Part 2
Por su medio logró la Europa muchas obras que aun no habia visto, y quizás no veria, de los mas célebres autores griegos, sagrados y profanos, como son san Basilio, san Gregorio Nacianceno, san Cirilo Alejandrino, todo Arquimedes, Heron, Apiano, y otros[10]. De su biblioteca se publicaron las obras completas de Josefo; pero lo que principalmente la ha hecho memorable fue el regalo que le hizo el gran turco Soliman, por haberle enviado un cautivo, que amaba con extremo, libre y sin rescate, aunque Don Diego lo compró á gran precio de los que le habian hecho prisionero. El gran señor queria manifestar su agradecimiento con dones correspondientes á su grandeza, pero D. Diego admitió solo una recompensa propia de la nobleza de su nacimiento, y del desinterés de un ministro público. La señoría de Venecia se hallaba con extrema escasez de granos, y por sacarla de tan estrecho ahogo, pidió á Soliman permitiese á los vasallos de Venecia comprar libremente trigo en los estados turcos, y conducirlo á los de la república. Logró esta súplica, y otra segunda, que fue la remision de muchos manuscritos griegos, que preferia á los mas ricos tesoros. Varian mucho los autores sobre el número de ellos: Andrés Escoto no duda asegurar, que recibió una nave cargada de manuscritos: Claudio Clemente copia las mismas palabras en la historia de la biblioteca del Escurial: Ambrosio de Morales y D. Nicolás Antonio aseguran que fueron seis arcas llenas: últimamente D. Juan de Iriarte en la Biblioteca de los manuscritos griegos de la librería real de esta corte, obra recomendable por su mérito y por las muchas noticias que da de varios escritos apreciables de célebres autores aun no publicados, rebaja extraordinariamente el número de volúmenes; y persuadido del catálogo de los manuscritos griegos de D. Diego que copió de un códice propio de la librería del duque de Alba, asegura que no fueron mas que treinta y un volúmenes; cuyo catálogo inserta en dicha biblioteca.
[10] _Morales_, Antigüedades de España en la _Dedicat. Alphon. Ciacon_, Bibliot. _verb._ Diegus: _Nicol. Ant._, Bibliot.
Esta es la noticia que nos queda de tan celebrado don, y no es difícil resolver cual de las relaciones sea la verdadera; pues aunque de una parte es inmenso el número que dan á entender Andrés Escoto y Claudio Clemente, por otra es muy diminuto el que asigna el mencionado catálogo; ni sabemos quien le formó, ni si copió todos los que vinieron de Constantinopla: pudo tal vez elegir los mas selectos, ó aquellos de quien tuvo noticia, sino es que creamos lo hizo cuando ya estaba deshecha la librería de D. Diego, y solo numeró los códices que restaban. Parece pues mas verosímil y cierta la relacion de Don Nicolás Antonio; y así creemos que ni fue tanta la copia que pondera Escoto, ni tan pequeña como expresa el catálogo, que á la verdad ni corresponde al eco que corrió y corre en toda la Europa del mencionado regalo; ni á la grandeza de Soliman, que no sabemos fuese avaro de estas riquezas que poseia en tanta abundancia y que tan poco le servian. Sobre todo deja fuera de duda la verdad de la relacion de Morales, el haberla hecho este en una dedicatoria dirigida al mismo D. Diego, á quien conocia, y á quien trataba; á quien consultaba, y á quien habria oido muchas veces la verdadera narracion.
De la diligencia de D. Diego en adquirir los manuscritos se convence la extravagante y atrevida maledicencia de Schochio, que fingió que para juntar la biblioteca que meditaba, hurtó los manuscritos griegos que dejó el cardenal Besarion á la república de Venecia, con tal sutileza, dice, que no se puede pensar mayor. Asegura que ya se habia venido á España cuando se advirtió que en lugar de aquellos habia puesto otros libros vulgares de igual volúmen, para que de ese modo no se descubriese tan facilmente el hurto. ¿Pero de quién habla este beocio? ¿Juzga acaso este tardo aleman que D. Diego de Mendoza era algun Glareano, algun Sciopio, ú otro oscuro gramático? Hay mucha diferencia entre los sabios: el nacimiento y la crianza dan ideas muy diferentes: el empleo y las riquezas de D. Diego le facilitaban la ejecucion de sus designios. ¿Qué particular hizo mayores gastos? ¿Quién tuvo valor para enviar á sus expensas á buscar manuscritos en los mas retirados senos de la Grecia? ¿Ni quién logró circunstancias mas oportunas? Además de esto se mantuvo muchos años en Venecia, incierto si permaneceria ó no en aquella ciudad; ¿pues cómo podria cometer tal desacierto sin exponerse á que lo descubrieran antes de retirarse? ¿Y qué pruebas expone Schochio? ¿qué autores cita para apoyar proposicion tan atrevida? Quede pues por cierto que afirma lo que él seria capaz de cometer, y que creyó era algun Schochio el embajador de Cárlos V.
Era su casa la mansion de las personas eruditas, trataba á los sabios de Italia con la estimacion de hombre que lo era. En el senado era un Demóstenes, y un Sócrates en casa. En aquel admiraban el torrente de su elocuencia los senadores; y en esta embelesaba con su erudicion, con sus noticias y discursos filosóficos, á los cardenales, obispos, nobles y literatos que con gran frecuencia le visitaban.
Buen testigo es Paulo Manucio, celebérrimo humanista, que en aquel tiempo le dedicó las obras filosóficas de Ciceron, corregidas con sumo esmero; si bien dice, que ya D. Diego con su continua lectura y perspicacia habria hecho las mismas ó mas enmiendas. De aquella dedicatoria sabemos que se aplicaba principalmente á la filosofía; que tuvo una hermana sabia, muy instruida en la lengua latina, é igualmente valerosa, y que el dictámen de D. Diego en órden á la enseñanza de la juventud, era que gastasen el largo tiempo que dedican á la lengua latina, en aprender las ciencias en la lengua materna, como lo persuadió antes el cardenal Alcolti, que posaba en casa D. Diego. Favoreció á muchos griegos que llegaban huyendo de la penosa esclavitud del turco. Lázaro Bonamico le dirigió por este tiempo, ó poco despues una carta latina en verso heróico, en que describiendo el método de vida y estudios que él disfrutaba, le persuade se entregue á su genio, esto es, al estudio y consideracion de la naturaleza; realza su aplicacion á la filosofía, su vigilancia en procurar los intereses del César, y resistir al turco, enemigo comun, pondera su elocuencia, la estimacion que de su persona hacian los senadores, el socorro de trigo que por su causa evitó una horrible hambre en los estados venecianos, su generosidad en enviar á la Grecia personas que trajesen antiguos monumentos; y últimamente lo acepto que era á Cárlos V, y como se aprovechaba del valimiento, para que perdonase á unos, y favoreciese á otros.
En estas ocupaciones pasaba, cuando le nombró el César gobernador de la república de Sena, sin que dejase, á lo que parece, la embajada de Venecia. Es Sena una ciudad de Toscana á cinco leguas de Florencia, rica, populosa, amiga de su libertad, que conservó por muchos siglos como república independiente; la discordia al fin dividió sus habitantes, que por último recurso acudieron al emperador, á quien pidieron patrocinio para poner freno á algunos ciudadanos turbulentos. Condescendió Cárlos V y envió á D. Diego de Mendoza, que informado de todas las disensiones, del orígen de ellas, y de los intereses particulares que movian á los seneses, procuró vencer por buenos términos todos los inconvenientes, y mantener los ciudadanos en tranquilidad[11]. Sin duda manifiesta el afecto que tenia á aquella república en una representacion vehemente que hizo al emperador cuando pasó por la Italia el año de 1543, para asegurar aquellas costas del desembarco é invasion que amenazaba el turco, movido por Francisco I rey de Francia.
[11] _Sandoval_, Hist. de Cárlos V, _tom._ II, _lib._ XXXI, § 29.
Hallábase el César exhausto de dinero; tomó del rey de Portugal cuantiosas sumas, vendió á Cosme de Medicis, duque de Florencia, las fortalezas de Florencia y Liorna en ciento y cincuenta mil ducados, y estuvo en Bugeto con el pontífice, que vino á verle con el pretexto de ponerle en paz con el rey de Francia, y de adelantar el concilio tridentino; pero principalmente con el designio de comprar los estados de Milan y Sena para su nieto Octavio de Farnese. La escasez de dinero con que se hallaba el emperador le hacian, aunque con alguna repugnancia, dar oidos á estas cosas, y sin duda se hubiera efectuado la venta, á no haberle hecho D. Diego de Mendoza una representacion[12], en que exponia al emperador el deshonor que le resultaba de efectuar esta contrata, como lo mal que habia hecho en lo antecedente de las fortalezas de Florencia y Liorna: extendíase despues sobre la conducta del pontífice, sobre los trabajos que habia ocasionado al emperador, y como movió al rey de Francia, y consiguientemente al turco. Esta representacion tuvo el efecto que deseaba el autor de ella: desistió el emperador, pasó á Alemania dejando á D. Diego las instrucciones que debian dirigirle en la asistencia al concilio tridentino, que á grandes distancias de la cristiandad, y principalmente del emperador, habia convocado el papa Paulo III en bula de 22 de mayo de 1542. Despues de muchas dilaciones, inconvenientes y dudas sobre el lugar en que debia celebrarse, se habia elegido á Trento, ciudad que parte los términos de Italia y Alemania, y sujeta á Cristóbal Madrucci, obispo de ella, y poco despues cardenal.
[12] _La trae Sandoval en la_ Hist. de Cárlos V, _tom._ II, _lib._ XXV, § 30.
Ya el emperador habia expedido sus poderes desde Barcelona en 18 de octubre de 1542, nombrando sus embajadores al gran canciller Granvela, su hijo el obispo de Arras, y D. Diego de Mendoza, quienes llegaron á Trento en 8 de enero de 1543; pues aunque el marqués de Aguilar embajador en Roma estaba tambien nombrado, no se apartó de aquella capital[13]. Daba el emperador á todos cuatro en comun, y á cada uno en particular, poder y autoridad, para que representasen su persona, defendiesen y promoviesen sus derechos, y mantuviesen sus prerogativas, tanto como emperador, cuanto como rey de España, y señor de sus restantes dominios. Visitaron los embajadores á los legados, que eran los cardenales Moron, Paris y Polo, y extrañando la poca concurrencia de padres, preguntaron si las demás naciones habian prometido su asistencia al concilio, y en que términos debian ejercer la autoridad de embajadores en aquel congreso; evacuadas ambas preguntas, quiso el gran canciller exponer en la iglesia mayor con toda solemnidad los poderes que traía del emperador, y manifestar los motivos de no asistir personalmente. Resistiéronse los legados, hubo amargas quejas; pero en fin se convino en que fuesen recibidos al siguiente dia públicamente en casa del legado Paris, el mas antiguo de los tres cardenales. El obispo de Arras expuso en una larga oracion, y ante gran concurso de gentes, los deseos y diligencias del emperador porque se celebrase el concilio: exhibieron sus poderes, é instaron en que se acelerase la venida de los prelados y teólogos italianos, y se estimulase á los franceses, pues ellos estaban prontos á permanecer allí, ó pasar á solicitar los obispos de Alemania. En efecto, Granvela por dar mayor calor á la celebracion del concilio, pues veía los pocos prelados que habian concurrido, daba á entender seria mas conveniente un concilio nacional en Alemania; proposicion que alteraba en extremo á los legados y á la corte romana. Al fin padre é hijo pasaron á la junta de Norimberg, y D. Diego quedó algunos meses en Trento. En este tiempo hizo la representacion mencionada sobre la venta de Milan, y viendo que los obispos de España no concurrian tan presto, y que muchos de los que vinieron á Trento se habian retirado, se volvió á su embajada de Venecia con grande sentimiento de los legados y del papa, que se quejó al emperador, pero al fin se aprobó su conducta, y expidió una bula, en que exponiendo las discordias sobrevenidas entre el rey Francisco y Cárlos V, y juntamente el terror que infundia en toda la Italia el turco con sus armas, retardaba el concilio á tiempo mas oportuno[14].
[13] _Palavic._, Hist. Conc. Trident. _lib._ V, _cap._ IV.
[14] _Palavic._, _lib._ V, _cap._ IV, _n. 16_.
En 24 de agosto del año 1534 dirigió un diploma á Cárlos V exhortándole á la paz, que efectuada con Francia proporcionó la nueva indiccion del concilio para 15 de mayo de 1545, aunque se prorogó el principio de él hasta 13 de diciembre. Por marzo volvió D. Diego de Venecia á Trento; y ajustadas las ceremonias con que se le habia de tratar, pretendió exponer en la iglesia mayor, lugar destinado á las sesiones del concilio, las cartas que le autorizaban, pero se convino en presentarlas en casa de los legados cardenales del Monte y Santa Cruz, donde manifestó sus poderes, y juntamente expuso en una oracion latina las intenciones del César, y el sincero ánimo en que se hallaba de concurrir por su parte á dar cumplimiento á los deseos de toda la cristiandad[15]. Halláronse presentes el cardenal Madrucci, en cuya casa habitaban los legados y los obispos que hasta entonces habian concurrido, que fueron Tomás Copeggi de Feltre, Tomás de San Félix de la Cava, y Fr. Cornelio Muso, franciscano, obispo de Bitonto, y el mas elocuente predicador de su tiempo. Á 8 de abril llegaron los embajadores del rey de romanos; celebróse una solemne congregacion para recibirlos; y en ella pretendió D. Diego preceder al cardenal Madrucci, y sentarse despues de los legados, alegando que pues representaba al emperador, debia tener asiento en el mismo lugar que ocuparia S. M. Cesárea. Urgia el tiempo, y por no ser molesto, ni inutilizar aquella junta, convino en colocarse de modo, que ni cedia ni tomaba precedencia alguna.
[15] _Palavic._, _lib._ V, _cap._ VIII, _n. 9_.
Volvió en otra ocasion á instar sobre lo mismo, diciendo que si se hallasen juntos el padre santo y el emperador, ninguno podia pretender ponerse en medio, y que lo mismo debian observar las personas que los representaban; añadiendo que obraba con el parecer y consejo de hombres doctos. Respondieron los legados en términos generales se hallaban dispuestos á dar á cada uno su debido lugar; pero que por sí mismos no tomaban resolucion sobre sus pretensiones; y que era necesario aguardar la respuesta de Roma sobre ellas. Convino gustoso el embajador, porque como sabia la grande autoridad que los emperadores habian tenido siempre en los concilios, esperaba se hallasen en los archivos romanos documentos incontestables que autorizasen su preeminencia: añadió estaba pronto á ceder fuera del concilio á cualquier sacerdote, pero en él, nadie despues del papa tenia mayor autoridad y preeminencia que su príncipe[16].
[16] _Palavic._, _lib._ V, _cap._ VII, _n. 9_; _Liter. Legat., 12 et 16; Martii_.
Los legados deseaban principiar el concilio; pero el corto número de obispos que hasta entonces habian llegado, y otros motivos que tenia el emperador, obligaban á D. Diego á detenerlo con sus justos y fundados reparos.
Ocupábase entre tanto en sus estudios; buscaba el trato de las personas sabias, y ofreciéndose celebrar el nacimiento del infante de España el príncipe D. Cárlos, acaecido en 8 de julio de 1545, dispuso tres solemnes fiestas, en que oraron el obispo de San Marcos, napolitano, sabio en latin y griego, Fr. Domingo Soto, y el elocuente fray Cornelio Muso.
Los cuidados, la aplicacion, ó la mudanza de aires alteraron su salud, y comenzó á padecer unas cuartanas, que le obligaron á retirarse á Venecia, y le molestaron muchos meses; pero no por esto dejó de cuidar de Sena, de su embajada de Venecia, y de lo del concilio, donde pasaba algunas veces. Al fin celebrado el congreso de Worms, le ordenó el emperador asistiese en Trento, porque no se dijese quedaba por sus ministros dar principio al concilio. En 13 de diciembre de 1545 se hizo la abertura tan deseada, con la mayor solemnidad, y se celebró la primera sesion, y en 7 de enero de 1546 la segunda, á las que no pudiendo asistir D. Diego por hallarse enfermo en Venecia, envió su secretario Alonso Zorrilla, para que hiciese presente su indisposicion[17]. La sesion tercera se tuvo en 4 de febrero del mismo año, y despues de la cuarta llegó á Trento D. Francisco de Toledo, embajador de Cárlos V, porque reconociendo D. Diego la terquedad de su indisposicion, y cuan necesaria era la asistencia de los embajadores imperiales, habia suplicado al César enviase otro en su lugar, como se le concedió, con la circunstancia de que el compañero ejerciese por sí solo las funciones de la embajada, ó en compañía de D. Diego, si la salud de este lo permitiese. D. Francisco pasó despues de cuatro dias á Padua á visitar á su compañero, para que le enterase á fondo de las instrucciones del emperador, de las de los legados, y del método que era menester seguir en un congreso tan sagrado y de tan delicadas circunstancias[18].
[17] _Palavic._, _lib._ V, _cap._ XVII, _n. 7_.
[18] _Palavic._, _lib._ VI, _cap._ XIII, _n. 1_.
Aun sin estar libre de sus cuartanas, que fueron tan perniciosas que se llegó á temer de su vida, pasó de Padua á Trento á instancias de D. Francisco de Toledo, que volvió á visitarle, y del doctor Paez de Castro, que vino en su compañía; y juzgaron los padres tan necesaria su asistencia á la congregacion general que precedió á la sesion quinta, que la difirieron un dia, porque en el que se habia de celebrar, era el mismo en que sobrevendria la fiebre á D. Diego. Queriendo los legados proceder á la decision de los dogmas, D. Diego aconsejó á Don Martin Perez de Ayala (que habia llegado á Trento en el mes de setiembre de 1546, y le habia aposentado despues de muchos ruegos en su propia casa, tanto por el aprecio que hacia de sus virtudes y literatura, como porque habia sido confesor de su hermano el obispo de Jaen, ya muerto desde el año de 43), que como tan instruido en la materia _de justificatione_, que á la sazon querian decidir, manifestase el modo de pensar de los herejes, y notase las decisiones que pretendian hacer los legados por diminutas, y que no comprendian todos los errores de los protestantes. D. Martin Perez de Ayala pidió audiencia, peroró en ella una hora, expuso la materia, y de tal modo pintó sus consecuencias, que se examinó la doctrina mas de otros cuatro meses[19]. Aunque D. Diego rara vez concurria á las congregaciones particulares á causa de su indisposicion, quiso no obstante asistir á aquella en que fueron recibidos los embajadores de Francia, por dar mas solemnidad al acto, y manifestarles su buen ánimo, y la armonía que deseaba entablar, y mantener con ellos[20].
[19] Vida de D. Martin Perez de Ayala, _arzobispo de Valencia, escrita por el mismo_. _MS._
[20] _Palavic._, _lib._ VIII, _cap._ V, _n. 4_.
Por estos dias se publicó impresa en Venecia la Suma de los Concilios de fray Bartolomé Carranza, dominicano, famoso por su valimiento y su caida, dedicada á D. Diego, que respondió al autor en una carta latina aunque breve, elocuente y nerviosa. Juan Paez de Castro, célebre doctor cronista y capellan de honor de Felipe II, habia pasado á aquella ciudad recomendado á D. Diego por Gerónimo de Zurita, exacto historiador de Aragon, y por Gonzalo Perez, secretario de Felipe II, conocido por la traduccion de la Odisea, y mucho mas por los excesos de su hijo Antonio Perez. Procuró D. Diego adelantarle, comunicóle sus libros, quiso llevarle á vivir consigo, animóle á estudiar con teson, y á trabajar principalmente en la inteligencia y restitucion de los autores antiguos. Consta por las cartas de aquel sabio escritas á Gerónimo de Zurita, que habia leido la traduccion al castellano de la mecánica de Aristóteles hecha por D. Diego, quien tambien le habia hecho glosas: «Es tan bueno y tan humano, dice hablando de D. Diego, que puede V. decir: _Nil oriturum alias, nil ortum tale fatentes_. Su erudicion es muy varia, y extraña; es gran aristotélico y matemático; latino y griego, que no hay quien se le pare; al fin es un hombre muy absoluto. Los libros que aquí ha traido son muchos, y son en tres maneras: unos de mano griegos en gran copia; otros impresos en todas facultades; otros de los luteranos: todos estos están públicos para quien los pide, si no son los luteranos, que no se dan sino á los hombres que tienen necesidad de los ver para el concilio. Ha sido tan gran cosa esta, y tan grandemente dispuesta, que allende de grandes costas que ha excusado, ha dado gran luz á todos, que ni supieran que libros eran necesarios, ni de donde se habian de traer; á lo menos yo no sabia que hacerme en este lugar. Tienen todos creido que medrará mucho concluido este concilio, y que S. M. le hará obispo, y su santidad cardenal: plega á Dios que sea así, y en él estará todo bien empleado[21].» Así se explica aquel sabio aragonés, testigo ocular de las ocupaciones de D. Diego; y lo mismo aseguran cuantos eruditos le trataron. Eran por cierto necesarios testimonios tan irrefragables para creer que un político entregado á conocer, y manejar los intereses y ánimos de los soberanos, encargado de negocios gravísimos, atento á tantas formalidades como la vanidad ha introducido en aquella carrera, tuviese el tiempo, la aficion, y la abstraccion que se requiere para estudios tan profundos. El mismo D. Diego dice en una carta que en su vejez escribió á Zurita: «Estoy maravillado de los muchos libros que hallo leidos habiendo aprendido tan poco de ellos[22].» Anotaba lo que leía, y como los viajes le imposibilitaban llevar consigo su librería, le acaeció ilustrar tres y cuatro diferentes ejemplares manuscritos, ó impresos de un mismo autor. Agregaba la curiosidad de las monedas antiguas, de que habia hecho un gran tesoro. Ocurria á tantos gastos la liberalidad de Cárlos V, que por este tiempo le libró 9,000 ducados de ciertas cuentas, y le añadió una pension de 1,500 con el fin, segun parece, de destinarle embajador á Roma.
[21] _Dormer_, Progresos de la Hist. del reino de Aragon, _lib._ IV, _cap._ XI; Cartas de D. Juan Paez de Castro, _fol._ 465.
[22] _Ibid._, Carta de D. Diego de Mendoza, _escrita á Zurita_, _fol._ 593.
Á este tiempo declaró el emperador la guerra á los protestantes: toda Alemania se conmovió, algunos padres del concilio meditaban ausentarse, y aun los legados juzgaban oportuna la traslacion ó interrupcion del concilio, asustados del riesgo en que creían hallarse, por estar tan inmediato Trento á los paises enemigos. D. Diego sintió en extremo esta resolucion de algunos; hizo presente, que habiendo emprendido el emperador aquella guerra á favor de la religion, y principalmente á favor del concilio, le seria muy dolorosa la retardacion de este, y que no era buena correspondencia que el César emprendiese guerra de tanta consecuencia por mantener el concilio, y se disolviese este por causa de la misma guerra[23]. Pasó poco despues á Venecia, y antes se despidió de los padres dia 17 de julio por la tarde, en que se celebró junta con el motivo de la alteracion que habia ocurrido por la mañana, entre Dionisio Sanetin, obispo de Chiron, y el obispo de la Cava[24].
[23] _Palavic._, _lib._ VIII, _cap._ V, _n. 5_.
[24] _Ibid._, _cap._ VI, _n. 1 et 2_.
En Venecia se quejó amargamente á aquella señoría de las desconfianzas que habian tenido del emperador, y de que en fuerza de ellas hubiesen sospechado que Cárlos V intentaba sujetar toda la Alemania con pretexto de religion; por cuya causa habia procurado la señoría disuadir al pontífice la confederacion con el César, y habia recibido embajadores de las potencias enemigas. La respuesta fue excusar la señoría lo que se decia haber efectuado, y aparentar grande adhesion á los intereses del emperador.