Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades

Part 22

Chapter 224,447 wordsPublic domain

En tal manera fue, y tal priesa nos dimos, que sin duda por esto se debió de decir: donde una puerta se cierra, otra se abre. Finalmente parecíamos tener á destajo la tela de Penélope, pues cuanto él tejia de dia, rompia yo la noche. Y en pocos dias y noches pusimos la pobre dispensa de tal forma, que quien quisiera propiamente de ella hablar, mas coraza vieja de otro tiempo que no arca la llamara, segun la clavazon y tachuelas que sobre sí tenia. De que vió no aprovecharle nada su remedio, dijo: esta arca está tan maltratada, y es de madera tan vieja y flaca, que no habrá raton de quien se defienda, y va ya tal que si andamos mas con ella, nos dejará sin guarda; y aun lo peor es, que aunque hace poca, todavía hará falta faltando, y me pondrá en costa de otros tres ó cuatro reales. El mejor remedio que hallo, pues el de hasta aquí no aprovecha, es armar por dentro á estos ratones malditos. Luego buscó prestada una ratonera, y con cortezas de queso que á los vecinos pedia, continuo el gato estaba armado dentro del arca: lo cual era para mi singular ausilio, porque puesto el caso que yo no habia menester muchas salsas para comer, todavía me holgaba con las cortezas de queso que de la ratonera sacaba, y sin esto no perdonaba el ratonar del bodigo. Como hallase el pan ratonado y el queso comido, y no cayese el raton que lo comia, dábase al diablo y preguntaba á los vecinos que podria ser, comer el queso y sacarlo de la ratonera, y no caer ni quedar dentro el raton, y hallar caida la trampilla del gato. Acordaron los vecinos no ser el raton el que este daño hacia, porque no podria menos de haber caido alguna vez. Díjole un vecino: en nuestra casa yo me acuerdo que solia andar una culebra, y esta debe de ser sin duda; y lleva razon, que como es larga, tiene lugar de tomar el cebo; y aunque la coja la trampilla encima, como no entre toda dentro, tórnase á salir. Cuadró á todos lo que aquel dijo, y alteró mucho á mi amo; y de allí en adelante no dormia tan á sueño suelto, que cualquier gusano de la madera que de noche sonase, pensaba ser la culebra que le roia el arca. Luego era puesto en pie, y con un garrote que á la cabecera (desde que aquello le dijeron) ponia, daba en la pecadora del arca grandes garrotazos, pensando espantar la culebra. Á los vecinos despertaba con el estruendo que hacia, y á mi no dejaba dormir. Íbase á mis pajas y trastornábalas y á mi con ellas, pensando que se iba para mi, y se envolvia en mis pajas ó en mi sayo, porque le decian que de noche acaecia á estos animales buscando calor irse á las cunas donde están criaturas, y aun morderlas y hacerlas peligrar. Yo las mas veces hacia del dormido, y en la mañana decíame él: ¿esta noche, mozo, no sentiste nada? pues tras la culebra anduve, y aun pienso se ha de ir para ti á la cama, que son muy frias y buscan calor. Plegue á Dios que no me muerda, decia yo, que harto miedo la tengo. De esta manera andaba tan elevado y levantado del sueño, que la culebra, ó el culebro por mejor decir, no osaba roer de noche ni levantarse al arca: mas de dia mientras estaba en la iglesia ó por el lugar, hacia mis saltos.

Los cuales daños viendo él, y el poco remedio que les podia poner, andaba de noche, como digo, hecho trasgo. Yo hube miedo que con aquellas diligencias no me topase con la llave que debajo de las pajas tenia, y parecióme lo mas seguro meterla de noche en la boca, porque ya desde que viví con el ciego, la tenia tan hecha bolsa, que me acaeció tener en ella doce ó quince maravedís todo en medias blancas, sin que me estorbase el comer; porque de otra manera no era señor de una blanca que el maldito ciego no cayese con ella, no dejando costura ni remedio que no me buscaba muy á menudo. Pues así como digo, metia cada noche la llave en la boca, y dormia sin recelo que el brujo de mi amo cayese con ella.

Quisieron mis hados, ó por mejor decir, mis pecados, que una noche que estaba durmiendo, la llave se me puso en la boca, que abierta debia tener, de tal manera y postura, que el aire y resoplo que ya durmiendo echaba, salia por lo hueco de la llave que de cañuto era, y silbaba (segun mi desastre quiso) muy recio: de tal manera que el sobresaltado de mi amo lo oyó, y creyó sin duda ser el silbo de la culebra; y cierto lo debia parecer. Levantóse muy paso con su garrote en la mano, y al tiento y sonido de la culebra se llegó á mi con mucha quietud, por no ser sentido de la culebra; y como cerca se vió, pensó que allí en las pajas do yo estaba echado, al calor mio se habia venido. Levantando bien el palo, pensando tenerla debajo, y darle tal garrotazo que la matase, con toda su fuerza me descarga en la cabeza tan gran golpe, que sin ningun sentido y muy mal descalabrado me dejó. Como sintió que me habia dado, segun yo debia hacer gran sentimiento con el fiero golpe; contaba él que se habia llegado á mi, y dándome grandes voces y llamándome procuró recordarme. Mas como me tocase con las manos, tentó la mucha sangre que se me iba, y conoció el daño que me habia hecho; y con mucha priesa fue á buscar lumbre; y llegando con ella, hallóme quejando, todavía con mi llave en la boca, que nunca la desamparé, la mitad fuera, bien que de aquella manera que debia estar al tiempo que silbaba con ella. Espantado el matador de culebras que podria ser aquella llave, miróla sacándomela del todo de la boca, y vió lo que era, porque en las guardas nada de la suya diferenciaba. Fue luego á probarla, y con ella probó el maleficio. Debió de decir el cruel cazador: el raton y culebra que me daban guerra y me comian mi hacienda, he hallado.

De lo que sucedió en aquellos tres dias siguientes ninguna seña daré, porque los tuve en el vientre de la ballena; mas esto que he contado, oí (despues que en mi torné) decir á mi amo, el cual á cuantos allí venian, lo contaba por extenso. Al cabo de tres dias, yo torné en mi sentido, y vime echado en mis pajas, la cabeza toda emplastada, y llena de aceites y ungüentos, y espantado dije: ¿qué es esto? Respondióme el cruel sacerdote: á fe que los ratones y culebras que me destruían, ya los he cazado. Y miré por mi, y vime tan maltratado que luego sospeché mi mal. Á esta hora entró una vieja que ensalmaba y los vecinos, y comiénzanme á quitar trapos de la cabeza y curar el garrotazo; y como me hallaron vuelto en mi sentido, holgáronse mucho, y dijeron: pues ha tornado en su acuerdo, placerá á Dios no será nada. Tornaron de nuevo á contar mis cuitas y á reirlas, y yo pecador á llorarlas. Con todo esto diéronme de comer que estaba transido de hambre, y apenas me pudieron remediar: y así de poco en poco á los quince dias me levanté y estuve sin peligro, mas no sin hambre y medio sano. Luego otro dia que fuí levantado, el señor mi amo me tomó por la mano y sacóme la puerta fuera, y puesto en la calle díjome: Lázaro, de hoy mas eres tuyo y no mio; busca amo y vete con Dios, que yo no quiero en mi compañía tan diligente servidor. No es posible sino que hayas sido mozo de ciego, y santiguándose de mi, como si yo estuviera endemoniado, se volvió á meter en casa y cerrar su puerta.

Como Lázaro se asentó con un escudero, y de lo que le acaeció con él.

De esta manera me fue forzado sacar fuerzas de flaqueza, y poco á poco con ayuda de las buenas gentes di conmigo en esta insigne ciudad de Toledo, en donde, con la merced de Dios de allí á quince dias se me cerró la herida.

Mientras estaba malo, siempre me daban alguna limosna, mas despues que estuve sano, todos me decian: tu bellaco y gallofero eres; busca, busca un amo á quien sirvas. ¿Y adónde se hallará ese, decia yo entre mi, si Dios ahora de nuevo, como crió el mundo, no le criase?

Andando así discurriendo de puerta en puerta con harto poco remedio (porque ya la caridad se subió al cielo), topé con un escudero que iba por la calle con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en órden. Miróme, y yo á él, y díjome: ¿muchacho, buscas amo? yo le dije: si señor. Pues vente tras mi, me respondió, que Dios te ha hecho merced en topar conmigo: alguna buena oracion rezaste hoy. Yo seguíle dando gracias á Dios por lo que oí, y tambien que me parecia segun su hábito y continente ser el que yo habia menester. Era de mañana cuando este mi tercero amo topé, y llevóme tras sí gran parte de la ciudad. Pasamos por las plazas do se vendian pan y otras provisiones, y yo pensaba y aun deseaba que allí me cargase de lo que se vendia, porque esta era propia hora cuando se suele proveer de lo necesario: mas muy á tendido paso pasaba por estas cosas. Por ventura no lo ve aquí á su contento, decia yo, y querrá que lo compremos en otro cabo.

De esta manera anduvimos, hasta que dieron las once: entonces se entró en la Iglesia mayor y yo tras él, y muy devotamente le vi oir misa y los otros oficios divinos, hasta que todo fue acabado; y la gente ida, entonces salimos de la iglesia, y á buen paso tendido comenzamos á ir por una calle abajo. Yo iba el mas alegre del mundo en ver que no nos habíamos ocupado en buscar de comer: bien consideré que debia ser hombre mi nuevo amo que se proveía en junto, y que ya la comida estaria á punto, y tal como deseaba y aun la habia menester. En este tiempo dió el reloj la una despues del mediodia, y llegamos á una casa ante la cual mi amo se paró y yo con él; y derribando el cabo de la capa sobre el lado izquierdo, sacó una llave de la manga y abrió su puerta. Entramos en casa, la cual tenia la entrada obscura y lóbrega, de tal manera que parecia que ponia temor á los que en ella entraban, aunque dentro de ella estaba un patio pequeño y razonables cámaras. De que fuímos entrados, quita de sobre sí su capa, y preguntando si tenia las manos limpias, la sacudimos y doblamos, y muy limpiamente soplando un poyo que allí estaba, la puso en él. Hecho esto, sentóse cabo de ella, preguntándome muy por extenso de donde era, y como habia venido á aquella ciudad: y yo le di mas larga cuenta que quisiera, porque me parecia mas conveniente hora de mandar poner la mesa y escudillar la olla, que de lo que me pedia. Esto hecho, estuvo así un poco, y yo luego vi mala señal, por ser ya casi las dos, y no verle mas aliento de comer que á un muerto. Despues de esto consideraba aquel tener cerrada la puerta con llave, ni sentir arriba ni abajo pasos de viva persona por la casa. Todo lo que habia visto eran paredes, sin ver en ella silleta ni tajo, ni banco, ni mesa, ni aun tal arca como el de marras. Finalmente ella parecia casa encantada.

Estando así díjome: ¿tú mozo has comido? No señor, dije yo, que aun no eran dadas las ocho, cuando con vuestra merced encontré.

Pues aunque de mañana, dijo él, yo habia almorzado, y cuando así como algo, hágote saber que hasta la noche me estoy así: por eso pásate como pudieres, que despues cenaremos.

Vuestra merced crea, cuando esto le oí, que estuve en poco de caer de mi estado, no tanto de hambre, como por conocer de todo en todo la fortuna serme adversa. Allí se me representaron de nuevo mis fatigas, y torné á llorar mis trabajos. Allí se me vino á la memoria la consideracion que hacia cuando me pensaba ir del clérigo, diciendo que aunque aquel era desventurado y mísero, por ventura toparia con otro peor. Finalmente allí lloré mi trabajosa vida pasada, y mi cercana muerte venidera; y con todo, disimulando lo mejor que pude, le dije: señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios. De eso me podré yo alabar entre todos mis iguales por de mejor garganta, y así fuí yo loado de ella hasta hoy dia de los amos que yo he tenido. Virtud es esa, dijo él; y por eso te querré yo mas, porque el hartarse es de los puercos, y el comer regaladamente es de los hombres de bien. Bien te he entendido, dije yo entre mi: maldita tanta medicina y bondad como aquestos mis amos que yo hallo, hallan en la hambre.

Púsome á un cabo del portal, y saqué unos pedazos de pan del seno, que me habian quedado de los de por Dios. Él, que vió esto, díjome, ven acá, mozo, ¿qué comes? Yo lleguéme á él, y mostréle el pan. Tomóme él un pedazo de tres que eran, el mejor y mas grande, y díjome por mi vida que parece este buen pan. Y como ahora, dije yo, ¡señor, es bueno! Sí á fe, dijo él: ¿adónde le hubiste? si es amasado de manos limpias. No sé yo eso, le dije, mas á mi no me pone asco el sabor de ello. Así plegue á Dios, dijo el pobre de mi amo; y llevándole á la boca, comenzó á dar en él tan fieros bocados, como yo en el otro. Sabrosísimo pan está, dijo, por Dios. Y como le sentí de que pie cojeaba, dime priesa, porque le vi en disposicion que si acababa antes que yo, se comediria á ayudarme á lo que me quedase; y con esto acabamos casi á una. Comenzó á sacudir con las manos unas pocas de migajas y bien menudas, que en los pechos se le habian quedado, y entró en una camareta que allí estaba, y sacó un jarro desbocado y no muy nuevo; y despues que hubo bebido, convidóme con él. Yo por hacer del continente, dije: señor, no bebo vino. Agua es, me respondió, bien puedes beber. Entonces tomé el jarro y bebí no mucho, porque de sed no era mi congoja.

Así estuvimos hasta la noche, hablando en cosas que me preguntaba, á las cuales yo le respondí lo mejor que supe. En este tiempo metióme en la cámara donde estaba el jarro de que bebimos, y díjome: mozo, párate allí, y verás como hacemos esta cama, para que la sepas hacer de aquí adelante. Púseme de un cabo y él del otro, é hicimos la negra cama, en la cual no habia mucho que hacer; porque ella tenia sobre unos bancos un cañizo, sobre el cual estaba tendida la ropa, que por no estar muy continuada á lavar, no parecia colchon, aunque servia de él con harta menos lana que era menester. Aquel tendimos haciendo cuenta de ablandarle, lo cual era imposible, porque de lo duro mal se puede hacer blando. El diablo del enjalma maldita la cosa tenia dentro de sí, que puesto sobre el cañizo, todas las cañas se señalaban y parecian á lo propio entrecuesto de flaquísimo puerco. Sobre aquel hambriento colchon pusimos un cobertor del mismo jaez, del cual el color yo no pude alcanzar.

Hecha la cama y la noche venida, díjome: Lázaro, ya es tarde, de aquí á la plaza hay un gran trecho: tambien en esta ciudad andan muchos ladrones, que siendo de noche capean, pasemos como podamos, y mañana viniendo el dia, Dios hará merced; porque yo por estar solo no estoy proveido, antes he comido estos dias por allí fuera; mas ahora hacerlo hemos de otra manera. Señor, de mi, dije yo, ninguna pena tenga vuestra merced, que bien sé pasar una noche y aun mas, si es menester, sin comer. Vivirás mas sano, me respondió; porque, como decíamos hoy, no hay tal cosa en el mundo para vivir mucho que comer poco. Si por esa via es, dije entre mi, nunca yo moriré, que siempre he guardado esa regla por fuerza, y aun espero en mi desdicha tenerla toda mi vida.

Acostóse en la cama, poniendo por cabezera las calzas y el jubon, y mandóme echar á sus pies; lo cual yo hice; mas maldito el sueño que yo dormí, porque las cañas y mis salidos huesos en toda la noche dejaron de risar y encenderse, que con mis trabajos, males y hambre, pienso que en mi cuerpo no habia libra de carne: y tambien como aquel dia no habia comido casi nada, rabiaba de hambre, la cual con el sueño no tenia amistad. Maldíjeme mil veces (Dios me lo perdone) y á mi ruin fortuna allí lo mas de la noche; y lo peor, no osándome revolver por no despertarle, pedia á Dios muchas veces la muerte.

La mañana venida levantámonos, y comienza á limpiar y sacudir sus calzas y jubon, sayo y capa, y yo que le servia de pelillo, y vísteseme muy á su placer despacio, echéle aguamanos. Peinóse, y púsose su espada en el talabarte, y al tiempo que la ponia, díjome, ¡ó si supieses, mozo, que pieza es esta! no hay marco de oro en el mundo por el que yo la diese: mas así ninguna de cuantas Antonio hizo, no acertó á ponerle los aceros tan prestos como esta los tiene: y sacóla de la vaina, y tentóla con los dedos, diciendo, vesla aquí, yo me obligo con ella á cercenar un copo de lana. Y yo, dije entre mí, con mis dientes, aunque no son de acero, un pan de cuatro libras.

Tornóla á meter y ciñósela, y un sartal de cuentas gruesas del talabarte, y con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él y con la cabeza gentiles meneos, echando el cabo de la capa sobre el hombro y á veces so el brazo, y poniendo la mano derecha en el costado, salió por la puerta, diciendo: Lázaro, mira por la casa en tanto que voy á oir misa, y haz la cama, y vé por la vasija de agua al rio que aquí bajo está, y cierra la puerta con llave, no nos hurten algo, y ponla aquí al quicio, porque si yo viniere en tanto, pueda entrar. Y súbese por la calle arriba con tan gentil semblante y continente, que quien no le conociera, pensara ser muy cercano pariente al Conde de Arcos, ó á lo menos camarero que le daba de vestir. ¿Á quién no engañara aquella buena disposicion y razonable capa y sayo? ¿y quién pensará que aquel gentil hombre se pasó ayer todo el dia con aquel mendrugo de pan, que su criado Lázaro trajo un dia y noche en el arca de su seno, do no se le podia pegar mucha limpieza? ¿y hoy lavándose las manos y cara, á falta de paño de manos, se hacia servir de la halda del sayo? nadie por cierto lo sospechara. ¡O señor, y cuántos de aquestos debeis vos tener por el mundo derramados, que padecen por la negra que llaman honra lo que por vos no sufririan!

Así estaba yo á la puerta, mirando y considerando estas cosas, hasta que el señor mi amo traspuso la larga y angosta calle. Tornéme á entrar en casa, y en un _credo_ la anduve toda alto y bajo sin hacer represa ni hallar en qué.

Hago la negra y dura cama, y tomo el jarro y doy conmigo en el rio, donde en una huerta vi á mi amo en gran requesta con dos rebozadas mujeres, al parecer de las que en aquel lugar no hacen falta; antes muchas tienen por estilo de irse á las mañanicas del verano á refrescar y almorzar, sin llevar qué, por aquellas frescas riberas, con confianza que no ha de faltar quien se lo dé, segun las tienen puestas en esta costumbre aquellos hidalgos de lugar. Y como digo, él estaba entre ellas hecho un Macías, diciéndoles mas dulzuras que Ovidio escribió. Pero como sintieron de él que estaba bien enternecido, no se les hizo de vergüenza pedirle de almorzar con el acostumbrado pago. Él, sintiéndose tan frio de bolsa cuanto caliente del estómago, tomóle tal calofrío que le robó la color del gesto, y comenzó á turbarse en la plática, y á poner excusas no válidas. Ellas que debian ser bien instituidas, como le sintieron la enfermedad, dejáronle para el que era. Yo que estaba comiendo ciertos tronchos de berzas, con los cuales me desayuné con mucha diligencia como mozo nuevo, sin ser visto de mi amo, torné á casa, de la cual pensé barrer alguna parte que bien era menester, mas no hallé con qué.

Púseme á pensar que haria, y parecióme esperar á mi amo hasta que el dia demediase, y si viniese y por ventura trajese algo que comiésemos; mas en vano fue mi esperanza. Desde que vi ser las dos y no venia, y la hambre me aquejaba, cierro la puerta y pongo la llave do mandó y tórnome á mi menester con baja y enferma voz; é inclinadas mis manos en los senos, puesto Dios ante mis ojos y la lengua en su nombre, comienzo á pedir pan por las puertas y casas mas grandes que me parecia. Mas como yo este oficio le hubiese mamado en leche, quiero decir que con el gran maestro el ciego le aprendí, tan suficiente discípulo salí, que aunque en este pueblo no habia caridad, ni el año fuese muy abundante, tan buena maña me di, que antes que el reloj diese las cuatro, ya yo tenia otras tantas libras de pan enfiladas en el cuerpo, y mas de otras dos en las mangas y senos. Volvíme á la posada, y al pasar por la tripería, pedí á una de aquellas mujeres, y dióme un pedazo de uña de vaca con otras pocas de tripas cocidas. Cuando llegué á casa, ya el bueno de mi amo estaba en ella, doblada su capa y puesta en el poyo, y él paseándose por el patio. Como entré, vínose para mi, y pensé que me queria reñir la tardanza; mas mejor lo hizo Dios. Preguntóme de do venia; yo le dije: señor, hasta que dieron las dos, estuve aquí; y desde que vi que vuestra merced no venia, fuíme por esa ciudad á encomendarme á las buenas gentes, y hanme dado esto que veis. Mostréle el pan y las tripas que en un cabo de la halda traía. Á lo cual él mostró buen semblante, y dijo: pues esperado te he á comer, y desde que vi que no veniste, comí, mas tu haces como hombre de bien en eso, que mas vale pedirlo por Dios que no hurtarlo, y así él me ayude como ello me parece bien, y solamente te encomiendo no sepan que vives conmigo, por lo que toca á mi honra; aunque bien creo que será secreto, segun lo poco que en este pueblo soy conocido; nunca á él yo hubiera de venir. De eso pierda, señor, cuidado, le dije yo; que maldito aquel que ninguno tiene que pedirme esa cuenta, ni yo de darla. Ahora pues, come pecador, dijo él, que si á Dios place, presto nos veremos sin necesidad, aunque te digo que despues que en esta casa entré, nunca bien me ha ido, debe de ser de mal suelo, que hay casas desdichadas y de mal pie, que á los que viven en ellas pegan la desdicha. Esta debe de ser sin duda de ellas; mas yo te prometo, acabado el mes, no quede en ella, aunque me la den por mia.

Sentéme al cabo del poyo, y porque no me tuviese por gloton, callé la merienda, y comienzo á cenar y morder en mis tripas y pan. Disimuladamente miraba al desventurado señor mio, que no partia sus ojos de mis faldas, que á aquella sazon servian de plato. Tanta lástima haya Dios de mi, como yo habia de él, porque sentí lo que sentia, y muchas veces habia por ello pasado, y pasaba cada dia. Pensaba si seria bien convidarle, mas por haberme dicho que habia comido, temíame no acetaria el convite. Finalmente yo deseaba que el pecador ayudase á su trabajo del mio y se desayunase, como el dia antes hizo; pues habia mejor aparejo, por ser mejor la vianda y menos mi hambre. Quiso Dios cumplir mi deseo, y aun pienso que el suyo, porque como comencé á comer, él se andaba paseando. Llegóse á mí, y díjome, dígote, Lázaro que tienes en comer la mejor gracia que en mi vida vi á hombre, y que nadie te lo ve hacer, que no le pongas gana, aunque no la tenga. La muy buena que tu tienes (dije yo entre mi) te hace parecer la mia hermosa. Con todo parecióme ayudarle, pues se ayudaba y me abria camino para ello, y díjele; señor, el buen aparejo hace buen artífice. Este pan está sabrosísimo, y esta uña de vaca está tan bien cocida y sazonada, que no habrá á quien no convide con su sabor. ¿Uña de vaca es? preguntó él. Si señor, le dije yo. Dígote, dijo él, que es el mejor bocado del mundo, y que no hay faisan que así me sepa. Pues pruebe, señor, dije yo, y verá que tal está. Póngole en las uñas la otra y tres ó cuatro raciones de pan de lo mas blanco. Asentóseme al lado, y comienza á comer, como aquel que lo habia ganado, royendo cada huesecillo de aquellos mejor que un galgo suyo lo hiciera.

Con almodrote, decia, es este singular manjar. Con mejor salsa lo comes tu, respondí yo paso. Por Dios, dijo él, que me ha sabido, como si no hubiera hoy comido bocado. Así me vengan los buenos años como es ello, dije yo entre mi. Pidióme el jarro del agua, y díselo como lo habia traido. Es señal, que pues no le faltaba el agua, que le habia á mi amo sobrado la comida. Bebimos, y muy contentos nos fuímos á dormir, como la noche pasada. Y por evitar prolijidad, de esta manera estuvimos ocho ó diez dias, yéndose el pecador en la mañana con aquel contento y paso contado á papar aire por las calles, teniendo en el pobre Lázaro una cabeza de lobo.

Contemplaba yo muchas veces mi desastre, que escapando de los amos ruines que habia tenido, y buscando mejoría, viniese á topar con quien no solo no me mantuviese, mas á quien yo habia de mantener.