Hamlet: Drama en cinco actos

Part 4

Chapter 43,852 wordsPublic domain

HAMLET.--¡Oiga! ¿Conque son muchachos? ¿Y quién los sostiene? ¿Qué sueldo les dan? ¿Abandonarán el ejercicio cuando pierdan la voz para cantar? Y cuando tengan que hacerse cómicos ordinarios, como parece verosímil que suceda, si carecen de otros medios, ¿no dirán entonces que sus compositores los han perjudicado, haciéndolos declamar contra la profesión misma que han tenido que abrazar después?

RICARDO.--Lo cierto es que han ocurrido ya muchos disgustos por ambas partes, y la nación ve sin escrúpulo continuarse la discordia entre ellos. Ha habido tiempo en que el dinero de las piezas no se cobraba hasta que el poeta y el cómico reñían y se hartaban de bofetones.

HAMLET.--¿Es posible?

GUILLERMO.--¡Oh, si lo es! Como que ha habido ya muchas cabezas rotas.

HAMLET.--Y qué, ¿los chicos han vencido en esas peleas?

RICARDO.--Cierto que sí, y se hubieran burlado del mismo Hércules con maza y todo.

HAMLET.--No es extraño. Ya veis mi tío, rey de Dinamarca. Los que se mofaban de él mientras vivió mi padre, ahora dan veinte, cuarenta y aun cien ducados por su retrato de miniatura. En esto hay algo que es más que natural, si la filosofía pudiera describirlo.

GUILLERMO.--Ya están ahí los cómicos.

HAMLET.--Pues, caballeros, muy bien venidos á Elsingor; acercaos aquí, dadme las manos. Las señales de una buena acogida consisten por lo común en ceremonias y cumplimientos; pero permitid que os trate así, porque os hago saber que yo debo recibir muy bien á los cómicos en lo exterior, y no quisiera que las distinciones que á ellos les haga pareciesen mayores que las que os hago á vosotros. Bien venidos... Pero mi tío padre, y mi madre tía, á fe á fe, que se equivocan mucho.

GUILLERMO.--¿En qué, señor?

HAMLET.--Yo no estoy loco, sino cuando sopla el nordeste; pero cuando corre el sur, distingo muy bien un huevo de una castaña.

ESCENA IX

POLONIO y dichos

POLONIO.--Dios os guarde, señores.

HAMLET.--Oye aquí, Guillermo, y tú también... un oyente á cada lado. ¿Veis aquel vejestorio que acaba de entrar? Pues aun no ha salido de mantillas.

RICARDO.--O acaso habrá vuelto á ellas, porque según se dice, la vejez es segunda infancia.

HAMLET.--Apostaré que me viene á hablar de los cómicos, tened cuidado... Pues, señor, tú tienes razón; eso fué el lunes por la mañana, no hay duda.

POLONIO.--Señor, tengo que daros una noticia.

HAMLET.--Señor, tengo que daros una noticia. (_Imitando la voz de Polonio_). Cuando Roscio era actor en Roma...

POLONIO.--Señor, los cómicos han venido.

HAMLET.--¡Tuh! ¡tuh! ¡tuh!

POLONIO.--Como soy hombre de bien que sí.

HAMLET.--Cada actor viene caballero en burro.

(_Hamlet declama este verso en tono trágico y los que dice poco después_).

POLONIO.--Estos son los más excelentes actores del mundo, así en la tragedia como en la comedia, historia ó pastoral, en lo cómico-pastoral, histórico-pastoral, trágico-histórico, tragi-cómico-histórico-pastoral, escena indivisible, poema ilimitado... ¡Qué! Para ellos ni Séneca es demasiado grave, ni Plauto demasiado ligero, y en cuanto á las reglas de composición y a la franqueza cómica, éstos son los únicos.

HAMLET.--¡Oh Jefté, juez de Israel!... ¡Qué tesoro poseíste!

POLONIO.--¿Y qué tesoro era el suyo, señor?

HAMLET.--¿Qué tesoro?

No más que una hermosa hija á quien amaba en extremo.

POLONIO.--Siempre pensando en mi hija.

HAMLET.--¿No tengo razón, anciano Jefté?

POLONIO.--Señor, si me llamáis Jefté, cierto es que tengo una hija á quien amo en extremo.

HAMLET.--¡Oh! no es eso lo que sigue.

POLONIO.--Pues ¿qué sigue, señor?

HAMLET.--Esto:

No hay más suerte que Dios, ni más destino. Y luego, ya sabes:

Que cuanto nos sucede El lo previno.

Lee la primera línea de aquella devota canción, y ella sola te manifestará lo demás. Pero, ¿veis? Ahí vienen otros á hablar por mí.

ESCENA X

HAMLET, RICARDO, GUILLERMO, POLONIO y cuatro cómicos

HAMLET.--Bien venidos, señores; me alegro de veros á todos tan buenos. Bien venidos... ¡Oh! ¡oh camarada antiguo! mucho se te ha arrugado la cara desde la última vez que te vi. ¿Vienes á Dinamarca á hacerme parecer viejo á mí también? ¡Y tú, mi niña, oiga! ya eres una señorita; por la Virgen, que ya está vuesamerced una cuarta más cerca del cielo desde que no la he visto. Dios quiera que tu voz, semejante á una pieza de oro falso, no se descubra al echarla en el crisol. Señores, muy bien venidos todos. Pero, amigos, yo voy en derechura al caso, y corro detrás del primer objeto que se me presenta, como halconero francés. Yo quiero al instante una relación. Sí, veamos alguna prueba de vuestra habilidad. Vaya un pasaje afectuoso.

CÓMICO 1.º--¿Y cuál queréis, señor?

HAMLET.--Me acuerdo de haberte oído en otro tiempo una relación que nunca se ha representado al público, ó una sola vez cuando más... Sí, y me acuerdo también que no agradaba á la multitud; no era ciertamente manjar para el vulgo. Pero á mí me pareció entonces, y aun á otros cuyo dictamen vale más que el mío, una excelente pieza, bien dispuesta la fábula, y escrita con elegancia y decoro. No faltó, sin embargo, quien dijo que no había en los versos toda la sal necesaria para sazonar el asunto, y que lo insignificante del estilo anunciaba poca sensibilidad en el autor; bien que no dejaban de tenerla por obra escrita con método, instructiva y elegante, y más brillante que delicada. Particularmente me gustó mucho en ella una relación que Eneas hace á Dido, y sobre todo cuando habla de muerte de Príamo. Si la tienes en la memoria... empieza por aquel verso... deja, deja, veré si me acuerdo.

Pirro feroz como la hircana tigre...

(_Todos los versos de esta escena los dicen con declamación trágica_).

No es este; pero empieza con Pirro... ¡ah!...

Pirro feroz, con pavonadas armas, negras como su intento, reclinado dentro en los senos del caballo enorme, á la lóbrega noche parecía. Ya su terrible, ennegrecido aspecto mayor espanto da. Todo lo tiñe de la cabeza al pie caliente sangre de ancianos y matronas, de robustos mancebos y de vírgenes, que abrasa el fuego de inflamados edificios en confuso montón; á cuya horrenda luz que despiden, el caudillo insano muerte y estrago esparce. Ardiendo en ira, cubierto de cuajada sangre, vuelve los ojos, al carbunclo semejantes, y busca, instado de infernal venganza, al viejo abuelo Príamo...

Prosigue tú.

POLONIO.--¡Muy bien declamado, á fe mía! con buen acento y bella expresión.

CÓMICO 1.º-- Al momento le ve lidiando, ¡resistencia breve! contra los griegos; su temida espada rebelde al brazo ya, le pesa inútil. Pirro, de furias lleno, le provoca á liza desigual; herirle intenta, y el aire solo del funesto acero postra al débil anciano. Y cual si fuese a tanto golpe el Ilïon sensible, al suelo desplomó sus techos altos, ardiendo en llamas, y al rumor suspenso. Pirro... ¿Le veis? la espada que venía á herir del teucro la nevada frente se detiene en los aires, y él inmoble, absorto y mudo y sin acción su enojo, la imagen de un tirano representa que figuró el pincel. Mas como suele tal vez el cielo en tempestad obscura parar su movimiento, de los aires el ímpetu cesar, y en silenciosa quietud de muerte reposar el orbe, hasta que el trueno, con horror zumbando, rompe la alta región; así un instante suspensa fué la cólera de Pirro, y así, dispuesto á la venganza, el duro combate renovó. No más tremendo golpe en las armas de Mavorte eternas dieron jamás los cíclopes tostados, que sobre el triste anciano la cuchilla sangrienta dió del sucesor de Aquiles. ¡Oh fortuna falaz!... Vos, poderosos dioses, quitadle su dominio injusto; romped los rayos de su rueda y calces, y el eje circular desde el Olimpo caiga en pedazos del abismo al centro.

POLONIO.--Es demasiado largo.

HAMLET.--Lo mismo dirá de tus barbas el barbero. Prosigue. Este sólo gusta de ver bailar ó de oir cuentos de alcahuetas, ó si no se duerme. Prosigue con aquello de Hécuba.

CÓMICO 1.º--Pero quien viese ¡oh vista dolorosa! la mal ceñida reina...

HAMLET.--¡La mal ceñida reina!

POLONIO.--Esto es bueno, mal ceñida reina, ¡bueno!

Cómico 1.º--Pero quien viese ¡oh vista dolorosa! la mal ceñida reina, el pie desnudo, girar de un lado al otro, amenazando extinguir con sus lágrimas el fuego... En vez de vestidura rozagante cubierto el seno, harto fecundo un día, con las ropas del lecho arrebatadas (ni a más le dió lugar el susto horrible), rasgado un velo en su cabeza, donde antes resplandeció corona augusta... ¡Ay! quien la viese, á los supremos hados con lengua venenosa execraría. Los dioses mismos, si a piedad los mueve el linaje mortal, dolor sintieran de verla, cuando al implacable Pirro halló esparciendo en trozos con su espada del muerto esposo los helados miembros. Lo ve, y exclama con gemido triste, bastante á conturbar allá en su altura las deidades de Olimpo, y los brillantes ojos del cielo humedecer en lloro.

POLONIO.--Ved cómo muda de color, y se le han saltado las lágrimas. No, no prosigáis.

HAMLET.--Basta ya, presto me dirás lo que falta. Señor mío, es menester hacer que estos cómicos se establezcan, ¿lo entiendes? y agasajarlos bien. Ellos son sin duda el epítome histórico de los siglos, y más te valdrá tener después de muerto un mal epitafio que una mala reputación entre ellos mientras vivas.

POLONIO.--Yo, señor, los trataré conforme á sus méritos.

HAMLET.--¡Qué cabeza ésta! No, señor, mucho mejor. Si a los hombres se los hubiese de tratar según merecen, ¿quién escaparía de ser azotado? Trátalos como corresponde á tu nobleza y á tu propio honor; cuanto menor sea su mérito, mayor sea tu bondad. Acompáñalos.

POLONIO.--Venid, señores.

HAMLET.--Amigos, id con él. Mañana habrá comedia. Oye aquí tú, amigo, dime, ¿no pudierais representar _la Muerte de Gonzago_?

CÓMICO 1.º--Sí, señor.

HAMLET.--Pues mañana á la noche quiero que se haga. ¿Y no podrías, si fuese menester aprender de memoria unos doce ó diez y seis versos que quiero escribir é insertar en la pieza? ¿Podrás?

CÓMICO 1.º--Sí, señor.

HAMLET.--Muy bien; pues vete con aquel caballero, y cuenta no hagáis burla de él. Amigos, hasta la noche. Pasadlo bien.

RICARDO.--Señor...

HAMLET.--Id con Dios.

ESCENA XI

HAMLET

Ya estoy solo. ¡Qué abatido, qué insensible soy! ¿No es admirable que este actor, en una fábula, en una ficción, pueda dirigir tan á su placer el ánimo, que así agite y desfigure el rostro en la declamación, vertiendo de sus ojos lágrimas, débil la voz, y todas sus acciones tan acomodadas á lo que quiere expresar? Y esto por nadie: por Hécuba. ¿Y quién es Hécuba para él, ó él para ella, que así llora sus infortunios? Pues ¡qué no haría si él tuviese los tristes motivos de dolor que yo tengo! Inundaría el teatro con llanto, su terrible acento conturbaría á cuantos le oyesen, llenaría de desesperación al culpado, de temor al inocente, al ignorante de confusión, y sorprendería con asombro la facultad de los ojos y los oídos. ¡Pero yo, miserable, sin vigor y estúpido, sueño adormecido, permanezco mudo, y miro con tal indiferencia mis agravios! Qué, ¿nada merece un rey con quien se cometió el más atroz delito para despojarle del cetro y la vida? ¿Soy cobarde yo? ¿Quién se atreve á llamarme villano, ó á insultarme en mi presencia, arrancarme la barba, soplármela al rostro, asirme de la nariz, ó hacerme tragar lejía que me llegue al pulmón? ¿Quién se atreve a tanto? ¿Sería yo capaz de sufrirlo? Sí, que no es posible sino que yo sea como la paloma, que carece de hiel, incapaz de acciones crueles; á no ser esto, ya se hubieran cebado los milanos del aire en los despojos de aquel indigno, deshonesto, homicida, pérfido seductor, feroz malvado, que vive sin remordimientos de su culpa. Pero ¿por qué he de ser tan necio? ¿Será generoso proceder el mío, que yo, hijo de un querido padre (de cuya muerte alevosa el cielo y el infierno mismo me piden venganza), afeminado y débil desahogue con palabras el corazón, prorrumpa en execraciones vanas como una prostituta vil ó un pillo de cocina? ¡Ah! no, ni aun sólo imaginarlo. ¡Eh!... Yo he oído que tal vez asistiendo á una representación hombres muy culpados, han sido heridos en el alma con tal violencia por la ilusión del teatro, que á vista de todos han publicado sus delitos; que la culpa, aunque sin lengua, siempre se manifestará por medios maravillosos. Yo haré que estos actores representen delante de mi tío algún pasaje que tenga semejanza con la muerte de mi padre. Yo le heriré en lo más vivo del corazón, observaré sus miradas; si muda de color, si se estremece, ya sé lo que me toca hacer. La aparición que vi pudiera ser un espíritu del infierno. Al demonio no le es difícil presentarse bajo la más agradable forma; sí, y acaso como él es tan poderoso sobre una imaginación perturbada, valiéndose de mi propia debilidad y melancolía, me engaña para perderme. Yo voy á adquirir pruebas más sólidas, y esta representación ha de ser el lazo en que se enrede la conciencia del rey.

ACTO III

ESCENA PRIMERA

Galería de palacio

CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO, OFELIA, RICARDO, GUILLERMO

CLAUDIO.--¿Y no os fué posible indagar en la conversación que con él tuvisteis, de qué nace aquel desorden de espíritu que tan cruelmente altera su quietud con turbulenta y peligrosa demencia?

RICARDO.--El mismo reconoce los extravíos de su razón, pero no ha querido manifestarnos el origen de ellos.

GUILLERMO.--Ni le hallamos en disposición de ser examinado, porque siempre huye de la cuestión con un rasgo de locura, cuando ve que le conducimos al punto de descubrir la verdad.

GERTRUDIS.--¿Fuisteis bien recibidos de él?

RICARDO.--Con mucha cortesía.

GUILLERMO.--Pero se le conocía una cierta sujeción.

RICARDO.--Preguntó poco, pero respondía á todo con prontitud.

GERTRUDIS.--¿Le habéis convidado para alguna diversión?

RICARDO.--Sí, señora, porque casualmente habíamos encontrado una compañía de cómicos en el camino: se lo dijimos, y mostró complacencia al oirlo. Están ya en la corte, y creo que tienen orden de representarle esta noche una pieza.

POLONIO.--Así es la verdad, y me ha encargado de suplicar á VV. MM. que asistan á verla y oirla.

CLAUDIO.--Con mucho gusto: me complace en extremo saber que tiene tal inclinación. Vosotros, señores, excitadle á ella, y aplaudid su propensión á este género de placeres.

RICARDO.--Así lo haremos.

ESCENA II

CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO, OFELIA

CLAUDIO.--Tú, mi amada Gertrudis, deberás también retirarte, porque hemos dispuesto que Hamlet al venir aquí, como si fuera casualidad, encuentre á Ofelia. Su padre y yo, testigos los más aptos para el fin, nos colocaremos donde veamos sin ser vistos: así podremos juzgar de lo que entre ambos pase, y en las acciones y palabras del príncipe conoceremos si es pasión de amor el mal de que adolece.

GERTRUDIS.--Voy á obedeceros; y por mi parte, Ofelia, ¡oh, cuánto desearía que tu rara hermosura fuese el dichoso origen de la demencia de Hamlet! Entonces yo debería esperar que tus prendas amables pudieran para vuestra mutua felicidad restituirle su salud perdida.

OFELIA.--Yo, señora, también quisiera que fuese así.

ESCENA III

CLAUDIO, POLONIO, OFELIA

POLONIO.--Paséate por aquí, Ofelia. Si V. M. gusta podemos ya ocultarnos. Haz que lees en este libro (_dándole un libro_): esta ocupación disculpará la soledad del sitio... ¡Materia es por cierto en que tenemos mucho de que acusarnos! ¡Cuántas veces con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas engañamos al diablo mismo!

CLAUDIO.--Demasiado cierto es... (_Ap._) ¡Qué cruelmente ha herido esa reflexión mi conciencia! El rostro de la meretriz, hermoseada con el arte, no es más feo despojado de los afeites, que lo es mi delito disimulado en palabras traidoras. ¡Oh, qué pesada carga me oprime!

POLONIO.--Ya le siento llegar, señor; conviene retirarnos.

ESCENA IV

HAMLET, OFELIA

(Hamlet dirá este monólogo, creyéndose solo. Ofelia á un extremo del teatro lee.)

HAMLET.--Existir o no existir, ésta es la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del ánimo: sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, ú oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darles fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Este es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí, y ved aquí el grande obstáculo; porque el considerar qué sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito, de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios, cuando el que esto sufre pudiera procurar su quietud con sólo un puñal? ¿Quién podría tolerar tanta opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta, si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la muerte (aquel país desconocido, de cuyos límites ningún caminante torna) nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan, antes que ir á buscar otros de que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión nos hace á todos cobardes: así la natural tintura de valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia; las empresas de mayor importancia por esta sola consideración mudan camino, no se ejecutan, y se reducen á designios vanos. Pero... ¡la hermosa Ofelia! Graciosa niña, espero que mis defectos no serán olvidados en tus oraciones.

OFELIA.--¿Cómo os habéis sentido, señor, en todos estos días?

HAMLET.--Muchas gracias. Bien.

OFELIA.--Conservo en mi poder algunas expresiones vuestras que deseo restituiros mucho tiempo ha, y os pido que ahora las toméis.

HAMLET.--No, yo nunca te di nada.

OFELIA.--Bien sabéis, señor, que os digo verdad... Y con ellas me dísteis palabras de tan suave aliento compuestas, que alimentaron con extremo su valor; pero ya disipado aquel perfume, recibidlas, que un alma generosa considera como viles los más opulentos dones, si llega á entibiarse el afecto de quien los dió. Vedlos aquí.

(_Presentándole algunas joyas. Hamlet rehusa tomarlas_).

HAMLET.--¡Oh! ¡oh! ¿Eres honesta?

OFELIA.--Señor...

HAMLET.--¿Eres hermosa?

OFELIA.--¿Qué pretendéis decir con eso?

HAMLET.--Que si eres honesta y hermosa, no debes consentir que tu honestidad trate con tu belleza.

OFELIA.--¿Puede acaso tener la hermosura mejor compañera que la honestidad?

HAMLET.--Sin duda alguna. El poder de la hermosura convertirá á la honestidad en una alcahueta, antes que la honestidad logre dar á la hermosura su semejanza. En otro tiempo se tenía esto por una paradoja; pero en la edad presente es cosa probada... Yo te quería antes, Ofelia.

OFELIA.--Así me lo dabais á entender.

HAMLET.--Y tú no debieras haberme creído, porque nunca puede la virtud ingerirse tan perfectamente en nuestro endurecido tronco, que nos quite aquel resquemo original... Yo no te he querido nunca.

OFELIA.--Muy engañada estuve.

HAMLET.--Mira, vete á un convento: ¿para qué te has de exponer á ser madre de hijos pecadores? Yo soy medianamente bueno; pero al considerar algunas cosas de que puedo acusarme, sería mejor que mi madre no me hubiese parido. Yo soy muy soberbio, vengativo, ambicioso, con más pecados sobre mi cabeza que pensamientos para explicarlos, fantasía para darles forma, ni tiempo para llevarlos á ejecución. ¿A qué fin los miserables como yo han de existir arrastrados entre el cielo y la tierra? Todos somos insignes malvados: no creas á ninguno de nosotros; vete, vete á un convento... ¿En dónde está tu padre?

OFELIA.--En casa está, señor.

HAMLET.--¿Sí? pues que cierren bien todas las puertas, para que si quiere hacer locuras las haga dentro de su casa. Adiós.

(_Hace que se va, y vuelve_)

OFELIA.--¡Oh, mi buen Dios, favorecedle!

HAMLET.--Si te casas, quiero darte esta maldición en dote. Aunque seas un hielo en la castidad, aunque seas tan pura como la nieve, no podrás librarte de la calumnia. Vete á un convento. Adiós. Pero... escucha: si tienes necesidad de casarte, cásate con un tonto; porque los hombres avisados saben muy bien que vosotras los convertís en fieras... Al convento, y pronto. Adiós.

(_Hace, que se va, y vuelve_).

OFELIA.--¡El cielo con su poder le alivie!

HAMLET.--He oído hablar mucho de vuestros afeites y embelecos. La naturaleza os dió una cara, y vosotras os hacéis otra distinta. Con esos brinquillos, ese pasito corto, ese hablar aniñado, pasáis por inocentes y convertís en gracia vuestros defectos mismos. Pero no hablemos más de esta materia, que me ha hecho perder la razón... Digo sólo que de hoy en adelante no habrá más casamientos; los que ya están casados (exceptuando uno) permanecerán así; los otros se quedarán solteros... Véte al convento, véte.

ESCENA V

OFELIA

¡Oh, qué trastorno ha padecido esa alma generosa! La penetración del cortesano, la lengua del sabio, la espada del guerrero, la esperanza y delicias del estado, el espejo de la cultura, el modelo de la gentileza que estudiaban los más advertidos, todo, todo se ha aniquilado. Y yo, la más desconsolada é infeliz de las mujeres, que gusté algún día la miel de sus promesas suaves, veo ahora aquel noble y sublime entendimiento desacordado, como la campana sonora que se hiende; aquella incomparable presencia, aquel semblante de florida juventud, alterado con el frenesí. ¡ Oh, cuánta, cuánta es mi desdicha de haber visto lo que vi, para ver ahora lo que veo!

ESCENA VI

CLAUDIO, POLONIO, OFELIA

CLAUDIO.--¡Amor! ¡Qué! No van por este camino sus afectos; ni en lo que ha dicho, aunque algo falto de orden, hay nada que parezca locura. Alguna idea tiene en el ánimo que cubre y fomenta su melancolía, y recelo que ha de ser un mal el fruto que produzca. A fin de prevenirlo, he resuelto que salga prontamente para Inglaterra á pedir en mi nombre los atrasados tributos. Acaso el mar y los países diferentes podrán con la variedad de objetos alejar esta pasión que le ocupa, sea la que fuere, sobre la cual su imaginación sin cesar golpea. ¿Qué te parece?

POLONIO.--Que así es lo mejor. Pero yo creo, no obstante, que el origen y principio de su aflicción provengan de un amor mal correspondido. Tú, Ofelia, no hay para qué nos cuentes lo que te ha dicho el príncipe, que todo lo hemos oído.

ESCENA VII

CLAUDIO, POLONIO

POLONIO.--Haced lo que os parezca, señor; pero si lo juzgáis á propósito, sería bien que la reina retirada á solas con él, luego que se acabe el espectáculo le inste a que le manifieste sus penas, hablándole con entera libertad. Yo, si lo permitís, me pondré en paraje de donde pueda oir toda la conversación. Si no logra su madre descubrir este arcano, enviadle á Inglaterra, ó desterradle adonde vuestra prudencia os dicte.

CLAUDIO.--Así se hará. La locura de los poderosos debe ser examinada con escrupulosa atención.

ESCENA VIII

Salón de palacio

El salón estará iluminado; habrá asientos que formen semicírculo para el concurso que ha de asistir al espectáculo. Ha de haber en el foro una gran puerta con pabellones y cortina, por donde saldrán á su tiempo los actores que deben representar.

HAMLET y dos cómicos