Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades

Part 9

Chapter 93,929 wordsPublic domain

En esto la gente de Granada, libre del miedo y de la necesidad, tornó á la pasion acostumbrada: enviaban al rey personas de su ayuntamiento; pedian nuevo general; nombraban al marqués de Velez, engrandeciendo su valor, consejo, paciencia de trabajos, reputacion: partes que aunque concurriesen en él, la mudanza de voluntades, y los mismos oficios hechos en su perjuicio, dende á pocos dias que entonces en su favor, mostraban no haberse movido los autores con fin de loallas porque fuesen tales. Calumniaban al de Mondejar que permitia mucho á sus oficiales; que no se guardaban las vituallas; que los ganados pudiendo seguir el campo se llevaban á Granada; que no se ponia cobro en los quintos y hacienda del rey; que teniendo presidente cabeza en los negocios de justicia, tantas personas graves y de consejo en la chancillería, un ayuntamiento de ciudad, un corregidor solícito, tantos hombres prudentes; no solamente no les comunicaba las ocasiones en general, pero de los sucesos no les daba parte por escrito, ni de palabra; antes indignado por competencias de jurisdicciones, preeminencias de asientos ó manera de mandar, sabian de otros antes la causa porque se les mandaba, que recibiesen el mandamiento. Loaban la diligencia del presidente en descubrir los tratados, los consejos, los pensamientos de los enemigos; entretener la gente de la ciudad; exhortar á los señores del reino que tomasen las armas, en particular al marqués de Velez, y otras demostraciones que atribuidas al servicio del rey eran juzgadas por honestas, y á su particular por tolerables: empresas de reputacion y autoridad, no desdeñando, ni ofendiéndola; y que en fin como quiera eran de suyo provechosas al beneficio público: que la guerra no estaba acabada, pues los enemigos aun quedaban en pie; que las armas entregadas eran inútiles y viejas: mostrábanse indignados y rebeldes, resueltos á no mandarse por el marqués. Los alcaldes (oficio usado á seguir el rigor de la justicia y aun el de la venganza, porque cualquiera dilacion ó estorbo tienen por desacato) culpaban la tibieza en el castigar; recibir á merced y amparar gente traidora á Dios y al rey; las armas en la mano de padre y hijo; oprimida la justicia y el gobierno; llena Granada de moros, mal defendida de cristianos; muchos soldados y pocos hombres; peligros de enemigos y defensores, deshaciendo por un cabo la guerra y criándola por otro. Por el contrario los amigos y allegados del marqués y su casa decian: que la guerra era libre, los oficiales y soldados concejiles, y esos sin sueldo, movidos de su casa por la ganancia; los ganados habidos de los enemigos; que por todo se hallaria que la carne y el trigo y cebada se aprovechaba de dia en dia; que mal se podian fundar presidios para guarda de vitualla con tan poca gente, ni asegurar las espaldas sino andando tan pegados con los enemigos, que les mostrasen cada hora las cuerdas de los arcabuces y los hierros de las picas; que los quintos tenian oficiales del rey en quien se depositaban, y pasaban por almonedas; que los oficios eran tan apartados, y los consejos de la guerra requerian tanto secreto, que fuera de ella no se acostumbraba comunicarlos con personas de otra profesion, aunque mas autoridad tuviesen; porque como plática extraña de sus oficios, no sabian en que lugar se debia poner el secreto; que tras el publicar venia el yerro, y tras el yerro el castigo; y que como el presidente y oidores ó alcaldes no le comunicaban los secretos de su acuerdo, así él no comunicaba con ellos los de la guerra, ni se vian, ni habia causas porque hubiese esta desigualdad, ó fuese autoridad ó superioridad. De lo que tocaba al corregidor y la ciudad burlaban, como cosa de concejo y mezcla de hombres desigual. Que los que eran para entender la guerra andaban en ella y servian ellos ó sus hijos al rey, y obedecian al marqués sin pasion. Que los cumplimientos eran parte de buena crianza; y cada uno si queria ser mal quisto, podia ser mal criado. Que trayendo tan á la continua la lanza en la mano, mal podia desembarazalla para la pluma. Que la guerra era acabada, segun las muestras, y el castigo se guardaria para la voluntad del rey, y entonces tenian su lugar la mano y la indignacion de las justicias; y si decian que sobresanada porque estaban los enemigos en pie y armados, lo sobresanado ó acabado, lo armado y desarmado es todo uno, cuando los enemigos, ó se rinden, ó están de manera que pueden ser oprimidos sin resistencia, como lo estaban á la sazon los del reino y la ciudad de Granada. Que de aquello servia la gente en el Albaicin y la Vega, la cual como entretenida con alojamientos y sin pagas, no podia sino dar pesadumbre y desordenarse; ni como poco plática saber la guerra tan de molde que no se les pareciese que eran nuevos. Pero la carga de lo uno y de lo otro estaba sobre los enemigos, á quien ellos decian que se habia de dar riguroso castigo: lo cual aunque se diferia, no se olvidaba; que espantallos sin tiempo era perder el fin y las comodidades que se podian sacar de ellos; que las personas cuando eran tales siempre serian provechosas, especialmente las que sirviesen á su costa, como la del marqués de Velez, probada para cualquier gran cargo que estuviese sin dueño.

Mas el marqués, hombre de estrecha y rigurosa disciplina, criado al favor de su abuelo y padre en gran oficio, sin igual ni contradictor, impaciente de tomar compañía; comunicaba sus consejos consigo mismo, y algunos con las personas que tenia cabe sí pláticas en la guerra, que eran pocas: de las apariencias, aunque eran comunes á todos, á ninguno daba parte; antes ocasion á algunos (especialmente á mozos y vanos), de mostrarse quejosos. Tomó la empresa sin dineros, sin municion, sin vitualla, con poca gente y esa concejil, mal pagada y por esto no bien disciplinada; mantenida del robo, y á trueco de alcanzar ó conservar este, mucha libertad, poca vergüenza, y menos honra; excepto los particulares que á su costa venian de toda España á servir al rey, y eran los primeros á poner las manos en los enemigos. Tuvo siempre por principal fin pegarse con ellos; no dejar que se afirmasen en lugar ni juntasen cuerpo; acometellos, apretallos, seguillos; no dalles ocasion á que le siguiesen, ni mostrarles las espaldas aunque fuese para su provecho; recibir los que de ellos viniesen á rendirse; disminuillos y desarmallos, y á la fin oprimillos; para que poniéndoles guarniciones con un pequeño ejército, pudiese el rey castigar los culpados, desterrar los sospechosos, deshabitar el reino, si le pluguiese pasar los moradores á otra parte: todo con seguridad y sin costa, antes á la de ellos mismos. Hizo muchas veces al rey cierto del término en que las cosas se hallaban: y aunque guiando ejércitos no hubiese venido otras veces á las manos con los enemigos, todavía con la plática que tenia de la manera del guerrear de estos, aprendida de padres y abuelos y otros de su linaje que tuvieron continuas guerras con los moros, los trajo á tal estado y en tan breve tiempo, como el de un mes; no embargante que muchas veces se le escribiese, que procediese con ellos atentamente. Puesta la guerra en estos términos, túvola por acabada facilitando lo que estaba por hacer; con que se hizo mas odioso, pareciendo á hombres ausentes cuerdos y de experiencia, que habia de retoñecer con mayor fuerza como el tiempo diese lugar, y las esperanzas de Berbería se calentasen, y los castigos y reformaciones comenzasen á ejecutarse: y tuvieron por largo el negocio, por ser de montaña contra gente suelta y plática de ella, y otras causas, que por nuestra parte se les habian de dar.

En este mismo tiempo comenzó á descubrirse la guerra en el rio de Almería, con la ida del marqués de Mondejar á las Guajaras y tierra de Almuñecar. Ohañez es un lugar puesto entre dos rios en los confines de la Alpujarra, marquesado de Zenette, y tierra de Almería: aquí se recogieron moros que andaban huidos en la montaña (sobras de los rencuentros pasados), convidados de la fortaleza del sitio, y persuadidos por el Tahalí, á quien tomaron por capitan. Pusieron mil hombres á la guardia del lugar donde habian encerrado sus hijos, mujeres y haciendas; sin otro mayor número que defendian la tierra, todos determinados á pelear.

Estaba el marqués de Velez en el rio de Almería entretenido con parte de la gente del reino de Murcia; y la demás era vuelta, como es costumbre, rica de la ganancia: esperaba órden del rey si tornaria á la tierra de Cartagena, que confina con el reino de Granada por el rio de Mojacar, que los antiguos llamaban Murgis; ampararia la tierra del rey, y la suya vecina á la mar; defenderia que los moros del reino de Granada no pasasen por aquella parte á desasosegar los del reino de Valencia; recelado y cuasi cierto peligro en la primera ocasion de pérdida nuestra importante: y convenia (ocupado el marqués de Mondejar en las Guajaras) atajar el fuego de las espaldas. No habia en pie armas tan cerca como estas, solicitadas por el presidente de Granada, mas despues con aprobacion del rey.

Los que igualmente juzgaban lo bueno que lo malo, atribuían á pasion esta diligencia, por excluir ó dar compañero al marqués de Mondejar; pero las personas libres, á buena provision y en conveniente conyuntura. Movióse el marqués de Velez con tres mil infantes y trescientos caballos contra los enemigos, que le esperaban á la subida de la montaña en un paso áspero y dificultoso: combatiólos y rompiólos no sin dificultad; donde se mostró por su persona buen caballero. Mas los enemigos recogiéndose á Ohañez estuvieron á la defensa. Acometiólos con pocas armas, y rompiólos segunda vez; murieron cuasi doscientos hombres con Tahalí su capitan, y en la entrada muchas mujeres; de los nuestros algunos: salváronse de los moros por las espaldas del lugar la mayor parte que estaba á la defensa sin ser seguidos; y pudieran, si algun capitan plático los gobernara, hacer daño á los nuestros embebecidos y cargados con el saco. Fue grande la importancia del hecho por la ocasion. Á las gradas de la iglesia halló el marqués cortadas veinte cabezas de doncellas, los cabellos tendidos, puestas por órden, que los de aquella tierra cuando el rio de Almería se rebeló, en una junta que tuvieron en Guecija, prometieron sacrificar juntamente con veinte sacerdotes adoradores de los ídolos (que tal nombre dan á las imágenes); porque Dios y su profeta Mahoma los ayudase. Poco antes que el marqués entrase habian degollado las doncellas: los sacerdotes hicieron mayor defensa; mas con quemar veinte frailes ahogados en aceite hirviendo, pagaron el voto en la misma Guecija. ¡Cruel y abominable religion, aplacar á Dios con vida y sangre inocente; pero usada dende los tiempos antiguos en África, traida de Tiro, introducida en la ciudad de Cartago por Dido su fundadora: tan guardada hasta nuestros tiempos entre los moradores de aquella region, que es fama que en la gran empresa que el emperador D. Cárlos, vencedor de muchas gentes, hizo contra Barbarroja, tirano de Túnez, sacrificaron los moros del cabo de Cartago cinco niños cristianos al tiempo que descubrieron nuestra armada, á reverencia de cinco lugares que tienen en el alcoran, donde se inclinan porque Dios los ampare y defienda en los peligros! El marqués, habido este suceso en su favor, se recogió con la gente que con él quiso quedar en Terque, lugar del rio de Almería, corriendo por la tierra.

Las cosas de Granada estaban en el estado que tengo dicho. El rey habia enviado á D. Antonio de Luna, hijo de D. Álvaro de Luna, y á D. Juan de Mendoza, hombres de gran linaje, pláticos en la guerra, que habian tenido cargos, y dado buena cuenta de ellos, para que asistiesen con el conde de Tendilla como consejeros, estando á la órden que él les diese en ausencia del marqués su padre; avisando al conde de la provision con palabras blandas y comedidas; para que con ellos pudiese descargar parte del trabajo. Puso el conde á D. Juan dentro en la ciudad con la infantería cuyas armas habia profesado; y á D. Antonio á la guarda de la Vega con doscientos caballos y parte tambien de la infantería.

Llegado el marqués de Mondejar á Orgiba continuando su propósito, ocupóse en recibir pueblos y gente, que sin condicion venian á rendirse con las armas; y en perseguir las sobras del campo de Aben Humeya, su persona, parientes y allegados, que eran muchos, y con él andaban huidos por las montañas. Estaba aun Valor, el alto, por rendirse, pero sosegado; adonde tuvo aviso que Aben Humeya se recogia con treinta hombres en las casas de su padre, y en Mecina su tio Aben Jauhar. Envió dos compañías de infantería que no los hallando se tornaron con haber saqueado á Valor y Mecina, mas á los de Mecina que estaban con salvaguardia, mandó volver la ropa y cautivos dende á poco. Fue tambien avisado que en el mismo lugar se escondia Aben Humeya con ocho personas, y envió dos escuadras con sendos adalides pláticos de la tierra con órden que vivo ó muerto le hubiesen á las manos. Llaman adalides en lengua castellana á las guias y cabezas de gente del campo, que entran á correr tierra de enemigos; y á la gente llamaban almogávares: antiguamente fue calificado el cargo de adalides; elegíanlos sus almogávares; saludábanlos por su nombre levantándolos en alto de pies en un escudo: por el rastro conocen las pisadas de cualquiera fiera ó persona, y con tanta presteza que no se detienen á conjeturar; resolviendo por señales, á juicio de quien las mira livianas, mas al suyo tan ciertas, que cuando han encontrado con lo que buscan, parece maravilla ó envahimiento. No hallaron en Valor, el alto, rastro de Aben Humeya, pero en el bajo oyeron chasquido de jugar á la ballesta, músicas, canto y regocijo de tanta gente, que no la osando acometer se tornaron á dar aviso. Envió dos capitanes, Antonio de Ávila y Álvaro de Flores, con trescientos arcabuceros escogidos entre la gente que á la sazon habia quedado, que era poca, porque con la ganancia de los Guajaras, y con tener por acabada la guerra se habian ido á sus casas, hombres levantados sin pagas, sin el son de la caja, concejiles; que tienen el robo por sueldo, y la codicia por superior. Fueron con estos trescientos, otros mas de quinientos aventureros y mochileros á hurto, sin que guarda ó diligencia pudiese estorballo. Llevaron los capitanes órden de palabra, que tomasen y atajasen los caminos, cercasen el lugar, y sin que la gente entrase dentro, llamasen los regidores y principales; requiriésenlos que entregasen Aben Humeya que se llamaba rey; y en caso que se excusasen, con personas deputadas por ellos mismos y por los capitanes, le buscasen por las casas; y no pareciendo trajesen los regidores presos ante el marqués, sin hacer otro daño en el lugar. Partiendo con esta resolucion, y antes que llegasen á Valor, donde se descubre la punta de Castil de Ferro, los alcanzó Ampuero, capitan de campaña, y les dió la misma órden por escrito; añadiendo que si gente de salvaguardia ó de Valor, el alto, la hallasen en el bajo, la dejasen estar. Mas Antonio de Ávila, que ya traía consigo la mala fortuna, dicen que respondió: _que si en algo se excediese de la órden, todo seria dar culpa á los soldados_. Llegando á Valor tomaron los caminos; cercaron el lugar: salieron los principales á ofrecer favor, diligencia, vituallas; mas los que vinieron al cuartel de Antonio de Ávila fueron muertos sin ser oidos. Alteróse el lugar; entraron los soldados matando y saqueando; juntáronseles los de Álvaro Flores, que para esto eran todos en uno; murieron algunos moriscos, que no pudieron defenderse ni huir; fue robada la tierra, y los soldados recogieron el robo en la iglesia diciendo los capitanes: que su órden era llevar los moriscos presos, y no podian de otra manera cumplir con ella. Mas los moriscos visto el daño, hicieron ahumadas á los suyos que andaban por la montaña, y á los que cerca estaban escondidos: los nuestros al nacer del dia partiendo la presa, en que habia ochocientos cautivos y mucha ropa, las bestias y ellos cargados, tomaron el camino de Orgiba, los embarazos y presas en medio. Partida la vanguardia, mostróse á la retaguardia Abenzaba, capitan de Aben Humeya en aquel partido, con trescientos hombres como de paz: requeríalos con la salvaguardia; que dejando las personas cautivas llevasen el resto; mas viendo cuan poco les aprovechaba comenzaron á picallos y desordenallos, hasta que á la cubierta de un viso dieron en la emboscada de doscientos hombres, y volviéndose á las mujeres les dijeron: _Damas, no vais con tan ruin gente_. Juntamente con estas palabras el Partal, hombre cuerdo y valiente, uno de cinco hermanos todos de este nombre que vivian en Narila, acometió la retaguardia por el costado; mas los soldados por no desamparar la presa hicieron poca resistencia: la vanguardia caminaba cuanto podia sin hacer alto ni descargarse de la presa, y todos iban ya ahilados; los delanteros por llegar á Orgiba; los postreros por juntarse con los delanteros: en fin del todo puestos en rota sin osar defenderse ni huir, muertos los capitanes y oficiales, rendidos los soldados y degollados: con la presa á cuestas ó en los brazos, salváronse entre todos como cuarenta; los demás fueron muertos sin recibir á prision; ni perder los enemigos hombre, de quinientos que se juntaron. Como sucedió el caso, enviaron á excusarse con el marqués, cargando la culpa á los capitanes, y ofreciendo estar á justicia. Mas él entendida la desgracia puso en Orgiba mayor guardia, repartió los cuarteles á la caballería como quien esperaba los enemigos: llegó el mismo dia el aviso á Granada; y el conde Tendilla despachó á D. Antonio de Luna con mil infantes y cien caballos, y órden que llegado á Lanjaron hasta donde era el peligro, dejando la gente en lugar seguro y el gobierno al sarjento mayor, tornase á Granada. Llegaron á Orgiba dentro el tercero dia que el caso aconteció; reforzó las guardias en el Alhambra, en la ciudad y la Vega; porque los moriscos favorecidos con este suceso no intentasen novedad.

Habia escrito el rey al marqués, que temporizase con los enemigos no se poniendo en ocasion de peligro; temeroso de nuestra gente por ser toda número, excepto los particulares. Representábansele los inconvenientes que en una desgracia pueden suceder; acabarse de levantar el reino, venir los de Berbería en ocasion que las armas del gran turco se comenzaban á mostrar en Levante; incierto donde pararia tan gran armada, aunque se veía que amenazase á Cipro. Parecíanle las fuerzas del marqués pocas para mantener lo de dentro y fuera de Granada; tenia lo pasado mas por correrías, escaramuzas y progresos de gente desarmada, que por guerra cumplida. El general calumniado en la ciudad, que le tenia de hacer espaldas; de donde habia de salir el nervio de la guerra; la voluntad de algunas ciudades y señores en Andalucía no muy conformes con la suya; los soldados descontentos; y no faltaban pretensiones de personas que andaban cerca de los príncipes, ó á las orejas de quien anda cerca de ellos. Pareció por entonces consejo de necesidad suspender las armas, y tanto mas cuando llegó la nueva de la desgracia acontecida en Valor. Escribióse al marqués resolutamente que no hiciese movimiento; y porque la autoridad que tenia en aquella tierra era grande, y la costumbre de mandar muy arraigada de padre y abuelo, y parecia que en reino extendido y tierra doblada no podia dar cobro á tantas partes, como la experiencia lo mostraba, porque estando en Orgiba, se levantaron las Guajaras, y yendo á las Guajaras, Obañez; acordó dividir la empresa dando al marqués de Velez cargo de los rios de Almería y Almanzora, tierra de Baza y Guadix, y al de Mondejar el resto del reino de Granada; enviar á ella por superior de todo á su hermano D. Juan de Austria; por ventura resoluto á descomponer al uno y al otro, y cierto de que ninguno de ellos se tenia por agraviado: pues con la autoridad y nombre de su hermano cesaban todos los oficios; los pueblos se mandarian con mayor facilidad; contribuirian todos mas contentos; servirian mas listos teniendo cerca del rey á su hermano por testigo; los soldados un general que los gratificase y adelantase; la eleccion daria mayor sonido entre naciones apartadas, suspenderia los ánimos de los bárbaros, quitaríales la avilanteza de armar, imposibilitaríalos de hacer el socorro formado como empresa difícil y sin efecto; ocuparia á D. Juan en hechos de tierra, como lo estaba en los de mar; haríale plático en lo uno y en lo otro: mozo despierto, deseoso de emplear y acreditar su persona, á quien despertaba la gloria del padre y la virtud del hermano. Decíase tambien que en esta empresa el rey deseaba ver el ánimo del marqués de Mondejar inclinado á mayores demostraciones de rigor, por la venganza del desacato divino y humano, por la rebelion, por el ejemplo de otros pueblos. Encendian esta opinion relaciones y pareceres de personas, que cualquiera cosa donde no ponen las manos les parece fácil, sin medir tiempo ni posibilidad, presente ó porvenir, y de otras apasionadas; no sin artificio y entendimiento de unas con otras. Mas los príncipes toman lo que les conviene de las relaciones, dejando la pasion para su dueño.

Estando las cosas en tales términos, con el suceso de Valor tomaron los enemigos ánimo para descubrirse, y Aben Humeya entró con mayor autoridad y diligencia en el gobierno; no como cabeza de pueblos rogados ó gente esparcida sin órden, sino como rey y señor. Siguió nuestra órden de guerra; repartió la gente por escuadras, juntóla en compañías; nombró capitanes; mandó que aquellos y no otros arbolasen banderas; púsolos debajo de coroneles, y cada partido que estuviese al gobierno de uno que dicen alcaide (tahas llaman ellos á los partidos de tahar, que en su lengua quiere decir sujetarse): este mandaba lo de la guerra; nombre entre ellos usado dende tiempos antiguos, y puesto por nosotros á los que tienen fortalezas en guarda. Para seguridad de su persona pagó arcabucería de guardia, que fue creciendo hasta cuatrocientos hombres; levantó un estandarte bermejo, que mostraba el lugar de la persona del rey á manera de guion.

Del principio de esta ceremonia en los reyes de Granada, olvidada por haber pasado el reino á los de Castilla, diremos ahora. Muerto Abenhut que tenia á Almería por cabeza del reino, tomaron (como dijimos) por rey en Granada á Mahamet Alhamar, que quiere decir el Bermejo. Cuando el Santo rey D. Fernando el III vino sobre Sevilla, hallóse con mucha caballería este Mahamet á servir en aquella empresa, por haberle ayudado el rey D. Fernando á tomar el reino: parecióle autoridad el uso de guion, agradecimiento y honra poner en él la color y banda, que traen los reyes de Castilla. Armóle caballero el rey el dia que entró en Sevilla; dióle el estandarte por armas para él y los que fuesen reyes en Granada; la banda de oro en campo rojo con dos cabezas de sierpes á los cabos, segun la traen en su guion los reyes de Castilla; añadió él las letras azules que dicen: _no hay otro vencedor sino Dios_: por timbre tomó dos leones coronados que sobre las cabezas sostienen el escudo; traen el timbre debajo de las armas, como nosotros encima; porque así escriben y muestran los sitios, y cuentan las partes del cielo y la tierra, al contrario de nosotros. Mas las armas antiguas de los reyes de la Andalucía eran una llave azul en campo de plata; fundándose en ciertas palabras del alcoran, y dando á entender que con la destreza y el hierro abrieron por Gibraltar la puerta á la conquista de poniente; y de allí llaman á Gibraltar por otro nombre, el monte de la Llave. Hoy duran sobre la principal puerta de la Alhambra estas armas con letras, que declaran la causa y el autor del castillo.