Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo

Part 8

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La vida de Emerson presenta dos etapas distintas, habitualmente refundidas por sus biógrafos, sólo preocupados de elaborar un arquetipo abstracto más conforme con el deseo simplista de la mentalidad social. Nosotros podemos distinguir dos Emerson, que se suceden por una transición progresiva: el individualista rebelde y el reconstructor social.

Ministro de una iglesia unitaria, como recordaréis, descendía, por varias generaciones, de pastores Congregacionistas. Cuando le llega la hora de ejercitar su ministerio, Emerson interroga su conciencia moral: no cree ya en los dogmas y prácticas rituales de su Iglesia. Duda, medita y se decide con dignidad: renuncia a predicar dogmas que no satisfacen su razón. En sus escritos de esa época vaga un intenso personalismo ético, una crítica sagaz del dogmatismo, un constante afán por afirmar la autonomía y la soberanía de la moralidad, poniendo la obligación y la sanción en los dominios individuales de la conciencia. A los ensayos de esa época se debe la simpatía con que Emerson es leído, hasta hoy, por los anarquistas individualistas.

Al mismo tiempo que exalta la personalidad humana, postulando una moral independiente, Emerson conserva el tono místico: su panteísmo, mezcla de religión natural a lo Goethe y de amor a la naturaleza a lo Rousseau, fué el cauce en que tuvieron libre desahogo su herencia pastoral y su educación teológica. Es difícil concebir una combinación más íntima de profundo misticismo y de absoluto antidogmatismo; cuando exalta la energía individual, hace derivar la confianza propia del carácter divino que tiene la personalidad humana; cuando afirma la soberanía de la moralidad, pone la fuente espontánea de toda vida moral en la naturaleza. Y todo es uno para él: naturaleza, moralidad, divinidad.

El interés social despertado en su tiempo por las conferencias de Emerson es fácil de comprender. Ellas satisfacían dos condiciones, rara vez coincidentes: su forma mística respetaba el viejo fondo religioso de sus oyentes y sus ideas individualistas satisfacían la inquietud renovadora, propia de la generación romántica. Esto podría hacernos pensar que los apóstoles más eficaces son los que dicen cosas nuevas en el tono que nos es familiar; si se cantaran estrofas anarquistas con música de viejos himnos religiosos, serían más fácilmente aprendidas por los que ya tuviesen el hábito de cantar los himnos.

Así podemos explicarnos que Emerson fuese requerido para sermonear en las iglesias unitarias: hablaba de la misma manera, aunque decía otra cosa. Por otra parte, en los países protestantes existe--en épocas normales--una tolerancia religiosa que difícilmente comprendemos los que recibimos una educación católica. Decir que un sacerdote, después de colgar los hábitos, puede ser invitado a predicar en su parroquia, es para nosotros inconcebible; y no lo es menos ver a un sacerdote católico o a un rabí judío ocupar una tribuna protestante, o viceversa, o bien hallar reunidos en un congreso de religiones a los teólogos más eminentes de todas ellas...

En su actitud individualista e independiente se mantiene Emerson hasta la fundación del Club de los Trascendentales y la aparición de _The Dial_. Conocemos ya la genealogía sansimoniana de ese movimiento. Con la revolución del año 30, los eclécticos habían pasado a actuar en el mundo oficioso y las simpatías de los románticos se pronunciaron por la filosofía social, hasta la revolución de 1848. El reflejo de esa evolución es fundamental en Emerson; desde entonces hasta su muerte, sin atenuar su culto por la intensificación de la personalidad individual, va acentuando progresivamente el sentido social de sus ideas éticas. Poco a poco ve en la sociedad la fuente de la obligación y el instrumento de la sanción moral; el deber no es mandamiento divino, sino producto de la convivencia, que impone la justicia como condición del libre desenvolvimiento personal; la sanción no está librada a la razón del individuo aislado, sino a la conciencia social en que se armoniza la razón de todos. Y el concepto de la perfectibilidad humana se consolida al poner como base de la escuela la educación moral, creando hábitos de veracidad, de justicia, de cooperación, de solidaridad.

No decimos que Emerson llegó a definir la ética social tal como en la actualidad la vemos formulada. Reconocemos, simplemente, que esa tendencia llegó a prevalecer en él, en una época en que prefería hacer a conferenciar.

¿Hacer? Hacer. Sonaba para su patria la hora de consolidar la nacionalidad y de prepararse a la asimilación de otros millones de europeos que vendrían a enriquecerla con el trabajo de sus brazos y con la sangre de sus hijos.

Fué entonces que nació espontáneamente una nueva ética social, en función del medio, cuya expresión doctrinaria hemos conocido cincuenta años después: el pragmatismo.

2.--LA AUTONOMÍA DE LA EXPERIENCIA MORAL

La evolución mental de un pensador--muy distinta de su variación ajustada a la moda, que sólo demuestra ausencia de ideas propias,--sigue siempre un curso lógico, es una integración permanente, enriquecida sin cesar por una experiencia que crece y por un sentido crítico que se perfecciona. Cambiar de ideas en esa forma es un proceso normal y una prueba de juventud; revela posibilidad de educarse más y más, de crecer mentalmente, de expandir la personalidad propia. Y es, precisamente, la incapacidad de perfeccionar las propias ideas, lo que permite diagnosticar el envejecimiento de un pensador: la declinación de esas aptitudes asimiladoras e imaginativas que enriquecen la cultura personal o ensanchan el horizonte de las síntesis, elevando los puntos de vista.

El examen de las ideas dominantes en la obra de Emerson nos ha permitido establecer que si ellas carecen de contenido metafísico y, por ende, propiamente filosófico, tienen, en cambio, un alto valor ético; su obra es un continuo esfuerzo por acrecentar la intensidad intrínseca de los valores morales, separando la experiencia moral de la experiencia religiosa y tendiendo a constituir una moral sin dogmas.

Este aspecto del problema, hoy definitivamente resuelto para todos los filósofos, sin distinción de escuelas o de creencias, no lo estaba hace un siglo. Las instituciones básicas del mundo feudal, la Reyecía y la Iglesia, no habían desaparecido por la crisis revolucionaria de fines del siglo XVIII; la soberanía popular, afirmada como fundamento de la vida civil democrática, no lograba aún sobreponerse a los regímenes de privilegio asentados en el derecho divino. Más todavía: las naciones reaccionarias en política y en religión--Rusia, Austria y Prusia,--en complicidad con la iglesia Romana, habíanse coaligado en la famosa Santa Alianza para restaurar el antiguo régimen y borrar las constituciones que preludiaban el advenimiento de una etapa nueva en la historia de la civilización; la iglesia Anglicana desempeñaba en los ambientes anglo-americanos una equivalente función conservadora o reaccionaria.

La lucha por el progreso de las ciencias morales planteábase entre los sistemas fundados en el dogmatismo, en que se inspiraban las morales afirmativas de los teólogos escolásticos, y las morales críticas de los filósofos independientes.

Conviene tener presente que, en todo tiempo, los filósofos independientes--llamando así a los que no tenían por objeto de sus especulaciones consolidar las bases de las religiones oficiales en sus medios respectivos--han sido, más o menos desembozadamente, enemigos de la teología y contradictores de la apologética. Ellos han determinado los progresos de la metafísica y de la ética contra el espíritu tradicionalista de las cartas sacerdotales, muchas veces pagando con sus vidas ese noble privilegio de pensar libremente contra la religión y contra el estado: así murieron Sócrates, y Jesús, y Bruno, y Servet, víctimas de las religiones de su tiempo, intolerantes todas cuando fueron oficiales, llamáranse paganismo, judaísmo, catolicismo, calvinismo.

En nuestro siglo XX esa lucha entre los teólogos dogmáticos y los filósofos independientes parece terminada. La constitución civil de las nacionalidades modernas ha quitado a las iglesias su antigua preeminencia dentro de los estados; la autoridad las protege con benevolencia, pero está muy lejos de considerarse como simple brazo secular de los representantes de la divinidad.

Este paréntesis me ha parecido necesario para comprender la posición de Emerson en la evolución de la moral. Juzgada con nuestro criterio de hoy, nos parecería atrasada e inexplicable; lo que en su tiempo era un ideal, hoy tiende a ser una realidad en las naciones civilizadas; otros ideales nuevos han venido a polarizar la actividad apasionada de los temperamentos idealistas.

3.--IDEALISMO Y PERFECTIBILIDAD

He pronunciado las palabras "ideales" e "idealistas"; temería enmarañar vuestras ideas si las dejara sin explicación. Idealismo, en moral, significa perfectibilidad, y expresa cierto anhelo de remontarse hacia ideales que son concebidos como perfecciones posibles de la realidad. Todo dogmatismo, todo conformismo, todo tradicionalismo, implica inmovilización en fórmulas ya establecidas, que se acatan como invariables; y lo invariable es, por definición, imperfectible, como lo es todo lo que significa adhesión inamovible a las doctrinas, costumbres y rutinas del pasado.

Es frecuente, sin embargo, que los dogmatistas de todo género, los conformistas en filosofía, en ciencia, en política, en moral, se llamen a sí mismos "idealistas", y mucha parte de la humanidad cree serlo sinceramente, confundiendo su adhesión al tradicionalismo con un "ideal". Prescindiendo de cierta fácil charlatanería que suele haber en ello, confieso que no concibo el idealismo moral separado del concepto de perfección incesante y del esfuerzo activo hacia la perfección; creo que sólo merecen el nombre de idealistas los que trabajan por aumentar la verdad y disminuir el error, los que fomentan la virtud contra la hipocresía, la dignidad contra el servilismo, el estudio contra la ignorancia, todo lo que es mejor y futuro contra todo lo que es actual e imperfecto.

Sólo por eso doy a Emerson el calificativo de idealista, y pocos hombres lo han merecido mejor que él; sólo por eso un hombre estudioso puede enorgullecerse de usar tal nombre, que los ignorantes suelen prodigar a manos llenas a los que abusan de su inocencia para incitarlos a permanecer en el error y la domesticidad. Si las palabras que usamos no fueran precisas, nunca sería claro nuestro pensamiento; y nos temblaría el labio al hablar de idealismo, si con ello contribuyéramos a confundir los innovadores con los rutinarios, los estudiosos con los holgazanes, los pensadores con los palabristas y los virtuosos con los sinvergüenza. ¿Es un ideal obstruir el crecimiento progresivo de las verdades que permiten al hombre conocer la naturaleza y adaptarse a ella? ¿Es un ideal aconsejar la aquiescencia a las mentiras consuetudinarias y a los intereses creados, perpetuando entre los hombres los privilegios y las injusticias sustentadas en la tradición? ¿Es un ideal impedir que los hombres se instruyan y se eduquen en la medida máxima compatible con sus aptitudes individuales, convirtiéndose en unidades más intensas del guarismo social? ¿Es un ideal predicar acatamiento servil al despotismo de los autócratas, a los dogmas de los teólogos, a las mentiras de los políticos, a los intereses de los enriquecidos, a las argucias de los sofistas? Avergüenza el pensar que esas cosas puedan disfrazarse con el nombre de idealismo; y más avergüenza, todavía, que ciertas literaturas espiritualistas contribuyan a sugerir que las doctrinas o las realidades del pasado pueden ser preferibles a las que sin cesar van perfeccionándose hacia el porvenir, como si idealismo pudiera significar Regresión y no Perfeccionamiento.

Es necesario no equivocarse en tan delicado problema, incesantemente embrollado por los que halagan el misticismo ancestral de los hombres y su incapacidad de prolongar su entendimiento más allá del galimatías de las palabras.

El idealismo--fuera de su sentido metafísico, que significa ideísmo por oposición a realismo--no puede concebirse sino como doctrina de la perfectibilidad moral indefinida; y es, esencialmente, la antítesis de cualquier dogmatismo moral. Los ideales éticos son hipótesis acerca de posibles perfecciones morales futuras; se forman como todas las hipótesis y como ellas sirven a los hombres que creen en su posible advenimiento. Hemos definido ya la evolución humana como un esfuerzo continuo del hombre para adaptarse a la naturaleza, que evoluciona a su vez, necesitando para ello conocer la realidad ambiente y prever el sentido de sus propias adaptaciones: los caminos de su perfección. Sus etapas, entrevistas por la imaginación humana, constituyen los ideales. Un hombre, un grupo o una raza, son idealistas porque circunstancias propicias determinan su imaginación a concebir perfeccionamientos posibles. Los ideales--si puedo repetir mi propia opinión--son formaciones naturales; aparecen cuando la función de pensar alcanza tal desarrollo que la imaginación puede anticiparse a la experiencia. No son entidades misteriosamente infundadas en los hombres, ni nacen del azar; se forman como todos los fenómenos accesibles a nuestra observación, son efectos de causas, accidentes en el devenir universal metódicamente investigado por las ciencias e hipotéticamente sintetizado por la filosofía. Los ideales no son apriorísticos, sino inducidos de una vasta experiencia; sobre ésta se empina la imaginación para prever el sentido en que variará la Humanidad, y por ello todo ideal representa un nuevo estado de equilibrio entre el pasado y el porvenir.

Partiendo de ese concepto he procurado distinguir siempre el idealismo moral, que considero admirable en todas sus formas, desde el estoicismo de Epicteto y el cristianismo de Jesús, hasta el panteísmo de Spinoza y el anarquismo de Tolstoy, del idealismo metafísico que--bien analizado--está más próximo del panteísmo que de cualquiera teología religiosa.

Se engañan o mienten--¡la eterna hipocresía!--todos los que procuran reducir el idealismo moral a cualquier forma de dogmatismo, teológico o racionalista; ideal moral significa perfectibilidad, y ninguna perfectibilidad es compatible con el concepto mismo del dogma. Por eso he dicho tantas veces que subordinar el idealismo moral a una fórmula de escuela metafísica, equivale a castrarlo; por eso he insistido en que llamar idealismo a las fantasías y supersticiones de mentes enfermizas o ignorantes, es una de tantas ligerezas fomentadas por el palabrismo discursivo.

El idealismo moral no es patrimonio exclusivo de ningún credo. Hay tantos idealismos como ideales, y tantos ideales como idealistas, y tantos idealistas como hombres aptos para concebir perfecciones y capaces de vivir hacia ellas; por eso rehusamos el monopolio de llamarse idealistas a cuantos lo reclaman en nombre de escuelas filosóficas, sistemas de moral, credos de religión, fanatismos de secta o dogmas de estética. Conocéis, probablemente, una página mía cuya lectura me permitiréis, pues la creo oportuna. "El idealismo moral no es privilegio de las doctrinas espiritualistas que desearían oponerlo al "materialismo", llamando así, despectivamente, a todas las demás; ese equívoco, tan explotado por los enemigos de las Ciencias--temidas justamente como hontanares de Verdad y de Libertad--se duplica al sugerir que la materia es la antítesis de la idea, después de confundir al ideal con la idea y a ésta con el espíritu, como entidad trascendente y ajena al mundo real. Se trata, visiblemente, de un juego de palabras, secularmente repetido por sus beneficiarios, que transportan a las doctrinas filosóficas el sentido que tienen los vocablos idealismo y materialismo en el orden moral. El anhelo de perfección en el conocimiento de la Verdad puede animar con igual ímpetu al filósofo monista y al dualista, al teólogo y al ateo, al estoico y al pragmatista. El particular ideal de cada uno concurre al ritmo total de la perfección posible, antes que obstar al esfuerzo similar de los demás.

"Y es más estrecha, aún, la tendencia a confundir el idealismo, que se refiere a los ideales, con las tendencias metafísicas que así se denominan porque consideran a las "ideas" más reales que la realidad misma, o presuponen que ellas son la realidad única, forjada por nuestra mente, como en el sistema hegeliano. "Ideólogos" no puede ser sinónimo de "idealistas", aunque el mal uso induzca a creerlo.

"Ni podríamos restringirlo al pretendido idealismo de ciertas escuelas estéticas, porque todas las maneras del naturalismo y del realismo pueden constituir un ideal de arte, cuando sus sacerdotes son Miguel Angel, Ticiano, Flaubert o Wagner; el esfuerzo imaginativo de los que persiguen una ideal armonía de ritmos, de colores, de líneas o de sonidos, se equivale, siempre que su obra trasparente un modo de belleza o una original personalidad.

"No le confundiremos, en fin, con cierto idealismo ético que tiende a monopolizar el culto de la perfección en favor de alguno de los fanatismos religiosos predominantes en cada época, pues sobre no existir un único e invariable Bien ideal, difícilmente cabría en los catecismos para mentes obtusas. El esfuerzo individual hacia la virtud puede ser tan magníficamente concebido y realizado por el peripatético como por el cirenaico, por el cristiano como por el anarquista, por el filántropo como por el epicúreo, pues todas las teorías filosóficas son igualmente compatibles con la aspiración individual hacia el perfeccionamiento humano. Todos ellos pueden ser idealistas, si saben iluminarse en su doctrina; y en todas las doctrinas pueden cobijarse dignos y buscavidas, virtuosos y sin vergüenza. El anhelo y la posibilidad de la perfección no es patrimonio de ningún credo: recuerda el agua de aquella fuente citada por Platón, que no podía contenerse en ningún vaso.

"La experiencia, sólo ella, decide sobre la legitimidad de los ideales, en cada tiempo y lugar. En el curso de la vida social se seleccionan naturalmente; sobreviven los más adaptados, los que mejor prevén el sentido de la evolución; es decir, los coincidentes con el perfeccionamiento efectivo. Mientras la experiencia no da su fallo, todo ideal es respetable, aunque parezca absurdo. Y es útil, por su fuerza de contraste; si es falso muere solo, no daña. Todo ideal, por ser una creencia, puede contener una parte de error, o serlo totalmente: es una visión remota y por lo tanto expuesta a ser inexacta. Lo único malo es carecer de ideales y esclavizarse a las contingencias de la vida práctica inmediata, renunciando a la posibilidad de la perfección moral."

Me detengo en la lectura. Cuando hablamos de idealismo moral, sea en un individuo o en una sociedad, ¿qué es, exactamente, lo que expresamos? Que ese individuo o esa sociedad poseen ideales de perfeccionamiento y actúan en consonancia con su realización posible.

En ese inequívoco sentido, nadie mejor que Emerson merece llamarse idealista; cuando llamó al conjunto de sus orientaciones _idealismo trascendental_ no quiso adherir estrictamente a la doctrina platónica de las ideas ni a la concepción metafísica hegeliana, sino expresar ese panteísmo naturalista que le inducía a contemplar la divinidad abstracta de las cosas y mostrar como digna de veneración la arquitectura moral del universo. Podríamos, también, acercar ciertas ideas de Emerson con otros modos de ver convergentes a postular la eficacia de las ideas abstractas, de las ideas-fuerzas y de las creencias sobre la conducta, en una heteróclita familia de pensadores que englobarían desde Kant hasta Fouilléc y hasta William James, que se han referido a un mismo asunto hablando idiomas heterogéneos.

Os pido, aquí, una atención más firme para comprender con exactitud lo que va a seguir; no son ideas de Emerson, pero nos permitirán comprender mejor la posición del moralista de Concord en la evolución ética del siglo XIX.

4.--EL DOGMATISMO TEOLÓGICO EXCLUYE LA PERFECTIBILIDAD

Trataré de ser claro y preciso; todo lo confuso o vago, aunque sea grato al oído, es sospechable de involuntario error o de obsecuencia deliberada a los errores de los demás.

La historia de la ética, desde sus primeras concreciones hasta nuestros días, es una lucha constante entre dos géneros de sistemas morales: los unos--religiosos y dogmáticos--incompatibles con cualquier ideal de perfeccionamiento, y los otros--filosóficos e independientes--más o menos compatibles con la posibilidad de ideales.

Presiento vuestra objeción: ¿Cómo podría negarse que los creadores y apóstoles de religiones se han propuesto el perfeccionamiento moral de la humanidad?

No se puede negar; y sería insensato negarlo. Pero la objeción--aunque parezca--no se refiere a lo que antes dije. Si habéis leído, como es seguro, el libro de William James sobre la experiencia religiosa, recordaréis este párrafo: "al juzgar de un modo crítico el valor de los fenómenos religiosos, es importantísimo insistir en la distinción entre la religiosidad como función individual personal y las religiones organizadas como iglesias colectivas. Ya recordaréis que hice indicaciones respecto a dicha distinción. La palabra "religión", tal como se usa ordinariamente, es equívoca. La historia nos demuestra que, por lo general, los genios religiosos atraen discípulos a su alrededor y producen grupos que simpatizan con ellos. Cuando estos grupos son suficientemente fuertes para "organizarse", se convierten en instituciones eclesiásticas con ambiciones corporativas particulares. El espíritu de la política y el gusto por las reglas dogmáticas pueden entonces invadir y contaminar las cosas más inocentes en su origen; de modo que cuando actualmente oímos la palabra "religión", pensamos por necesidad en alguna "iglesia" u organización semejante. En algunas personas la palabra "iglesia" sugiere de tal manera la idea de hipocresía, tiranía, bajeza y aferramiento a toda superstición, de un modo general e indeterminado, que se envanecen diciendo "que son absolutamente contrarias a toda religión"; y hasta los que pertenecen a una Iglesia determinada, no libran de una condena general a los que pertenecen a otras".

Si entendéis bien, eso quiere expresar que la religiosidad (como sentimiento personal) nada tiene que ver con los dogmas (como teología eclesiástica); la religiosidad es común a todos los creyentes, los dogmas son particulares de cada iglesia. De allí que la perfectibilidad sea un anhelo frecuente en los individuos de intensa religiosidad, al mismo tiempo que está cohibida por los sistemas morales establecidos en las teologías.

La noción de dogma en la historia de las religiones es inequívoca; podéis leer su examen metódico en el excelente libro _La evolución de los dogmas_, de Guignebert, profesor de historia del cristianismo en la Sorbona. Un dogma--dice--es, a la vez, una verdad infalible y un precepto inviolable, revelado directamente por la divinidad o por sus elegidos, o indirectamente inspirada a hombres que tenían calidad particular para recibirla. El dogma debe ser acatado tal como lo ha definido y formulado de conformidad con la inspiración divina, una autoridad cuya competencia es indiscutida; la palabra de la autoridad, el dogma, expresa la verdad absoluta y debe ser objeto de fe inmutable, puesto que la divinidad no se engaña nunca ni puede engañar. "Tal es por lo menos la teoría. Revelación, autoridad, inmutabilidad, son sus tres cualidades principales. La razón, fundamento necesario de los dogmas filosóficos entre los griegos, no tiene aquí otro rol que el de aceptar las proposiciones dogmáticas y justificarlas si puede". Sabido es que no tienen otra función las Teologías y las Apologéticas, destinadas a sistematizar y defender los dogmas de las diversas religiones.