Part 23
Con todo le queria bien, con ver que no tenia ni podia mas, y antes le habia lástima que enemistad: y muchas veces, por llevar á la posada con que él lo pasase, yo lo pasaba mal: porque una mañana levantándose el triste en camisa, subió á lo alto de la casa á hacer sus menesteres, y en tanto yo por salir de sospecha desenvolvíle el jupo y las calzas que á la cabecera dejó, y hallé una bolsilla de terciopelo raso, hecha cien dobleces, y sin maldita la blanca ni señal que la hubiese tenido mucho tiempo. Este, decia yo, es pobre, y nadie da lo que no tiene: mas el avariento ciego y el malaventurado mezquino clérigo, que con dárselo Dios á ambos, al uno de mano besada, y al otro de lengua suelta, me mataban de hambre. Aquellos es justo desamar, y aqueste es de haber mancilla. Dios me es testigo, que hoy dia cuando topo con alguno de su hábito con aquel paso y pompa, le he lástima, con pensar si padece lo que á aquel le vi sufrir, al cual con toda su pobreza holgaria de servir mas que á los otros, por lo que he dicho. Solo tenia de él un poco de descontento; que quisiera yo que no tuviera tanta presuncion, mas que abajara un poco su fantasía con lo mucho que subia su necesidad. Mas segun me parece, es regla ya entre ellos usada y guardada, que aunque no haya cornado de trueco, ha de andar el birrete en su lugar: el Señor lo remedie, que ya con este mal han de morir.
Pues estando yo en tal estado pasando la vida que digo, quiso mi mala fortuna que de perseguirme no era satisfecha, que en aquella trabajada y vergonzosa vivienda no durase. Y fue, como aquel año esta tierra fuese estéril de pan, acordó el Ayuntamiento, que todos los pobres extranjeros se fuesen de la ciudad; con pregon, que el que de allí adelante topasen, fuese punido con azotes. Y así ejecutando la ley, desde á cuatro dias que el pregon se dió, vi llevar una procesion de pobres azotando por las cuatro calles: lo cual me puso tan gran espanto, que nunca osé desmandarme á demandar. Aquí viera, quien verlo pudiera, la abstinencia de mi casa, la tristeza y silencio de los moradores de ella; tanto que nos acaeció estar dos ó tres dias sin comer bocado ni hablar palabra. Á mi diéronme la vida unas mujercillas hilanderas de algodon, que hacian botones y vivian á par de nosotros, con las cuales yo tuve vecindad y conocimiento; que la laceria que les traían, me daban alguna cosilla, con la cual muy pasado me pasaba.
Y no tenia tanta lástima de mi como del lastimado de mi amo, que en ocho dias maldito el bocado que comió; á lo menos en casa bien los estuvimos sin comer: no sé yo como ó donde andaba, y que comia; y verle venir á mediodia la calle abajo, con estirado cuerpo mas largo que galgo de buena casta; y por lo que tocaba á su negra que dicen honra, tomaba una paja de las que aun asaz no habia en casa, y salia á la puerta escarbando los que nada entre sí tenian, quejándose todavía de aquel mal solar, diciendo: malo está de ver, que la desdicha de esta vivienda lo hace. Como ves, es lóbrega, triste y obscura, mientras aquí estuviéremos, hemos de padecer; ya deseo se acabe este mes por salir de ella.
Pues estando en esta afligida y hambrienta persecucion, un dia, no sé por cual dicha ó ventura, en el poder de mi amo entró un real, con el cual vino á casa tan ufano, como si tuviera el tesoro de Venecia, y con gesto muy alegre y risueño me lo dió diciendo; toma, Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano: vé á la plaza, y merca pan, vino y carne; quebremos el ojo al diablo. Y mas te hago saber, porque te huelgues, que he alquilado otra casa, y en esta desastrada no hemos de estar mas en cumpliendo el mes. Maldita sea ella y el que en ella puso la primera teja, que con mal en ella entré. Por nuestro Señor, cuanto ha que en ella vivo, gota de vino ni bocado de carne no he comido, ni he habido descanso ninguno, mas tal vista tiene, y tal obscuridad y tristeza. Vé y ven presto, y comamos hoy como condes. Tomo mi real y jarro, y á los pies dándoles priesa, comienzo á subir mi calle, encaminando mis pasos para la plaza muy contento y alegre. Mas ¿qué me aprovecha, si está constituido en mi triste fortuna, que ningun gozo me venga sin zozobra? Y así fue este, porque yendo la calle arriba, echando mi cuenta en lo que le emplearia que fuese mejor y mas provechosamente gastado, dando infinitas gracias á Dios que á mi amo habia hecho con dinero, á deshora me vino al encuentro un muerto, que por la calle abajo muchos clérigos, y gente en unas andas traían. Arriméme á la pared por darles lugar, y así que el cuerpo pasó, venia luego á par del féretro una que debia ser la mujer del difunto, cargada de luto y con ella otras muchas mujeres; la cual iba llorando á grandes voces, y diciendo: ¡marido y señor mio, adónde me os llevan! ¡á la casa triste y desdichada, á la casa lóbrega y obscura, á la casa donde nunca comen ni beben! Yo que aquello oí, juntóseme el cielo con la tierra, y dije: ¡ó desdichado de mi! para mi casa llevan este muerto.
Dejo el camino que llevaba, y hendí por medio de la gente, y vuelvo por la calle abajo á todo el mas correr que pude para mi casa; y entrando en ella, cierro á grande priesa, invocando el ausilio y favor de mi amo, abrazándome de él, que me venga á ayudar y á defender la entrada. El cual algo alterado, pensando que fuese otra cosa, me dijo: ¿qué es eso, mozo? ¿qué voces das? ¿qué has, porqué cierras la puerta con tal furia? O señor, dije yo, acuda aquí, que nos traen acá un muerto. ¿Cómo así, respondió él? Aquí arriba le encontré, dije yo, y venia diciendo su mujer: ¡marido y señor mio, adónde os llevan! ¡á la casa lóbrega y obscura, á la casa triste y desdichada, á la casa donde nunca comen ni beben! acá, señor, nos le traen. Y ciertamente cuando mi amo esto oyó, aunque no tenia porque estar muy risueño, rió tanto, que muy gran rato estuvo sin poder hablar. En este tiempo tenia ya yo echada el aldaba á la puerta, y puesto el hombro en ella por mas defensa. Pasó la gente con su muerto, y yo todavía me recelaba que nos le habian de meter en casa. Y luego que fue ya mas harto de reir que de comer, el bueno de mi amo díjome: verdad es, Lázaro, segun la viuda iba diciendo, tu tuviste razon de pensar lo que pensaste; mas pues Dios lo ha hecho mejor y pasan adelante, abre, abre, y ve por de comer.
Dejadlos, señor, acaben de pasar la calle, dije yo. Al fin vino mi amo á la puerta de la calle, y ábrela esforzándome; que bien era menester segun el miedo y alteracion, y me tornó á encaminar.
Mas aunque comimos bien aquel dia, maldito el gusto yo tomaba en ello, ni en aquellos tres dias torné en mi color; y mi amo muy risueño todas las veces que se acordaba de aquella mi consideracion.
De esta manera estuve con mi tercero y pobre amo, que fue este escudero, algunos dias, y en todos deseando saber la intencion de su venida y estada en esta tierra, porque desde el primer dia que con él asenté, le conocí ser extranjero por el poco conocimiento y trato que con los naturales de ella tenia. Al cabo se cumplió mi deseo y supe lo que deseaba; porque un dia que habíamos comido razonablemente y estaba algo contento, contóme su historia, y díjome ser de Castilla la Vieja, que habia dejado su tierra no mas de por no quitar el bonete á un caballero, vecino suyo. Señor, dije yo, si él era lo que decis y tenia mas que vos, no errábais en quitárselo primero, pues decis que él tambien os lo quitaba. Si es, y si tiene, y tambien me le quitaba él á mí; mas de cuantas veces yo se le quitaba primero, no fuera malo comedirse él alguna y ganarme por la mano. Paréceme, señor, le dije yo, que en eso no mirara, mayormente con mis mayores que yo, y que tienen mas. Eres muchacho, me respondió, y no sientes las cosas de la honra, en que el dia de hoy está todo el caudal de los hombres de bien. Pues hágote saber, que yo soy, como ves, un escudero; mas vótote á Dios, si al conde topo en la calle, y no me quita muy bien quitado del todo el bonete, que otra vez que venga, me sepa yo entrar en una casa, fingiendo yo en ella algun negocio, ó atravesar otra calle, si la hay antes que llegue á mi, por no quitársele: que un hidalgo no debe á otro que á Dios y al rey nada, ni es justo, siendo hombre de bien, se descuide de un punto de tener en mucho su persona. Acuérdome que un dia deshonré en mi tierra á un oficial, y quise poner en él las manos, porque cada vez que le topaba, me decia: mantenga Dios á vuestra merced. Vos, D. Villano Ruin, le dije yo, ¿porqué no sois bien criado? manténgaos Dios, me habeis de decir, como si fuese quien quiera. De allí adelante de aquí acullá me quitaba el bonete, y hablaba como debia. ¿Y no es buena manera de saludar un hombre á otro, dije yo, decirle que le mantenga Dios? Mira, mozo, dijo él, á los hombres de poca arte dicen eso, mas á los mas altos como yo, no les han de hablar menos de: beso las manos de vuestra merced: ó por lo menos, bésoos, señor las manos, si el que me habla es caballero. Y así de aquel de mi tierra que me atestaba de mantenimiento, nunca mas le quise sufrir, ni sufriria á hombre del mundo del rey abajo, que manténgaos Dios, me diga. Pecador de mi, dije yo, por eso tiene tan poco cuidado de mantenerte, pues no sufre que nadie se lo ruegue. Mayormente, dijo, que no soy tan pobre que no tenga en mi tierra un solar de casas, que á estar ellas en pie y bien labradas, diez y seis leguas de donde nací, en aquella costanilla de Valladolid, valdrian mas de doscientos mil maravedís, segun se podrian hacer grandes y buenas. Y tengo un palomar que á no estar derribado, como está, daria cada año mas de doscientos palominos; y otras cosas que me callo, que dejé por lo que tocaba á mi honra: y vine á esta ciudad, pensando que hallaria un buen asiento, mas no me ha sucedido como pensé. Canónigos y señores de la iglesia muchos hallo, mas es gente tan limitada, que no les sacará de su paso todo el mundo. Caballeros de media talla tambien me ruegan, mas servir á estos es gran trabajo, porque de hombre os habeis de convertir en malilla, y sino anda con Dios, os dicen: y las mas veces son los pagamentos á largos plazos, y las mas ciertas comido por servido. Ya cuando quieren reformar conciencia, y satisfaceros vuestros sudores, sois librado en la recámara en un sudado jubon, ó raida capa ó sayo. Ya cuando asienta hombre con un señor de título, todavía pasa su laceria; ¿pues por ventura no hay en mi habilidad para servir y contentar á estos? Por Dios si con él topase, muy gran privado suyo pienso que fuese, y que mil servicios le hiciese, porque yo sabria mentirle tan bien como otro, y agradarle á las mil maravillas; reirle mucho sus donaires y costumbres, aunque no fuesen las mejores del mundo: nunca decirle cosa que le pesase, aunque mucho le cumpliese; ser muy diligente en su persona en dicho y hecho; no matarme por no hacer bien las cosas que él no habia de ver, y ponerme á reñir, donde él lo viese, con la gente de su servicio, porque pareciese tener gran cuidado de lo que á él tocaba; si riñese con alguno su criado, dar unos puntillos agudos para encenderle la ira, y que pareciesen en favor del culpado; decirle bien de lo que bien le estuviese, y por el contrario ser malicioso mofador; hablar mal de los de casa y de los de fuera; pesquisar y procurar saber vidas ajenas, para contárselas, y otras muchas galas de esta calidad, que hoy dia se usan en palacio, y á los señores de él parecen bien, y no quieren ver en sus casas hombres virtuosos; antes los aborrecen y tienen en poco, y llaman necios, y que no son personas de negocios, ni con quien el señor se puede descuidar. Y con estos los astutos usan, como digo, el dia de hoy de lo que yo usaria; mas no quiere mi ventura que le halle.
De esta manera lamentaba tambien su adversa fortuna mi amo, dándome relacion de su persona valerosa. Pues estando en esto, entró por la puerta un hombre y una vieja; el hombre le pide el alquiler de la casa, y la vieja el de la cama. Hacen cuenta, y de dos meses le alcanzaron lo que él en un año no alcanzara: pienso que fueron doce ó trece reales. Y él les dió muy buena respuesta, que saldria á la plaza á trocar una pieza de á dos, y que á la tarde volviesen. Mas su salida fue sin vuelta; por manera que á la tarde ellos volvieron, mas fue tarde: yo les dije, que aun no era venido.
Venida la mañana, los acreedores vuelven y preguntan por el vecino; mas á estotra puerta. Las mujeres les responden: veis aquí su mozo, y la llave de la puerta. Ellos me preguntaron por él, y díjeles que no sabia adonde estaba, y que tampoco habia vuelto á casa, desde que salió á trocar la pieza, y que pensaba que de mi y de ellos se habia ido con el trueco. Luego que esto me oyeron, van por un alguacil y un escribano, y he aquí que los dos vuelven luego con ellos, y toman la llave y llámanme, y llaman testigos y abren la puerta, y entran á embargar la hacienda de mi amo hasta ser pagados de su deuda. Anduvieron toda la casa, y halláronla desembarazada como he contado, y dícenme: ¿qué es de la hacienda de tu amo? ¿sus arcas y paños de pared, y alhajas de casa? No sé yo eso, les respondí. Sin duda, dicen ellos, esta noche lo deben de haber alzado y llevado á alguna parte. Señor alguacil, prended á este mozo, que él sabe donde está. En esto vino el alguacil, y echóme mano por el collar del jubon, diciéndome; muchacho, tu eres preso, si no descubres los bienes de este amo tuyo. Yo como en otra tal no me hubiese visto, porque asido del collar, sí, habia sido muchas veces, mas era mansamente de él trabado, para que mostrase el camino al que no veía; yo tuve mucho miedo, y llorando prometíle decir lo que me preguntaban. Bien está, dicen ellos: pues dí lo que sabes y no hayas temor. Sentóse el escribano en un poyo para escribir el inventario, preguntándome que tenia. Señores, dije yo, lo que este amo mio tiene, segun él me dijo, es un muy buen solar de casas, y un palomar derribado. Bien está, dicen ellos. Por poco que eso valga, hay para reintegrarnos de la deuda: ¿Y á qué parte de la ciudad tiene eso, me preguntaron? En su tierra, les respondí. Por Dios que está bueno el negocio, dijeron ellos, ¿y á dónde es su tierra? De Castilla la Vieja me dijo que él era, les dije. Riéronse mucho el alguacil y el escribano, diciendo: bastante relacion es esta para cobrar vuestra deuda, aunque mejor fuese. Las vecinas que estaban presentes dijeron: señores, este es un niño inocente, y ha pocos dias que está con ese escudero, y no sabe de él mas que vuestras mercedes, sino cuanto el pecadorcico se llega aquí á nuestra casa, y le damos de comer lo que podemos por amor de Dios, y á la noche se va á dormir con él.
Vista mi inocencia, dejáronme dándome por libre: y el alguacil y el escribano piden al hombre y á la mujer sus derechos, sobre lo cual tuvieron gran contienda y ruido; porque ellos alegaron no ser obligados á pagar, pues no habia de qué, ni se hacia el embargo. Los otros decian, que habian dejado de ir á otro negocio que les importaba mas por venir á aquel. Finalmente despues de dadas muchas voces, al cabo carga un porqueron con el viejo alfamar de la vieja, y aunque no iba muy cargado, allá iban todos cinco dando voces: no sé en que paró. Creo yo que el pecador alfamar pagara por todos; y bien se empleaba, pues al tiempo que habia de reposar y descansar de los trabajos pasados, se andaba alquilando.
Así como he contado, me dejó mi pobre tercero amo, do acabé de conocer mi ruin dicha: pues señalándose todo lo que podia contra mi, hacia mis negocios tan al revés, que los amos que suelen ser dejados de los mozos, en mí no fuese así, mas que mi amo me dejase y huyese de mi.
Como Lázaro se asentó con un fraile de la Merced, y de lo que le acaeció con él.
Hube de buscar el cuarto, y este fue un fraile de la Merced, adonde las mujercillas que digo me encaminaron, al cual ellas llamaban pariente: gran enemigo del coro y de comer en el convento, perdido por andar fuera, amicísimo de negocios seglares y visitas; tanto que pienso que rompia él mas zapatos que todo el convento. Este me dió los primeros zapatos que rompí en mi vida, mas no me duraron ocho dias, ni yo pude con su trote durar mas. Y por esto y por otras cosillas que no digo, salí de él.
Como Lázaro se asienta con un bulero, y de las cosas que con él pasó.
En el quinto por mi ventura di, que fue un bulero, el mas desenvuelto, y desvergonzado, y el mayor echador de ellas que jamás yo vi ni ver espero, ni pienso, ni nadie vió: porque tenia y buscaba modos y maneras, y muy sutiles invenciones. En entrando en los lugares do habian de presentar la bula, primero presentaba á los clérigos ó curas algunas cosillas no de mucho valor ni substancia. Una lechuga murciana, si era por el tiempo; un par de limas ó naranjas, un melocoton, un par de duraznos, ó á cada uno sus sendas peras verdiñales. Así procuraba tenerlos propicios, porque favoreciesen su negocio y llamasen á sus feligreses á tomar la bula, ofreciéndole á él las gracias. Informábase de la suficiencia de ellos: si decian que entendian no hablaba palabra en latin, por no dar tropezon: mas aprovechábase de un gentil y bien cortado romance y desenvueltísima lengua. Y si sabia que los dichos clérigos eran de los reverendos, digo, que mas con dineros que con letras y con reverendas se ordenan, hacíase entre ellos un Santo Tomás, y hablaba dos horas en latin, á lo menos que lo parecia, aunque no lo era. Cuando por bien no le tomaban las bulas, buscaba como por mal se las tomasen, y para aquello hacia molestias al pueblo, y otras veces con mañosos artificios. Y porque todos los que veía hacer, seria largo de contar, diré uno muy sutil y donoso, con el cual probaré bien su suficiencia. En un lugar de la Sagra de Toledo habia predicado dos ó tres dias, haciendo sus acostumbradas diligencias, y no le habian tomado bula, ni á mi ver tenian intencion de tomársela; y él estaba dado al diablo con aquello. Y pensando que hacer se acordó de convidar al pueblo á otro dia de mañana para despedir la bula. Y esa noche despues de cenar pusiéronse á jugar la colacion él y el alguacil, y sobre el juego vinieron á reñir y á haber palabras. Sobre esto el señor comisario, mi señor, tomó un lanzon que en el portal do jugaban estaba. El alguacil puso mano á su espada, que en la cinta tenia. Al ruido y voces que todos dimos, acuden los huéspedes y vecinos, y métense en medio; y ellos muy enojados, procurándose desembarazar de los que en medio estaban, para matarse. Mas como la gente al gran ruido cargase, y la casa estuviese llena de ella, viendo que no podian afrentarse con las armas, decíanse palabras injuriosas, entre las cuales el alguacil dijo á mi amo, que era falsario, y las bulas que predicaba eran falsas. Finalmente los del pueblo viendo que no bastaban para ponerlos en paz, acordaron de llevar al alguacil de la posada á otra parte; y así quedó mi amo muy enojado. Y despues que los huéspedes y vecinos le hubieron rogado que perdiese el enojo y se fuese á dormir, así nos echamos todos.
La mañana venida mi amo se fue á la iglesia, y mandó tañer á misa y al sermon para despedir la bula: y el pueblo se juntó, el cual andaba murmurando de las bulas, diciendo como eran falsas, y que el mismo alguacil riñendo lo habia descubierto: de manera que tras que tenian mala gana de tomarla, con aquello del todo la aborrecieron. El señor comisario se subió al púlpito, y comienza su sermon, y á animar la gente á que no quedasen sin tanto bien é indulgencia como la santa bula traía. Estando en lo mejor del sermon entró por la parte de la iglesia el alguacil; y luego que hizo oracion, levantóse, y con voz alta y pausada cuerdamente comenzó á decir:
Buenos hombres, oidme una palabra, que despues oireis á quien quisiéreis. Yo vine aquí con este echacuervos que os predica, el cual me engañó y dijo que le favoreciese en este negocio, y que partiríamos la ganancia. Y ahora visto el daño que haria á mi conciencia y á vuestras haciendas, arrepentido de lo hecho os declaro claramente que las bulas que predica son falsas, y que no le creais ni las tomeis, y que yo _directè_ ni _indirectè_ no soy parte en ellas, y que desde ahora dejo la vara y doy con ella en el suelo: y si en algun tiempo este fuese castigado por la falsedad, que vosotros me seais testigos como yo no soy con él, ni le doy á ello ayuda, antes os desengaño y declaro su maldad, y acabó su razonamiento.
Algunos hombres honrados que allí estaban, se quisieron levantar, y echar al alguacil fuera de la iglesia por evitar escándalo, mas mi amo les fue á la mano, y mandó á todos que so pena de excomunion no le estorbasen, mas que le dejasen decir todo lo que quisiese; y así él tambien tuvo silencio, mientras el alguacil dijo todo lo que he dicho.
Como calló, mi amo le preguntó si queria decir mas, que lo dijese. El alguacil dijo: harto mas hay que decir de vos y de vuestra falsedad, mas por ahora basta.
El señor comisario se hincó de rodillas en el púlpito, y puestas las manos y mirando al cielo dijo así: Señor Dios, á quien ninguna cosa es escondida, antes todas manifiestas, y á quien nada es imposible, antes todo posible; tu sabes la verdad, y cuan injustamente yo soy afrentado. En lo que á mi toca, yo le perdono, porque tu, Señor, me perdones. No mires aquel, que no sabe lo que hace ni dice: mas la injuria á ti hecha, te suplico y por justicia te pido, no disimules, porque alguno que está aquí, que por ventura pensó tomar aquesta santa bula, dando crédito á las falsas palabras de aquel hombre, lo dejará de hacer. Y pues es con tanto perjuicio del prójimo, te suplico yo, Señor, no le desimules, mas luego muestra aquí milagro, y sea de esta manera, que si es verdad lo que aquel dice y que yo traigo maldad y falsedad, este púlpito se hunda conmigo y meta siete estados debajo de tierra, do él ni yo jamás parezcamos. Y si es verdad lo que yo digo, y aquel persuadido por el demonio (por quitar y privar á los que están presentes de tan gran bien) dice maldad, tambien sea castigado, y de todos conocida su malicia.
Apenas habia acabado su oracion el devoto señor mio, cuando el negro alguacil cae de su estado, y da tal golpe en el suelo, que la iglesia toda hizo resonar; y comenzó á bramar y echar espumarajos por la boca y torcerla, y hacer visajes con el gesto, dando de pie y de mano, revolviéndose por aquellos suelos á una parte y á otra. El estruendo y voces de la gente era tan grande, que no se oían unos á otros. Algunos estaban espantados y temerosos. Unos dicen: el Señor le socorra y valga; otros: bien se le emplea, pues levantaba tan falso testimonio.
Finalmente algunos que allí estaban, y á mi parecer no sin harto temor, se llegaron y le trabaron de los brazos, con los cuales daba fuertes puñadas á los que cerca de él estaban. Otros le tiraban por las piernas y tenian reciamente, porque no habia mula falsa en el mundo que tan recias coces tirase: y así le tuvieron un gran rato; porque mas de quince hombres estaban sobre él, y á todos daba las manos llenas, y si se descuidaban, en los hocicos.
Á todo esto el señor mi amo estaba en el púlpito de rodillas, las manos y los ojos puestos en el cielo, transportado en la divina esencia, que el planto y ruido y voces que en la iglesia habia, no eran parte para apartarle de su divina contemplacion. Aquellos buenos hombres llegaron á él, y dando voces le despertaron y le suplicaron quisiese socorrer á aquel pobre que estaba muriendo, y que no mirase á las cosas pasadas ni á sus dichos malos, pues ya de ellos tenia el pago; mas si en algo podia aprovechar para librarle del peligro y pasion que padecia, por amor de Dios lo hiciese, pues ellos veían clara la culpa del culpado y la verdad y bondad suya, pues á su peticion y venganza el Señor no alargó el castigo.