Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo
Part 4
Pasados los años, creciendo él siempre y ajamelgándose siempre sus enemigos, la envidia y la pasión se entibiaron en torno suyo, y poco a poco, por ese proceso natural que anticipa en vida las sanciones póstumas de la gloria, Emerson _el hereje_ fué convirtiéndose, para todos, en Emerson _el santo_. Porque la santidad, hay que afirmarlo, es de este mundo; o no es de ninguno. Y sólo entran a ella los hombres que por la inflexibilidad de sus virtudes, por la derechez de su carácter, por su leal obsecuencia a la verdad, merecen ser indicados a sus contemporáneos y a la posteridad como ejemplares arquetípicos de una humanidad más perfecta, que la imaginación concibe como un ideal para el porvenir.
Los niños--si me está permitido complicar la verdad con una imagen superflua--los niños fueron los pájaros predilectos en su jardín otoñal; adoraba en ellos la ingenuidad, no envenenada todavía por el aprendizaje del mal. La educación le parecía la tarea más "divina" que un hombre puede desempeñar sobre la tierra, ya que sólo educando pueden fomentarse los elementos de moralidad y de optimismo que constituyen la partícula del gran todo divino que reside en cada uno de los seres que integran la Naturaleza, que es la divinidad misma...
Es preciso detenernos, dejando para la próxima lección el examen de las doctrinas éticas de Emerson y la determinación de su actitud ante los problemas propiamente metafísicos. Por hoy nos concretaremos a señalar algunos influjos de Emerson sobre Sarmiento, infiriéndolos de las repetidas menciones que este último hizo de aquél en sus escritos.
9.--EMERSON Y SARMIENTO
En sus cartas de Boston, de 1865 (Vol. XXIX, de sus _Obras_: "Ambas Américas"), Sarmiento refiere con admiración casi mística las impresiones de su permanencia en Concord, entre los amigos de Emerson. "Necesitaría muchas páginas--le escribe a Aurelia Vélez--para narrar todo lo que ha pasado de bello, de grande, de útil, en estos ocho días, por mis sentidos, por mi corazón, por mi espíritu. Son cuadros vistos con vidrios de aumento en que parece asistimos a un mundo de gigantes, que está delante, sin ser el nuestro. Fuí a Concord, verdadera aldea, sin alumbrado y sin embargo bellísima, en medio de la naturaleza de otoño, que me habrá oído es aquí de una belleza sobrenatural, por los colores vivísimos que reviste la vegetación al aproximarse el invierno; y usted sabe que gozo con estos espectáculos. En esta simple aldea viven algunas reputaciones literarias. La señorita Peabody, escritora de libros de educación. Waldo Emerson, poeta y filósofo. La señora Mann me ha recibido como a uno de la familia, con la simplicidad de la Nueva Inglaterra, donde todos son hermanos, con el cariño y la solicitud de una antigua amiga... Fuimos al día siguiente a Lexington a ver el establecimiento de educación del doctor Lewis para mujeres. Vuelve este país a los tiempos de la Grecia, dando a los juegos gimnásticos una grande atención. Los que ví ejecutar a las niñas aseguran la mayor perfección de la raza, por la fuerza, la belleza y la gracia. Al día siguiente comí con Waldo Emerson, a quien había mandado el _Facundo_. Este libro me sirve de introducción. Si ser Ministro no vale para todos, ser educacionista es ya un gran título a la benevolencia de este pueblo de profesores y de maestros... De casa de la señora Mann me llevaron a Cambridge, la célebre Universidad, donde he pasado dos días de banquete continuo, para ser presentado a todos los eminentes sabios que están allí reunidos: Longfellow, el gran poeta, que habla perfectamente el español; Gould, el astrónomo, amigo de Humboldt; Agassiz, hijo, a quien pronostican mayor celebridad que al padre; Hill, el viejo presidente de la Universidad. ¡Cómo se gozaría su padre en este seminario de ciencias y de estudios clásicos, con una biblioteca por templo y una villa entera de escuelas para todos los ramos del saber humano!", (pág. 65 y sig.). Estas impresiones se repiten, ya que no pueden aumentarse, en otras cartas, especialmente en la publicada con el título: "Una aldea norteamericana.--Las mujeres.--Emerson.--Longfellow.--La nieve" (pág. 80 y sig.). De sus conversaciones con el gran eticista, merece transcribirse este interesante párrafo: "Entre los hombres notables de la educación pública, aquí está el viejo Emerson, que fué uno de los cinco que emprendieron hace treinta años mejorar las escuelas, y elevarlas al rango a que han llegado hoy. Es ahora un monumento público, este hombre, a quien rodea como una aureola la veneración pública. En larguísimas conferencias que hemos tenido sobre materia que tanto nos interesa a ambos, me ha hecho una observación que quiero trasmitir aquí, para que la tengan presente. En cuarenta años de trabajos en la difusión de la enseñanza, me dijo, un hecho se me ha presentado constante en todas partes; y es que es inútil rentar las escuelas, organizarlas, inspeccionarlas, si en cada villa, población o ciudad, no hay un vecino que las cuide o visite por puro amor a la enseñanza. Donde quiera que las escuelas van bien estamos seguros que hay un buen filántropo que no las pierde de vista; donde van mal, es porque falta; y como absorbidos por la conversación, hubiérase casi apagado la chimenea, al atizar el casi extinguido fuego, me dijo, señalándolo: así son las escuelas, si no se atienden se apagan." (Obras, XXIX, 84). No cabe duda que este pensamiento de Emerson, sobre la cooperación vecinal para el éxito de las escuelas del estado, preocupó a Sarmiento; muchos años más tarde, con motivo de inaugurarse una biblioteca popular en San Fernando, repite, en 1878, las opiniones del "anciano Emerson, de Concord, célebre filósofo que, con Horacio Mann, había encabezado la agitación de educación popular que acabó por generalizarse a todos los Estados Unidos." (Obras, XLVII, 67).
Desde que lo conoció, tuvo Sarmiento una gran admiración por el moralista sin dogmas, aunque eran tan distintos sus temperamentos, pragmático el de aquél y místico el de éste. Es creíble que Sarmiento oyera en Boston los últimos ecos de la maledicencia sectaria; no pudiendo decir ya que Emerson era un pensador peligroso para la sociedad, los conservadores habían resuelto desteñir su admiración forzosa, declarándolo... demasiado metafísico. En otras memorias de viaje, relativas a las escuelas, Sarmiento recoge el eco: "poeta y autor de varias obras filosóficas que lo revelan pensador profundo, y los que lo acusan de metafísico le reconocen, sin embargo, genio" (Obras, XXX, 89). Influía, sin duda, en estos sentimientos la noticia de que Emerson y Channing habían sido los mejores puntales de su amigo Horacio Mann, durante su campaña educacional; y del segundo, en sus notas sobre la vida de Mann, transcribe la carta de adhesión que le escribiera en los momentos más difíciles (Obras, XLIII, 346). De allí también su persistente simpatía por el _unitarismo_, que veinte años atrás le parecía encarnar el porvenir ético de los Estados Unidos y a cuyas ceremonias religiosas volvió a asistir en su segundo viaje: "Estoy invitado a la comisión de los _Unitarios_, cuyo órgano es el "Liberal Christian". Su objeto es reunir todas las disidencias en una, que las contiene a todas: la caridad cristiana. Yo le había pronosticado hace veinte años a esta secta el porvenir; y lo saben ellos". Frecuentó también a los _unitarios radicales_; es interesante ver cómo los juzga: "Al día siguiente, uno de los editores de _El Radical_ va a mi hotel, para hacerme tomar parte en los ejercicios del ala izquierda de los liberales. Éstos van mucho más allá de cuanto había esperado. Seis predicadores se suceden ante una numerosa audiencia, la mayor parte de señoras. Nosotros somos cristianos, dice devotamente uno de ellos. Somos sólo hombres, en comunicación con Dios, nuestro padre común, sin intermediarios. Jesús llenó su grande misión, en proporción de su época y al desarrollo de la humana inteligencia. La doctrina no está hoy en armonía con los datos de la ciencia y su obra no ha podido en diez y ocho siglos afectar ni modificar sino a una pequeña parte de la humanidad. Somos más felices que nuestros hermanos de otras sectas. No aborrecemos a nadie por causa de Jesús... Seis sermones a la tarde y otros seis a la noche, completaron los ejercicios. Yo asistí a todos, admirando este profundo sentimiento religioso que mantiene en actividad la mente y el corazón de este pueblo. Nosotros, ni cristianos somos. Convenido como está que hemos nacido católicos, y que fuera del girón de la Iglesia no hay salvación, descansamos en la dulce y consoladora esperanza de que todos los demás se condenarán. ¡Ay! son mil millones de seres humanos los que no entran en la geografía católica: cuestión de geografía, la salvación" (_Obras_, XLIX, 291).
Fuerza es abreviar los recuerdos y las citas. En su momento de más terrible lucha pedagógica, Sarmiento, viejo ya de años, estaba más joven que nunca por sus ideales, por su valor bravío; 1882, la hora de agitarse la conciencia nacional para afirmar definitivamente el espíritu laico de la enseñanza impartida por el Estado. Era la época en que el canónigo Piñero, para asociarse a la campaña de la iglesia romana contra la escuela argentina, quemaba en Santiago la biblioteca del Colegio Nacional, cometiendo "el último auto de fe ocurrido entre los católicos, en toda la redondez de la tierra, a fines de este siglo, y debe ser conocido el hecho, proclamado y anunciado al mundo y a su Santidad, para la canonización de este héroe de la necedad humana!". Sarmiento recordó, con ese motivo, que en Norte América, habiendo reclamado los católicos contra la lectura de los Evangelios en las escuelas del Estado, sin los comentarios católicos, se reunió un Consejo de personajes de otras religiones para decidir el punto; y los más, Emerson entre ellos, declararon que debía suprimirse la lectura de textos religiosos que no concordaren con la doctrina de los católicas, ya que éstos, como toda otra minoría, religiosa o no, tenían el derecho de que el Estado respetara sus creencias al dar educación a sus hijos (_La Escuela Ultrapampeana_, XLVIII, 158).
En los mismos días de evocar su ejemplo en favor de la enseñanza sin dogmas, se apagaba en Concord, el 27 de abril de 1882, la existencia del eticista. Sarmiento, en un breve artículo expresivo, escribió un cariñoso adiós al que volvía al seno de su Naturaleza adorada, donde ya le habían precedido casi todos sus compañeros de ideales y de acción. El 26 de junio apareció en "_El Nacional_" de Buenos Aires aquella página conmovida: _Emerson. ¡Los dioses se van!_... "Decíase de Emerson que era una cabeza griega sobre cuadradas espaldas yankees. La opinión general es, ahora, que durante cuarenta años, después de veinte opuestos a sus doctrinas, él ha tenido la dirección de los espíritus en Norte América y ha visto formarse una escuela de ideas emersionianas. Vivió siempre en Concord, pretendiendo que, como poeta, debía vivir bajo las influencias directas de la Naturaleza... Vivimos en tiempos felices, en que el talento del escritor, y las ideas que difundió en torno suyo, no quedan por largo tiempo estancadas si fueran auspiciadas por la pasión y el interés de la humanidad y del progreso. Hase dicho que no hay genio sino en los trabajos que afectan a la especie humana para su mejora... Una palabra desde el Río de la Plata, que va con conciencia y amor a reunirse a los amigos de los Estados Unidos, no ha de ser desatendida por los que sobreviven en Concord" (_Obras_, XLV, 374).
Así el formidable luchador del Sur saludaba al místico panteísta del Norte, sabiendo que, de ser oída, ninguna palabra de este hemisferio hubiérale sido más grata que la suya. Y hablaba, acaso involuntariamente, como un discípulo, al titular _Los dioses se van_ su artículo de adiós a un hombre conspícuo en la evolución de la ética moderna; eso había enseñado Emerson, en su concepción natural de la divinidad, poniendo una partícula divina en cada ser humano, enseñando a creerla perfectible, ascendente en virtudes, en santidad, hasta confundirse el hombre en esa ideal harmonía de la Naturaleza que su mente concebía como la esencia y el espíritu de Dios.
=ORIENTACIONES MORALES=
1. Una ética sin metafísica.--2. La crítica de las costumbres.--3. Necesidad de caracteres firmes.--4. Disconformidad con todo tradicionalismo.--5. Panteísmo.--6. Ética naturalista.--7. El optimismo y la perfectibilidad.--8. La confianza en sí mismo.--9. La bella necesidad.--10. Función social del no-conformismo.
1.--UNA ÉTICA SIN METAFÍSICA
En la lección anterior, sin copiar a sus numerosos biógrafos, ni pretender substituirlos, bosquejamos la personalidad de Emerson; para dar un interés argentino al examen de su acción y de su pensamiento, aproximamos el esfuerzo renovador de los _Trascendentales_ norteamericanos con el ensayo fugaz de Echeverría, al fundar la _Asociación de Mayo_, señalando sus semejanzas de inspiraciones y de finalidades. Y recordando la relación de esa corriente renovadora con la pedagogía social de Horacio Mann, evocamos las vinculaciones personales e ideológicas de Sarmiento con el moralista de Concord.
Entremos, hoy, a examinar el contenido intrínseco del emersonismo, procurando quintaesenciar en algunos principios concretos el pensamiento vago y difuso de Emerson, que por la misma nebulosidad de sus contornos suele ser objeto de interpretaciones heterogéneas.
Aunque fué eminente moralista, Emerson no puede ser llamado filósofo, si es que este nombre debe tener un sentido más claro del que le atribuyen los que no han estudiado ningún problema filosófico. Emerson era orador y era poeta; mejor orador que poeta. Orador, tenía el temperamento de los sofistas clásicos; era como éstos un periodista hablado, un agitador de la opinión pública, un propagandista. Poeta, lo era por temperamento, por su inclinación a las razones sentimentales e imaginativas, con un temperamento muy superior a las poesías que escribió, inferiores, sin duda, y sin admitir comparación, a las de Longfellow o de Walt Whitman. Impregnado de la herencia religiosa común a todos los pobladores de la Nueva Inglaterra, acentuábala en él la circunstancia de pertenecer a una familia de pastores disidentes, en que el ministerio evangélico se transmitió de padres a hijos durante muchas generaciones. Emerson era un místico; el misticismo corría en sus arterias y daba colorido a toda su personalidad moral.
La ética de Emerson, por su falta de armonía arquitectónica, es la antítesis de la ética de Spinoza; carece de estructura y de sistema. No hay claridad en sus preceptos ni exactitud en su método. Emerson pertenece al tipo de los grandes predicadores, tiene más de inspirado que de lógico, más de profeta que de sabio. Habla al sentimiento siempre, rara vez a la inteligencia; trata problemas que interesan al gran público, despreocupándose de los que entretienen a los metafísicos; predica para la humanidad entera, viéndola a través de su pueblo; para ello, se pone a su nivel. Quiere encender en todos sus oyentes el culto de la moral, con abstracción de cualquier dogma o doctrina religiosa; pasa así de una razón a la contraria, emplea imágenes, muestra ejemplos, aprovecha los sentimientos religiosos de la mayoría para orientarlos en el cauce de la ética pura, sin preocuparse nunca de ser coherente y ordenado, sin tomar ninguna posición fija ante los problemas insolubles, contradiciéndose en todo lo que no le interesa, si ello converge a su objetivo único: llevar a todos un mensaje básico: _la soberanía de la moral_. Basta leer su ensayo así titulado para corroborar lo que decimos; en vano se buscaría en él, cediendo a la sugestión del título, una concreción clara de lo que es, sin embargo, la nota fundamental en el conjunto de sus escritos.
Emerson no era, pues, un filósofo; ni malo ni bueno, no lo era. Los que estudiamos filosofía tenemos el derecho de reservar este nombre a la investigación de los problemas generales más distantes de la experiencia actual o posible, que escapan a los métodos de las ciencias y exceden sus límites: lo que en todo tiempo y lugar ha constituído el dominio de la metafísica. Y aunque concebimos que su horizonte, y las premisas para estudiar sus problemas, varían incesantemente en la justa medida en que se enriquece la experiencia, que le sirve de fundamento y punto de partida, no podemos llamar filósofos a los retóricos que agitan los sentimientos sociales, ni a los simples eruditos que viven rumiando la historia de las doctrinas filosóficas pasadas. Cousin, propagandista, y Zeller, historiador, no tienen rango alguno como filósofos, aunque sean de alabar la retórica del uno y la erudición del otro. ¿A quién se le ocurriría llamar poeta a un profesor de declamación o de literatura?
Filósofo es el que da nuevas soluciones a los problemas filosóficos, o los plantea diversamente, o renueva con originalidad las soluciones ya previstas. Si no lo entendiéramos así acabaríamos por creer, como las mundanas y los periodistas, que hay filosofía del buen gusto, de la esperanza, de la sensibilidad, del coraje, de la felicidad o de la adivinación, problemas, todos, que por su misma vaguedad deleitan y entretienen a los que nunca podrían entender una página de Platón, de Tomás, de Spinoza o de Hegel.
Emerson tuvo el buen sentido de no confundir su ética con una filosofía. Movíase en el dominio de las creencias y no en el de las doctrinas; procuraba dar nueva dirección al ancestral misticismo humano, sin abordar problema alguno gnoseológico o metafísico. Por eso, poniéndose a cubierto de toda crítica, dijo simplemente: "_en el orden moral las verdades no se demuestran_". Habría sido menos inexacto diciendo: la eficacia de las creencias, para la acción, no depende de su veracidad. Pero Emerson no habló nunca un lenguaje exacto, ni siquiera tuvo, como Spinoza, el deseo de hacerlo.
Renunciando a inventarle a Emerson un sistema filosófico, podemos examinar su posición dentro de la ética, señalando los _leit-motif_ que reaparecen con insistencia en la serie de sus escritos; y aunque no podemos hablar de sus doctrinas, señalaremos su actitud personal frente al mayor de los problemas filosóficos, ya que de ella parten sus más interesantes deducciones éticas.
En otra lección examinaremos las resonancias sociales del emersonismo sobre la evolución de la experiencia moral.
2.--LA CRÍTICA DE LAS COSTUMBRES
Uno de sus primeros discursos--que, en cierto modo, resulta una auto-presentación--se titula _El Hombre Reformador_; en él dominan el interés por los problemas sociales y la simpatía por los hombres que trabajan. Parécenos este ensayo el de mayor contenido sansimoniano, el que preludia más claramente a la agitación Trascendentalista. "Debemos revisar,--dice,--toda nuestra estructura social, el Estado, la escuela, la religión, el matrimonio, el comercio, la ciencia, y examinar sus fundamentos en nuestra propia naturaleza; nosotros no debemos limitarnos a constatar que el mundo ha sido adaptado a los primeros hombres, sino preocuparnos de que se adapte a nosotros, desprendiéndonos de toda práctica que no tenga sus razones en nuestro propio espíritu. ¿Para qué ha nacido el hombre si no es para ser un Reformador, un Rehacedor de lo que antes hizo el hombre, para renunciar a la mentira, para restaurar la verdad y el bien, imitando la gran Naturaleza que a todas nos abraza sin descansar un instante sobre el pasado envejecido, rehaciéndose a toda hora, dándonos cada mañana una nueva jornada y una pulsación de vida nueva? Renuncie a todo lo que ya no tiene por verdadero, remonte sus actos a su idea primera, nada haga donde no comprenda que el Universo mismo le da razón". No puede ser más firme y radical su pensamiento de poner bases nuevas a todo el orden social, negando su adhesión a las rutinas tradicionales.
La conferencia _Sobre el tiempo presente_ es una de sus primeras palabras decisivas. "Los dos partidos omnipotentes de la historia--dice--el partido del Pasado y el partido del Porvenir, dividen hoy la humanidad, como antes. He aquí la innumerable multitud de los que aceptan el Gobierno y la Iglesia de sus predecesores sin apoyarse en otro argumento que el de la posesión... Esa clase, por numerosa que sea, reposando sobre el instinto y no sobre la inteligencia, esa clase se confunde con las fuerzas brutas de la naturaleza; y aunque es respetable bajo ese aspecto, sus miembros carecen de interés para nosotros. El que despierta nuestro interés es el disidente, el teorizador, el hombre de aspiraciones, el que deja esa antigua región para embarcarse sobre un mar de aventuras". Y Emerson se embarca, sin vacilaciones, como vamos a verlo.
Sus biógrafos--admiradores literarios o compatriotas prudentes--parecen haberse convenido para ocultar este aspecto, para mí simpático, de su personalidad viril. El Emerson anciano y venerable, el que conoció Sarmiento, me parece digno del mayor respeto, pero lo encuentro convencional, aburrido; el buen Emerson, de treinta, de cuarenta años, el autor de _Nature_, el director de _The Dial_, el animador de los Trascendentales, es el único Emerson legítimo. Comprendo que para convertirle en genio nacional, grato a todos los partidos, era menester despojarle de todo lo que podría desagradar a los que siempre le miraron como un enemigo; pero así ya no es Emerson, no es el Emerson apóstol y creador, sino un Emerson de escaparate patriótico o de museo histórico, con todas las canas y los afeites con que la humanidad rutinaria acostumbra engalanar a sus ídolos.
Léase el ensayo "_El Conservador_" que, además de su honda psicología, contiene algunas páginas literarias excelentes. Es decisivo desde la primera línea: "Los dos partidos que dividen el Estado, el partido conservador y el partido innovador, son muy antiguos y se han disputado la posesión del mundo desde que éste existe. La querella es el tema de la historia de los pueblos. El partido conservador ha instituído las venerables jerarquías y monarquías del viejo mundo. La lucha de los patricios y de los plebeyos, de las metrópolis y de las colonias, de las antiguas costumbres y de las concesiones a los hechos nuevos, de los ricos y de los pobres, reaparece en todos los países y en todos los tiempos. La guerra no hace estragos solamente en los campos de batalla, en las asambleas políticas y en los sínodos eclesiásticos; ella arde a toda hora y divide el corazón de cada hombre, solicitándolo en opuestas direcciones. Sin embargo, el viejo mundo sigue girando, se alternan los vencedores y el combate continúa renovándose como la vez primera, bajo nombres distintos y con apasionados conductores. Un antagonismo igualmente irreductible debe, naturalmente, estar arraigado en la constitución humana con una profundidad correspondiente a su fuerza. Es la oposición del Pasado y del Porvenir, del Recuerdo y de la Esperanza, del Asentimiento y de la Razón. Es el antagonismo original, la manifestación de dos polos en todos los detalles de la naturaleza". Planteado así el problema, lo analiza magistralmente; me parece, entre los ensayos emersonianos, uno de los más claros por su concepto y de los más atrayentes por su estilo. No sigamos leyéndolo, pues no sabríamos dejarlo hasta el final.