Historia de la decadencia de España
Part 3
Aunque las leales rectificaciones del _Bosquejo histórico de la Casa de Austria_, publicado en 1868, debieran haber bastado para ser admitidas en buena cuenta por los hombres de reflexión y de estudio, como, en efecto, lo fueron, todavía la rectitud del señor Cánovas del Castillo le estrechó á insistir en la fe plena de su sinceración, y cuando en 1888, haciendo otro avance sobre sus propósitos definitivos que la muerte atajó, dió á la estampa en la _Colección de Autores Castellanos_ sus dos volúmenes de _Estudios del reinado de Felipe IV_, se apresuró á decir más abiertamente á sus lectores:--«Va para veinte años que en un _Diccionario general de Política y Administración_, de que sólo se publicaron pocas entregas, di á luz un extenso artículo, que se encuadernó y distribuyó luego por separado, con el título de _Bosquejo histórico de la Casa de Austria_. Corto fué el número de ejemplares de esta obra; pero no tanto el de las personas que han deseado poseerlas después. Alabada de otra parte con exceso por un académico francés, y habiéndose comenzado á traducir y publicar espontáneamente por un escritor de la propia nación, hube al fin de pensar que no era acaso indigna de mayor publicidad que le había dado y de más esmerada atención que le presté hasta entonces. Puse, pues, cuanto pude en juego para que no continuase en Francia su publicación del modo que estaba, ofreciendo corregirla y acrecentarla primero que se tradujera y diera allí del todo á la imprenta, mientras que á los amigos que, por afición ó curiosidad me la pedían, les anunciaba una próxima y mejor edición. Este propósito no se ha cumplido todavía; pero espero en Dios que antes de mucho se ha de cumplir. No cabe intentar un resumen exacto y substancioso de tan larga é importante Historia, como la de la Casa de Austria en España, _sin estudios preparatorios de mucha extensión_ que dejen detrás de sí más ó menos completas monografías de sucesos particulares, y eso me ha acontecido á mí precisamente con el _Bosquejo histórico_. Tuvo como base aquella obra una continuación mía de la _Historia_ del P. Mariana, _comenzada á escribir, por cierto, cuando no tenía concluídos mis estudios de leyes_, é impresa con el _ambicioso_ título de _Historia de la decadencia de España_: obra _incompletísima, por fuerza, y salpicada de graves errores_, nacidos de no haber ejecutado por mi cuenta investigaciones directas y formales, _sujetándome á lo impreso ya por otros_ en cuanto á la exposición de los hechos. Pero como á estos corresponden los juicios, naturalmente, _resultan también plagadas dichas páginas de injusticias, que, no por ser comunes y andar todavía acreditadas, han empeñado menos mi conciencia en desvirtuarlas después_, tanto y más, que son argumentos y razones, _por medio de testimonios fehacientes, y en virtud de un examen mucho más atento y profundo de cosas y personas_. Logré, sin embargo, la buena dicha de que, _puestos aparte mis errores parciales é involuntarios_, el concepto que en conjunto formé de la Historia de España durante los siglos XVI y XVII, ofrece el mismo que todavía abrigo, después de recoger harto mayor copia de datos, de muchísimo más trabajo empleado en depurar la verdad, _y de la superior experiencia que por necesidad han tenido que darme los años y mi carrera misma, tan larga ya y accidentada_. Mas aquel casual acierto _no bastó, ni podía bastar á mi probidad de historiador_, ya que comencé tan temprano un oficio, que me han permitido largo tiempo ejercitar bien poco las circunstancias. Natural era, pues, que en el _Bosquejo histórico de la Casa de Austria_ aprovechase la ocasión, _que esperaba y apetecía, para descargar mi conciencia, rectificando casi por completo los errores é injusticias_ esenciales que mi _Historia de la decadencia_ encerraba. Quedaron, sin embargo, en pie algunos trozos de la mencionada obra, que pasaron á formar parte del _Bosquejo_, por hallarse libres de _las manchas que quería borrar_, sirviéndole, como acabo de decir, á mi nuevo trabajo de fecundamiento.» Á mayor abundamiento, el ejemplar de la _Historia de la decadencia_ que el autor conservaba en su biblioteca desde que la dió á luz, y que en la actualidad la custodia como una reliquia su sobrino, el nuevo editor de esta obra, está lleno de anotaciones marginales, de correcciones de mayor ó menor importancia, y, sobre todo, tiene páginas enteras, pero muchas páginas, cruzadas de lápiz de arriba abajo, como tachadas íntegramente y á perpetuidad.
Se ha preguntado antes, y hay que contestar, á pesar de las explícitas manifestaciones del autor, á estas preguntas: ¿Cumplió el joven Cánovas al escribir y publicar en 1854 la _Historia de la decadencia_ todo lo que se prometió en las cuatro palabras que le sirvieron de _Introducción_? ¿Hubiera podido cumplirlo?
En los párrafos que se han citado de la Introducción á los _Estudios del reinado de Felipe IV_, el mismo autor de la _Historia de la decadencia_ con la mayor ingenuidad confiesa que cuando la escribía en 1854, antes de acabar su carrera de las leyes, los estudios de la Historia estaban entre nosotros tan descuidados, que ni existían originales y documentadas _monografías_ completas de sucesos particulares, ni mucho menos colecciones de _documentos_ copiados de las fuentes originarias entre nosotros de toda buena investigación. Él mismo no había practicado esas investigaciones directas y formales, que no se improvisan y que exigen que para hacerlas útiles y fértiles se las consagre mucho tiempo, mucha paciencia y mucha atención. Creyendo, como en el prólogo decía, haberse inspirado en libros que al parecer se habían ilustrado con buenos datos de los archivos nacionales, halló después que sus autores, en su mayor parte extranjeros, fundábanse en otros archivos para ellos, al parecer, _nacionales_, que no eran los de nuestra nación, y cuando más tarde tuvo ocasión de compulsar algunos de estos documentos citados como procedentes principalmente de Simancas, en Simancas adquirió, al par que el desengaño, la plena conciencia de la frecuencia de la falsificación, ó cuando menos de encontrarlos truncados, de manera, que al parecer testificaban lo contrario de lo que en realidad debían testificar. ¿Cómo con tales instrumentos había de poder cumplir lo que se había propuesto y deseaba más; esto es, _hacer un libro español y para España_, que era, según su opinión, y opinión muy acertada, lo que hacía falta? De defecto tan substancial, no podía menos de emanar otro no menos enorme, el de la falsedad de los juicios principalmente sobre los hechos particulares y sobre los personajes salientes de la acción directiva que se reflejaba en los sucesos. Cánovas, aun transcurridos más de treinta años, desde que apareció la _Historia de la decadencia_, hasta que se dieron á luz sus _Estudios del reinado de Felipe IV_, recababa el honor de no haberse equivocado, á pesar de tamañas deficiencias, en la crítica general del período de tiempo que en 1854 bosquejó, y cuyas tesis le sirvieron posteriormente de fundamento para su _Bosquejo histórico de la Casa de Austria_ y aun para sus últimos _Estudios_ sobre Felipe IV. Esto no sólo revela su gran intuición inicial como futuro historiador, sino que, á decir verdad, esto es lo que valorará siempre la _Historia de la decadencia_ aun sobre las mismas condenaciones de su autor. Aunque su primera obra histórica estuviera únicamente reducida á la hermosa _Introducción_ de que va precedida y al _Epílogo_ que la cierra, resultaría siempre un trabajo del mayor interés para nuestra Historia. El espíritu esencialmente nacional que él quería que de su obra efluyese, efluye de sus juicios, en efecto, con toda la intensidad que impuso andando los años, sobre otros actos propios, cuando los sucesos accidentados de nuestras convulsiones políticas encarnaron en él el papel del gran restaurador de la Monarquía y de la Dinastía, el clausurador del largo litigio de nuestras reformas jurídicas, políticas y sociales y el conciliador potente de todos los intereses rivales por tanto tiempo en lucha y produciendo á la integridad, á la economía y al progreso del país tan hondos males. Su obra, además, tuvo otra importancia: la de despertar entre los hombres de inteligencia el dormido amor de las cosas propias posponiéndolas á las extranjeras, y la de haber iniciado los estudios de regeneración y vindicación de la Historia nacional tan maltrecha desde el fin del siglo XVI, y en cuya restauración habían fracasado hombres tan insignes como el Conde de Campomanes en el siglo XVIII y Tapia, Alcalá Galiano, Donoso Cortés y Martínez de la Rosa en el XIX.
Indudablemente ayudó á la acción de Cánovas á este respecto el estímulo que en España promovió el ejemplo de los extranjeros que de lejanas tierras vinieron á la consulta de nuestros archivos históricos, principalmente los italianos y belgas. Resuelto á profundizar la época más gloriosa que en la Historia ha alcanzado la Monarquía y el poder de España, su primer movimiento fué la acaparación de libros que constituyesen á la vez la Biblioteca especial del historiador y del hombre de Estado é inmediatamente la inspección personal de los Archivos Nacionales, públicos y privados, la revisión de los tesoros diplomáticos y la selección de las series que habían de contribuir al esclarecimiento general de los sucesos de España durante los siglos XVI y XVII, con la razón política que los motivaron, con la discusión jurídica que los debatió, y con los instrumentos armados que siempre resuelven los conflictos de la toga y del gabinete. No existe ya esa Biblioteca, cuyo conjunto solo, formaba la mayor aureola de un grande hombre de Estado y de Gobierno, y cuya dispersión constituye un crimen de lesa nación para los que, pudiendo, no la han evitado[6]. Más contrayéndonos á la obra inicial de los trabajos históricos de Cánovas, no podrá nunca dejarse de tener en cuenta qué edad tenía el autor cuando la escribió, en qué ambiente de pasiones políticas se influía ya su espíritu, como precoz colaborador de la revolución de 1854, que estalló poco después de la aparición de su obra, qué elementos de ilustración documental aún le ofrecía el atrasado movimiento en que en el curso de los estudios históricos en Europa, después de la reacción contra Napoleón, España aun se encontraba al mediar aquel siglo y la casi total falta de las monografías particulares que tanto ayudan á los trabajos de índole general. Cánovas, como también dejó anunciado en sus _cuatro palabras_ preliminares, no quiso al recibir el encargo que desempeñó, someterse á una simple continuación cronológica de Mariana y Miñana. Su _Historia de la decadencia_, escrita con mayor libertad, constituyó una verdadera monografía, y singularizándose también en esto, invitaba á seguir su ejemplo al corto número de los que sentían inclinación á los estudios históricos, que en aquel tiempo solo se aprovechaban casi totalmente en el sentido anecdótico para nutrir las creaciones románticas de nuestro teatro renacido con Zorrilla, con Hartzenbuch, con García Gutiérrez y de la novela principiante con Espronceda, con Eguilaz, con Navarro Villoslada y con Fernández y González. Todos estos puntos de vista bajo los cuales hay que juzgar la primera de las obras históricas de Cánovas, la dan, en medio de sus defectos, una importancia considerable, sobre todo, si se tiene presente que, con la única excepción del Duque de San Miguel, que en 1844 ensayó una _Historia de Felipe II_ y del primer Marqués de Pidal que en 1862 publicó la _Historia de las alteraciones de Aragón_, durante este mismo reinado, de la escuela histórica que con su _Historia de la decadencia de España_, fundó Cánovas á los veintiséis años de edad, en 1854, salieron después los Rosell, los Janer, los Galindo de Vera, los Manriques, los Barrantes, los Balaguer, los Llorente, los Fernández Guerra, los Fabié, los Fernández Duro, los Rada y Delgado, los Muñoz y Rivero y otros á quienes se deben muchos trabajos serios de renovación.
[6] La aleve muerte de Cánovas del Castillo en Santa Agueda no impidió que tuviera hecho testamento. Los que le trataban con intimidad hablaban de sus propósitos para que se perpetuara; pero, al morir, su Biblioteca como sus demás colecciones artísticas y suntuarias y sus bienes todos entraron en el haz común de los derechos de sus herederos legales. Desearon algunos de éstos que la Biblioteca se salvara íntegra, mediante su adquisición, por alguno de los Centros del Estado y principalmente por el Congreso de los Diputados, pues, como decimos, la Biblioteca de Cánovas en todas sus partes era la Biblioteca de un hombre de Estado. Interesáronse en que esta adquisición se llevase á cabo los jefes de todos los partidos y fracciones: Castelar, Sagasta, Pidal, Azcárraga, Silvela, Salmerón, Pi y Margall, Nocedal y Azcárate; pero era Presidente del Congreso el Sr. Romero Robledo, que se opuso terminantemente á la adquisición, pretextando que Cánovas no tenía más que libros incompletos ó de regalo, y el voto de Romero Robledo valió más por su posición accidental que el de los otros. Sobre la importancia de la _Biblioteca de Cánovas_, el autor de este trabajo publicó en _La España Moderna_, del 1.º de Octubre de 1907, un artículo que se titulaba _Cánovas del Castillo juzgado por sus libros_ (páginas 60 á 92). En él fué triste á su patriotismo declarar lo siguiente:--«Ni uno solo de estos 30.000 volúmenes fué adquirido sin que ocupase un lugar de eficacia en la inmensa variedad de asuntos que fueron objeto preciso de las meditaciones de aquella mente excepcionalmente constituída en la opulencia y universalidad de sus aptitudes. No es menester que estos asuntos se determinen parcialmente y se clasifiquen. Aun revueltos en tumultuosa confusión éstos treinta mil cuerpos de libros, su más ligero examen denuncia su respectiva individualidad dentro de una labor intelectual que á la vez comprendía todos los problemas de la nacionalidad española, con los antecedentes de su historia y las previsiones del porvenir, y todos los problemas que la ciencia, la política, el derecho y la evolución continua y acelerada de toda la sociedad humana contemporánea sin cesar pone sobre el tapete y somete á la resolución de los grandes pensadores y de los grandes estadistas» (pág. 63). «Por encima de toda otra condición de las que presumía ó que le caracterizaba en la generalidad de sus aptitudes, descuella en la Biblioteca de Cánovas, la del gran estadista: de tal manera que en nuestra historia no ha existido otra con que compararla que la que en el siglo XVII formó el Conde Duque de Olivares, con cuya grandeza de concepción y de miras, Cánovas del Castillo tuvo muchos puntos de semejanza» (página 67). «El palenque de la historia parecía la tribuna principal de Cánovas del Castillo. Y, en efecto, ¿cuál puede tener mayor importancia para un verdadero estadista? El camino que incesantemente trilla esta ciencia basta para imponer de las evoluciones y de las reformas del derecho, sobre todo en nuestro tiempo, en que las imposiciones de la vida internacional, en la creciente y estrecha oleada de las relaciones de los pueblos entre sí crea las inevitables exigencias de la equiparación legal entre todas las gentes, ejerciendo una influencia también ineludible en las legislaciones locales de todos los Estados. Pero en los pueblos de larga existencia histórica, la ciencia principal del hombre de Estado la constituye el más perfecto conocimiento de la historia de la nación que ha de regir, y en la cual, por encima de todos esos cosmopolitismos, la unidad invariable de todas las condiciones éticas y etnográficas, la perpetua imperturbabilidad de las vecindades con que ha de convivir, las tendencias no menos invariables á influirse mutuamente, ya en el sentido de la atracción, ya en el de la hostilidad más ó menos encubierta, establece una multitud de hechos que, aunque en sus caracteres exteriores ó circunstanciales puedan cambiar, en el fondo responden siempre á la unidad fundamental de estas tendencias» (pág. 72). «Nadie, como Cánovas, llegó á reunir tantas piezas marcadas de nuestra bibliografía histórica, de esas que han escapado á nuestras grandes Bibliotecas públicas, unas por ser rarísimas en extremo, otras por no haber llegado jamás á los umbrales de nuestra nación peninsular, por haber sido publicadas ya en lejanos y para siempre perdidos dominios españoles, ya por haber sido fruto de literaturas extranjeras y escritas en impugnación de derechos é intereses de España, y que, en suma, no arribaron á ella jamás. De estos peregrinos papeles, folletos y libros, la Biblioteca de Cánovas logró reunir un número extraordinario, cuya importancia se necesita poseer una gran cultura histórica y política para saber avalorar bien. No era que Cánovas se propusiera en su admirable colección histórica llegar á reunir, por reunir, todo lo que dijera á la historia general de la patria, ni al capricho de atesorar aquella catalogación que solo á fuerza de constancia puede llegar á perfeccionar un establecimiento perpetuo del Estado, como la Real Academia de la Historia ó la Biblioteca Nacional. En la adquisición de todos estos verdaderos tesoros de la Bibliografía histórica de España, predominaba en Cánovas, como en todo su inclinación á las materias de Estado, porque en aquellos libros, folletos y papeles, publicados en Roma, en París, en Viena, en Amsterdam, en Colonia, en Milán, en Turín, en Nápoles y Venecia, en Bruselas y Amberes, estaban representados cuantos hechos formaban el conjunto de nuestra historia en el tiempo en que España, en el supremo grado de la supremacía política de Europa, fué el árbitro de los destinos del mundo; y aunque él pensaba, como en varias de sus obras no se cansó de repetir, que nunca más se producirían circunstancias semejantes á las que confluyeron en los Estados de nuestra Península al declinar el siglo XV y durante los dos siguientes, los hombres que con sus armas, su gobierno y su política mantuvieron aquel emporio de grandeza por tan dilatado espacio de tiempo, esos hombres siempre permanecen vivos en el espíritu de nuestra raza, y aunque hubieran caído fatigados por sus propios esfuerzos y acosados por la conflagración universal contra ellos, en la postración y decadencia que desgraciadamente todavía nos debilita, _el estadista siempre debe contar con aquellas condiciones propias y con aquellas rivalidades agenas_, porque el deber de los que gobiernan, aun en períodos del mayor enervamiento, es procurar la recuperación de fuerzas y es conducir siempre á sus pueblos, como Moisés por el desierto, á las siempre esperadas tierras de promisión» (pág. 75 y 76). «Toda la política que ha producido nuestros desmembramientos territoriales, toda la política que nos ha conducido á la presente decadencia de que no nos podemos emancipar, toda la política que nos ata las manos para todo intento de resurrección, era la política que se estudiaba admirablemente en los preciosos conjuntos de los libros propios y extraños que Cánovas llegó á reunir en su biblioteca... Estos grupos son los que imponían su carácter á la biblioteca del Sr. Cánovas del Castillo, _que una vez deshecha y esparcida, probablemente ningún otro logrará reunir otra vez_».--PÉREZ DE GUZMÁN: _Cánovas del Castillo juzgado por sus libros._--_España Moderna_: 1.º Octubre 1907.--Págs. 60 á 92.
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