Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo

Part 13

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Todos los escritos de los eticistas ingleses convergen a afirmar lo que era un axioma para Emerson: la noción de realidades sobrenaturales (salvo que se llame "sobrenatural" a la perfección moral suprema) no es necesaria, para el desenvolvimiento de las fuerzas morales, y debe rechazarse la opinión de los que, sabiendo que aquéllas son ilusorias, persisten en creerlas de utilidad práctica. El motivo supremo de la conducta debe ser el respeto del ideal moral; cuando se lo medita con respetuosa simpatía, se convierte en fuente de inspiraciones tan fecundas como las que hasta ahora han emanado de entidades sobrehumanas. Los ideales no se proyectan sobre la pantalla del cielo, no flotan vagamente en el universo: viven en los hombres y entre los hombres, reconociendo a éstos el valor de su personalidad y comprendiendo que debe manifestarse en la familia, en la ciudad, en la nación, en el mundo. Un nuevo concepto del respeto propio nace en los eticistas al afirmar que todo ser se diviniza cuando en él despierta la conciencia de la ley moral; blasfemar del hombre, como hacen los pesimistas y los escépticos, es blasfemar de Dios, que sólo se manifiesta en el hombre. Sea cual fuere la interpretación que el hombre se forma de la divinidad, sea cual fuere su teología o su filosofía, es la experiencia moral lo único que lo torna divino; de allí que en el culto del ideal moral pueda asentarse la única religión incompatible con dogmas ni sectas, de allí que sus miembros no crean que será ésa "la religión de los incrédulos", sino la forma de creencia más pura a que pueden llegar los verdaderos creyentes. En uno de los himnos que suelen cantar los eticistas leemos estas palabras de Swinburne: "Los dioses rechazan, trampean, negocian, venden, calculan, economizan...", y Stanton Coit completa el pensamiento: "el hombre no rechazará a nadie, no perderá uno solo de todos los hombres para dignificarlo; a todos los enaltecerá con sus cuidados y con su amor".

Insisto en mencionar algunos pasajes y fórmulas que parecen inconciliables; mi objeto no es apologético, sino puramente informativo. Es útil ver cómo toda nueva corriente de ideas, todo nuevo ensayo de prácticas, aparece imperfecto y poblado de disonancias. Contra el deseo de emanciparse del pasado, sigue el pasado ejercitando alguna influencia; en toda renovación, de costumbres o de ideas, la experiencia secular de nuestros abuelos reaparece, reclama su sitio, no se resigna a ceder ni a morir, presentándonos el cuadro inquieto del hábito luchando contra la experiencia nueva, de la herencia resistiendo a la variación.

Concebido el movimiento eticista como una emancipación moral de toda tutela dogmática, vemos que el hábito de seculares prácticas religiosas se infiltra en él y tiende a convertirlo en una religión, sin contenido sobrenatural, ciertamente, pero religión al fin, si la consideramos como conjunto de prácticas y como actitud sentimental hacia algo que se considera Divino.

Sin embargo, en mayor o menor proporción, lo nuevo altera siempre lo viejo, la variación modifica siempre la herencia: y en ello está la evolución que engendra perfeccionamientos. Las sociedades éticas se hacen más religiosas cada vez, pero su religiosidad es muy distinta que en las precedentes religiones; no representa una verdadera regresión al tipo de que se apartaron al comenzar. Para aumentar su eficacia los eticistas han adoptado, por temperamento o deliberadamente, las costumbres exteriores que el sentimiento místico reclama como necesarias, sin renunciar por ello a la heterodoxia intrínseca de su doctrina.

"La religión--dice Stanton Coit--convertida a un espíritu social y democrático, enseñará el respeto de sí mismo como la primera virtud religiosa, fundará su plan de redención sobre ese respeto. Desde el punto de vista de un idealismo humanista, la religión sobrenatural ha cometido hacia el altísimo un sacrilegio casi inexplicable: todo lo que parecía emanar del hombre, y era bello y adorable, puro y santo, lo ha atribuído a una fuente sobrehumana y sobrenatural, mientras atribuía a la naturaleza humana todo lo que era bajo y sórdido. Para glorificar una divinidad trascendente, los sacerdotes y los teólogos arrancaban del corazón de los hombres hasta el último rastro del respeto de sí mismos. No solamente las acciones exteriores, sino la misma devoción interior era mirada como lodo. Empujando los hombres al desprecio de sí mismos, forzándolos a envilecerse hasta la agonía, se les inducía a prosternarse conscientes de su extrema bajeza, a los pies de un Ser que no era ni hombre ni naturaleza, pero que tenía sujeto al hombre, en cuerpo y espíritu, entre sus tentáculos infatigables... Esta doctrina es católica, anglicana, presbiteriana, bautista, wesleyana... Todos, todos traicionaban a la naturaleza superior del hombre, mentían a la creencia misma de su personalidad, al testimonio de su inteligencia y de su conciencia moral. ¿Es necesario sorprenderse de que, así, el pueblo cayera bajo la dominación de los sacerdotes y de los príncipes, aliados?... Hasta hoy se ha creído que un hombre que se respeta y obra por respeto propio, carece de religión y de piedad; hasta hoy, apenas un hombre sobre cien mil se atreve a identificar ese respeto con el de Dios, osa erguir dignamente la cabeza con la conciencia de su valor humano, osa atribuir el mal que lleva en sí al error y a la ignorancia, y no a una siniestra predestinación sobrenatural... Hoy, por fin, y sólo hoy, se predice la doctrina de la inmanencia del hombre y se comprende que ella significa la identidad de la suprema fuerza redentora del universo con la enaltecida personalidad de todo hombre o mujer."

7.--ESPONTANEIDAD Y EVOLUCIÓN DE LA MORALIDAD

Esta exaltación mística del respeto a la personalidad humana acompaña al concepto, fundamental para Emerson, de que _la bondad es normal y natural_, debiendo mirarse el mal como una simple traba o incapacidad para vivir normalmente, integralmente. La maldad pertenece a la teratología o a la patología moral: es una monstruosidad o una enfermedad. Son monstruosos todos los que obran contra sí mismos o contra los demás, todos los que viven de la hipocresía o esparcen la calumnia, todos los que fingen o mienten, todos los que ocultan una partícula de la verdad que saben para obtener una prebenda o un beneficio, todos los que se avergüenzan de la indignidad propia o alientan la indignidad ajena, todos los cómplices interesados del error o de la superstición, de la injusticia o del privilegio.

El hombre no se diviniza sino cuando se aproxima a su moralidad natural, que es la bondad, librándose del mal que conspira contra su propia divinización y contra la de los demás. Porque los resultados de la moralidad nunca son individuales, recaen sobre todos. Lo que más dificulta la perfección del hombre es su adaptación a un ambiente de moralidad inferior. Todos somos solidarios. Lo que rebaja moralmente a nuestros semejantes, nos rebaja a nosotros mismos; por eso la religión eticista conduce a una fe solidarista inquebrantable e impele a auspiciar todas las reformas que tienden a fundar una democracia social, aboliendo los obstáculos materiales que alejan al hombre de su perfeccionamiento moral.

Creen los eticistas que el esfuerzo humano basta para transformar los individuos y las sociedades, creando esa verdadera democracia política y moral que ninguna nación puede jactarse de haber realizado todavía. Si la bondad es normal, prevalecerá naturalmente. En ninguna parte la vemos perfecta y omnipotente; pero su posibilidad puede presentirse en el deseo esforzado de los hombres. Si la experiencia permitiera descubrir los medios naturales que intensificarían la dignidad en el hombre y la justicia en la sociedad, lógico sería presumir que la aplicación de esos medios conduciría a un aumento progresivo de la moralidad individual y social.

Los eticistas ingleses afirman su fe con una certeza y una esperanza impresionantes. Entienden que aun renunciando a lo sobrehumano y lo sobrenatural, siguen disponiendo de todos los medios que han usado las antiguas iglesias para mejorar a la humanidad; se consideran herederos suyos, de su larga experiencia, de su disciplina espiritual, de su conocimiento del corazón humano, es decir, de todos los instrumentos psicológicos de proselitismo, sin necesidad de conservar ninguno de sus dogmas ni transigir con ninguno de sus errores.

La Unión de las sociedades éticas inglesas proclama el deseo firme de alentar y preparar el estudio científico de los hechos que constituyen la _experiencia moral_ de la humanidad. Reconoce que sólo especialistas en tales estudios pueden fundar esas "ciencias morales positivas"; pero, ocupándose teórica y prácticamente de las cuestiones morales y sociales, entienden proporcionar a los sabios observaciones y experimentos útiles, a la vez que preparar un público capaz de comprender sus resultados. "No tenemos, ni tendremos nunca, miedo de la ciencia; al contrario, su insuficiencia o su arresto nos perturbaría. Cuanto mejor conozcamos la naturaleza humana, tanto más seguros marcharemos hacia el advenimiento de la moral y de la justicia. Siempre nos adaptaremos a los resultados que se obtengan en el estudio de la experiencia moral mediante los métodos científicos".

"Solamente los prejuicios que nacen del orgullo, de la avidez, del afán de dominar, de los intereses de clase, del envanecimiento, del desprecio de los pobres y de las mujeres, pueden cegar al hombre hasta impedirle ver los recursos infinitos de que dispondrían las iglesias de Cristo el día que aceptaran los descubrimientos y las invenciones de la ciencia, las usaran y pusieran en ellas su confianza, en vez de esperar una salvación milagrosa suplicando a espíritus invisibles y pretendiendo ser guiadas por agentes sobrenaturales."

Justo es reconocer que los eticistas ingleses se adaptan con rigor lógico a esa confianza en la ciencia y a ese respeto por sus posibles resultados: desde el punto de vista pedagógico su actitud es verdaderamente crítica. No pretenden que su religión, sus iglesias, sus juicios morales, sean definitivos, ni que pueda erigirse en dogma inmutable ninguna de sus opiniones o creencias. No solamente creen que sus ideales son reformables y perfectibles, mas afirman que la historia del desenvolvimiento ético y religioso demuestra que los valores morales y las religiones están en constante evolución. "Ha habido en el pasado bastante charlatanismo en materias religiosas y morales; queremos tener el coraje de nuestra inevitable ignorancia y no presentarnos como sabiendo más de lo que podemos saber en el estado presente de las ciencias morales. Por eso no proclamamos nada que tengamos por absoluto, ninguna doctrina que reputemos definitiva e imperfectible. Tomamos como punto de partida de nuestra enseñanza los juicios morales generalmente aceptados en el mundo civilizado por los individuos que parecen normales y procuramos intensificarlos o expandirlos, contribuyendo así a su evolución, que consiste en depurar la moral corriente de todo lo que es solamente tradicional o convencional, complementándola, perfeccionándola, acostumbrando a los hombres a no concebir ya ningún ideal que no sea progresivo. La voz del deber manda augusta y absoluta; pero nuestro conocimiento del deber, y la noción que de él nos formamos, varían incesantemente. Las ciencias morales podrían darnos nuevas interpretaciones de nuestros ideales éticos, sin por eso destruir el fondo humano y social de la moralidad misma; y si demostraran que algunas de nuestras interpretaciones son erróneas, que algunos de nuestros ideales presentes son contradichos por la experiencia moral, encontrándolos nocivos para la dignificación de la vida individual y social, nosotros nos someteríamos a sus demostraciones o corregiríamos nuestros errores... Por eso, y mientras se constituya una ciencia positiva de la moralidad, no tenemos la pretensión de anticipar a los hombres la verdad absoluta."

De allí que no se consideren obligados a adoptar un criterio particular y absoluto del bien, ni prefieran enseñar tal o cual sistema de moral; eso obstaculizaría su progreso, excluyendo experiencias determinadas que otros pudieran aportar.

Entre los eticistas hay trinitarios, unitarios, ateos, mahometanos, hedonistas, utilitarios, kantianos; separados antes por sus dogmas o doctrinas, están unidos ahora por necesidades morales comunes, que engendran una fe análoga en el progreso moral de la humanidad. Los únicos excluidos son los incapaces de hacer esfuerzo alguno para mejorar su conducta y de sumar su voluntad con todas las otras que persiguen la solidaridad en el bien.

Esta comunidad de ideales y de acción moral es lo que constituye la creencia de una Iglesia; todas las que conoce la historia, en cuanto han sido útiles a la humanidad, fueron verdaderas sociedades éticas. Si han difundido en el mundo concepciones falsas, y en ciertos casos depresivas, ha sido apartándose de su primitiva finalidad natural y humana. Por eso los eticistas no se declaran enemigos de las Iglesias cristianas; no quieren destruirlas ni suplantar su influencia en el mundo, sino reformarlas y perfeccionarlas, infundiéndoles una mayor preocupación por el progreso moral y purgándolas de todo su dogmatismo teológico. Ese sería el camino hacia la unidad de creencias de toda la humanidad; esa sería la única actitud religiosa que todos los hombres podrían subscribir sin reservas, sin temor a las ciencias que construyen la verdad, con la que nunca podrá estar en disidencia la moral. Ambas emanan de la Naturaleza misma, convergen hacia comunes ideales de dignificación humana.

8.--SÍNTESIS DEL PENSAMIENTO ETICISTA

Lo característico del eticismo, en suma, no es la simple afirmación de "la soberanía de la moral", para repetir el título del ensayo de Emerson, sino su convicción de que _la moralidad es natural y humana, independiente de todo dogma religioso y de toda especulación metafísica_. La moralidad puede nacer, desarrollarse, prosperar, alcanzar su máxima plenitud e intensidad, sin tener por fundamento la noción de realidades sobrenaturales, la idea de una divinidad trascendente o de una vida después de la muerte. Esas hipótesis, sobre parecer inútiles, pueden ser nocivas al desarrollo de la moralidad, en cuanto ponen fuera de la conducta humana los estímulos y las sanciones que favorecen nuestra perfectibilidad. ¡Triste, miserable virtud, la de aquellos hombres que no podrían tenerla sino como resultado de una imposición dogmática o como simple negocio usurario para después de la muerte! ¡Desgraciados esclavos, no hombres, los que en su propia conciencia moral no podrían encontrar las normas para vivir con dignidad, respetándose a sí mismos, y con justicia, respetando a sus semejantes! Fuerza es reconocer que no carecen de lógica los eticistas cuando afirman que lo sobrenatural es un peligro para lo natural, y lo teológico para lo ético, y el dogmatismo para la perfectibilidad, y la superstición para la virtud.

Quieren ellos constituir una religión exclusivamente humana. En todos sus escritos se advierte la tendencia firme a propiciar el advenimiento de un régimen social en que tengan una parte creciente la solidaridad y la justicia; y muestran, también, una confianza optimista que concilia su misticismo con los métodos de las ciencias contemporáneas, creyendo en la bienhechora fecundidad de sus aplicaciones prácticas a la felicidad humana. No temen que la Verdad pueda, en momento alguno, disminuir el coeficiente medio de Virtud difundido en el mundo. Emancipando la moralidad de todo dogmatismo, afirman que la Verdad sólo puede ser temida por los que ven en la ignorancia, en la mentira y en la superstición, los medios de perpetuar la maldad representada por la injusticia y el dolor cimentado en el privilegio. Y creen, con bella firmeza, que si los hombres logran poner algún día toda su fe, la más ardiente, la más incontrastable, la más devota, en ideales nacidos de la Experiencia Moral, habrá desaparecido el conflicto eterno entre la inteligencia racional y el sentimiento místico, entre la Ciencia y la Fe,--sólo incompatibles cuando un término busca la Verdad y el otro se asienta en el Error,--hermanadas para siempre cuando la religión del Ideal Moral limpie de sus malezas tradicionales el sendero que lleva al individuo hacia la dignidad, que lleva a la sociedad hacia la justicia.

9.--EL PORVENIR DEL ETICISMO

¿Se organizará definitivamente como una iglesia sin doctrinas para cultivar una moral sin dogmas? Confieso que el eticismo me inspira mucha simpatía y que no considero perdidos los momentos que he consagrado a visitar sus sociedades y leer sus escritos; a pesar de ello no podría predecir si, en su forma actual o transformándose, está llamado a alcanzar una gran difusión. En todos los países de la Europa civilizada existen asociaciones animadas de ese mismo espíritu, con nombres análogos o diferentes; pero en todos, fuerza es reconocerlo, su esfera de acción es más bien cualitativa que cuantitativa: hombres de moralidad superior cuyo temperamento místico coincide con una disconformidad religiosa. Acaso lleguen a constituir una iglesia para las minorías selectas que necesiten un ambiente organizado para desenvolver su misticismo; eso mismo excluirá de ellas al exiguo número de hombres que no tenemos un temperamento místico.

La masa de los creyentes, si se apartara de las iglesias actuales, preferiría vincularse a las nuevas religiones cristianas cuyo sentido práctico y social las hace más humanas que las antiguas. Los incapaces de creer en religión alguna, si tienen temperamento místico, serán atraídos siempre por esas grandes corrientes de renovación política y social, que equivalen prácticamente a verdaderas religiones de la humanidad.

¿Evolucionarán las demás iglesias actuales hacia una moral sin dogmas? Sin dogmas, no; con menos dogmas, sí. Basta recordar la influencia del unitarismo y del trascendentalismo sobre todas las iglesias norteamericanas; ese es el sentido general de la evolución religiosa contemporánea, en el mundo civilizado: cada iglesia tiene en su seno un "modernismo" que depura incesantemente sus dogmas. Es indudable que los teólogos del siglo XX han aprendido cosas que no sospechaban los del XV; en ninguna Facultad o Seminario de Teología podría estudiarse un tratado de hace cincuenta años, fuera de su interés histórico o literario; las iglesias, para defender sus dogmas, han tenido que adaptarlos a los resultados menos inseguros de las ciencias contemporáneas. Revisando los libros de texto usados en la Universidad Católica de Louvain, y en la Divinity School de Harvard, he pensado con escalofríos en la hoguera que habría carbonizado a sus autores si los hubiesen escrito hace tres siglos.

Con esto os quiero expresar que las mayores iglesias euroamericanas han experimentado grandes progresos, precursores de otros que atenuarán gradualmente su dogmatismo. Como cada una de ellas sólo polariza una parte limitada de las creencias sociales, es natural que llegue hasta los concilios de los teólogos el eco de lo que pasa fuera de cada iglesia; hemos visto que la ética social ha corregido ya en algunos países la ética de los teólogos y podemos presumir que toda nueva efervescencia moral tendrá repercusiones semejantes. Desde este punto de vista considero legítimo suponer que el eticismo puro puede tener una influencia indirecta, desdogmatizando poco a poco las morales teológicas más difundidas.

Ciertos modos de pensar y de sentir, aunque adoptados por pocos, constituyen un obligado término de comparación para los que piensan y sienten de otra manera; poco importa que no tengan un éxito de proselitismo, su eficacia consiste en que no pueden prescindir de ellos los mismos que se proponen combatirlos.

Es una acción indirecta, diréis; pero existe y es benéfica. No es la única, sin embargo. En horizontes más reducidos, para la minoría ilustrada a que poco antes nos referíamos, las asociaciones éticas son de utilidad directa. Baste pensar que ellas ofrecen un ambiente de educación moral intensiva a muchos hombres que no creen en dogma alguno religioso y que aislados están expuestos a caer en el dilettantismo, en el escepticismo o en el pesimismo moral; por el funesto hábito de asociar su moralidad a su religión abandonada, están expuestos a aflojar los resortes de su conducta privada y cívica, confundiendo la buena tolerancia doctrinal de todas las ideas con la detestable tolerancia práctica de todos los vicios.

Reconozcamos que ese peligro existe; nadie podría negar su gravedad desde una cátedra sin eludir la responsabilidad social que acepta al ocuparla. Y el remedio contra ese peligro--después del ejemplo personal, que es siempre la lección más fecunda--está en fomentar toda nueva forma de experiencia moral que pueda suplir las ya impracticables. El hombre que abandona sus dogmas religiosos está obligado a intensificar su moral práctica, a ser mejor hijo y mejor padre, mejor amigo y mejor esposo, mejor obrero y mejor ciudadano. La _obligación social_ no es menor que la teológica o la metafísica; la _sanción social_ es tan severa como la divina o la racional... Y bien; si entre los hombres que no creen ya en las religiones dogmáticas, muchos carecen de energías morales suficientes, ¿no es deseable que las sociedades éticas les proporcionen un ambiente propicio para que su moralidad sea sostenida y se perfeccione?

Basta reconocer que existe un peligro, para que no sea desdeñable ningún medio que contribuya a evitarlo. Sabéis--da vergüenza decirlo--que algunos señalan como único remedio la vuelta a los dogmatismos tradicionales repudiando de plano todas las verdades que desde hace un siglo los contradicen o los comprometen. No vacilemos en declarar, en voz alta y en nombre de nuestros hijos, que perseguir la moralidad a precio del error deliberado--que es la mentira--nos parece la más irreparable de las inmoralidades.

Los eticistas, sin distinción de matices, quieren que la verdad, profunda voz con que habla a los hombres la Naturaleza, sea respetada. Nunca proponen ahogarla; prefieren depurar los viejos ideales éticos de todos sus elementos dogmáticos, perfeccionándolos, elaborando ideales nuevos.

Existe, no lo descuidemos, otro aspecto de la cuestión, más importante para el porvenir. Las sociedades éticas no lo descuidan: es el problema de la educación moral en la enseñanza; es el único práctico para el porvenir. Así lo comprendieron, en nuestra patria, muchos grandes espíritus: Echeverría, Alberdi, Sarmiento, Estrada, Peyret, en bellas páginas que merecen releerse; Agustín Álvarez le consagró un volumen especial; desde esta misma cátedra os la ha predicado el dignísimo decano de esta Facultad, Rodolfo Rivarola.

Las naciones civilizadas han expresado ya su voluntad de que la escuela pública se abstenga de preferir ninguno de los dogmas religiosos profesados por sus ciudadanos. Afirmemos también la necesidad de intensificar en ella la educación moral, preparando las generaciones futuras para esa tolerancia recíproca de las creencias que es la base misma de la solidaridad social. Sólo por obra de la escuela marchará la humanidad hacia una moral sin dogmas; sólo por ella podrán los argentinos de mañana repetir el lema de las sociedades éticas: _Los dogmas dividen a los hombres; el ideal moral los une_.

DEL AUTOR, REEDICIONES EN EL MISMO FORMATO:

Principios de Psicología (5.^a edición, corregida), 1 vol. de 500 páginas. 2 $ m|n.

Criminología (6.^a edición, corregida), 1 vol. de 400 páginas. 2 " "

El Hombre Mediocre (3.^a edición, corregida), 1 vol. de 256 páginas. (agotada)

Hacia una moral sin dogmas, 1 volumen de 212 páginas. 1 $ m|n.

El Hombre Mediocre (4.^a edición, formato menor). 1 $ m|n.

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