Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo
Part 11
Volvamos a Emerson y a la ética social, para terminar.
En las sociedades contemporáneas que suelen considerarse más civilizadas, los ideales éticos predominantes son esencialmente sociales. El individualismo radical--estilo Stirner--y el humanitarismo absoluto--estilo Tolstoy--se consideran ya como posiciones reñidas con la experiencia moral. No se conocen individuos que no vivan en sociedad, ni sociedades que no estén constituídas por individuos; concebir los derechos individuales como antítesis de los deberes sociales, implica ignorar que la condición básica de aquellos derechos es la existencia de estos deberes. El derecho de cada uno representa el deber de los demás; y el deber de cada uno constituye el derecho de los otros. El ideal de Justicia, en una sociedad dada, consiste en determinar la fórmula de equilibrio entre el individuo que dice: "ningún deber sin derechos", y la sociedad que replica: "ningún derecho sin deberes".
A ello tiende el _solidarismo_. Partiendo de principios heterogéneos muchos moralistas han llegado a esta misma conclusión: la perfección moral del individuo y el progreso moral de la sociedad son solidarios. El valor de la parte aumenta el valor del conjunto y el mayor valor de éste refluye sobre aquélla; como si dijéramos que un buen profesor aumenta la importancia de la Universidad a que pertenece, y que el formar parte de una buena Universidad aumenta la importancia de un profesor.
=HACIA UNA MORAL SIN DOGMAS=
1. Independencia de la moralidad.--2. Una asociación religiosa libre.--3. Sociedades de cultura moral en Estados Unidos.--4. Algunos antecedentes del eticismo inglés.--5. Las iglesias éticas.--6. El culto religioso de la moralidad.--7. Espontaneidad y evolución de la moralidad.--8. Síntesis del pensamiento eticista.--9. El porvenir del eticismo.
1.--INDEPENDENCIA DE LA MORALIDAD
Los principios éticos fundamentales en el pensamiento de Emerson, además de influir poderosamente sobre las iglesias norteamericanas, determinando su atenuación dogmática e intensificando su ética social, reaparecen más puros en el movimiento de que vamos a ocuparnos: las _sociedades de cultura moral_, independientes de las iglesias tradicionales.
"America shall introduce a pure religion", había pronosticado Emerson. En su sentir, pura, significaba depurada de todo contenido sobrenatural, ajena a todo preceptismo teológico, adaptable a toda verdad conquistada por la ciencia, encaminada a exaltar en el hombre la autoeducación, la confianza en el propio esfuerzo, el culto del deber social.
En la evolución de las iglesias no-conformistas estas ideas fermentaban desde principios del siglo XIX, sin atreverse a romper decididamente sus ataduras tradicionales. Channing había proclamado ya, sin ambajes, que el ideal de los unitarios era anteponer la comunidad de los sentimientos éticos a la identidad de las creencias individuales, al mismo tiempo que reiteraba la absoluta supremacía de la razón como autoridad cardinal en materia religiosa. Humanizando el concepto del amor a Dios, sostenía que era exactamente equiparable con el amor a la virtud y a la justicia; de ello deducía, legítimamente, que el cristianismo debía consistir en la práctica de la virtud y en el anhelo de la justicia, antes que en la adhesión escueta a un credo cuyos principios pudiera fijar la teología dogmática.
Con Emerson y los trascendentalistas esas tendencias se acentuaron a punto de que su actitud pareció de franca hostilidad a todas las iglesias cristianas; y aunque no negaban que dentro del cristianismo, y sólo dentro de él, debían operarse las evoluciones que reputaban necesarias, Alcott se vió tratado como un reformador peligroso, Teodoro Parker fué sindicado como ateo, y el mismo Emerson despertó desconfianzas entre los que adherían al tradicionalismo.
Su propaganda, empero, hallaba eco en todos los hombres emancipados. Al fin los "unitarios radicales" declararon (1866) que la completa libertad de pensar era el derecho y el deber de cada hombre, dando un sentido más amplio y liberal a las afirmaciones de Channing sobre la innecesaria conformidad de creencias, siempre que se conservara la unidad de aspiraciones morales. Y de esta extrema izquierda, cada día más encarrilada en la heterodoxia, nació, en 1867, la primera _asociación de cultura moral_ que se propuso realizar sus fines fuera de toda comunidad cristiana.
A un mismo tiempo dos importantes núcleos de cuáqueros y de judíos, acentuaron sus respectivas disidencias en dirección análoga. Los "amigos progresistas" identificaron su religión con el bienestar físico, moral y espiritual de la humanidad, pidiendo el concurso de todos los que anhelaran mejorar y embellecer la vida del hombre, sin diferencias de dogma; los "judíos liberales", cada vez más adaptados al ambiente americano, siguieron las mismas huellas que los unitarios radicales.
Digamos, desde ya, que el valor práctico de estas asociaciones éticas ha dependido de las oportunidades que ellas han ofrecido a los hombres de temperamento místico que ya no creían en los dogmas de las iglesias establecidas. William James, en sus excelentes conferencias de Edimburgo sobre la experiencia religiosa, insistió constantemente sobre la distinción necesaria entre la religiosidad personal y las religiones organizadas en iglesias; e hizo notar, con su habitual sagacidad de psicólogo, que la religiosidad es primaria e independiente del contenido secundario y dogmático de las teologías. Por eso debemos ver las sociedades éticas como un sustitutivo de las iglesias, y el culto de la moralidad como un equivalente del culto de otras divinidades; conocer la inexactitud de las tradiciones dogmáticas no implica para los temperamentos místicos librarse de su instintiva religiosidad, que es el producto de una acumulada herencia secular. Muchos hombres, aún variando sus ideas sobre la divinidad, no consiguen prescindir de esa contextura sentimental que los induce a buscar la emoción de lo divino.
Ya que tales temperamentos existen ¿no es posible encauzar su misticismo hacia una acción moral intensa, benéfica para la sociedad? ¿Pueden los ideales morales sustituir a los dogmas religiosos? ¿La evolución de la sociedad hacia esos ideales podrá efectuarse dentro de las iglesias contemporáneas?
¿Son un exponente de esa evolución las sociedades de cultura moral? ¿Su instrumento más eficaz será la educación moral impartida en la escuela pública? Sin ofreceros una respuesta a esas interesantes preguntas, pues no soy profeta, os diré lo que he visto o leído, muy satisfecho si en alguno de entre vosotros despertara una curiosidad simpática por estos hechos.
2.--UNA ASOCIACIÓN RELIGIOSA LIBRE
Las precedentes iniciativas encaminadas a la separación de la moral y el dogma, tuvieron expresión concreta en la constitución de una sociedad religiosa libre, la "_Free Religious Association_" que, en 1867, se declaró independiente de todas las sectas cristianas. Propúsose, en consonancia con los preceptos de Emerson, "favorecer los intereses prácticos de la religión pura", dejando a sus miembros la responsabilidad individual de sus creencias religiosas, sin exigirles más que su conformidad con el mejoramiento humano obtenido por la práctica de la virtud, la investigación de la verdad, el desarrollo de la solidaridad y la aspiración a la justicia social.
Esta sociedad religiosa libre equivalía estrictamente a las sociedades que en los países latinos se denominan de libres pensadores o de creyentes libres. La diferencia de actitud entre aquélla y éstas, fué lógica dentro de la mentalidad dominante en unos y otros países. Los anglo-americanos, respetuosos de la costumbre, prefieren afirmar su liberalismo como una reforma de las costumbres religiosas existentes, más bien como un esfuerzo por mejorarlas que como un propósito de destruirlas; los latinos, sin duda por ser mayor la estabilidad e intolerancia de su religión, no pueden ser liberales sino contra ella misma, para combatirla antes que para transformarla. ¿Por qué? Es sencillo. El cristianismo católico, llevado hasta la proclamación dogmática de la infalibilidad papal, excluye todas las transformaciones legítimas exigidas por el aumento progresivo de la cultura social; el cristianismo disidente, en cambio, las consiente, por la afirmación del principio del libre examen. Lo que puede criticarse y mejorarse merece respeto; lo que se reputa infalible e intangible, sólo deja la posibilidad de su abandono y sustitución. Por este motivo es fácil comprender que la evolución liberal del mundo cristiano se presente en los países educados en el libre examen con los caracteres de un movimiento de progreso religioso, y en los países educados en la intolerancia como una lucha abierta contra las religiones que excluyen la posibilidad de su propio progreso.
En la _Free Religious Association_ persistió cierto espíritu irreligioso que no era nuevo entre los unitarios más radicales; de allí cierta falta de cohesión que acabó por producir la decadencia de la sociedad, confirmando un precepto emersoniano: las personas no pueden juntarse sino para la acción, para hacer en común, y nunca para dejar de hacer lo que ya no les interesa.
Cuando falta comunidad de sentimientos, no existe religión. Es el misticismo de los individuos lo que establece entre ellos la unidad de acción. La asociación religiosa libre era una sociedad de incrédulos que no querían parecerlo, olvidando que tras su irreligiosidad había una cuestión de temperamento. Observa Augusto Sabatier, en su _Esbozo de una filosofía de la religión_, que las llamadas "religiones naturales" no son tales religiones, sino artefactos intelectuales de personas que carecen de sentimientos místicos y no saben comunicarse con su divinidad racional por medio de la oración. Por eso mantienen una distancia entre el hombre y la divinidad, sin ningún comercio intenso, sin buscar una acción de ella sobre el hombre, fuera de la que naturalmente fluye de las leyes naturales. En el fondo, estas pretendidas religiones le parecen simples filosofías; nacidas en una época de racionalismo y de historiografía crítica, nunca han sido otra cosa que abstracciones nominales, sin contenido alguno místico. Por eso veremos que, poco a poco, en las sociedades éticas fué penetrando un misticismo que en sus comienzos quisieron evitar; su función de aunar voluntades para la acción moral sin dogmas, habría sido ineficaz mientras la masa de sus miembros no fuese animada por la levadura de una fe nueva. Sólo así se satisfacen los temperamentos religiosos; nunca por simples doctrinas de arquitectura racional.
3.--SOCIEDADES DE CULTURA MORAL EN ESTADOS UNIDOS
Uno de los presidentes de la sociedad libre, profesor de lenguas orientales en la Universidad de Cornell, acometió la obra con fines más concretos. Hijo de un rabí, y destinado a serlo él mismo, Félix Adler, después de estudiar algunos años en las universidades alemanas, creyó que su vocación era otra; el estudio de la crítica bíblica, la influencia de la ética kantiana y el auge de la filosofía naturalista, le hicieron perder toda confianza en la autoridad de las teologías. Esto no modificó su temperamento místico ni amenguó mínimamente su fe en la necesidad de la educación moral; ¿la dignidad, el culto de la virtud, el valor de la vida humana, el esfuerzo hacia la perfección, la santidad, perderían su profundo sentido porque el hombre se apartase de las religiones dogmáticas?
Creyó como Emerson que la vida privada y pública, en la sociedad contemporánea, tendía efectivamente a un descenso de su nivel moral, viendo en eso un resultado indirecto del viejo tradicionalismo que identificaba la moralidad con la religión; perdida la fe en los dogmas de ésta, se resentía aquélla. ¿Cuál era el remedio? ¿Volver a los dogmas cuya falsedad parecía evidente? Eso, además de inmoral, le pareció innecesario. Lo único lógico y moral era salvar la ética, en ese naufragio lento de los dogmas religiosos. ¿Cómo? Independizándola.
Si pudiéramos detenernos a comparar la biografía de Emerson con la de Adler--su medio social, su ambiente de familia, su temperamento, su educación personal, su evolución religiosa--descubriríamos un paralelismo constante, en el conjunto y en los detalles, entre el fracasado pastor unitario y el abortado rabí judío. Todo lo que aquél supo predicar con elocuencia suma y escribir en cálido estilo, reaparece como punto de partida en el hombre que, el 15 de mayo de 1876, fundó en Nueva York la primera _Society of Ethical Culture_.
Proclamar ante todo la "autonomía de la moralidad" y proponerse la "educación moral" de sus miembros, fueron los acápites de su programa: organizar la vida moral de los individuos y de la sociedad sin preocuparse de creencias teológicas y metafísicas; es decir, asentar racionalmente la formación del carácter y las reglas de la conducta, inspirar el deseo y la fuerza de obrar moralmente, poner como faro de la vida humana _el ideal del perfeccionamiento ético_. Sobre la base única de la experiencia moral, este último debe derivarse de las nuevas condiciones de vida implícitas en el progreso incesante del mundo moderno.
Pronto la sociedad formuló principios, dignos de ser mencionados para comprender mejor su espíritu. "La ley moral--dicen--es independiente de toda teología; nos es impuesta por nuestra misma naturaleza humana, y su autoridad es absoluta. Las aspiraciones democráticas y científicas de nuestra época, así como el desenvolvimiento de sus actividades industriales, han engendrado deberes nuevos que es necesario reconocer y formular. Tenemos el deber de emprender grandes obras de solidaridad social, sacudiendo la indiferencia general; pero nuestro primer deber es la "self-reform", nuestra propia reforma individual. La organización interna de la Sociedad Ética debe ser republicana, correspondiendo el trabajo y la responsabilidad a todos los miembros, tanto como al pastor. Es de la mayor importancia la educación moral de los niños, para cultivar en ellos el sentimiento del valor y de la dignidad humana".
El espíritu de tolerancia y la indiferencia por los dogmas, fueron, si cabe, expresados con mayor firmeza que hasta entonces: "Durante más de tres mil años los hombres han reñido sobre las fórmulas de su fe y la diversidad de creencias ha ido acentuándose. Nosotros respetaremos toda convicción sincera. Unámonos en lo que nada puede dividirnos: en la religión práctica de la acción, allí donde el fiel y el infiel pueden encontrarse hermanados". Los profetas y los filósofos están de acuerdo sobre la primacía de la moralidad en la vida social, aunque difieran en la apreciación de su origen; lo importante es que, a fuerza de discutir sobre sus orígenes, no se acabe por desamparar la cultura de la moral en los hombres.
A primera vista, sin conocer el proceso de su desenvolvimiento, podría suponerse que el eticismo presenta analogías con la religión de la humanidad de Augusto Comte, y aún se sospecharía que ésta pudo tener algún influjo sobre aquél. Nada menos cierto, sin embargo. Los verdaderos inspiradores del eticismo fueron Kant y Emerson; Kant, por su ética y sin su metafísica, Emerson por su optimismo naturalista y sin su misticismo trascendental.
De Emerson acogen con simpatía el concepto panteísta--mejor diríamos humanista--de la Divinidad, confundida con la moralidad misma y distribuida en todos los hombres en la medida en que ellos son virtuosos: "Un hombre es Dios en tanto que es justo; con la justicia entran en su corazón la confianza, la inmortalidad y la majestad de Dios... La ley moral es la ley natural de nuestro ser. Un hombre tiene tanta más vida cuanta mayor es su benevolencia; todo mal es un tanto de inexistencia y de muerte. El hombre que persigue fines buenos lleva en sí toda la fuerza de la naturaleza; la maldad absoluta sería la muerte absoluta. La comprensión del sentimiento moral es una videncia de la perfección de nuestro espíritu. Ese sentimiento es divino y nos hace dioses".
Adviértase, ya, el buen sentido de los eticistas al no proscribir el sentimiento religioso y el hábito ancestral de la adoración por lo divino; ni siquiera se preocupan de afirmar la falsedad de los dogmas o de combatir el mito de lo sobrenatural; dejan a este respecto una ventana abierta sobre el horizonte del teísmo tradicional, confiando en que ante el error posible los hombres podrían repetir la frase clásica de San Agustín: "¡Dios mío, si estamos engañados lo hemos sido por tí!" Se limitan a prescindir de los dogmas y de los mitos como creencias, tratando de aprovechar los sentimientos que la humanidad acostumbra asociar a ellos. ¿Los hombres necesitan una religión? Le ofrecen la del ideal moral. ¿El sentimiento de lo divino no puede desarraigarse porque es secular? Demuestran que la divinidad consiste en la perfección del hombre hacia un supremo ideal de virtud. ¿Puede acusárseles de ser irreligiosos y difundir el ateísmo? Toda su acción ética es el ejercicio de lo mejor a que aspira el sentimiento religioso y en el fuero de su conciencia moral puede cada eticista adorar a Dios en la forma que su propia razón se lo haga concebir.
Las primeras preocupaciones de las sociedades eticistas fueron, en suma, encaminadas a tres objetivos principales. Procuraron contribuir a establecer una paz religiosa mediante la unificación moral, poniendo fin a las inútiles querellas dogmáticas de los teólogos; se propusieron aunar voluntades para reaccionar contra la relajación de la moralidad privada y pública, así como contra el desaliento de los escépticos y la ineficacia social de los individualistas; y, por fin, buscando curar el mal en la semilla, trataron de asegurar a los niños una educación moral intensa, para que ellos fuesen mañana hombres capaces de confiar en sí mismos y de alentar firmes ideales.
Con relación a Emerson, las sociedades de cultura moral representan un ensayo práctico para hacer efectivas las doctrinas dominantes en el segundo período de su vida, es decir, las propiamente sociales; en ellas siguen inspirándose, no obstante cierta liberal amplitud de criterio que nunca las obliga a seguir estrictamente su palabra, ni a creer que ella fué definitiva. La moralidad se va haciendo, lo mismo que la verdad; sería renegar de ella, aceptar como sentencias inmutables las opiniones de cualquier pensador, ya que éste, en el mejor de los casos, sólo representa una cumbre de la cordillera que se eslabona indefinidamente hacia el porvenir.
No es nuestro objeto examinar en detalle la expansión de las sociedades éticas americanas; basta decir que son numerosas y que su acción social se desenvuelve con sensible eficacia en algunos estados. Cada una de ellas aspira a ser un hogar moral para todos sus componentes; éstos emprenden fundaciones de utilidad práctica, escuelas, casas para obreros, obras de solidaridad social, sin olvidar por ello el estudio de todos los problemas sociales y políticos que afectan la vida nacional. Su actitud para las religiones que realizan obras análogas es de tolerancia y de simpatía, siendo frecuente su cooperación para secundar iniciativas ajenas.
4.--ALGUNOS ANTECEDENTES DEL ETICISMO INGLÉS
Lo mismo que en Estados Unidos, numerosas heterodoxias religiosas precedieron en Inglaterra a la fundación de las sociedades de cultura moral. Un pastor anglicano, Voysey, había atacado durante cuarenta años al cristianismo en nombre de una religión universal, proclamando en su "Iglesia Teísta" la supremacía de la moral sobre el dogma; los "Secularistas", que menciona Guyau en _La irreligión del porvenir_, no eran otra cosa que una religión atea, aunque esta calificación parezca absurda; un grupo de positivistas había fundado a mediados del siglo una "Iglesia de la Humanidad". Más importante fué la "Sociedad Religiosa Libre", de South Place; dió nacimiento, en 1825, a una "Asociación Unitaria Inglesa", vinculando a Carlyle, a John Stuart Mill, a la Martineau, a Holyoake, a Roberto Browning, escuchando en su púlpito a William Fox, defendiendo a Th. Paine en sus horas de persecución, invitando a hablar en su seno a Max Muller, a Tyndall, a Huxley, a Darwin, dedicándose "al deber de la libre investigación y al derecho de la libertad religiosa", sin otro vínculo entre sus miembros que la "comunidad de la virtud". No es necesario insistir sobre el parentesco intelectual de este grupo inglés con el emersonismo; y todo induce a suponer que en su primera época tuvo sobre él algún influjo. La Sociedad Religiosa Libre, a poco de fundarse en Londres las primeras sociedades de cultura moral, se convirtió en la _Sociedad Ética de South Place_.
Es interesante señalar dos fenómenos curiosos de adaptación al medio, bien manifiestos en el movimiento eticista inglés; por ser en él más acentuados preferimos su examen al del eticismo norteamericano.
En América los únicos rastros filosóficos perceptibles fueron las de Emerson y Kant, aparte del liberalismo práctico de todas las religiones, y especialmente de la unitaria. En Inglaterra, por el año 1885, las doctrinas filosóficas más difundidas eran el agnosticismo, el neo-hegelianismo y el evolucionismo; ya se pronunciaba la actual reacción espiritualista y religiosa, favorecida por todas los partidos conservadores, que con el equívoco disfraz del idealismo concentraba a todos los privilegiados y beneficiarios del régimen feudal contra la evolución democrática iniciada por la Revolución Francesa.
Estamos en plena historia contemporánea. Contra todos los que se interesaban cada vez menos por el pasado y cada día más por el porvenir, contra los que combatían el Dogmatismo y el Privilegio en nombre del Libre Examen y de la Solidaridad Social, se difundió la denominación de "materialistas" y "positivistas", sabiendo que estas palabras tienen para las personas sencillas un significado de baja moralidad y de ausencia de ideales; eso permitió explotarlos indirectamente en favor de una regresión religiosa, igualmente fomentada por la iglesia católica y por la anglicana, ambas al servicio de las clases feudales de la sociedad. Frente al incesante progreso del espíritu moderno, y para reconquistar las posiciones perdidas, se atrajeron a las mujeres, las congregaron en corporaciones monopolizadoras del rango social, captaron la educación de sus hijas, y a éstas, a las madres de la generación siguiente, les impusieron--_sine qua non_--que entregasen sus hijos a educadores religiosos, para adiestrarlos a aborrecer los ideales de sus padres. Esta habilísima política, comentada desde sus comienzos por Michelet, en sus memorables conferencias sobre los jesuítas, tuvo en medio siglo el éxito que conocéis: está de moda, es prudente, es cómodo, es de buen tono, profesar alguno de esos nuevos espiritualismos palabristas que permiten filosofar contemporizando con el misticismo de las clases dirigentes. Sabéis que en toda época los que se han preocupado de _hacer carrera_ en la política, en la enseñanza, en la burocracia, en los salones, han necesitado adherir a las "ideas" corrientes en el medio social. O lo han fingido. El _no-conformismo_ ha sido el hermoso privilegio de pocos renovadores extraordinarios.