Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo
Part 6
Hemos dicho, con esto, que Emerson es panteísta. No sabríamos explicar, pues no lo comprendemos, en qué medida su teísmo absoluto se distingue de un absoluto ateísmo; lo mismo nos ocurre, por otra parte, con la casi totalidad de los panteístas. Adviértase, en efecto, que el panteísmo oscila entre dos posiciones metafísicas extremas que parecen confundirse; habréis oído decir que se tocan todos los extremos. Una verdadera substanciación de lo infinito en lo finito, de Dios en la Naturaleza, como lo sugieren todos los panteísmos de tipo emanatista, implica una explicación verbal de la divinidad como causa de la naturaleza misma, sin que nada distinga o separe a la una de la otra; equivale, a lo sumo, a decir que la Naturaleza es todo lo que conocemos de Dios. No nos es posible, por otra parte, examinar de buena fe ningún sistema idealista absoluto sin tener la impresión de que su autor es ateo: Hegel lo es tanto como Spinoza; sus concepciones, en este punto, se distinguen por palabras: Hegel llama devenir eterno de la "idea" a lo que Spinoza concibe como transfiguración eterna de la "sustancia". No perdamos de vista que el idealismo y el materialismo absolutos, como doctrinas metafísicas monistas, sólo se diferencian por su vocabulario, aunque, claro está, es más cómodo adoptar el primer nombre y aborrecer el segundo, por el equívoco moral difícilmente evitable al pronunciar esas palabras. Hay en todo esto bastante chicana verbalista y resulta evidente que muchos filósofos--ateos respecto de la religión efectiva en su medio--han procurado disfrazar su pensamiento. ¿Concebir el universo material como la emanación del "Espíritu"--en vez de "Dios"--no equivale a la posición del monismo energético? ¿Sustituyendo las palabras espíritu y energía se modifica en lo esencial esta hipótesis metafísica? Cambia, es cierto, con el nombre, la asociación a la hipótesis metafísica central de otras nociones secundarias, históricamente implicadas en las diversas denominaciones de un mismo sistema cuyos elementos evolucionan.
El panpsiquismo es lo que más se parece en metafísica al materialismo; el panteísmo es lo que hay de más semejante al ateísmo. Infundir el espíritu en toda la materia es lo mismo que negarlo aparte de ella, aunque permita divagar ilimitadamente pretendiendo lo contrario; poner en toda la Naturaleza a Dios, equivale a negar que haya dioses fuera de ella. Todos estos modos de hablar en difícil, podéis reducirlos, sin temor de equivocaros, a un tipo único de doctrinas monistas, o sea concepciones metafísicas del universo convergentes a la unidad.
El problema, hablando en fácil, es otro: monismo o dualismo; hay también quien habla de pluralismo, ya sea como variante del primero, ya como complicación del segundo. Ése es el problema efectivo: Dios y Naturaleza, Espíritu y Realidad, Noumeno y Fenómeno, Alma y Cuerpo, Energía y Materia. Todo eso es dualismo, y en todas sus expresiones equivale siempre a esto: causas imponderables e inaccesibles a la experiencia moviéndose en un plano distinto del que podemos conocer, sólo accesibles a la hipótesis pura, no como abstracción de experiencia sino como invención absoluta, asuntos de fe para muchos, demostrables por la razón según pocos.
Emerson, para entendernos, es monista y no dualista, aunque su lenguaje poco exacto sugiera a veces lo contrario; francamente, creo que solía equivocarse a propósito, para no contrariar a una sociedad religiosa sobre un asunto metafísico al que él mismo no atribuía la menor importancia práctica. Agregaré, en su disculpa, que en la mayor parte de los panteístas suelo descubrir la misma actitud deferente hacia las creencias sociales más difundidas. Es una explicable galantería, ya que la humanidad tiene horror al ateísmo.
Emerson llama Dios a la naturaleza y Espíritu al pensamiento humano, dejando que cada cual lo entienda de acuerdo con sus opiniones. A buen entendedor... Y le entendieron, sin duda, los teístas y animistas legítimos que durante su época de predicación militante le acusaron mil veces de ateísmo, sin mezquinarle el cargo de "hipocresía", de aquella "hipocresía unitaria" enrostrada ya a Channing y los suyos.
Emerson da quinientas explicaciones distintas de la Divinidad: "fuerza imponderable", "ley invisible", "inteligencia misteriosa", "motor supremo", "realidad del todo", "esencia de la naturaleza", "perfectibilidad infinita", etc.; pero siempre, invariablemente, afirma que la Divinidad es inherente a toda la naturaleza y está difundida en todas las partes que constituyen su unidad. Basta entregarse, sin intermediarios a la Suprema Sabiduría, que está en todo lo que existe, para identifificarse con la Divinidad, reconocerse parte de ella, ser ella misma. Así, insensiblemente, a través de la ambigüedad verbal, Emerson sugiere que _la Divinidad es la perfección moral que pone al hombre en harmonía con la naturaleza_.
6.--ÉTICA NATURALISTA
El concepto panteísta de la divinidad, que convierte a Dios en una abstracción pura, en una fórmula, contrasta evidentemente con otros sentimientos ancestrales de la humanidad, que llevan a concebir uno o más Dioses con realidad propia, ajenos a la Naturaleza, Dioses vivos y actuantes, con aptitudes o funciones distintas de las humanas, capaces de justicia y de perfección absolutas. Las religiones de cepa judía postulan en esa forma extranatural la hipótesis de un Dios creador y árbitro del universo, con o sin una corte de pseudodioses menores, imaginados, aquél y éstos, a semejanza del hombre; toda otra interpretación equivale, para ellas, a negar la divinidad misma.
En esa distinción entre lo sobrenatural y lo natural se fundan las relaciones entre lo humano y lo divino, fuente de toda ética religiosa.
La lógica pura se satisface con el panteísmo; la moral práctica, no. Este escollo le es común con los otros sistemas monistas; para salvarlo, el propio Kant, tuvo que evitar el monismo a que la conducía su _Crítica de la Razón Pura_--que es una "Lógica"--postulando el dualismo que fluye de su _Crítica de la Razón Práctica_--que es una "Ética".
Emerson presenta la clásica antinomia del "mundo físico" y del "mundo moral" como un simple documento de la experiencia, sin preocuparse de plantearla como un problema metafísico. Se limita a afirmar la correlación o paralelismo entre todo lo físico y todo lo moral; análoga actitud, cómoda aunque extrafilosófica, ha adoptado el moderno paralelismo psicofísico, que así evita plantearse el problema del alma, eliminándolo de la psicología y relegándolo a la metafísica.
Ciertas contradicciones en que Emerson incurre, disculpables en un moralista y corrientes en la literatura de imaginación, serían inconcebibles en un filósofo digno de este nombre. Escuchad: "toda la naturaleza es la imagen del espíritu humano", dice, y agrega: "las leyes del espíritu dependen de la harmonía de la naturaleza". ¿Os parece lo mismo?; reflexionad un minuto y comprenderéis que es exactamente lo contrario; lo primero implica idealismo a lo Hegel, lo segundo sensacionismo a lo Codillac. "Dios está vibrante en todo y lo vemos en todas las cosas de la naturaleza" y "la Naturaleza, y sólo ella, es toda la divinidad", son proposiciones que implican concepciones opuestas de la divinidad, aunque parecen decir lo mismo; la primera proposición es conciliable, por ejemplo, con la filosofía Vedanta, con Parménides, con los alejandrinos; la segunda con la filosofía Sankhya, con Heráclito, con los estoicos. Panteístas todas, ciertamente, pero las unas precursoras del espiritualismo trascendental y las otras del naturalismo trascendental; místicas aquéllas y realistas éstas; emanando las unas lo finito de lo infinito, concretando las otras lo infinito en lo finito.
Emerson no trata esas cuestiones. Para él, moralista y no metafísico, después de establecida la correlación entre el mundo moral y el mundo físico, todo el problema de la ética se resuelve en seguir la Naturaleza, que marca el sendero de la perfección. El hombre puede equivocarse y decaer; la naturaleza no se equivoca ni decae. Es, pues, la maestra del hombre, la que le vuelve al buen camino. Es el reflejo o la objetivación del espíritu divino: "un paisaje--dice--es una cara de Dios". No pudiendo comprender a Dios en sí, aconseja estudiarle en la Naturaleza, cuyas leyes son morales y deben ser escuchadas como la mismísima palabra divina.
En su famoso discurso de 1838 expresó esa idea de un culto puro de leyes morales abstractas, independientemente de cualquier dogma religioso. "Estas leyes se ejecutan por sí mismas. Están fuera del tiempo, fuera del espacio y no sujetas a las circunstancias. Así, en el alma del hombre existe una justicia cuyas atribuciones son inmediatas y completas. Aquél que cumple una buena obra, queda al instante ennoblecido. El que ejecuta un acto bajo y vil, es por el hecho mismo rebajado. Aquél que rechaza la impunidad, se viste por esta sola razón de pureza. Si un hombre es justo de verdadero corazón, es Dios en cuanto es justo; la certeza, la inmortalidad y la majestad de Dios entran, con la justicia, en aquel hombre. Si un hombre cambia, traiciona y engaña, por esto mismo se engaña a sí mismo, y sale de su propia conciencia moral; el carácter llega siempre a ser conocido. El hurto no enriquece; la limosna jamás empobrece a nadie; del asesino hablan hasta las paredes. La más ligera sombra de fraude, destruye espontáneamente todo buen efecto. En cambio, decid siempre la verdad, y todas las cosas hablarán en favor vuestro; hasta las raíces de las hierbas parecerán moverse bajo la tierra, para exaltaros. Porque todas las cosas proceden del mismo espíritu, llamado con nombres distintos: amor, justicia, templanza, según sus diversas aplicaciones, como el océano, que recibe nombres diversos, según las playas que baña. Cuanto más se separa un hombre de estos confines, tanto más se priva de poder y ayuda. Su ser se contrae..., tórnase cada vez más pequeño y mezquino, un grano de polvo, un punto, hasta que llega a la maldad absoluta, que es la muerte absoluta también. La percepción de esta ley despierta en nuestra mente un sentimiento que llamamos sentimiento religioso y que constituye nuestra más elevada felicidad. Es maravilloso el poder que tiene de encantarnos y de imponérsenos como el aire que se respira en las montañas. Es lo que da perfume a todo el mundo, sublimidad al cielo y a los montes; es el canto silencioso de las estrellas en la noche, la beatitud del hombre, que le hace partícipe del infinito... Todas las expresiones de este sentimiento son sagradas y permanentes en proporción a su pureza. Nos conmueven más profundamente que todas las demás. Los hechos pasados que destilan esa piedad, están aún frescos y fragantes. La impresión única e incomparable producida por Jesús sobre la humanidad, por lo cual su nombre no está escrito, sino grabado en la historia humana, es una prueba de la sutil virtud de esta penetración".
Romántico sin dejar de ser puritano, Emerson siguió siendo un místico cuando se puso en la corriente de adoración a la Naturaleza en que ya navegaban todos los continuadores de Rousseau y de Goethe. Aunque volvió mil veces sobre el tema, paréceme que es en las primeras páginas de _Natura_ donde traduce mejor su misticismo panteísta, muy complicado de literatura.
7.--EL OPTIMISMO Y LA PERFECTIBILIDAD
La inexactitud del lenguaje corriente, que hemos señalado ya tantas veces, nos obligará a detenemos sobre el sentido _optimista_ atribuído generalmente a la ética emersoniana. Desde el punto de vista filosófico debieran considerarse optimistas aquellas doctrinas que contemplan el universo como una obra perfecta y deducen de ello que la vida del hombre en nuestro planeta se desenvuelve en la mejor de las formas posibles: "todo sucede inmejorablemente en el más inmejorable de los mundos". Así se pensaba, más o menos, en la Academia y en el Pórtico, en la escuela de Alejandría, así lo creyeron Anselmo y Tomás, y así también se inclinaron a mirar las cosas Descartes y Leibnitz. Si hubieran dicho que nada puede ser distinto de como es, omitiendo todo juicio calificativo, su opinión equivaldría a reconocer la determinación natural de lo existente y que el deseo humano no influye para nada sobre la constitución del universo. El mismo concepto de la harmonía universal quedaría reducido a la comprobación de que todo lo existente está ordenado conforme a reglas generales que concuerdan con ciertos resultados de la lógica matemática considerados como formas de razonamiento perfecto. Las aplicaciones éticas de este optimismo conformista, que en Plotino llega hasta pretender que son grandes bienes para el hombre la cárcel, las guerras, las epidemias y la misma muerte, han sido, en todo tiempo, objeto de críticas risueñas; Voltaire, en su _Cándido_ famoso, dijo la última palabra, que nadie ha podido contradecir eficazmente.
Filosóficamente, la doctrina contraria--nótese bien, contraria--al optimismo, sería la doctrina del progreso o de la perfectibilidad, que fué, como sabemos, uno de los temas habituales del sansimonismo; es un presupuesto necesario, en definitiva, en la conducta de todos los reformadores militantes. Como tal domina en Emerson y en Echeverría, inspirados en las mismas fuentes del romanticismo social francés.
El uso, árbitro del lenguaje, ha dado al término _optimismo_ una significación contraria a la filosófica; cuando se dice que alguien es optimista se quiere significar su fe en el advenimiento futuro de un bien mayor, implicando la posibilidad de una perfección. Es el valor ético lo que caracteriza el vocablo, y no su sentido filosófico; y, en verdad, los mismos filósofos no han desdeñado conciliar verbalmente una cosa con su contraria, pues Leibnitz, en su _Teodicea_, procura enseñar que el concepto de la perfección universal debe entenderse como una perfectibilidad infinita de todo lo creado.
Emerson, como reformador, cree que lo existente no es perfecto en sí, pero afirma que marcha hacia un perfeccionamiento inevitable, que para el hombre, en particular, se traduce en una dignificación de su vida. Todo lo que existe está sujeto a una ley de mejoramiento progresivo, de donde se infiere el advenimiento inevitable de un bien cada vez mayor, mensurable por ese conjunto de satisfacciones naturales en que el hombre hace consistir su felicidad. Afirmar la soberanía de la moral significa, precisamente, poner como base de la conducta humana la adaptación a ese mayor bien posible, que aumenta la felicidad de todos; y la inmoralidad, el vicio, el crimen, sólo se conciben como actitudes contrarias a esa adaptación. "Cada línea de la historia--dice--inspira la convicción de que nosotros no podemos avanzar mucho tiempo en el error o en el mal, pues las cosas tienden a enderezarse por sí mismas. La moral que surge de cuanto aprendemos es que todo justifica la Esperanza, madre fecunda de las reformas. Nuestro rol, evidentemente, es el de no sentarnos hasta vernos convertidos en piedras, sino de acechar las auroras de todos los amaneceres sucesivos, colaborando a las nuevas obras de los días nuevos". Se trata, explícitamente, de no contemplar la vida humana como la mejor de las cosas en el mejor de los mundos--que sería el optimismo filosófico--sino de afirmar su perfectibilidad incesante en el porvenir: lo que actualmente suele llamarse "optimismo social".
Hay una posición secundaria, muy interesante, en la ética emersoniana: la negación del mal, de la culpa y del pecado. Para Emerson el mal no existe en el mundo como entidad positiva, sino como ausencia de bien. Lo que suele llamarse mal sería un simple no bien o menos bien; la maldad humana sería una incapacidad para la virtud, una ausencia de fe en el bien o de "gracia" natural, concebida como aquella fe que Juan Agrícola oponía a Lutero, contra la ley, en la disputa de los "antinomianos"; o como aquella otra gracia divina de Malebranche, que fué mística manzana de discordia entre Bossuet y Fenelón.
Con dos diferencias fundamentales, empero. Emerson concibe la aptitud meliorativa como una cualidad de la misma Naturaleza humana; y afirma que esa verdadera gracia natural puede adquirirse y desarrollarse porque el hombre, siendo él mismo una parte de la divinidad, lleva en sí la capacidad para el bien, una partícula de gracia capaz de florecer... Me detengo, en este punto, temeroso de que en mi deseo de explicaros lo que el mismo Emerson no entiende con exactitud, acabéis por perder la visión clara del conjunto, única que nos interesa.
Bástenos saber que él niega la existencia de un mal en lucha eterna con el bien, del clásico Arimán contra Ormuz, del Diablo contra Dios, del Infierno contra el Cielo, y que se inclina a pensar que en los buenos y en los malos sólo deben verse grados distintos de divinidad en acción, de acercamiento a la naturaleza, de fusión en la _Over-Soul_, o Alma Suprema, cuyo carácter podréis deducir del siguiente párrafo: "La Crítica suprema de los errores del pasado y del presente, y el único profeta de lo que será, es esa gran Naturaleza en la cual reposamos como la tierra reposa dulcemente en los brazos de la atmósfera; esa Unidad, esa Alma Suprema, en la cual cada sér está contenido y unificado, une a los demás; ese corazón común, del que toda conversación sincera es el culto y al que es un sometimiento toda buena acción; esa omnipotente realidad que confunde nuestras habilidades y nuestro ingenio, obligándonos a ser lo que realmente somos, a revelarnos por nuestro carácter y no por nuestras palabras, y que tiende de más en más a transfundirse en nuestros pensamientos y en nuestras acciones, para convertirse en sabiduría, virtud, poder y belleza. Nuestra vida se compone de sucesiones, de divisiones de partes y de partículas. Sin embargo, el hombre es el alma de todo; y ese poder profundo en el cual existimos y cuya beatitud nos es totalmente accesible, no sólo es completo por sí mismo (_self sufficing_) y perfecto en cada momento, mas es simultáneamente el acto de ver y la cosa vista, el espectador y el espectáculo, el sujeto y el objeto. Vemos el mundo pieza a pieza: el sol, la luna, el animal, el árbol; pero el todo, de que esos cosas son las partes salientes y radiantes, el todo es el Alma. Sólo por la visión de esa sabiduría podemos leer en el horóscopo de las edades; y solamente volviéndonos hacia nuestros mejores pensamientos, cediendo al espíritu profético innato en cada hombre, podemos comprender las advertencias de esa sabiduría" (_El Alma Suprema_). Esta cita debemos traducirla: "el Alma de la Naturaleza, de que el hombre mismo es parte, marca el camino hacia la perfección". Es más sencillo, sin duda; pero, como sabéis, una de las cosas hasta ahora más admiradas por la humanidad ha sido el arte de nublar con retóricas obscuras las cosas más claras, sin darse cuenta de que sólo llegan a hablar claramente los que piensan con claridad.
Procediendo como un juez, que entre cien testimonios divergentes o contradictorios consigue al fin restaurar una verdad aproximada, nosotros podemos encontrar una posición de equilibrio a través de las numerosas oscilaciones que sufre el pensamiento de un filósofo o de un moralista. Para ello debemos distinguir los conceptos definidos y las divagaciones puramente verbales, tan frecuentes en Emerson como en todos los retóricos. En uno de sus ensayos (_Leyes del Espíritu_) define bien su concepto de la _naturalidad del instinto moral_, que es dominante en toda su ética. "La vida intelectual puede conservarse sana y clara, si el hombre vive la vida de la naturaleza y si no introduce en su espíritu dificultades que para nada le sirven. Nadie debe atormentarse con inexplicables especulaciones. Que el hombre haga y diga lo que emana estrictamente de él mismo y por ignorante que sea no será su naturaleza la que le traiga dudas y obstáculos. Nuestros jóvenes sufren a causa de los problemas teológicos del pecado original, el origen del mal, la predestinación y otros análogos. Esas cosas no han obscurecido nunca la ruta de los que no han salido de su camino natural para ir a buscarlas. Esas cosas son la coqueluche, el sarampión del espíritu, y los que no las han padecido no pueden describirlas ni señalarles remedios. Un espíritu sencillo y natural no conoce esos enemigos. Distinta cosa es poder explicar nuestra fe y la teoría de nuestra libertad, de nuestra unidad, de nuestra "unión con nosotros mismos". Esto exige dones no comunes. Sin embargo, aun en ese conocimiento de sí, puede haber una fuerza virgen y una integridad natural que empuje nuestras creencias: nos bastan algunos instintos poderosos y algunas reglas simples". La personalidad intelectual y moral se forma espontáneamente, burlándose de nuestra voluntad de nutrirla con artificios: "Los estudios metódicos, los años de educación profesional y académica, no han proporcionado a mi experiencia mejores datos de los que he aprendido en algún libro tonto, leído a hurtadillas bajo los bancos de la clase de latín. Lo que no llamamos educación suele ser más precioso que lo así denominado. Cuando nos llega una impresión o un dato nuevo no podemos sospechar la importancia que él tendrá para nosotros". _Ergo_: hay que dejar obrar espontáneamente la naturaleza, confiando en ella, no contrariándola. "Igualmente--continúa--nuestra naturaleza moral está viciada por la intervención artificiosa de nuestra voluntad. Hay personas que se representan la virtud como una lucha, y que se dan aires de héroes para calificar sus méritos penosos; y cada vez que aparece una noble personalidad, se devanan los sesos para discutir si no tiene más mérito el malo que vive luchando contra la tentación. No se trata de apreciar el mérito. O Dios está allí, o no está. Amamos a los caracteres en proporción de su espontaneidad, de su fuerza de impulsión. Cuanto menos conoce un hombre sus virtudes, cuanto menos piensa en ellas, tanto más lo amamos. Las victorias de Timoleón son las mejores: ellas fluían como los versos de Homero, al decir de Plutarco. Cuando vemos un espíritu cuyos actos son todos grandes, graciosos, tan agradables de ver como si fueran rosas, agradezcamos a Dios que cosas así puedan existir y existan, no le pongamos mala cara, no le digamos: tal desgraciado, con sus resistencias gruñonas y todos sus diablos íntimos, vale más que tú". De esas reflexiones, y de otras semejantes, deduce Emerson su optimismo moral, como posibilidad del perfeccionamiento humano acercándose a las leyes de la naturaleza: "esas observaciones nos demuestran forzosamente que nuestra vida podría ser más simple y más dulce de lo que la hacemos; que el mundo podría ser más feliz de lo que es; que no hay necesidad de complicar la existencia con luchas, convulsiones, desesperanzas, llantos y sufrimientos; que somos los inventores de nuestros propios males. Nosotros nos ocupamos en romper el optimismo de la naturaleza; cada vez que trepamos a una cumbre para mirar el pasado, o que un espíritu de nuestro siglo, el más sabio entre nosotros, nos eleva hasta su misma altura, nos damos cuenta de esta verdad fundamental: estamos rodeados de leyes que se cumplen por sí mismas".
Creo necesario expresaros una impresión personal sobre el optimismo de Emerson. Cuando por vez primera visité la Universidad de Harvard, en compañía del naturalista argentino Cristóbal Hicken, accedió éste gentilmente a mi deseo de comenzar por el Departamento de Filosofía, cuyo nombre, _Emerson Hall_, duplicaba mi interés. Dos metros de nieve habían caído aquella mañana de Enero y continuaba la nevisca encapotando el cielo; en la penumbra del amplio vestíbulo divisamos la estatua del eticista y fuimos instintivamente hacia ella. Hubo un minuto de contemplación muda.--¡Era un roble! exclamó el botánico;--Por eso fué optimista, comenté con mi experiencia de psicólogo.