Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo

Part 9

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Esa teoría, implícita en todos los sistemas teológicos, ha sido generalmente combatida por los filósofos independientes y auspiciada por los gobiernos feudales que cimentaban su autoridad en el derecho divino. Teoría absurda, de completa absurdidad según la historia de las religiones, cuyos estudios concuerdan unánimemente en aplicar a los dogmas el principio universal de evolución: "un dogma, históricamente considerado, no se presenta como un hecho revelado por la divinidad a la ignorancia del hombre, sino como una combinación laboriosa y sin cesar variable de una colectividad humana; es ante todo un fenómeno social y acumula durante su existencia el trabajo de la fe, a veces muy activo, de muchas generaciones" (pág. 339); "un dogma es un organismo viviente, que nace, se desarrolla, se transforma, envejece y muere; la vida lo arrastra, sin que pueda nunca detenerse: y cuando llega su hora, la vida se aparta de él, sin que él pueda retenerla". Eso os enseñarán, uniformemente, Guignebert en la obra citada y Harnack en su libro sobre la historia de los dogmas, para citar solamente los textos menos viejos y más accesibles.

Toda ética fundada en una teología es, por definición, dogmática. Quien dice dogma, pretende invariabilidad, imperfectibilidad, imposibilidad de crítica y de reflexión personal. Quien acepte que la moral está formulada en una revelación, en la de su iglesia, y no en la de las otras, reconoce que sus preceptos son mandamientos sobrenaturales o divinos, ajenos a la posibilidad de alterarlos o perfeccionarlos, desde que son acatados como la perfección misma. El dogma no deja al creyente la menor libertad, ninguna iniciativa; un verdadero creyente reconoce, por el simple hecho de serlo, la imposibilidad de cualquier esfuerzo eficaz para el perfeccionamiento moral del individuo o de la sociedad, fuera de los preceptos dogmáticos.

Esta breve y explícita consideración nos permite comprender la actitud herética de Emerson, al afirmar que _los dogmas sobrenaturales son incompatibles con el perfeccionamiento moral_. Su disconformismo es una rebeldía contra los dogmas propios de la secta protestante en que fué educado. Poniendo fuera de la Naturaleza el origen de los mandamientos que rigen la conducta moral del hombre, las morales teológicas excluyen de la vida humana actual, que segura y evidentemente vivimos, toda posibilidad de perfección; si alguna queda, es para después de la muerte, en otro mundo cuya existencia es creída por simple acto de fe, ya que las mayores iglesias cristianas se resisten violentamente a aceptar las pruebas que de ella ha intentado dar la moderna religión espiritista.

Los mandamientos divinos imponen la obediencia a los dogmas morales de las iglesias, cuyas normas del deber no nacen de la reflexión personal, ni pueden ser modificadas por la razón. El hombre no interviene en la fijación de sus propios deberes; los acata como decretos sobrenaturales. Por eso la obligación y la sanción tienen un valor completamente distintos que en las morales filosóficas independientes. La obligación consiste en ajustarse al mandato imperativo de la divinidad, que ha fijado el deber sin intervención del que lo cumple; la única sanción reservada al cumplimiento de ese deber, es el premio o el castigo después de la muerte, o sea lo que en lenguaje sencillo, y por cierto más pintoresco, podríamos llamar la sanción trascendental del cielo y del infierno. Sabéis muy bien, los que habéis leído a Homero y a Virgilio, que el mundo pagano había inventado ya estos lugares de sanción eterna, heredados por el cristianismo, y tan magníficamente desenvueltos por la imaginación de Dante, cuya _Comedia_ bien merecería calificarse de divina si este adjetivo significara superlativa excelsitud.

5.--VALOR SOCIAL DE LA HEREJÍA

Todas las religiones, en cierto momento de su evolución, el más culminante, procuran fijar sus dogmas en una teología que interpreta inapelablemente los textos en que está enunciada la revelación primitiva; las teologías han pretendido ser, en su tiempo y en su medio, códigos de moral destinados a regir dogmáticamente la conducta humana.

De allí que el disconformismo de Emerson, mucho más amplio que la primitiva disidencia en el seno de la iglesia Anglicana, se nos presente como un episodio en la eterna lucha de la razón humana contra los dogmas, como una renovación del derecho de libre examen. Eso es lo que, en todo tiempo, ha constituído la herejía. Hereje es todo el que discute y niega los dogmas, todo el que somete a su propia razón las conclusiones de una teología. La intensa religiosidad individual, propia de los temperamentos místicos, es la causa más frecuente de herejías; por lo mismo que ella permite concebir perfeccionamientos nuevos, aparta a los individuos de los dogmas teológicos que los obstaculizan. "Un experimento religioso genuino y de primera mano--dice James--debe parecer una heterodoxia a los que lo contemplan, y tal profeta debe producir el efecto de un loco solitario. Si su doctrina se muestra bastante contagiosa para difundirse a otros, entonces se convierte en herejía definida y catalogada. Pero si resulta tan contagiosa que llega a triunfar de las persecuciones, entonces se convierte a su vez en ortodoxa, y cuando una religión llega a este punto, es que ha terminado el tiempo en que se mantenía interior: el manantial se ha secado; los fieles viven sólo de una fe exclusivamente de segunda mano, y entonces, a su vez, lapidan a los nuevos profetas. No obstante la bondad humana que la nueva Iglesia está pronta a favorecer, se puede contar siempre con ella, como fiel aliado, cada vez que se trate de sofocar el espíritu religioso espontáneo y de reducir al silencio todo ulterior murmullo del manantial, de donde ella misma sacaba en días más puros su propia inspiración, a menos que adopte los nuevos movimientos y los aproveche para sus propios intereses corporativos egoístas. Nos ofrecen ejemplos muy instructivos de una acción política de este género, pronto o tardíamente asumida, los procedimientos de la Iglesia católica respecto a muchos santos y profetas individuales".

Mientras no se produce esta asimilación práctica, todo proyecto de innovación es una herejía y la conducta del reformador es considerada inmoral; el hábito de ver la moralidad conformada al dogmatismo induce a juzgar inmorales a todos los que sienten esa honda "emoción cósmica" que sugiere la naturaleza y hace amar con optimismo una vida intensa y sin restricciones artificiales. "Los heréticos anteriores a la Reforma veíanse casi siempre acusados por la Iglesia de ejercer prácticas inmorales, del mismo modo que a los primeros cristianos acusábanles los romanos de entregarse a la orgía. Probablemente no ha existido período alguno en la vida de la humanidad, en que un número crecido de individuos no haya idealizado su resistencia a pensar mal de la vida, formando sectas libres o secretas, proclamando que todas las cosas naturales son permitidas. La máxima de San Agustín: _Dilige et quod vis fac_--si amas (a Dios) haz lo que te plazca--es moralmente una observación muy profunda; pero las personas de que hablábamos, la toman en el sentido de que es lícito salirse de los confines de la moral dogmática convencional. Según sus caracteres, podrán ser espíritus refinados o groseros, pero en todo tiempo sus creencias fueron lo suficientemente sistemáticas para constituir una actitud religiosa determinada. Para ellos, Dios es un dispensador de libertades; de este modo vencen el remordimiento del mal. San Francisco y sus discípulos pertenecían a esta categoría de almas, de la cual existen infinitas variedades. Rousseau, durante los primeros años de su vida literaria, Diderot, B. de Saint-Pierre y muchos otros, entre las mentes directoras del movimiento anticristiano del siglo XVIII, pertenecían a ese tipo de optimismo. Pensaban que la Naturaleza, siempre que sepamos entenderla, es absolutamente buena".

No sorprende, pues, que los grandes místicos hayan sido melioristas lo mismo que los filósofos independientes; por eso han merecido, unos y otros, las persecuciones de la autoridad dogmática: teólogos, jueces, políticos, confundidos en un mismo interés común de preservar a la sociedad de toda herejía. ¡Y cómo se equivocan! Hereje es Sócrates cuando enseña a dudar de "la religión de sus padres", y le dan la cicuta. Hereje es Cristo para los judíos, y le dan la cruz, Hereje es Lutero para la iglesia romana, y le cubren de anatemas. Hereje es Spinoza, y le expulsan de la sinagoga. Hereje es Teresa de Ávila, y la persigue la inquisición. Hereje es Emerson, y le acusan de ateísmo. Hereje es Mæterlinck, cuyas obras están inscriptas en el Index, como las de Anatole France y las de Enrique Bergson, de igual manera que en nuestro país está prohibida la lectura de Ameghino y de Agustín Álvarez..... y aun la de Almafuerte y de Lugones.

Quiero, con ésto, sugeriros que al hablar de dogmas y de herejías no se trata de cosas trascendentes y remotas, sino de fenómenos sencillos y actuales, que durarán tantos siglos cuantos persista en los hombres la tendencia a organizar su misticismo individual en iglesias colectivas. Los miles de religiones que han existido, todas verdaderas según sus adeptos, serán seguidas por otras en el porvenir, igualmente verdaderas para quienes las profesarán. Para que aparezcan--como producto natural de la experiencia religiosa, sin cesar renovada por los hombres--serán indispensables nuevas e incesantes herejías, es decir, _variaciones_ personales para mejorar la _herencia_ social, inventores o renovadores de dogmas, inventores o renovadores de moral. Sabéis muy bien que, en los últimos cincuenta años, por disgregación de las iglesias cristianas han aparecido numerosas religiones nuevas. Se cuentan por docenas y algunas elevan a millones el número de sus creyentes.

No se equivoca James al decir que a través de los siglos se han transformado sin cesar los sentimientos y necesidades místicas de los hombres, infiriendo que sería absurdo suponer que la edad presente está destinada a no sufrir correcciones por parte de las edades venideras. Habrá, pues, nuevas e incesantes herejías, y gracias a ellas evolucionará la experiencia religiosa y moral de la humanidad: "Los dioses que defendemos son los dioses que necesitamos y de los cuales podemos servirnos, los dioses cuyas preguntas respecto a nosotros son elementos para fundamentar las preguntas que nosotros mismos nos hacemos, unos a otros. En una palabra, lo que yo me propongo hacer es estudiar la santidad a la luz del sentido común, empleando criterios humanos para resolver la cuestión de si la vida religiosa se recomienda como forma ideal de actividad humana. Si es así, cualquier creencia teológica que pueda inspirarla es fundamentada, por lo menos en tal aspecto. En el caso contrario, aquellas creencias perderán todo crédito, sin más que referirlas a principios humanos activos. Sólo se trata de la eliminación de los humanamente ineptos y de la supervivencia de los más aptos, aplicada a las creencias religiosas; y si examinamos la historia, ingenuamente y sin prejuicios, debemos admitir que jamás ninguna religión ha podido establecerse o confirmarse a sí misma de un modo diverso. Las religiones se han _aprobado_ a sí mismas, han subvenido a las necesidades vitales que reinaban a su aparición; y han sido sustituídas por otras cuando violaron en exceso ciertas necesidades o al presentarse otras creencias que las proveían mejor".

Volvamos atrás, el tiempo de Emerson. En la Nueva Inglaterra, y con relación a la iglesia protestante, ocurría un movimiento análogo al que en las naciones católicas se llamó catolicismo liberal, hace setenta años; la iglesia unitaria, en que Emerson se educara, representaba lo que hoy el modernismo dentro de la iglesia romana, acaso con un espíritu más acentuadamente liberal. Los teólogos protestantes, aunque sus escuelas e investigadores son, desde la Reforma, mucho más notables que los católicos, gracias al libre examen y a la alta crítica, no pudieron mirar con indiferencia las negaciones dogmáticas a que se entregaron los unitarios radicales y los trascendentalistas; Emerson, y podríamos decir que el mismo Channing, fueron sindicados como herejes, temiéndose que su liberalismo fuera el primer paso hacia la irreligiosidad.

¿Quienes tenían razón? Desde su punto de vista, digámoslo sin vacilar: los teólogos dogmáticos. No existe, para una iglesia, la posibilidad de la fe a medias. Se cree o no se cree en sus dogmas; pretender que cada hombre se considere parte de la divinidad, es conceder a cada uno la posibilidad de revelarse a sí mismo la verdad en que debe creer y la moral a que debe conformarse. Desde ese punto de vista la lógica estaría en favor de los dogmáticos y contra todos los liberalismos; una iglesia que consiente algo, acaba por ceder todo. Proclamar que el cristianismo es un asunto de moral antes que de dogmas, es rebelarse, abiertamente, a las iglesias cristianas tradicionales; y ésa era, como lo dijimos, la posición religiosa de Emerson y de los trascendentales, lo mismo que la de Echeverría y la Asociación de Mayo entre nosotros: herejía frente a sus iglesias respectivas.

6.--LAS MORALES INDEPENDIENTES

Implicada la moral en los dogmas teológicos, toda disconformidad religiosa es una disconformidad con el dogmatismo moral. Recordemos, como la mejor prueba de ello, que durante diez siglos, desde el edicto imperial que proscribió de Roma a los filósofos hasta el grito cismático proferido por Lutero, una sola teología y una sola moral floreció en la cristiandad. La patrología y la escolástica se mueven dentro de un dogmatismo único; bastaría comparar a Clemente y Orígenes con Tertuliano y Lactancio, a Agustín con Tomás, cuyos discípulos disputan hasta nuestros días, para comprender que si bien los dogmas evolucionaban, todos pretendían explícitamente ser fieles a ellos, sin lo cual hubiérase roto la unidad política de la iglesia romana. He dicho _unidad política_ y debo explicarme; la fuerza de esa iglesia, desde que reyes y emperadores, por razones políticas y no teológicas, resolvieron declararla oficial en sus estados, no residió en sus doctrinas, sino en el poder político adquirido por ella en el mundo feudal europeo. No podríamos detenernos ahora a examinar en qué medida la difusión del protestantismo fué, a su vez, un movimiento político, nacionalista en cada país, contra el poder internacional del estado pontificio; ello se percibiría también analizando en los estados católicos la lucha por constituir iglesias nacionales, emancipadas de Roma, de que dió memorable ejemplo el nunca apagado movimiento galicano. Y veríamos, también, que en nuestros días la fuerza de esa iglesia no está en sus doctrinas sino en la admirable organización como partido internacional, actuante en la política de cada país con unidad de miras temporales y con sorprendente disciplina para la acción práctica. Nunca, en la historia de la humanidad, ha existido un partido internacional que pueda comparársele en organización y eficacia.

Cortemos la digresión. Durante la edad media no hay en la cristiandad un nombre de moralista independiente que merezca citarse, con la excepción, acaso única, de Eckhart, que a principios del siglo XIV puso en circulación un misticismo panteísta, declarado herético por la iglesia romana. Llega el Renacimiento y se rompen los moldes de la teología escolástica; los filósofos contemplan la naturaleza o el espíritu, independientemente de los dogmas religiosos. Averroes insinúa la doctrina de la religión natural y de la moral natural, que más tarde reaparece en Spinoza. El neoaristotelismo encuentra su hombre representativo en Bacon y se continúa en toda la escuela de los moralistas ingleses, que culmina en Hobbes, Locke, Shaftesbury, y en los escoceses, Hutcheson, Hume, Smith; la corriente neoplatónica se transmuta en el racionalismo, con Descartes y Malebranche en Francia, al mismo tiempo que aparecen con caracteres propios Leibnitz y Wolff, en Alemania. Y así, luchando los filósofos independiente contra la teología dogmática, el siglo XVIII ve surgir el racionalismo inglés, el enciclopedismo francés y la filosofía de las luces en Alemania. Cauteloso el primero, revolucionario el segundo, abstracta la tercera, predomina en todos el afán inquieto de poner en la razón los fundamentos de la moral, que hasta entonces residieran en el dogma. Sabéis que Kant elaboró, en su _Crítica de la Razón Práctica_, el monumento más grandioso concebido por hombre alguno hasta su tiempo; estoy muy lejos de significar, con ésto, que en nuestros días puedan considerarse aceptables los fundamentos racionales y apriorísticos de su sistema.

Si Kant quiso decir que la moralidad es una exigencia de la razón para el bien de la sociedad, y no que la existencia social exige la formulación racional de una ética,--pareceres encontrados sobre los que no han logrado entenderse los que se creen sus continuadores--es seguro que el siglo XIX se pronunció por la segunda interpretación, que es la menos kantiana de las dos. Creemos más bien que el patriotismo filosófico alemán, empeñado en poner a Kant en el centro de la historia filosófica universal, ha estado y seguirá dispuesto a ver en Kant todos los gérmenes de las más contradictorias filosofías del porvenir; sabéis que el culto de Kant tiene vestales en irreconciliables escuelas filosóficas de su patria.

Así como Tomás puede representar el momento culminante de la teología escolástica, Kant simboliza el más alto esfuerzo de la filosofía racionalista. La moral, antes dictada a los hombres por la misma divinidad, aparece ahora impuesta al hombre por su propia razón.

Llamadle Hume, llamadle Helvecio o llamadle Kant, subrayad todas sus inconciliables divergencias, y os quedará siempre en sus concepciones de la moral un denominador común: su emancipación de la teología.

Cualquiera de ellos constituye un tipo de moralista independiente; la moral de los tres es, ante todo, individual y pretende ser demostrable por la razón. La crítica y el libre examen las engendran, en oposición al dogmatismo religioso; para el mismo Kant, la religión es una necesidad racional y no un antecedente de la moralidad.

En casi todos los moralistas independientes, cuyos ejemplares máximos acabamos de citar, aparece postulada la perfectibilidad humana y aumentado el valor del hombre mismo; aunque unos partan de la razón y otros de la naturaleza, convergen a reemplazar los mandamientos divinos por mandamientos humanos, y a sustituir sus fuentes sobrenaturales por fuentes naturales.

A la afirmación intensiva de la personalidad, recogida por todas las literaturas románticas, se unió el concepto nuevo del deber; ya no se vió en él un simple acatamiento a una voluntad extraña, sino la obediencia del hombre a sí mismo. Y este tipo de ética individualista fué consonante con la más alta profesada por escuela alguna,--la de los estoicos,--poniendo el culto de la dignidad personal como norma directriz de la conducta.

Así como es personal la obligación, es personal la sanción; no queda ya relegada a lo sobrenatural, no se traduce necesariamente en penas y castigos después de la muerte, sino que hace del hombre el juez de sí mismo, juzgado constantemente por su propia conciencia moral. En estas morales emancipadas de las teologías, la razón del hombre ha suplantado al mandamiento de la divinidad.

7.--INSUFICIENCIA DE LOS DOGMAS RACIONALES

Los sistemas éticos racionales que se han apartado del dogmatismo religioso, afirmando la posibilidad de una moral independiente, no han conseguido la menor difusión social, reclutándose sus partidarios entre una minoría ilustrada, restringida muchas veces al círculo exiguo de los aficionados a las lecturas filosóficas.

Esas deserciones esencialmente cualitativas, carecen de medida cuantitativa en la sociedad. ¿Por qué? En mi entender, por su carácter negativo; son fuerzas disolventes del pasado teológico, pero nada han construido para el porvenir; cual más, cual menos, son esencialmente individuales, cuando no individualistas.

Las morales religiosas tenían en sus dogmas afirmativos una fuerza de cohesión social; y aunque nunca pusieron sus fundamentos en la sociedad, sino en lo sobrenatural, desempeñaban una función socializadora de la obligación, imponiendo normas de conducta apropiadas para facilitar la convivencia humana dentro de un régimen social dado.

Las morales individuales, poniendo en la conciencia moral del hombre la medida de la obligación y de la sanción, carecen de valor social. Se concibe, y es la evidencia misma, que determinados individuos puedan vivir virtuosamente, santamente, sin necesidad de los dogmas morales que ofrecen las religiones; pero cuesta concebir que todos los hombres sean capaces de dirigir su conducta hacia el bien sin recibir impulso alguno superior a su propia razón personal. Bastaría recordar el daño que han causado tres moralistas individualistas del siglo XIX entre sus contados adeptos. Stendhal, con su diletantismo moral, Schopenhauer con su escepticismo pesimista, y Nietzsche, con su individualismo superhombrista, han hecho estragos morales entre jóvenes literatos que se tenían por genios y se creían autorizados a prescindir de toda obligación moral, ya porque fuera elegante hacerlo así, ya porque era absurdo respetar como valores reales a valores ilusorios, ya porque sólo los esclavos debían sujetarse al dogmatismo social.

Tenemos que reconocerlo, todos los esfuerzos de los filósofos para construir una moral teórica racional han carecido de función eficaz, han sido actitudes individuales, prácticamente negativas; y en la sociedad no se pueden destruir creencias fundadas en seculares sentimientos y en intereses reales, sin sustituir lo destruido con otras creencias que puedan satisfacer los sentimientos e intereses que aquéllas sustentaban. Una moral de gabinete no puede reemplazar a una creencia social; podemos admirar la _Ética_ de Spinoza o la _Crítica de la Razón Práctica_ de Kant como prodigiosos poemas de lógica racional, sin creerlos susceptibles de dar nueva orientación a la moralidad de los hombres, ni de satisfacer su sentimiento místico. Los filósofos han elaborado hipótesis éticas para filósofos; sólo la humanidad--por su incesante experiencia social--puede elaborar éticas efectivas para la humanidad. Para entendernos: toda ética efectiva es un resultado natural de la experiencia.

En la época inicial de Emerson--ya que estas digresiones deben servirnos para comprenderlo--el conflicto se planteaba todavía entre las dos concepciones clásicas de la moral: la religiosa, ínsita en las teologías dogmáticas, y la individualista, elaborada por filósofos independientes.

8.--LA ÉTICA SOCIAL DE LAS IGLESIAS NORTEAMERICANAS

En la primera lección hemos recordado el sentido cívico y social, antes que dogmático, del puritanismo norteamericano; y vimos que en el unitario Channing, poco antes que en Emerson, se definió claramente la tendencia a convertir la religión en una pura moral social. Cerrado el ciclo del movimiento trascendentalista, que fué una exaltación del unitarismo radical, Emerson, como todos, quedó incluído en un gran movimiento de renovación nacional, al que ninguna iglesia permaneció totalmente ajena.