Part 8
En tanto que las cosas de la Alpujarra pasaban como tenemos dicho, se juntaron hasta quinientos moros con dos capitanes, Giron de las Albuñuelas y Nacoz de Niguels, á tentar la guardia, que el marqués habia dejado en la puente de Tablate; teniendo por cierto que si de allí la pudiesen apartar, se quitaria el paso y el aparejo á las escoltas, y nuestro campo con falta de vituallas se desharia. Vinieron sobre la puente hallándola falta de gente, y la que habia desapercibida: acometieron con tanto denuedo, que la hicieron retirar; parte no paró hasta Granada, muchos de ellos murieron sin pelear en el alcance, parte se encerraron en una iglesia donde acabaron quemados, con que la puente quedó por los enemigos. Mas el conde de Tendilla, sabida la nueva, envió á llamar con diligencia á D. Álvaro Manrique, capitan del marqués de Pliego, que con trescientos infantes y ochenta caballos de su cargo estaba alojado dos leguas de Granada. Llegó á la puente de Genil al amanecer, donde el conde le esperaba con ochocientos infantes y ciento y veinte caballos: avisado del número de los enemigos entrególes la gente, y dióle órden que peleando con ellos, desembarazado el paso le dejase guardado, y él con el resto de ella pasase á buscar al marqués. Cumplió D. Álvaro con su comision hallando la puente libre, y los moros idos.
En Jubiles llegó el capitan D. Diego de Mendoza enviado por el rey, para que llevase relacion de la guerra, manera de como se gobernaba el marqués, del estado en que las cosas se hallaban; porque los avisos eran tan diferentes, que causaban confusion en las provisiones; como no faltan personas que por pretensiones ó por pasion ó opinion ó buen celo, culpan ó excusan las obras de los ministros. Partió el marqués de Jubiles, vino á Cadiar donde fue la muerte del capitan Herrera; de allí á Ujijar: en el camino mandó combatir una cueva, en que se defendian encerrados cantidad de moros con sus mujeres y hijos, hasta que con fuego y humo fueron tomados. Estando en Ujijar fue avisado que Aben Humeya juntas todas sus fuerzas le esperaba en el paso de Paterna tres leguas de Ujijar, y sin detenerse partió. Caminando le vinieron dos moros de parte de Aben Humeya con nuevos partidos de paz, mas el marqués sin respuesta los llevó consigo hasta dar con su vanguardia en la de los enemigos; y en una quebrada junto á Iñiza pelearon con harta pertinencia, por ser mas de cinco mil hombres y mejor armados que en Jubiles: pero fueron rotos del todo tomándoles el alto, y acometiéndolos con la caballería D. Alonso de Cárdenas, conde de la Puebla: no se siguió el alcance por ser noche. Envió el marqués doscientos caballos, que le siguieron hasta la nieve y aspereza de la sierra, matando y cautivando; y él á dos horas de noche paró en Iñiza: otro dia vino á Paterna; dióla á saco; no hallaron los soldados en ella menos riqueza que en Poqueira. El rencuentro de Paterna fue la postrera jornada en que Aben Humeya tuvo gente junta contra el marqués; el cual partió sin detenerse para Andarax en seguimiento de las sobras de los enemigos, habiendo enviado delante infantería y caballería á buscallos en el llano, y en la sierra que dicen el Cehel cerca de la mar: montaña buena para ganados, caza y pesca; aunque en algunas partes falta de agua. Dicen los moros, que fue patrimonio del conde Julian el traidor, y aun duran en ella y cerca memorias de su nombre; la torre, la rambla Juliana, y Castil de Ferro. Llegado á Andarax envió á su hijo D. Francisco con cuatro compañías de infantería y cien caballos á Ohañez, donde entendió que se recogian enemigos; mas por avisos ciertos del capitan de Adra supo que en él no habia cuarenta personas, y por alguna falta de vituallas le mandó tornar. Recogió y envió á Granada gran cantidad de cautivos cristianos, á quien habia dado libertad en todos los pueblos que ganó y se le rindieron: recibió los lugares que sin condicion se le entregaron. Estaba Diego de la Gasca sospechoso en Adra, que los vecinos de Turon, lugar de los rendidos en Cehel, acogian moros enemigos, y queriendo él por sí saber la verdad para dar aviso al marqués, fue con su gente; mas no hallando moros entró de vuelta á buscar cierta casa, de donde salió uno de ellos que le dió cierta carta de aviso fingida, y al abrirla le metió un puñal por el vientre: hirió tambien dos soldados antes que le matasen. Murió Gasca de las heridas, y mandó en su testamento que las ganancias que habia hecho en la guerra se repartiesen entre soldados pobres, huérfanos, viudas, mujeres y hijas de soldados: era sobrino hijo de hermano de Gasca, obispo de Sigüenza, que venció en una batalla á los Pizarros y pacificó el reino del Perú.
En el mismo tiempo, D. Luis Fajardo marqués de Velez, gran señor en el reino de Murcia, solicitado, como dijimos, por cartas del presidente de Granada, habia salido con sus amigos, deudos y allegados, á entrar en el reino de Almería: era la gente que llevaba número de dos mil infantes y trescientos caballos, la mayor parte escogidos. La primera jornada fue combatir una gruesa banda de moros, que atravesaban desmandados en Illar: de allí fue sobre Filix: tomóla, y saqueóla enriqueciendo la gente; peleóse con harto riesgo y porfía; murieron de los enemigos muchos, pero mas mujeres que hombres, entre ellos su capitan, llamado Futei, natural de Zenette. Hecho esto, por falta de vituallas se recogió á los lugares del rio de Almería; donde para mantener la gente y su persona vino á Cosar de Canjayar, barranco de la Hambre le llaman por otro nombre en su lengua, porque en él se recogieron los moros, cuando el Rey Católico D. Fernando hizo la empresa de Andarax en el primer levantamiento, donde pasaron tanta hambre que cuasi todos murieron.
La toma de Poqueira, Jubiles y Paterna puso temor á los enemigos, porque tenian reputacion de fuertes, y indignacion por la pérdida que en ellos hicieron de todas sus fortunas: comenzaron á recogerse en lugares ásperos, ocupar las cumbres y riscos de las montañas fortificando á su parecer lo que bastaba; pero no como gente plática, antes ponian todas sus esperanzas y seguridad en esparcir, y dejando la frente al enemigo pasar á las espaldas, mas con apariencia de descabullirse, que de acometer. Pareció al marqués con estos sucesos quedar llana toda la Alpujarra; y dando la vuelta por Andarax y Cadiar, tornó á Orgiba, por estar mas en comarca de la mar, rio de Almería, Granada, y la misma Alpujarra. Entre tanto, aunque la rebelion parecia estar en el Alpujarra en términos de sosegada, echó raices por diversas partes: á la parte de poniente por las Guajaras, tres lugares pequeños juntos que parten la tierra de Almuñecar de la de Val de Leclin, puestos en el valle que desciende al puerto de la Herradura; desdichado por la pérdida de veinte y tres galeras anegadas con su capitan general D. Juan de Mendoza, hombre de no menos industria y ánimo que su padre D. Bernardino y otros de sus pasados, que en diversos tiempos valieron en aquel ejercicio. El señor de uno de aquellos lugares, ó con ánimo de tenellos pacíficos, ó de roballos y cautivar la gente, juntando consigo hasta doscientos soldados desmandados de la costa, forzó á los vecinos que le alojasen y contribuyesen extraordinariamente. Vista por ellos la violencia dilatándolo hasta la noche, le acometieron de improviso, y necesitaron á retraerse en la iglesia donde quemaron á él y á los que entraron en su compañía. No dió tiempo á los malhechores la presteza del caso para pensar en otro partido mas llano, que juntarse llegando á sí de la gente de lugares vecinos tres mil personas de todas edades, en que habia mil y quinientos hombres de provecho, armados de arcabuces, ballestas, lanzas y gorguzes y parte hondas, como la ira y la posibilidad les daba; y sin tomar capitan, de comun parecer ocuparon dos peñones, uno alto de subida áspera y difícil, otro menor y mas llano. Aquí pusieron su guardia, y se repararon sin traveses, parte con piedra seca, parte con mantas y jalmas como rumbadas, á falta de rama y tierra. Estos dos sitios escogieron para su seguridad, juntando despues consigo algunos salteadores, Giron, Marcos el Zamar capitanes, y otros hombres á quien convidaba la fortaleza del sitio, el aparejo de la comarca, y la ocasion de las presas. Fue el marqués avisado, que andaba visitando algunos lugares de la tierra como seguro de tal novedad; y visto que el fuego se comenzaba por parte peligrosa de lugares importantes guardados á la costa con poca gente, recelando que saltase á la sierra de Bentomiz ó á la hoya y jarquia de Málaga, deliberó partir con cuasi dos mil infantes y doscientos caballos, avisando al conde que de Granada le reforzase con mas gente de pie y de caballo. Eran los mas aventureros ó concejiles: tomó el camino de las Guajaras dejando á sus espaldas lugares, como Ohañez y Valor el alto, sospechosos y sobresaltados, aunque solos de gente segun los avisos. Algunos le juzgaban, diciendo, que pudiera enviar otra persona ó á su hijo el conde en su lugar; pero él escogió para sí la empresa con este peligro: ó porque el rey vista la importancia del caso no le proveyese de compañero, ó por entretener la gente en la ganancia. Tanto puede la ambicion en los hombres puesto que sea loable, que aun de los hijos se recatan. Sacar al conde de Granada, que le aseguraba la ciudad á las espaldas y le proveía de gente y de vitualla, parecia consejo peligroso; y partir la empresa con otro, despojarse de las cabezas; que si muchas en número y calidad de personas, en experiencia eran pocas. Estas dudas saneó con la presteza, porque antes que los enemigos pensasen que partia, les puso las armas delante. Halláronse en toda la jornada muchas personas principales, así del reino de Granada como de la Andalucía, que en las ocasiones serán nombrados. Partió el marqués de Andarax, y sin perder tiempo vino de Cadiar á Orgiba; y tomando vitualla á Velez de Benabdalá, pasó el rio de Motril, la infantería á las ancas de los caballos, y llegó á las Guajaras que están en medio. Vino D. Alonso Portocarrero con mil soldados, ya sano de sus heridas, y otras dos bandas de infantería, ciento y cincuenta caballos, gente hecha en Granada, que enviaba el conde de Tendilla, el conde de Santistévan con muchos deudos y amigos de su casa y vasallos suyos. Mas los enemigos, como de improviso descubrieron el campo, comenzaron á tomar el camino de los Peñones y víanse subir por la montaña con mujeres y hijos. Viendo el marqués que se recogian á sus fuertes, envió una compañía de arcabuceros á reconocerlos, y dañarlos si pudiesen; pero dende á poco le trajo un soldado mandado del capitan, que por ser los enemigos muchos y su gente poca, ni se atrevia á seguillos, porque no le cargasen; ni á retirarse, porque no le rompiesen: pedia para lo uno y lo otro mil hombres. Envióle alguna arcabucería, y él con la gente que pudo llegar ordenada, le siguió hasta las Guajaras altas por hacerle espaldas, donde alojó aquella noche con mal aparejo; pero los unos y los otros sin temor, los nuestros por la confianza de la victoria, los enemigos de la defensa.
Entre los que allí vinieron á servir, fue uno D. Juan de Villarroel, hijo de D. García de Villarroel, adelantado que fue de Cazorla, y sobrino (segun fama) de fray Francisco Jimenez, cardenal y arzobispo de Toledo, gobernador de España entre la muerte del Rey Católico D. Fernando, y el reinado del emperador D. Cárlos. Era á la sazon capitan de Almería, y servia de comisario general en el campo: hombre de años, probado en empresas contra moros, pero de consejos sutiles y peligrosos, que habia ganado gracia con hallar culpas en capitanes generales, siendo á veces escuchado y al fin remunerado. Este, por abrirse camino para algun nombre en aquella ocasion, gastó la noche sin sueño en persuadir al marqués que le mandase con cincuenta soldados á reconocer el fuerte de los enemigos; diciendo que del alojamiento no se descubria el paso del peñon alto. Concurrió el marqués, mostrando hacerlo mas por permision y licencia que mandamiento, pero amonestándole que no pasase del cerro pequeño que estaba entre su alojamiento y la cuesta; y que no llevase consigo mas de cincuenta arcabuceros: blandura que suele poner á veces á los que gobiernan en grandes y presentes peligros. Mas D. Juan pasando el cerro comenzó á subir la cuesta sin parar, aunque fue llamado del marqués; y á seguillo mucha gente principal y otros desmandados, ó por acreditar sus personas, ó por codicia del robo. Pasaban ya los que subian de ochocientos, sin poderlo el marqués estorbar; porque D. Juan viéndose acrecentado con número de gente, y concibiendo en sí mayores esperanzas, teniéndose por señor de la jornada, sin guardar la órden que se le dió ni la que se daba en hechos semejantes, desmandada la gente no con mas acierto que el que daba su voluntad á cada uno; comenzó la subida con el ímpetu y priesa que suele quien va ignorante de lo que puede acontecer; mas dende á poco con flojedad y cansancio. Vista por los enemigos la desórden, hicieron muestra de encubrirse con el peñon bajo dando apariencia de escapar: pensaron los nuestros que huían, y apresuraron el paso; creció el cansancio, oíanse tiros perdidos de arcabucería, voces de hombres desordenados, víanse arremeter, parar, cruzar, mandar; movimientos segun el aliento ó apetito de cada uno: en ochocientas personas mostrarse mas capitanes que hombres, antes cada cual lo era de sí mismo: el hábito del capitan un capote, una montera, una caña en la mano. No se estaba á media cuesta, cuando la gente comenzó á pedir municion de mano en mano: oyeron los enemigos la voz, peligrosa en semejantes ocasiones; y viendo la desórden, saltaron fuera con el Zamar hasta cuarenta hombres; esos con pocas armas y menos muestra de acometer: pero convidados del aparejo, y ayudados de piedras que los del peñon echaban por la cuesta y de alguna gente mas, dieron á los nuestros una carga harto retenida, aunque bastante para que todos volviesen las espaldas con mas priesa que habian subido, sin que hombre hiciese muestra de resistir, ni la gente particular fuese parte para ello; antes los seguian, mostrando querellos detener: fueron los moros creciendo, ejecutando, y matando hasta cerca del arroyo. Murió D. Juan de Villarroel desalentado, con la espada en la cinta, cuchilladas en la cabeza y las manos, segun se reparaba: D. Luis Ponce de Leon, nieto de D. Luis Ponce, que herido de muerte, y caido le despeñó un su criado por salvalle, y Juan Ronquillo, veedor de las compañías de Granada, y un hijo solo del maestre de campo Hernando de Oruña, viéndole su padre y todos peleando. Fueron los muertos muchos mas que los que los seguian, y algunos ahogados con el cansancio; los demás se salvaron, y entre ellos D. Gerónimo de Padilla, hijo de Gutierre Lopez de Padilla, que herido y peleando hasta que cayó, le sacó arrastrando por los pies un esclavo á quien él dió libertad. El marqués, vista la desórden, y que los enemigos crecian y venian mejorados, y prolongándose por la loma de la montaña á tomarle las espaldas, encaminados á un cerro que le estaba encima, envió á D. Alonso de Cárdenas con pocos arcabuceros que pudo recoger; hombre suelto y de campo; el cual previno y aseguró el alto. Estaba el marqués apeado con la caballería, las lanzas tendidas, guarnecido de alguna arcabucería esperando los enemigos, y recogiendo la gente que venia rota: pudo esta demostracion y su autoridad refrenar la furia de los unos, detener y asegurar los otros, aunque con peligro y trabajo. Otro dia al amanecer llegó la retaguardia: serian por todos cinco mil y quinientos infantes, y cuatrocientos caballos; compañía bastante para mayor empresa, si se hubiera de tener cuenta con solo el número. Ordenó solo un escuadron por el temor de la gente que el dia de antes habia recibido desgracia, guarnecido á los costados con mangas prolongadas de arcabucería. Era el peñon por dos partes sin camino, mas por la que se continuaba con la montaña habia salida menos áspera: aquí mandó estar caballería y arcabucería apartada, pero cubierta; porque vistos no estorbasen la huida. Son los moros cuando se ven encerrados impetuosos y animosos para abrirse paso, mas abierto procuran salvarse sin tornar el pecho al enemigo, y por esto si á alguna nacion se ha de abrir lugar por donde se vayan, es á ellos. Acometiólos con esta órden, y duró el combatir con pertinacia hasta la escuridad de la noche, los unos animados, los otros indignados del suceso pasado: mandó tocar á recoger, y alojó pegado con el fuerte, encomendando la guardia á los que llegaron holgados. Puso la noche á los enemigos delante de los ojos el peligro, el robo, la cautividad, la muerte; trájoles el miedo, confusion y discordia, como en ánimos apretados que tienen tiempo para discurrir: unos querian defenderse, otros rendirse, otros huir; al fin salió la mayor parte de la gente forastera y monfíes con los capitanes Giron y el Zamar, sacando las mujeres y niños que pudieron, y quedó todavía número de gente de los naturales; y aunque flacamente reparada, si tuvieran esfuerzo y cabezas, con el favor de lo pasado y el aparejo del sitio solas mujeres bastaban á defenderse. Hicieron al principio resistencia, ó que el desdeño de verse desamparados, ó la ira los encendiese; pero apretados enflaquecieron, y dando lugar fueron entrados por fuerza: no se perdonó con órden del marqués á persona ni á edad: el robo fue grande, y mayor la muerte, especialmente de mujeres; no faltó ambicion que se ofreciese á solicitalla, como cargo de mayor importancia. Escapó Giron; fue preso y herido de un arcabucero por el muslo el Zamar por salvar una hija suya doncella que no podia con el trabajo del camino; y llevado á Granada le mandó atenazar el conde de Tendilla, que hizo calificada la victoria.
Tomado el fuerte de las Guajaras envió el marqués el campo con el conde de Santistévan, que le esperase en Velez de Benabdalá; y fue á visitar á Almuñecar, Salobreña, Motril, lugares á la marina guardados contra los cosarios de Berbería, y quedó por entonces asegurada aquella tierra hasta Ronda. Puso en el oficio de D. Juan de Villarroel á D. Francisco de Mendoza su hijo; nombró veedores y otros oficiales de hacienda, sin que el gobierno del campo no podia pasar. Pero no dejaron perder sus émulos aquella ocasion de calumniarle, diciendo: ser él mismo quien proveía, libraba, pagaba, repartia las contribuciones, presas, y depósitos; pues sus hijos y criados lo hacian: cosa que los capitanes generales suelen y deben huir. Pero la necesidad y la salida del negocio mostró haber sido mas provechoso consejo para la hacienda del rey en lo poco que se gastó con mucha gente y en mucho tiempo. Llegado á Velez tornó á Orgiba, dióse á recibir gentes y pueblos que se venian á rendir: entregaban las armas los que habitaban por toda la Alpujarra y rio de Almería, y los que en las montañas andaban alzados rendíanse á merced del rey sin condicion: traían mujeres, hijos, y haciendas; comenzaban á poblar sus casas, ofrecíanse á ir con ellas á morar, como y donde los enviasen; y si en la tierra los quisiesen dejar, mantener guardia para defension y seguridad de ella, solamente que se les diesen las vidas y libertad; pero aun estas dos condiciones no les admitió. No por eso dejaban de venirse; dábales salvaguardia con que vivian pacíficos, aunque no del todo asegurados; y hallando el campo lleno de esclavos y cristianos libertados que comian la vitualla, depositó quinientas moriscas en poder de sus padres, hermanos y maridos, y sobre sus palabras las recibieron en Ujijar: y dende á poco envió con alguaciles por ellas para volvellas á sus dueños, que sin faltar personas las tornaron: cosa no vista en otro tiempo ó fuese el miedo y la obediencia, ó fuese que restituían las mujeres de que hallan abundancia en toda parte, y por esto son estimadas como alhaja; y los hijos donde se los criasen; descargándose de bocas inútiles y embarazo cojijoso; y aquí hizo particulares justicias de muchos culpados.
Discurrian los soldados de veinte en veinte sin daño; dábanse á descubrir personas y ropa escondida por la montaña; combatian cuevas donde habia moriscos alzados: todo era esclavos, despojos, riquezas. No eran por entonces tantas las desórdenes que los moriscos no las pudiesen sufrir, ni tantos los autores que no pudiesen ser castigados; pero fuéronse los unos con la ganancia, vinieron otros nuevos codiciosos que mudaban el estado de paz en desasosiego, y de obediencia en desconfianza. Vióse un tiempo en el cual los enemigos (ó estuviesen rendidos, ó sobresanados) pudieran con facilidad y poca costa ser oprimidos, y venirse al término que despues se vino de castigo, de opresion, ó de destierro; ó sacándolos á morar en Castilla, poblar la tierra de nuevos habitadores, sin pérdida de tanto tiempo, gente, y dineros, sin hambre, sin enfermedad, sin violencia de vasallos. No son los hombres jueces de los pensamientos y motivos de los reyes; pero mucho puede en el ánimo de un príncipe ofendido por caso de rebelion ó desacato, la relacion aunque interesada ó apasionada que le inclina á rigor y venganza; porque cualquier tiempo que se dilata, aunque sea para mayor oportunidad, le parece estorbo.