Historia de la decadencia de España
Part 22
De entre cómicos y cómicas no salían el Rey ni el favorito, sino para entregarse á nuevos placeres en los jardines y estanques del Retiro, llenos siempre de luminarias y máquinas costosísimas, ó para atentar en lo obscuro de la noche á la honra de mujeres huérfanas quizás de los soldados de Flandes, ó para manchar con escandalosas aventuras los regios aposentos, cuando no lugares más sagrados. Acaso castigó Dios como merecían las liviandades de Felipe con un misterioso y sangriento suceso, que aunque no bien averiguado ni conocido, puso su propia honra en lenguas del vulgo. Hecha la Corte un mar de galanteos, fué esmero y porfía de los caballeros mostrar que eran altas y hermosas damas las que servían. Uno de ellos, el conde de Villamediana, hombre agudo, lenguaraz y atrevido, osó llevar por divisa en una de las fiestas de la Plaza Mayor cierto número de reales de plata con estas letras: _son mis amores_. Escandalizó la sospecha, pero más aún, el hecho de que mientras los demás caballeros mozos obsequiaban á las damas de la Corte, el de Villamediana sólo ofreciese sus homenajes á la reina Isabel de Borbón. Comenzó á rugir la murmuración; oyóla ó sospechóla el Rey, y dió alguna muestra de manifiesta ira: poco después unos enmascarados asesinaron al conde de Villamediana en su propio coche. Creció con esto la murmuración hasta producir deshonra, si justa ó injusta no se sabe. El hecho es que por primera vez sintió tal mengua la corona de los Reyes Católicos.
Con tales y tan varios sucesos, con tanta confusión y escándalo, distraídos los ánimos de los cortesanos y del pueblo, se oyeron en Madrid sin pena ni alarma las nuevas de Richelieu, el cual, juntando con el pensamiento la ejecución, enviaba un ejército numeroso á unirse con el del príncipe de Orange para acabar de quitarnos los Países Bajos, mientras otro con igual objeto caminaba ya hacia Italia. El Conde-Duque, que era quien más atención debió poner en ello, había dado en mirar en Richelieu un rival suyo y émulo de sus talentos, como si entre aquel hombre perverso, pero grande, y él, cupiese comparación alguna; acaso no imaginaba que Francia fuese rival verdadera y cuasi forzosa de España. La idea de Felipe II de aniquilar ó de avasallar á aquella nación, no era más que la expresión de nuestra primera necesidad política; porque era evidente que el poderío de España no podía existir sin el abatimiento de Francia, lo mismo que la supremacía de Francia á costa de España tenía que levantarse en Europa. Pero el Conde-Duque, incapaz de comprender en toda su extensión aquel pensamiento, miraba como enemiga á la Francia por costumbre solo, y la guerra que iba á emprenderse como otra cualquiera guerra. Esperábala hacía tiempo, y tanto, que tres años antes había enviado emisarios á la frontera del Pirineo para que viesen el estado en que se hallaban las plazas del enemigo y reconociesen todos los pasos; mas no esperó nunca que aquello fuese un combate particular, un duelo á muerte, del cual hubiese que salir triunfante ó completamente rendido. Ni vió el Rey lo que no vió su favorito, ni las historias recuerdan alguno que en aquella Corte estragada supiese toda la importancia del nuevo acontecimiento. Así continuaron sin tregua los placeres mezclados con sangrientos dramas; porque cada día un celoso mataba un galán, y caballeros enamorados malgastaban en desafíos y empresas pueriles la sangre que tanta falta iba á hacer en las fronteras.
En tanto el primer ejército francés (1635) á las órdenes de los mariscales de Brezé y de Chatillon, compuesto de más de veinticinco mil hombres, caminaba la vuelta de Flandes. Envió á su encuentro el Cardenal Infante, al príncipe Tomás de Saboya, que servía de tiempo antes en el ejército de España, con diez mil infantes y dos mil caballos, á fin de cerrarle el paso impidiéndole que se juntase con los holandeses. Marchaban divididos los franceses en dos trozos, y el príncipe Tomás imaginó atacarlos por separado, primero al uno y luego al otro, y de igual á igual deshacerlos. Engañóse en sus medidas, y halló sobre sí á todo el ejército contrario en Avein, junto á Lieja. No era posible retroceder, y se comenzó la batalla. Mostróse al principio favorable á los nuestros, á pesar de que no llegaban á ser la mitad en número que los contrarios, por el certero fuego de nuestra Artillería. Con esto se prolongó la lucha largas horas á costa de mucha sangre de ambas partes, porque los nuestros, con la ventaja ganada, no querían ceder, ni menos los enemigos, que se miraban tan superiores en número. Al fin, envueltos los nuestros por todas partes y rendidos de tan desigual pelea, huyó primero la Caballería, y luego la Infantería mercenaria, ó de naciones, se puso en fuga. Quedaron en el campo dos tercios viejos, uno de españoles, otro de italianos, los cuales, aunque desamparados y peleando uno contra ciento, todavía sostuvieron por mucho tiempo el empuje de todo el ejército enemigo hasta que cayó el último de los soldados. Así fueron abatidas allí nuestras banderas, pero no humilladas. Dejamos en el campo tres mil muertos, mil y ochocientos prisioneros y todo el bagaje de artillería.
Las ventajas de un triunfo que tan poca gloria dejaba á los vencedores, no fueron tampoco muy grandes. Juntóse á la verdad el ejército francés con el del príncipe de Orange, como pretendía, y unos y otros, reunidos, embistieron á Tirlemont y la tomaron por asalto, cometiendo inauditos excesos, á pesar de la esforzada conducta de su Gobernador D. Francisco de Vargas. De allí se dirigieron á Diest y Archost, plazas poco importantes, y las tomaron; con que llenos de presunción osaron amenazar á Bruselas. No tardaron en conocer la imposible ejecución de aquel intento, y encaminándose á Lovaina, la pusieron cerco. Pero el Cardenal Infante maniobró de tal suerte, que sin exponerse á los trances de una batalla desigual, logró que levantasen los contrarios aquel cerco á los diez días de haber abierto las trincheras, y sin que su ejército padeciese daño. Introdujo socorros en la plaza, á punto que hizo la expugnación imposible; cortó los víveres y las comunicaciones á los enemigos, que comenzaron á tenerse más por sitiados que por sitiadores, y viniendo en seguida sobre ellos las disensiones naturales en tales casos, y las enfermedades que engendran las privaciones, al fin tuvieron que separarse, quedando sólo en Flandes el mariscal de Brezé con ocho mil soldados, porque los demás se volvieron á Francia. No se limitaron los españoles á guardar sus plazas y deshacer sin combatir á los enemigos, sino que llevaron á cabo una dichosa empresa. El fuerte de Schenck, situado en la isla de Batavia que vienen á formar dos brazos del Rhin, estaba á la sazón muy bien fortalecido, puesto que era uno de los importantes que tenían los holandeses; pero no tan bien guardado, porque mucha gente de la guarnición había salido á reforzar los ejércitos. Apercibidos del caso los españoles que guarnecían á Güeldres, determinaron tomarlo de improviso, y saliendo en número de quinientos hombres escogidos, donde iban no pocos soldados flamencos, debajo del mando de Jorge Esrholtz, capitán de esta nación, se abalanzaron á los muros, y al tercer asalto, muerto el Gobernador, se enseñorearon de ello, degollando la gente que los defendía. Sintieron profundamente esta pérdida los contrarios, y con ella, desconcertados del todo sus ejércitos, tomaron cuarteles de invierno muy disgustados, y achacándose mutuamente los capitanes el mal éxito de aquella campaña comenzada con fuerzas tan superiores y con tan favorables auspicios como la batalla de Avein. Alababan todos al propio tiempo de acertada la conducta del Cardenal Infante.
Al año siguiente (1636) fué todavía menos favorable la campaña á los enemigos por aquella parte. Ocupáronla los holandeses con el sitio de la fortaleza de Schenck, que así como fácilmente se les ganó, ahora, bien guarnecida de los nuestros, no hallaban medio de recobrarla. No había que temer de ellos por algún tiempo, según era su empeño, y según eran las fuerzas de la plaza, que intentaran alguna otra empresa. Y dando por bien empleada la pérdida de Schenck, que al fin se rindió á los nueve meses de sitio, reunió en tanto el Cardenal Infante todas sus fuerzas con las que el Emperador envió en su ayuda, y juntando un poderoso ejército imaginó invadir á Francia. Componíase éste hasta de treinta mil hombres de buenas tropas españolas, lorenesas y alemanas al mando de Octavio Piccolomini de Aragón, general italiano, natural de Siena, y de los que con más gloria habían mandado las tropas imperiales contra los suecos; de Juan de Werth, de Carlos, duque de Lorena, Príncipe feudatario de Francia, más que seguía alianza contra ella con España y el Imperio, capitán de mucha sagacidad y esfuerzo, y del príncipe Tomás de Saboya. Eran el ejército y los caudillos casi los mismos que vencieron en Nordlighen y podían esperarse ahora de ellos no menores efectos. Entraron nuestras banderas impetuosamente en la provincia de Picardía, y se enseñorearon de la Chapêlle en seis días, y poco después del Chatelet que aún se sostuvo menos; á la par que numerosas partidas de Caballería, mandadas por capitanes intrépidos se extendían por toda la Picardía y la Champagne, llevando por donde quiera el miedo y estrago. En vano el conde de Soisons, que mandaba el ejército francés presurosamente reunido, se opuso á la marcha triunfante de los nuestros. No se atrevió á pelear á campo raso por sentirse inferior en fuerzas, y siempre cejando delante de los españoles, los vió pasar tranquilamente el Soma, y extenderse por la llanura que separa las aguas de este río de las del Oise; Vervins, Noyon y Roye se rindieron en seguida con poca defensa, y nuestros Generales llegaron sin más obstáculo delante de Corbie. Defendiéronse los sitiados durante trece días; pero al fin, faltos de socorro de por fuera, hubieron de rendirse á partido. Hubo entonces un gran Consejo en nuestro campo para deliberar si convendría ó no caer sobre París. No había almenas de por medio, ni ejércitos que lo estorbasen, y no faltó quien se inclinase á ello; pero prevaleció el parecer contrario, y dejando fortificada y guarnecida la plaza, aunque no bien abastecida, se ordenó la retirada.
Hubo y ha habido después sobre tal determinación diversos conceptos. Ello es que París estaba lleno de espanto; salíanse á millares los habitantes de su recinto, y los que permanecían en él, ocultaban cuidadosamente sus riquezas como si viesen ya en las puertas al ejército vencedor. El Rey y el cardenal Richelieu dejaron también la capital, decretando levas de gente muy grandes; creyóse que la perdición de Francia era llegada, y la privanza de Richelieu estuvo para hundirse, porque todos le miraban como causa de guerra hasta entonces tan desdichada. Ni pudo desvanecer el pánico el ejército nuevamente levantado; porque si bien llegaba á cincuenta mil hombres, como se componía de artesanos de París y de gente allegadiza é inexperta en el ejercicio de las armas, no podía medirse en campo con nuestros aguerridos tercios y escuadrones. Mirando y considerando tales circunstancias, parece desacertadísima la retirada que resolvieron nuestros Generales. Si desde Corbie hubieran marchado rápidamente á París apoderándose de aquella capital que no podía defenderse, Richelieu habría caído indudablemente, y Luis XIII, ni muy firme ni muy belicoso, se habría prestado de buena voluntad á ajustar las paces. Ni otra cosa convenía en aquella ocasión á la Corte de España. Asustar á la Francia con tal alarde de fuerza, conservar con él la fama de invencibles de nuestras armas, y el prestigio de nuestro nombre, todavía muy grande en los que no conocían nuestras flaquezas, obteniendo al propio tiempo la paz, era un pensamiento militar y político tan alto, que podía justificar sobradamente lo que hubiese en la expedición de arriesgado. Y más que sin esto era de prever que ni los triunfos pasados ni el terror infundido en los contrarios hubiesen de producir fruto alguno. Así sucedió desdichadamente. No bien repasaron los nuestros el Soma, sitiaron los enemigos á Corbie, y hallándola ya sin víveres ni municiones de guerra, tuvo su Gobernador que capitular al mes de bloqueo. Rindióse luego Roye, y poco á poco fuimos perdiendo todo lo conquistado. Sin embargo, si no sacamos todas las ventajas que se pudieran de aquella campaña, todavía debió de considerarse como favorable, puesto que con tanta reputación la habíamos sostenido en el territorio enemigo.
Habían en tanto los franceses invadido el Franco-Condado. Estaba aquella provincia asegurada por tratados particulares de neutralidad, ajustados entre España y Francia en tiempo de Felipe III; pero como fortificasen los naturales algunos puestos, y tomasen algunas otras precauciones legítimas é indispensables al comenzar tan empeñada guerra, diéronse los franceses por libres de los pactos, y entrando en el país con ejército de veinte mil hombres al mando del príncipe de Condé, pusieron sitio á Dole, que era la principal de sus plazas. Mostraron los habitantes tanta lealtad y amor á España, que aún hoy se conmueve el corazón al recordar los sacrificios, inútiles al fin, que hicieron por nuestra causa. El Arzobispo de aquella ciudad, bien que agobiado de los años, y el Parlamento acudieron á la defensa y lograron meter en la plaza abundantes provisiones, y hasta cinco mil paisanos que al punto adiestraron en las armas los pocos oficiales españoles que allí había. No quedó medio bárbaro de hostilidad que no empleasen los franceses para rendir la lealtad de los de Dole; mas todo fué en vano por entonces. Lanzaron multitud de bombas, y con ellas destruyeron la mayor parte de los edificios, y además quemaron los campos y las poblaciones cercanas. Pero perdieron más de tres mil hombres sin lograr aún aportillar la plaza, y al cabo fuéles forzoso levantar el sitio cuando ya un trozo de gente, enviado por el Cardenal Infante á socorrerla, estaba á punto de lograr su intento. No fué más afortunado en el Rhin el ejército francés destinado á atacar al Emperador, puesto que en las dos primeras campañas no logró ventaja notable; antes padeció notablemente descalabros.
Mas Richelieu no era hombre á quien desanimasen los reveses. Formó al abrirse la campaña de 1637 cuatro ejércitos, y con ellos embistió de nuevo á un tiempo la Alsacia y el Luxemburgo, el Franco-Condado y las plazas del lado de Picardía. Y á la par el príncipe de Orange, que gobernaba á los holandeses, tomado ya Schenck, se puso más poderoso que nunca en campaña. Eran las fuerzas del Cardenal Infante inferiorísimas á las de los contrarios, de suerte que no podía sostener el campo, y los imperiales que principalmente defendían la Alsacia, no estaban para prestarle muy grande ayuda. Pidió con instancia á Madrid soldados y dineros, y no pudo obtener unos ni otros, porque á la sazón ocupados el Rey y el favorito en las grandes fiestas y mojigangas con que se celebró, como arriba dijimos, la coronación del Rey de Hungría, no estaban para pensar en armamentos ni en socorros; demás que los doce millones que se habían gastado en ellas, eran el dinero que había. Falto así de todo D. Fernando á todo suplió su esfuerzo, que sólo en él se mostraba entonces digno de su raza, y mantuvo en tres campañas designadísimas el honor de España.
Sitió el príncipe de Orange á Breda, y el cardenal la Valette se puso delante de Landreci; y como el Infante no pudiese intentar el socorro á campo raso por falta de fuerzas, una y otra plaza se rindieron, al cabo de dos meses de sitio la primera, y quince días la segunda de trinchera abierta. Dolorosas pérdidas, en especial la de Breda, cuya conquista había costado millares de vidas y tesoros inmensos pocos años antes. No se estuvo quedo, sin embargo, el valeroso Infante, y mientras los enemigos expugnaban aquellas plazas, rindió por su parte á Roremunda y Venlóo. Hubo también algunos combates parciales honrosísimos para los españoles. D. Alvaro de Viveros, que mandaba trescientos artilleros, fué sorprendido por mil cuatrocientos franceses, que gobernaba el coronel Gassion, y peleó con ellos hasta que apenas le quedó hombre á vida, causando entre los enemigos enorme estrago. Tributó el cardenal la Valette á D. Alvaro de Viveros honrosas demostraciones cuando se lo llevaron prisionero. Peleó con no menor esfuerzo D. Juan de Viveros, que fué al socorro de la Chapelle, sitiada también por la Valette; mas no pudo lograr su intento, y aunque él se retiró sin pérdida, rindióse la plaza. Conquistó el mismo la Valette á Mobeuge y Barlemont; mas una y otra plaza fueron recobradas por el Cardenal Infante, que ganó también el castillo de Emeric.
Pero al propio tiempo el ejército francés, que al mando del mariscal de Chatillon había entrado en el Luxemburgo, hacía grandes progresos. En pocos días ganó á Villaine, Dinant, Murnaux, Lupi y Ham. Puso luego sitio á Ivoy, rindiéndola con no menor fortuna, y de allí se fué á sitiar á Danvilliers, que se defendió valientemente por más de dos meses. Acudieron al socorro de esta plaza los españoles que estaban de guarnición en Arlon y Montmedi, y asaltando de noche el cuartel de artillería de los sitiadores, donde estaba el conde de Polie, pasaron á cuchillo á la mayor parte de los soldados, llevándose á los capitanes prisioneros. Pero con todo continuó el asedio y tuvo que rendirse la plaza. Pequeña recompensa fué de tanta pérdida el que los nuestros recobrasen por sorpresa á Ivoy, degollando casi toda la guarnición francesa que allí había. Era preciso acudir al socorro de esta provincia, sin dejar por eso el propósito de la Valette, y contener al propio tiempo los progresos del príncipe de Orange, que después de tomada Breda, viéndose sin enemigos, recorría libremente la campaña y amenazaba las plazas de Flandes. En tan crítica situación no desmintió el infante D. Fernando su fama. Marchó contra el de Orange, y lo halló retrincherado con sus holandeses entre los diques de Callao y de Woerbroec en el Waes. No era su ejército mayor que el de los enemigos: acometiólos, sin embargo, detrás de los reparos, peleó con ellos dos días con tanto esfuerzo que, al fin, los rompió, matando mil doscientos hombres y tomando dos mil quinientos prisioneros con cincuenta y tres banderas, veintiocho cañones y ochenta y un barcos que tenían. Libre ya de tal enemigo, dividió su corto ejército en dos trozos, y mientras con el uno conquistaba la plaza de Kerpen sobre los holandeses y hacía frente á la Valette, envió el otro al mando de Piccolomini á reforzar al príncipe Tomás que gobernaba las armas en el Luxemburgo.
Sitiaba el mariscal de Chatillon, envanecido con sus anteriores triunfos, la importante plaza de Saint Omer, escasamente guarnecida, y los nuestros no habían podido hasta entonces socorrerla; mas con la llegada de Piccolomini, el príncipe Tomás se resolvió á la empresa á toda costa. Ejecutóla metiendo en la plaza dos mil soldados, y deshaciendo en campo algunos regimientos franceses que quisieron impedirlo. Y no contentos con esto, embistieron Piccolomini y el de Saboya al grueso del ejército francés en sus mismas trincheras, tomaron tres reductos de los que ceñían la plaza; introdujeron en ella más socorros, y en cuatro días de sitio formal rindieron á la vista de los enemigos el fuerte de Bac, muy bien fortalecido y guarnecido. No osaron éstos venir á formal batalla, y levantaron el cerco con gran mengua y daño. Perdióse en tanto la plaza de Chatelet, la última que nos quedaba de la invasión del Cardenal Infante en Picardía; pero no era esta pérdida tal que pudiese aguar el regocijo de la anterior victoria. También levantaron los nuestros el sitio de Chateau-Cambresis al aproximarse con muy superiores fuerzas el enemigo.
Mostróse aún más próspera la fortuna al comenzar la siguiente campaña, que fué la de 1639. Recibió Piccolomini estrechas órdenes del Infante para que volviese á juntarse con él, una vez logrado el socorro de Saint Omer. Marchaba éste á ejecutarlo, cuando supo que el mariscal de Feuquières sitiaba á Thionville, donde no había ni víveres, ni municiones, ni soldados, ni siquiera gobernador que diese alguna orden para la defensa. Con esto Piccolomini detuvo su marcha resuelto á dejar libre y abastecida la plaza. Para estorbárselo salieron á él los franceses en buen número, y le pusieron una celada; mas supo evitarla, y cayendo sobre ellos cuando creían tenerle cogido en sus redes, les mató tres mil hombres y puso en fuga á los demás que se le opusieron. Llegó entonces sin obstáculo delante de las líneas de los franceses, y hallólas ya bastante fortificadas, pero no por eso cejó en su empeño. Lanzóse sobre una de las estancias, y la forzó fácilmente; con que pudo entrar en la ciudad, y animado con tal triunfo, tornó á salir luego y acometió de un golpe todas las que ocupaban los enemigos. No pudieron los franceses resistir en ninguna de ellas el valor de los nuestros, y á la primera acometida, abandonando cobardemente bagajes, artillería y municiones, se pusieron en fuga, dejando once mil hombres muertos ó prisioneros en el campo. De estos fué el mismo Feuquières, que á poco murió de las heridas que recibió en la batalla.