Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades

Part 20

Chapter 204,134 wordsPublic domain

De Guescar fue D. Juan á reconocer á Galera con Luis Quijada y el comendador mayor: reconocida, hizo venir el ejército, sitióla por todas partes, y alojóse en el puesto de donde el marqués se habia levantado. El sitio de aquella villa la hace muy fuerte; porque está en una eminencia sin padrastros, y estrechándose va bajando hasta el rio, acabando en punta con la figura de una proa de galera, de que toma el nombre, dejando en lo alto la popa. Están las casas arrimadas á la montaña, y esta es su fortaleza, y la razon porque puede excusar la muralla; porque siendo casamuro, la bala que pasa las casas sale y métese en la montaña, y así viene á ser lo mismo batir aquella tierra, que batir un monte. No se habia esto experimentado con la batería del marqués, porque no tenia sino cuatro lombardas antiguas del tiempo del rey D. Fernando (como se dijo atrás) que con balas de piedra blanda, no hacian efecto ninguno. Por lo cual hizo D. Juan venir algunas piezas gruesas de bronce de Cartagena, Sabiote y Cazorla. Atrincheróse con gran cuantidad de sacas de lana; porque faltaba tierra, y sobraba lana de los lavaderos, que tenian en Guescar los ginoveses que la compran para llevar á Italia; no poniendo las sacas por costado sino de punta, por hacer mas ancha la trinchea: sucedió con todo alguna vez penetrar una bala de escopeta turquesa la saca, y matar al soldado que estaba detrás, con seguridad á su parecer. Batióse Galera con poco efecto, porque teniendo la muralla delgada, no hacian las balas ruina, sino agujeros, pasando de claro, los cuales servian despues á los enemigos de troneras. Diósele el asalto por dos partes, y fueron rebotados los nuestros con notable daño en la superior, por no se haber hecho buena batería; y en la mas baja, por la eminencia de los terrados, de donde los ofendian los moros con gran ventaja, como tambien lo hicieron en algunas salidas, que costaron mucha sangre nuestra y suya; y en una degollaron cuasi entera la compañía de catalanes que traía D. Juan Buil. Con estos sucesos pareció que no se podia ganar la plaza por batería, y comenzóse á minar secretamente; pero no se les pudo esconder á los enemigos la mina; la cual reconocieron, y la publicaban á voces de la muralla; visto esto, se ordenó que se hiciese juntamente, por consejo (segun dicen) del capitan Juan Despuche, con intento de hacer demostracion que se arremetia, moviéndose los escuadrones hasta ciertas señales que estaban puestas, para que volando la primera, se engañasen los moros, creyendo que era pasado el peligro, y saliesen á la defensa. Sucedió ni mas ni menos, y dióse fuego á la segunda; la cual hizo tanta obra, que los voló hasta la plaza de armas, sin dejar hombre vivo de cuantos estaban á la frente: subieron los nuestros con trabajo, pero sin peligro, y plantaron las banderas en lo mas alto, que fue la ocasion de desconfiarlos del todo, y de rendirse sin resistencia: degolláronlos, sin excepcion de sexo ni edad, por espacio de dos horas. Cansóse el señor D. Juan y mandó envainar la furia de los soldados, y que cesase la sangre. Murieron sobre esta fuerza veinte y cuatro capitanes, cosa no vista hasta entonces; despues dicen los de Flandes, que compraron al mismo precio las villas de Harlen y Mastrich, con que se confirma la opinion de los antiguos, que llaman á nuestra nacion pródiga de la vida, y anticipadora de la muerte.

De Galera caminó el campo á Caniles la vuelta de Serona. Pasó Luis Quijada con la vanguardia á reconocerle, y hallándole desamparado, porque la gente se subió á la montaña, se desmandaron algunos de los nuestros, y entraron sin órden á saquear la tierra; los moros los vieron, y bajaron de lo alto, dieron sobre ellos, y pusiéronles en huida, tomándolos de sobresalto ocupados en el saco. Llegó Luis Quijada á recogerlos, y amparándolos, y metiéndolos en escuadron, fue herido desde arriba de un arcabuzazo en el hombro, de que murió en pocos dias. Era hijo de Gutierre Quijada, señor de Villa García, famoso justador al modo castellano antiguo; sirvió al emperador de paje, subiendo por todos los grados de la casa de Borgoña hasta ser su mayordomo, y coronel de la infantería española, que ganó á Teruana, plaza muy nombrada en Picardía; y solo este caballero escogió, cuando dejó sus reinos, para que le sirviese y acompañase en el monasterio de Yuste, haciendo el oficio de mayordomo mayor de pequeña casa y de gran príncipe. Dejóle encargado secretamente á D. Juan de Austria su hijo natural; crióle sin decirle que lo era, hasta el tiempo en que quiso el rey su hermano que le descubriese, siendo entonces Luis Quijada caballerizo mayor del príncipe D. Cárlos, y despues del consejo de estado, y presidente de las Indias. La desgracia subió de punto por no dejar hijos. Sintió y lloró su muerte el señor D. Juan, como de persona que le habia criado, y á quien tanto debia. Detúvose en aquel alojamiento algunos dias con muchas necesidades; los moros se recogieron en Tijola y Purchena, y representáronse en este tiempo á nuestro campo tres ó cuatro veces con cuatro mil peones y cuarenta ó cincuenta caballos, extendiendo las mangas hasta tiro de escopeta de los nuestros. Ordenóse, que so pena de la vida ninguno trabase escaramuza con ellos, y así tornaron siempre sin hacer, ni recibir daño; y el campo se movió para ir sobre Tijola, y ellos se retiraron á Purchena, dejando á Tijola bien guarnecida de gente, y municionada. Sitióse á la redonda; mas la tierra es tan áspera, que hubo gran dificultad en subir la artillería donde pudiese hacer efecto: en fin se subió con grande industria, y se les quitaron las defensas con ella; habíase de batir mas de propósito el dia siguiente, pero los moros no lo esperaron, y saliéronse á las diez de aquella noche por diversas partes, habiendo hurtado el nombre al ejército (cosa muy rara), y dándole todos á las primeras postas á un mismo tiempo, rompieron por los cuerpos de guardia, y salieron á la campaña. Perdiéronse tantos en esta salida, que los menos se salvaron. Por la mañana se siguió el alcance á los desmandados hasta Purchena, que se rindió sin resistencia, porque la gente estaba ya fuera, y no habia sino mujeres, pocos hombres, y alguna ropa. Algunos de los nuestros quedaron dentro, los mas pasaron siguiendo á los enemigos hasta el rio de Macael. D. Juan pasó de Tijola á Purchena, y guarnecióla; de allí fue dejando presidios en Cantoria, Tavernas, Frejiliana y Almería, y llegó á Andarax: donde se juntaron el duque de Sesa y el comendador mayor. Venia el duque de hacer su jornada, que concurrió con la misma de Galera que se ha referido en este sumario; tornando á atar el hilo de la historia de D. Diego en el libro siguiente.

LA VIDA

DEL

LAZARILLO DE TORMES,

SUS FORTUNAS Y ADVERSIDADES.

POR

D. Diego Hurtado de Mendoza.

PRÓLOGO.

Yo por bien tengo que cosas tan señaladas y por ventura nunca oidas ni vistas vengan á noticia de muchos, y no se entierren en la sepultura del olvido; pues podria ser que alguno que las lea, halle algo que le agrade, y á los que no ahondaren tanto, los deleite. Y á este propósito dice Plinio: que no hay libro por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena; mayormente que los gustos no son todos unos, mas lo que uno no come, otro se pierde por ello; y así vemos cosas tenidas en poco de algunos, que de otros no lo son. Y por esto ninguna cosa se deberia romper ni echar á mal (si muy detestable no fuese), sino que á todos se comunicase, mayormente siendo sin perjuicio, y pudiendo sacar de ella algun fruto. Porque si así no fuese, muy pocos escribirian para uno solo, pues no se hace sin trabajo; y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados, no con dineros, mas con que lean y vean sus obras, y si hay de que, se las alaben. Y á este propósito dice Tulio: _la honra cria las artes_. ¿Quién piensa que el soldado que es primero en la escala, tiene mas aborrecido el vivir? no por cierto; mas el deseo de la alabanza le hace ponerse al peligro; y así en las artes y letras es lo mismo. Predica muy bien el presentado, y es hombre que desea mucho el provecho de las ánimas; mas pregunten á su merced, si le pesa cuando le dicen: ¡ó qué maravillosamente lo ha hecho V. R.ª! Justó muy ruinmente el Sr. D. Fulano, y dió el sayete de armas al truhan, porque le loaba de haber llevado muy buenas lanzas: ¿qué hiciera si fuera verdad? Y todo va de esta manera: que confesando yo no ser mas santo que mis vecinos, de esta nonada que en este grosero estilo escribo, no me pesará que hayan parte y se huelguen con ello todos los que en ella algun gusto hallaren, y vean que vive un hombre con tantas fortunas, peligros y adversidades. Suplico á vuestra merced reciba el pobre servicio de mano de quien le hiciera mas rico, si su poder y deseo se conformaran. Y pues vuestra merced escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso, parecióme no tomarle del medio, sino del principio, porque se tenga entera noticia de mi persona; y tambien porque consideren los que heredaron nobles estados, cuan poco se les debe, pues fortuna fue con ellos parcial; y cuanto mas hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando salieron á buen puerto.

LA VIDA

DEL

LAZARILLO DE TORMES,

SUS FORTUNAS Y ADVERSIDADES.

Cuenta Lázaro su vida y quien era su padre.

Pues sepa vuestra merced ante todas cosas, que á mi llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé Gonzalez y de Antonia Perez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del rio Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre, y fue de esta manera. Mi padre (que Dios perdone) tenia cargo de proveer una molienda de una aceña que está ribera de aquel rio, en la cual fue molinero mas de quince años: y estando mi madre una noche en la aceña preñada de mi, tomóla el parto y parióme allí, de manera que con verdad me puedo decir nacido en el rio. Pues siendo yo niño de ocho años, achacaron á mi padre ciertas sangrías mal hechas en los costales de los que allí á moler venian, por lo cual fue preso, confesó y no negó, y padeció persecucion de justicia. Espero en Dios que está en gloria, pues el evangelio los llama bienaventurados. En este tiempo se hizo cierta armada contra los moros, entre los cuales fue mi padre, que á la sazon estaba desterrado por el desastre ya dicho, con cargo de acemilero de un caballero que allá fue, y con su señor, como leal criado, feneció su vida. Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse á los buenos por ser uno de ellos, y vínose á vivir á la ciudad, y alquiló una casilla, y metíase á guisar de comer á ciertos estudiantes, y limpiaba la ropa á ciertos mozos de caballos del comendador de la Magdalena, de manera que frecuentando las caballerizas, ella y un hombre moreno de aquellos que las bestias curaban, vinieron en conocimiento. Este algunas veces se venia á nuestra casa, y se iba á la mañana. Otras veces de dia llegaba á la puerta en achaque de comprar huevos, y entrábase en la casa. Yo al principio de su entrada pesábame de ella, y hacíame miedo, viendo el color y mal gesto que tenia; mas de que vi que con su venida mejoraba el comer, fuíle queriendo bien; porque siempre traía pan, pedazos de carne, y en el invierno leña con que nos calentábamos; de manera que continuando la posada y conversacion, mi madre vínose á darme un negrito, el cual yo brincaba y ayudaba á calentar. Y acuérdome que estando el negro de mi padrastro trabajando con el mozuelo, como el niño veía á mi madre y á mi blancos, y á él no, huía de él con miedo para mi madre, y señalando con el dedo decia: madre, coco; respondiendo él riendo, hideputa. Yo, aunque muy muchacho, noté aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mi: cuantos debe haber en el mundo que huyen de otros, porque no se ven á sí mismos. Quiso nuestra fortuna que la conversacion del Zayde (que así se llamaba) llegó á oidos del mayordomo; y hecha pesquisa, hallóse que la mitad por medio de la cebada que para las bestias le daban, hurtaba; y salvados, leña, almohazas, mandiles, y las mantas y sábanas de los caballos hacia perdidas: y cuando otra cosa no tenia, las bestias desherraba; y con todo esto acudia á mi madre para criar á mi hermanico. No nos maravillamos de un clérigo ni de un fraile, porque el uno hurta de los pobres y el otro de su casa para sus devotas y para ayuda de otro tanto, cuando á un pobre esclavo el amor le animaba á esto. Y probósele cuanto digo y aun mas; porque á mi con amenazas me preguntaban, y como niño respondia y descubria cuanto sabia con miedo, hasta ciertas herraduras que por mandado de mi madre á un herrero vendí. Al triste de mi padrastro azotaron y pringaron, y á mi madre pusieron pena por justicia sobre el acostumbrado centenario, que en casa del sobredicho comendador no entrase, ni al lastimado Zayde en la suya acogiese. Por no echar la soga tras el caldero, la triste se esforzó y cumplió la sentencia; y por evitar peligro y quitarse de malas lenguas, se fue á servir á los que al presente vivian en el meson de la Solana, y allí padeciendo mil importunidades acabó de criar á mi hermanico hasta que supo andar: y á mi hasta ser buen mozuelo, que iba á los huéspedes por vino, candelas y por lo demás que me mandaban.

En este tiempo vino á posar al meson un ciego, el cual pareciéndole que yo seria para adestrarle, me pidió á mi madre, y ella me encomendó á él, diciéndole como era hijo de un buen hombre, el cual por ensalzar la fe, habia muerto en la batalla de los Gelves; y que ella confiaba en Dios que no saldria peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase por mi, pues era huérfano. Él respondió que así lo haria y que me recibia, no por mozo, sino por hijo; y así le comencé á servir y adestrar á mi nuevo y viejo amo. Como estuvimos en Salamanca algunos dias, pareciéndole á mi amo que no era la ganancia á su contento, determinó irse de allí. Y cuando nos hubimos de partir, yo fuí á ver á mi madre, y ambos llorando, me dió su bendicion y dijo: hijo, ya sé que no te veré mas; procura ser bueno, y Dios te guie. Criado te he, y con buen amo te he puesto, válete por ti. Y así me fuí para mi amo, que esperándome estaba.

Salimos de Salamanca, y llegando á la puente, está á la entrada de ella un animal de piedra que casi tiene forma de toro; y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y allí puesto dijo: Lázaro, llega el oido de este toro, y oirás gran ruido dentro de él. Yo simplemente llegué, creyendo ser así; y como sintió que tenia la cabeza á par de la piedra, afirmó recio la mano y dióme una gran calabazada en el diablo del toro, que mas de tres dias me duró el dolor de la cornada; y díjome: necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber mas que el diablo, y rió mucho de la burla.

Parecióme que en aquel instante disperté de la simpleza en que, como niño, dormido estaba, y dije entre mi: verdad dice este, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar como me sepa valer. Comenzamos nuestro camino, y en muy pocos dias me mostró jerigonza. Y como me viese de buen ingenio, holgábase mucho y decia: yo oro ni plata no te lo puedo dar, mas avisos para vivir, muchos te mostraré. Y fue así, que despues de Dios este me dió la vida, y siendo ciego, me alumbró y adestró en la carrera de vivir. Huelgo de contar á vuestra merced estas niñerías, para mostrar, cuanta virtud sea saber los hombres subir siendo bajos; y dejarse bajar, siendo altos, cuanto vicio.

Pues tornando al bueno de mi ciego y contando sus cosas, vuestra merced sepa que desde que Dios crió el mundo, ninguno formó mas astuto ni sagaz. En su oficio era un águila. Ciento y tantas oraciones sabia de coro, un tono bajo, reposado y muy sonable, que hacia resonar la iglesia donde rezaba; un rostro humilde y devoto, que con muy buen continente ponia cuando rezaba, sin hacer gestos ni visajes con boca ni ojos, como otros suelen hacer. Allende de esto tenia otras mil formas y maneras para sacar el dinero. Decia saber oraciones para muchos y diversos efectos; para mujeres que no parian; para las que estaban de parto; para las que eran mal casadas, que sus maridos las quisiesen bien. Echaba pronósticos á las preñadas, si traían hijo ó hija; pues en caso de medicina decia que Galeno no supo la mitad que él; para muelas, desmayos, males de comadre. Finalmente nadie le decia padecer alguna pasion, que luego no le decia: haced esto, hareis estotro, coced tal yerba, tomad tal raiz. Con esto andábase todo el mundo tras él, especialmente mujeres, que, cuanto les decia, creían. De estas sacaba él grandes provechos con las artes que digo, y ganaba mas en un mes que cien ciegos en un año. Mas tambien quiero que sepa vuestra merced, que con todo lo que adquiria y tenia, jamás tan avariento ni mezquino hombre no vi; tanto que me mataba á mi de hambre, y así no me remediaba de lo necesario. Digo verdad: si con mi sutileza y buenas mañas no me supiera remediar, muchas veces me finara de hambre. Mas con todo su saber y aviso le contraminaba de tal suerte, que siempre ó las mas veces me cabia lo mas y mejor. Para esto le hacia burlas endiabladas, de las cuales contaré algunas, aunque no todas á mi favor. Él traía el pan y todas las otras cosas en un fardel de lienzo, que por la boca se cerraba con una argolla de hierro y su candado y llave; y el meter de las cosas y sacarlas, era con tanta vigilancia y tan por contadero, que no bastara todo el mundo á hacerle menos una migaja. Mas yo tomaba aquella laceria que el me daba, la cual en menos de dos bocados era despachada: y despues que cerraba el candado y se descuidaba, pensando que yo estaba entendiendo en otras cosas; por un poco de costura que muchas veces de un lado del fardel descosia y tornaba á coser, sangraba el avariento fardel, sacando no por tasa pan, mas buenos pedazos, torreznos y longanizas. Y así buscaba conveniente tiempo para rehacer, no la chaza, sino la endiablada falta que el mal ciego me faltaba. Todo lo que podia sisar y hurtar, traía en medias blancas; y cuando le mandaban rezar y le daban blancas, como él carecia de vista, no habia el que se la daba amagado con ella, cuando yo la tenia lanzada en la boca y la media aparejada, que por presto que él echaba la mano, ya iba de mi cambio aniquilada en la mitad del justo precio. Quejábaseme el mal ciego, porque al tiento luego conocia y sentia, que no era blanca entera, y decia: ¿qué diablo es esto, que despues que conmigo estais, no me dan sino medias blancas, y de antes una blanca y un maravedí hartas veces me pagaban? en ti debe de estar esta desdicha.

Tambien él abreviaba el rezar y la mitad de la oracion no acababa, porque me tenia mandado, que en yéndose el que le mandaba rezar, le tirase por el cabo del capuz. Yo así lo hacia, y luego él tornaba á dar voces, diciendo mandan rezar tal y tal oracion, como suelen decir.

Usaba poner cabe sí un jarrillo de vino cuando comíamos; yo muy de presto le asia y daba un par de besos callados, y tornábale á su lugar; mas duróme poco, que en los tragos conocia la falta: y por reservar su vino á salvo, nunca despues desamparaba el jarro; antes le tenia por el asa asido. Mas no habia piedra iman, que así trajese a sí como yo con una paja de centeno que para aquel menester tenia hecha; la cual metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino, le dejaba á buenas noches. Mas como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió; y dende en adelante mudó de propósito, y asentaba su jarro entre las piernas y tapábale con la mano, y así bebia seguro. Yo como estaba hecho al vino, moria por él; y viendo que aquel remedio de la paja no me aprovechaba ni valia, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sutil, y delicadamente con una muy delgada tortilla de cera taparle.

Al tiempo de comer, fingiendo haber frio, entrábame entre las piernas del triste ciego á calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos; y al calor de ella, luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla á destilarme en la boca, la cual yo de tal manera ponia, que maldita la gota que se perdia. Cuando el pobrete iba á beber, no hallaba nada: espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo que podia ser. No direis tio, que os lo bebo yo, decia, pues no le quitais de la mano. Tantas vueltas y tientos dió al jarro, que se halló la fuente y cayó en la burla; mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido; y luego otro dia, teniendo yo rezumando mi jarro como solia, no pensando el daño que me estaba aparejado, ni que el mal ciego me sentia, sentéme como solia, estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hácia el cielo, un poco cerrados los ojos, por mejor gustar el sabroso licor. Sintió el desesperado ciego que ahora tenia tiempo de tomar de mí venganza, y con toda su fuerza alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder; de manera que el pobre Lázaro, que á nada de esto se aguardaba, antes si, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente le pareció, que el cielo con todo lo que en él hay, le habia caido encima. Fue tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande, que los pedazos de él se me metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales hasta hoy dia me quedé. Desde aquella hora quise mal al mal ciego: y aunque me queria y regalaba y me curaba, bien vi que se habia holgado del cruel castigo. Lavóme con vino las roturas que con los pedazos del jarro me habia hecho, y sonriéndose decia: que te parece, Lázaro, lo que te enfermó, te sana y da salud, y otros donaires que á mi gusto no lo eran. Ya que estuve medio bueno de mi negra trepa y cardenales, considerando que á pocos golpes tales el cruel ciego ahorraria de mi, quise yo ahorrar de él: mas no lo hice tan presto, por hacerlo mas á mi salvo y provecho.

Aunque yo quisiera asentar mi corazon y perdonarle el jarrazo, no daba lugar el mal tratamiento que el mal ciego desde allí adelante me hacia; que sin causa ni razon me heria, dándome coscorrones y repelándome. Y si alguno le decia, por qué me trataba tan mal, luego contaba el cuento del jarro, diciendo: ¿pensais que este mi mozo es algun inocente? pues oid si el demonio ensayara otra tal hazaña. Santiguándose los que le oían, decian: mira, quien pensara de un muchacho tan pequeño tal ruindad, y se reían mucho del artificio, y decíanle: castigadle, castigadle, que de Dios lo habreis. Y él con aquello nunca otra cosa hacia: y en esto yo siempre le llevaba por los peores caminos, y adrede por hacerle mal y daño. Si habia piedras, por ellas; si lodo, por lo mas alto: que aunque yo no iba por lo mas enjuto, holgábame de quebrarme un ojo, por quebrar dos al que ninguno tenia. Con esto siempre con el cabo alto del tiento me atentaba el colodrillo, el cual siempre traía lleno de tolondrones y pelado de sus manos. Y aunque yo juraba no hacerlo con malicia, sino por no hallar mejor camino, no me aprovechaba, ni me creía; mas tal era el sentido y el grandísimo entendimiento del traidor.