Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo

Part 5

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Las premisas que engendran la necesidad de _intensificar la educación moral_ son, para Emerson, puramente prácticas y experimentales. La observación del medio en que vive le lleva a comprobar una visible disparidad entre el progreso material y el progreso moral, induciéndole a analizar sus causas antes de aconsejar los remedios. Ante el espectáculo de la civilización moderna que pone al servicio de una parte creciente de la humanidad una serie de admirables inventos y descubrimientos, afirma su fe en el progreso y saluda con palabras jubilosas la disminución progresiva del sufrimiento material en el mundo. Pero esa comprobación, lejos de satisfacerle plenamente, le induce a preguntarse si el progreso moral de la humanidad ha corrido parejo con sus adelantos técnicos, si el hombre civilizado contemporáneo es más bueno que el de hace dos o cincuenta siglos, si el coeficiente medio de moralidad social se ha elevado sobre el de nuestros antepasados.

Su respuesta es negativa. Veinte siglos de cristianismo no han aumentado la bondad individual de los hombres ni han aproximado las sociedades al ideal de fraternidad predicado por Cristo.

Las iglesias cristianas, la anglicana lo mismo que la católica, la calvinista lo mismo que las metodistas, le parecen ya insuficientes para el progreso de la moralidad; en ellas el culto impera, mas la fe en la virtud ha disminuído; la superstición ciega resiste a las creencias iluminadas por la razón y los dogmas siguen domesticando voluntades que los obedecen pero no los aman. El fervor en las formas, en el ceremonial, en la liturgia, ha reemplazado a la sencilla piedad primitiva, convirtiéndose cada iglesia en un partido político que aspira a dominar la sociedad temporal, dividiendo a la humanidad en fracciones que se odian en vez de reunirla en una sola y misma comunión universal, toda de amor y de solidaridad.

Las costumbres sociales tienden a complicar inútilmente la vida, apartando al hombre de la Naturaleza, que es la fuente única de su felicidad. Lo superfluo y lo frívolo, disfrazados a menudo con el nombre de refinamientos, aumentan de hora en hora la cantidad de sacrificios estériles, tan indispensables para parecer como inútiles para intensificar el ser. El hombre, acicatado por pasiones ambiciosas y egoístas, da menos de sí a la comunidad y no encuentra en ella la cooperación moral que le estimularía a emprender grandes cosas, bellas y desinteresadas.

El mundo particular de los políticos profesionales le inspira terror. ¿Cómo es posible que el interés de camarillas, exentas de moral y de ideales progresivos, pueda ser sobrepuesto al interés de toda la nación, de toda la sociedad? ¿Y es admisible que ciertos hombres, no siendo los más ilustrados ni los más morales, tengan el derecho de administrar los frutos de la inteligencia y del trabajo de todos, como si la sociedad tuviera que seguir pagando un impuesto feudal a esas gavillas de bandoleros que han abandonado los caminos y las montañas para refugiarse en las ciudades? ¿Y no prueba una incapacidad moral del mayor número, esa misma posibilidad de que unos pocos pícaros puedan sobreponer su actividad maléfica a la necesidad social de encaminarnos hacia la solidaridad, por el estudio y por el trabajo?

En el ensayo _La Política_ (incluído en la Segunda Serie), aun reconociendo que la democracia es preferible para las naciones nuevas, se pronuncia contra todos los regímenes políticos, en masa. "Aunque nuestras instituciones corresponden al espíritu de la época, no están exentas de los defectos que han desacreditado a otras formas de gobierno. Todo Estado está corrompido. Los justos no deben obedecer muy estrictamente a la ley. ¿Qué sátira contra los gobiernos puede igualar la severidad de la censura implicada en la palabra _política_, que desde hace siglos significa _engaño_, dando a entender que el Estado es una engañaduría?". Este pasaje, y muchos otros similares, nos permite comprender la tierna acogida que siempre tuvieron los ensayos de Emerson entre los anarquistas, lo que no se explicaría si atendiéramos el tono místico de sus palabras, sin penetrar su pensamiento, que es, con frecuencia, profundamente herético y revolucionario.

Su "idealismo trascendental" es una rebelión romántica antes que una actitud filosófica, con más de estética que de metafísica. La divinidad se esfuma en un ideal abstracto, sin personalidad sobrehumana; es, apenas, una condición inmanente de la naturaleza, una arquitectura moral del universo, que induce a descubrir en las imperfecciones reales la posibilidad misma de futuras perfecciones. Y, en otro sentido, propiamente ético, quiere ser lo contrario del "utilitarismo", en la acepción vulgar del término, que da idea de algo bajo y pequeño: de oportunismo acomodaticio, sucia hipocresía, cien formas larvadas de la domesticidad y de la avaricia.

No nos engañen, empero, las palabras. Esa noción denigrante del utilitarismo no tiene relación alguna con las escuelas morales llamadas utilitarias, interpretaciones teóricas que tienden a poner en la utilidad personal o social los motores íntimos de la experiencia moral. En este buen sentido, Emerson era utilitario y despreciaba toda conducta que no fuese útil al mejoramiento del hombre y de la sociedad. Iba más lejos. Creía que la primera preocupación del hombre debía ser redimirse de la miseria, que sólo enseña a mentir y a adular; libertarse económicamente por el trabajo, bastándose a sí mismo, sin esperar favores ni beneficios del Estado, parecíale la base misma de la moralidad individual; y en la _incapacidad de bastarse con su propio trabajo_ veía la causa de la degeneración moral, como esos animales que por vivir parasitariamente de un huésped acaban por perder los órganos más nobles de su autonomía personal.

La independencia económica sería inútil, sin embargo, para seres que no tuviesen capacidad para pensar y actuar con independencia moral. Por eso, la cultura debería primar sobre la riqueza, que sólo puede ser su instrumento y nunca un fin en sí misma; pintorescamente afirma que "el valor de un dólar aumenta con la ilustración y la virtud del que lo usa: un dólar, en la universidad, vale más que un dólar en la prisión". Y le fastidia que la prosperidad creciente de los valores materiales no se acompañe todavía de un crecimiento de los valores morales.

Las consecuencias de esa falta de progreso ético en la sociedad, son visibles todavía en los diversos órdenes de la actividad social. Los hombres perdida su fe en las fuerzas morales que se arraigaban en supersticiones absurdas, han entibiado su confianza en el valor del mérito propio y de la dignidad personal, tornándose escépticos y pesimistas. El abajamiento moral del conjunto trae como consecuencia la contaminación de los individuos; la sanción social tórnase tolerante; todos se acostumbran a consentir la inmoralidad de cada uno; la austeridad llega a mirarse como una simpleza o una tontería. Infiere de ello, Emerson, que el signo más típico del descenso moral de un pueblo es la ausencia de grandes caracteres, de personalidades vigorosas, de hombres que irradian un pensamiento iluminador o sustentan con heroísmo cívico grandes ideales de enaltecimiento humano. En esa tranquilidad de estanque, las fuerzas de progreso social se entorpecen o paralizan; ningún estímulo reciben de la sociedad los que piensan, los que renuevan, los que crean, los que empujan el conjunto hacia un porvenir mejor.

En sus premisas críticas, la actitud y el lenguaje de Emerson coinciden con los de todos los moralistas. Bastaría recordar que el único escritor argentino a quien podemos clasificar con ese nombre, Agustín Álvarez, ha partido del examen de una situación análoga, aunque contemplada en los países hispano-americanos, en sus libros _South América_, _Manual de Patología Política_ y _¿Adónde vamos?_, antes de señalar los remedios y formular su credo, en _Educación Moral_ y _La Creación del Mundo Moral_. Ya que mencionamos a Agustín Álvarez, creemos oportuno decir que casi todos sus críticos y apologistas han coincidido en señalar cierta concordancia entre sus ideas y las de Emerson; muchos le consideran como un verdadero y puro emersoniano.

3.--NECESIDAD DE CARACTERES FIRMES

En presencia de la crisis moral de su tiempo, Emerson busca su causa y cree poder señalarla en la _decadencia progresiva de las fuerzas éticas tradicionales_. Y al revés de los que buscan el remedio en la posible restauración de esas fuerzas, afirma la _necesidad de engendrar fuerzas morales nuevas_, primero en los individuos mismos y luego en la sociedad entera.

Ve en el tradicionalismo la parálisis, la muerte. Si los hombres han dejado de acatar ciertos dogmas del pasado, ello se debe a que tales dogmas tenían fundamentos falsos; y "nadie, dice Emerson, puede sentirse obligado a ser virtuoso por obsecuencia a la mentira". Lo que es falso, muerto está; hay que darle sepultura. Saber que es falso y predicar la vuelta a él, sería una desvergüenza si no fuese un crimen; perdida la creencia en el carácter sobrenatural de la obligación moral, el único remedio está en buscar sus fuentes naturales; de otro modo caeríamos de nuevo en el absurdo de perseguir un ideal moral poniéndonos en el camino de la inmoralidad suprema, que es la mentira.

Una moral sin dogmas, en formación continua, cada vez mejor adaptada a la naturaleza, persiguiendo una mayor armonía entre el hombre y todo lo que le rodea, incesantemente perfectible en cuanto la perfectibilidad es una mejor adaptación de la humanidad al medio en que vive: tal es, desde la publicación de _Natura_ (1836), la orientación general de la ética emersoniana. En vano había buscado Emerson en las morales europeas de su tiempo un modelo que le pareciera trasplantable a su país; el viejo mundo, minado por iglesias poderosas que habían sobrepuesto sus intereses políticos a la primitiva moral predicada por Cristo, no podía servir de ejemplo a los pueblos nuevos. América debía buscar en las entrañas de su propia sociabilidad las fuerzas morales más convenientes a su progreso colectivo y a la dignificación de la vida humana. Su famoso discurso a los estudiosos e intelectuales, el _Scholar_ (1837), es un llamado elocuente al estudio y a la reflexión, al embellecimiento de la vida por la cultura del espíritu, al desdén de todos los beneficios con que la política y los negocios tientan a los intelectuales. Como el músico que ejecuta para gozar él mismo, tanto como para deleitar a otros, Emerson habla "para inspirar a los demás el coraje y el amor, fortificando su fe en el amor y la sabiduría que están en el fondo de las cosas; para afirmar sentimientos nobles; para escucharlos en otros, dondequiera aparezcan; y no para turbar a nadie, sino para atraer a todos los hombres a la verdad, tornándolos cultos y bondadosos". Muestra la esterilidad del talento extraviado por la frivolidad o por la moda, mirando como la mayor insensatez la de opinar sobre lo que no se ha estudiado. Si el talento se desarrolla a expensas del carácter, mayores son sus peligros y sus extravíos cuanto más crece; "por eso hoy todo es falso, se confunde el talento con el genio, se confunde los dogmas y los sistemas con la verdad, la ambición con la grandeza, la frivolidad con la poesía, la sensualidad con el arte; y los jóvenes, llegando con esperanzas inocentes y mirando en torno suyo la educación, las profesiones, los empleos, los maestros, la enseñanza literaria y religiosa, encuentran que nada satisface sus nobles aspiraciones espirituales y se aturden, vuélvense escépticos, están perdidos. Y la juventud quedaría desesperanzada si, por gracia divina, no tuviese bastante energía para decir: todo esto es falso y de invención humana, la verdad existe, nueva, hermosa, eternamente bienhechora". El orden es la primera ley del progreso espiritual; las mejores aptitudes se pierden si libramos nuestra cultura a la improvisación y divagamos sobre lo que no entendemos. "Para qué sirven la fuerza, la habilidad, la belleza, una voz grata, la educación o el dinero a un loco furioso?". Todo el que es incapaz de continuidad y de sacrificio en el estudio, pretendiendo adivinar mal en un minuto lo que podría estudiar bien en muchos años, es tan iluso y tan inútil como ese loco furioso. "Leyendo los diarios, viendo la audacia con que la fuerza y el dinero trabajan para sus fines, pisando la honradez y la voluntad de los buenos, parece que el patriotismo y la religión gritan como fantasmas vanos. No hablamos para ellos, porque el hacerlo parece cosa inútil; habitualmente preferimos mantener nuestra opinión y morir en silencio. Pero un espíritu elocuente nos hará sentir que los estados y las reyecías, los senadores, los leguleyos y los ricos, no son sino montones de gusanos cuando se los mira a la luz de esta Verdad, débil y despreciada. Entonces sentimos cuán cobardes hemos sido, venerándolos, porque sólo la Verdad es grande". Como fruto de esa actitud independiente espera que vendrá un Renacimiento nuevo y que todos los hombres podrán sentirse capacitados para hacer su propio examen: "¿Qué eres? ¿Qué has hecho? ¿Puedes obtener lo que deseas? ¿Hay un método en tu conciencia? ¿Hay una dirección en tu propia vida? ¿Puedes ayudar a otro?". Para ello la humanidad desea y necesita de hombres intensos, creedores, afirmativos. "El genio no se divierte en rayar la arena, ni se ocupa de frivolidades; se entrega a cosas esenciales; es una fuerza que se defiende de sí misma, que existe originariamente, que resiste a todos los obstáculos. Posee la verdad y se aferra a ella; nunca habla ni actúa en esas callejuelas de través donde se entra por curiosidad, sino en las rutas maestras de la naturaleza, preexistentes a la Vía Appia, donde todos los espíritus están forzados a transitar. El genio sólo gusta de las afirmaciones verdaderas que atacan y hieren a todo el que se les opone; afirmaciones que son como personas vivientes que diariamente declaran guerra a toda falsedad y a toda rutina; afirmaciones de que la sociedad no puede librarse y no puede olvidar, pues persisten, no se someten a ninguna autoridad, se levantan severas y formidables porque quieren y deben ser fielmente ejecutadas y realizadas". En ese tono de apóstol se desarrollan todos los primeros discursos de Emerson; y no es extraño que a pesar de su vaguedad, o por ella misma, lograran entusiasmar a todos los temperamentos románticos, prometiéndoles que serían una generación de genios, como los jóvenes alemanes del _Sturm und Drang_.

4.--NO CONFORMISMO Y OBEDIENCIA

Desconociendo el valor de los preceptos y dogmas tradicionales, como fundamento de la ética, Emerson da una amplitud antes desconocida al _No-Conformismo_, afirmado por las iglesias disidentes de la Anglicana. Conocéis, sin duda, ese episodio de la historia religiosa. Así como el Cristianismo fué una herejía dentro del Judaísmo, y el Protestantismo dentro del Catolicismo, numerosas sectas protestantes han nacido como herejías dentro de la iglesia Anglicana. Bajo el reinado de Elisabeth, en 1563, el parlamento inglés votó una _Acta de Uniformidad_, fijando las doctrinas y el rito del culto anglicano, que fué luego renovada, en 1662, bajo Carlos II. Desde entonces llamáronse _conformistas_ los que acataron esa Acta, y _no-conformistas_ todos los que le negaron su adhesión, generalizándose después el término a todos los cristianos disidentes que no aceptaban la autoridad dogmática de la iglesia Anglicana.

Dentro de esa actitud común, el _no-conformismo_, nacido como simple episodio de política religiosa, ha evolucionado muy diversamente en las distintas iglesias disidentes. Partiendo del derecho del libre examen, afirmado por la Reforma, algunas se han limitado a simples apartamientos del dogma y del rito, mientras otras han extendido progresivamente su libertad de crítica a todos los problemas teológicos, éticos y sociales; conservándose cristianas, han abierto ampliamente sus puertas a todas las doctrinas modernas, encauzándose sin reticencia, desde principios del siglo XIX, en las corrientes de liberalismo nacidas al calor de la renovación enciclopedista.

Tal era la posición de la _iglesia Unitaria_ en que Emerson fué educado; en ella, el _no-conformismo_ desbordaba ya de la disidencia inicial y contenía los gérmenes que se manifestaron ampliamente en el Trascendentalismo. "Lutero, escribe Emerson, se habría cortado la mano derecha antes de clavar sus tesis en la puerta de Witenburgo, si hubiese podido suponer que ellas conducirían a las escuetas negaciones del Unitarismo de Boston". Y el mismo Emerson, cuando habla de No-Conformismo, se refiere a un desacato sistemático de todas las ideas y cosas tradicionales; conformarse a la tradición es renunciar a la vida misma, cuya continuidad se desenvuelve en un incesante porvenir. El conformismo importa cerrar nuestra inteligencia a toda verdad nueva, apartar de nuestra felicidad todo elemento no previsto en el pasado, negar la posibilidad misma del progreso y de la perfección. Acatar los intereses creados en el orden moral, lo mismo que en el material, significa negar el advenimiento de una humanidad moralmente mejor. ¿Porqué, se pregunta Emerson, seguiremos bebiendo aguas estancadas en pantanos seculares, mientras la Naturaleza sigue ofreciéndonos en la veta de sus rocas el chorro de fuentes cristalinas, que pueden apagar nuestra sed infinita de saber y de amor? Para él las aguas estancadas son los dogmas consagrados por la tradición y las fuentes de roca son las fuerzas morales que siguen manando de nuestra naturaleza humana, incesantes, eternas. Esas fuerzas morales, que llama "divinas", no han dejado de brotar nunca, jamás se han cegado sus fuentes; viven, crean todavía, cada vez mejores; renunciar a ellas, como quiere el tradicionalismo, es decir ¡alto! a la divinidad misma, es decir ¡no! a todos los ideales éticos de la humanidad presente.

El No-Conformismo, en esta significación amplia, se nos presenta como la antítesis del dogma de obediencia; leed algunas páginas que dedica a este asunto William James y reconoceréis, como él, que "es imposible comprender, y hasta imaginar, que hombres dotados de una vida interior suya y propia, hayan podido llegar a considerar recomendable la sujeción de su voluntad a la de otros seres finitos como ellos". Le parece inverosímil ese renunciamiento de la personalidad, exigido por algunas órdenes religiosas como un voto necesario para la profesión. La obediencia no es a Dios, sino a otro hombre, al superior; y es curiosa la explicación poco mística y muy utilitaria que da de ella el ilustre jesuíta Alonso Rodríguez: "Uno de los mayores descansos y consuelos que tenemos los que estamos en Religión, es éste: que estamos seguros de que, haciendo la obediencia, vamos acertados. El superior podrá errar en mandar esto o aquello; mas vos cierto estáis de que en hacer eso que os mandan no erráis, porque a vos solamente os pedirá Dios cuenta si hicisteis lo que os mandaron, y con eso daréis vuestro descargo muy suficientemente delante de Dios. No tenéis que dar cuenta, si fué bien aquello, o si fuera mejor otra cosa; porque eso no pertenece a vos, ni se pondrá a vuestra cuenta sino a la cuenta del superior. En haciendo la cosa por obediencia, quita Dios eso de vuestro libro y lo pone en el libro del superior." Así entendido, el dogma de obediencia lleva implícito un renunciamiento a la responsabilidad moral: el hombre se convierte en una cosa, en un instrumento irresponsable al servicio de quien lo manda. Y para que todo no sea solemne, James transcribe de Sainte-Beuve (_Hist. de Port Royal_, I, 346), una anécdota que muestra la extravagante interpretación que pueden dar al dogma de obediencia los temperamentos sugestionables: "Sor María Clara, estaba muy penetrada de la santidad y excelencia de M. de Langres. Este prelado, luego de llegar a Port-Royal, le dijo un día, viéndola tiernamente unida a la Madre Angélica, que sería mejor que no volviera a hablar con ella. María Clara, sedienta de obediencia, tomó como un oráculo divino aquellas palabras dichas inadvertidamente, y desde aquel día estuvo muchos años sin dirigir la palabra a su hermana en religión".

Mostrado el conformismo bajo esta fase rigurosa en que lo traduce el sentimiento de obediencia, podéis comprender mejor, por contraste, cuál es el horizonte máximo en que Emerson pudo dilatar su no-conformismo.

El derecho de crítica y de libre examen se prolonga hasta las fuentes de la moralidad humana; es el derecho de buscarlas, de afirmarlas, de aprovecharlas para el porvenir, impregnando de ellas la educación, ajustando progresivamente a ellas la conducta de los hombres. La sabiduría antigua, hoy condensada en dogmas, sólo puede ser respetable como punto de partida. Así mirada conviene respetarla, y aprovechar de ella todo lo que no sea incompatible con las verdades nuevas que incesantemente se van haciendo; pero acatarla como una inflexible norma de la vida social venidera, confundiéndola con un término de llegada que nuestra experiencia está condenada a no sobrepasar, es una actitud absurda frente a la evolución incesante de toda la Naturaleza accesible a nuestro conocimiento.

Así planteado, el no-conformismo de Emerson, aunque siempre enmarañado por su lenguaje literario y místico, se nos presenta como una concepción moral antidogmática y esencialmente evolucionista, como la antítesis de un sistema teórico cerrado, como afirmación de un pragmatismo ético abierto a toda eventualidad de perfeccionamiento moral, ilimitado. No necesito explicar a los que conocen la doctrina de la perfectibilidad, común en esa época a todos los sansimonianos, que la posición de Emerson concuerda con ella plenamente, no obstante el lenguaje religioso a que la tradujo: porque Emerson, en todo y siempre, conservó la "manera" religiosa aprendida en su juventud e impuesta por su ambiente, aun cuando sus ideas tomaban una dirección contraria.

5.--PANTEÍSMO

Divinidad, Naturaleza, Moralidad, son tres términos que tienden a significar lo mismo en los escritos de Emerson. Todo lo natural es divino, todo lo divino es moral, todo lo natural es moral. Para elevar nuestra Moralidad debemos volver a las fuentes de la Naturaleza y a medida que lo conseguimos nos compenetramos con la Divinidad.