Part 24
El señor comisario, como quien despierta de un dulce sueño, los miró, y miró al delincuente y á todos los que al rededor estaban, y muy pausadamente les dijo: buenos hombres, vosotros nunca habíais de rogar por un hombre en quien Dios tan señaladamente se ha señalado. Mas pues él nos manda, que no volvamos mal por mal y perdonemos las injurias, con confianza podremos suplicar, que le cumpla lo que nos manda, y su Magestad perdone á este que le ofendió, poniendo en su santa fe obstáculo. Vamos todos á suplicarle. Y así bajó del púlpito y encomendóles, que muy devotamente suplicasen á nuestro Señor tuviese por bien de perdonar á aquel pecador, y volverle en su salud y sano juicio, y lanzar de él el demonio, si su Magestad habia permitido que por su gran pecado en él entrase. Todos se hincaron de rodillas, y delante del altar con los clérigos comenzaban á cantar con voz baja una letanía, y viniendo él con la cruz y agua bendita, despues de haber sobre él cantado, el señor mi amo, puestas las manos al cielo y los ojos, que casi nada se le parecia sino un poco de blanco, comienza una oracion no menos larga que devota, con la cual hizo llorar á toda la gente, como suelen hacer en los sermones de la pasion de predicador y auditorio devoto; suplicando á nuestro Señor, pues no queria la muerte del pecador, sino su vida y arrepentimiento, que á aquel encaminado por el demonio y persuadido de la muerte y pecado, le quisiese perdonar y dar vida y salud, para que se arrepintiese y confesase sus pecados. Y esto hecho, mandó traer la bula y puso en la cabeza, y luego el pecador del alguacil comenzó poco á poco á estar mejor y tornar en sí. Y luego que fue bien vuelto en su acuerdo, echóse á los pies del señor comisario, y demandóle perdon, confesó haber dicho aquello por la boca y mandamiento del demonio, lo uno por hacer el daño y vengarse del enojo, lo otro y mas principal, porque el demonio recibia mucha pena del bien que allí se hiciera en tomar la bula. El señor mi amo le perdonó, y fueron hechas las amistades; y á tomar la bula hubo tanta priesa, que casi ánima viviente en el lugar no quedó sin ella; marido y mujer, hijos é hijas, mozos y mozas.
Divulgóse la nueva de lo acaecido por los lugares comarcanos: y cuando á ellos llegábamos, no era menester sermon ni ir á la iglesia; que á la posada la venian á tomar, como si fueran peras que se dieran de balde: de manera que en diez ó doce lugares de aquellos alrededores donde fuímos, echó el Señor mi amo otras tantas mil bulas sin predicar sermon. Cuando hizo el ensayo, confieso mi pecado que tambien fuí de ello espantado, y creí que así era como otros muchos. Mas con ver despues la risa y burla que mi amo y el alguacil llevaban y hacian del negocio, conocí como habia sido industriado por el industrioso é inventivo de mi amo; y aunque muchacho, cayóme mucho en gracia, y dije entre mi: ¿cuántas de estas deben de hacer estos burladores entre la inocente gente?
Finalmente estuve con este mi quinto amo cerca de cuatro meses, en los cuales pasé tambien hartas fatigas.
Como Lázaro se asentó con un capellan, y lo que con él pasó.
Despues de esto asenté con un maestro de pintar panderos, para molerle los colores; y tambien sufrí mil males.
Siendo ya en este tiempo buen mozuelo, entrando un dia en la Iglesia mayor, un capellan de ella me recibió por suyo, y púsome en poder un buen asno y cuatro cántaros y un azote, y comencé á echar agua por la ciudad.
Este fue el primer escalon que yo subí para venir á alcanzar buena vida, porque mi boca era medida. Daba cada dia á mi amo treinta maravedís ganados, y los sábados ganaba por mi, y todo lo demás entre semana de treinta maravedís. Fueme tan bien en el oficio, que al cabo de cuatro años que le usé, con poner en la ganancia buen recaudo, ahorré para vestirme muy honradamente de la ropa vieja, de la cual compré un jubon de fustan viejo, y un sayo raido de manga tranzada y puerta, y una capa que habia sido frisada, y una espada de las viejas primeras de Cuellar. Luego que me vi en hábito de hombre de bien, dije á mi amo se tomase su asno que no queria mas seguir aquel oficio.
Como Lázaro asienta con un alguacil, y de lo que le acaeció con él.
Despedido del capellan, asenté por hombre de justicia con un alguacil, mas muy poco viví con él, por parecerme oficio peligroso, mayormente que una noche nos corrieron á mi y á mi amo á pedradas y á palos unos retraidos; y á mi amo que esperó, trataron mal, mas á mi no me alcanzaron.
Con esto renegué del trato. Y pensando en qué modo de vivir haria mi asiento por tener descanso y ganar algo para la vejez, quiso Dios alumbrarme, y ponerme en camino y manera provechosa; y con favor que tuve de amigos y señores, todos mis trabajos y fatigas hasta entonces pasados fueron pagados con alcanzar lo que procuré, que fue un oficio real, viendo que no hay nadie que medre, sino los que le tienen: en el cual el dia de hoy yo vivo y resido á servicio de Dios y de vuestra merced. Y es que tengo cargo de pregonar los vinos que en esta ciudad se venden, y en almonedas y cosas perdidas; acompañar á los que padecen persecuciones por justicia, y declarar á voces sus delitos: pregonero, hablando en buen romance. Hame sucedido tan bien y yo le he usado tan facilmente, que casi todas las cosas al oficio tocantes pasan por mi mano; tanto que en toda la ciudad el que ha de echar vino á vender ó algo, si Lázaro de Tormes no entiende en ello, hacen cuenta de no sacar provecho.
En este tiempo viendo mi habilidad y buen vivir, teniendo noticia de mi persona el señor arcipreste de San Salvador, mi señor, y servidor y amigo de vuestra merced, porque le pregonaba sus vinos, procuró casarme con una criada suya. Y visto por mi que de tal persona no podia venir sino bien y favor, acordé de hacerlo, y así me casé con ella; y hasta ahora no estoy arrepentido, porque fuera de ser buena hija, diligente y servicial, tengo en mi señor Arcipreste todo favor y ayuda: y siempre en el año le da en veces al pie de una carga de trigo, por las pascuas su carne, y cuando el par de los bodigos, las calzas viejas que deja, é hízonos alquilar una casilla á par de la suya. Los domingos y fiestas casi todas las comíamos en su casa: mas malas lenguas que nunca faltaron, no nos dejan vivir, diciendo no sé qué: que ven á mi mujer irle á hacer la cama y guisarle de comer. Y mejor les ayude Dios que ellos dicen la verdad, porque además de no ser ella mujer que se pague de estas burlas, mi señor me ha prometido lo que pienso cumplirá, que el me habló un dia muy largo delante de ella, y me dijo: Lázaro de Tormes, quien ha de mirar á dichos de malas lenguas, nunca medrará. Digo esto, porque no me maravillaria, alguno viendo entrar en mi casa tu mujer y salir de ella. Ella entra muy á tu honra y suya, y esto te lo prometo. Por tanto no mires á lo que pueden decir, sino á lo que te toca, digo, á tu provecho. Señor le dije, yo determiné de arrimarme á los buenos. Verdad es que algunos de mis amigos me han dicho algo de eso, y aun por mas de tres veces me han certificado, que antes que conmigo casase habia parido tres veces, hablando con reverencia de vuestra merced, porque está ella delante. Entonces mi mujer echó juramentos sobre sí, que yo pensé la casa se hundiera con nosotros: y despues tornóse á llorar y á echar mil maldiciones sobre quien conmigo la habia casado: en tal manera que quisiera ser muerto, antes que se me hubiera soltado aquella palabra de la boca. Mas yo de un cabo y mi señor de otro, tanto le dijimos y otorgamos, que cesó su llanto, con juramento que le hice de nunca mas en mi vida mentarle nada de aquello, y que yo holgaba y habia por bien de que ella entrase y saliese de noche y de dia, pues estaba bien seguro de su bondad. Y así quedamos todos tres bien conformes. Hasta el dia de hoy nunca nadie nos oyó sobre el caso; antes cuando alguno siento que quiere decir algo de ella, le atajo y le digo: mira, si sois mi amigo, no me digais cosa que me pese, que no tengo por mi amigo al que me hace pesar, mayormente si me quieren meter mal con mi mujer, que es la cosa del mundo que yo mas quiero, y la amo mas que á mi, y me hace Dios con ella mil mercedes y mas bien que yo merezco, que yo juraré sobre la hostia consagrada, que es tan buena mujer como vive dentro de las puertas de Toledo, y quien otra cosa me dijere, me mataré con él. De esta manera no me dicen nada, y yo tengo paz en mi casa.
Esto fue el mismo año que nuestro victorioso emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y tuvo en ella cortes, y se hicieron grandes regocijos y fiestas, como vuestra merced habrá oido.
Da cuenta Lázaro de la amistad que tuvo en Toledo con unos tudescos, y lo que con ellos pasaba.
En este tiempo estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna: y como yo siempre anduviese acompañado de una buena galleta, de unos buenos frutos que en esta tierra se crian para muestra de lo que pregonaba, cobré tantos amigos y señores así naturales como extranjeros, que do quiera que llegaba, no habia para mi puerta cerrada, y en tanta manera me vi favorecido, que me parece si entonces matara á un hombre, ó me acaeciera algun caso recio, hallara todo el mundo de mi bando y tuviera en aquellos mis señores todo favor y socorro. Mas yo nunca los dejaba boquisecos, queriéndolos llevar conmigo á lo mejor que yo habia echado en la ciudad, en donde hacíamos la buena y espléndida vida. Allí nos aconteció muchas veces entrar en nuestros pies y salir en ajenos: y lo mejor de esto es que todo este tiempo maldita la blanca Lázaro de Tormes gastó ni se la consentian gastar. Antes si alguna vez yo de industria echaba mano á la bolsa fingiendo quererlo pagar tomábanlo por afrenta, y mirábanme con alguna ira, y decian: _nite_, _nite_, _asticot_, _lanz_; reprendiéndome y diciendo: que donde ellos estaban, nadie habia de pagar blanca. Yo con aquello moríame de amores de tal gente, porque no solo esto, mas de perniles de tocino, pedazos de piernas de carnero, cocidas en aquellos cordiales vinos, con mucha de la fina especie, y de sobras de cecinas y de pan me henchian la falda y los senos cada vez que nos juntábamos, que tenia en mi casa de comer yo y mi mujer hasta hartar una semana entera. Acordábame en estas harturas de mis hambres pasadas, y alababa al Señor y dábale gracias, que así andan las cosas y tiempos.
Mas como dice el refran: _quien bien te hará, ó se te irá, ó se morirá_. Así me acaeció, que se mudó la gran corte como hacer suele, y al partir fuí muy requerido de aquellos mis grandes amigos me fuese con ellos, y que me harian y acontecerian. Mas acordándome del proverbio que dice: _mas vale el mal conocido que el bien por conocer_, agradeciéndoles su buena voluntad, con muchos abrazos y tristeza me despedí de ellos. Y cierto, si casado no fuera, no dejara su compañía, por ser gente hecha muy á mi gusto y condicion: y es vida graciosa la que viven, no fantásticos ni presuntuosos, sin escrúpulo ni asco de entrarse en cualquier bodegon la gorra quitada, si el vino lo merece: gente llana y honrada, y tal y tan bien proveida, que no me la dé Dios peor, cuando buena sed tuviere. Mas el amor de la mujer y de la patria, que ya por mia tengo, pues como dicen; _¿de dó eres, hombre?_ tiraron por mi. Y así me quedé en esta ciudad, aunque muy conocido de los moradores de ella, con mucha soledad de los amigos y vida cortesana.
Estuve muy á mi placer, con acrecentamiento de alegría y linaje por el nacimiento de una hermosa niña, que en estos medios mi mujer parió, y que aunque yo tenia alguna sospecha, ella me juró que era mia: hasta que á la fortuna le pareció haberme mucho olvidado, y ser justo tornarme á mostrar su airado y severo gesto cruel, y aguarme estos pocos años de sabrosa y descansada vida con otros tantos de trabajos y amarga muerte. ¡O gran Dios! y ¡quién podrá escribir un infortunio tan desastrado, y acaecimiento tan sin dicha, que no deje holgar el tintero, poniendo la pluma á sus ojos!
FIN DEL LAZARILLO DE TORMES.
ÍNDICE.
_Pág._
EL EDITOR. I
LUIS TRIBALDOS DE TOLEDO AL LECTOR. V
NOTICIAS DE LA VIDA DE D. DIEGO HURTADO DE MENDOZA. IX
Libro I. 1
Libro II. 43
Libro III. 88
Libro IV. 141
DISCURSO DEL CONDE DE PORTALEGRE. 178
LA VIDA DEL LAZARILLO DE TORMES.
PRÓLOGO DEL AUTOR. 185
Cuenta Lázaro su vida y quien era su padre. 187
Como Lázaro se asentó con un clérigo, y de las cosas que con él pasó. 198
Como Lázaro se asentó con un escudero, y de lo que le acaeció con él. 209
Como Lázaro se asentó con un fraile de la Merced, y de lo que le acaeció con él. 225
Como Lázaro se asienta con un bulero, y de las cosas que con él pasó. 226
Como Lázaro se asentó con un capellan, y lo que con él pasó. 231
Como Lázaro asienta con un alguacil, y de lo que le acaeció con él. 232
Da cuenta Lázaro de la amistad que tuvo en Toledo con unos tudescos y lo que con ellos pasaba. 234
FIN DEL ÍNDICE.