Historia de la decadencia de España
Part 34
SIGUIÓ á la caída del Conde-Duque un período de esperanza para la desalentada nación española. El vulgo, como suele, y como ya lo había demostrado á la caída del duque de Lerma, pensaba que con sólo la perdición de aquella persona aborrecible se remediarían todos sus males. Los más sensatos fundaban su esperanza en el arrepentimiento del Rey, pensando que en adelante se aplicaría de todo punto á los negocios, dejado del ocio y liviandades que hasta entonces le habían impedido cuidar de sus pueblos. Los oprimidos antes, ahora mostraban buen rostro, mirando satisfecha su venganza. Los que antes disfrutaban favor, también ponían ahora buen semblante á las cosas á fin de que no se les tachara de fieles amigos del Ministro caído. Vino la ordinaria ganancia de unos y pérdida de otros, que seguía á la ruina de cada favorito; volvió D. Francisco de Quevedo á la corte de vuelta de su largo cautiverio de León; restituyóse su generalato de la mar al marqués de Villafranca; salió de sus prisiones aquel buen capitán portugués D. Felipe de Silva, que andaba en ellas por sospecha de su lealtad, y tan favorecido del Rey, que le dió el mando del ejército de Cataluña, vacante por la separación del marqués de Leganés y á éste, en cambio, se le continuó el proceso detenido por respetos al Conde-Duque. También el duque de Medina de las Torres, D. Ramiro Núñez de Guzmán, fué separado del gobierno de Nápoles. Había enviado aquel reino á Madrid á uno de sus Grandes con quejas del de Medina y pidiendo nuevo Virrey; pero á causa del parentesco de éste con el Conde-Duque, no pudo conseguir el Embajador en largos días, ni ver al Rey, ni que siquiera le dejasen entrar en Palacio. Ahora, con la caída del favorito, el napolitano explicó el objeto de su embajada, y se ordenó la destitución de D. Ramiro, enviando en su lugar al buen almirante de Castilla, D. Juan Alfonso Enríquez de Cabrera, nombramiento acertadísimo y que reparaba una de las injusticias más grandes de aquellos tiempos; porque el Almirante, olvidado y sin empleo, era, como en otras partes dejamos dicho, hombre de gran mérito, sin duda de los que más lo tenían á la sazón en España.
Como éstas se tomaron otras medidas, ni todas justas, ni injustas todas, pero unas que otras aplaudidas del mismo modo. Aumentaba el regocijo y la esperanza el ver muy mudadas las cosas de Francia. Había muerto pocos días antes de la caída del Conde-Duque el cardenal de Richelieu, y pocos días después Luis XIII, quedando por gobernadora de aquel reino, con un Príncipe de cinco años, la reina Doña Ana de Austria, hermana de Felipe IV. La ocasión parecía acomodada para hacer próspera guerra ó ventajosas paces; porque de una parte Francia no podía tardar en mostrarse más flaca que antes, por las discordias que habían de nacer forzosamente, y de otra, la Reina Gobernadora, tan unida á España por los lazos de la sangre y de la patria, no parecía natural que nos hiciese tan calculada y terrible hostilidad como Luis XIII ó más bien su ministro Richelieu. Indudablemente esto último era digno de tenerse en cuenta. La paz había llegado á hacerse tan necesaria, que sin ella se disolvía inevitablemente la Monarquía. Muchas victorias contra la Francia no nos habrían sido en aquellos tiempos tan provechosas como una paz honrosa que á cambio de la de Flandes, si era preciso, nos hubiese dejado el Rosellón y Cataluña, y libres las fuerzas para embestir á Portugal. Acaso Ana de Austria hubiera obtenido de su hermano el rey Felipe un tratado de paz de esta especie; y lo que es más, que fielmente lo cumpliera y no diese ayuda alguna al duque de Braganza para mantenerse en el Trono. Pero ciegos siempre los cortesanos que rodeaban al Rey, deslumbrado éste todavía con el esplendor de su Trono, recordando aún la Grandeza antigua, más para desearla y afectarla, que no para imitarla y alcanzarla, determinaron aprovecharse de la ocasión, no para hacer buena paz, sino para hacer con más ventaja que antes la guerra, abriendo un nuevo período en aquella lucha terrible. Así, nada se hizo por nuestra parte en las conferencias abiertas en Munster entre las potencias beligerantes para obtener la paz general que más tarde se llamó de Westfalia.
De que la guerra nos ofreciese ventajas, mal presagio era la batalla funesta de Rocroy, ganada por los franceses cinco días después de la muerte de Luis XIII. Y no debían esperarse muy grandes errores que aprovechar del gobierno de Ana de Austria, mujer de alma española, como era su cuna, magnánima y fuerte, y que tenía por favorito al cardenal Mazzarino, sobrado conocido de los españoles, á cuyo servicio había estado en los principios de su carrera después de sus estudios hechos en la Universidad de Salamanca, y el cual había dado muestras de su gran habilidad al servicio ya de Francia en los negocios de Italia, causándonos muchos perjuicios el, por todos conceptos, digno sucesor de Richelieu. Debiéronse al principio algunas ventajas, tanto á la intervención del Rey en los negocios, y al aliento y estímulo que con ella inspiraba, cuanto á los disturbios que, en efecto, estallaron en Francia entre Mazzarino y sus rivales; y mayores se lograran si fueran más y más continuados los aciertos. Pero el Rey no estaba acostumbrado al trabajo; agobiábale la pereza; picábanle siempre las antiguas pasiones: así es que antes de un año comenzó á dejar alguna parte del peso de los negocios en D. Luis de Haro, hijo del marqués del Carpio, sobrino del conde-duque de Olivares, hombre mucho más honrado y de harto mejor deseo é intenciones que su tío, pero de muy escasa instrucción y talento. Había contribuído también en algo á la caída de éste, á quien debía su favor, pero del cual estaba temiendo ya algún efecto de celos con que le quitase más de un golpe que le hubiese dado; y era por esta circunstancia y sus buenos modos estimado generalmente.
Lo primero que acordó el Rey fué salir de Madrid para Cataluña. Pero era preciso reunir para ello soldados con que acudir allí honrosamente sin desatender por eso el resto, principalmente Portugal, que estaba clamando socorro, pues los portugueses adelantaban ya su audacia á hacer conquistas en Castilla. Aún llegó á dudarse si convendría más que el Rey saliese para Portugal que para Cataluña; pero al fin se resolvió lo segundo. Y en verdad que atentamente miradas las cosas, no se sabe decir qué hubiera sido más ventajoso al presente; porque ya en los últimos desastres los franceses y catalanes estaban tan envalentonados que amenazaban por Aragón, donde no había plazas fuertes, meterse en el corazón de la Monarquía. Sin duda fuera lo mejor que el Rey, activo y esforzado, hubiera sabido acudir, ya á una parte, ya á otra, no parando en ninguna más que lo necesario para dar aliento á los unos y temor á los otros. Tiempos eran de penalidad y de fatiga, y ningún recurso ordinario podía bastar á todo. Mas ya que el Rey no acudiese á Portugal en persona, atendió á aumentar el ejército que allí había al propio tiempo que el de Cataluña, aunque inclinando á esta parte las mayores fuerzas. Fué Torrecusso á Nápoles, su patria, y obtuvo allá hasta cuatro mil napolitanos; el marqués de Villasor trajo un buen tercio de Cerdeña, y así todas las provincias ofrecieron á porfía número de soldados: Aragón cuatro mil; dos mil Valencia; otros dos mil Andalucía, que con mil quinientos walones, mil borgoñeses y los dos mil quinientos valientes españoles que habían de venir por Francia, según lo pactado en Rocroy, debían formar en solo Cataluña un ejército de más de veinticuatro mil hombres. Pero como suele suceder en tales cálculos, no llegó á juntarse tanto número.
Al mismo tiempo se ordenó á todas las milicias de Andalucía y Extremadura que acudiesen á la frontera de Portugal, y á los Grandes que tenían por allí Estados, que llevasen á todos sus vasallos con armas, aunque por tal concepto no pasaría el refuerzo del ejército de tres mil hombres. Vino bien para mover esta gente y comenzar las nuevas campañas la llegada feliz de las flotas de Méjico, ricamente cargadas, y luego la de los galeones con no menor riqueza. Las Cortes de Castilla concedieron la prolongación de los arbitrios antiguos, mas no pudieron imponerlos nuevos. Valencia se prestó á pagar, armar y vestir por seis años los dos mil soldados que daba; y en Nápoles se impuso un tributo sobre el consumo de harinas, que produjo mucho disgusto, y tuvo no escasa parte en los sucesos que sobrevinieron. Con lo cual se vió ya algún dinero en la Corte, porque al fin del año 1643 era tal la penuria, que Pellicer en sus _Avisos_ escribió cierto día desde Madrid estas palabras de elocuente significación: «Aquí nadie cobra ni paga.» Tal era la Corte, fuerza es decirlo una vez más, que tan descomunal guerra estaba sosteniendo por todo el mundo. El Rey salió de Madrid muy á la ligera, y por Alcalá llegó á Tarazona, acompañándole algunos señores principales: no tantos como la vez anterior; porque entonces se pudo ver que con sus etiquetas y vanidades eran más de estorbo que de otra cosa. Dejó encargado el mando á la Reina y ordenóla muchas devociones, como para aplacar la cólera de Dios que contra él debía estar ofendido.
Halló á su llegada que La Motte se había apoderado de la villa y castillo de Estadilla, cerca de Barbastro, donde había muy buenas fortificaciones, por cuyo medio tenía el paso abierto para echarse sobre aquella ciudad y aun sobre la misma Zaragoza. Nuestro ejército, reunido en la frontera, aunque ya á punto de salir á campaña, no lo hizo en algún tiempo por falta de víveres y por mal concierto de los capitanes. Sin embargo, no dejó de haber choques parciales. La Motte Hodancourt, tomada Estadilla, partió su gente en dos trozos: con el uno quiso tomar á Barbastro, mas se lo estorbó saliéndole al opósito D. Felipe de Silva; con el otro atacó el castillo de Benabarre, y también fué rechazado. Poco después el marqués de Mortara, nombrado Capitán general de la caballería del ejército, pasó el Cinca, que venía muy crecido, con sus tenientes D. Fernando de Tejada y D. Alvaro de Quiñones, y dando en un cuartel de infantería que los enemigos tenían establecido al amparo de los muros de Lérida, derrotó de cinco á seis mil hombres que allí había, matando mil quinientos y trayéndose hasta mil prisioneros con botín considerable. Por la parte de Tarragona no se intentó en tanto cosa alguna; porque el conde de Aguilar, marqués de la Hinojosa, había muerto, y el célebre Maestre de campo D. Juan de Arce, que fué á reemplazarle, lo mismo; con que la plaza quedó sin General mucho tiempo, y contemporáneamente sin víveres apenas ni soldados. Pero en la campiña de Rosas el Gobernador de aquella plaza, D. Diego Caballero de Illescas, deshizo hasta trescientos jinetes enemigos, trayéndose el mayor número de caballos y jinetes prisioneros.
Eran estos buenos preludios de la campaña que iba á comenzarse. Para ella se hizo á Barbastro plaza de armas de nuestro ejército. Tenía el mando supremo Don Felipe de Silva, como Capitán general de las armas; D. Juan de Garay vino de Portugal nuevamente á ser Maestre de campo general; el marqués de Mortara siguió en el gobierno de la caballería, y el napolitano, D. Jerónimo de Tuttavilla, tuvo el de la artillería. En Tarragona entró á gobernar el marqués de Toralto y príncipe de Massa, D. Francisco Toralto y Aragón, vuelto de las prisiones de Francia, donde estuvo desde la derrota del ejército del marqués de Pobar. Dispuestas las cosas, se comenzaron las operaciones con la empresa de Flix, plaza importante de la Castellanía de Amposta, intentada por D. Juan Garay sin fruto alguno; porque hallándola muy prevenida, se volvió sin empeñar combate. También se frustró la sorpresa de Miravet. Luego D. Felipe de Silva, desde las cercanías de Barbastro, se adelantó con ocho mil infantes, tres mil seiscientos caballos y veinte cañones, que eran las fuerzas que hasta entonces tenía, con ánimo de embestir á Balaguer; mas no pudiendo esguazar el río Noguera, determinó caer sobre Monzón. Al pasar por delante de Lérida halló á la caballería enemiga gobernada del propio La Motte; acometióla con la suya y la obligó á meterse al amparo de los muros; y sin más dificultad se puso sobre Monzón y comenzó á combatirla. Vino al socorro el francés, pero no pudo lograrlo, y la plaza se rindió á los cuarenta días de sitio.
Entretanto, el valeroso Gobernador de Rosas, Don Diego Caballero, después de causar infinitos daños en el territorio ocupado por los enemigos, con mucha pérdida de éstos, intentó entrar por inteligencia en Cadaqués, pero no pudo conseguirlo. Cuatro bajeles que le llevaban socorros fueron rendidos por la armada francesa de Brezé. Poco después vino á las aguas de Barcelona la de España, mandada aún por el duque de Ciudad-Real, con las galeras á cargo otra vez de Fernandina, y hubo una nueva batalla tan ineficaz como otras anteriores, donde fué poquísima la pérdida de ambas partes. Con esto se terminó la campaña y volvió á Madrid el Rey. Mas á la siguiente, que fué la de 1644, volvió á encaminarse el Rey á Aragón, y cerca de Barbastro pasó revista al ejército, fuerte de nueve mil infantes y cuatro mil caballos, con diez y seis cañones, presentándose por la única vez de su vida con el hábito de soldado, al modo de su abuelo D. Felipe II, que nunca se presentó más que una vez en San Quintín; nunca su padre. Luego marchó D. Felipe de Silva con las tropas, entró en el lugar de Farfaña, y desde allí plantó los reales delante de Lérida, á una y otra orilla del Segre, que lame sus muros. Era la plaza tan importante, que los caudillos franceses y catalanes no tardaron en venir al socorro, trayendo el mariscal de La Motte Hodancourt el mando supremo, con siete mil infantes y dos mil caballos. Salió á ellos D. Felipe de Silva con cuatro mil infantes viejos y tres mil caballos, dejando la demás gente guarneciendo los cuarteles, y á campo raso les ofreció la batalla. Aceptáronla los enemigos, que no venían á otra cosa, y se empeñó por ambas partes con mucha furia. No pudieron los nuestros romper el ala derecha, y se llegó á desesperar de la victoria porque el ala izquierda parecía más fuerte; con todo, ésta fué envuelta y deshecha en poco tiempo por los escuadrones de nuestra caballería, que arrollaron á la carrera á la caballería francesa, y cayendo en seguida sobre el centro hízose total la derrota. Fué dicha de ellos el que á tal punto hiciesen valerosa salida de la plaza hasta seiscientos hombres, los cuales, destrozando la gente nuestra que guarnecía el puente del Segre por donde se comunicaban nuestros cuarteles, dieron ocasión y espacio á que algunos de los vencidos se recogiesen en los muros y otros se salvasen. No obstante la victoria fué para nuestras armas muy gloriosa y completa: dejaron los contrarios en el campo dos mil muertos y tres mil prisioneros, con catorce cañones y todo el bagaje, y la dispersión fué tal que apenas mil de ellos llegaron á Cervera. Interceptó en seguida un convoy que querían meter los enemigos en la plaza, y ésta tuvo que rendirse después de un horrible bombardeo. El Rey, que estaba en Fraga, vino entonces á Lérida y entró en triunfo. Acompañábale el conde de Monterrey, único de los favorecidos del Conde-Duque que se conservase en la gracia del Príncipe, y tan envidioso como inepto, no había cesado de sembrar desconfianzas de D. Felipe de Silva durante el sitio, pretendiendo dar lecciones en cosas en que se había mostrado tan torpe; con lo que éste, logrado el triunfo, se negó á continuar en el mando por más instancias que se le hicieron. Portóse noblemente D. Felipe, y aunque no es de aplaudir que dejase el servicio de la patria por particulares sentimientos, dió con ello merecida lección al Rey que no acababa de salir del yugo de los cortesanos, gente vil, y enemiga entonces como siempre de todo mérito. Poco antes había pedido su licencia y retirádose del servicio D. Juan de Garay: la ocasión fué el haber pedido un título y no concedérselo: reprensible motivo es el que prefiriese su sentimiento á sus deberes; pero no disculpable severidad en el gobierno que tantos títulos repartía entonces sin merecimiento alguno.
Los frutos de la victoria de Lérida fueron además de la toma de esta plaza, que Solsona, lo mismo que Balaguer y Agramunt, viniesen á la obediencia. Sucedió en el mando al vencedor D. Felipe de Silva, D. Andrea de Cantelmo, italiano de aquellos valerosos, que unidos bajo un cetro con los españoles, peleaban con ellos y por ellos en todos los campos de batalla adonde asistiesen nuestras banderas. Sin embargo, aunque leal y de buenas partes, habiendo desempeñado en Flandes el cargo de Maestre de campo general, y sido uno de los Gobernadores de aquellos Estados después de la muerte del Cardenal Infante, no tenía ganada mucha gloria militar, ni acertó á ganarla en Cataluña. Fué desde Lérida con un trozo del ejército á ponerse sobre la villa de Ager, y la tomó á pesar de la defensa desesperada que en ella hizo el caudillo catalán D. José Zacosta, y como Agramunt estuviese en la obediencia del Rey, acercándose los franceses á recuperarla, se vieron acometidos y puestos en derrota por dos de nuestros tercios que ya había allí acuartelados. Para vengar tantos descalabros reunió La Motte Hodancourt al improviso toda la gente que pudo, y con doce mil hombres y gran tren de artillería se presentó delante de Tarragona, mientras el marqués de Brezé cerraba con una armada la boca del puerto. Dióla en cuarenta días que allí se mantuvo trece ataques y uno general en que llegó á apoderarse de la torre del muelle; disparó contra los muros hasta siete mil cañonazos, y abrió muchas brechas en el recinto de la plaza. Pero el marqués de Toralto que allí mandaba, con algunos de los mejores tercios que quedaban de infantería española, rechazó todos los ataques, reparó las brechas, llenó de cadáveres enemigos los fosos, y aún hizo salidas con que causó daño inmenso en los sitiadores. Avergonzado el General francés, no sabía ya que partido tomar contra aquella resistencia desesperada, cuando supo que D. Andrea de Cantelmo con el ejército español de diez mil infantes y dos mil seiscientos caballos venía por tierra al socorro, y por mar aquel Carlos Doria, padre de Juanetín y duque de Tursis, que mandaba las galeras de Nápoles: con esto alzó el cerco después de haber perdido inútilmente más de tres mil soldados. Esta rota le costó el empleo á La Motte, que fué separado.
Fué esta campaña de 1644 la primera que tal pudo llamarse en Portugal después de cuatro años que la insurrección caminaba triunfante. Ya por este tiempo habían acudido á las banderas de los portugueses multitud de aventureros franceses y holandeses y aun regimientos enteros: tenían ya armas, instrucción, capitanes y cuanto se necesita para la guerra. Nombrado el marqués de Torrecusso por Capitán general de nuestras armas en aquellas fronteras en lugar del conde de Santisteban, llegó allá y reunió de la gente antigua que había y la mejor de las milicias que acudieron, un ejército pequeñísimo para las empresas que se esperaban, pero valeroso y robusto; porque el nuevo General pensaba con razón que era preferible poca gente y buena á mucha tumultuaria sin disciplina ni aliento. Mandaba la caballería el Barón de Molinghen, belga, que á poco tomó el cargo de Maestre de campo general; D. Dionisio de Guzmán la artillería. Reformó Torrecusso las costumbres de los soldados, restableció la disciplina, y luego comenzó las operaciones. Ya los portugueses, tomada Valverde, osaban amenazar á Badajoz. Comenzó el de Torrecusso por hacer en su territorio tal correría, que tomó y trajo consigo hasta dos mil cabezas de ganado. Vengáronse los portugueses quemando un lugar llamado la Zarza, y el de Torrecusso hizo quemar á Villamayor, que era de ellos. Tomaron también los portugueses á Montijo y Membrillo y saquearon ambas poblaciones. Luego, adelantando sus intentos, se fueron á poner sobre la plaza de Alburquerque. Socorrióla á tiempo Torrecusso, y además, para quebrantar la audacia de los contrarios, no pudiendo él asistir, ordenó al buen Barón de Molinghen que á toda costa les diese batalla.
Día del Corpus de aquel año, á las puertas de Montijo, se encontraron ambos ejércitos. Montaba el de los portugueses á ocho mil hombres de todas armas con seis piezas de artillería; el de los españoles sólo se componía de cuatro mil infantes, mil setecientos caballos y dos cañones. Mandaba á los portugueses el general Matías de Alburquerque: su infantería ocupaba el centro, y la caballería los costados, puesta al derecho la portuguesa y al izquierdo la de auxiliares extranjeros. Molinghen comenzó el combate; rompió nuestra caballería á la extranjera que cubría el ala izquierda de los portugueses, y acudiendo parte de la de éstos, que defendía el ala derecha, al socorro, fué también deshecha: entonces el centro fué acometido por todas partes y envuelto de manera que en un momento se puso en derrota. Matías de Alburquerque, aprovechándose sin embargo de la codicia de los nuestros que se entregaron al despojo y presa de los vencidos, logró ordenar la retirada, saliendo con honra del campo. Quedaron de los portugueses tres mil doscientos hombres en él y seiscientos prisioneros: nuestra pérdida no pasó de quinientos muertos y trescientos heridos, muchos de ellos personas y capitanes principales. Cantaron los portugueses la victoria, mas sólo por no desalentar á los pueblos: la verdad fué que la victoria, infeliz para ambas naciones hermanas, quedó aquella vez por Castilla. Que cierto puede decirse de pocas en aquella guerra. Tras esto rindió Torrecusso á Serpa y Alconchel, que á poco vino á perderse, y á Villanueva de Barcarota y otros lugares poco importantes, mas no á Elvas, aunque llegó á amagarla. Entre tanto el duque de Alba, que mandaba en la frontera de Ciudad-Rodrigo, contenía aunque sin recursos á los enemigos por aquella parte. Habiéndose acercado un grueso de ellos á la villa de Alberguería, no lograron efecto alguno, valiéndose el capitán nuestro que allí estaba de una industria no conocida por allí hasta entonces, que fué cargar los cañones con balas de mosquetes, con que los enemigos, imaginando por el número de las balas, que había dentro mucha gente, se retiraron, siendo así que la guarnición era muy flaca. Sucedió en el mando al de Alba D. Fernando Tejada, el cual, como muy experimentado en la guerra, tendió una emboscada á la guarnición de Almeida, en la cual murieron ciento y quedaron sesenta prisioneros.
Tales fueron los frutos de la campaña. El único descalabro que padecieron nuestras armas por estas partes de España, fué en el mar y después de un suceso dichoso. Porque habiendo sitiado los moros á Orán ó solicitados de nuestros enemigos ó sabedores de los apuros de la Monarquía, fué enviado allá al socorro un trozo de nuestra armada al mando del general D. Martín Carlos de Mencos, y lo logró de manera que los infieles, rechazados ya en varios asaltos, tuvieron que levantar el sitio; mas á la vuelta fueron acometidos nuestros bajeles enfrente de Cartagena por la armada de Francia que mandaba el marqués de Brezé, y después de un furioso combate en que pelearon los nuestros con gran valor, tuvimos dos navíos quemados, otros dos echados á pique y uno presa de los contrarios.