Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades

Part 6

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Tal fue la habla que D. Fernando el zaguer les hizo; con que quedaron animados, indignados y resueltos en general de rebelarse presto, y en particular de elegir rey de su nacion; pero no quedaron determinados en el cuando precisamente, ni á quien. Una cosa muy de notar califica los principios de esta rebelion, que gente de mediana condicion mostrada á guardar poco secreto y hablar juntos, callasen tanto tiempo, y tantos hombres, en tierra donde hay alcaldes de corte y inquisidores, cuya profesion es descubrir delitos. Habia entre ellos un mancebo llamado D. Fernando de Valor, sobrino de D. Fernando el zaguer, cuyos abuelos se llamaron Hernandos y de Valor, porque vivian en Valor, el alto, lugar de la Alpujarra puesto cuasi en la cumbre de la montaña: era descendiente del linaje de Aben Humeya, uno de los nietos de Mahoma, hijos de su hija, que en tiempos antiguos tuvieron el reino de Córdoba y el Andalucía; rico de rentas, callado y ofendido, cuyo padre estaba preso por delitos en las cárceles de Granada. En este pusieron los ojos; así porque les movió la hacienda, el linaje, la autoridad del tio; como porque habia vengado la ofensa del padre matando secretamente uno de los acusadores, y parte de los testigos. De esta resolucion, aunque no tan en particular, hubo noticia, y fue el rey avisado; pero estaba el negocio cierto y el tiempo en duda: y, como suele acontecer á las provisiones en que se junta la dificultad con el temor, cada uno de los consejeros era en que se atajase con mayor poder; pero juntos juzgaban ser el remedio fácil, y las fuerzas de los ministros bastantes, el dinero poco necesario, porque habia de salir del mismo negocio; y menospreciaban esto, encareciendo el remedio de mayores cosas: porque los estados de Flandes desasosegados por el príncipe de Orange eran recien pacificados por el duque de Alba. Mas, puesto que las fuerzas del rey, y la experiencia del duque capitan, criado debajo de la disciplina del emperador, testigo y parte en sus victorias, bastasen para mayores empresas; todavía lo que se temia de parte de Inglaterra, y las fuerzas de los hugonotes en Francia, algunas sospechas de príncipes de Alemania, y designios de Italia, daban cuidado; y tanto mayor por ser la rebelion de Flandes por causas de religion comunes con los franceses, ingleses, y alemanes; y por quejas de tributos, y gravezas comunes con todos los que son vasallos, aunque sean livianas y ellos bien tratados. Esto dió á los enemigos mayor avilanteza, y á nosotros causa de dilacion. Comenzaron á juntar mas al descubierto gente de todas maneras: si hombre ocioso habia perdido su hacienda, malbaratándola por redimir delitos; si homicida, salteador ó condenado en juicio, ó que temiese por culpas que lo seria; los que se mantenian de perjurios, robos, muertes; los que la maldad, la pobreza, los delitos traían desasosegados, fueron autores ó ministros de esta rebelion. Si algun bueno habia y fuera de semejantes vicios, con el ejemplo y conversacion de los malos brevemente se tornaba como ellos; porque cuando el vínculo de la vergüenza se rompe entre los buenos, mas desenfrenados son en las maldades que los peores. En fin el temor de que eran descubiertos, y seria prevenida su determinacion con el castigo, movió á los que gobernaban el negocio, y entre ellos á D. Fernando el zaguer, á pensar en algun caso con que obligasen y necesitasen al pueblo á salir de tibieza, y tomar las armas. Juntáronse tercera vez las cabezas de la conjuracion y otras, con veinte y seis personas del Alpujarra á San Miguel en casa del Hardon, hombre señalado entre ellos, á quien mandó el duque de Arcos despues justiciar. Posaba en la casa del Carcí, yerno suyo: eligieron á D. Fernando de Valor por rey con esta solemnidad: los viudos á un cabo, los por casar á otro, los casados á otro, y las mujeres á otra parte. Leyó uno de sus sacerdotes, que llaman faquíes, cierta profecía hecha en el año de los árabes de... y comprobada por la autoridad de su ley, consideraciones de cursos y puntos de estrellas en el cielo, que trataba de su libertad por mano de un mozo de linaje real, que habia de ser bautizado y hereje de su ley, porque en lo público profesaria la de los cristianos. Dijo que esto concurria en D. Fernando, y concertaba con el tiempo. Vistiéronle de púrpura, y pusiéronle á torno del cuello y espaldas una insignia colorada á manera de faja. Tendieron cuatro banderas en el suelo, á las cuatro partes del mundo, y él hizo su oracion inclinándose sobre las banderas, el rostro al oriente (zalá la llaman ellos), y juramento de morir en su ley y en el reino; defendiéndola á ella, y á él, y á sus vasallos. En esto levantó el pie; y en señal de general obediencia postróse Aben Farax en nombre de todos, y besó la tierra donde el nuevo rey tenia la planta. Á este hizo su justicia mayor: lleváronle en hombros, levantáronle en alto diciendo: _Dios ensalce á Mahomet Aben Humeya rey de Granada y de Córdoba_. Tal era la antigua ceremonia con que elegian los reyes de la Andalucía, y despues los de Granada. Escribieron cartas los capitanes de la gente á los compañeros en la conjuracion; señalaron dia y hora para ejecutalla; fueron los que tenian cargos á sus partidos. Nombró Aben Humeya por capitan general á su tio Aben Jauhar, que partió luego para Cadiar, donde tenia casa y hacienda.

Pasaba el capitan Herrera á la sazon de Granada para Abra con cuarenta caballos, y vino á hacer la noche en Cadiar. Mas Aben Jauhar el zaguer, vista la ocasion tan á su propósito, habló con los vecinos persuadiéndoles que cada uno matase á su huésped. No fueron perezosos; porque pasada la media noche no hubo dificultad en matar muchos á pocos, armados á desarmados, prevenidos á seguros y torpes con el sueño, con el cansancio, con el vino: pasaron al capitan y á los soldados por la espada. Venida la mañana juntáronse, y tomaron lo áspero de la sierra, como gente levantada; donde ni hubo tiempo ni aparejo para castigallos. Este fue el primer exceso y mas descubierto con que los enemigos, ó por fuerza ó por voluntad fueron necesitados á tomar las armas sin otra respuesta de Berbería mas de esperanzas, y esas generales. Era entonces Selim el II, emperador de los turcos recien heredado, victorioso por la toma de Zigueto, plaza fuerte y proveida en Hungría: habia hecho nueva tregua con el emperador Maximiliano el II, concertándose con el sofí por la parte de Armenia, y por la de Suria con los jeques alárabes que le trabajaban sus confines, y con los genízaros, infantería que se suele desasosegar con la entrada de nuevo señor. Tenia en el ánimo las empresas que descubrió contra venecianos en Cipro, contra el rey de Túnez en Berbería; y que como no le convenia repartir sus fuerzas en muchas partes, así le convenia que las del rey católico estuviesen repartidas y ocupadas. Dícese, que en este tiempo vino del rey de Argel respuesta á los moriscos animándolos á perseverar en la prosecucion del tratado, pero excusándose de enviar el armada, con que esperaba órden de Constantinopla. El rey de Fez, como religioso en su ley, y del linaje de los Jarifes, tenidos entre los moros por santos, les prometió mas resuelto socorro. Todavía vinieron por medio de personas fiadas á tratar ambos reyes de la calidad del caso, de la posibilidad de los moriscos; y midiendo sus fuerzas de mar y tierra con las del rey de España, hallaron no ser bastantes para contrastalle: y aunque se confederaron, solo fue para que el rey de Argel hiciese la empresa de Túnez y Biserta, en tanto que el rey D. Felipe estaba ocupado en allanar la rebelion de Granada; y juntamente permitir que de sus tierras fuese alguna gente á sueldo en especial de moros andaluces, que se habian pasado á Berbería; y mercaderes pudiesen cargar armas, municiones, vitualla, con que los moriscos fuesen por sus dineros socorridos.

Alpujarra llaman toda la montaña sujeta á Granada, como corre de levante á poniente prolongándose entre tierra de Granada y la mar, diez y siete leguas en largo, y once en lo mas ancho, poco mas ó menos: estéril y áspera de suyo, sino donde hay vegas; pero con la industria de los moriscos (que ningun espacio de tierra dejan perder), tratable y cultivada, abundante de frutos y ganados y cria de sedas. Esta montaña como era principal en la rebelion, así la escogieron por sitio en que mantener la guerra, por tener la mar donde esperaba socorro, por la dificultad de los pasos y calidad de la tierra, por la gente que entre ellos es tenida por brava. Habian ya pensado rebelarse otras dos veces antes, una jueves santo, otra por setiembre de este año: tenian prevenido á Aluch Alí con el armada de Argel; mas él entendiendo que el conde de Tendilla estaba avisado y aguardándole en el campo, volvió, dejándose de la empresa, con el armada á Berbería. En fin á los veinte y tres de diciembre, luego que sucedió el caso de Cadiar, la misma gente con las armas mojadas en la sangre de aquellos pocos, salieron en público; movieron los lugares comarcanos y los demás de la Alpujarra, y rio de Almería, con quien tenian comun el tratado, enviando por corredores, y para descubrir los ánimos y motivo de la gente de Granada y la Vega, á Farax Aben Farax con hasta ciento y cincuenta hombres, gente suelta y desmandada, escogida entre los que mayor obligacion y mas esfuerzo tenian. Ellos recogiendo la que se les llegaba, tomaron resolucion de acometer á Granada, y caminaron para ella con hasta seis mil hombres mal armados, pero juntos y con buena órden, segun su costumbre.

En España no habia galeras: el poder del rey ocupado en regiones apartadas, y el reino fuera de tal cuidado, todo seguro, todo sosegado: que tal estado era el que á ellos parecia mas á su propósito. Los ministros y gente en Granada mas sospechosa, que proveida; como pasa donde hay miedo y confusion. Pero fue acontecimiento hacer aquella noche tan mal tiempo, y caer tanta nieve en la sierra que llaman Nevada y antiguamente Soloria, y los moros Solaira; que cegó los pasos y veredas cuanto bastaba, para que tanto número de gente no pudiese llegar. Mas Farax con los ciento y cincuenta hombres poco antes del amanecer entró por la puerta alta de Guadix, donde junta con Granada el camino de la sierra, con instrumentos y gaitas, como es su costumbre. Llegaron al Albaicin, corrieron las calles, procuraron levantar el pueblo haciendo promesas, pregonando sueldo de parte de los reyes de Fez y Argel, y afirmando que con gruesas armadas eran llegados á la costa del reino de Granada: cosa que escandalizó y atemorizó los ánimos presentes; y á los ausentes dió tanto mas en que pensar, cuanto mas lejos se hallaban: porque semejantes acaecimientos, cuanto mas se van apartando de su principio, tanto parecen mayores, y se juzgan con mayor encarecimiento. ¡Y qué en un reino pacífico, lleno de armas, prudencia, justicia, riquezas; gobernado por el rey que pocos años antes habia hecho en persona el mayor principio que nunca hizo rey en España; vencido en un año dos batallas; ocupado por fuerza tres plazas al poder de Francia; compuesto negocio tan desconfiado como la restitucion del duque de Saboya; hecho por sus capitanes otras empresas; atravesado sus banderas de Italia á Flandes (viaje al parecer imposible), por tierras y gentes, que despues de las armas romanas nunca vieron otras en su comarca; pacificado sus estados con victorias, con sangre, con castigos; dentro, en el reposo, en la seguridad de su reino, en ciudad poblada por la mayor parte de cristianos, tanto mar en medio, tantas galeras nuestras; entrase gente armada con espadas de tantos hombres por medio de la ciudad, apellidando nombres de reyes infieles enemigos! Estado poco seguro es el de quien se descuida, creyendo que por sola su autoridad nadie se puede atrever á ofendelle. Los moriscos, hombres mas prevenidos que diestros, esperaban por horas la gente de la Alpujarra: salian el Tagari y Monfarrix, dos capitanes, todas las noches al cerro de Santa Helena por reconocer; y salieron la noche antes con cincuenta hombres escogidos, y diez y siete escalas grandes, para juntándose con Farax entrar en el Alhambra; mas visto que no venian al tiempo, escondiendo las escalas en una cueva se volvieron, sin salir la siguiente noche, pareciéndoles, como poco pláticos de semejantes casos, que la tempestad estorbaria á venir tanta gente junta, con que pudiesen ellos y sus compañeros poner en ejecucion el tratado del Alhambra; debiéndose esperar semejante noche para escalarla. Mas los del Albaicin estuvieron sosegados en las casas, cerradas las puertas, como ignorantes del tratado, oyendo el pregon; porque aunque se hubiese comunicado con ellos, no con todos en general ni particularmente; ni estaban todos ciertos del dia (aunque se dilató poco la venida), ni del número de la gente, ni de la órden con que entraban, ni de la que en lo por venir temian. Díjose, que uno de los viejos abriendo la ventana, preguntó: _cuantos eran_, y respondiéndole: _seis mil_, cerró, y dijo: _pocos sois, y venis presto_, dando á entender que habian primero de comenzar por el Alhambra, y despues venir por el Albaicin, y con las fuerzas del rey de Argel. Tampoco se movieron los de la Vega, que seguian á los del Albaicin; especialmente no oyendo la artillería del Alhambra que tenian por contraseño. Habia entre los que gobernaban la ciudad emulacion y voluntades diferentes; pero no por esto así ellos como la gente principal y pueblo, dejaron de hacer la parte que tocaba á cada uno. Estúvose la noche en armas; tuvo el conde de Tendilla el Alhambra á punto, escandalizado de la música morisca, cosa en aquel tiempo ya desusada; pero avisado de lo que era, con mejor guardia. El marqués, aunque no tenia noticia del contraseño que los moros habian dado á la gente de la Vega, y él le tenia dado á la gente de la ciudad, que en la ocasion habia de disparar tres piezas; temiendo que si se hacia pensasen los moros que estaba en aprieto, y acometiesen el Alhambra, en que habia poca guardia, mandó que ningun movimiento se hiciese, ni se pidiese gente á la ciudad; que fue la salvacion del peligro, aunque proveido á otro propósito; porque acudiendo los moriscos de la Vega al contraseño, necesitaban á los del Albaicin á declararse y juntarse con ellos, y como descubiertos combatir la ciudad. Bajó el conde á la plaza nueva y puso la gente en órden: acudieron muchos de los forasteros y de la ciudad, personas principales, al presidente D. Pedro de Deza por su oficio, por el cuidado que le habian visto poner en descubrir y atajar el tratado, por su afabilidad, buena manera generalmente con todos, y algunos por la diferencia de voluntades que conocian entre él y el marqués de Mondejar. Este, con solos cuatro de á caballo y el corregidor, subió al Albaicin, mas por reconocer lo pasado, que suspender el daño que se esperaba, ó asosegar los ánimos que ya tenia por perdidos, contento con alargar algun dia el peligro; mostrando confianza, y gozar del tiempo que fuese comun á ellos, para ver como procedian sus valedores; y á él para armarse y proveerse de lo necesario, y resistir á los unos y á los otros. Hablóles: «encareció su lealtad y firmeza, su prudencia en no dar crédito á la liviandad de pocos y perdidos, sin prendas, livianos; hombres que con las culpas ajenas pensaban redimir sus delitos ó adelantarse. Tal confianza se habia hecho siempre, y en casos tan calificados de la voluntad que tenian al servicio del rey, poniendo personas, haciendas y vidas con tanta obediencia á los ministros; ofreciéndose de ser testigo, y representador de su fe y servicios, intercediendo con el rey para que fuesen conocidos, estimados y remunerados.» Pero ellos respondiendo pocas palabras, y esas mas con semblante de culpados y arrepentidos que de determinados, ofrecieron la obra y perseverancia que habian mostrado en todas las ocasiones; y pareciéndole al marqués bastar aquello sin quitalles el miedo que tenian del pueblo, se bajó á la ciudad. Habia ya enviado á reconocer los enemigos; porque ni del propósito, ni del número, ni de la calidad de ellos, ni de las espaldas con que habian entrado se tenia certeza, ni del camino que hacian. Refirieron que habiendo parado en la casa de las Gallinas, atravesaban el Genil la vuelta de la sierra; puso recaudo en los lugares que convenia; encomendó al corregidor la guardia de la ciudad; dejó en el Alhambra donde habia pocos soldados mal pagados, y estos de á caballo, el recaudo que bastaba, juntando á este los criados y allegados del conde de Tendilla, personas de crédito y amistades en la ciudad. Él con la caballería que se halló, siguió á los enemigos llevando consigo á su yerno y hijos[44]: siguiéronle, parte por servir al rey, parte por amistad, ó por probar sus personas, por curiosidad de ver toda la gente desocupada y principal que se hallaba en la ciudad. Salió con la gente de su casa el conde de Miranda D. Pedro de Zúñiga[45], que á la sazon residia en pleitos, grande, igual en estado y linaje: eran todos pocos, pero calificados. Mas los enemigos, visto que los vecinos del Albaicin estaban quedos, y los de la Vega no acudian; con haber muerto un soldado, herido otro, saqueado una tienda y otra como en señal de que habian entrado, tomaron el camino que habian traido, y por las espaldas de la Alhambra prolongando la muralla, llegaron á la casa que por estar sobre el rio llamaban los moros Dar-al-huet, y nosotros de las Gallinas, segun los atajadores habian referido. Pararon á almorzar, y estuvieron hasta las ocho de la mañana; todo guiado por Farax para mostrar que habia cumplido con la comision, y acusar á los del Albaicin ó su miedo ó su desconfianza, y aun con esperanza que llegada la gente de la Alpujarra harian mas movimiento. Pero despues que ni lo uno ni lo otro le sucedió, acogióse al camino de Nigueles arrimándose á la falda de la montaña, y puesto en lo áspero, caminó haciendo muestra que esperaba. Pocos de la compañía del marqués alcanzaron á mostrarse, y ninguno llegó á las manos por la aspereza del sitio; aunque le siguieron por el paso del rio de Monachil hasta atravesar el barranco, y de allí al paraje de Dilar, por donde entraron sin daño en lo mas áspero.

[44] Era este yerno D. Alonso de Cárdenas, que despues por muerte de su padre fue conde de la Puebla.

[45] Fue este D. Pedro conde de Miranda, hermano y suegro del que en nuestros dias fue presidente de Italia y de Castilla.

Duró este seguimiento hasta el anochecer, que pareció al marqués poco necesario quedar allí, y mucho proveer á la guarda y seguridad de la ciudad; temeroso que juntándose los moriscos del Albaicin con los de la Vega, la acometerian sola de gente y desarmada. Tornó una hora antes de media noche; y sin perder tiempo comenzó á prevenir y llamar la gente que pudo, sin dineros, y que estaba mas cerca; los que por servir al rey, los que por su seguridad, por amistad del marqués, memoria del padre y abuelo, cuya fama era grande en aquel reino, por esperanza de ganar, por el ruido ó vanidad de la guerra, quisieron juntarse. Hizo llamamientos generales pidiendo gente á las ciudades y señores de la Andalucía, á cada uno conforme á la obligacion antigua y usanza de los concejos, que era venir la gente á su costa el tiempo que duraba la comida que podia traer á los hombros (talegas las llamaban los pasados, y nosotros ahora mochilas). Contábase para una semana; mas acabada servian tres meses pagados por sus pueblos enteramente, y seis meses adelante pagaban los pueblos la mitad, y otra mitad el rey: tornaban estos á sus casas, venian otros; manera de levantarse gente dañosa para la guerra y para ella, porque siempre era nueva. Esta obligacion tenian como pobladores por razon del sueldo que el rey les repartia por heredades, cuando se ganaba algun lugar de los enemigos. Llamó tambien á soldados particulares aunque ocupados en otras partes; á los que vivian al sueldo del rey, á los que olvidadas ó colgadas las esperanzas y armas reposaban en sus casas. Proveyó de armas y de vituallas; envió espías por todas partes á calar el motivo de los enemigos; avisó y pidió dinero al rey, para resistillos y asegurar la ciudad. Mas en ella era el miedo mayor que la causa: cualquier sospecha daba desasosiego, y ponia los vecinos en arma; discurrir á diversas partes, de ahí volver á casa; medir el peligro cada uno con su temor, trocados de continua paz en continua alteracion, tristeza, turbacion, y priesa; no fiar de persona ni de lugar; las mujeres á unas y á otras partes preguntar, visitar templos: muchas de las principales se acogieron á la Alhambra, otras con sus familias salieron por mayor seguridad á lugares de la comarca. Estaban las casas yermas y las tiendas cerradas; suspenso el trato; mudadas las horas de oficios divinos y humanos; atentos los religiosos y ocupados en oraciones y plegarias, como se suele en tiempo y punto de grandes peligros. Llegó en las primeras la gente de las villas sujetas á Granada, la de Alcalá y Loja: envió el marqués una compañía que sacase los cristianos viejos que estaban en Restaval, cierto que el primer acometimiento seria contra ellos: en Durcal puso dos compañías, porque los enemigos no pasasen á Granada sin quedar guarnicion de gente á las espaldas; y á D. Diego de Quesada con una compañía de infantería y otra de caballos en guarda de la puente de Tablate, paso derecho de la Alpujarra á Granada. El presidente aliviado ya del peligro presente, comenzó á pensar con mas libertad en el servicio del rey, ó en la emulacion contra el marqués de Mondejar: escribió á D. Luis Fajardo, marqués de Velez, que era adelantado del reino de Murcia y capitan general en la provincia de Cartagena (ciudad nombrada mas por la seguridad del puerto y por la destruicion que en ella hizo Scipion el Africano, que por la grandeza ó suntuosidad del edificio), animándole á juntar gente de aquellas provincias y de sus deudos y amigos, y entrar en el rio de Almería; donde haria servicio al rey, socorreria aquella ciudad que de mar y tierra estaba en peligro, y aprovecharia á la gente con las riquezas de los enemigos. Era el marqués tenido por diligente y animoso; y entre él y el marqués de Mondejar hubo siempre diferencias y alongamiento de voluntad, traido dende los padres y abuelos. El de Velez sirvió al emperador en las empresas de Túnez y Provenza, el de Mondejar en la de Argel; ambos tenian noticia de la tierra donde cada uno de ellos servia. Comenzó el de Velez á ponerse en órden, á juntar gente, parte á sueldo de su hacienda, parte de amigos.