Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo
Part 7
En mi libreta de viaje consigné la anécdota; es una explicación psicológica del optimismo, tal vez la más importante. Los hombres sanos de cuerpo y de mente son, generalmente, optimistas y afirmativos; los enfermos y los desequilibrados suelen ser pesimistas y escépticos. La salud es bondad, tolerancia, firmeza, simpatía, solidaridad, admiración; los temperamentos equilibrados ignoran la maldad, la persecución, la inconstancia, el odio, el egoísmo, la envidia. Emerson tuvo la moral que correspondía a su salud y a su equilibrio: sus ideales fueron la resonancia harmónica de una hermosa Naturaleza en un Organismo ejemplar.
8.--LA CONFIANZA EN SÍ MISMO
Muy característico entre los ensayos de Emerson es, sin duda, el titulado _Confianza en sí mismo_. Su tono individualista llega, por momentos, a parecer antisocial; es el más citado por los místicos anarquistas y recuerdo que en mi adolescencia fué el primero que leí, inducido a ello por un condiscípulo ácrata.
El ensayo es, rigurosamente, un sermón por su estilo declamatorio, obsecrativo en ciertos pasajes; su verdadero tema es _la expansión de la personalidad humana_. Habitualmente sólo la mostramos a medias, condescendiendo a la hipocresía social: "se diría que tenemos vergüenza de ese pensamiento divino que cada uno de nosotros representa. Es necesario, sin embargo, confiar en ella con seguridad, considerándola proporcionada a nuestras fuerzas y segura de no fracasar, con tal que la interpretemos fielmente. Dios no quiere que su obra sea realizada por cobardes. Un hombre se siente aliviado y contento cuando ha puesto todo su corazón en su obra, cuando ha hecho lo mejor que podía. Lo que ha dicho y hecho de otro modo, no lo satisface". Es el grito del romanticismo individualista, la palabra de rebelión que reivindica los derechos de la personalidad contra toda coacción social: "_Cree en tí mismo_: vibre todo corazón a este llamado inflexible. Acepta el sitio que el destino te ha dado, la sociedad de tus contemporáneos, el encadenamiento de los sucesos. Los grandes hombres lo han hecho siempre, confiándose como niños al genio de su época, reflejándolo en sus obras; esa confianza absoluta penetraba en sus corazones y la misión de trabajar por sus manos dominaba todo su ser. Nosotros también somos hombres y debemos aceptar, en su sentido más elevado, ese mismo destino sublime; no somos menores ni inválidos refugiados en un rincón de asilo, ni cobardes fugitivos ante una revolución, sino guías, salvadores, benefactores, obedeciendo a un esfuerzo omnipotente y avanzando sobre el caos de las tinieblas". El egotismo no fué mayor en Stendhal o en Vigny; es digno, por su tono, de compararse con el de Stirner o Nietzsche.
Su paralelo entre la libertad del niño y la esclavitud del hombre es interesante. El niño hace lo que quiere con espontaneidad y dice naturalmente lo que piensa. "Un niño en un salón es como un banquero en una casa de juego: independiente, irresponsable, mira desde su rincón a las gentes que pasan, juzgándolas, pronunciando su sentencia según sus méritos, y calificándolas con la sumaria viveza de los niños, en buenos, malos, interesantes, tontos, aburridos. No estorbándole su interés ni las consecuencias de sus palabras, da su veredicto independiente y sincero. Hacedle la corte, si queréis; él no os la hará nunca. El hombre, en cambio, está, por decir así, aprisionado por su experiencia. En cuanto habla o hace cosas significativas, está perdido; queda vigilado por el odio o la simpatía de muchos centenares de hombres, cuyos juicios y sentimientos gravitan sobre él para siempre". Si continuara observando y juzgando, desde lo alto de su inocencia natural, ese hombre podría ser una personalidad formidable y su palabra llegaría al oído de todos como un dardo; pero la sociedad conspira, en todas partes, contra la virilidad de cada uno de sus miembros. La sociedad es como una compañía de accionistas que se entienden para el progreso del conjunto, sacrificando la libertad y la expansión de cada uno: "la virtud más deseada es la _conformidad_ con los demás; se llega a odiar a los que confían en sí mismos. No son las cualidades reales y los espíritus creadores, los que allí se ama, sino las reputaciones y los intereses creados. El que quiere ser un hombre debe ser un _no-conformista_. El que quiera adquirir palmas de inmortalidad no debe dejarse detener por lo que se llama convencionalmente el bien; debe averiguar por sí mismo si lo es realmente. Nada es sagrado fuera de la integridad de vuestra propia conciencia moral. Si os podéis absolver vos mismo, tendréis el sufragio del mundo".
Meditad las tres últimas frases: son la sinopsis de su moral sin dogmas. La obligación y la sanción no emanan ya de lo sobrenatural, sino del hombre. La clásica _confianza en Dios_ de las morales teológicas se ha convertido en la _confianza en sí mismo_; y es el hombre ahora la única divinidad que dirige la experiencia moral.
Observa que, en la apreciación popular, las virtudes son más bien la excepción que la regla: existe el hombre y existen las virtudes, por separado. Los hombres hacen lo que llaman buenas acciones, como si pagaran un impuesto para ser bien juzgados. "Sus virtudes son penitencias. Yo no quiero expiar, sino vivir. Mi vida existe por sí misma y no para darla en espectáculo. Prefiero dejarle un curso modesto pero igual y natural, a hacerla brillante y contradictoria. La quiero sana y dulce, y no irregular, precisada de dietas y sangrías". El juez de la propia virtud debe ser uno mismo, sin esperar el juicio de los demás sobre las propias acciones. "No consiento en pagar como un privilegio, lo que considero mi derecho intrínseco". "Lo que debo hacer es cosa que concierne a mi personalidad y no lo que las gentes creen que debo hacer". "En la sociedad es fácil vivir ajustándose a la opinión de los demás; vivir de acuerdo con la nuestra, sólo es posible en la soledad. El gran hombre es aquél que conserva en el mundo, con perfecta dulzura, la independencia de la soledad". Renunciemos a seguir leyendo; sobre este último tópico hay una página casi perfecta (en _La Ética Literaria_), la que empieza aconsejando al hombre de estudio que abrace la soledad como una esposa.
En el ensayo sobre la confianza en sí mismo, Emerson se nos presenta en la fase juvenil y negativa común a todos los románticos; su afirmación de la personalidad es francamente hostil a toda solidaridad social. Es un anarquista en el sentido más riguroso de la palabra, un stirneriano antes de Stirner, un nietzcheísta antes de Nietzche.
Pero en Emerson, como en los más de los románticos, y especialmente en los sansimonianos y los fourieristas, la rebelión contra el dogmatismo social transformóse muy pronto en un verdadero y propio _mesianismo_, en un anhelo de reforma social, de reconstrucción conforme a planos ideales que siempre se pretenden fundamentados en la observación de la realidad social. Si no queremos estudiar esa evolución en Leroux o Fourier, en quienes aparece evidente, bástenos comparar el Echeverría quejumbroso y descorazonado, el poeta romántico del año treinta, con el Echeverría profético y optimista de la "Asociación de Mayo". En todo el mundo la segunda generación romántica engendró una corriente política y de acción, el romanticismo social, que en Emerson fué predominante en la época del "Club de los Trascendentales". Fué entonces cuando vió que la renovación moral del hombre, su perfeccionamiento, sólo era posible por la renovación global de la sociedad; desde esa época, como complemento de la educación individual por la confianza en sí mismo, señala la educación social para la solidaridad y la justicia. Y así como antes viera el más alto fin de la ética en la reintegración del hombre a la armonía de la naturaleza, comprendió que la sociedad humana podía volver también a esas fuentes, poniéndose el individuo y la sociedad juntos en un mismo camino de perfección, adaptándose a la verdad, tal como la naturaleza la presenta a nuestra experiencia.
Afirmando la intensa profundidad de toda vida humana, Emerson ha enseñado a amar la vida, mostrando que la personalidad más humilde es susceptible de embellecerse y dignificarse, si sabe buscar en sí misma las fuerzas morales de su propio encumbramiento. No es el rango, no es la fortuna, no es el poder, lo que hace la grandeza de un hombre, sino su capacidad de ser intensamente tal como es por su naturaleza, expandiéndose espontáneamente, por la fuerza de su savia interior, sin torcerse bajo el peso de las coacciones sociales que espolonean la mentira y fomentan la vanidad. En esta orientación sus palabras alcanzan un tono místico, mezcla de poesía íntima y de exaltación egotista, que, sin embargo, no le impide reiterar su obsecuencia a la verdad y predicar todas las virtudes útiles a la vida social, al trabajo, a la fraternidad, a la paz, a todo lo que se estima provechoso para mejorar la existencia de la humanidad. Fuerza es reconocer que, juzgado en conjunto, difícilmente podría nombrarse un místico más realista, ni un individualista más social. Su temperamento fué sin cesar integrado por su experiencia.
9.--LA BELLA NECESIDAD
Si hubiéramos de analizar, uno por uno, todos los ensayos de Emerson, prolongaríase nuestra tarea sin mayor provecho. Casi todos los problemas sociales, de actualidad en su medio y en su época, merecieron un comentario suyo, siempre perspicaz.
Su imaginación vagó en torno de la naturaleza, de lo divino y de lo moral, con la singularidad de oponerse tenazmente a toda noción de lo sobrenatural y de confiar en los buenos métodos de investigación; sólo vemos fe en esta confianza, desde que nunca los había aprendido ni practicado. Su misticismo tradújose por una rebeldía a preceptos, cánones, dogmas, a todo lo que representa un intermediario entre el espíritu humano y la divinidad misma, incesantemente confundidos en sus escritos. Cuando execra la decadencia moral de su tiempo y augura "la vuelta a lo divino", su estilo se eleva por momentos hasta el de Ruysbroek o Teresa de Ávila, pero su pensamiento sigue estando cerca de Marco Aurelio o de Spinoza. Y del estoicismo, y del panteísmo, parecería haber heredado Emerson el sentimiento poderoso de la fatalidad, más próximo del determinismo moderno que del fatalismo alejandrino, musulmán o quietista, a pesar de su lenguaje.
En el ensayo titulado _Fatalidad_ dice que ella se encuentra en la materia, en el espíritu, en la moral, en las razas y en los acontecimientos, lo mismo que en el pensamiento y en el carácter. Pero, a su vez, arguye: "la fatalidad tiene un amo, el límite está limitado, aunque la fatalidad es inmensa, la potencia o voluntad de querer, ese otro hecho de un mundo de dos caras, también es inmenso. Si la fatalidad sigue y limita a la potencia, la potencia acompaña y combate a la fatalidad... El espíritu no puede negar su libre voluntad; atreviéndonos a afirmar esa contradicción, diremos que "la libertad es una cosa necesaria en sí". Si queréis tomar partido por la fatalidad y decir que la fatalidad es todo, entonces diremos que "la libertad del hombre es una parte de la fatalidad". La facultad de elegir y de obrar brota eternamente del espíritu. La inteligencia anula la fatalidad. En cuanto un hombre piensa, es libre". Este párrafo, con más triquiñuelas verbales que razones, pertenece al número de los que suelen emplearse para no molestar las preocupaciones ancestrales del público inculto: ése es el insensato palabrismo razonante que las ignorantes confunden con la filosofía y con la metafísica, poniéndola en ridículo ante las personas capacitadas para descubrir la absoluta vaciedad de las palabras y el carácter delirante de tales razonamientos faltos de sentido. Creo por eso, como Emerson lo reconoce al elogiar la soledad, que el filósofo debe ser la antítesis del retórico, para no convertirse en involuntario eco de las supersticiones de la multitud que le aplaude. El arquetipo del filósofo es Spinoza; Cousin es el arquetipo del exitista.
Toda vez que un pensador desciende a seducir el público, disfrazando de equívocas palabras su pensamiento, corre, como Emerson, el peligro de caer en disquisiciones intrínsecamente "conformistas" aunque ellas sean juegos malabares para hacer menos violenta la exposición de ideas "no-conformistas". Emerson no encuentra en el terreno de la ética práctica ciertos principios que la lógica pura demuestra absurdos, como hace Kant. No es eso; Emerson, por el contrario, después de hacer sonar su hojalatería sobre la libertad espiritual, termina su ensayo con cuatro invocaciones poéticas a la fatalidad, tan propias de su panteísmo como incompatibles con su librearbitrismo.
Antes de leerlos recordemos que entre los puritanos tuvo siempre poco arraigo la creencia en la libertad moral; su dogma básico, de la gracia o de la predestinación, conducía lógicamente al sentimiento de la fatalidad. Emerson no hizo sino transferir a las leyes de la Naturaleza la confianza que ellos tenían puesta en el Destino. Contra lo que a primera vista parecería, esa idea de la fatalidad es un verdadero instrumento de acción para los que se han trazado un camino en la vida: vivir es ser fiel a su propio itinerario, recorrerlo sin descanso, como quien cumple realmente un destino irrevocable, sin tropezar en esas deliberaciones sucesivas que exponen a vivir fragmentariamente. Recuerdo esta observación psicológica y moral, de que sin duda se reirían los viejos metafísicos que sólo veían en la libertad un tema para ejercitar su razón razonante: "los más grandes profesores de energía tienen poco interés por el libre albedrío".
¿Os sorprende? Escuchad a Emerson, al maestro de la confianza en sí mismo.
"Elevamos altares a esa bella unidad que mantiene a la naturaleza y a las almas en una perfecta continuidad, y que obliga a cada átomo a servir a un fin universal. No es la extensión de nieve, el capullo, el paisaje estival, el esplendor de las estrellas, lo que me maravilla, sino la belleza necesaria, o, si queréis, la necesidad de belleza que gravita sobre el universo; que todo deba ser pintoresco y lo sea; que el arco iris, la curva del horizonte y la comba del cielo deban ser resultados del mecanismo del ojo. No necesito que ningún aficionado tonto venga a guiarme para admirar jardines, una nube dorada o una cascada, desde que no puedo abrir los ojos sin ver algo impregnado de esplendor y de gracia. Cuán vana es esa elección de tal o cual chispa dispersa al azar, cuando la necesidad inherente a las cosas enciende la llama de la belleza en la frente del caos y denuncia que la intención central de la naturaleza es ser armonía y dicha.
"Elevemos altares a la bella necesidad. Haber creído libres a los hombres, en el sentido de que una voluntad antojadiza puede dominar la ley de las cosas, es como pretender que un dedo de niño puede hacer caer el sol. ¿Si en la menor de las cosas el hombre pudiera alterar el orden de la naturaleza, quien querría aceptar el don de la vida?
"Elevemos altares a esa bella necesidad que nos prueba y nos asegura que todo está hecho de una pieza, que el acusador y el acusado, el amigo y el enemigo, el animal y el planeta, el alimento y quien lo consume, son de la misma y única especie. El espacio astronómico es inmenso, pero ningún sistema le es extraño. Los tiempos geológicos son inconmensurables, pero han regido en ellos leyes semejantes a las actuales. ¿Porqué nos espantaría la naturaleza, en que están objetivadas la filosofía y la teología? ¿Porqué temeríamos ser aplastados por los elementos de la naturaleza, si estamos hechos de esos mismos elementos?
"Elevemos altares a esa bella necesidad que torna valiente al hombre, enseñándole que él no puede evitar un peligro seguro, ni exponerse a otro ficticio; a esa necesidad que nos conduce, ruda o dulcemente, a la noción de que no hay azar ni acontecimientos fortuitos; que la ley regula toda existencia,--una ley que no es inteligente, pero que es la inteligencia,--que no es personal ni impersonal; que desdeña las palabras y sobrepasa al entendimiento; que disuelve las personalidades, que vivifica la naturaleza y que sin embargo invita al corazón puro a apoyarse sobre toda su omnipotencia".
Hermosa página literaria, sin duda; basta meditar sobre ella un minuto para comprender que para Emerson necesidad es fatalidad; lo de suponer que la ley de necesidad "es la inteligencia, sin ser inteligente", es una tímida portezuela de palabras que Emerson deja entreabierta para los hombres "inteligentes y libres" que podrían sentirse humillados ante los altares elevados a la bella necesidad. ¿Para qué detenernos? Emerson confiesa en ese mismo ensayo que está fuera de la lógica, tal como lo estuvo Kant a pesar de sus refinadas argucias dialécticas: "a pesar de todo, es _sano_ para el hombre no considerar las cosas desde el punto de vista de la fatalidad, sino desde el de la libertad: es la manera práctica de encarar la cuestión". Podríamos, una vez más, traducirlo en lenguaje claro, diciendo que la ilusión de la libertad es útil y sirve al hombre como si realmente existiera. Pero, ya lo hemos dicho, ciertas ideas, expresadas con exactitud, no tienen gracia; el encanto trascendental desaparecería sin la vaga atmósfera de inexactitud que lo hace parecer más hondo y misterioso...
10.--FUNCIÓN SOCIAL DEL NO-CONFORMISMO
A pesar de estas condescendencias verbales a las preocupaciones dominantes en su medio, Emerson, fué temido en su edad viril como hereje peligroso, aunque en su larga ancianidad fué venerado hasta por sus antiguos contendores.
Reconozcamos que la sociedad es enemiga de toda verdad que perturbe sus creencias más ancestrales.
Frente a los hombres que le traen un nuevo mensaje su primera actitud es siempre hostil; vive de esas "mentiras vitales" cuyo símbolo expresivo nos dió Ibsen en _El Pato Salvaje_. ¡Qué sería de ella sin esos grandes caracteres que de tiempo en tiempo desafían su encono predicando alguna partícula de "verdad vital"!...
Todos los que reforman y crean, mientras lo hacen, son _no-conformistas_ y herejes: contra las rutinas sociales, contra las leyes políticas, contra los dogmas religiosos. Sin ellos sería inconcebible la evolución de las ideas y de las costumbres colectivas, no existiría posibilidad de progreso social. Emerson, tantas veces acusado de herejía, pudo, ciertamente, consolarse pensando que también Cristo había sido hereje contra la rutina, contra la ley y contra el dogma de su pueblo, como lo fuera antes Sócrates, como después lo fué Bruno. Y acaso pensaría también en el común destino de todas las víctimas del conformismo: la humanidad venera por siglos sus nombres, ignorando el de sus perseguidores.
Porque existe,--podemos creerlo,--una conciencia moral de la humanidad que da su sanción. Tarda a veces, cuando la disputan los contemporáneos; pero llega siempre, y acrecentada por la perspectiva del tiempo, cuando la discierne la posteridad.
=LA ÉTICA SOCIAL=
1. Integración del pensamiento emersoniano.--2. La autonomía de la experiencia moral.--3. Idealismo y perfectibilidad.--4. El dogmatismo teológico excluye la perfectibilidad.--5. Valor social de la herejía.--6. Las morales independientes.--7. Insuficiencia de los dogmas racionales.--8. La ética social en las iglesias norteamericanas.--9. Su influencia sobre las iglesias inmigradas.--10. Ciencias morales sin dogmatismos.--11. El solidarismo.
1.--INTEGRACIÓN DEL PENSAMIENTO EMERSONIANO
Renovarse o morir, dijeron los renacentistas en el siglo XVI; renovarse o morir, ha repetido el siglo XIX. No dudéis que en el siglo nuestro y en los venideros será ésa, y ninguna otra, la fórmula, de los hombres y de las naciones que aspiran a tener un porvenir mejor que su pasado. La juventud es, por definición, capacidad renovadora; la virilidad misma sólo se mide por la aptitud de renovarse parcialmente dentro de las orientaciones ya adquiridas. Cuando ella se apaga, cuando se miran con temor las ideas y los métodos que son piedras miliares en el sendero del porvenir, podemos asegurar que un hombre o una nación comienzan a envejecer; y si el temor se convierte en odio sordo, en suspicacia hostil, es un signo inequívoco de irreparable decrepitud.
Sabemos muy bien, pues lo enseña la experiencia de siglos, que los grandes renovadores nunca han visto realizarse íntegramente sus ensueños; es destino común de todos los futuristas ver que la realidad reduce a términos exiguos sus ideales, como si la sociedad sólo pudiera beber muy aguada la pura esencia con que ellos embriagan su imaginación. Pero no es menos cierto que en las reclamaciones exageradas de los ilusos y utopistas están contenidas las pequeñas variaciones éticas y sociales que, en su conjunto, constituyen el progreso efectivo. ¡Alabados sean todos los hombres que equivocándose como ciento auguran a sus semejantes un beneficio igual a uno! ¡Alabados sean todos los que arrojan semillas a puñados, generosamente, sin preguntarse cuántas de ellas se perderán y sólo pensando en que la más exigua puede ser fecunda! Para el perfeccionamiento moral de la humanidad son inútiles los que se ajustan escrupulosamente a los resultados de la experiencia pasada, sin arriesgarse a tentar nuevas experiencias; son los innovadores los únicos que sirven, descubriendo un astro o encendiendo una chispa. Y si bien es personalmente más cómodo no equivocarse nunca a errar muchas veces, para la humanidad son más provechosos los hombres que, en su afán de renovarse, para acertar una vez, aceptan los inconvenientes de equivocarse muchas.
Es más cómodo, pensaréis, dejar a otros la función peligrosa de innovar, reservándoos el tranquilo aprovechamiento de los resultados. Cuestión es ésta que los epicúreos de todos los tiempos han resuelto según su temperamento; pero es indiscutible que los renovadores de las ciencias, de las artes, de la filosofía, de la política, de las costumbres, son los arquetipos selectos, las afortunadas variaciones de la especie humana, de que la naturaleza se ha valido para revelar a los demás hombres alguna de las formas innumerables en que deviene incesantemente el porvenir.
Emerson fué de estos elegidos, en su tiempo y para su medio. Emerson fué joven y fué viril, al revés de esos jóvenes de años que nacen viejos de inteligencia y de corazón, esclavos de los errores tradicionales e impermeables a las verdades nuevas. Emerson supo ver y supo anunciar, antes que otros, un aspecto del mundo moral que estaba ya maduro para renovaciones provechosas. Y no calló lo que entreveía y deseaba: renunció a la tranquilidad epicúrea de gozar en silencio, se expuso a las heridas de los rutinarios y de los pasadistas. Por eso su nombre es amado por toda una raza joven, que ha visto ya realizarse una parte de sus ilusiones y ha dado algunos pasos hacia la religión sin doctrinas y hacia la moral sin dogmas.
Siempre observando, siempre estudiando, siempre reflexionando, con esa inquietud sin sosiego que mantiene despierta nuestra curiosidad sobre la infinita Naturaleza que nos rodea, Emerson conservó hasta la edad viril la plasticidad mental de la juventud. Y supo renovarse, cuando fué menester; no volviendo atrás, sino mirando más lejos. Cuando su doctrina o su actitud juvenil le pareció insegura o incompleta, en vez de cerrar los ojos para volver a los errores tradicionales, buscó nuevas fórmulas que superasen el presente y se adaptasen al porvenir que devenía. Para decirlo con exactitud: cuando le pareció imperfecta su moral independiente e individualista, en vez de retrogradar a la moral sobrehumana y dogmática, fijó su pensamiento en la ética social. En eso se distingue el hombre mentalmente superior del inferior: el primero, cuando duda, rectifica su marcha y sigue adelante; el segundo, incapaz de sobreponerse a la dificultad, desiste y vuelve atrás. Esto, lo mismo que en la ética, ocurre en todos los dominios de la filosofía.