Historia de la decadencia de España

Part 29

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Lo que hizo fué procurar devolver mal por mal á los enemigos, y darles en su casa á los franceses el propio entretenimiento que ellos nos ofrecían en la nuestra, ó, al menos, ayudaban poderosamente á ofrecernos. Mas no le acompañó tampoco en esto la desgracia ó la fortuna. Firmóse un tratado en Bruselas entre el Cardenal Infante de una parte, y el conde de Soissons y el duque de Bouillon, Príncipe aquél de sangre real, y éste general, bastante reputado, para echar á Richelieu del Gobierno y terminar la guerra por tratos ventajosos á España: esta fué la liga que se llamó _de la paz_. Los franceses aliados levantaron, con dinero que se les dió del poquísimo que hubiese en Flandes para atender á nuestros ejércitos, algunas tropas con las cuales se pusieron sobre Sedán. Vino á juntarse con ellos, por mandato del Infante, Lamboy, general de nuestra Caballería, con un buen trozo de soldados, y tropezando con el ejército francés, que enviaba Richelieu á someter á los insurrectos, al mando del mariscal de Chatillon, se empeñó entre unos y otros la batalla. Rompió Lamboy con los nuestros la Infantería enemiga, y el duque de Bouillon, con los suyos, deshizo cuanto se le puso por delante, de modo que en breves momentos todo el ejército enemigo se puso en fuga. Hubieran sido inmensas las ventajas de esta victoria, á no ser porque el duque de Soissons cayó muerto de un pistoletazo al alzarse la visera para ver mejor la fuga de los contrarios: suceso de muy diversas maneras interpretado hasta ahora, dado que no pocos se inclinan á considerarlo como un asesinato dispuesto por Richelieu. De resultas de este accidente, el ejército de los insurrectos, consternado, no acometió otra empresa que la toma de Donchery, y como el Cardenal Infante llamase á Lamboy precipitadamente para contrarrestar á los enemigos que sitiaban á Ayre, la liga se deshizo sin otro efecto para nosotros que la pérdida del dinero empleado y que se retardase el socorro de aquella plaza, por la ausencia de Lamboy, más de lo que convenía, lo que contribuyó no poco á que se frustrase. Poco después se ajustó en Madrid un nuevo tratado entre el Conde-Duque y cierto emisario del duque de Orleans, hermano del Rey de Francia, con iguales condiciones y el propio objeto que el anterior; mas este no llegó á practicarse en lo más pequeño, porque fué descubierto por Richelieu, y castigados con pena de muerte, fuera del Príncipe, los verdaderos autores que eran Enrique de Effat, marqués de Cinq-Mars, gran escudero del Monarca francés, y su amigo De Thou, hijo del historiador de tal nombre.

Con esto quedamos reducidos al solo ejercicio y esperanza de las armas. Ordenóse la formación de ejércitos en la frontera de Portugal, viniendo el mando del principal con Badajoz por plaza de armas, D. Manuel de Zúñiga y Fonseca, conde de Monterrey y de Fuentes, Virrey que había sido de Nápoles y heredero del gran conde de Fuentes, pero no de sus merecimientos ni de su gloria, hermano de la mujer del Conde-Duque, muy intimado con él, y cómplice de sus liviandades, espléndido, aficionadísimo á cómicos y comedias, á galanteos, á locuras, á ostentaciones, tanto, que en sus jardines, situados en el Prado de Madrid, asistieron los Reyes y la Corte á nocturnos festejos de los más celebrados de la época: harto más á propósito para alternar en los salones, que no en los campamentos y batallas. Negáronse muchos Maestres de campo y Capitanes de los nombrados para mandar las tropas que se juntasen á servir debajo de tal capitán, y así, todo fué desconcierto desde el principio, y fuera mayor á no admitir el cargo de Maestre de campo general don Juan de Garay, tan bien reputado entre la gente de armas. Los otros trozos de ejército se mandaron formar en los confines de Andalucía y de Galicia, más con intento de defender el territorio que con el de hacer conquistas. Mas no había soldados con que llenar los nuevos tercios, ni dinero con que levantarlos; todos los recursos estaban de tal modo agotados con la formación del ejército de Cataluña, que no se hallaba á la sazón ninguno que no fuese desusado y extraordinario. Fueron llamados á la Corte todos los caballeros hijosdalgo del reino, y se les propuso que acudiesen con armas y caballos, según la antigua usanza, no practicada desde que terminó la guerra con los moros, á servir al Rey y á la patria. Vinieron muchos; pero fué lastimoso de ver el que antes de ofrecerse á servir los que sirvieron, fuesen exigiendo hábitos y mercedes y ayudas de costa, sin que ninguno se prestase por solo el deber y el patriotismo á salir á campaña; conducta muy diversa de la antigua. Mejor obraron los Grandes, aunque no hicieron todo lo que pudieron, levantando cada uno á su costa una compañía de cien hombres. Los ministros de los diferentes Consejos pagaron con poner cada uno en campo cuatro hombres armados, y de la gente común muchos acudieron también al servicio, con promesa que se les hizo de dar por recompensa títulos de hidalguía. Por último, se sacaron á la venta en pública almoneda hasta quinientos hábitos de órdenes militares, señalando á Madrid como patria común para hacer pruebas, á fin de que no hubiese quien no pudiera hacerlas, calculándose en otros tantos caballos efectivos y hasta un millón de ducados lo que produciría tan extraña venta. Así, dondequiera se ve ya á la vanidad en lugar del patriotismo, al interés personal haciendo olvidar al interés público, dondequiera el decaimiento y la corrupción, fruto tardío, pero cierto, de la liviandad de los Ministros y de la Corte, de la desconfianza del Gobierno, del menosprecio de la equidad en la distribución de empleos y honores, de la falta de justicia y de la ignorancia que cegaba los ojos de todos los españoles. Es locura pensar que las naciones, por nobles que sean, puedan levantarse á grandes intentos, hacer grandes sacrificios, moverse á ciertos esfuerzos supremos oprimidas y desconfiadas, sin fe en lo presente ni en lo futuro.

No había más que un modo de poner el patriotismo nacional á la altura de la ocasión, y la ejecución de éste dependía de todo punto del Monarca. Era preciso que apartase de sí al favorito y aun lo inmolase á la justa saña de la nación: era preciso que abandonase los placeres y se consagrase al trabajo; que comenzase á gobernar y á hacerlo todo por sí mismo; que empuñara la espada de Fernando III y vistiese la armadura de Alonso el Batallador; que fuese como Carlos V á los ejércitos y pelease con ellos, y fuese con ellos á la victoria ó á la muerte. Entonces sí que los hidalgos y los pecheros hubieran acudido á las banderas del Rey, según la antigua usanza; entonces sí que el patriotismo nacional se hubiera despertado dando copiosos frutos; entonces sí que del gran pueblo que tal muestra dió luego de patriotismo en 1808, virgen á la sazón, y de más virtud y esfuerzo, todavía hubiera podido esperarse con fundamento la victoria y la salvación de la Monarquía. Hubieran muchos dejado la parte de la rebelión, al ver castigado al mal Ministro; no hubieran otros osado levantar las armas contra la persona del Rey, santa y verdaderamente inviolable hasta allí para los españoles; hubieran los más tibios cobrado valor, y hubieran cobrado los más enemigos respeto ó miedo. Por tal modo salvó Enrique IV su trono y salvó á la Francia, y á la sazón misma, sólo para procurar nuestra ruina, vimos á Luis XIII forzar en persona las puertas de Italia, y asistir más tarde en las tiendas de los sitiadores de Perpiñán. De esto se hizo algo en España; pero se hizo mal y fuera de tiempo, que es casi tanto mal hacer como no hacer nada. Fué Felipe al ejército de Cataluña, pero no á pelear, sino á sentir de cerca afrentosas derrotas, y aumentar el menosprecio á su persona y el odio á sus Ministros en los rebeldes. No fué á Portugal, que era donde más falta hacía por lo pronto, y á tal punto descuidó esto, que la reina Isabel, dándole vergonzosa enseñanza, llegó á pedirle permiso, que no obtuvo, para ejecutarlo por su propia persona. Así, pues, cuando separó de sí al favorito, y cuando se determinó á ver los muros de Lérida coronados de franceses, ya no era tiempo para salvar á la nación: su desmembración y ruina eran inevitables.

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LIBRO SEXTO

SUMARIO

De 1640 á 1643.--Guerra general.--Cataluña: toma de Perelló, de Coll de Balaguer, Cambrils, Salou, Villaseca y Tarragona.--Paso sangriento de Martorell; entrada en el llano de Barcelona; dase esta ciudad al Rey de Francia; dispónese á la resistencia; estado del ejército real; orden de ataque contra Montjuich; batalla y rota de los nuestros; muerte del duque de San Jorge; retirada á Tarragona; sitio de esta plaza; socorro por mar.--Rosellón: piérdese Elna; victoria de Argeles y socorro de la provincia.--Formación de nuevo ejército; hostilidades en la frontera de Aragón; Tamarit de Litera; sucesos del campo de Tarragona; victoria de Villalonga; parte el marqués de Pobar al socorro de Rosellón; su marcha y su derrota en Granada; pérdida de Colliure, Perpiñán y Salsas y toda la provincia.--Hostilidades por mar y tierra en Vinaroz.--Medidas extremas; armamento de nuevo ejército; sale el Rey á campaña; su conducta y la de la Reina; batalla de las _Horcas_; combate naval de Barcelona.--Portugal: rebatos y correrías por Extremadura, interpresa de Olivenza; otros sucesos á la parte de Castilla y Galicia.--Italia: pérdida de Montcalvo; sálvase Ivrea; Ceba, Mondovi y Coni perdidas; recóbrase Montcalvo; defección de los Príncipes de Saboya; grandes pérdidas; defección del Príncipe de Mónaco.--Flandes: sitio de Ayre y su conquista; muere el Cardenal Infante, reemplázale D. Francisco de Mello; victoria gloriosa de Honnecourt; derrota funesta de Rocroy.--Intrigas contra el Conde-Duque y su caída.

CON la sublevación de Cataluña y Portugal se abre, naturalmente, nuevo período en la guerra. Si hasta ahora la hubimos sostenido con cierta igualdad, ya no era posible; si hasta ahora la fortuna había repartido sus favores entre las potencias beligerantes, en adelante llevaremos siempre la peor parte. Dejamos narrados algunos encuentros y hechos que fueron preludio y exordio de las campañas de Cataluña; dejamos á los franceses enseñoreados de toda aquella provincia sin cosa alguna; y dejamos, finalmente, al marqués de los Vélez caminando con todo el ejército desde Tortosa tierra adelante por el Principado.

La primera conquista fué la de Perelló, pequeño pueblo, pero murado, donde trece catalanes solos detuvieron heroicamente á todo el ejército por un día entero, y más los detuvieran á no haber inteligencia con uno de los vecinos. En seguida se encaminó el marqués de los Vélez al Coll de Balaguer, punto áspero y difícil, y muy fortificado y guarnecido, aunque sin arte, por los catalanes. Hicieron éstos resistencia; mas no sabiendo aprovecharse de sus ventajas, fueron rotos y tomado el paso; y algunos escuadrones de caballería, que con el conde de Zavallá, General de ellos, vinieron al socorro desde Cambrils, fueron también deshechos. Tomáronse al propio tiempo algunas torres y casas fuertes de la marina, y el ejército, alegre con la facilidad de aquellos pequeños triunfos, se entregó á los desórdenes de vencedor. Por su parte, los catalanes intentaron envenenar unas lagunas cercanas del Coll; horrible intento, y que, á poder lograrlo, causara infinitas muertes entre los nuestros. Así, de uno y otro lado, la guerra iba exacerbando las pasiones más y más cada día.

Llegaron al cabo los nuestros delante de Cambrils, primera plaza de armas de los catalanes, y de las que tenían mejor fortificadas, puesta en la plaza y campo de Tarragona. Hizo D. Alvaro de Quiñones mucho estrago en sus escuadrones á las mismas puertas de la villa; tomóse á viva fuerza un convento de las afueras, que defendieron celda por celda los frailes; púsose por fin el cerco; batióse furiosamente, y al fin su Gobernador, el barón de Rocafort, se entregó por capitulaciones. Pero al salir los defensores hubo una alarma falsa: gritóse traición sin saber quién ni por qué causa, y aprovechando la ocasión los soldados pasaron más de setecientos de ellos al filo de la espada antes de que pudieran contenerlos los capitanes. Reus y otros lugares ricos vinieron entonces á la obediencia. Mas con todo faltaban vituallas y recursos, porque no los dejaban venir de ninguna parte los miqueletes ó almogávares, gente suelta, incansable, valerosa, que repartida en bandas de corto número, con gran conocimiento del terreno y no menos astucia, iba siempre delante, á las espaldas ó en los costados del ejército, acosándolo sin cesar y matando, al propio tiempo que robaba los mantenimientos, todos los dispersos y forrajeadores. Parecía conveniente apoderarse de un puerto adonde pudiera venir fácilmente el socorro de la armada; y se determinó caer al punto sobre Tarragona. Tomáronse Salou y Villaseca, lugares y puestos bien fortificados, y allanado ya el camino, se plantaron los cuarteles delante de aquella ciudad.

No hubo, sin embargo, que hacer uso de las armas, porque M. de Espenan, que estaba dentro con mil caballos de su nación, juzgando imposible la resistencia, capituló su salida, obligándose á no pelear más en Cataluña, y los naturales tuvieron en seguida que rendirse á partido. Cumplió de Espenan su promesa como bueno y salió de Cataluña con los suyos, que fué gran ventaja para nuestro partido. Luego las armadas entraron en Tarragona y algo aliviaron al ejército, pero no tanto como se esperaba, por la tibieza de D. García de Toledo, marqués de Villafranca, que los mandaba. Era éste harto menos capitán que fueron su padre y hermano; mas en cambio les aventajaba á entrambos en presunción, defecto común en las épocas viles y degradadas, donde faltando verdaderos y públicos merecimientos, hay que fingirlos y afectarlos; y no llevando á bien que ganase otro gloria á costa suya, tenía por más honrado el dejar de servir á la patria, que no servirla dando reputación al inexperto marqués de los Vélez. Con esto y con las numerosas cuadrillas de miqueletes, que interceptaban y destruían todos los convoyes y recursos, volvió á hallarse en grande necesidad el ejército. Determinóse el marqués de los Vélez á salir de tal situación y á traer á sus banderas el triunfo, encaminándose á Barcelona, cabeza y foco de la rebelión. Ganó con mucha dificultad á Villafranca de Panadés y San Sadurní; pero siguiendo su camino, halló cerrado el paso de Martorell por los catalanes, con muchas trincheras y reductos, apoyados en posiciones casi inaccesibles, defendidas por todos sus tercios y escuadrones y gobernados del diputado militar Tamarit, y de los franceses Seriñán y D'Aubigné.

Llegó allí el Marqués, y conociendo que no era posible la expugnación de las fortificaciones por el frente, mandó al de Torrecuso que con un buen trozo de gente pasase encubierto á coger por la espalda al enemigo, lo cual hizo éste con mucha habilidad y presteza. Entonces los catalanes, viéndose entre dos fuegos, espantados y confundidos se pusieron en retirada y no pararon hasta Barcelona, en cuyos muros hallaron abrigo. Entraron nuestros soldados en Martorell, de donde era cabalmente título y señor el marqués de los Vélez, y todo lo llevaron á hierro y fuego, como si se tratase de gente bárbara y extranjera; mas en verdad que los catalanes no quedaban cortos en la venganza. El mencionado Margarit, mezcla de entre capitán y facineroso, que mandaba algunas bandas de ellos, entró por asalto en Constantí, donde estaban los enfermos y heridos del ejército castellano, en número de más de cuatrocientos, y á todos los hizo pedazos en los lechos mismos. Ni por una ni por otra parte ponían de sí los capitanes cuanto debieran para contener tales excesos; y así ellos incitaban cada vez más la ira y hacíase más imposible la paz. Entró el ejército castellano después de asolada Martorell en Molins de Rey, San Feliu, Esplugas y todos los pueblos del contorno, hasta dar vista á Barcelona y sentar los cuarteles en Sans y los demás pueblos de su amenísimo llano.

Desde allí el Marqués, antes de intentar cosa alguna contra la ciudad, envió á ella un parlamentario, á fin de que les intimase de parte del Rey la sumisión, ofreciendo en cambio clemencia. Negáronse los catalanes, gente más obstinada aún en las derrotas que en el triunfo, y de uno y otro lado se dispusieron á emplear las armas. Estaba dentro de Barcelona por Ministro y caudillo principal de los franceses M. Du Plessis, hombre sobremanera astuto y muy empapado en los pensamientos é intenciones de Richelieu. Viendo tan apurados á los catalanes, que teniendo á las puertas tan numeroso ejército no contaban con otra esperanza que la de enterrarse honrosamente en los escombros de sus murallas, comenzó á dar á entender astutamente, primero con ambigüedades, luego al descubierto, que el Rey de Francia, si como aliados les ayudaba en algo, como dueño emplearía en su servicio todas las fuerzas que tenía. Representóles el poder del Rey Cristianísimo, su bondad, su celo; pero más aún que tales encarecimientos, sirviéronle para traer á los catalanes á su arbitrio los argumentos que públicamente se hacían contra el rey Felipe y su Ministro, que sin mirar como propia aquella tierra, la combatían y azotaban con armas tan formidables y rigor tan desusado. No recordaban entonces los catalanes sus propios excesos y culpas; atendían sólo á los rigores de sus contrarios, porque achaque humano es el exigir que de parte del prójimo estén la prudencia y la templanza en los trances violentos.

Y, á la verdad, no les faltaba á los catalanes alguna más razón que suele haber en los que se hallan dominados de la ira, con que se acrecentaba en este caso la saña; porque las torpezas del Conde-Duque y de sus Ministros viles habían excusado todo género de razonable acomodo. Pero de todas suertes fué lamentable y digno de eterna censura el que tanto pudiese en ellos la pasión del momento, que prefiriéndola al interés de la patria común, cediesen á las insinuaciones pérfidas de M. Du Plessis, dándose por entero al Rey de Francia, y admitiéndole por señor y Soberano. Hízose la proclamación solemne en Barcelona, y al punto los franceses comenzaron á intervenir como naturales en las cosas de la defensa. La noticia de este suceso encendió más y más la cólera en el campo castellano; y aunque no faltaron diversos pareceres, por no creer muchos que estuviesen después de los pasados trabajos en disposición de emprender el sitio de Barcelona, se resolvió al fin comenzar los ataques, fijándose todos los ojos en la toma del castillo de Montjuich, como natural principio de la empresa. Esta montaña, que domina á todo Barcelona y á la cual hace la posición esencialísima para su defensa, había estado hasta aquellos tiempos sin fortificación alguna; pero ahora, viendo los cabos catalanes el peligro de que la ocupase el ejército real, levantaron en breves días en lo más eminente un castillo en forma de cuadro, bastante fuerte, y lo artillaron y guarnecieron muy bien con gente escogida de naturales y algunas compañías de veteranos franceses. Probóse con esto que Barcelona no puede estar sin aquel castillo, porque bien los ciudadanos para su defensa, bien los enemigos para la ofensa, necesitan de él forzosamente. Montjuich extiende su falda por una parte hasta el mar y por otra hasta las murallas de Barcelona: la subida es escabrosa y larga, y á la sazón estaba cortada con muchas zanjas, y defendida, sin la fortaleza mayor, con muchas trincheras; de suerte que con esto y con estar tan cerca de la ciudad, toda puesta en armas y asistida de no pocos capitanes y soldados franceses, era de expugnación muy ardua. Pera el ardor de los Vélez no reparó en nada. Todavía el ejército real, aunque muy disminuído por la hambre, por la guerra y las enfermedades, y principalmente por las guarniciones que iba dejando detrás, era numeroso; y aun contándose en él mucha gente bisoña, tenía bastantes soldados viejos para ser temible. Gobernábanlo, bajo las órdenes del marqués de los Vélez y de Carlos Caracciolo, marqués de Torrecuso, su Maestre de campo general, D. Juan de Garay, que acababa de llegar del Rosellón, el duque de San Jorge, hijo de Torrecuso, el marqués Cheli de la Reina, D. Alvaro de Quiñones y otros capitanes, de nota algunos, todos muy antiguos en el ejercicio de las armas; y la artillería, con la desembarcada últimamente del Rosellón, era buena y mucha. Pero había en el corazón de aquel ejército un mal profundo, incurable, y era el poco acuerdo y división de los capitanes, producido principalmente por el mando del marqués de los Vélez.

Como este Marqués ignoraba el arte de la guerra y no sabía, por tanto, proveer en ella lo que convenía; como no podía alegar grandes servicios y menos en las armas, carecía de la autoridad necesaria para el mando, y era incapaz de contener las pretensiones opuestas y exageradas de tantos capitanes orgullosos con los servicios que habían prestado y que no acertaban á igualar con el propio ningún merecimiento. Así acontecía que el de los Vélez, ó no daba provisión alguna en las ocasiones más críticas, ó si las daba eran olvidadas y contradichas de los capitanes, que ni lo respetaban á él ni se guardaban entre sí respeto alguno; con que no había quien mandase ni quien obedeciese, causa bastante para perderse en las armas. Habíase advertido ya este mal en diversas ocasiones durante aquella corta campaña; mas ahora delante de Barcelona fué donde sirvió de ejemplo horrible de lo que la mala elección en el general puede hacer en un ejército, por poderoso que sea.

Llegada la hora prefijada para el ataque de Montjuich, se puso en marcha el ejército real, repartido de esta suerte: dos trozos de mosquetería, cada uno de mil hombres escogidos al mando el uno, del conde de Tyron, irlandés, y el otro al de D. Fernando de Ribera, Maestre de campo, se encaminaron á subir la montaña donde aquella fortaleza está sentada, aquél por el costado derecho, entre la campiña y la eminencia; éste por el costado izquierdo, entre la eminencia y la ciudad: seguía luego por el centro un escuadrón de ocho mil infantes, que se extendió en batalla por el monte, como en reserva de los dos primeros escuadrones y lo restante de la infantería se escuadronó haciendo frente á la ciudad. La artillería y caballería, á los costados en los sitios más á propósito que se hallaron, atendían á evitar la salida de los de la ciudad y la retirada de los de Montjuich, gobernando toda la gente destinada contra éstos Torrecuso, y lo que quedaba contra aquéllos D. Juan de Garay. Mandaba dentro de Montjuich, por los catalanes, M. d'Auvigné, y en la ciudad M. Du Plessis y el diputado militar Tamarit; y Seriñán, con la caballería francesa y catalana, se apostó fuera de las puertas, en un llano entre Montjuich y las murallas, al abrigo de las muchas baterías con que éstas estaban coronadas.