaume, Bethune, Liliers, Lens, el condado de Saint Pol, Terouane, Pas y, en fin, toda la provincia menos Saint Omer y Ayre con sus dependencias: en Flandes á Gravelingas, con los fuertes de la Esclusa, de Felipe y de Tuttin, á Bourboug y Saint Venant; en el Haynaut á Landrecy y Quesnoy; en el Luxemburgo á Thionville, Montmedi, Dambilliers, Ivoy, Chavancy y Merville, y además Avennes, Filipeville y Mariembourg. Por la parte de España cedimos también los condados de Rosellón y Conflent ó Conflans, señalando por límites entre las dos naciones la cima de los montes Pirineos; de modo que todo lo del lado de acá quedase á España, y todo lo del lado de allá á Francia. Obligámonos á restituir á Rocroy, Chatelet y Limchamp, plazas conquistadas en Francia durante el último período de la guerra. Con estas pérdidas hay que juntar la de Dunquerque, que tenía cedida Luis XIV á los ingleses. Francia nos devolvió á cambio de estas cesiones el condado de Charolois y las plazas de Borgoña, en Flandes Oudenarde, Dixmunde, Fournes, Nerville sur la Lys, Menin, Commine, la Bassé, Bergues, Saint-Vinos y otros fuertes y lugares sin importancia; en Italia á Mortara y Valencia del Pó; en Cataluña á Rosas, Cadaqués, Urgel, la Bastida, Ripoll y el condado de Cerdania.

No es fácil suponer ahora qué mayores ventajas pudieran obtenerse del Tratado; quizá Francia persistiría en conservar las conquistas con que más podía perjudicarnos, negándose á devolver las plazas y territorios que más nos conviniesen. Pero hay harta ocasión á recelar que faltó acierto en las negociaciones. Jamás pudiendo debimos abandonar el Rosellón, y á cambio bien pudiera darse doble territorio en Flandes, con que la Francia ganara más y nosotros perderíamos menos. El interés de Francia, si la inclinaba á poner en el Pirineo su frontera meridional, tanto ó más pudiera inclinarla á extenderse hacia el Rhin, que es su natural frontera por la parte de Oriente y la más necesitada de defensa; porque si detrás del Pirineo está España, detrás del Rhin está todo el continente. Parece, pues, que si D. Luis de Haro hubiera sabido traer á su pensamiento tales ideas, con más ó menos costa se hubiera alcanzado algún concierto menos desfavorable. Ni fué el de ceder el Rosellón el único yerro que se cometió en el Tratado: de las mismas plazas de Flandes se cedieron también muchas de las más importantes, y se recuperaron otras que no lo eran tanto y que desde luego podían darse por perdidas. Acaso Mazzarino, hablando como vencedor al de Haro, le forzó á aceptar aquella repartición absurda de plazas que nos daba las del Franco Condado, aisladas é indefendibles de todo punto en la guerra, al propio tiempo que nos quitaba tantas otras enclavadas en nuestras provincias é indispensables para su mantenimiento.

Lo mismo este yerro que el anterior engendran naturalmente la sospecha de que tanto como la mala fortuna de la guerra, nos perjudicó en el Tratado la ineptitud de D. Luis de Haro. Tras de no tener este Ministro suficiente talento para comprender los grandes y verdaderos intereses políticos de España, era muy ignorante y de todo punto desconocía los territorios y localidades. Así todo se le volvía, según cuentan, dar largas á las negociaciones, poner estorbos, negar las cosas más sencillas y desconfiar de Mazzarino. Éste, por el contrario, con alta idea de las cosas de Estado y especial de los intereses y conveniencias presentes y futuras de Francia, poseía además perfecto y minucioso conocimiento de las plazas y territorios y de su importancia militar y política. Sagaz y diestro á maravilla, sabía afectar indiferencia por las cosas que más deseaba, y empeñarse en pequeñeces que el nuevo conde-duque de Olivares le disputaba tenacísimamente; cedía luego, y á la sombra de la aparente derrota, ganaba verdaderos y ricos triunfos. Tal retrato hacen las historias de la época de los dos negociadores, y cierto que confirma completamente nuestras sospechas: quizá perdió España, como arriba decimos, tanto como por las armas en las negociaciones del Tratado.

No salieron tampoco muy bien librados nuestros aliados el duque de Lorena y el príncipe de Condé. El primero, preso ya en España por desconfianza de su persona, y, por tanto, flojamente apoyado de nuestra Corte, tuvo que demoler sus fortalezas y ceder buena parte de sus Estados al Rey de Francia, quedando sujeto á más duro feudo que nunca: en cambio recobró la libertad. El de Condé, aunque hidalgamente defendido por D. Luis de Haro que quiso hasta hacerlo Príncipe soberano, dándole algunas plazas en los Países Bajos, fué combatido de tal manera por Mazzarino, su particular enemigo y émulo, que al fin tuvo que consentir en humillarse al Rey y al Cardenal, pidiendo perdón de sus últimos hechos. Y aun porque no perdiese sus dignidades y bienes hubimos de dar la plaza de Avennes y sacar la guarnición española de Julliers con otros partidos.

Más felices fueron naturalmente los aliados de Francia. Al duque de Saboya tuvimos que restituirle á Vercelli y el lugar de Cencho; el príncipe de Mónaco, Grimaldi, quedó libre del presidio español que oprimía sus Estados desde el tiempo de Carlos V, y obtuvo que se le devolviesen todos los bienes que en Nápoles y el Milanés se le habían confiscado; el duque de Módena obtuvo que saliese de Correggio la guarnición que allí solía haber de españoles. Sólo Portugal quedó en abandono de todos los aliados de Francia, y eso en los protocolos, que en la realidad fué luego otra cosa. Hizo Felipe IV este abandono, condición indispensable de la paz, no sin razón por cierto. En vano el francés propuso los más ventajosos partidos, llegando hasta á comprometerse á devolver á España todas las conquistas hechas en la guerra, con tal que el reino de Portugal fuese reconocido como independiente. Felipe y D. Luis de Haro fueron inflexibles en este punto, y Mazzarino tuvo que abandonar Portugal á su suerte en el Tratado, declarando que lo hacía por no perpetuar la guerra, pues era inevitable, de insistir en tal condición, el rompimiento de las negociaciones. Sólo pudo recabar Luis XIV una amnistía completa para todos los que hubiesen intervenido en los sucesos de Portugal, semejante á la que acababa de concederse á los catalanes, con tal que viniesen voluntariamente á la obediencia. Lástima que tal empeño en recuperar á Portugal no se hubiese puesto antes, y que luego no se hubiese llevado á cabo con más acierto y fortuna. Por último, se pactó en el Tratado el matrimonio de Luis XIV con la infanta Doña María Teresa, que era como la base y el sello de todo; ajustándose al propio tiempo un convenio particular para las bodas, en el cual la Infanta renunció completamente por sí y sus descendientes á la sucesión de la Corona de España: renuncia que no tuvo efecto en adelante, y convenio que sirvió para encender luego en España aquella larga y funesta guerra, que trajo á un nieto de Luis XIV al Trono español.

Firmada y ratificada la paz de los Pirineos, y hechos los truecos de plazas y satisfechas las más de las condiciones, se pensó en llevar adelante el matrimonio. Vino el duque de Grammont á Madrid á pedir á la Princesa; partió luego nuestro Rey con ella á la frontera francesa; hiciéronse los desposorios en San Sebastián, representando el marqués del Carpio y conde-duque de Olivares la persona de Luis XIV; entregóse la Princesa á su marido en la raya de Francia, y allí mismo conferenciaron privadamente Felipe y Ana de Austria. Solemne conferencia aquella de los dos hermanos separados por tantos años, y, por tantos aún, irreconciliables enemigos. Uno y otro tenían que referirse largos disgustos, causados los más por el vicio de la galantería, que fué en Ana de Austria como en Felipe muy poderoso. Amada por Richelieu, por Mazzarino y por muchos de los principales señores de la Corte de Francia, despreciando á unos, correspondiendo á otros, y engendrando con ésto y aquéllo despechos y envidias, puede decirse que en todas las turbulencias que afligieron á Francia durante su Regencia, tuvieron muy principal parte tales aventuras. Pero Ana tuvo bastante discreción para no entregar por afición el Poder sino á un hombre de alta capacidad como Mazzarino, y Felipe lo entregó á confidentes y terceros indignos de regir tan gran Nación como España. Así ésta perdió tanto con Felipe; y Francia ganó tanto con Ana de Austria. Harto diferente en costumbres de su padre y tía fué la infanta Doña María Teresa, que dió España á Luis XIV en garantía de la paz. Cuéntase que este Príncipe licencioso dijo al saber su temprana muerte: «es el primer pesar que me ha dado». Separáronse las dos Cortes del Bidasoa, dejando consumado un matrimonio que tan inmenso influjo había de tener en la suerte de España. Á D. Luis de Haro, por la parte principal que había tenido en todos aquellos sucesos, se le dió el título de la Paz, antes y después llevado por otros.

Mas entre tanto que se continuaba y traía á término la guerra con Francia, no estaba en abandono la de Portugal. Habíase puesto al fin, después de diez y ocho años de inercia, la merecida atención en las cosas de allá; pero fué tan tarde, que parecía todo inútil. Lo que había que hacer ya no era una guerra de recuperación, sino de conquista; porque al cabo de diez y ocho años el partido de España se había desvanecido del todo, los Grandes se habían acostumbrado á obedecer á la nueva dinastía, el pueblo la amaba ya y la miraba como suya, todas las fuerzas del Reino estaban reunidas en derredor del Trono y tenía este ya ejércitos de soldados viejos, armada y alianzas muy fructuosas con Holanda, Inglaterra y Francia. Estaban, pues, totalmente mudadas las cosas: y aun cuando el honor exigiese continuar la guerra y hacerla formalmente, bien podía recelarse la inutilidad del empeño.

Si nosotros hubiésemos gobernado bien aquellos pueblos; si hubieran estado unidos con nosotros por vínculos de amor ó de costumbres, como á pesar de todo lo estaban los de Cataluña; si aquéllos como éstos hubieran caído bajo una mano extranjera ó tiránica que los oprimiese más con menos derecho, habrían podido fundarse razonables esperanzas en el tiempo, esperando que la rebelión se confundiese á sí misma. Pero Portugal no dejó de considerarse apenas como extranjero: había sido, si no tan mal gobernado como el resto de la Monarquía, bastante al menos para el vulgo, ignorante de los altos intereses que conciliaba la unión, y los nobles, apasionados en sus agravios, pudieron desear ardientemente el restablecimiento de las antiguas cosas: había sido, finalmente, gobernado por el de Braganza, con dulzura y prudencia, ya que no con grande acierto. La misma guerra que habíamos hecho en la frontera, toda de saqueos, de robos y de exterminio, había acrecentado sobremanera el odio de aquella nación á la nuestra, inclinándola más y más al partido de la independencia.

Corría el año de 1658 cuando se imaginó hacer contra Portugal grandes esfuerzos, y ya á esta sazón el duque de Braganza, Juan IV, y su hijo Teodosio, eran muertos, sucediendo en el Trono D. Alonso, mozo de estragadísimas costumbres y flaco juicio. Quiso Dios que ni aún esta incapacidad del nuevo Rey viniese en provecho de España; y eso por causa de una española, que fué aquella funesta Doña Luisa de Guzmán, mujer del duque Juan de Braganza y madre de D. Alonso. Era aquella mujer entonces quien con más bríos llevaba el nombre glorioso de Guzmán: ella impulsó á su marido á levantarse en el Trono, y ahora sostuvo en él su hijo cuando parecía que iba á desplomarse. Así fué que aun el calor que tomó ahora la guerra, no partió tanto de España como de la altivez y atrevimiento con que osó aquella dama amenazar nuestro territorio. Juntando un ejército de hasta catorce mil infantes y tres mil caballos, con veinte cañones y dos morteros, al mando de Juan Méndez de Vasconcellos, uno de sus mayores privados y generales, emprendió el sitio de Badajoz. Pareció increíble en Madrid el propósito, y se dudó por muchos días, hasta que llegaron las nuevas de que las trincheras estaban abiertas y estrechado el cerco. Metióse dentro de la plaza á abastecerla don Francisco Tuttavilla, duque de San Germán, Capitán general de la frontera, con el Maestre de campo general D. Diego Caballero de Illescas; eran el General de la caballería D. Pedro Téllez Girón, ahora duque de Osuna, hijo del que llamaron el Grande, y el General de la artillería D. Gaspar de la Cueva, hermano del duque de Alburquerque. Comenzaron los portugueses por embestir el fuerte de San Cristóbal á cierta distancia de la ciudad, de donde fueron rechazados por el marqués de Lanzarote, D. Diego Paniagua y Zúñiga, que allí mandaba. El de San Germán, logrando meter en la plaza hasta cinco mil buenos infantes, se salió fuera á proporcionar el socorro, dejando por Gobernador al Maestre de campo Móxica. Acometieron furiosamente los portugueses; pero los de dentro rechazaron todos los ataques y les obligaron á convertir el sitio en bloqueo. Y en tanto en Madrid, cerciorada del caso nuestra Corte, avergonzada del atrevimiento de los portugueses, y viendo que si Badajoz caía en sus manos, podían penetrar sin estorbo hasta el corazón de Castilla, se determinó acudir pronta y poderosamente al reparo. Hubo un Consejo, en el cual no faltaron personas que opinasen porque el Rey saliese á campaña, entrando en Portugal con el ejército; opúsose á ello el marqués del Carpio, D. Luis de Haro, y más aún la propia indolencia del Rey; de suerte que se desechó aquello que, ahora como antes, era lo más acertado.

Era D. Luis de Haro, aunque no mal intencionado, como sabemos, celosísimo de su autoridad y receloso; recordaba que la salida del Rey al ejército de Cataluña, fué de las mayores causas que hubo para que su tío el Conde-Duque perdiera la privanza, y más que él tenía ya contra sí á la reina Doña Mariana, como aquel tuvo contra sí á la reina Doña Isabel. Tales motivos le hicieron opinar porque el Rey no fuese al ejército; y prevaleciendo su parecer, se ofreció él mismo á acudir á la empresa, aunque nunca hubiese andado en ejércitos ni entendiese de gobernarlos. Consintió el Rey en el propósito del Méndez de Haro, y éste comenzó á toda prisa á juntar fuerzas; y como no reparaba en los medios ni en la calidad de la gente, sacándola por fuerza de los cortijos de Castilla, sin darla ninguna orden ni enseñanza, pronto tuvo bajo sus órdenes hasta ocho mil infantes y cuatro mil caballos, con los cuales se juntaron luego dos mil caballos que sacó de la plaza el duque de San Germán para atender al socorro. Marchó este ejército la vuelta de Badajoz; mas se encontró al llegar con que el enemigo, no osando esperar, había alzado el cerco, hallándose tan disminuído que apenas contaba ya con once mil combatientes. Entonces el del Carpio y Olivares, achacando á propia gloria lo que era efecto de la buena defensa de la plaza y de los padecimientos de los sitiadores, cobró alientos para pasar la frontera y poner sitio á la plaza de Elvas.

Defendióla vigorosamente su gobernador Sancho Manuel durante mes y medio, y dió tiempo á que con mucho trabajo juntasen los portugueses nuevo ejército al mando del conde de Castañeda. Estaban las líneas de Elvas regularmente fortificadas en cuatro cuarteles y sostenidas por algunos reductos. Llegó á ellas el de Castañeda igual en infantería, menor en caballería; pues sólo contaba con dos mil y quinientos jinetes, y las embistió al alba de cierto día cuando los nuestros no esperaban que osase allí acometerlo, y disputaban sobre si convenía ó no salir á esperarlo. Estaba todo tan mal dispuesto, que mientras el grueso de la infantería campaba al costado izquierdo, al costado derecho por donde se dejó ver el enemigo no había más que veinte hombres en un gran fuerte y hasta ciento cincuenta más á tiro de mosquete; en cambio, ostentábanse numerosos los escuadrones de caballería. Al descubrir á los portugueses sobre las trincheras fué cuando se envió por infantería; pero aún ésta no se había puesto en movimiento, cuando ya los portugueses, arrollando fácilmente á los veinte hombres del fuerte, habían tomado posesión de él y de todas las trincheras de aquella parte. En vano el duque de San Germán, á quien tocaba el puesto, quiso defenderlo; no teniendo con quien, sólo logró que al primer encuentro lo hiriesen de un mosquetazo en la cabeza con que lo derribaron. Acudió también el de Osuna con la caballería; pero ésta era inútil para echar á los portugueses de nuestros mismos reductos y líneas donde estaban situados. Entonces todo fué confusión en nuestro campo; D. Luis Méndez de Haro, no bien oyó el estruendo de la artillería, con proceder indigno de su noble raza, tomó la fuga abandonándolo todo hasta los papeles del Ministerio; y aunque el duque de Osuna, la Cueva, Móxica y los demás capitanes rechazaron en el costado derecho á los portugueses y prolongaron por siete horas la pelea, no pudieron ya mantener firmes sus escuadrones desconcertados, sin plan ni aliento, y tuvieron que retirarse al fin con apariencias de fuga (1659), dejando en el campo la artillería, bagajes y banderas, cuatro mil muertos y hasta dos mil prisioneros. Debióse al valor del Maestre de campo D. Rodrigo Móxica que se pudiera salvar alguna gente en escuadrón formado. El y Osuna y otros cumplieron largamente con sus obligaciones.

Debió una rota de tal naturaleza hacer morir de vergüenza al Ministro y de cólera al Rey; mas ni uno ni otro hicieron demostración de cólera ó de vergüenza. El privado no cayó de la gracia del Rey; y tanto fué así, que inmediatamente le nombró para hacer aquellas paces de los Pirineos, donde anduvo, como dejamos dicho, no más acertado que en lo de Elvas. Menos desgraciada que por la parte de Extremadura fué por la parte de Galicia la campaña de 1659, y aun pudiera decirse que gloriosa. El marqués de Viana mandaba por aquella parte un pequeño ejército, que no llegaría á cinco mil hombres, teniendo por Maestre de campo general á D. Baltasar Pantoja y otros capitanes de cuenta á sus órdenes. Con estas fuerzas pasó el Miño, no lejos de Valencia, y plantó del lado allá sus cuarteles. Y habiéndole embestido el conde de Castel Melhor con fuerzas portuguesas, que serían á poco más ó menos como las suyas, peleó dos veces esforzadamente, principalmente la última, en que los contrarios fueron rotos y obligados á refugiarse en las montañas de Coura. Diéronnos estas ventajas el castillo de Lampella, situado en la misma ribera del Miño, que en pocos días capituló; luego la importante plaza de Monzao, defendida valerosamente por los portugueses durante cuatro meses de asedio, y, por último, Salvatierra y el fuerte de Portello, tomado por sorpresa. Hizo el de Viana estas conquistas contra la opinión de la Corte, que, asustada con el suceso de Elvas, le ordenaba la retirada. Pero no bien se supieron en Madrid, para darlas más importancias y hacer olvidar lo de Elvas, se restableció el antiguo Consejo de Portugal, suprimido ya por inútil, así como si de nuevo tuviese que gobernar aquel reino. ¡Ridícula jactancia! En tanto no se abrieron otras campañas, esperando á que llegase á España D. Juan de Austria, llamado de Flandes después de la derrota de las Dunas, y tomando el mando de un poderoso ejército nuevamente reunido, rematase de verdad la conquista. Vana esperanza la que se edificaba sobre tal caudillo, que tan pocas muestras había dado de ser el gran capitán que necesitaba la empresa; pero como había asistido á la recuperación de Nápoles y Cerdeña, se juzgó que en Portugal había de acompañarle la misma suerte. Y como anduviesen ya muy adelantadas las negociaciones de paz, se aguardó á terminarlas para disponer de todas las fuerzas.

Al fin en 1661 se resolvió hacer el esfuerzo final y supremo. Faltaba, como siempre dinero, y como tantas veces, se determinó buscarlo alterando el valor de la moneda, no escarmentados los Ministros con tantos desengaños. La alteración que ahora se imaginó fué la más extraña del mundo; porque consistía en repartir en cuatro cada pieza de cobre de dos maravedís, y darle valor de ocho á cada trozo, echándole la cuarta parte de plata. Hízose la mezcla, perdióse en ella cantidad de plata, falsificóse al punto mucha de aquella moneda, echándola en lugar de plata estaño, hubo la ordinaria confusión y carestía, perdióse mucho y no se ganó nada; de suerte que se prepararon las cosas de la guerra con la mayor escasez y penuria. Al mismo tiempo la mala suerte de nuestras armas en los últimos años hacía pensar á la sazón en la necesidad de reformar los ejércitos y mejorarlos antes de salir con ellos á campaña.

Así como en otros tiempos hervían los arbitristas financieros, proponiendo delirios y cosas que parecían de burlas, á no andar escritas en libros serios, sin poner en olvido la Hacienda, dedicábanse ahora los ingenios arbitristas á curar los males de la milicia española, pretendiendo cada cual con sus consejos hacerla invencible. Mas no adoptándose ninguno de los buenos pensamientos que por acaso se ocurrían, y afirmándose los errores que venían destruyendo de mucho tiempo antes nuestra milicia, vino á suceder que cada día tuviese España peores ejércitos.