Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades

Part 19

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Hallóse el duque tan adelante, que vistas las celadas descubiertas, y los moros puestos en órden de cargar á la gente que subia, y que era imposible retirallos todos, quiso aprovecharse de la desórden; y con la gente que traía consigo y la que habia recogido, todo á un tiempo acometió á los enemigos, y pegóse con el fuerte de manera, que fue de los primeros al entrar. Mas los moros, que no osaron esperar el ímpetu de los nuestros, se descolgaron por lugares de la montaña, que era luenga y continuada; y de allí se repartieron, unos á Rioverde, otros á la vuelta de Istan, otros á la de Monda, y otros á la de sierra Blanquilla; dejando de sus mujeres y hijos como cuatrocientas personas: embarazo de guerra, y gente inútil que les comian los bastimentos, quedando mas ahorrados para hacer la guerra por aquellas montañas: todavía envió á seguir el alcance con poco fruto, por ser la noche y tierra tan cerrada; él pasó en el fuerte de los enemigos sin ropa ni vitualla; y visto que todos se habian esparcido, y que la montaña quedaba desamparada, dejó el fuerte; y dando licencia á la gente de Málaga con órden de correr la tierra á una y otra parte, pasó con la resta de su campo á Istan, y envió cuatro compañías sin banderas: el efecto que hicieron las tres, fue quemar dos barcas grandes que tenian fabricadas para pasar á Tituan: la cuarta con su capitan Morillo, á quien el duque mandó que corriese Rioverde, no guardando la órden, dió en los enemigos no lejos de Monda, en un cerro que los de la tierra llaman Alborno, á vista de Istan; y seguido, y rota la gente se retiró: era el lugar tan cerca del campo, que se oyeron los golpes de arcabuces, y con sospecha de lo que podia ser, se ordenó al capitan Pedro de Mendoza socorriese y recogiese la gente. Mas llegando á vista de los enemigos contentóse con solo recoger algunos que huían, y estuvo sin pasar adelante, ó fuese temiendo alguna emboscada (aunque el lugar era gran trecho descubierto), ó arrepentido de la demasiada diligencia del dia antes en la sierra de Istan: murió la mayor parte de la compañía y su capitan peleando. El mismo dia, los moros que andaban repartidos encontraron con el alcaide de Ronda, y capitan Ascanio, que con ciento y cincuenta soldados y otra gente habia salido sin órden y sabiduría del duque, como hombres que no estaban á su cargo; matáronlos con la mayor parte de la compañía: el mismo acometimiento hicieron contra un correo, que partió del campo para Granada con escolta de cien soldados, aunque con pérdida de algunos se recogió en Monda. Entendiendo pues el duque que por la sierra andaba cuantidad de moros, envió órden á Arévalo de Suazo que con la gente de Málaga tornase á Monda; y á D. Sancho de Leiva, general de las galeras de España, que enviase ochocientos infantes de la gente que andaba á su cargo; y á Pedro Bermudez que viniese con la de Ronda, y él con la que habia quedado se vino á esperarlos á Monda: de donde junta la gente partió ahorrado sin estorbos la vuelta de Hojen, y allí le encontró D. Alonso de Leiva, hijo de D. Sancho, con ochocientos soldados de Galera. Entendíase que los moros esperaban á una legua, y con este presupuesto ordenó el duque á Pedro Bermudez, que con mil arcabuceros de los de su cargo tomase la mano izquierda, y á D. Alonso con la gente que habia tenido fuese derecho á Hojen por un monte que dicen el Negral; él con lo demás del campo siguió derecho el Corvachin, tierra de grande aspereza: con esta órden se llegó á un tiempo al lugar donde los enemigos habian estado, y de allí bajando hasta llegar á vista de la Fuengirola, sin hallar otra cosa sino rastro de gente, y sobras de comida (porque los moros recelándose que serian descubiertos se habian esparcido como es su costumbre, y extendido por todas las montañas) dió el duque licencia á D. Alonso que tornase á embarcarse; y á Arévalo de Suazo á Málaga, corriendo primero la tierra: él volvió á Monda y de allí á Marbella. Este lugar es el que los antiguos llaman Barbesola: mas el que agora llamamos Monda, pienso que fue poblado de los habitadores de Monda la vieja, tres leguas mas acá, donde parecen señas y muestras mas claras de haber sido la antigua Monda, siguiendo los moros que conquistaron á España su antigua costumbre, de pasar los moradores de unos lugares á otros con el nombre del lugar que dejaban: en Ronda y otras partes se ven estatuas y letreros traidos de Monda la vieja; y en torno de ella, la campaña, atolladeros, y pantanos en el arroyo de que Hirtio hace memoria en sus historias.

Habia ya cumplido la gente de las ciudades y señores el tiempo que eran obligados á servir por el llamamiento, y las aguas hartado la tierra para sembrar: faltaba el provecho de la guerra, por la diligencia que los moros ponian en las guardas por todo, en alzar y esconder la ropa, mujeres y niños, en esparcirse pocos á pocos en las montañas, y gran parte de ellos pasar á Berbería, donde con cualquier aparejo tenian la traviesa corta y mas segura, no podian ser seguidos con ejército formado, y el que habia se iba poco á poco deshaciendo: pareció consejo de necesidad enviar la gente á sus casas, y el duque volver á Ronda, guarnecer los lugares de donde con mayor facilidad los enemigos pudiesen ser perseguidos y echados de la tierra, y andar tras de ellos en cuadrillas, sin dejarlos reformar en alguna parte; mas detuvo la gente de su estado ya diestros y ejercitados, que servian á su costa, sin sueldo, ni raciones, dejó gente en Hojen, Istan, Monda, Tollox, Guaro, Cartagima, Jubrique, y en Ronda, cabeza de toda la sierra. Habia ya el rey avisado al duque como se determinaba á un tiempo sacar los moros de Granada á poblar Castilla, y que estuviese apercebido para cuando le llegase la órden de D. Juan de Austria. Cuando esto pasaba, llegaron las cartas de D. Juan en que decia como la salida de los moros de todo el reino seria el postrero dia de octubre; encomendábale el secreto hasta el dia que el bando se publicase, apercebíale para la ejecucion en tierra de Ronda; enviábale la patente en blanco para que el duque hinchiese la persona que le pareciese mas á propósito.

Echando el bando, mandó recoger en el castillo de Ronda los moros de paces con su ropa, hijos, y mujeres, y en la patente hinchió el nombre de Flores de Benavides, corregidor de Gibraltar, ordenándole con seiscientos hombres de guarda llevar cuasi mil y doscientas personas que serian los reducidos, hasta dejallos en Illora; para que juntos fuesen á Castilla con otros de la Vega de Granada. Era ya entrado el mes de noviembre, con el frio y las aguas en mayor cuantidad; los enemigos creyendo que por ir los rios mayores, y las avenidas en las montañas dificultar mas los pasos, ellos podian extenderse por la tierra, y nuestra gente ocupada en labrar la suya, se juntaban con dificultad: en todas partes y á todas horas desasosegaban la tierra de Ronda y Marbella, cautivando labradores, llevando ganados, y salteando caminos hasta cuasi las puertas de Ronda: acogíanse en las vertientes de Rioverde, á quien los antiguos llamaban Barbesola, del nombre de la ciudad que agora llamamos Marbella, y de allí en las cumbres y contorno de sierra Blanquilla. El duque por el menudear de los avisos, y por excusar los daños, que aunque no fuesen señalados eran continuos, por castigar los enemigos que habian en Rioverde y en la sierra del Alborno muerto nuestra gente: porque de la Alpujarra por una parte, y por otra con la vecindad de Berbería no se criase en aquella montaña nido; determinó rematar la empresa, combatir los enemigos, y desarraigallos ó acaballos del todo; salió de Ronda con mil y quinientos arcabuceros de la guardia de ella, y gente de señores, y mil de sus vasallos, y con la caballería que pudo juntar improvisamente: mas antes que llegase, entendió por avisos de espías, y algunos que se pasaron de los enemigos, que el número poco mas ó menos era de tres mil; los dos mil de ellos arcabuceros gobernados por el Melqui, hombre entre ellos diligente, animoso, y ofendido, ido y venido á Tituan; que tenian atajados los pasos con grandes piedras, árboles atravesados; que estaban resolutos de morir defendiendo la sierra: ordenó á Pedro de Mendoza que con seiscientos arcabuceros caminase derecho á la boca del Rioverde, por el pie de la sierra; y á Lope Zapata, con otros seiscientos á Gaimon, á la parte de las viñas de Monda: iban estos dos capitanes el uno del otro media legua, y entre ambos iba el duque con el resto de la infantería y caballería; ordenó á Pedro Bermudez, y á Cárlos de Villegas que estaba á la guarda de Istan y Hojen, con dos compañías y cincuenta caballos, que se saliesen á un mismo tiempo y con doscientos arcabuceros tomasen lo alto de la sierra, y las espaldas de los enemigos; que Arévalo de Suazo partiese de Málaga, y con mil y doscientos soldados y cincuenta caballos acudiese á la parte de Monda. Todos á un tiempo partieron á la noche para hallarse á la mañana con los enemigos; mas ellos avisados por un golpe de arcabuz que habian oido entre la gente de Setenil, mudáronse del lugar, mejorándose á la parte de Pedro de Mendoza que era el postrero, por tener la salida mas abierta comenzó á subir el duque, y Pedro de Mendoza que estaba mas cerca á pelear con igualdad, y ellos á mejorarse. El duque, aunque algo apartado, oyendo los golpes de arcabuz, y visto que se peleaba por aquella parte de Pedro de Mendoza se mejoró; y por la ladera descubriendo la escaramuza, con la caballería y con lo que pudo de arcabucería, acometió los enemigos; llevando cerca de sí á su hijo, mozo cuasi de trece años, D. Luis Ponce de Leon, cosa usada en otra edad en aquella casa de los Ponces de Leon, criarse los muchachos peleando con los moros y tener á sus padres por maestros: porfiaron algun tanto los enemigos; mas no pudiendo resistir, tomaron lo alto de la sierra, y de allí se repartieron á unas y otras partes. Murieron mas de cien hombres y entre ellos el Melqui su capitan; y si Pedro Bermudez y Villegas salieran á la hora que se les ordenó, hiciérase mayor efecto. Habido este buen suceso, repartió el duque la gente que pudo por cuadrillas para seguir el alcance; cautivaron á las mujeres, y niños, y ropa que les habia quedado; mataron en este seguimiento otros ochenta. Quedaron los moros tan escarmentados, que ni por engaño ni por fuerza los pudieron hallar juntos en parte de la montaña, y buscaron tambien la sierra que llaman de Daidin, y el mismo duque repartió el campo en cuadrillas, pero tampoco se hallaron personas juntas: con esto, él se tornó á Ronda, y aquella guerra quedó acabada, la tierra libre de los enemigos, parte muertos, y parte esparcidos, ó idos á Berbería.

He querido tratar tan particularmente de esta guerra de Ronda; lo uno porque fue varia en su manera, y hecha con gran sufrimiento del capitan general, y con gente concejil, sin la que los señores enviaron, y la mayor parte del mismo duque de Arcos: y aunque en ella no hubo grandes rencuentros, ni pueblos tomados por fuerza, no se trató con menos cuidado y determinacion, que las de otras partes de este reino; ni hubo menos desórdenes que corregir cuando el duque la tomó á su cargo: guerra comenzada, y suspendida por falta de gente, de dineros, de vitualla, tornada á restaurar sin lo uno y sin lo otro: pero sola ella acabada del todo, y fuera de pretensiones, emulaciones, ó envidias. Lo otro por haberse en tiempos antiguos recogido en aquellas partes las fuerzas del mundo, y competido César, y los hijos de Pompeyo, cabezas de él, sobre cual quedaria con el señorío de todo, hasta que la fortuna determinó por César, dos leguas de donde está agora Ronda, y tres de la que llamamos Monda, en la gran batalla cerca de Monda la vieja, donde hoy dia, como tengo dicho, se ven impresas señales de despojos, de armas y caballos; y ven los moradores encontrarse por el aire escuadrones; óyense voces como de personas que acometen: estantiguas llama el vulgo español á semejantes apariencias ó fantasmas, que el vaho de la tierra cuando el sol sale ó se pone forma en el aire bajo, como se ven en el alto las nubes formadas en varias figuras y semejanzas.

Estaba D. Juan en Granada con el duque[58] y el comendador mayor, acudiendo á lo que se ofrecia, y por dar remate á cosas, y fin de los enemigos que quedaban, ordenó que el comendador mayor con la gente que se pudo juntar, parte de la propia ciudad, y parte de los que se habian venido de su campo, y del campo del duque, que por todos serian siete mil personas, llevasen delante, y ante todas las cosas bastimento y municion que bastase para dos meses, y que esto se guardase en Orgiba; y con esta prevencion partió el campo la vuelta de la Alpujarra. Llegados á Lanjaron, por mandado del general se dió un rebato falso, porque la gente no estuviese descuidada; otro dia llegaron á Orgiba, y en ella reposó el campo tres dias, tomando la órden que se habia de tener para hallar los enemigos, porque andaban esparcidos por la tierra. El cuarto dia salió la gente hechas dos mangas de á mil hombres cada una, con órden que la una, de la otra fuese desviada cuatro leguas, guiando la una á la mano derecha y la otra á la siniestra, y el resto del campo por medio: de esta suerte corrieron la tierra hasta llegar á Pitres de Ferreira, y dejando allí presidio de quinientos hombres, pasaron adelante hasta Portugos, y allí dejaron cien hombres, y en Cadiar trescientos con el capitan Berrío. Aquí tuvo nuevas el comendador mayor que los moros se habian retirado al Cehel, costa de la mar, por ser tierra áspera y de muchos jarales: mandó á D. Miguel de Moncada que con mil y doscientos hombres corriese aquella tierra; halló parte de ellos, y matando siete moros, cautivó doscientas personas entre moras y muchachos, y ropa y despojos: perdió solo un soldado que engañado de una mora le hizo entender que en una choza tenia mucha riqueza, y al entrar en ella le dió con una almarada por debajo del brazo, y lo mató. Volvió D. Miguel con la cabalgada á Cadiar donde quedó el campo; de aquí envió el comendador mayor mil hombres á Ujijar de la Alpujarra, para que en ella hiciesen presidio, y dejando en él trescientos soldados fuesen á Donduron, y dejasen allí una compañía de cien hombres con su capitan, y en Ayator otros ciento, y en Berja otros ciento, con órden que todos corriesen la tierra cada dia, dejando guarda en los presidios. Mandó á D. Lope de Figueroa, que con mil y quinientos infantes y algunos caballos corriese el rio de Almería y toda aquella sierra, con el Bolodui y tierra de Gueneja, y que juntando consigo la gente que salia de Almería: corriese la tierra de Jerez á Fiñana, y rio de Almanzora: volvió á Granada, dejando presidio en las Guajaras altas y bajas, y en Velez de Benaudalla, y en todos los presidios bastimento y municion para algunos dias.

[58] Este duque es necesariamente el de Sesa, porque el de Arcos no se vió con D. Juan.

Luego que llegó á Granada, proveyó D. Juan otros capitanes de cuadrillas, que fueron Juan Carrillo Paniagua, Camacho, Reinaldos, y otros; y hecho esto, D. Juan con el duque y el comendador mayor se partió á Madrid; y de allí á la armada de la liga, dejando á D. Pedro de Deza, presidente de Granada, con título de capitan general, y en Almería por general de la infantería á D. Francisco de Córdoba, descendiente de aquella cama de Leones del conde D. Martin. Corrian la tierra á menudo las cuadrillas, metian en Granada moros y moras, y no habia semana que no hubiese cabalgada. Al entrar en la puerta de las Manos, hacian salva subiendo por el Zacatin arriba, hasta llegar á la chancillería; daban noticia al presidente para que viese lo que traían, y entregaban los moros en la cárcel, y de cada uno les daban veinte ducados, como está dicho: atenazaban y ahorcaban los capitanes y moros señalados, y los demás llevaban á galeras, que sirviesen al remo esclavos del rey.

Entre estos trujeron un moro natural de Granada llamado Farax: este como supiese la voluntad de Gonzalo el Jeniz, alcaide sobre los alcaides, y de sus sobrinos Alonso y Andrés el Jeniz, y otros muchos, que era de entregarse y reducirse, si se les concediese perdon, llamó á Francisco Barredo, dándole parte de la voluntad y propósito que muchos moros tenian, y aun de matar á su rey si no se quisiese reducir con ellos; para lo cual convenia que procurase verse con Gonzalo el Jeniz, que era uno de los que mas lo deseaban: sabido esto, Francisco Barredo se fue á las Alpujarras, y en llegando al presidio de Cadiar[59], sacó de una bóveda del castillo un moro que tenian preso, y le dió una carta para Gonzalo el Jeniz, en que le hacia saber la causa de su venida; que viese la órden que habia de tener para verse con él: recibida la carta respondió, que otro dia al amanecer, se viniese á un cerro media legua de Cadiar, y que adonde viese una cruz en lo alto le aguardase soltando la escopeta tres veces por contraseña: fue, y hecha la seña llegó el Jeniz, sus sobrinos, y otros moros, mostrando mucha alegría de velle: lo que trataron fue, que si le traía perdon del rey para él, y los que se quisiesen reducir, que les entregaria á Abenabó su rey muerto ó vivo: con esto se despidió, prometiéndoles de hacello y ponello por obra, y avisallos de la voluntad del rey: vino á Granada Francisco Barredo, dió cuenta al presidente de lo que habia pasado con Gonzalo el Jeniz, y lo que le habia prometido: dió el presidente aviso al rey; que visto lo que prometia el Jeniz le concedió perdon á él, y á todos los que con él viniesen: vino la cédula real al presidente, que visto que no habia quien con veras lo pudiese hacer, hizo llamar á Barredo, y entregándole la cédula le pidió con las veras y recato que en tal negocio convenia lo hiciese.

[59] Zatabarile llama Mármol.

Recibida la cédula, se partió, y llegó á Cadiar con el moro que antes habia llevado la carta: avisóle como tenia lo que pedia, que se viese con él en el sitio y lugar que antes se habian visto: llegado el Jeniz, y vista la cédula y perdon la besó, y puso sobre su cabeza: lo mismo hicieron los que con él venian: y despidiéndose de él, fueron á poner en ejecucion lo concertado. Francisco Barredo se volvió al castillo de Verchul, porque allí le dijo el Jeniz que le aguardase; Gonzalo el Jeniz y los demás acordaron para hacello á su salvo, que seria bien que uno de ellos fuese á Abdalá Abenabó, y de su parte le dijese que la noche siguiente se viese con él en las cuevas de Verchul, porque tenia que platicar con él cosas que convenian á todos. Sabido por Abenabó, vino aquella noche á las cuevas solo con un moro de quien se fiaba mas que de ninguno; y antes que llegase á las cuevas despidió veinte tiradores que de ordinario le acompañaban, todo á fin de que no supiesen adonde tenia la noche: saludóle Gonzalo el Jeniz diciéndole: _Abdalá Abenabó, lo que te quiero decir es, que mires estas cuevas; que están llenas de gente desventurada, así de enfermos, como de viudas y huérfanos; y ser las cosas llegadas á tales términos, que si todos no se daban á merced del rey, serian muertos y destruidos; y haciéndolo, quedarian libres de tan gran miseria._ Cuando Abenabó oyó las palabras del Jeniz, dió un grito que pareció se le habia arrancado el alma, y echando fuego por los ojos le dijo: _¡Cómo, Jeniz! ¿para esto me llamabas? ¿Tal traicion me tenias guardada en tu pecho? No me hables mas, ni te vea yo_; y diciendo esto, se fue para la boca de la cueva: mas un moro que se decia Cubayas, le asió los brazos por detrás, y uno de los sobrinos del Jeniz le dió con el mocho de la escopeta en la cabeza, y le aturdió; y el Jeniz le dió con una losa y le acabó de matar: tomaron el cuerpo, y envuelto en unos zarzos de cañas le echaron la cueva abajo, y esa noche le llevaron sobre un macho á Verchul, adonde hallaron á Francisco Barredo y á su hermano Andrés Barredo: allí le abrieron y sacaron las tripas, hinchiendo el cuerpo de paja. Hecho esto, Francisco Barredo requirió á los soldados del presidio y á su capitan, que le diese ayuda y favor para llevarle á Granada: visto el requerimiento le acompañaron; y en el camino encontraron con doscientos y cincuenta moros de paz, que sabida la muerte de Abenabó, y el nuevo perdon que el rey daba, llegaron á reducirse. Vinieron á Armilla, lugar de la Vega, y allí le pusieron caballero en un macho de albarda, y una tabla en las espaldas, que sustentaba el cuerpo, que todos le viesen; los moros de paz iban delante, y los soldados y Francisco Barredo detrás. Llegados á Granada, al entrar de la plaza de Bibarrambla, hicieron salva; lo propio en llegando á la chancillería; allí á vista del presidente le cortaron la cabeza, y el cuerpo entregaron á los muchachos, que despues de habello arrastrado por la ciudad, lo quemaron: la cabeza pusieron encima de la puerta de la ciudad, la que dicen puerta del Rastro, colgada de una escarpia á la parte de dentro, y encima una jaula de palo, y un título en ella que decia:

ESTA ES LA CABEZA DEL TRAIDOR DE ABENABÓ. NADIE LA QUITE SO PENA DE MUERTE.

Tal fin hizo este moro, á quien ellos tuvieron por rey despues de Aben Humeya: los moros que quedaban, unos se dieron de paz, y otros se pasaron á Berbería; y á los demás las cuadrillas, y la frialdad de la sierra, y mal pasar los acabó; y feneció la guerra y levantamiento.

Quedó la tierra despoblada y destruida: vino gente de toda España á poblarla, y dábanles las haciendas de los moriscos con un pequeño tributo que pagan cada un año: á Francisco Barredo le hizo el rey merced de seis mil ducados, y que estos se los diesen en bienes raices de los moriscos, y una casa en la calle de la Águila, que era de un mudejar echado del reino: despues pasó en Berbería algunas veces á rescatar cautivos, y en un convite le mataron.

FIN DE LA GUERRA DE GRANADA.

DISCURSO

DEL CONDE DE PORTALEGRE,

con que suplió lo que faltaba en las primeras ediciones al fin del libro tercero de esta historia.

Hemos llegado á un peligroso paso, donde D. Diego deja la historia rota por desgracia, si no fue de industria, para ganar honra con la comparacion del que la pretendiese continuar. Porque sea quien fuere, lo añadido seria de estofa mucho menos fina: y aunque se hallarán (cuando esto se escribe) testigos vivos y de vista, por cuya relacion se pudiera proseguir cumplidamente lo que falta, será lo mas seguro hacer sumario de esta quiebra, y no suplemento; imitando antes á Floro con Livio, que á Hirtio con César: pues no le bastó ser tan docto, tan curioso, testigo de sus empresas, y camarada (como dicen los soldados), para que no se vea muy clara la ventaja que hace el estilo de los Comentarios al suyo. En el trozo que se corta se contiene la segunda salida del señor D. Juan en campaña, el sitio peligroso y porfiado de la villa de Galera, la expugnacion de aquella plaza, la muerte de Luis Quijada desgraciada y lastimosa, el suceso de Seron y de Tijola; cosas todas de gran consecuencia y consideracion, si D. Diego las escribiera, haciendo á su modo anatomía de los afectos de los ministros, y de las obras de los soldados. Mas pues no se puede restaurar lo que se perdió (si algun dia no se descubre) contentémonos con saber que:

De Baza fue el señor D. Juan á Guescar; de donde salió el marqués de los Velez á encontrarle, y tornó acompañándole con muestras de mucha cortesía y satisfaccion, hasta ponerle á la puerta de la posada donde habia de alojar. De allí tomó licencia sin apearse, admirándose los presentes; y con un trompeta delante y cinco ó seis gentiles hombres, se retiró (sin detenerse) á su casa; de donde no salió despues; porque, segun se decia, no se quiso acomodar á servir con cargo que no fuese supremo.