Historia de la decadencia de España

Part 38

Chapter 383,632 wordsPublic domain

Antes que él había ya muerto D. Felipe de Silva. Recayó entonces el mando de las armas en el joven marqués de Aytona, el cual no hizo cosa notable. Tenía doce mil infantes y tres mil quinientos caballos, número capaz de cualquier empresa. Llegó al lugar de las Borjas y le puso cerco; mas viniendo el príncipe de Condé contra él se retiró lentamente. Persiguiólo Condé sin empeño; tuvieron algunas escaramuzas los ejércitos en la huerta de Lérida, y al fin los nuestros fueron á meterse en un campo fortificado, entre aquella plaza y Gardeny, y el de Condé en otro que sentó hacia Vimbodi, sin venir á batalla. Y mientras los ejércitos principales estaban así en la inacción, de una y otra parte se acometían diversas empresas con varia fortuna. Tomaron los franceses á Mollerusa, á pesar del auxilio que enviaron los españoles, y éstos no pudieron rendir á Montblanch, ni á Flix, ni á Miravet, y sí el puente de Termas, poco después perdido. También amagaron los nuestros á Constantí y á Salou, ocupados del enemigo, y éste se apoderó de Ager. Mas con todo eso, la ventaja estaba de parte de los españoles con las victorias obtenidas delante de Lérida. Irritado al último punto Mazzarino, y teniendo que disponer de Condé para la guerra de Flandes, envió con nuevas fuerzas á Cataluña al mariscal de Schomberg. Fué éste más afortunado que sus antecesores, pues en ocho días rindieron sus armas á Tortosa. Quiso D. Francisco de Mello dar aquí nuevas muestras de su persona, y reuniendo alguna gente acudió á socorrer la plaza; pero el francés le obligó á retirarse sin efecto alguno. En cambio, D. Francisco Tuttavilla, gobernador de Tarragona, ganó á Montblanch, Salou y Constantí.

Fué preciso para hallar general que supiese mandar el ejército de Cataluña sacar con grandes súplicas de su retiro á D. Juan de Garay, substituyéndolo á Aytona. Juntó D. Juan un trozo de ejército de hasta siete mil infantes y tres mil caballos, y se puso en marcha hacia Barcelona. Llegó hasta Villafranca de Panadés sin obstáculo, y como su intento no era otro que el de mostrar á aquellos naturales el poder de las armas del Rey, se puso luego en retirada. Salieron á estorbársela los franceses y catalanes, superiores en número, al mando de MM. de Marsín y de Crequi: hubo discordia entre estos dos generales, y no supieron hacer valer el número; y Garay, aprovechándose diestramente de su desconcierto, destrozó la caballería francesa, que mandaba Crequi, matándole y tomándole trescientos caballos, y obligó al resto del ejército enemigo á recogerse en sus cuarteles, después de lo cual se volvió tranquilo á Lérida. En tanto los enemigos intentaron sorprender á Tarragona, vistiéndose como paisanos catalanes con acémilas de harina; mas, dentro ya algunos de los muros, fueron descubiertos y dados á hierro ó prisiones.

Más afortunados los nuestros, de Lérida bajaron á poner sitio á Castel Lleó, y la tomaron con pactos. Hizo sitiar de nuevo aquella pequeña plaza el duque de Vandome, que había sucedido á Schomberg en el mando de Cataluña por los franceses. Aprovecháronla bien sus tropas, mientras el de Vandome desde Balaguer alentaba la empresa; pero llegó el socorro de Lérida; nuestros soldados rompieron violentamente las líneas, forzaron el campo y pusieron en derrota cuanto se puso por delante de sus armas. Poco después los naturales de la villa de Falset entregaron los muros á unas galeras de España, que por acaso habían arribado á sus playas; mas no tardó en recobrarla Vandome.

Eran tales sucesos poco importantes y decisivos; pero por parte de los Ministros y capitanes españoles muy bien imaginados. Á la sazón no convenía ya hacer dura y sangrienta guerra en aquel territorio; el tiempo había de hacer más que las armas. Toda Cataluña andaba revuelta en celos, odios y discordias entre catalanes y franceses, haciendo los primeros contra éstos más que hicieron contra los españoles. Mazzarino, para hacer sentir la falta de su amparo y protección, no enviaba ya bastantes fuerzas y abandonaba á los naturales su defensa; mas éstos, lejos de amilanarse por ello, despreciaban en voz alta á sus protectores. Hijos de España, con hábitos y costumbres más ó menos extraños, pero españoles al cabo, aquellos nobles moradores no podían ya resistir la dominación extranjera. Suspiraban por su antiguo gobierno, por las antiguas cosas; y aunque no fué disculpable en ellos el darse á los extranjeros, mostrábanse con su arrepentimiento antes dignos de lástima que de ira. Algunos tributos impuestos entonces exaltaron más los ánimos. Y dando los franceses en formar procesos, ejecutar suplicios, fulminar destierros y confiscar haciendas, acabaron de perder á los pocos que el interés conservaba en su partido.

La dureza del natural, el odio al ejercicio del mando, el amor á la libertad, todo se suscitó entonces poderosamente en los corazones catalanes, juntándose con el patriotismo para ponerlos de nuestra parte. Viendo cuán grandes eran sus males presentes, olvidaron de todo punto los pasados. Lección elocuente que nunca deben olvidar los pueblos que rompen con sus hermanos y se entregan á razas extranjeras por motivos de cólera ó disgusto. Nunca pueblos hermanos se separarán sin que tarde ó temprano sientan la pena, ya sea involuntaria la separación, ya dictada por fuerza de enemigos. Las nacionalidades son como las familias; jamás la división de sus miembros puede traer otra cosa que empequeñecimiento y vergüenza, y los extraños que se entrometen en ellas, no vienen más que á ser cizaña, y en vez de protectores, verdugos.

Ahora los catalanes, arrepentidos, mostraban de mil maneras sus sentimientos. Pronto algunos de los principales abrieron tratos con el Gobierno español por medio de D. Baltasar Pantoja, que había sucedido á Brito en el mando de Lérida. Á estas nuevas el Rey y don Luis de Haro, llenos de gozo, determinaron obrar activamente. Dispúsose primero que la armada de España, gobernada á la sazón por el duque de Alburquerque, vuelto del mando de la caballería de Flandes, cruzase por delante de Barcelona al mismo tiempo que el ejército insultaba sus mismos muros. Llegóse á esperar luego que los moradores abrirían sus puertas á la gente de desembarco de la armada, que iba ya bien prevenida para eso; y aunque no se logró, porque descubierto el trato de los franceses, fueron presos (1656) los que teníamos en inteligencia con nosotros, no por eso cesaron las idas y venidas y hablas de concierto. Al fin, pareciendo que sería lo más breve, y viendo cuán falto de enemigos andaba el Principado, se determinó el sitio de Barcelona. Retirado por última vez de las armas D. Juan de Garay, fióse la empresa como Virrey y Capitán general al buen marqués de Mortara, D. Juan Orozco Manrique de Lara, rescatado ya de sus prisiones, y tan práctico de aquella guerra; y al mismo tiempo se envió orden á D. Juan de Austria, Capitán general de todas las armadas marítimas que estaban en Sicilia, para que acudiese á la empresa, mandando levantar gente en Alemania y reunir la de todas partes que se pudiese.

Salió de Lérida Mortara con seis mil infantes y tres mil caballos, donde se contaban muchos catalanes voluntarios. Sitió la importante villa de Flix, tantas veces acometida en vano, y la rindió sin que el de Vandome pudiera estorbarlo. Juntáronse entonces hasta tres mil catalanes más con Mortara, y con ellos y su gente fué á ponerse sobre Miravet y la rindió y luego sobre Tortosa. Quiso Vandome salvar la plaza; pero no osando venir á batalla, se contentó con permanecer en las inmediaciones. No se empleó mejor el socorro de la mar que el socorro de tierra. Traíalo en cuatro navíos el mariscal de Ligni; mas Alburquerque, que con seis galeras ocupaba ya la embocadura del Ebro, los embistió y apresó después de un reñido combate. Falta entonces de víveres, hubo de rendirse Tortosa. La retirada de Vandome y la de la guarnición que capituló en la plaza fueron verdaderamente desastrosas; por dondequiera que pasaban iban sobre los alojamientos ó sobre cualquiera ocasión liviana, encendiéndose en discordias los naturales con los soldados, pereciendo tantos de éstos, que antes de llegar á Barcelona se halló Vandome sin ejército.

En el ínterin, el de Mortara se engrosaba cada día con voluntarios catalanes, y además recibió hasta tres mil quinientos alemanes de refuerzo por Tarragona, con que principiada la primavera de 1651, se juzgó ya bastante fuerte para sentar sus reales delante de Barcelona. No pasaban, sin embargo, sus soldados de once mil hombres, número insuficiente para rendir tan numerosa población, y más recordando el ejemplo del marqués de los Vélez, que con más de doblado número no acertó á conseguirlo. Pero á la verdad, la situación de las cosas era harto diferente. En Barcelona misma se victoreaba públicamente al Rey de España, y se daban _mueras_ á los franceses; y los magistrados de aquella capital estaban de tal manera, que habiéndoles representado algunos síndicos de los lugares comarcanos los excesos que cometían los franceses, es fama que respondieron:--«¿Por qué no los degolláis á todos?»--Género de consejo, antes seguido que esperado en Cataluña, en las ocasiones. No por eso dejó Barcelona de aprestarse á la defensa: de una parte, los franceses, que no pudieron detener la marcha del ejército español reducidos á sus solas fuerzas, pusieron el mayor empeño en conservar á Barcelona, y de otra, el gobernador de las armas catalanas, D. José Margarit, aquel capitán de almogávares, y tenacísimo enemigo de la madre patria, y los caudillos de los tercios y gente armada no se prestaban á los deseos de lo general del pueblo. El de Mortara con su ejército, donde venían el Condestable de Castilla y el barón de Sabac y otros capitanes, pasó á Santa Coloma, deshizo un trozo de caballos franceses, y de allí fué al llano de Tarragona donde se juntó con D. Juan de Austria, que ya había arribado de Sicilia. Luego, por la orilla del mar se encaminó á Llobregat. Allí había una torre fortificada, cuya expugnación causó algún trabajo; pero se ganó, y el ejército, tomando ordenadamente á la izquierda, por debajo de las verdes montañas que coronan el llano de Barcelona, pasó de Esplugas al monasterio antiguo de Pedralves; y desde él á Sarriá, y siempre costeando las faldas hasta San Andrés, donde se pasó el campo. Extendiéronse los cuarteles desde San Andrés al mar, y se esparció la caballería por el llano á fin de que no entrasen bastimentos ni socorro en la ciudad. Mr. Marsín, encargado de defenderla por Mazzarino, se marchó á Francia, ó bien desesperado ó bien arrastrado de sus intereses particulares, y la diputación de Barcelona, que por causa de la peste que reinó en ella se había salido á Manresa, no quiso volver á encerrarse en los muros. Ante el mayor número de sus Ministros abrió tratos con los del Rey. Pero Margarit y los soldados siguieron obstinados en la defensa; y como á pesar de nuestra caballería por la parte del Llobregat entrasen todo género de bastimentos, no mostraban el menor miedo del sitio. Al fin Mortara determinó partir su ejército en dos trozos: al uno dejó en San Andrés, al otro puso en Sanz, cerrando así los dos extremos de las montañas, y de uno á otro campo por la falda de estas dejó vagar la caballería. Además D. Juan de Austria con los duques de Tursi y de Alburquerque cerraba el puerto con veinte bajeles, con lo cual comenzaron á faltar los víveres en la plaza que era lo que Mortara quería, puesto que no se hallaba con bastante poder para entrarla por fuerza.

Comenzaron á fabricar los barceloneses un fuerte sobre Santa Madrona para dominar el camino de Sanz; pero fué conquistado por los nuestros antes de estar acabado. Luego, para que impidiesen los nuestros la comunicación de Barcelona con Montjuich, construyeron otro fuerte los defensores entre aquel castillo y la plaza, el cual no pudo ganarse aunque se intentó repetidamente. Dieron una embestida los catalanes de Montjuich á nuestros cuarteles de la parte de Sanz, y la gente nuestra de esta parte intentó un asalto al castillo, en el cual fué rechazada. Luego por muchos días se divirtieron unos y otros en dispararse cañonazos sin fruto. Mas en esto la corte de Francia ordenó á Mr. de la Motte Hodancourt que con cuatro mil infantes y dos mil quinientos caballos bajase desde el Rosellón al socorro. Estuvo La Motte algunos días por los contornos amagando ó combatiendo parcialmente sin poder venir á batalla por la inferioridad de sus fuerzas, hasta que por fin una noche, después de una vigorosa escaramuza, logró abrirse paso con tres regimientos de infantería y seiscientos caballos por el centro del llano donde no teníamos puestos ni cuarteles. Dió esto aliento á Margarit y La Motte para hacer varias salidas contra nuestros reductos y cuarteles. En una de ellas llegaron á tomar _el fuerte de los Reyes_, que Mortara había mandado edificar en la colina de Montjuich para oponerlo á la fortaleza enemiga; pero al fin fué recobrado por los nuestros, y en todas las demás ocasiones fueron rechazados los contrarios. Con esto el hambre comenzó á hacer estragos en Barcelona. Apareció en sus aguas una armada francesa gobernada de Mr. de la Ferriére, cargada de bastimentos, pero no osando medirse con la de D. Juan de Austria y Alburquerque, superior en número, se retiró de nuevo á los puertos de Francia.

La parte de tierra estaba no menos guardada que la del mar por los nuestros. Concertáronse los de adentro con algunos caudillos almogávares de la montaña, y en un día señalado aparecieron éstos con un convoy por la parte de Sarriá, y salieron de la ciudad á ampararlos numerosas fuerzas. Hubo un reñido combate, y ya parecía logrado el intento, cuando acudiendo más gente nuestra de los cuarteles, fueron rechazados los almogávares y los escuadrones de la ciudad muy derrotados. Ya no había esperanza de socorro, y el hambre arreciaba por momentos su furia: fué error de Mortara el dar en tales circunstancias una embestida á Montjuich y á los baluartes y puertas de la ciudad, donde padecimos sin fruto alguna pérdida. La plaza no podía ya defenderse, y tuvo que ofrecer capitulaciones. Tuvo el buen acierto D. Luis de Haro de aconsejar al Rey que ofreciese amnistía completa á los catalanes después de este suceso, sin exceptuar más que á Margarit y algún otro de los tenaces de aquella rebeldía, que ya podía llamarse traición en adelante. Y esto acabó de dar á la entrega de la ciudad toda la apariencia de un triunfo para los naturales, en lugar de ser una humillación ó desdicha.

Entregóse Barcelona á merced del Rey, y éste en cambio la otorgó todos sus privilegios antiguos, y en un momento se vieron trocadas todas las cosas, y Cataluña entera ardió en fiestas y alegrías. No se había rendido aún Barcelona, cuando Mongat y su castillo, sitiados desde aquella plaza misma, fueron ocupadas por las tropas del Rey: luego muchos lugares del llano de Vich, vinieron voluntariamente á la obediencia. La guarnición de Lérida, de acuerdo con los moradores, recobró á Balaguer de los franceses, por sorpresa. Los diputados catalanes que no habían querido entrar en Barcelona, congregaron los brazos de la provincia en Manresa, y de acuerdo con ellos dieron al Rey aquella villa y á Cardona, Solsona y muchos más lugares. No tardó Mortara, separándose momentáneamente de las líneas, en ocupar á Mataró, y á las nuevas de la rendición de Barcelona, Gerona, y todos los lugares de la marina y Ampurdán menos Rosas, volvieron á restablecer el Gobierno de España. Solo la villa de Blanes se resistió y fué dada al saco en castigo. Desde entonces pudo ya considerarse Cataluña vuelta á España. El marqués de Mortara, D. Juan Orozco Manrique de Lara, ganó en ello una de las-glorias más motivadas de aquel siglo y Cataluña quedó tan enemiga de los franceses como lo mostró en calificadas ocasiones más adelante, alguna no venturosa ni loable por cierto.

Mas si la insurrección de Sicilia se había atajado, si la de Nápoles al fin había cedido á nuestra constancia ó á nuestra fortuna, si la de Cataluña se había terminado dichosamente, la de Portugal, que era la que más importaba vencer, mostrábase triunfante y más y más potente de hora en hora. Después de la batalla de Montijo, el marqués de Torrecusso se retiró á Napóles como atrás hemos visto, disgustado del mando y persuadido de la inutilidad de emprender con tan escasas fuerzas y recursos campaña alguna. Entonces se dió el Gobierno del ejército al marqués de Leganés, mandando sobreseer en su proceso; porque á la verdad, aun dadas las grandes faltas de aquel General, todavía era por el esfuerzo de su persona y por la experiencia que tenía en las armas, de los mejores y aun de los pocos de que para tal ocasión pudiera echarse mano. Empleóse el Marqués con sus tropas en arrasar quintas, molinos, aldeas y puentes: luego, reunidas todas las fuerzas que pudo, y que montarían á tres mil caballos con siete ú ocho mil malos infantes, emprendió el sitio de Olivenza. Llegó á apoderarse de algunos baluartes y á penetrar en la ciudad; pero volvió á perderlos por la defensa heroica de los portugueses y la mala calidad de la gente nuestra: de modo que tuvo que alzar el cerco sin fruto alguno. Siguióse de una y otra parte la guerra de correrías y desolaciones, hasta que muerto D. Andrea Cantelmo, con retención del mando supremo de aquel ejército, fué á gobernar el de Cataluña, donde con más fortuna que por acá, hizo levantar el cerco de Lérida á los franceses. Quedó mandando el ejército el valiente barón de Molinghen, á quien se debía la gloria de Montijo, Maestre de campo general del ejército; mas no hubo en su tiempo hostilidad notable. Retirado y muerto al poco tiempo Leganés, se dió ya el mando de las armas de Extremadura á D. Francisco Tuttavilla, duque de San Germán, que estaba en Cataluña. No se lograron por eso mayores ventajas, y ni de una ni de otra parte se reunió ejército bastante para hacer verdaderamente la guerra.

Por este tiempo, en Flandes se habían pretendido remediar los males traídos por los pasados desaciertos, enviando en lugar del marqués de Tordelaguna, don Francisco de Mello, varios caudillos de nombre que se repartiesen el mando. Así se vió pasar allá á D. Octavio Piccolomini y Aragón, natural de Siena, Conde primero de su nombre y luego hecho por el Rey de España duque de Amalfi, en recompensa de la victoria de Thionville. Era ya éste muy conocido en los ejércitos de España y más en los del Imperio, del cual fué uno de los principales sostenedores en la sangrienta lucha con los suecos. Con él servían el conde de Fuensaldaña, D. Alonso Pérez de Vivero, que comenzaba entonces á ser conocido en los ejércitos, el general flamenco Beck, y el marqués de Caracena, D. Luis de Benavides, General entonces de la caballería, puesto en lugar de Alburquerque, y Lamboy, aquel buen capitán liejés, que de antiguo peleaba debajo de nuestras banderas. Con éstos hay que juntar al duque de Lorena, nuestro aliado, que como Príncipe y señor de un ejército que tenía á nuestra devoción, era el que más autoridad alcanzaba. Tantos y tan calificados capitanes sin ejércitos bastantes que mandar, sin sujeción unos á otros, lejos de traer ventajas, ocasionaban con sus disturbios confusión y pérdidas.

El duque de Orleans, con un poderoso ejército francés, comenzó la campaña de 1645, y aprovechándose de tales disturbios y de la ordinaria falta de recursos, obtuvo considerables ventajas. Púsose sobre Mardik mientras el almirante Tromp, holandés, con treinta bajeles impedía por mar los socorros, y ganó la plaza á los veinte días de sitio. En seguida fué sobre Bourboug y la ganó del mismo modo en breve tiempo. Con mayor rapidez todavía ocupó á Bethune, Saint Venant y Armentières, plazas casi abiertas, por sí ó sus tenientes Gassion y Rantzau. Entre tanto, Hultz vino á poder del príncipe de Orange. No acertaron nuestros capitanes, aunque juntos reunían bajo sus órdenes cerca de veinticinco mil combatientes, á socorrer ninguna de estas plazas; y así, aun cuando todas ellas se defendieron con esfuerzo, no pudieron salvarse. Pero Lamboy recobró á Mardik por sorpresa, sin perder más que diez hombres, cuando tantos y tantos días había costado tomarla á los franceses, y Montcasel y otros lugares importantes vinieron á nuestras manos. El duque de Orleans y sus tenientes entraron entonces en la idea de llegar hasta Amberes ó Gante, y para facilitar su intento emprendieron el sitio de Courtray. El duque de Lorena y Caracena vinieron á apostarse en las cercanías de la plaza, y desde allí con frecuentes ataques y hostilidades dificultaron los trabajos; pero con todo la plaza ofrecía poca defensa, y Delliponti, su Gobernador, tuvo que rendirla á los trece días de abiertas las trincheras.

De Courtray fué el de Orleans á recobrar á Mardik, y lo consiguió á pesar del glorioso denuedo con que D. Fernando de Solís, el mismo que había defendido á Gravelinas, mantuvo el puesto, y á pesar de Caracena y de Lamboy, que acudieron prestamente al socorro. Y entre tanto Longwy, única plaza que quedaba al duque de Lorena, nuestro aliado en sus Estados, cayó en poder de los franceses. Sucedió en esto al de Orleans en el mando, el príncipe de Condé. Comenzó este general por rendir á Furnes, donde sólo había de guarnición entonces ciento cincuenta españoles; y en seguida fué á caer sobre Dunquerque. Era esta plaza una de las más importantes de Flandes, famoso puerto sobre el mar de Inglaterra, donde se formaban y reparaban nuestras armadas, donde se abrigaban nuestros corsarios, y por donde nos comunicábamos con aquellos Estados. Mas con toda su importancia estaba Dunquerque menos que medianamente fortificada y provista. La guarnición sí era buena y estaba mandada por el marqués de Leyden, valeroso soldado; mas, falta de otras cosas la plaza, no era posible dilatar mucho la defensa. Por lo mismo se puso el mayor empeño en el socorro, y el conde de Piccolomini fué á él con todas las fuerzas que pudo. Pero las de los franceses eran muy superiores para que pudiera forzar sus líneas, y como el almirante Tromp con la armada holandesa era dueño del mar, no hubo medios de prolongar más que diez y ocho días la defensa, rindiéndose el marqués de Leyden, su Gobernador, bajo honrosos partidos.