Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo
Part 3
_The Dial_ suspendió sus publicaciones en 1844; los Trascendentales siguieron algún tiempo más, soñando con la armonía social de sus comunidades falansterianas. Emerson, en 1847, emprendió un viaje a Inglaterra, dejando en pleno hervor el movimiento liberal. Además de las iglesias unitarias y de los trascendentalistas de Boston, convergían a él los poetas de Cambridge: Longfellow, Holmes, Russell Lowell, Parsons y Story; el novelista Hawthorne; los historiadores Prescott, Bancroft, Motley, Parkman; los agitadores de la campaña antiesclavista: Garrison, Phillips, Sumner, Enriqueta Beecher Stowe, Whittier; toda, en fin, una legión de poetas, pensadores y apóstoles que representa para los Estados Unidos lo que--guardando las distancias--significa para la Argentina la generación de los emigrados: Echeverría, los Varela, Alberdi, López, Mitre, Sarmiento, Gutiérrez, Cané, Mármol, etc. Y sin pretender convertir en paralelismos estas sencillas y evidentes analogías, señalemos que la campaña liberal contra el antiguo régimen termina allá con el triunfo de la guerra contra los esclavistas y aquí con el éxito del ejército grande contra Rosas.
6.--GEOGRAFÍA MORAL DE LOS ESTADOS UNIDOS
En 1847, mientras Emerson pronunciaba algunas conferencias en Inglaterra, llegó a Estados Unidos nuestro Sarmiento.
Autor ya de _Facundo_ y ejercitado en las tareas educacionales, Sarmiento acababa de recorrer la Europa en busca de inspiración y de ejemplos que pudieran servir al progreso de nuestra América. Había visto mucho y aprovechado poco en Europa, donde todo era inquietud, preludiando la gran tempestad que estallaría un año después. En Estados Unidos llamó singularmente su atención la intensa agitación religiosa, pues los unitarios y los trascendentales habían provocado, como dijimos, una formidable reacción de las iglesias dogmáticas. Cada una ponía un fervor inusitado en la propaganda, siendo curioso que todas se disputaran las simpatías de la opinión, Biblia en mano y en nombre del cristianismo.
En una carta a don Valentín Alsina, incluída en su libro "Viajes por Europa y por América" (Vol. V de sus _Obras Completas_), examina Sarmiento la _geografía moral_ de los Estados Unidos.
Para describir la rigidez de los puritanos ortodoxos trae un cuento al caso. "Sábese que en la Nueva Inglaterra rigieron por mucho tiempo las leyes de Moisés: tal era, y es aún, la idea de la perfección inmaculada de cada frase y de cada versículo de la Biblia. A bordo de un buque se hablaba de las maravillas del cloroformo. Un médico aseguraba que podía aplicarse a los alumbramientos, sin peligro.--¿Y Vd. lo aplicaría a su mujer? preguntaba un puritano presente.--¡Por qué no!--Pues yo no lo haría, replicó seriamente el interlocutor.--Eso depende del grado de confianza de cada uno en su eficacia.--No, señor; el Génesis dice: alumbrará la mujer con dolores, y Vd. contraría la voluntad de Dios.--Como se ve, la cuestión del cloroformo era mirada por el lado de la conciencia, y medida su bondad en el cartabón de la Biblia".
Sarmiento llegó cuando más ardía la hoguera mística. "Para mantener el fuego sagrado, hay en viaje permanente por las campañas remotas, millares de pastores viajeros, que pasan toda su vida en misión; hombres rudos y enérgicos, que llevan a todas partes la agitación, despiertan los ánimos, excitándolos a la contemplación de las verdades eternas. Son éstos verdaderos ejercicios espirituales, como los de los católicos; más espirituales aún, pues sin amedrentarlos con las penas del infierno, el pastor, o los pastores, reunidos en _meeting_ religioso, al aire libre o en algún galpón (improvisado), sacuden las embotadas inteligencias de los campesinos, les presentan la imagen de Dios en formas grandiosas, inconcebibles; y cuando el estimulante ha producido su efecto, envían a las mujeres al bosque de un lado, y a los hombres de otro, para que mediten a solas, se encuentren en presencia de sí mismos viendo su nada, su desamparo y sus defectos morales". Para Sarmiento no tenían interés las doctrinas difundidas, sino el hecho mismo de la agitación espiritual mantenida por los predicadores, que así efectuaban una obra educativa y moral. "Pero lo que de todo esto importa para mi objeto, es que mediante los ejercicios religiosos, las disidencias teológicas y los pastores ambulantes, aquella gran marea humana vive todavía en fermentación, y la inteligencia de los habitantes más apartados de las centros se conserva despierta, activa, y con sus poros abiertos para recibir toda clase de cultura. A semejanza de una cuba, se mantiene ajustada y apta para servir, no importa la calidad del líquido que encierre; mientras que si la dejan vacía, las duelas se tuercen, los arcos se aflojan y queda, con la acción del tiempo y las fluctuaciones de la intemperie, inutilizada para siempre". En el fondo, con palabras distintas, repite Sarmiento el concepto fundamental de Emerson: lo que importa es la acción moral, independientemente de cualquier contenido dogmático o doctrinario.
Esto no significa que Sarmiento no hiciera diferencias entre las sectas ortodoxas y las liberales. "Este caos religioso, aquellas cien verdades contradictorias, están a su vez sufriendo una elaboración lenta, es verdad, pero segura, ascendente". Y no se equivoca en sus preferencias: "La filosofía religiosa de los descendientes de los peregrinos viene descendiendo de lo alto hasta las profundidades de la sociedad, acercando las distancias que separan las disidencias, echando entre ellas blandas ligaduras que acaban por estrecharlas, y que terminarán al fin en absorberlas en el _unitarismo_, secta nueva, panteísta, en cuanto admite todas las disidencias y respeta todos los bautismos por cuyo intermedio se ha transmitido la gracia; y elevándose a regiones más encumbradas, desprendiéndose de toda interpretación religiosa, concluye por reunir en un solo abrazo a judíos, mahometanos y cristianos, prescindiendo de milagros y ministerios, como cosas que no cuadran con la forma orgánica que Dios ha dado al espíritu humano y clasificándolas en el número de las figuras de retórica. La moral del cristianismo, como expresión y regla de la vida humana, como punto de reunión asequible y aceptable por todas las naciones: he ahí el único dogma que admiten, así como la virtud y la humanidad forman el único culto y la única práctica que prescriben a los creyentes".
Los comentarios que todo ello le sugiere son interesantes y exactos; espiguemos algunos. "El espíritu puritano ha estado en actividad durante dos siglos, y marcha a darse conclusiones pacíficas, conciliadoras, obrando siempre el progreso sin romper en guerra con los hechos existentes, trabajándolos sin destruirlos violentamente como lo emprendió la filosofía nacida del catolicismo en el siglo XVIII, y que tan poco camino ha hecho". "Concluyo de todo esto, mi buen amigo, en una cosa que hará pararse los pelos de horror a los buenos yankees, y es que marchan derecho a la unidad de creencias, y que un día no muy remoto la Unión presentará al mundo el espectáculo de un pueblo devoto, sin forma religiosa aparente, filósofo sin abjurar al cristianismo, exactamente como los chinos han concluído por tener una religión sin culto, cuyo gran apóstol es Confucio, el moralista que con el auxilio de su razón dió con el axioma: "no hagas lo que no quieres que te hagan a tí mismo", añadiéndole este sublime corolario: "y sacrifícate por la masa". Si tal sucediera, y debe suceder, cuán grande y fecundo habrá de ser para la humanidad el experimento hecho en aquella porción, que dará por resultado la dignificación del hombre por la igualdad de derechos, la elevación moral por la desaparición de las sectas que hoy lo subdividen a aquel pueblo, enérgico por las facultades físicas y eminentemente civilizado por la apropiación a su existencia y bienestar de todos los progresos de la inteligencia humana. Norteamericano es el principio de la tolerancia religiosa; está inscripto en todas sus constituciones y ha pasado a axioma vulgar; en Norte América fué por vez primera pronunciada esta palabra que debía restañar la sangre que la humanidad ha derramado a torrentes, y venido destilando hasta nosotros desde los primeros tiempos del mundo". Las diversas religiones cristianas que emigraron de Europa, tenían dogmas e intolerancias, hábitos de persecución y de venganza; "unos más pronto, otros más de mala gana y refunfuñando, han tenido que apagar sus tizoncitos y dejarse de esa bufonada de mal género que consiste en quemar hombres para mayor gloria y honra de Dios. No tengo cuándo acabar cuando entro en el campo de la teología; me vuelvo yankee, como Vd. ve, y hasta gangoso me pongo al leer estos razonamientos. Pero mal que le pese, tengo aún que apuntar una de las fuerzas de regeneración, propaganda y auxilio al moroso que tiene en movimiento la inteligencia en Norte América y fuerza a marchar adelante a los rezagados. Su origen y su forma es religiosa, si bien sus efectos se hacen sentir en todos los aspectos sociales. Hablo del espíritu de asociación religiosa y filantrópica, que pone en actividad millares de voluntades para la consecución de un fin laudable y consagra caudales gigantescos a la prosecución de su obra. En este punto el norteamericano se ha creado necesidades espirituales tan dispendiosas e imprescindibles como las del cuerpo mismo, y esta provisión de necesidades del ánimo, aquel tiempo, trabajo y dinero empleado en dejar satisfecho un deseo, una preocupación, muestra cuán activa es la vida moral de aquel pueblo". Y termina con estas palabras: "En todo este enorme y complicado trabajo nacional, verá Vd. predominar una gran idea, la igualdad; un sentimiento, el religioso, depurado de las formas exteriores; un medio, la asociación, que es el alma y la base de toda la existencia nacional e individual de aquel pueblo."
Conocéis la simpatía de Sarmiento por todo lo que representaba liberalismo, progreso, porvenir. Era en él obsesiva la idea de regenerar a nuestra América latina emancipándola de su pasado colonial, en que sólo veía pereza y superstición; los conquistadores habían enseñado a mirar el trabajo como una vergonzosa humillación, filtrando en las venas de sus descendientes el parasitismo; los teólogos habían enseñado a rezar mucho y a leer poco, limitándose a fundar las escuelas necesarias para ir formando un clero autóctono. Con esas ideas, que había expresado ya en _Facundo_ y de que no se apartaría hasta la hora de escribir _Conflicto y armonías de las razas en América_, profunda impresión debía producirle aquella otra América "en que todos saben leer y trabajar". Se explica así el constante entusiasmo por el modelo político y social norteamericano; y se explica también su preferencia por aquellas religiones protestantes, creyendo que en ellas la fe primaba sobre la superstición, el celo evangélico no excluía la tolerancia recíproca y el misticismo personal podía escoger una atmósfera propicia para remontar su vuelo sin que el Estado le impusiera una determinada dirección dogmática. Sabéis que Alberdi, con quien riñó tanto y tantas veces,--sin duda porque perseguían un mismo ideal a través de sus opuestos temperamentos,--expresó análogas simpatías por las religiones disidentes.
7.--SARMIENTO Y HORACIO MANN
Llevaba Sarmiento una preocupación cardinal, la instrucción pública; con ella se proponía redimir a estas antiguas colonias que habían heredado un analfabetismo casi universal. Estuvo en Boston, "la Menfis de la civilización yankee", llevado por su preocupación pedagógica. "El principal objeto de mi viaje era ver a Horacio Mann, el secretario del Board de Educación, el gran reformador de la educación primaria, viajero como yo en busca de métodos y sistemas por Europa, y hombre que a su fondo inagotable de bondad y de filantropía, reunía en sus actos y sus escritos una rara prudencia y un profundo saber. Vivía fuera de Boston y hube de tomar el ferrocarril para dirigirme a Newton-East, pequeña aldea de su residencia. Pasamos largas horas de conferencia, en dos días consecutivos. Contóme sus tribulaciones y las dificultades con que su grande obra había tenido que luchar por las preocupaciones populares sobre educación, y los celos locales y de secta, y la mezquindad del partido democrático que deslucía las mejores instituciones. La legislatura misma del Estado habría estado a punto de destruirle su trabajo, destituirlo y disolver la comisión de educación, cediendo a los móviles más indignos: la intriga y la rutina. Su trabajo era inmenso y la retribución escasa, enterándola él en su ánimo con los frutos ya cosechados y el porvenir que abría a su país". Y después de pasar en reseña los adelantos de la educación pública, refiere lo que fué, diremos así, la escuela de su futuro apostolado en la enseñanza argentina: "Usted ve, querido amigo, que estos yankees tienen el derecho de ser impertinentes. Cien habitantes por milla, cuatrocientos pesos de capital por persona, una escuela o colegio para cada doscientos habitantes, cinco pesos de renta anual para cada niño y además los colegios: esto para preparar el espíritu. Para la materia o la producción tiene Boston una red de caminos de hierro, otra de canales, otra de ríos y una línea de costas; para el pensamiento tiene la cátedra del Evangelio y cuarenta y cinco diarios, periódicos y revistas; y para el buen orden de todo, la educación de todos sus funcionarios, los _meetings_ frecuentes por objeto de utilidad y conveniencia pública, y las sociedades religiosas y filantrópicas que dan dirección e impulso a todo. ¿Puede concebirse cosa más bella que la obligación, en que está Mr. Mann, de viajar una parte del año, convocar a un _meeting_ educacional a la población de cada aldea y ciudad a donde llega; subir a la tribuna y predicar un sermón sobre educación primaria, demostrar las ventajas prácticas que de su difusión resultan, estimular a los padres, vencer el egoísmo, allanar las dificultades, aconsejar a los maestros y hacerles indicaciones, proponer en las escuelas las mejoras que su ciencia, su bondad y su experiencia le sugieren?"
Recordemos, al pasar, que Horacio Mann, verdadero trasuntador del eticismo emersoniano en la pedagogía, fué, para Sarmiento, el gran amigo y el gran modelo, cuyas doctrinas creyó poder sintetizar en pocas sentencias:
--El hombre que no ha desenvuelto su razón con el auxilio de los conocimientos que habilitan su recto ejercicio, no es hombre, en la plenitud y dignidad de la acepción.
--La ignorancia es casi un delito, pues que presupone la infracción de leyes morales y sociales.
--La asociación de los hombres tiene por objeto la elevación moral de todos y el auxilio mutuo para asegurarse su quietud y su felicidad.
--La propiedad particular debe proveer a la educación de todos los habitantes del país, como garantía de su conservación, como elemento de su desarrollo, y como restitución y cambio de los dones de la naturaleza que son la base de la propiedad.
--La libertad supone la razón colectiva del pueblo.
--La producción es obra de la inteligencia.
Y deberíamos los argentinos releer, de tiempo en tiempo, las páginas de fondo substancioso, aunque desaliñadas en la forma, en que Sarmiento condensó la _Vida de Horacio Mann_ (Obras, XLIII), bastando, a veces, dos párrafos, para explicar la personalidad del gran educador y el sentido emersoniano de su moral independiente: "Las pronunciadas y naturales propensiones del hombre aparecen a menudo durante su juventud, y antes que la experiencia haya venido a enseñarnos a proceder con cautela. Los que conocieron a Mr. Mann en el colegio y lo han conocido después, encontrarán muy aplicable a él esta reflexión. Se distinguía entre sus camaradas y será notable y recordado siempre, por aquellos rasgos peculiares que son constantes en su personalidad, es decir: primeramente, como un pensador original y atrevido, que lo hacía investigar por sí mismo todas las materias, sin miramiento a nadie, atendiendo sólo a la verdad y al derecho que asiste en ello; y segundo, el horror que le inspiraba toda impostura e hipocresía, aborreciendo por esto la impostura y la sátira, por atribuirlos a motivos egoístas. La osadía y la fuerza con que manifestó estos dos caracteres distintivos, han velado a los ojos del vulgo una tercera cualidad que le era también muy peculiar, a saber, el ardor y actividad del sentimiento religioso. De aquí viene que muchos no lo tomaran por un hombre religioso, en el sentido técnico de la palabra, aunque lo era verdadera y eminentemente en su significación más elevada. Investigando siempre las leyes del universo moral y físico y atribuyéndolas a Dios solo, cuando las ha encontrado, rinde a ellas y a su Autor el justo homenaje de la obediencia y de la veneración; y esto lo hacía en todas las ocasiones y hasta en los más mínimos asuntos. No sólo acata los diez mandamientos, sino diez mil más. Éste es el origen de aquel delicado sentimiento moral, de su firme y rígida fineza, de la guerra sin tregua que siempre hizo a toda clase de impiedad, de quien quiera que procediese" (pág. 331 y sig.).
Toda la herejía emersoniana y todo su panteísmo moral parecen resumidos en esa frase con que Sarmiento hace el mayor elogio de Horacio Mann: "no sólo acata los diez mandamientos, sino diez mil más". Ésa es su interpretación expresiva de la moral sin dogmas y de la religión sin doctrinas. Al catecismo de una religión dogmática que impone obedecer diez mandamientos, y sólo esos diez, el hombre virtuoso puede violarlo si obedece los infinitos deberes que le dicta su conciencia moral, incesantemente sugeridos por la múltiple acción que puede cada uno desenvolver en beneficio de la sociedad a que pertenece.
8.--LA VIDA EN CONCORD
Habría que estar ciego para no comprender que en Boston, en aquella atmósfera llena de Channing y de Emerson, de unitarismo y de liberalismo, verdadero almácigo de moralistas sin dogmas, recibió Sarmiento las inspiraciones educacionales que luego, durante casi medio siglo, fueron la enseña de su apostolado en nuestra patria.
En ese primer viaje no conoció personalmente a Emerson, aunque lo percibió en todas las personas e instituciones que significaban liberación del tradicionalismo y germen de progreso. Emerson comenzaba a lograr la mayor de las sanciones a que puede aspirar un gran hombre: que todos, amigos y enemigos, le hicieran fuente de sus consejos o blanco de sus ataques, los iguales venerando sus altas virtudes, los inferiores explotando sus legítimos prestigios para ponerse en evidencia, sin advertir estos últimos que los ataques de los envidiosos constituyen el mejor abono para la gloria de los hombres excelentes.
A su regreso de Inglaterra, Emerson tenía cuarenta y cinco años. Al calor romántico y combativo de la juventud comenzaba a suceder la serenidad estoica y optimista que es el dulce privilegio de los caracteres virtuosos. Su apostolado, desde 1850, fué cada vez más afirmativo; antes que corregir la mentira y la perversidad de hombres adultos, cuyas rutinas y vicios estuviesen ya consolidados por la edad, le interesó difundir la verdad y el bien, tal como los comprendía, entre jóvenes que aún estuvieran en edad de rectificar sus ideas y su conducta: ¡enderezad, si podéis, el arbusto; no perdáis vuestro tiempo en destorcer el tronco añoso! Su afán de crear le indujo a mirar la polémica y la discusión como una pérdida de tiempo y una malversación de energías; parecíale de más provecho cooperar al advenimiento de la verdad y del bien, que reñir con los incapaces de estudiar para saber y de simpatizar para amar. Ese concepto afirmativo, dominante en su conducta personal, fué la condición básica de su optimismo.
Todas las sectas y partidos conservadores, disfrazándose de vagos espiritualismos, le acusaban hoy de incredulidad, mañana de ateísmo, y al fin le consideraban peligroso para la tranquilidad general, como llamaban a la propia. Emerson, por ser el más conspícuo de los hombres vinculados al Trascendentalismo, seguía atrayendo el rencor implacable de todos los que habían mirado con terror esa efervescencia del romanticismo social contra el tartufismo tradicionalista; y cuando más arreció la reacción, en vísperas de la campaña antiesclavista, Emerson, desafiando las pasiones de los extraviados, tomó la responsabilidad de defender a Alcott--como, entre nosotros, Echeverría defendió a Alberdi, cuando sus primeros enemigos lo difamaban,--adhiriéndose al fin y de lleno a la campaña contra la esclavitud, que será siempre el mayor timbre de gloria de aquella memorable generación norteamericana.
Solitario en Concord, vivió una existencia socrática, que, en páginas edificantes, podéis leer en algunos de sus biógrafos--_Emerson in Concord_, por su hijo Eduardo W. Emerson, _Emerson at Home and Abroad_, por Conway, _Concord Days_, por Alcott, etc. No todas las naciones, ni todos los siglos, han presenciado una vida como la suya.
Toda mente superior leerá siempre con placer sus páginas consagradas a elogiar su _Soledad_. Reconoce que el hombre debe vivir en sociedad, rodeado de artes, de instituciones, de amigos que tengan su propia estatura moral, buscando en la simpatía estímulos para su acción y su constancia; pero... "de tiempo en tiempo el hombre excelente puede vivir solo; debe hacerlo... La gente de mundo debe tomarse en pequeñas dosis. Si la soledad es orgullosa, la sociedad es vulgar. En el mundo, las capacidades superiores del hombre suelen considerarse como cosas que lo descalifican. La simpatía nos rebaja con la misma facilidad con que nos eleva... La soledad es impracticable y la sociedad es fatal: debemos mantener nuestra cabeza en la primera y confiar nuestras manos a la segunda. Sólo podemos conseguirlo si conservando nuestra independencia no perdemos nuestra simpatía". No es bueno que el hombre esté solo, pero es indispensable que no esté mal acompañado. La conducta del hombre perfecto, decía Spencer, sólo aparecería perfecta cuando el ambiente lo fuera; en ningún ambiente inferior sería adaptable, porque la idealidad de la conducta es absolutamente un problema de adaptación.
Eso nos permite comprender la antipatía que tienen los grandes caracteres morales a la vida bulliciosa de las ciudades, donde las circunstancias obligan a un contacto excesivo con personas indiferentes o desagradables. Felices los que pueden, como Emerson, buscar un retiro tranquilo, propicio a la meditación y al estudio, transcurriendo una vida simple entre las gracias siempre renovadas de la Naturaleza; felices los que pueden refugiarse en una apacible soledad y como desde una cumbre abarcar a toda la humanidad en una sola mirada de simpatía, no turbada por la visión de pequeñeces y disonancias. Es allí donde el ingenio se revela en toda su pureza, allí donde la santidad se encumbra; y desde allí el hombre ubérrimo puede ofrecer a la humanidad los más sabrosos frutos de su experiencia: sus ideales.
Las obras de educación, de justicia, de solidaridad, recibieron de Emerson una palabra de aliento o una cooperación efectiva. Cada año que pasaba sobre él, cada nueva cana sobreviviente, aumentaba la grandeza moral del hombre que seguía dando a la nación nuevas expresiones de su mensaje ético. Su primitiva predicación, esencialmente individualista, fué acentuando día a día aquel sentido social y humanitario que apareciera ya en las columnas de _The Dial_, cuando la visión de una humanidad mejor y perfectible le hizo comprender que la moralidad del individuo debe tener por atmósfera la moralidad de todo el agregado social.