Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades

Part 5

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Habia en el reino de Granada costumbre antigua, como la hay en otras partes, que los autores de delitos se salvasen, y estuviesen seguros en lugares de señorío; cosa que mirada en comun, y por la haz, se juzgaba que daba causa á mas delitos, favor á los malhechores, impedimento á la justicia, y desautoridad á los ministros de ella. Pareció por estos inconvenientes, y por ejemplo de otros estados, mandar que los señores no acogiesen gentes de esta calidad en sus tierras, confiados que bastaba solo el nombre de justicia para castigallos donde quiera que anduviesen. Manteníase esta gente con sus oficios en aquellos lugares, casábanse, labraban la tierra, dábanse á vida sosegada. Tambien les prohibieron la inmunidad de las iglesias arriba de tres dias; mas despues que les quitaron los refugios, perdieron la esperanza de seguridad, y diéronse á vivir por las montañas, hacer fuerzas, saltear caminos, robar y matar. Entró luego la duda tras el inconveniente, sobre á que tribunal tocaba el castigo, nacida de competencia de jurisdicciones; y no obstante que los generales acostumbrasen hacer estos castigos, como parte del oficio de la guerra; cargaron á color de ser negocio criminal, la relacion apasionada ó libre de la ciudad, y la autoridad de la audiencia, y púsose en manos de los alcaldes, no excluyendo en parte al capitan general. Dióseles facultad para tomar á sueldo cierto número de gente repartida pocos á pocos, á que usurpando el nombre llamaban cuadrillas; ni bastantes para asegurar, ni fuertes para resistir. Del desden, de la flaqueza de provision, de la poca experiencia de los ministros en cargo que participaba de guerra, nació el descuido, ó fuese negligencia ó voluntad de cada uno que no acertase su émulo. En fin fue causa de crecer estos salteadores (monfíes los llamaban en lengua morisca), en tanto número, que para oprimillos ó para reprimillos no bastaban las unas ni las otras fuerzas. Este fue el cimiento sobre que fundaron sus esperanzas los ánimos escandalizados y ofendidos; y estos hombres fueron el instrumento principal de la guerra. Todo esto parecia al comun cosa escandalosa; pero la razon de los hombres, ó la providencia divina (que es lo mas cierto), mostró con el suceso, que fue cosa guiada para que el mal no fuese adelante, y estos reinos quedasen asegurados mientras fuese su voluntad. Siguiéronse luego ofensas en su ley, en las haciendas, y en el uso de la vida, así cuanto á la necesidad, como cuanto al regalo, á que es demasiadamente dada esta nacion; porque la inquisicion los comenzó á apretar mas de lo ordinario. El rey les mandó dejar la habla morisca, y con ella el comercio y comunicacion entre sí; quitóseles el servicio de los esclavos negros á quienes criaban con esperanzas de hijos, el hábito morisco en que tenian empleado gran caudal: obligáronlos á vestir castellano con mucha costa, que las mujeres trujesen los rostros descubiertos, que las casas acostumbradas á estar cerradas estuviesen abiertas: lo uno y lo otro tan grave de sufrir entre gente zelosa. Hubo fama que les mandaban tomar los hijos, y pasallos á Castilla: vedáronles el uso de los baños, que eran su limpieza y entretenimiento; primero les habian prohibido la música, cantares, fiestas, bodas conforme á su costumbre, y cualesquier juntas de pasatiempo. Salió todo esto junto, sin guardia ni provision de gente; sin reforzar presidios viejos, ó firmar otros nuevos. Y aunque los moriscos estuviesen prevenidos de lo que habia de ser, les hizo tanta impresion, que antes pensaron en la venganza que en el remedio. Años habia que trataban de entregar el reino á los príncipes de Berbería, ó al turco; mas la grandeza del negocio, el poco aparejo de armas, vituallas, navíos, lugar fuerte donde hiciesen cabeza, el poder grande del emperador, y del rey Felipe su hijo, enfrenaba las esperanzas, é imposibilitaba las resoluciones, especialmente estando en pie nuestras plazas mantenidas en la costa de África, las fuerzas del turco tan lejos, las de los cosarios de Argel mas ocupadas en presas y provecho particular, que en empresas difíciles de tierra. Fuéronseles con estas dificultades dilatando los designios, apartándose ellos de los del reino de Valencia, gente menos ofendida, y mas armada. En fin creciendo igualmente nuestro espacio por una parte, y por otra los excesos de los enemigos tantos en número, que ni podian ser castigados por manos de justicia, ni por tan poca gente como la del capitan general; eran ya sospechosas sus fuerzas para encubiertas, aunque flacas para puestas en ejecucion. El pueblo de cristianos viejos adivinaba la verdad, cesaba el comercio y paso de Granada á los lugares de la costa: todo era confusion, sospecha, temor; sin resolver, proveer, ni ejecutar. Vista por ellos esta manera en nosotros, y temiendo que con mayor aparejo les contraviniésemos, determinaron algunos de los principales de juntarse en Cadiar, lugar entre Granada, y la mar, y el rio de Almería, á la entrada de la Alpujarra. Tratóse del cuando y como se debian descubrir unos á otros, de la manera del tratado y ejecucion: acordaron que fuese en la fuerza del invierno; porque las noches largas les diesen tiempo para salir de la montaña y llegar á Granada, y á una necesidad tornarse á recoger y poner en salvo, cuando nuestras galeras reposaban repartidas por los invernaderos y desarmadas; la noche de navidad, que la gente de todos los pueblos está en las iglesias, solas las casas, y las personas ocupadas en oraciones y sacrificios; cuando descuidados, desarmados, torpes con el frio, suspensos con la devocion, facilmente podian ser oprimidos de gente atenta, armada, suelta, y acostumbrada á saltos semejantes. Que se juntasen á un tiempo cuatro mil hombres de la Alpujarra, con los del Albaicin, y acometiesen la ciudad, y el Alhambra, parte por la puerta, parte con escalas; plaza guardada mas con la autoridad que con la fuerza: y por que sabian que el Alhambra, no podia dejar de aprovecharse de la artillería, acordaron que los moriscos de la vega tuviesen por contraseña las primeras dos piezas que se disparasen, para que en un tiempo acudiesen á las puertas de la ciudad, las forzasen, entrasen por ellas y por los portillos; corriesen las calles, y con el fuego y con el hierro no perdonasen á persona, ni á edificio. Descubrir el tratado sin ser sentidos y entre muchos, era dificultoso: pareció que los casados lo descubriesen á los casados, los viudos á los viudos, los mancebos á los mancebos; pero á tiento, probando las voluntades y el secreto de cada uno. Habian ya muchos años antes enviado á solicitar con personas ciertas no solamente á los príncipes de Berbería, mas al emperador de los turcos dentro en Constantinopla, que los socorriese, y sacase de servidumbre, y postreramente al rey de Argel pedido armada de levante y poniente en su favor; porque faltos de capitanes, de cabezas, de plazas fuertes, de gente diestra, de armas, no se hallaron poderosos para tomar, y proseguir á solas tan gran empresa. Demás de esto resolvieron proveerse de vitualla, elegir lugar en la montaña donde guardalla, fabricar armas, reparar las que de mucho tiempo tenian escondidas, comprar nuevas, y avisar de nuevo á los reyes de Argel, Fez, señor de Tituan, de esta resolucion y preparaciones. Con tal acuerdo partieron aquella habla; gente á quien el regalo, el vicio, la riqueza, la abundancia de las cosas necesarias, el vivir luengamente en gobierno de justicia é igualdad desasosegaba, y traía en continuo pensamiento.

Dende á pocos dias se juntaron otra vez con los principales del Albaicin en Churriana fuera de Granada, á tratar del mismo negocio. Habíanles prohibido, como arriba se dijo, todas las juntas en que concurria número de gente; pero teniendo el rey y el prelado mas respeto á Dios que al peligro, se les habia concedido que hiciesen un hospital y cofradía de cristianos nuevos, que llamaron de la Resurreccion. (Dicen en español cofradía una junta de personas, que prometen hermandad en oficios divinos y religiosos con obras.) En dias señalados concurrian en el hospital á tratar de su rebelion con esta cubierta; y para tener certinidad de sus fuerzas, enviaron personas pláticas de la tierra por todos los lugares del reino, que con ocasion de pedir limosna reconociesen las partes de él á propósito para acogerse, para recibir los enemigos, para traellos por caminos mas breves, mas secretos, mas seguros, con mas aparejo de vituallas; y estos echasen un pedido á manera de limosna, que los de veinte y cuatro años hasta cuarenta y cinco contribuyesen diferentemente de los viejos, mujeres, niños, y impedidos: con tal astucia reconocieron el número de la gente útil para tomar armas, y la que habia armada en el reino.

[Nota al margen: 1568.]

Estos y otros indicios, y los delitos de los monfíes mas públicos, graves y á menudo que solian, dieron ocasion al marqués de Mondejar[42], al conde Tendilla su hijo, á cuyo cargo estaba la guerra, á D. Pedro de Deza, presidente de la chancillería, caballero que habia pasado por todos los oficios de su profesion, y dado buena cuenta de ellos, al arzobispo, á los jueces de inquisicion, de poner nuevo cuidado y diligencia en descubrir los motivos de estos hombres, y asegurarse parte con lo que podian, y parte con acudir al rey y pedir mayores fuerzas cada uno segun su oficio, para hacer justicia, y reprimir la insolencia; que este nombre le ponian, como á cosa incierta, hasta que estando el marqués de Mondejar en Madrid, fue avisado el rey mas particularmente. Partió el marqués en diligencia, y llevó comision para crecer en la guardia del reino alguna poca gente, pero la que pareció que bastaba en aquella ocasion, y en las que se ofreciesen por mar contra los moros berberíes. Mas las personas á cuyo cargo era la provision, aunque se creyeron los avisos; ó importunados con el menudear de ellos, ó juzgando á los autores por mas ambiciosos que diligentes, hicieron provision tan pequeña, que bastó para mover las causas de la enfermedad, y no para remedialla; como suelen medicinas flojas en cuerpos llenos. Por lo cual, vistas por los monfíes y principales de la conjuracion las diligencias que se hacian de parte de los ministros para apurar la verdad del tratado; el temor de ser prevenidos, y la avilanteza de nuestras pocas fuerzas, los acució á resolverse sin aguardar socorro, con solo avisar á Berbería del término en que las cosas se hallaban, y solicitar gente y armas con la armada, dando por contraseño que entre los navíos que viniesen de Argel y Tituan trajesen las capitanas una vela colorada, y que los navíos de Tituan acudiesen á la costa de Marbella para dar calor á la sierra de Ronda y tierra de Málaga; y los de Argel á cabo de Gata, que los romanos llamaban promontorio de Caridemo, para socorrer á la Alpujarra y rios de Almería y Almazora, y mover con la vecindad los ánimos de la gente sosegada en el reino de Valencia. Mas estos estuvieron siempre firmes: ó que en la memoria de los viejos quedase el mal suceso de la sierra de Espadan en tiempo del emperador Cárlos; ó que teniendo por liviandad el tratado, y dificultosa la empresa, esperasen á ver como se movia la generalidad, con que fuerzas, fundamento, y certeza de esperanzas en Berbería. Enviaron á Argel al Partal que vivia en Narila, lugar del partido de Cadiar, hombre rico, diligente y tan cuerdo, que la segunda vez que fue á Berbería, llevó su hacienda y dos hermanos, y se quedó en Argel. Este y el Jeniz, que despues vendió y mató al Abenabó su señor, á quien ellos levantaron por segundo rey, estaban en aquella congregacion como diputados en nombre de toda la Alpujarra; y por tener alguna cabeza en quien se mantuviesen unidos, mas que por sujetarse á otras sino á las que el rey de Argel los nombrase, resolvieron en veinte y siete de setiembre hacer rey[43], persuadidos con la razon de D. Fernando de Valor, el zaguer, que en su lengua quiere decir el menor, á quien por otro nombre llamaban Aben Jauhar, hombre de gran autoridad y de consejo maduro, entendido en las cosas del reino y de su ley. Este viendo que la grandeza del hecho traía miedo, dilacion, diversidad de casos; mudanzas de pareceres, los juntó en casa de Zinzan en el Albaicin, y les habló:

[42] El tercer marqués de Mondejar es el que de aquí adelante siempre se nombra: llamóse don Iñigo y fue virey de Valencia y Nápoles, y sobrino del autor.

[43] Algo difiere Marmol, _lib._ IV, cap. 7, véase.

«Poniéndoles delante la opresion en que estaban, sujetos á hombres públicos y particulares, no menos esclavos que si lo fuesen. Mujeres, hijos, haciendas, y sus propias personas en poder y arbitrio de enemigos, sin esperanza en muchos siglos de verse fuera de tal servidumbre: sufriendo tantos tiranos como vecinos, nuevas imposiciones, nuevos tributos, y privados del refugio de los lugares de señorío, donde los culpados, puesto que por accidentes ó por venganzas (esta es la causa entre ellos mas justificada), se aseguran: echados de la inmunidad y franqueza de las iglesias, donde por otra parte los mandaban asistir á los oficios divinos con penas de dinero; hechos sujetos de enriquecer clérigos; no tener acogida á Dios ni á los hombres; tratados y tenidos como moros entre los cristianos para ser menospreciados, y como cristianos entre los moros para no ser creidos ni ayudados. Excluidos de la vida y conversacion de personas, mándannos que no hablemos nuestra lengua; y no entendemos la castellana: ¿en qué lengua habemos de comunicar los conceptos, y pedir ó dar las cosas, sin que no puede estar el trato de los hombres? Aun á los animales no se vedan las voces humanas. ¿Quién quita que el hombre de lengua castellana no pueda tener la ley del Profeta, y el de la lengua morisca la ley de Jesus? Llaman á nuestros hijos á sus congregaciones y casas de letras: enséñanles artes que nuestros mayores prohibieron aprenderse, porque no se confundiese la puridad, y se hiciese litigiosa la verdad de la ley. Cada hora nos amenazan quitarlos de los brazos de sus madres, y de la crianza de sus padres, y pasarlos á tierras ajenas, donde olviden nuestra manera de vida, y aprendan á ser enemigos de los padres que los engendramos, y de las madres que los parieron. Mándannos dejar nuestro hábito, y vestir el castellano. Vístense entre ellos los tudescos de una manera, los franceses de otra, los griegos de otra, los frailes de otra, los mozos de otra, y de otra los viejos: cada nacion, cada profesion y cada estado usa su manera de vestido, y todos son cristianos; y nosotros moros, porque vestimos á la morisca, como si trujésemos la ley en el vestido, y no en el corazon. Las haciendas no son bastantes para comprar vestidos para dueños y familias; del hábito que traíamos no podemos disponer, porque nadie compra lo que no ha de traer; para traello es prohibido, para vendello es inútil. Cuando en una casa se prohibiere el antiguo, y comprare el nuevo del caudal que teníamos para sustentarnos, ¿de qué viviremos? Si queremos mendigar nadie nos socorrerá como á pobres, porque somos pelados como ricos: nadie nos ayudará, porque los moriscos padecemos esta miseria y pobreza, que los cristianos no nos tienen por prójimos. Nuestros pasados quedaron tan pobres en la tierra de las guerras contra Castilla, que casando su hija el alcaide de Loja, grande y señalado capitan que llamaban Alatar, deudo de algunos de los que aquí nos hallamos, hubo de buscar vestidos prestados para la boda. ¿Con qué haciendas, con qué trato, con qué servicio ó industria, en qué tiempo adquiriremos riqueza para perder unos hábitos y comprar otros? Quítannos el servicio de los esclavos negros; los blancos no nos eran permitidos por ser de nuestra nacion: habíamoslos comprado, criado, mantenido: ¿esta pérdida sobre las otras? ¿Qué harán los que no tuvieren hijos que los sirvan, ni hacienda con que mantener criados si enferman, si se inhabilitan, si envejecen, sino prevenir la muerte? Van nuestras mujeres, nuestras hijas, tapadas las caras, ellas mismas á servirse y proveerse de lo necesario á sus casas; mándanles descubrir los rostros: si son vistas, serán codiciadas y aun requeridas; y veráse quien son las que dieron la avilanteza al atrevimiento de mozos y viejos. Mándannos tener abiertas las puertas que nuestros pasados con tanta religion y cuidado tuvieron cerradas, no las puertas, sino las ventanas y resquicios de casa. ¿Hemos de ser sujetos de ladrones, de malhechores, de atrevidos y desvergonzados adúlteros, y que estos tengan dias determinados y horas ciertas, cuando sepan que pueden hurtar nuestras haciendas, ofender nuestras personas, violar nuestras honras? No solamente nos quitan la seguridad, la hacienda, la honra, el servicio, sino tambien los entretenimientos; así los que se introdujeron por la autoridad, reputacion y demostraciones de alegría en las bodas, zambras, bailes, músicas, comidas; como los que son necesarios para la limpieza, convenientes para la salud. ¿Vivirán nuestras mujeres sin baños, introduccion tan antigua? ¿Veránlas en sus casas tristes, sucias, enfermas, donde tenian la limpieza por contentamiento, por vestido, por sanidad? Representóles el estado de la cristiandad; las divisiones entre herejes y católicos en Francia; la rebelion de Flandes; Inglaterra sospechosa; y los flamencos huidos solicitando en Alemania á los príncipes de ella. El rey falto de dineros y gente plática, mal armadas las galeras, proveidas á remiendos, la chusma libre; los capitanes y hombres de cabo descontentos, como forzados. Si previniesen no solamente el reino de Granada, pero parte del Andalucía que tuvieron sus pasados, y agora poseen sus enemigos, pueden ocupar con el primer ímpetu; ó mantenerse en su tierra, cuando se contenten con ella sin pasar adelante. Montaña áspera, valles al abismo, sierras al cielo, caminos estrechos, barrancos y derrumbaderos sin salida: ellos gente suelta, plática en el campo, mostrada á sufrir calor, frio, sed, hambre; igualmente diligentes y animosos al acometer, prestos á desparcirse y juntarse: españoles contra españoles, muchos en número, proveidos de vitualla, no tan faltos de armas que para los principios no les basten; y en lugar de las que no tienen, las piedras delante de los pies, que contra gente desarmada son armas bastantes. Y cuanto á los que se hallaban presentes, que en vano se habian juntado, si cualquiera de ellos no tuviera confianza del otro que era suficiente para dar cobro á tan gran hecho, y si, como siendo sentidos habian de ser compañeros en la culpa y el castigo, no fuesen despues parte en las esperanzas y frutos de ellas, llevándolas al cabo. Cuanto mas que ni las ofensas podian ser vengadas, ni deshechos los agravios, ni sus vidas y casas mantenidas, y ellos fuera de servidumbre; sino por medio del hierro, de la union y concordia, y una determinada resolucion con todas sus fuerzas juntas. Para lo cual era necesario elegir cabeza de ellos mismos, ó fuese con nombre de jeque, ó de capitan, ó de alcaide, ó de rey, si les pluguiese, que los tuviese juntos en justicia y seguridad.»

Jeque llaman ellos el mas honrado de una generacion, quiere decir, el mas anciano: á estos dan el gobierno con autoridad de vida y muerte. Y porque esta nacion se vence tanto mas de la vanidad de la astrología y adivinanzas, cuanto mas vecinos estuvieron sus pasados de Caldea, donde la ciencia tuvo principio, no dejó de acordalles á este propósito, cuantos años atrás por boca de grandes sabios en movimiento y lumbre de estrellas, y profetas en su ley, estaba declarado, que se levantarian á tornar por sí; cobrarian la tierra y reinos que sus pasados perdieron, hasta señalar el mismo año despues que Mahoma les dió la ley (hegira le llaman ellos en su cuenta, que quiere decir el destierro, porque la dió siendo desterrado de Meca), y venia justo con esta rebelion. Representóles prodigios y apariencias extraordinarias de gente armada en el aire á las faldas de Sierra Nevada, aves de desusada manera dentro en Granada, partos monstruosos de animales en tierra de Baza, y trabajos del sol con el eclipse de los años pasados, que mostraban adversidad á los cristianos, á quien ellos atribuyen el favor, ó disfavor de este planeta; como á sí el de la luna.