Guerra de razas (Negros contra Blancos en Cuba)
Part 2
Se sale de Alto Cedro. ¡Qué momento! Se apagan las luces del tren. Los soldados de la escolta se forman en línea de batalla junto á las ventanillas; la locomotora marcha á paso de tortuga...
Llegamos á San Luis, y renace nuevamente la calma; en San Luis está Mendieta con su columna, y también está Capmany, el héroe de Yarayabo, irreprochablemente vestido de facineroso.
¡Por fin! ¡¡Santiago!! La bella Santiago, como la bella Habana, no ha perdido su aspecto normal. Para mí, que estuve aquí hace dos meses en misión sportiva, solo presenta un cambio: que todos mis amigos, los "igorrotes", á quienes encontré en mi viaje anterior armados de bates y pelotas, pasean ahora por las calles, con camisa azul y pantalón de kaki, llevando el fusil al hombro...
Los bates han desaparecido; las pelotas no. La capital de Oriente ha sido siempre notable por su desmedida afición al base-ball...
V
HANDS ACROSS THE SEA
Dice un refrán castellano que Dios aprieta y no ahoga; pero estoy viendo la soga y el movimiento de mano
Estenoz.
San Luis, Junio 12, 1912.
Ya tenemos á los galos en Roma; y aunque los asustados gansos del Capitolio han dado la voz de alarma, difícil me parece que podamos sustraernos á los terribles efectos de la invasión.
Tanto los cablegramas de Washington como los jefes y oficiales que por aquí se encuentran y los que acabo de ver en Guantánamo, afirman categóricamente que los Estados Unidos no tienen el propósito de intervenir en Cuba, lo cual es muy posible; pero, sea éste ú otro el fin que se persigue, el caso es que ya los acorazados y cruceros de la Unión ocupan nuestros puertos y que las tropas yankees, con el pretexto de proteger las vidas y haciendas de los ciudadanos de la Gran República, se han internado en territorio cubano, y establecido guarniciones y destacamentos en los lugares más á propósito para precipitar el mejor día un conflicto de todos los demonios.
Aquí mismo, en el ingenio "Unión", á medio kilómetro de esta sucursal de la Cafrería que se llama San Luis, se halla una fuerza americana de 150 hombres, con artillería, y sus tiendas de campaña y el humo de sus vivacs se distinguen con toda claridad desde los acantonamientos cubanos del general Mendieta.
Podemos, desde luego, estar tranquilos por lo que á nuestros soldados se refiere; ellos no provocarán el más leve rozamiento ni darán lugar con su conducta, que es intachable, á que los estadistas de la Casa Blanca encuentren un nuevo pretexto; pero, ¿puede decirse lo mismo de los otros? Hasta el presente--dicho sea en honor de la verdad--todos los militares del Tío Sam, desde los de más elevada jerarquía hasta el más humilde soldado, han procedido con exquisito tacto y corrección intachable; pero ya conocemos á los americanos del ejército, sabemos lo impertinentes que suelen ponerse, y cualquiera impertinencia en los actuales momentos podría originar un verdadero lío de funestas consecuencias para todos.
Yo no acierto á comprender (lo digo con toda sinceridad) la razón que haya podido tener el gobierno americano para precipitar sobre Cuba su escuadra y ocupar militarmente una porción no pequeña de nuestro territorio. ¿Qué se propone la Gran República, qué fines persigue, á impulsos de qué sentimientos obra?
Se sabe de manera indubitable que el primer grito de alarma lo dió Mr. Brooks, ó hablando con más propiedad, el señor Brooks, convertido en _mister_ por impulso espontáneo de su libre albedrío. Este caballero, ó por mejor decir, este _gentleman_, que lamenta de todo corazón el haber nacido en Cuba, desempeña en la Nigricia criolla, esto es, en Guantánamo, las funciones de cónsul de S. M. Británica, y se siente más sajón que el rey Haroldo.
El, como muchos que adquirieron patente mambisa en la revolución del 95, no tiene ni tuvo nunca otro ideal que derribar el imperio español para levantar el imperio yankee. Sin duda que el señor de _mister_ Brooks, en su calidad de _British subject_, hubiera preferido un nuevo Transvaal á una segunda edición de Puerto Rico; pero á falta de pan, buenas son tortas; y ya que no es posible cantar el _God save the King_, bien puede un sajón, por honorario que sea, darse por satisfecho cantando el _My country it is of thee_; después de todo, la música es igual, y el _Hail Columbia_ y el _Rule Britannia_ vienen á ser una misma cosa......
_Que la voz de la sangre es la más fuerte, y hands across the sea_
Volvamos al _señor de mister_ Brooks.
No ha sido ésta su primera demostración anexionista. Hace algún tiempo, como recordarán de fijo mis lectores, estuvo á punto de provocar un conflicto, por haber solicitado del jefe de la estación naval el inmediato desembarco de tropas, sin otra causa que haber ocurrido varios desórdenes sin importancia en Guantánamo.
En aquella ocasión no desembarcaron en Cuba soldados americanos gracias á la digna y enérgica actitud del capitán York, que se opuso á ello resueltamente.
Ahora no ha hecho sino ratificar con un nuevo acto de franca hostilidad el poco cariño que le inspira la República cubana, y esto no debe sorprender á nadie, del mismo modo que no debe causarnos extrañeza que el ministro Beaupré y el mamarracho de Caldwell, corresponsal en esa capital de la Prensa Asociada, hayan sido los responsables de que un almirante y dos grandes acorazados de los Estados Unidos se encuentren hoy en la bahía de la Habana, pues ambos se han distinguido siempre por.... por.... ¡bueno! por lo mismo que se distingue el flamante Cónsul de la Gran Bretaña en Guantánamo.
Repito que la actitud de tan distinguidos anexionistas no me sorprende; pero si hay en este mundo algo que yo no pueda explicarme, es que hoy, cuando forzosamente tienen que haberse convencido de que las tropas de Cuba Libre bastan y sobran para meter á los alzados en cintura, insistan los americanos en permanecer en territorio cubano, con lo cual--bueno es que se sepa--no han conseguido otra cosa que crear dificultades á nuestro gobierno, herir á nuestro pueblo en sus más hondos sentimientos y retardar la pacificación del país.
No hay que hacerse ilusiones; mientras que Ivonet, Estenoz, y los principales cabecillas del movimiento no se convenzan de que los yankees no tienen el propósito de intervenir, se guardarán bien de rendir las armas, pues pensarán que el gobierno, al verse seriamente amenazado por una nueva intervención, acabará por concederles todo cuanto piden.
Tan convencido estoy de lo que digo, tan absolutamente seguro de que si se mantienen en las montañas es sólo por la razón que dejo expuesta, que no tengo el menor inconveniente en afirmar que la retirada de los buques y soldados yankees traería como consecuencia inmediata el cese de la rebelión.
VI
UN ACCIDENTE
Para dirigirse á Guantánamo, plaza de la cual acababa de ser nombrado comandante militar, el coronel de Infantería Jefe del Segundo Regimiento Sr. Carlos Machado y Morales, había tomado pasaje en el tren que parte de Santiago de Cuba á las 2 y 15 de la tarde, en unión del Teniente de Sanidad Militar Dr. José A. Cabrera y el Segundo Teniente señor Alfonso. El convoy que los conducía hubo de sufrir en El Cristo un retraso como de media hora, pues en la vía se encontraba un tren de carga que había tenido un percance. Este inesperado retraso hizo que dichos militares llegaran á San Luis con mucha demora, por lo que el tren que á las 3 de la tarde sale para Guantánamo ya había partido, lo que obligaría al coronel Machado y sus acompañantes á permanecer en San Luis hasta el día siguiente. Pero el coronel Machado, que es hombre que no se detiene ante ningún obstáculo para llegar al fin, y que comprendía lo necesario de su llegada á Guantánamo ordenó que la Compañía del Este pusiera á su disposición una cigüeña de vapor para hacer el viaje en unión de sus compañeros. El hacer el viaje de San Luis á Guantánamo en el tren era cosa en extremo peligrosa, pues raro era el día que los rebeldes no lo tirotearan ó quemaran un puente, una alcantarilla, y hasta alguna estación. Esto no obedecía á otra cosa que al hecho de que la zona que el tren atravesaba era la más frecuentada por las partidas rebeldes, dándose el caso repetidas veces de que los alzados plantaran su bandera sobre las lomas en las cercanías de las paralelas del ferrocarril.
Estos peligros, perfectamente conocidos por el coronel Machado, no le hicieron desistir de su propósito; y á las 4 y 25 de la tarde salían en la mencionada cigüeña automóvil el coronel Machado y los Tenientes Cabrera y Alfonso, con una pareja de la Guardia Rural, en dirección á Guantánamo.
Nada anormal ocurrióles durante el trayecto de San Luis á Bayate. Ya era de noche cuando atravesaron este paradero, por lo que enviaron á buscar algo que comer, que confortara sus estómagos. Terminada esa pequeña comida, volvieron á ocupar su cigüeña, emprendiendo de nuevo la marcha.
El jefe de ese paradero les había advertido que tuvieran cuidado, pues por la tarde había estado allí una gruesa partida de rebeldes, los que siguieron por la línea, en la misma dirección que ellos llevaban. Hacía ya más de 30 minutos que se encontraban en marcha, cuando atravesaban con bastante velocidad un puente muy largo, y sin baranda, en el medio del cual la cigüeña sufrió un choque terrible; todos cayeron unos encima de otros, y el que guiaba la máquina lanzaba lastimeros ayes; la cigüeña se había detenido en su marcha. La primera impresión fué terrible, todos creyeron que las partidas de alzados que merodeaban por aquellos lugares les habían tendido un lazo para capturarlos vivos; pero poco á poco fuese aclarando el misterio, y se pudo ver lo que había producido aquel espantoso choque: era un toro que se paseaba por el puente y al que la velocidad con que marchaba la cigüeña le impidió salir de él.
Desgraciadamente no fué solo el toro el que pagó las consecuencias de la violenta acometida; la cigüeña también se había destrozado, y todos sus pasajeros hubieron de descender de ella internándose en la manigua, pues debían buscar una posición que estuviera en condiciones de poderse defender, caso de que alguna partida tratara de atacarles. Mas cual no sería la sorpresa de los excursionistas al ver que á medida que se internaban en el monte, se presentaban ante su vista pequeñas casitas de yagua, y el humo que despedían las candeladas; todo eso demostraba que horas antes había estado acampada allí alguna numerosa partida de alzados, por lo que hubieron de abandonar aquel lugar teniendo en cuenta que sólo eran seis hombres, de los cuales solamente dos usaban arma larga. Después de enviar á la siguiente estación al conductor de la cigüeña, se emboscaron todos detrás de una cerca, esperando el momento de morir matando, pues en el caso probable de que hubieran sido atacados por los alzados éstos al ver á sus enemigos en número inferior, los hubieran tratado de capturar y como consecuencia se habrían defendido hasta disparar el último tiro. Allí pasaron 5 horas sin tomar agua ni probar ninguna clase de alimentos, y en medio de las mayores incomodidades. Por fin, un resplandor se deja ver por la manigua, las paralelas comienzan á producir ruido, un tren se aproxima, y á medida que la potente máquina avanza, van aquellos bravos militares, que hubieran sabido morir heróicamente antes que caer vivos en poder del enemigo, recuperando la confianza de vivir, que durante siete horas habían perdido.
A una señal se detuvo la locomotora, y todos reanudaron el interrumpido viaje á Guantánamo, donde llegaron á las dos de la madrugada.
Así terminó ese incidente, que pudo haber costado seis vidas y hubiera producido un efecto moral desastroso para la causa del orden.
VII
EL FUEGO DE BOQUERON POR FUERZAS DEL COMANDANTE CASTILLO
Esta acción, que ha sido sin duda alguna de las más importantes de las efectuadas en la intentona racista, ha pasado casi inadvertida, debido á que en los días que se efectuó todos los diarios habaneros estaban preocupados con el problema de la Intervención Americana, al que dedicaban todas sus páginas, haciendo caso omiso de lo que las fuerzas armadas de la República hacían por la región oriental.
La columna del comandante Rafael del Castillo, se encontraba acampada en el pequeño pueblecito de El Palmar, lugar pintoresco situado al pie de las estribaciones de las lomas de "Los Ciegos". Al amanecer, las alegres notas de la diana despertaban á todos aquellos bravos soldados de su sueño, y de sus pequeñas tiendas de campaña iban saliendo todos ya con sus equipos preparados y sus armas en la diestra. Repartiose el café en las Compañías, y apenas la aurora se dejaba entrever en el horizonte, ya los soldados emprendían la marcha, dejando detrás El Palmar, que durante toda aquella noche les había servido de agradable campamento.
No habían andado más de 20 minutos, cuando los exploradores de la Guardia Rural al mando del sargento Rizo y cabo Fifí, del Tercer Regimiento, rompían fuego contra un grupo de negros que, subidos en una loma inaccesible, les respondían á balazo limpio.
Entonces el comandante Castillo, que con el corneta de órdenes había ocupado una posición sobre una altura, ordenó que la Infantería, perteneciente á la Compañía del Capitán Almeyda, avanzara sobre la posición ocupada por el enemigo. El fuego de la infantería comenzó tan pronto esta fuerza hubo coronado una loma, en cuya parte superior había una pequeña casa de guano, en la que se encontraban refugiados cuatro rebeldes, que al verse sorprendidos por la tropa, corrieron con tanta velocidad, que llegaron con la rapidez vertiginosa de un rayo á la orilla de la manigua, donde desaparecieron, no sin antes dejar uno de ellos varios cartuchos y un estandarte del "Partido Independiente de Color", barrio de Casisey Arriba.
De las lomas que rodeaban el camino salían multitud de disparos de los alzados, y por todas partes las fuerzas del comandante Castillo escuchaban tiros.
Otra orden hizo que la Compañía del Capitán Navarro con el Teniente Ramos, avanzara sobre el lugar llamado Alto de Boquerón, con objeto de evitar la retirada del enemigo; estas fuerzas fueron hostilizadas durante todo el camino por los pequeños grupos de rebeldes que creyeron imposible que una columna se atreviera á correr la aventura de entrar en aquellos estratégicos lugares, pues todos recordaban que durante la guerra de Independencia, todas las fuerzas españolas que intentaban entrar en Boquerón, desistían de su empeño, después de horas enteras de lucha, llevándose siempre gran número de bajas.
El tiroteo arreciaba. Los soldados, tendidos á la larga en el suelo, disparaban con sus magníficas armas sobre los lugares de donde se veía salir el humo, producido por los disparos de los alzados. Había ocasiones en que el fuego cesaba durante breves momentos, y entonces se percibía con toda claridad la voz de los rebeldes que gritaban: ¡Abajo la Ley Morúa! ¡Vengan para aquí, c.......! ¡al machete! y el fuego se reanudaba con la particularidad de que las tropas leales, á medida que iban disparando sus armas, avanzaban de 80 á 100 metros sobre las posiciones ocupadas por el enemigo, para lo que tenían que subir empinadas lomas, que á simple vista parecía imposible que los hombres pudieran escalarlas. Pero nuestros soldados, con sus oficiales á la cabeza, corrían sobre las bocas de las armas enemigas, disparando al propio tiempo las suyas, cuyas balas hacían un efecto desastroso, mermando las filas rebeldes.
Mientras el fuego arreciaba, en la entrada de Boquerón, Eugenio Lacoste (a) "El Tullido", abandonaba su casa del cafetal "Dios y ayuda", siguiendo con ocho hombres que lo llevaban cargado por el camino de las lomas "Felicidad" rumbo al Guayabal de Yateras, donde debía días después ser capturado con su consentimiento, por las mismas fuerzas del comandante Castillo.
La Compañía que mandaba el Capitán Almeyda había sostenido fuego con los insurrectos al tratar de retirarse éstos por la parte en que la tropa se encontraba, y la caballería, flanqueando los caminos, protegía el avance de la infantería. El fuego de los alzados iba poco á poco apagándose, y momentos después la corneta volvía á dejar oir sus notas bélicas, ordenando ¡alto el fuego! Prueba evidente de que la victoria había coronado el esfuerzo de los soldados.
Ya no se sentían tiros, sólo se escuchaba el clamor de los soldados que en lo alto de las lomas ocupadas dos horas antes por los rebeldes, gritaban alegremente, celebrando con alborozo el triunfo alcanzado.
Todos descansaron un rato reuniéndose poco después en el cafetal "Dios y ayuda", donde acamparon las fuerzas, ordenándose pasar lista para saber quiénes faltaban. Comenzada esta operación, todos los soldados respondían gozosos con un ¡aquí!, cuando se les nombraba.
Terminada la lista, pudo comprobarse que nadie faltaba, que las balas de los alzados no habían hecho heridos, y esta noticia fué recibida con tanto gozo por todos los soldados, que éstos se abrazaban y pedían á sus oficiales perseguir á los alzados, para reanudar así el combate.
Aquel día se sirvió un almuerzo que á todos pareció suculento, la alegría reinó en todo el campamento y á la mañana siguiente, 30 hombres de infantería al mando del valeroso oficial Estévez, hicieron un minucioso reconocimiento por los lugares donde el día anterior se había librado la batalla, encontrando 12 muertos y gran número de charcos de sangre.
Una orden llegada de Guantánamo hizo que la columna regresara á esa ciudad, y al siguiente día entraba en ella, donde permaneció dos días descansando. Bien se lo merecían aquellos bravos soldados que supieron tomar al enemigo posiciones que siempre fueron creídas inexpugnables por todos que las conocían.
VIII
IMPREVISION
Son tantos y de índole tan diversa los asuntos de que puede tratar un periodista profesional que tenga la suerte de hallarse en estos momentos en la bella y hospitalaria Santiago, que al poner manos á la obra de confeccionar, de prisa y corriendo, como por lo común se hacen estos trabajos, una correspondencia, se siente uno perplejo, sin saber por dónde empezar ni á qué temas dar la preferencia.
Así, por ejemplo, yo daría cualquier cosa por estar dotado del inapreciable don de condensar en el espacio de ocho ó diez cuartillas todas mis impresiones, las buenas lo mismo que las malas, y referir las mil y una peripecias que me han ocurrido, desde el último abrazo que me dió Hernández Guzmán en el andén de Villanueva, hasta el último timbrazo inútil que acabo de dar para que me traigan una pluma algo más digna de su nombre que este horrible mocho de escoba que me facilitaron en la carpeta del hotel en que me hospedo.
Santiago de Cuba, destinada, por lo visto, á sufrir todos los rigores de las campañas militares que se libran en nuestra patria, ofrece en estos momentos el extraño aspecto de un vasto campamento, y raro es encontrar por calles y paseos un hombre que no vista de uniforme.
Y no vaya á creerse que me refiero á los uniformes de la Rural ó el Permanente, los cuales, (dicho sea en honor de nuestro ejército regular) no son los que más abundan, por la sencilla razón de que casi todas las tropas están en operaciones.
Los uniformados que pululan por estas pintorescas calles (que más que otra cosa parecen montañas rusas de asfalto) son los milicianos--la "Guardia Blanca" Oriental--unos soldados que han abandonado los libros, las oficinas, los talleres, el hogar tranquilo y venturoso, para empuñar el rifle; soldados improvisados que merecen bien de la patria, y que tanto por los valiosísimos servicios que prestan, como por la compostura, disciplina y seriedad de que hacen gala, se confunden con los militares de profesión.
El Ejército, por su parte, ha demostrado hasta la saciedad que no tiene superior en el mundo; y si sufridos, heroicos é incansables son los soldados, brillante y digna de encomio es la oficialidad.
Pero yo no he venido á Oriente para fungir de monigote y por lo tanto paréceme oportuno echar á un lado el incensario, para entregarme á la inefable tarea de criticar.
¿A quién, á quiénes? ¡Qué sé yo! A nadie en concreto y á todos en conjunto.... á tí, lector querido, á mí, á todos, en fin, los que tenemos el honor de haber nacido en esta tierra y ser miembros de una raza llena de virtudes, pero desgraciadamente no exenta de defectos, entre los cuales ninguno está á mi juicio tan arraigado como el de la falta de previsión.
Es doloroso tener que confesarlo, pero ¿qué le vamos á hacer? Los cubanos, como nuestros excelentes papás los españoles, somos muy poco prácticos; y esta es la causa de que nos pasemos la vida haciendo todo menos aquello precisamente que debiéramos hacer.
Ese optimismo exagerado que nos ciega, impidiéndonos ver las cosas bajo su verdadero aspecto, ha sido y es la causa principal de casi todos nuestros males; y del mismo modo que los españoles perdieron su imperio colonial, sus soldados, sus buques, sus millones y cuanto tenían que perder, por haberse obstinado en no prestar atención á las reiteradas advertencias que se les hacían, nosotros, sus hijos, no hacemos más que salir de una situación difícil, para caer en otra. Y todo, ¿por qué?: pues, porque lo mismo que ellos, no queremos, ó no sabemos interpretar las señales de los tiempos.
No creo que sea este el momento de depurar hechos para fijar responsabilidades, y no seré yo por cierto quien tal haga, con tanto mayor motivo cuanto que sinceramente creo, como ya dije, que la culpa de cuanto en estos momentos ocurre no puede en justicia atribuírsele á nadie.
Todo obedece.... ¡bueno!, _¡chi lo sa!_ á que somos así; trátase de una causa ingénita, y hasta cierto punto somos irresponsables.
El convulsionismo--nadie lo ignora--es el más terrible de los males morales que nos aquejan; y lógico y natural sería que mostrásemos empeño en hacerlo desaparecer y en impedir sus brotes.
Por desgracia, hacemos todo lo contrario, y en no pocas ocasiones tal parece que nuestra única misión sobre la tierra consiste en estimular á los revoltosos.
El actual levantamiento de Estenoz, que es (aunque los espíritus pusilánimes lo nieguen) una revolución de negros contra blancos, ha sido posible y casi, casi hasta de fácil realización, porque no hay un solo cubano que no esté plenamente convencido de que en este desgraciado país, el medio más seguro de encumbrarse y obtener lo que se quiere consiste en apelar á la violencia y amenazar. Si una vez constituida la República se hubiera castigado sin misericordia al primero que intentó sublevarse contra los poderes constituídos, el convulsionismo, que aquí como en todas partes es tan fácil de intimidar como difícil de someter una vez que ha estallado, no habría tomado el incremento que hoy tiene, por la sencillísima razón de que todo el mundo, antes de lanzarse á peligrosas aventuras, lo pensaría mucho, por temor á las poco agradables consecuencias que sus diabluras podrían acarrearle.