Guerra de razas (Negros contra Blancos en Cuba)

Part 5

Chapter 53,658 wordsPublic domain

La escena que se desarrolló en La Maya no es para descripta. Sin hacer el menor caso del llanto de los niños, ni de las súplicas de las mujeres, aquellos desalmados se entregaron al saqueo. Nada respetaron, y haciendo del incendio un complemento del robo, bien pronto convirtieron aquel apacible y floreciente lugar en un verdadero infierno.

Grupo de hombres, medio desnudos y blandiendo los machetes y las teas, penetraban en los hogares lanzando feroces gritos de ¡Vivan los negros!, ¡mueran los blancos!, y todas aquellas personas que intentaban oponer la más leve resistencia, eran maltratadas.

Al farmacéutico Duvierti le obligaron, poniéndole los rifles al pecho, á entregar todo el dinero que poseía, y lo mismo hicieron con los dueños y dependientes de las casas mercantiles de Celedonio Gómez, Mancebo Hno., Isidoro Campa, Cucirié y Co., J. Servet y otras muchas.

Una nota cómica, al par que repugnante, del saqueo de La Maya, fué sin duda la que ofrecieron las mujeres negras que acompañaban á los alzados, las cuales, con un refinamiento de coquetería verdaderamente salvaje, penetraban en los establecimientos y casas particulares, y haciendo caso omiso de otro botín más valioso, se apoderaban con avidez de los frascos de perfume, que destapaban de cualquier modo, y vertían el contenido de los mismos sobre sus cuerpos sudorosos y jadeantes.

A un dependiente del establecimiento de Celedonio Gómez le dijo Ivonet las siguientes palabras:

"Dile á Pablo Correoso, que lo estoy buscando para darle machete. Hoy ha sido La Maya; pronto les tocará á Songo y El Cristo".

Cuando más contentos estaban los alzados, llegó un confidente, no se sabe de dónde, y manifestó á Ivonet que una columna de Infantería, al mando del comandante Sanguily, avanzaba á marchas forzadas sobre La Maya, y que sus exploradores estaban ya muy cerca del poblado.

No esperó el cabecilla á que le repitieran el aviso y dando gritos de "¡Pronto, muchachos, que viene la infantería!", abandonó el horrible teatro de su "hazaña", seguido de sus ochocientos partidarios, que se retiraron en pos de su jefe con dirección á La Prueba.

Hoy han llegado á Santiago de Cuba multitud de familias, víctimas de La Maya. El aspecto de los desgraciados fugitivos inspira lástima, y hace nacer en el corazón vehementes deseos de venganza....

XV

NUESTROS BRAVOS SOLDADITOS

Dejemos á los alzados en sus montañas, y á los americanos en sus acorazados, y sus guarniciones, y dediquemos algunas frases de admiración y cariño á nuestros heroicos soldados, que bien lo merecen.

Hablemos, en otras palabras, de algo que á todos por igual nos interesa y nos atañe; de algo que debemos anteponer á nuestras ambiciones personales y á nuestras opiniones políticas: hablemos, para glorificarlo, del inimitable ejército cubano, sangre de nuestra sangre, orgullo de la patria y sostén y garantía de nuestras instituciones.

Los que aquí, en la soberbia capital, solo conocen de las operaciones militares los partes y relatos que publica la prensa periódica; los que solo han visto á nuestras tropas en las maniobras y ejercicios de Columbia y en las paradas y revistas del Malecón, no pueden tener una idea de todo lo que representa, de todo lo que significa y de todo lo que vale nuestro admirable ejército.

Esos oficiales tan inteligentes, tan correctos, tan irreprochables, y esos soldados tan alegres, tan ordenados, tan pulcros, que estábamos acostumbrados á ver en los restaurants, en los cafés, en los teatros y en los paseos de nuestra bella ciudad capitalina, marchan hoy, resueltos, animosos, decididos, indomables, por las abruptas montañas del Oriente, recorriendo distancias enormes, atravesando valles y cañadas, salvando espantosos precipicios; y siempre firmes, siempre ardorosos, siempre entusiastas, insensibles á la fatiga, inconmovibles ante el peligro, solo tienen una ambición: vencer, y un solo pensamiento: mostrarse dignos de la confianza en ellos depositada.

Yo acabo de verles en acción y en ciertas ocasiones he tenido el honor de acompañarles á traves de esas horribles é inhospitalarias montañas, donde la muerte permanece en acecho constante, donde detrás de cada roca puede hallarse en emboscada el plomo traidor, y donde cada soplo de viento parece un gemido de dolor cuando no un rugido de amenaza.

Allí todo es hóstil, hasta el aire que se respira: tan pronto como se pierde de vista la ciudad y empieza el interminable y cada vez más escabroso camino de la sierra, se experimenta esa sensación de malestar que produce siempre la cercanía del peligro: los árboles, los peñascos, la selva virgen, el boscaje enmarañado, el negro abismo que obliga á cerrar los ojos para sustraerse al vértigo... y la soledad, la horrible y angustiosa soledad que oprime el corazón y pueblo el cerebro de horripilantes imágenes y el alma de tristes presentimientos.

Por allí, escalando esos picachos, descendiendo al fondo de esos desfiladeros, desafiando á cada paso la muerte y mostrandose insensibles á la fatiga, á las privaciones, á la intemperie, á todo, en fin, luchando á brazo partido con la naturaleza y con los hombres, sobreponiéndose á los sufrimientos físicos y á las pesadumbres morales, marchan nuestros bravos soldaditos alegres, orgullosos, indomables, con el mismo orden, la misma corrección, y la misma disciplina, que si solo se tratase de unas maniobras y no de una campaña que no tiene para ellos ni siquiera el aliciente de la gloria militar, por la despreciable calidad del enemigo.

¡Oh!...; yo no puedo sustraerme á un sentimiento de admiración sincera; yo no puedo ahogar en mi garganta el grito de entusiasmo que brota de mi pecho extremecido: ¡Viva el Ejército!

Nada importa que nuestras convicciones políticas nos inclinen á censurar ó aplaudir á los hombres que rigen los destinos de la patria; nada importa que militemos en tal ó cual partido: en momentos como este y en presencia de espectáculos tan hermosos, solo podemos y debemos sentirnos cubanos. El ejército no pertenece á ningún grupo ni defiende determinadas aspiraciones: pertenece á todos, es nuestro, muy nuestro, y todos debemos unirnos, olvidando agravios y recelos, para tributarle el homenaje que merece.

Esos soldados que tan bizarramente luchan en las montañas orientales, y que han arrancado aplausos y elogios á los representantes extranjeros y á los mismos jefes y oficiales del ejército americano, son acreedores á los honores del triunfo y el pueblo cubano no desea otra cosa que acordárselos.

Los habaneros, especialmente, que les ovacionaron al partir quieren ovacionarlos á su regreso.

¡Qué bello espectáculo ofrecería ese ejército vencedor al desfilar por las calles de la capital bajo arcos de triunfo y en medio de vítores y aclamaciones! ¡Cómo se sentiría confortada el alma cubana, el alma nacional, en presencia de ese abrazo fraternal que sellaría para siempre el pacto de solidaridad entre el ejército y el pueblo!

Sería una ráfaga, un chispazo, un brote que acaso no tardaría en extinguirse; pero por breve que fuese la visión, viviríamos, siquiera durante algunos instantes, vida cubana; nos olvidaríamos del escabroso presente para recordar el glorioso pasado y mirar de frente con seguridad, con confianza, el incierto porvenir.

XVI

HONOR A QUIEN HONOR SE DEBE

El Mayor General José de Jesús Monteagudo, comandante en Jefe del Ejército de la República, puede en justicia sentirse orgulloso y satisfecho de haber logrado lo que ningún general europeo ni americano pudo jamás lograr: aplastar en poco tiempo una revolución de guerrilleros montañeses que se negaban sistemáticamente á combatir.

Los franceses vencieron en Argelia, y los ingleses en el Transvaal y los americanos en Filipinas, porque tanto los argelinos, como los boers y los tagalos aceptaban con frecuencia las batallas, y en no pocos casos hasta se atrevían á provocarlas.

En cambio los españoles jamás pudieron vencer á los cubanos, por la sencilla razón de que la famosa _táctica mambisa_ de los libertadores, resultaba un problema demasiado complicado para los generales y soldados peninsulares, que no obstante sus esfuerzos sólo conseguían encontrar al enemigo cuando éste lo tenía por conveniente.

En campañas de la índole de las que invariablemente se han librado en Cuba, cuanto más perfecta sea la organización del ejército leal, más seguros del éxito pueden estar los rebeldes. La disciplina, la táctica, la estrategia, el espíritu de cuerpo y casi, casi, estamos por decir que hasta el valor colectivo, nada representan ni nada valen, y en no pocos casos resultan otros tantos obstáculos.

Esto, precisamente, nos hizo temer, al iniciarse la rebelión estenocista, que los esfuerzos de las tropas regulares, enviadas desde esta capital para combatir á los alzados, se estrellarían contra el sistema de guerrillas que, sin duda, adoptarían los jefes de la rebelión.

Porque el ejército cubano es (y esto conviene que se sepa) uno de los más brillantes y completos que existen, por lo que respecta á organización, á disciplina, á todo, en fin, lo que caracteriza á los ejércitos regulares.

Compuesto en su inmensa mayoría de jefes, oficiales y soldados punto menos que improvisados, adquirió en breve tiempo un grado tal de perfeccionamiento, que los mismos oficiales americanos que completaron su instrucción (los capitanes Catley y Parker) se mostraron admiradores de la sorprendente facilidad con que esos hombres, muchos de los cuales no habían visto nunca un fusil moderno, se adaptaban al riguroso régimen militar que se les imponía.

Tanto los artilleros, como los infantes y los admirables jinetes del Tercio Táctico de Caballería de la Guardia Rural, se convirtieron en menos de tres años en verdaderos soldados, no inferiores en modo alguno á los de las primeras potencias militares de la vieja Europa.

Sin que el patriotismo nos ciegue, podemos asegurar que el Ejército de la República de Cuba, dotado de los más eficaces v modernos armamentos é instruído de acuerdo con el sistema americano (que no reconoce superior en la práctica) puede sufrir ventajosamente cualquier comparación á que quiera sometérsele.

Pero como antes decimos, estas mismas brillantes cualidades, ese perfeccionamiento, ese carácter de "ejército regular" que le distingue, eran para nosotros otros tantos motivos de duda. Nos parecían nuestros soldados (digámoslo en una palabra) _demasiado regulares_ para luchar sin desventaja con las hordas salvajes que infestaban las serranías orientales.

Y he aquí lo más admirable, lo que para nosotros, testigos presenciales de la cruenta campaña, constituye el más hermoso timbre de gloria con cuya posesión pueden envanecerse las tropas cubanas: esos soldados, instruídos para operar en grandes núcleos, para dar batallas campales, para batirse en campo abierto, esos soldados, que por las lecciones que recibieron solo parecían capaces de hacer lo que podríamos llamar "la guerra seria", han demostrado que, llegado el momento, cuando las circunstancias así lo exigen, pueden y saben hacer la guerra irregular; que para ellos las formaciones en columna, los brillantes despliegues, las líneas estratégicas, las cargas por escuadrones, las retiradas escalonadas, los fuegos de "boleo", las postas cosacas; y hasta las tiendas de campaña y los zapatos solo tienen un valor relativo.

De injustos pecaríamos, sin embargo, si no tributásemos, al mismo tiempo que á los soldados, un elogio entusiástico v merecido al hombre que con su firmeza de carácter, su inagotable valor moral y sus vastos conocimientos prácticos de militar veterano y experimentado, supo conducir á buen fin una campaña que, por su índole, amenazaba con prolongarse indefinidamente, después de cansar al país irreparables daños.

El Mayor General José de Jesús Monteagudo, á quien hoy, cuando no existen ya Gómez, Maceo ni García, no vacilamos en llamar _el primer guerrillero del mundo_, se ha hecho acreedor no sólo á la gratitud de su pueblo, sino á los plácemes sinceros de la crítica. Ha dirigido las operaciones con verdadero genio, revelándose en todas ocasiones como un militar de talla, para quien la guerra de montañas no guarda secreto alguno.

Cuando, á raíz del incendio de Ramón de las Yaguas, las partidas rebeldes emprendieron la retirada hacia Mayarí Arriba, el General Monteagudo, en vez de lanzar en seguimiento de los alzados grandes contingentes de tropas, se limitó á situar fuerzas en los mismos parajes que el enemigo acababa de visitar. Uno de los autores de este libro, al darse cuenta de ello, y extrañándole sobre manera la conducta observada por el general en Jefe, se permitió llamarle la atención: el General, con su inalterable calma (esa calma que nunca le abandona) sonrióse benévolamente y pronunció estas palabras, reveladoras de un espíritu de observación profundo y de una sagacidad sorprendente: _Yo soy_, dijo, _antes que nada y por encima de todo, un general mambí; y por lo mismo sé cómo piensan y obran los mambises, cuya táctica se reduce á dar grandes rodeos, para volver siempre, más tarde ó más temprano, al punto de partida. Por esta razón, estoy convencido de que Ivonet y Estenoz, con sus partidas, volverán á Ramón de las Yaguas, ó, por lo menos, intentarán hacerlo. Este es el motivo por el cual estoy tomando todas las medidas del caso, para recibirlos dignamente á su regreso, si es que logran regresar, pues como tengo mis motivos para presumir la ruta que se proponen seguir, he situado también algunas columnas en el camino que, según mis cálculos, intentan recorrer en su viaje de regreso._

Dos días después de haber escuchado de labios del General Monteagudo estas palabras, los rebeldes, rechazados en Sagua de Tánamo por el valeroso Teniente de la Guardia Rural "Vivín" Rodríguez, tropezaban con las tropas del teniente coronel Consuegra, que habían sido despachadas por el Comandante en Jefe, obedeciendo al plan de referencia, y á partir de ese momento puede decirse que no transcurrió un solo día sin que las partidas, que como lo había previsto el General intentaban volver á Ramón de las Yaguas, no sufrieran algún descalabro más ó menos serio.

Un auxiliar en extremo valioso resultó en esos días (los más importantes y decisivos de la campaña) el cuerpo de Voluntarios de Occidente, que al mando del valiente y prestigioso General Manuel Piedra, prestó un extenso y penosísimo servicio de guarnición sobre la línea del ferrocarril del Este (San Luis, Songo La Maya y Guantánamo).

La cooperación de los voluntarios occidentales fué de gran utilidad, en primer término, porque gracias á ellos pudo destinarse á la persecución activa de los rebeldes un respetable contingente de tropas regulares, que de otro modo hubieran tenido que ser empleadas en guarnecer los poblados, caseríos y estaciones ferroviarias, que, de manera tan eficaz, guarnecieron aquéllos.

Es indudable, sin embargo, que, después del General en Jefe, la figura más saliente de la campaña de Oriente ha sido la del Brigadier Pablo Mendieta. De los primeros en llegar, al teatro de las operaciones, este bizarro militar tuvo la gloria de administrar á los alzados la primera derrota que sufrieron, en Yarayabo, y posteriormente cúpole en suerte asestar el golpe decisivo á la rebelión, dando muerte á su jefe principal, al ambicioso Estenoz, en los campos ensangrentados de Micara.

Hemos hecho justicia á los que, por sus grandes merecimientos han tenido el privilegio de granjearse la eterna gratitud de todo un pueblo; pero nuestra obra resultaría incompleta, si no hiciéramos también resaltar, para tributarle el aplauso que merece, la inmensa labor realizada, con ocasión del movimiento racista, por nuestra naciente marina nacional.

Sin la cooperación valiosísima de nuestras fuerzas marítimas, sin la pericia, el arrojo y la incansable laboriosidad de nuestros hombres de mar, las operaciones militares no habrían sido tan eficaces, las tropas no hubieran podido moverse, en muchos casos, con la rapidez necesaria y el costo de la campaña hubiera sido enorme.

En todos, desde los más altos hasta los más humildes, desde el General en Jefe del Ejército hasta el último marinero de la escuadra, ha tenido la República fieles y valiosos auxiliares, y todos, en su esfera respectiva, se han distinguido por igual.

Y es que en todos alentaba el mismo espíritu patriótico de los días de gloria... es que en el pecho de todos latía el corazón mambí....

* * * * *

XVII

EL PADRON DE HONOR

_Las bajas de la campaña_

No ha obtenido el brillante ejército de la República su completa y decisiva victoria sobre las hordas rebeldes que infestaban las montañas de Oriente, sino á costa de grandes sacrificios é ímprobos trabajos.

Las marchas interminables por la sierra, las noches pasadas al raso y las privaciones de todo género que han tenido que sufrir nuestros soldados, no fueron bastante, sin embargo, á abatir el espíritu de esos bravos luchadores que parecían insensibles á las fatigas corporales.

Pocos casos de enfermedad se han registrado, y ésto, al par que á la resistencia física de los soldados hace honor á la administración militar del ejército.

Por lo que se refiere á las bajas sufridas en combate, pocas fueron, relativamente; pero de todos modos los cuarentisiete valientes que derramaron su sangre por la república y la paz, son mil veces acreedores á la gratitud eterna de todos los cubanos.

He aquí una relación completa de las bajas de la campaña. En ella se incluyen los nombres de los infelices voluntarios de Occidente que perecieron, víctimas de la traición más horrible.

MUERTOS

Celestino Mayor. Alejandro Marín Pagan. Ramón Moya Sotolongo. Eliseo Ramírez. José Llanes. Modesto de Armas Calderón. José René. Secundino Reyes. Abelardo Aragón. N. Saavedra. Domingo Tamayo. Julián Hernández. Antonio Almeida Pérez. Prudencio Céspedes. Felipe Santiago. Manuel Mengana Olión.

HERIDOS

Tomás Santos Suárez Armando Sánchez. Darío Naranjo. Manuel Andreu. Encarnación Alfonso. José Ignacio Cáceres. Ramón Izquierdo. Esteban León. José Pérez Zequeira. Juan Aguirre. Germán Cauce. Antonio Plasencia. Enrique Salas Prado. Fortunato Cortés. Amador Rodríguez. Juan Garzón. Juan Sánchez González. Antonio Mendoza. Policarpo Garvey. Antonio Moiño. Juan José de la Paz. Alberto Valentín. Eleuterio Veranés. Luis Llanes Oliva. Francisco Martínez. Camilo Cuenca. Ramón Suárez Proenza. Nemesio Medina (ó Díaz) José Batista. Juan Reyes. Angel Garía.

XVIII

JUICIO DEL ALZAMIENTO

La convulsión racista toca á su fin. Capturado Gregorio Surín, en Kentucky; sometido el paralítico Lacoste; muertos Heredia y Zapata y acosados sin tregua ni descanso Ivonet, Estenoz, Antomarchi y sus amedrentados compañeros, puede desde luego asegurarse (sin que al hacerlo nos veamos obligados á exagerar la nota optimista) que el alzamiento ha perdido ya su carácter político, para convertirse en bandidaje de montaña.

No es ya la Ley Morúa lo que preocupa á los directores del movimiento; y la carta de Evaristo Estenoz al cónsul de los Estados Unidos en Santiago, prueba que los que hace un mes se lanzaron al campo invocando los derechos de una raza, se darían por satisfechos hoy--á los treinta días cabales de iniciado el movimiento--con escapar al plomo y el machete de sus incansables perseguidores.

Eugenio Lacoste, hoy moribundo en el hospital de Santiago, y que, como nadie ignora, fué el cerebro de la revolución, ha declarado que tanto él como los demás jefes del movimiento acometieron la peligrosa aventura en la creencia de que el gobierno, en su afán de ahorrarse líos y complicaciones con los americanos, se apresuraría á comprar la paz á cualquier precio; y esto me parece bastante probable; pero lo que ni el paralítico ni ninguno de los cabecillas prisioneros ó presentados dice, es que la llamada "revolución racista" no debía limitarse á un chispazo sin importancia en las Villas y á un alzamiento de fuerza más aparente que real en las serranías orientales.

Todo hace creer, por el contrario, que el movimiento armado debió estallar simultáneamente en las seis provincias, lanzando al campo de la revolución veinte ó treinta mil negros, que antes de ser sometidos hubieran convertido en ruinas el país y provocado una nueva y acaso definitiva intervención americana.

De tan terrible contingencia nos hemos librado merced al patriotismo de nuestro pueblo y al valor de nuestros soldados; pero ante todo, debemos dar gracias á Dios, que hizo tan cobarde á Evaristo Estenoz.

Este ciudadano, que por su osadía en la tribuna y por otras causas de todos conocidas y que por lo mismo no creo necesario mencionar, habíase convertido en "leader" del llamado "Partido Independiente", gozaba de gran prestigio entre los negros occidentales, pero su influencia en Oriente no fue nunca comparable á la de Lacoste, Ivonet y otros, quienes, si bien es verdad que le reconocían como jefe supremo de la conspiración que se fraguaba, y estaban dispuestos á secundar el movimiento, no se comprometieron á ello sino á condición de que Estenoz levantase la bandera racista en Occidente, con lo cual, no sólo se obligaría á las tropas leales á subdividirse para combatir á los rebeldes en muchos puntos á la vez, sino que se crearía la impresión de un movimiento unánime desde la Punta de Maisí al Cabo de San Antonio.

Los elementos _independientes_ de las Villas y Habana cumplieron al pie de la letra el compromiso adquirido; y al mismo tiempo que Lacoste, en Guantánamo, Ivonet en los alrededores de Santiago y Zapata, Pitillí y otros en distintos lugares de Oriente daban el grito de rebeldía, aparecieron pequeñas partidas en Sagua, Santo Domingo, Marianao, etc.

Afortunadamente para Cuba, los rebeldes occidentales no tardaron en desanimarse al observar que su jefe nato, el travieso Estenoz, en vez de ponerse al frente de los grupos habaneros y villareños--como lo había prometido--había tomado el prudente partido de sublevarse en las montañas orientales, proclamándose al mismo tiempo "Presidente de la República", es decir, asumiendo un cargo eminentemente civil, convirtiéndose, de hombre de acción en elemento pasivo y llegando á ser para Ivonet y los suyos una impedimenta inútil y peligrosa.

Esta reunión de los tres principales cabecillas entre Guantánamo y Santiago hizo posible que el gobierno dirigiese todas las tropas de la República contra un solo punto, lo que no habría ocurrido si Estenoz, más arrojado, se hubiera puesto á la cabeza de sus parciales en las llanuras de Occidente.

La excesiva prudencia del fogoso tribuno racista, ha sido, pues, providencial para Cuba; pero ha servido, al mismo tiempo (y esto es, á juicio mío, lo más grave) para demostrar, primero, que la revolución que agoniza era un movimiento de negros contra blancos; segundo, que el problema de razas ha quedado definitivamente planteado en nuestra patria, y tercero, que los elementos dispuestos á enarbolar la bandera negra están diseminados por todo el territorio de la República, y sólo tienen necesidad de un jefe valiente, enérgico y prestigioso para volver á las andadas.

No debemos, por tanto, hacernos ilusiones y considerar el triunfo de nuestros bravos soldados en Oriente como un triunfo definitivo de la buena causa.

El fracasado alzamiento de Estenoz debe, por el contrario, impulsarnos á tomar medidas para lo porvenir; debemos, en otras palabras, poner los medios para impedir un nuevo brote racista que acaso resultaría más difícil de vencer, pues no siempre tendremos que habérnoslas con jefes tan prudentes como Estenoz ni con gobiernos americanos tan honrados como el que en la actualidad rige los destinos de la Gran República.