Guerra de razas (Negros contra Blancos en Cuba)

Part 6

Chapter 63,832 wordsPublic domain

Yo no abrigo la menor duda sobre el resultado favorable de la campaña militar en Oriente; pero afirmo con toda la sinceridad de mi alma, que si por conveniencias políticas, ó por lo que sea, llevamos nuestro optimismo hasta el extremo de hacernos la ilusión de que con el éxito incompleto que estamos obteniendo hemos aplastado para siempre la hidra del racismo, cometeremos un gravísimo error del que pronto tendremos que arrepentirnos.

XIX

LA CAPTURA DE SURIN

Una de las notas características de la campaña librada por las tropas de la República contra la rebelión racista, ha sido la inflexible energía con que fueron tratados los revoltosos. Para los principales jefes del movimiento, sobre todo, no ha habido piedad; las fuerzas leales los han perseguido sin tregua ni descanso, los han acosado con desesperante tesón, y cuando han logrado echarles el guante, les han dado muerte sin misericordia.

Los han tratado, en otras palabras, como se trata en todas partes á los que se colocan fuera de la ley, á los que atentan contra las instituciones patrias, y á los que, invocando derechos más ó menos imaginarios, hacen buen uso del mismo estado de alarma que han creado, para apoderarse de lo ageno contra la voluntad de su dueño.

Para castigar á los directores de una asonada revolucionaria perjudicial para los grandes intereses de la comunidad todos los medios son igualmente aceptables, y tanto da uno como otro; desde el consejo de guerra sumarísimo hasta la convencional y elástica "ley de fuga".

En Cuba, por razones de nadie desconocidas, no se procedió nunca contra los revoltosos con bastante energía; y tal vez haya sido esto causa de que los procedimientos de rigor puestos en planta en esta campaña por los jefes y oficiales del ejército, quienes, dicho sea de paso, se limitaban á cumplir las órdenes é instrucciones que recibían de sus superiores, hayan causado general sorpresa y provocado en no pocas ocasiones censuras y protestas, absolutamente injustificadas en la inmensa mayoría de los casos.

Entre los pocos cabecillas racistas que lograron sustraerse al plomo ó el machete de las tropas, figura en primer término Gregorio Surín (hoy recluído en la Cárcel de Santiago de Cuba), y que, como se sabe, cayó prisionero de los valientes rurales del escuadrón "M", del Tercer Regimiento, en el glorioso combate de Kentucky.

Gregorio Surín, con quien tuvimos oportunidad de departir extensamente á raíz de su captura, es un mulato que representa unos cincuenta años de edad, y su aspecto afeminado, acaso tanto como el odio feroz que siempre ha sentido por la raza blanca, le hace repulsivo y odioso desde el primer momento.

Este hombre, que fué uno de los más entusiastas propagandistas de las doctrinas del llamado "Partido Independiente de Color", recibió de manos de Estenoz, en pago de sus servicios á la causa negra, el diploma de Coronel de Estado Mayor, y provisto de este documento, marchaba con la partida del cabecilla Heredia, al ocurrir la sorpresa de Kentucky, que vamos á referir suscintamente, y sin más objeto que satisfacer á las numerosas personas que nos preguntan todos los días por qué el Teniente Ortiz no dió muerte á Surín.

El Teniente Arsenio Ortiz, oficial valiente, pundonoroso y muy conocedor de las sierras orientales, operaba con una fuerza mixta de la Rural y guerrillas; y habiendo sabido por un presentado que la partida de Heredia se encontraba en un lugar denominado Sitges, levantó su campamento, establecido en la finca "La Cristina", y emprendió marcha con dirección al sitio expresado.

Cuando la columna de Ortiz hubo andado seis ú ocho leguas, comprendió su animoso jefe que no le sería posible hacerse acompañar de la pequeña fuerza de infantería que le seguía, pues los soldados, rendidos de fatiga, no podían dar un paso más. Resolvió entonces el bravo teniente proseguir la jornada sin más acompañamiento que quince números del escuadrón "M" del Tercer Regimiento de Caballería de la Guardia Rural, y con ellos llegó á Sitges, poco después de haberse retirado de dicho lugar las partidas rebeldes.

Las huellas indicaban que se habían dirigido á "El Atalí", y á "El Atalí" fué Ortiz con sus quince valientes, sin obtener otro resultado, que cerciorarse de que Heredia y los suyos se habían replegado sobre la inexpugnable posición de Kentucky, hacienda enclavada en el corazón de la sierra, á una altura prodigiosa sobre el nivel del mar, y dotada de tan formidables defensas naturales, que durante nuestras guerras emancipadoras jamás se atrevieron las aguerridas tropas españolas á intentar el desalojo de las fuerzas patriotas que hacían de ese lugar el centro de sus operaciones.

A corta distancia del batey de Kentucky encontraron Ortiz y sus guardias una avanzada rebelde, que "desecharon"; y después de ímprobos trabajos y trepando por el temible "farallón", cayeron como irresistible turbión sobre el campamento enemigo.

Heredia fué muerto; su ayudante, Despaigne, fué muerto también, y si los doscientos negros que componían la partida no fueron totalmente aniquilados, debióse á que la niebla, que en esos parajes jamás se disipa por completo, favoreció la fuga de aquellos desgraciados.

Ortiz y sus valerosos guardias persiguieron á los fugitivos durante algún tiempo, y cuando regresaron al sitio de la acción, hallaron á Gregorio Surín que con seis de los suyos, se había rendido á un indivíduo llamado "Pancho" Jaba, que había servido de práctico á las tropas leales.

Al ver al Teniente, Surín, que le conocía personalmente, cayó de rodillas, pidiendo humildemente que se le perdonase la vida; y Arsenio Ortiz, que en aquel momento se sentía feliz y orgulloso con el triunfo alcanzado, perdonó.

Al siguiente día fueron conducidos los prisioneros á "La Sigua", pequeña ensenada distante unas treinta millas náuticas de Santiago de Cuba, donde ya esperaba el cañonero _Baire_, cuyo comandante, el señor Alberto de Carricarte, se hizo cargo de ellos, para su conducción á Santiago.

XX

SUSPENSION DE LAS GARANTIAS CONSTITUCIONALES

Al Congreso:

La grave perturbación del orden que amenaza la paz de la nación, me obliga á acudir, como lo hago, al honorable Congreso, en cumplimiento de lo que estatuye el Inciso segundo del artículo 68 de la Constitución, para que el Poder Legislativo con su habitual sabiduría y apreciando la situación porque atraviesa la República, dicte una Ley que me autorice para suspender las garantías constitucionales en todo el territorio nacional ó en determinada parte del mismo.

Enemigo de medidas extremas, he procurado sofocar el actual movimiento sedicioso sin recurrir al Congreso, á fin de que dictase la Ley que ahora solicito; pero la necesidad de terminar en una rápida campaña la insurrección armada, cortando con ello complicaciones exteriores y salvando la causa del orden y de la civilización, me obliga á dirigirme á los Cuerpos Colegisladores para obtener de ellos una medida que sabré hacer uso con la moderación que pongo en todos mis actos.

Palacio de la Presidencia, en la Habana, 3 de Junio de 1912.--(f.) José Miguel Gómez.

XXI

LITERATURA AFRO-INDEPENDIENTE

He aquí una copia fiel de algunos de los más curiosos documentos ocupados á los alzados, por las tropas del gobierno:

_Ejército Reivindicador_

Cuartel General en Campaña en el punto la Cristina.--He recibido del Cdno. Capitán Tomás Maniel de este Ejército, en comisión por orden de este Cuartel General á mis órdenes, 500 tiros de Mauser, un caballo dorado tomado en el potrero "La Filipina", y otro del mismo color en la Aguada de Juan B. Riveauz y dos armamentos Espinfes, viniendo con él doce ciudadanos, cuyas generales han sido tomadas.

También he recibido dos caballos tomados el uno en el potrero de Enrique Tomás, y otro en la finca "Filipina".

Y para su constancia le firmo el presente. En Patria, Derecho y Libertad, á 29 de Mayo de 1912.

El Jefe del Estado Mayor,

_Isidoro Santos Carrero._

_La Gloria.--Municipio de Alto Songo.--Oriente_

Cuartel General del Ejército Reivindicador de la República Cubana en Campaña--Campamento La Gloria.

Reverendo General en Jefe del Departamento, de Oriente en toda su jurisdicción del E. R.

Con esta fecha, 23 de Mayo de 1912, le remito la expresada comunicación para que sea tomada en cuenta y asentado al libro del Ejército la comisión desempeñada por el infrascripto y el capitán Pablo Felisier y el teniente Ayudante Francisco Duany y Méndez y Mauricio Rebollar y el teniente armero Wenceslao Dávila y seis números; cuya comisión realizó las hazañas siguientes: el 20 de Mayo á la 1 a. m. en la Hacienda del Olimpo incomunicando la vía de Guantánamo y San Luis por el extremo Este y Oeste y el hilo de la finca por el Norte, sacando seis caballos aperados del Batey Olimpo y asaltando á la cantina del Sr. Juan Tejeiro de donde nos llevamos los objetos que constan en el libro en la fecha indicada.

Sin más, de Vd. atto. S. S.

El Comandante del Escuadrón de Caballería,

_Loreto Vera._

También el día 21 del presente con el mismo capitán y el Teniente ayudante y tres números, hicimos un recorrido con rumbo á Belona, del término municipal de Guantánamo.

Trayendo una res de una finca de ese término que fué entregada en ese día al Jefe día del Cuartel General de que le participo para lo que estime procedente. S. S. El Comandante del Escuadrón 10.

* * * * *

Cuartel General.--Pongo en su conocimiento que el dia primero del precente mes dirigi á Vd. una comunicación en la que ponía en su conocimiento que el día 31 del mes pasado le hecijí al teniente coronel Vicente Amaya que me hisiera entrega de esta brigada haciéndole entrega del diploma que se tuvo abien entregarme para dicho Sr. osponiéndose el señor Amaya aserme la entrega del alchivo de esta brigada, porque dice que es de su propiedad ciendo insierto que ese alchivo ha sido cojido en case del alcalde del barrio Sr. Ramón Bravo.

Ademas el día 28 del mes pasado se tomó la cantina del Sr. Pelegrín, habiendose sacado de dicho cantina se sacaron catorce asemilas cargadas de eftcto y ademas la infanteria bino cargada de efetctos y la gente unicamente vió lo que cargo la infantería pues lo demas factura nose hapodido saber donde lo an trasportado; y ademas el día 2 le mande una comunicación á Vd. la que rregreso á este cuartel el día 6 disiendo que acausa de haber mucho enemigo y no saver suparadero no isieron entrega dicha comunicación.

Pongo en conosimiento á ese cuartel que el señor Anaya el día primero salió con rumbo á ese cuartel imponiéndose aserme entrega de los armamentos que tenía en su escota pues se lo mande hapedir con el coronel Eduardo Goulte, disiéndole que el no entregaba nada pues esos armamentos los necesitaba el para su marcha y ademas disiendo el que como el se hiva á poner á las ordenes de un brigadier sin camisa y sin zapato, esto que le digo en estas líneas se lo pruevo en caso que el se negara.

Sin mas su affmo, amigo.--Campamento Vinento, Junio 7 de 1912.

General de División,

_Felipe Vera._

* * * * *

_Ejército Reivindicador_

_Cuartel General en Campaña_

A la Jefatura General.

Sr. Jefe de la Provincia Oriental.

Señor:

A Vd. digo que habiendo operado en este Departamento Oriental y habiendo tomado el poblado de Palmarito haciendo en parte vivieres y ropas las fuerzas por particular, pasaron, al poblado de La yerba de Guinea, habiéndose dado á la fuga las fuerzas del Gobierno ocupamos noventa y siete tiros de Mauser Reformados y en las tiendas ocupamos un saquito de municiones otro de balines á más de doscientos cartuchos y seis cajas de pólvora de lo demás no puedo dar cuenta ni fe porque yo iba bajo las órdenes de otro Brigadier.

Y esperando de Vd. tenga un acto de justicia para con nuestras fuerzas que vamos atravesar para nuestro departamento y cruzamos desalmados y sin parques creo tome en consideración por carecer de los elementos indispensables, quedo de Vd. en espera nos reponga.

En 28 de mayo de 1912.

_Feliciano Acosta_, Brigadier.

XXII

ALGUNAS OBSERVACIONES

_Habana, Julio de 1912._

La República de Cuba ha escapado de los peligros y la vergüenza de una nueva intervención extranjera, gracias al patriotismo de su pueblo, á la energía de su gobierno, y al heroismo de su brillante ejército.

Ha caído Estenoz, ha caído Ivonet, se han sometido los pocos jefes del movimiento que lograron sustraerse al plomo de las tropas leales; y como consecuencia de tan resonantes victorias ha renacido la paz y va poco á poco renaciendo la confianza.

Necio sería, sin embargo, que adormecidos por la embriaguez del triunfo, olvidáramos los peligros pasados y no adoptásemos previsoras medidas para lo porvenir.

El movimiento estenocista nos ha probado, en primer término, que los negros, á los que tantas consideraciones hemos guardado, son bastante ingratos para combatirnos con las armas en la mano y poner en peligro las instituciones nacionales.

Es necesario, pues, que procuremos evitar á todo trance que vuelvan á las andadas. El gobierno puede impedirlo, y para ello le bastará con organizar un cuerpo de policía secreta nacional, es decir, un cuerpo cuyos agentes (reclutados entre todos los elementos sociales del país) puedan moverse libremente de un extremo á otro de la isla, y ejercer estrecha y constante vigilancia sobre todos aquellos indivíduos á quienes se considere capaces de recoger la triste herencia de los caídos en Micara y Nueva Escocia.

Hecho esto, hay que pensar en la posibilidad de que, no obstante las medidas preventivas que se adopten, puedan los racistas realizar una nueva intentona.

Llegado este caso, planteada nuevamente la cuestión de fuerza, preciso será que dispongamos de un ejército bastante numeroso para atender, á la vez, á las seis provincias; porque no es lógico suponer que todas las revoluciones (racistas ó de otra clase) que puedan ocurrir en Cuba hayan de abarcar una extensión de territorio tan poco extensa como la que, por suerte de todos, acaba de fracasar en Oriente.

Hemos dicho ya, y no nos cansaremos de repetirlo, que si Estenoz, más osado, hubiese tenido bastante valor para levantar la bandera negra en las provincias occidentales, difícil, si no imposible, hubiera sido la tarea de aplastar el movimiento, puesto que el ejército relativamente poco numeroso, habría tenido que fraccionarse.

Se hace, pues, indispensable, aumentar considerablemente el efectivo militar de la República; y como quiera que sería ridículo que un país de tres millones de habitantes contase con un ejército regular de cincuenta ó sesenta mil soldados (cosa que, por otra parte, gravaría enormemente nuestro erario) debe el gobierno pensar con toda formalidad en la organización de las milicias nacionales, tomando como modelo los cuerpos similares que existen en los Estados Unidos, y que constituyen, como es sabido, el núcleo militar más importante de la Gran República.

No hay que temer que las tropas milicianas puedan llegar á convertirse en una amenaza para la paz pública; y no hay que temerlo, en primer lugar, porque aun en el caso de que las milicias de una localidad y si se quiere las de toda una provincia se sublevasen, las de las otras regiones no tendrían motivo para hacer lo mismo; en segundo lugar, porque para sublevarse no bastan los fusiles, sino que hacen falta también las municiones, y éstas, como es lógico suponer, ya tendrían buen cuidado los jefes del ejército de tenerlas á buen recaudo y en sitio seguro, como se hace en Francia con la Guardia Nacional y en los Estados Unidos con las milicias de los Estados; y por último, no hay que olvidar que todos los hombres del mundo (y los cubanos en primer término) por más levantiscos que sean, dejan de serlo desde el momento que visten un uniforme y juran una bandera.

El General Monteagudo, que conoce mejor que nadie el problema, por haberlo estudiado detenidamente bajo todos sus aspectos, es partidario decidido de la organización de las milicias; y sus iniciativas en este sentido deben encontrar en todas partes el apoyo decidido de cuantos se interesen por el bienestar de Cuba.

Por lo que se refiere á reformas y modificaciones en el ejército regular propiamente dicho, sabemos también que el General en Jefe tiene algunas en cartera, tales como el aumento de la Guardia Rural y la creación de un cuerpo de dragones, soldados instruídos y armados para combatir indistintamente á pié y á caballo, y que, útiles en todas partes, resultan indispensables, ó poco menos, en países como el nuestro, donde la movilidad es, en la mayor parte de los casos, el auxiliar más poderoso de la victoria.

Ahora bien: para que una tropa de esta índole sea verdaderamente eficaz, lo primero que hay que hacer es dotarla de buenos caballos, y éstos (contra lo que generalmente se supone) son muy escasos en nuestra tierra.

El caballo criollo, que pudo ser en época lejana tan bueno como el mejor, ha degenerado lastimosamente, y casi puede asegurarse que desde la guerra de Independencia, y como triste consecuencia de ella, _no hay caballos en Cuba_.

Testigos presenciales de las vicisitudes y los incidentes de la penosa campaña que acaban de librar nuestras tropas en Oriente, hemos tenido oportunidad de admirar en muchas ocasiones la increible resistencia de los soberbios corceles del Tercio Táctico, de la Guardia Rural, que una vez aclimatados resisten admirablemente la temperatura tropical y son capaces de realizar jornadas increibles, lo mismo por la sierra que por el llano, sin experimentar el más leve quebranto.

Ahí están en corroboración de lo que decimos los nobles brutos de los escuadrones que mandan los capitanes Iglesias, Perdomo y Amiel, que después de dos meses de incesante y cruenta labor, se conservan en inmejorables condiciones, y tan frescos, saludables y robustos, como si no hubieran salido del campamento de Columbia.

Y en cambio, y ofreciendo el más doloroso contraste, los misérrimos caballejos criollos del Regimiento Núm. 3, á duras penas han podido llenar medianamente su cometido.

También con esto que dejamos apuntado está de acuerdo el General Monteagudo, entre cuyos proyectos figura el de adquirir en los Estados Unidos, un número suficiente de caballos del mismo tipo de los que tan excelente resultado han dado en el Tercio Táctico de la Guardia Rural.

XXIII

EL FUEGO DE PALMA MOCHA

_Por fuerzas del capitán Perdomo._

Después de largo tiempo de encontrarse en la provincia Oriental persiguiendo en vano á las partidas rebeldes, sin lograr que éstas lo esperaran, según costumbre inveterada en los alzados, el capitán del Escuadrón "D" de la Guardia Rural, señor José Perdomo, recibió el día 12 de junio la visita de un vecino de Río Frío, informándole que una numerosa partida de alzados se encontraba acampada en aquel lugar, por lo que el referido capitán, muy de mañana aún, dispuso que la pequeña columna que mandaba se pusiera en marcha con dirección al lugar en el cual se decía se encontraba el mencionado grupo.

Comenzó la marcha atravesando las fincas de "Guanabo", "Vuelta Corta" y "Filipinas", hasta llegar al lugar conocido por "Río Frío", que, como decimos antes, era donde se encontraba el enemigo; pero ya los cabecillas Felipe Vera, el "Brigadier" Anaya y Boulet, se habían marchado precipitadamente de este lugar, por lo que el capitán Perdomo hubo de practicar distintos reconocimientos y después de oir varias confidencias y examinar el rastro, pudo comprobar que la partida rebelde se encontraba cerca de "Palma Mocha". El capitán, no obstante el gran número de alzados que componían dicha partida, pues el rastro que se veía era enorme, no titubeó un solo instante, y dispuso que se emprendiera sigilosamente la marcha por el infernal camino que conduce al referido lugar.

Eran las 4 y 10 de la tarde, y aun ningún soldado había tomado alimento alguno; los oficiales para dar el ejemplo se habían negado á tomar el café que voluntariamente les ofrecieran varios vecinos. No obstante esta circunstancia, todos iban bien dispuestos, animosos, llenos de fe; ¡quizás presentían el gran triunfo que se les aproximaba, á medida que iban avanzando por el camino emprendido!

Ya cerca de Palma Mocha, se hizo alto y el capitán Perdomo, Jefe de la columna, ordenó que el joven Teniente Jacinto Llaca, perteneciente al cuerpo de la Guardia Rural, fuese desmontado con 10 hombres en la extrema vanguardia de la columna, con el fin de que no pudieran los rebeldes oir el tropel de los caballos.

No habían transcurrido aun 20 minutos y ya se sintieron en la vanguardia los primeros tiros con que una avanzada enemiga, compuesta de 15 hombres, recibía á los 10, que al mando del Teniente Llaca, marchaban. _¡Fuego por escuadras!_ oyóse decir en aquel mismo instante, y una serie repetida de detonaciones se sintieron enseguida.

Aquella fué la señal. Los soldados que se encontraban con el resto de la columna, enardecidos por el humo producido por la pólvora y por los gritos de entusiasmo de sus compañeros que ya peleaban, se encontraban alborozados, y esa emoción natural que produce en las almas de los valientes el estampido de los primeros disparos, les embargaba.

Todos estaban atentos á la voz de mando, esperando que llegara el instante para caer sobre la horda de racistas y exterminarla con el filo de sus machetes.

El capitán Perdomo á cuyo lado estaba el valeroso oficial Ovidio Ortega, estaba frío, impasible, siguiendo con la vista todos los movimientos que el enemigo hacía.

El camino donde se encontraba la columna era muy estrecho y la posición que ocupaban los rebeldes era espléndida, como escogida, por antiguos mambises muy prácticos y muy conocedores de todos aquellos lugares.

De repente el capitán Perdomo ordenó _Al galope_, y todo el escuadrón como un solo hombre obedecía con extraordinaria rapidez. Los diez hombres que con el Teniente Llaca se habían desmontado volvieron á subir á sus caballos respectivos. Pocos minutos después, ya se veían numerosos grupos de alzados los cuales se encontraban acampados en el centro de un llano rodeado completamente de monte.

La enérgica voz del capitán Perdomo, volvióse á oir: _Un pelotón por el flanco izquierdo--dijo--La vanguardia que avance rápida por el centro. Teniente Ortega, lleve el resto de la columna sobre aquella loma_, y picando con sus espuelas los hijares de su brioso caballo, éste se puso en carrera veloz sobre el campo enemigo, seguido de un grupo de valerosos soldados.

Los rebeldes al verse tan inesperadamente atacados, trataron de hacer resistencia al empuje de nuestros soldados; pero el teniente Ortega que mandaba el resto de la columna del capitán Perdomo, y que como decimos antes, se encontraba en un lugar conveniente, cuidando de la impedimenta y de las secciones de ametralladoras, dispuso que una de esas temibles máquinas fuese emplazada para proteger con su mortífero fuego el avance de las tropas. Tan pronto la ametralladora que estaba montada, comenzó á vomitar cientos de balas por minuto, los alzados emprendieron precipitada fuga, perseguidos muy de cerca por el aguerrido oficial Luis Hernández, el cual llegó tan cerca de los grupos rebeldes, que su machete aún guarda, huellas de la sangre de algunos de ellos.

El sargento Manuel Montalvo, de las ametralladoras hacía funcionar, en unión del soldado Martínez una de aquellas temibles máquinas, que tantas bajas produjeron á los rebeldes.

El fuego de fusilería continuaba rudo, gritos de dolor, mezclados con voces de mando, dejábanse oir, el tiroteo estaba en todo su apogeo; pero á medida que el tiempo transcurría, éste iba cesando hasta que paulatinamente desapareció. Eran las 5 y 15 de la tarde. El Sol comenzaba á esconderse detrás de las copas de los altos árboles, de que se componía el monte donde tenía lugar la trágica contienda.