Halma

Part 18

Chapter 184,135 wordsPublic domain

--El camino de la señora Condesa no es este, sino aquel --repitió Nazarín--, y ahora verá qué pronto se lo hago comprender. Lo primero: la idea de dar a Pedralba una organización pública, semejante a la de los institutos religiosos y caritativos que hoy existen, es un grandísimo disparate.

--Entonces, ¿qué organización debí dar...?

--Ninguna.

--¡Ninguna! ¿De modo que, según usted, el mejor sistema...?

--Es la negación de todo sistema, en el caso concreto de Pedralba, y de usted.

--¿Y cómo ha de entenderse esa organización... negativa?

--De una manera muy sencilla, y que no es la desorganización ni mucho menos. Lo mismo que usted intenta hacer aquí en servicio de Dios y de la humanidad desvalida, puede hacerlo, y lo hará mejor, estableciéndose en una forma de absoluta libertad, de modo que ni la Iglesia, ni el Estado, ni la familia de Feramor, puedan intervenir en sus asuntos, ni pedirle cuentas de sus acciones.

--Pues si usted me da la clave de esa organización desorganizada y libre --dijo la Condesa irónicamente--, le declararé la primera inteligencia del mundo.

--No soy la primera inteligencia del mundo; pero Dios quiere que en esta ocasión pueda yo manifestar verdades que avasallen y cautiven su grande entendimiento, permitiéndole realizar los fines que se propone. No ha comprendido usted el concepto de libertad que me permití expresarle. Harto sabemos que toda libertad trae aparejada una esclavitud. Ahora es usted esclava de la sociedad. Emancipándose de esta, cambiará la forma de su libertad y también la de su cadena...

--Señor Nazarín --dijo Halma levantándose segunda vez--, o usted se burla de mí, o...

--Déjeme seguir. Tenga paciencia. Hágame el favor de sentarse y de oírme lo que aún me resta por decirle. Después, usted sigue mi consejo, o lo desecha, según su albedrío. ¿En qué estaba usted pensando al constituir en Pedralba un organismo semejante a los organismos sociales que vemos por ahí, desvencijados, máquinas gastadas y viejas que no funcionan bien? ¿A qué conduce eso de que su ínsula sea, no la ínsula de usted, sino una provincia de la ínsula total? Desde el momento en que la señora se pone de acuerdo con las autoridades civil y eclesiástica para la admisión de estos o los otros desvalidos, da derecho a las tales autoridades para que intervengan, vigilen y pretendan gobernar aquí como en todas partes. En cuanto usted se mueve, viene la Iglesia, y dice: «¡alto!», y viene el intruso Estado, y dice: «¡alto!» Una y otro quieren inspeccionar. La tutela le quitará a usted toda iniciativa. ¡Cuánto más sencillo y más práctico, señora de mi alma, es que no funde cosa alguna, que prescinda de toda constitución y reglamentos, y se constituya en familia, nada más que en familia, en señora y reina de su casa particular! Dentro de las fronteras de su casa libre, podrá usted amparar a los pobres que quiera, sentarles a su mesa, y proceder como le inspiren su espíritu de caridad y su amor del bien.

La Condesa, al fin, callaba, y oía con profunda atención.

--Y dicha esta verdad --prosiguió Nazarín--, voy a expresar otra, pues no es una sola la que ha de guiar a usted por el buen camino: son dos, o quizá tres, y puesto yo a decirlas, no he de pararme en barras, ni inquietarme porque usted se incomode o no se incomode. Aunque supiera yo que sería despedido de su ínsula, donde estoy muy a gusto, yo no había de callarme las verdades que aún restan por decir. Vamos allá. La señora Condesa es joven, y en su vida relativamente corta, ha padecido más que otros en una vida larga; en breve tiempo soportó, sí, grandes tribulaciones y trabajos. Vio su juventud marchita tempranamente por las desavenencias con su familia; vio morir en lejanas tierras al esposo que adoraba; sufrió después contratiempos, desvíos, amarguras... Su alma, hastiada de las cosas terrenas, volvióse a Dios; aspiró a ser suya por entero, entendió que debía consagrar el resto de sus días a la mortificación, al ascetismo, a la caridad... Perfectamente. Todo esto es muy bueno, y yo alabo esas aspiraciones, que demuestran la grandeza de su espíritu. Pero he de decirle sin rebozo que en ellas veo un error grave, señora, porque la santidad con que viene soñando desde que perdió a su esposo, no ha de alcanzarla usted por esos medios. El ardor de vida mística no lo tiene usted más que en su imaginación, y esto no basta, señora Condesa, porque sería usted una mística soñadora o imaginativa, no una santa como pretende, y como todos queremos que sea.

Halma quiso decir algo, pero no pudo: se le trababa la lengua.

--Llegará día, si no toma la señora otro rumbo, en que todo ese misticismo se le convierta en un nido de pasiones, que podrían ser buenas, y también podrían ser malas. Déjese de aspirar a la santidad por ese camino, y apresúrese a seguir el que voy a proponerle. ¿Quién le aconsejó a usted que renunciase a todo afecto mundano, y que se consagrara al afecto ideal, al afecto puro de las cosas divinas? Sin duda fue el benditísimo don Manuel Flórez, hombre muy bueno, pero que vivía en las rutinas, y andaba siempre por los caminos trillados. El vértigo social, en medio del cual vivió siempre nuestro simpático don Manuel, no le permitía ver bien las complexiones humanas, ni la fisonomía peculiar de cada alma, ni los caracteres, ni los temperamentos. Yo he tenido la suerte de verlo más claro, aunque tarde, a tiempo, sin duda porque el Señor me iluminó para que sacara a usted del pantano en que se ha metido. No, la vida ascética, solitaria, consagrada a la meditación y a la abstinencia no es para usted. La señora de Pedralba necesita actividad, quehaceres, trabajo, movimiento, afectos, vida humana, en fin, y en ella puede llegar, si no a la perfección, porque la perfección nos está vedada, a una suma tal de méritos y virtudes, que no haya en la tierra quien la supere, y sea usted el recreo del Dios que la ha criado.

Doña Catalina, sofocada, echaba fuego de sus mejillas.

--Nada conseguirá usted por lo espiritual puro; todo lo tendrá usted por lo humano. Y no hay que despreciar lo humano, señora mía, porque despreciaríamos la obra de Dios, que si ha hecho nuestros corazones, también es autor de nuestros nervios y nuestra sangre. Se lo dice a usted un hombre que no conoce ni la adulación ni el miedo. Nada soy, y si alguna vez no fuera órgano de la verdad, de poco valdría mi existencia. A los pobres les digo que sufran y esperen, a los ricos que amparen al pobre, a los malos que vuelvan a Dios por la vía del arrepentimiento, a los buenos que vivan santamente, dentro de las leyes divinas y humanas. Y a usted que es buena, y noble, y virtuosa, le digo que no busque la perfección en el espiritualismo solitario, porque no la encontrará, que su vida necesita del apoyo de otra vida para no tambalearse, para andar siempre bien derecha.

Catalina de Halma, al oír aquello del _apoyo_ de otra vida, sintió que se le erizaba el cabello. Nazarín se levantó; ella también, los ojos espantados, el rostro encendido.

--Lo que usted quiere decirme --murmuró contrayendo los dedos, cual si quisiera hacer de ellos afilada garra--, lo que usted me propone es... ¡que me case!

--Sí señora, eso mismo: que se case usted.

Lanzó la Condesa un grito gutural, y llevándose la mano al corazón, como para contener un estallido, cayó al suelo atacada de fieras convulsiones.

VIII

Corrió Beatriz en su auxilio, la cogió en brazos. Nazarín la miraba impasible. En su desmayo, entre frases ininteligibles, doña Catalina pronunció con claridad la siguiente:

--Está loco, y quiere volverme loca a mí.

Salió Nazarín de la sala capitular, donde Beatriz, con el auxilio de Aquilina que acudió prontamente, trataba de volver a su normal estado a la ilustre señora. Bastó con desabrocharle el justillo y mojarle las sienes con agua fría, para que Halma se restableciera, y quedándose sola otra vez con la nazarista, pasó más de un cuarto de hora sin que ninguna de las dos dijese palabra, ni en pro ni en contra del singularísimo consejo del apóstol mendigo.

Catalina, poseída de una intensa languidez, fue la que primero rompió el grave silencio, con esta pregunta:

--Y cuando yo perdí el sentido, ¿no dijo algo más?

--No señora. Nada más.

--¿No dijo la tercera verdad... que debo casarme con José Antonio?

--No le oí tal cosa.

Quedose Halma como aletargada en el sofá, y cuando Beatriz la creía dormida, he aquí que se incorpora la dama, muy nerviosa, y con gran inquietud de lengua y manos, atropelladamente dice:

--Beatriz, ese hombre es el santo, ese hombre es el justo, el misionero de la verdad, el emisario del Verbo Divino. Su voz me trae la voluntad de Dios, y ante ella me prosterno. Esa idea de que yo me case, me andaba rondando el alma, sin atreverse a entrar en ella, porque yo la tenía ocupada por mil artificios de mi vanidad de santa imaginativa, y de mística visionaria... Me ha dicho la gran verdad, que ha tardado en posesionarse de mi espíritu, entontecido con las ideas rutinarias que estoy metiendo y atarugando en él desde hace algún tiempo. ¿Dónde está tu maestro? Quiero verle. Quiero que me hable otra vez, y que me confirme lo que antes rae dijo.

Salieron las dos.

--Allá está --indicó Beatriz, después de explorar por una ventana las soledades de Pedralba--. Está paseándose debajo del moral.

Corrieron allá, y arrodillándose ante él, Halma le dijo:

--Padre, verdad tan grande y clara jamás oí. Usted me ha revelado a mí misma. Yo era como el gusano que se encierra en el capullo que labra. Usted me ha sacado de mi propia envoltura. Un sentimiento existía en mí, de que apenas yo misma me daba cuenta: tan agazapadito estaba el pobre en un rincón de mi alma. La voz del padrito le ha hecho saltar, y se ha crecido el pícaro en un instante... ¡Oh, qué verdades me ha dicho esa inteligencia soberana! Sola, en vano pediría savia y calor al misticismo. Acompañada, tendré quien me defienda, quien me ayude, seremos dos en uno para proseguir la santa obra. No fundo nada, no quiero comunidad legal constituida con mil formulillas, que serían otras tantas brechas para que se metieran a inspeccionar mis acciones el cura y el médico y el administrador. Mi ínsula no es, no debe ser una institución, a imagen y semejanza del Estado. Sea mi ínsula una casa, una familia. Mi marido y yo mandamos y disponemos en ella, con libre voluntad, conforme a la ley de Dios.

--Mírele, mírele --dijo Nazarín señalando a un punto lejano, en que se veía una pareja de bueyes, y un gañán tras ella--. Allí está el hombre, el corazón grande y hermoso, el ser que usted, con su caridad, mal comprendida por el bendito Flórez, y renegada por su hermano, sacó de la miseria y de la abyección. Le he sondeado. He visto su alma delante de mí, clara y patente. Es un buen hombre, y será un excelente señor de Pedralba.

--Y le bendeciremos a usted, padre, el santo, el justo, el que todo lo ve y todo lo descubre.

--No soy nada de eso --replicó el curita manchego, resistiéndose a que Halma le besase las manos, y obligándola a levantarse--. ¡La señora de rodillas ante mí! ¡No faltaba más! Yo no soy ni santo ni justo, señora mía, sino un pobre hombre que, por favor de Dios, ha sabido ver lo que nadie había visto: que la señora de Pedralba quiere a su primo, que le quiere con amor, quizás desde que se llegó a ella, hecho un perdido, con ánimo de pedirle una limosna.

--Es verdad, es verdad... ¡Y yo pensé alejarle de mí! ¡Qué desvarío! Llegué a creer que la sequedad del alma era el primer peldaño para subir a esas santidades que soñé... Estaba yo con mi santidad como chiquilla con zapatos nuevos. ¡Y el pobre José Antonio abrasado en un afecto hacia mí, que yo interpretaba como agradecimiento muy vivo! Ya sospechaba yo que sería algo más; pero tal era mi torpeza que, al ver aquel sentimiento, le echaba tierra encima, todo el material inerte que sacaba del hoyo místico en que enterrarme quería.

--Y ahora, señora Condesa, ahora que las grandes verdades han salido, con la ayuda de la luz de Dios, de la obscuridad en que se escondían, váyase a la casa, dedíquese a sus ocupaciones habituales, y déjeme a mí el cuidado de informar a Urrea de esta felicidad, pues si no se la comunico con arte gradual, podría ser que el gozo repentino le produjera conmoción demasiado fuerte y peligrosa.

No tardó Halma en obedecerle, y allá se fue con Beatriz a sus trajines domésticos, que aquel día le parecieron más gratos que nunca. Y el manchego tomó pasito a paso el sendero que conducía a la tierra que el noble Urrea estaba labrando. Hízole el bravo gañán, al verle llegar, un gallardo saludo, levantando repetidas veces la aijada, y cuando le tuvo a tiro de palabra, no se atrevió a preguntarle, tal miedo tenía, lo que con tanto ardor anhelaba saber. Parados los bueyes, Urrea se quedó como una estatua. Los pies en el barro, la mano izquierda en la esteva, empuñando con la derecha la aijada, era una hermosa representación de la Agricultura, labrada en _terracotta_.

--Hijo mío --le dijo Nazarín--, no sé si las noticias que te traigo serán satisfactorias para ti. No te alegres antes de tiempo.

José Antonio palideció.

--Hijo mío, si no fueras tan bruto, comprenderías que las noticias que te traigo son medianas, tirando a buenas.

El rostro del gañán se enrojeció.

--La señora Condesa no quiere que te vayas de Pedralba. Pero...

--¿Pero qué?

--Pero... ello es que no encontraba la manera de retenerte. Al fin, yo le he dado una formulilla o receta para resolver el conflicto, y evitar las intrusiones probables de don Remigio, de Láinez y Amador. Se cambiará radicalmente el régimen de Pedralba. ¿Te vas enterando?

--No entiendo nada.

--Porque eres muy torpe. Nada, hijo, que he convencido a la señora Condesa... ¿te lo digo? de que debe rematar la gran obra de tu corrección, ¿te lo digo?... haciéndote su esposo. ¿No lo crees?

Urrea blandió la aijada, y tal movimiento le imprimió en la convulsión de su gozosa sorpresa, que Nazarín hubiera podido creer que le atravesaba de parte a parte.

--Calma, hijo, no hagas locuras. Las cosas van por donde deben ir. Da gracias a Dios por haber iluminado a tu prima. Al fin comprende que debe llevarse la corriente de la vida por su cauce natural. Su determinación resuelve de un modo naturalísimo todas las dificultades que en el gobierno de esta ínsula surgieron. Los señores de Pedralba no fundan nada; viven en su casa y hacen todo el bien que pueden. ¡Ya ves cuán fácil y sencillo! Para discurrir esto no se necesita la intervención del Espíritu Santo. Y sin embargo, la gran inteligencia de la señora Condesa de Halma, deslumbrada por sus propios resplandores, no veía esta verdad elemental. Dios ha querido que yo, un pobre clérigo vagabundo, predique el sentido común a los entendimientos atrevidos, a las almas demasiado ambiciosas.

José Antonio dio un abrazo a Nazarín, y no pudo expresar su alegría sino con frases entrecortadas:

--Yo también, yo también... vi claro... no podía decirlo... a mí propio no decírmelo... Temía disparate... ¡Y no lo era, Cristo, no lo era! La suma ciencia parece locura; la verdad de Dios... sinrazón de los hombres.

--Ahora, hijo mío, continúa en tu trabajito, como si nada hubiera pasado. Sigue arando, arando, que esto entretiene, y al propio tiempo que abres la tierra, das gracias a Dios por la merced que acaba de hacerte. Este bien tan grande y hermoso no lo mereces tú.

--No lo merezco, no --dijo Urrea con emoción--. Mucho he padecido en este mundo. Pero aunque mis tormentos hubieran sido un millón de veces mayores, no está en la proporción de ellos esta inmensa alegría.

--Trabaja, hijo, trabaja. Y otra cosa te encargo. No vayas al castillo hasta la noche... porque supongo que te traerán aquí la comida.

--Así lo creo.

--No muestres impaciencia, no te descompongas, ni cuando veas a tu prima esta noche, a la hora de la cena, hagas figuras ni desplantes. Tú... calladito hasta que ella te hable. Y cuando se digne exponerte su pensamiento, tú le das las gracias en forma reposada y noble, prometiendo consagrarle tu vida y tu ser todo, y haciéndole ver que no te crees merecedor de la inaudita felicidad que te depara... Anda, hijo, a tus bueyes, y hasta la noche... Con ese surco escribes en la tierra tu gratitud. Ama la tierra, que a todos nos da sustento, y nos enseña tantas cosas, entre ellas una muy difícil de aprender. ¿A que no sabes lo que es? Esperar, hijo, esperar. La tierra guarda la sazón de las cosas, y nos la da... cuando debe dárnosla.

IX

Lo que platicaron aquella noche, después de cenar, la gobernadora de la ínsula y el futuro señor de Pedralba, no consta en los papeles del archivo nazarista, de donde todos los materiales para componer la presente historia han sido escrupulosamente sacados. Sin duda, después de dar cuenta de la grave resolución matrimonial de la santa Condesa, no creyeron los cronistas del nazarismo que debían extenderse a mayores desarrollos historiales de tan considerable suceso, o conceptuaron vacías de todo interés religioso y social las sentidas palabras con que aquellas dos personas hicieron confirmación solemne de su propósito matrimonesco. Lo único que se encuentra pertinente al caso es la noticia de que José Antonio de Urrea se preparó aquella misma noche para partir a Madrid a la mañanita siguiente. Y otro papel nazarista corrobora que, en efecto, partió a caballo al romper el día, y que Halma salió a despedirle, y a desearle un buen viaje, agregando algunas advertencias que se le habían olvidado en su coloquio de la noche anterior. Es un hecho incontrovertible, del cual darán fe, si preciso fuere, testigos presenciales, que ya montado en la jaca el presunto gobernador de la ínsula, y cuando estrechaba la mano de la Condesa, pronunció estas palabras:

--No llevo más que un resquemor: que nuestro don Remigio, que de seguro tocará el cielo con las manos al ver que no le cae la breva de la Rectoría de Pedralba, ha de fastidiarnos con dilaciones, y quizás con entorpecimientos graves. No he cesado de cavilar sobre ello esta noche, y al fin, querida prima, lo que saco en limpio es que necesitamos comprar su voluntad.

--¡Comprarle...! ¡Cómo...! ¿Qué quieres decir?

--Ya verás. No me vengo de Madrid sin traerme su nombramiento para una de las parroquias de allá. Es su sueño, su ambición, y si yo logro satisfacerla, el hombre es nuestro ahora y siempre. He pensado que nadie puede ayudarme en esta pretensión como Severiano Rodríguez, el cual es, ya lo sabes, íntimo amigo del Obispo. Y, como Severiano y tu hermano Feramor tuvieron una formidable agarrada en el Senado, y ahora están a matar, espero que me apoye con interés, con ardor de sectario. Basta para ello hacerle comprender que el parlamentario y economista inglés ha de ver con malos ojos lo que a nosotros nos agrada y favorece. Créelo, araré la tierra de allá, como he arado la de aquí, por ganarnos la benevolencia del curita de San Agustín, que es quien ha de echarnos las bendiciones. Déjame a mí, que ya sabré arreglarlo..., mi palabra. Ya me río al pensar en el tumulto que ha de armarse cuando yo suelte la noticia. Será como echar una bomba; de aquí oirás el estallido, y te reirás, mientras allá me río yo, hasta que venga el día feliz en que nos riamos juntos... Adiós, adiós, que es tarde.

El primer día de la ausencia de Urrea, la Condesa, en largo y afectuoso conciliábulo que celebró con Nazarín, según consta en documentos de indubitable autenticidad, indicó al apóstol cuán justo y humano sería darle de alta, declarándole en el pleno goce de sus facultades intelectuales. Si ella hubiera de decidirlo, no había duda, ¿pues qué prueba más clara del perfecto estado cerebral de don Nazario, que su incomparable consejo y dictamen en el asunto que Halma sometió días antes a su criterio?

A lo que respondió serenamente el peregrino que, hallándose sujeto a observación por el Superior jerárquico, solo este podía resolver si debía o no ser reintegrado en sus funciones sacerdotales. Cierto que un buen informe de la señora Condesa, a quien la Iglesia confiara la custodia del supuesto demente, sería de gran peso y autoridad; pero a juicio del interesado, este informe no sería eficaz si no iba precedido de una explícita manifestación de su Superior inmediato, el cura de San Agustín. Añadió el apóstol que su mayor gozo sería que le devolviesen las licencias para poder celebrar el Santo Sacrificio, y si se le concedía la libertad, se trasladaría sin pérdida de tiempo a Alcalá de Henares, donde sus caros feligreses, el _Sacrílego_ y Ándara, sufrían el rigor de la ley. Por lo demás, su paciencia no se agotaba nunca, y esperaría tranquilo, decidido a no disfrutar la anhelada libertad, mientras quien debía dársela no se la diera.

Con don Remigio habló también la Condesa de este asunto, no obteniendo de él más que vagas promesas de estudiarlo, sometiéndolo además al criterio facultativo de Láinez. También dio cuenta al cura y al médico de su proyectado casamiento, y no hay lengua humana que describir pueda la sorpresa, el estupor de aquellas dignísimas personas, y del vecino propietario de la Alberca. Don Remigio no paró, en todo el viaje de Pedralba a San Agustín, de hacerse cruces sobre boca, cara y pechos.

Cinco días estuvo José Antonio en Madrid, regresando en la mañana del sexto, gozoso y triunfante, pues se traía bien despachado todo el papelorio que la celebración del casamiento exigía. Contando a su prima el escándalo que en la familia produjo el notición de la boda, empezaba y no concluía. Al principio, lo tomaron a broma: convencidos al fin de que era cierto, cayó sobre los solitarios de Pedralba una lluvia de sangrientos chistes. El menos ofensivo era este: «Catalina se llevó a Nazarín para curarle, y él la ha vuelto a ella más loca de lo que estaba.» Hicieron Halma y Urrea lo que anunciado habían antes de la partida de este: pasar buenos ratitos riéndose de todo aquel tumulto de Madrid, que seguramente no les causaría inquietud ni desvelo. Acertó a presentarse en aquel momento el buen don Remigio, y Urrea se fue derecho a él, y dándole un abrazo tan apretado que parecía que le ahogaba, le dijo: «Mil parabienes al ínclito cura de San Agustín, por la justicia que sus superiores le hacen, concediéndole plaza proporcional a sus grandísimos talentos y eminentes virtudes.»

No comprendía don Remigio, y el otro, repitiendo el estrujón, hubo de explicárselo con toda claridad.

--Sepa que me he traído su nombramiento...

--¿Para una parroquia de Madrid?

--No ha podido ser, por no haber vacante en estos días, mi dignísimo amigo y capellán; pero el señor Prelado, con quien habló de usted un amigo mío, encareciéndole sus méritos, aseguró que irá usted a los Madriles muy pronto, y que en tanto, para que hombre tan virtuoso y sabio no esté obscurecido en ese villorrio, le nombra Ecónomo de Santa María de Alcalá.

--¡Santa María de Alcalá! --exclamó don Remigio como en éxtasis; ¡tan soberbio y apetitoso le parecía su nuevo destino!

Y un abrazo más sofocante que los anteriores, selló la amistad imperecedera entre el buen párroco de San Agustín y el insulano de Pedralba.

--¿Y qué puedo hacer yo para demostrarle mi agradecimiento, señor de Urrea, qué puede hacer este modesto cura...?

--Ese modesto cura no tiene que hacer más que conservarnos su preciosa amistad, que en tanto estimamos. Y antes de entregar la parroquia al que viene a sustituirle, échenos las santas bendiciones.

--Ahora mismo..., digo, mañana, pasado mañana. Estoy a las órdenes de la señora doña Catalina, a quien ya no debo llamar Condesa de Halma.

--Será pasado mañana, señor don Remigio --indicó Halma--. Y otra cosa he de merecer de su benevolencia: que no me olvide al bendito Nazarín.

--Como he de ir a la Corte a ver a mi tío, allá informaré favorablemente. ¡Si salta a la vista que está en su cabal juicio! Inteligencia clara como el sol. ¿Verdad, señora?

--Tal creo yo.