Historia de la decadencia de España
Part 24
Para devolvernos Richelieu las entradas que habíamos hecho por el Pirineo, envió acá un ejército de veinte mil infantes y dos mil caballos á las órdenes del duque de Enghien y del de la Valette, los cuales sentaron su campo delante de Fuenterrabía. Al propio tiempo, una escuadra francesa, al mando del Arzobispo de Burdeos, vino á bloquear la plaza. Defendióse muy bien la escasa guarnición que allí había; pero pronto empezó á sentir la falta de vituallas, que ocasionaba el cerco tan estrecho por mar como por la parte de tierra, y la rendición parecía segura. Aumentó la probabilidad un funesto accidente. Catorce galeras y otros cuatro bajeles equipados para meter socorro en la plaza, fueron destruídos en la rada de Guetaria por la armada del Arzobispo. Con todo, no desmayaron los sitiados, resueltos á defenderse hasta el último trance. Las minas habían ya hecho practicable la brecha, y estaba á punto de darse el asalto, solamente por negligencia diferido, cuando llegó al socorro un ejército reunido costosamente, pues hasta de Flandes vino gente para él y á las órdenes del esforzado Almirante de Castilla, D. Juan Alonso Enríquez de Cabrera, duque de Medina de Río-Seco, y del marqués de los Vélez, Virrey á la sazón de Navarra, asistidos de la industria y valor de Carlos Caracciolo, marqués de Torrecusso, capitán napolitano más valeroso que prudente, pero de mucha práctica en la guerra y muy leal á su Rey y al servicio de España. No era nuestro ejército tan lucido ni tan experimentado como el de los contrarios; pero suplió el valor á todo. Mandaban los cuarteles franceses el de Enghien, y el Arzobispo, que había ido á tomar parte en las operaciones con los soldados de los bajeles. Acometiéronles los españoles con inaudito esfuerzo, de tal manera que, sin poder resistirles, huyeron al primer ímpetu los franceses, abandonando sus reductos. Forzó con su tercio el marqués de Mortara los puestos que defendía el mariscal de la Force con tres mil soldados, debiéndosele, por consiguiente, muy principal parte del triunfo. Tal fué, que en un momento todo el ejército enemigo se lanzó en precipitada fuga hacia el mar; cayeron más de ochocientos al filo de la espada, y fueron más de dos mil los que se ahogaron antes de ganar los bajeles, dejando en poder de los nuestros muchos prisioneros y toda la artillería.
Pocos en todo fueron los que se salvaron, no parando de correr hasta Bayona, y de los primeros el duque de Enghien, hijo del príncipe de Condé, y los otros capitanes, que tuvieron más cuenta con la vida que no con la honra que perdían. Levantóse allí la fama del gran Almirante de Castilla, á punto de no ser más empleado en mucho tiempo, que tanto pudieron la envidia y la emulación árbitras por entonces del Gobierno; cubriéronse de gloria Mortara y Torrecusa, y con tales capitanes y soldados, España se creyó todavía invencible.
Pero así como el suceso de Leucata puso aliento en los nuestros para el socorro de Fuenterrabía, la afrenta que aquí padecieron los franceses, los movió á emprender con más ahinco alguna cosa de importancia en nuestras fronteras. Fióse el desagravio al mismo duque de Enghien, que entró por el Rosellón con veinte y cuatro mil infantes y cuatro mil caballos, repartidos en tres trozos, trayendo al duque de Halluin por segundo en el mando. Acometieron el castillo de Opol, fortaleza algo importante, que se rindió con poca defensa; de suerte que el Gobernador, que era flamenco, pagó su flaqueza con la vida en Perpiñán. Entraron en seguida en Rivas Altas, Claires y otros lugares abiertos; pusieron sitio á Salsas, y corrieron el campo hasta Perpiñán. Dióles una rota D. Alvaro de Quiñones, degollándoles un buen trozo de caballería con muchos capitanes y personas de cuenta; pero ellos en tanto combatieron á Salsas con mucha furia. Comenzóse á juntar el socorro en Cataluña esperando todos que la plaza se sostendría largos meses; pero habiendo volado los franceses algunas minas con mucho efecto y daño, rindióse el gobernador Miguel Llorente Bravo, que hasta entonces se había mostrado valeroso, con no poca afrenta. Fortificáronse allí los enemigos cuidadosamente, y dieron el gobierno del presidio á Mr. de Espenan, capitán hábil y esforzado. Las nuevas de este suceso conmovieron á toda España. Decretáronse levas extraordinarias; recogióse de todas partes el dinero que se pudo; excitóse el celo de los Grandes de Castilla para que acudiesen á la defensa del reino y el de la provincia de Cataluña, llena de patriótico ardor contra los franceses.
Fué noble el impulso y necesario, porque verdaderamente aquella era la puerta de España; pero debió hacerse antes ó guardarlo para más tarde; aquello, para evitar la pérdida, y esto para que no costase tanto el cobro. Aconsejaban los prácticos que se dilatase la empresa por ser ya los últimos meses del año; pero no se oyó el consejo. Encargóse á D. Felipe de Spínola, hijo del célebre D. Ambrosio, y por su muerte, marqués ahora de los Balbases, el mando del ejército que era muy grueso para aquel tiempo, como que algunos lo hacen subir á veinticuatro mil infantes y tres mil caballos, de ellos quince mil catalanes bisoños, y el resto castellanos y extranjeros de los tercios de Mortara, Moles, Molinghen, y otros, vencedores en Fuenterrabía: el todo más lucido que robusto ni experimentado. El ejército francés, que estaba aún delante de Salsas, se retiró al aproximarse los nuestros; con todo hubo un combate entre alguna infantería suya y tropas nuestras bastante ventajoso. Apretóse el cerco, y á la par comenzaron las enfermedades á hacer estragos en el campo español. Las obras de sitio comenzaron de prisa; pero las aguas las destruyeron de un golpe cuando estaban muy adelantadas, y se pensó en rendir por hambre la plaza. Vino bien para esto que el duque de San Jorge, hijo del marqués de Torrecusso, y don Alvaro de Quiñones destrozasen en un encuentro un buen golpe de caballería enemiga que andaba por aquellas inmediaciones atenta al socorro; porque así, privados de él, fué á poco muy grande la escasez de bastimentos en los defensores. Resolvióse entonces el duque de Enghien á venir en persona á levantar el cerco, pero fué rechazado dos veces: la una, más bien por un temporal horrendo que se declaró aquel día, que no por nuestros soldados; la otra, á pica y espada. Asaltó en esta última ocasión nuestras trincheras el de Enghien con seis mil soldados escogidos, y aunque pelearon con mucho valor fueron rechazados con más, y puestos en fuga, dejando mil trescientos cadáveres en el campo. Pero entre tanto, de aquel ejército nuestro tan brillante, no quedaba apenas la mitad, muertos el resto de las enfermedades y trabajos. Fué preciso traer nuevas tropas de socorro, levantadas principalmente en Cataluña, donde los naturales se aprestaron gustosísimos á la empresa, y con eso los franceses, aunque de nuevo aparecieron en campo, no se atrevieron más á dar batalla: con que tuvo que rendir la plaza su gobernador Mr. de Espenan, después de haberla sostenido con todo género de salidas y defensas; mas salió con los honores de la guerra. No les quedó tras esto á los franceses por aquella parte otra fuerza que la de Opol, quizás menospreciada, y el ejército español, sin acometer otra empresa, vino á tomar cuarteles de invierno en el Rosellón y Cataluña.
Fué no menos empeñada y sostenida que la de tierra la guerra marítima, dado que en el último término se nos mostrase más adversa la fortuna. No bien se abrieron las hostilidades, una escuadra española, compuesta de veintidós bajeles, al mando de D. García de Toledo, marqués de Villafranca, duque de Fernandina, hijo del gran D. Pedro y hermano del hábil almirante D. Fadrique, uno y otro difuntos, y al mando también del marqués de Santa Cruz, entró en el golfo de León y se apoderó de las islas de San Honorato y Santa Margarita, dejándolas guarnecidas y fortalecidas, con lo cual las costas de Provenza quedaron á merced de los españoles. Mantuvimos aquellos puestos no sin gloria ni ventaja; pero al cabo, sobreviniendo la escuadra francesa que gobernaba el Arzobispo de Burdeos con tropas que desembarcaron á las órdenes del conde de Harcourt, perdiéronse ambas islas, bien defendida la de Santa Margarita por su gobernador D. Miguel Pérez, y no rendida sino por falta de socorros; cobardemente entregada la de San Honorato, sin espera ni defensa bastante, por D. Juan Tamayo, que allí mandaba. Mientras nuestros bajeles llevaban á cabo aquella conquista, los de Francia se habían presentado delante del Grao de Valencia, desembarcando gente que osó llegar hasta la ciudad y ponerla sitio. Volvía el marqués de Santa Cruz con sus galeras de la expedición de Provenza, cuando supo estas nuevas, y cayendo sobre los contrarios destruyó muchas de sus naves y los forzó á reembarcarse con pérdida considerable.
Mas fortuna que por acá tuvo la marina francesa en las aguas de Génova, donde hubo un reñido combate entre algunas galeras suyas y otras nuestras, y quedó de su parte la ventaja. Destruyeron también la flota dispuesta para el socorro de Fuenterrabía, como arriba dejamos dicho, y de esta suerte pensaron olvidar la rota que les dió el de Santa Cruz delante de Valencia. Pero no tardaron en tocar en ellos un nuevo desengaño (1639) en las costas de Galicia. Determinado Richelieu á divertir también nuestra atención por aquella parte, juntó una armada la más poderosa que hasta entonces hubiese salido de los puertos franceses, como que constaba de más de sesenta velas al mando del buen Arzobispo de Burdeos, que del todo aparecía apartado de los asuntos eclesiásticos y consagrado sólo al oficio del mar y de las armas. Presentóse esta escuadra delante de la Coruña. Estaba cerrado el puerto con unas cadena de mástiles gruesos, bien trincados con fuertes gumenas y argollas de hierro que corrían de uno á otro de los dos castillos que la defendían; afirmada toda la obra en grandes áncoras, y tomados todos los puestos y bien guarnecida la costa. Cobró miedo el enemigo, y no osando acercarse, se entretuvo tres días en disparar de lejos á la plaza y á la armada allí surta que mandaba D. Lope de Hoces, sin efecto, antes con propio daño. Luego desistiendo de aquel empeño, se arrimó al Ferrol y desembarcó allí alguna gente, la cual, acometida al punto de los nuestros, fué rechazada después de cuatro horas de cruel pelea, y al fin tuvo que reembarcarse.
No le cupo más gloria al Arzobispo en la empresa de Laredo. Desembarcó en aquella villa indefensa y dijo misa en su iglesia; pero no osó acometer el ingenio ó fábrica de artillería que allí se miraba, donde hubiera logrado gran presa, y se volvió á sus naves. Al saberlo el Arzobispo de Burgos, recogió toda la gente que pudo y corrió al encuentro del enemigo; que fuera de ver, si se encontraran, á tales tiempos, tal batalla en los prelados. Pero el de Burdeos, después de amagar también á Santander con poca fortuna, aunque allí dió á las llamas los astilleros, se hizo á la vela para sus puertos, y sobreviniendo tempestades, aquel gran armamento francés se deshizo por si propio con mucha pérdida y ninguna ventaja.
Pronto habíamos de tener por venturosos á los franceses comparando su fortuna marítima con la nuestra. Afrentada con los insultos que padecían nuestras costas, determinó la Corte hacer un esfuerzo y traer armada al mar que pusiese respeto en los contrarios. Tales providencias se llegaron á tomar, que en breve tiempo se juntaron en la Coruña setenta bajeles y de nueve á diez mil buenos soldados. Dióse el mando á D. Antonio de Oquendo, marino antiguo y experimentado, disponiendo que la jornada se hiciese en derechura á Flandes, navegando de tal manera, que si en el pasaje se presentase alguna armada, se aventurase todo á trueque de conseguir su ruina. Al medio mes de navegación llegaron los españoles al Canal de la Mancha, y tropezando con la escuadra holandesa que mandaba Tromp pelearon seis horas con ella, haciéndola retirar al cabo para aparejarse á nueva batalla recibido el socorro que esperaba. Vínole, con efecto, y holandeses y españoles pelearon de nuevo catorce horas seguidas con ventaja de los nuestros, que forzaron á los enemigos á recogerse en Calais. Pero eran grandes las averías y los heridos y muertos del combate, y más aún apuraba á los nuestros la falta de pólvora, de suerte que al fin tuvieron también que ampararse de las Dunas en la costa de Inglaterra. Allí permanecieron muchos días antes de lograr de los ingleses pólvora y socorro alguno; y entre tanto de todos los puertos de Holanda salieron cuantos bajeles había disponibles, y juntándoseles algunos franceses, bien prevenidos y municionados todos, vinieron sobre la escuadra de España. Ascendió de esta suerte la contraria á ciento diez naves con diez y ocho brulotes, los cuales tomaron la boca del puerto para impedir que los nuestros saliesen. En tal punto las cosas dispuso Oquendo enviar á Duquerque todo el caudal y tropas de refuerzo que llevaba á Flandes, y lo logró sin ser sentido de los holandeses. Reforzó también sus bajeles, despidiendo á muchos de los que traía de transporte y contratados, y se aparejó á salir á pelear con los enemigos, á pesar de verse tan inferior en fuerzas. Mas éstos estaban ya de acuerdo con los ingleses, y al anochecer de cierto día en que los españoles estaban surtiendo de pólvora los bajeles para salir al mar sin sospechar algún peligro, se metieron dentro del mismo puerto. Defendiéronse los nuestros con más valor que podía esperarse de la mala prevención y descuido en que estaban, creyéndose en puerto amigo; pero con todo eso perdimos la mayor parte de los bajeles, bien apresados, bien quemados por los contrarios; de ellos fué el llamado _Santa Teresa_, de ochenta cañones, que mandaba aquel D. López de Hoces, capitán valerorísimo, con quinientos mosqueteros, la flor de España, y ochocientos hombres de marinería. No se salvó en tal bajel un solo hombre.
La escuadra inglesa que guardaba aquellas costas, hizo fuego sobre los combatientes para que respetasen la neutralidad del puerto; pero lo hizo de modo que no causaron daño en los holandeses, y en los nuestros lo causaron inmenso. Quejáronse los españoles de traición y no sin motivo; todos los documentos y pormenores persuaden que la hubo. Mas ello fué que España perdió la mejor de sus naves, y entre más de catorce mil muertos ó prisioneros, muchos de aquellos soldados viejos con que contaba todavía para defender su suelo y sustentar su gloria. No mejor suerte corrían al propio tiempo nuestra marina y nuestras cosas en las costas del Brasil y de África.
Una escuadra holandesa de nueve bajeles embistió el fuerte de San Jorge de la Mina, establecido por los portugueses en las costas de Guinea, y lo rindió sin mucha dificultad. Quisieron luego los contrarios apoderarse de otro que se nombraba Arzin; pero la conducta firme del Gobernador los hizo desistir del propósito.
Mayores fueron en el Brasil las pérdidas, atacando aquellas provincias los holandeses en diversas ocasiones, y causando siempre daños sin cuento. Vencidos y echados de allí por D. Fadrique de Toledo, no tardaron en venir á reparar el ultraje, y desembarcando numerosas tropas, lograron en tres campañas, funestamente felices, traer á su obediencia mucha parte del territorio, rompiendo diversas veces á las tropas portuguesas que les salieron al paso. Tales triunfos movieron á los enemigos á hacer mayor esfuerzo todavía para ganarlo todo de un golpe, y enviaron allá al conde Mauricio de Nassau, deudo del de Orange, con poderosa armada. Banjola, que mandaba á los nuestros, no bien supo la llegada del conde Mauricio salió á ponérsele delante, pero no con más fortuna que otras veces, porque la gente de indígenas y portugueses que traía, poco diestra y valerosa, huyó en dos encuentros que hubo sin disputar muy largamente la victoria. Con esto se apoderó Mauricio de muchas plazas y llegó á sitiar á San Salvador; pero aquí no le salieron como creía sus pensamientos, porque en una salida que hicieron los defensores le mataron mucha gente y le forzaron á alzar el campo.
Con todo, aquellas cosas continuaron ofreciendo gran peligro, y nuestra Corte, á pesar de sus apuros marítimos, determinó enviar allá gruesos socorros. Juntóse una armada de cuarenta y seis bajeles con cinco mil hombres de desembarco, y se puso al mando de D. Fernando Mascareñas, conde de Torre. Navegó esta escuadra con mucha felicidad al principio; pero á mitad del camino cayó la peste sobre las naves y murieron más de tres mil hombres, quedando los demás extenuados. Hubo aún la desgracia de que por haberse dado espera al desembarco, la armada se extraviase por aquellos mares y estuviese algún tiempo sin poder arribar de nuevo. De aquí nació que cuando D. Fernando Mascareñas, desembarcada la gente y reunida la que allí quedaba se puso en campo, estuviese ya á la vista el socorro de los holandeses que salió á las nuevas de nuestros armamentos. Y á la verdad, mirábanse éstos tan disminuídos con las anteriores campañas, que sin él no hubieran podido sostenerse un punto. Cuarenta y uno fueron los bajeles de guerra que trajo el enemigo, y por general á Guillermo Looff, hábil marinero. Salieron en busca de ellos los nuestros, que no eran menos ni inferiores, al mando de Mascareñas y se trabaron varios combates, en uno de los cuales el Almirante holandés perdió la vida sin verse ventaja de una ni de otra parte. Pero Huighens, en quien recayó el mando de la escuadra enemiga, sin perder aliento provocó un combate decisivo, y en él después de largas horas de lucha, fueron los nuestros completamente deshechos, aunque no sin gran pérdida del enemigo. De toda aquella armada solamente seis bajeles volvieron á España. Y cierto que serían de extrañar tan repetidos desastres en los mares, si no se sospechase ya que consistían en la mala disposición de las flotas. Armábanse de prisa, tripulábanse con soldados de tierra y chusma ignorante, y los más de los bajeles no eran construídos para la guerra, sino arrancados aquí y allá al comercio ó comprados y aun alquilados á mercaderes extranjeros. Solo los navíos llamados de Dunquerque, construídos para la defensa de aquellas costas, eran buenos y los de Nápoles gloriosos desde la época del gran duque de Osuna. Naves portuguesas, genovesas, algunas inglesas y pocas, muy pocas castellanas, formaban principalmente en aquel tiempo las escuadras, que con tan poca honra y fortuna paseaban nuestra bandera por los mares. Con la derrota del Brasil y la que antes habíamos padecido en el Canal de la Mancha, parecía aniquilado nuestro poder marítimo; y fué cosa de maravillar cómo pudimos en adelante hallar bajeles todavía para defender nuestras costas y aun para vencer en algunas ocasiones.
Imposible será referir aquellos accidentes de tan costosa y dilatada guerra, sostenida á un tiempo en Europa, en las fronteras del Pirineo, en Italia, Flandes, Alemania, el Franco-Condado y á la par en las demás partes del mundo. Y en todas las costas y mares. Jamás alarde más grande ni esfuerzo más desesperado hizo nación alguna, que éste que estaba haciendo la Monarquía española, peleando por todos lados con tan desiguales medios y armas; donde quiera imponiendo, aunque tan enferma, respeto y espanto á sus enemigos. Pero se estaba ya en el año de 1640, y el mal penetraba en el corazón; el incendio estaba ya encima; oíase el chisporroteo de los combustibles; sentíanse las llamaradas, y el humo ennegrecía el horizonte. La hora de la muerte era llegada para la agonizante grandeza de España; sus cimientos estaban socabados del todo, y una ráfaga de viento que pasase la haría desplomarse.
Y sin embargo, en Madrid no se notaba aún señal de temor ó de tristeza. Celébranse no sólo cada victoria, sino cada rumor de ellas, verdadero ó falso que corre, con los festejos de costumbre, y no pocas veces se hacen sin pretexto alguno. De los más señalados fué uno en que hubo cierta comedia de magia, ó más bien alegoría, con el título de la _Circe_, invención de un tal Cosme Loti, la cual se representó sobre el estanque grande del Retiro, con máquinas, tramoyas, luces y toldos, fundados parte en el lecho mismo del estanque, parte sobre barcas que iban á la par navegando. Yendo la representación á punto en que se fingían tormentas, se levantó una tan verdadera, con tal torbellino de viento, que lo desbarató todo y algunas personas peligraron de golpes y caídas; mas con todo, no se desistió del espectáculo, y á pocos días después tuvo lugar delante del Rey y la Corte primero, y luego delante los Consejeros, comunidades religiosas y pueblo. Pero acrecentándose cada día más la afición al arte dramático, donde más de continuo asistía el pueblo era á los teatros ó corrales, y el Rey y los cortesanos, principalmente, á las salas del Buen Retiro, donde se hacían algunas improvisadas por los primeros poetas de la época, que allí mismo tramaban el plan, y repartiéndose los papeles las ejecutaban ellos propios siguiendo á su voluntad los diálogos.
Con tal género de ayuda no tardó el arte en ponerse en alto punto de esplendor. Los antiguos corrales de la Cruz y del Príncipe se convirtieron en teatros, para aquel siglo muy lujosos, y todo el mecanismo de la imitación adelantaba diariamente, tocando en una perfección hasta entonces desconocida en Europa. Los representantes, no contentos con las ganancias que les ofrecía Madrid, se multiplicaban; cruzaban continuamente los caminos, y desde las más grandes hasta las más pequeñas poblaciones del reino veían levantarse telones, y ejecutarse comedias, y bailes, y entremeses, y todo género de espectáculos. Y al compás de esto, Lope de Vega, Calderón, Moreto, Rojas, Alarcón, fray Gabriel Téllez, conocido por Tirso de Molina, Luis Vélez de Guevara, Cubillo, Villaizan, Hurtado de Mendoza, Montalbán y otros muchos de menor nombradía, produjeron obras innumerables, si defectuosas en la disposición y forma y no pocas veces en el estilo, maravillosas en la invención y en el enredo; llenas de altos pensamientos, ricas en interés, en diálogos, en descripciones, en ingeniosos recursos y en todos los prodigios de la fantasía. ¡Lástima que tal arte y tales ingenios no floreciesen en tiempo de más ventura! Porque es doloroso haber de apuntar afrentas de los hombres á quienes agradecidos los poetas dramáticos tributaban tanto aplauso y lisonja; haber de reputar por viles tal lisonja y aplauso; haber de condenar los festejos que eran germen y vida del arte dramático; haber de baldonar al Rey poeta y al ministro Mecenas por la misma atención, por el favor mismo que tributaban á las obras y á los autores que tanta gloria nos han dado en el mundo. Ojalá que el cielo hubiera dado tales ingenios en los días de nuestra grandeza; ojalá hubiera infundido aquel amor al arte en los altos Príncipes del siglo de oro de la Monarquía.