Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades

Part 16

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Llegó la órden para que D. Juan hiciese la jornada de Guejar, primero que partiese para Guadix y Baza: habíase enviado muchas veces á reconocer el lugar con personas pláticas; lo que referian era, que dentro estaban siete mil arcabuceros y ballesteros resolutos á venir una noche sobre Granada (número que si de mujeres y hombres ellos lo tuvieran, y no les faltaran cabezas y experiencia, era bastante para forzar la ciudad); que estaban fortificados y empantanaban la Vega; que allanaban el camino que va por la sierra á la Alpujarra para recebir gente. Tanto mas puede el recelo que la verdad, aunque cargue sobre personas sin sobresalto. Todavía no fueron del todo creidos los que daban el aviso; pero reforzáronse las guardias con mas diligencia, y difirióse la ida de D. Juan hasta que mas gente de las ciudades y señores fuese llegada. Por hacer la jornada con mas seguridad envió á D. García Manrique y Tello de Aguilar, que reconociesen el lugar de noche, y la mañana hasta el dia: lo que trujeron fue, que dentro habia mas de cuatro mil infantes; no haber visto fuego á las trincheas ni en el cuerpo de guardia: no humo aun para encender las cuerdas en el corazon del invierno (tierra frigidísima y á la falda de la nieve); no trocar las guardias, no cruzar á la mañana gente de las casas á la trinchea ó de la trinchea á las casas, no acudir con el arma á la trinchea: atribuíase todo á señales de gran recatamiento; pero á juicio de algunas personas pláticas, de lugar desamparado. Notaban que en tanto tiempo, tan cerca, lugar abierto y pequeño, se sospechase y no se supiese cierto el número de la gente, pudiéndose contar por cabezas ó por la comida, y que todos afirmasen pasar de seis mil hombres, y los reconocedores de cuatro mil, llegando tan cerca, y trayendo señales de poca gente ó ninguna. Pareció que seria conveniente servirse de los capitanes que habian sido suspendidos, porque la gente se gobernaria mejor por ellos, y los mas eran personas de experiencia. Mandáronles tomar sus compañías, y todos lo quisieron hacer, pudiendo emplear sus personas, sin volver á los cargos de que una vez fueron echados.

[Nota al margen: 1569.]

Habia costumbre en el Alhambra de salir los capitanes generales y alcaides cuando se ofrecia necesidad, dejando en la guardia de ella personas de su linaje y suficientes. Mostraba el conde de Tendilla títulos suyos, de su padre, abuelo, y bisabuelo, de capitanes generales de la ciudad sin el cargo del reino, y pretendia salir con la gente de ella. Pero Juan Rodriguez de Villafuerte, que entonces era tenido por enemigo suyo declarado, pretendia que como corregidor le tocase: traía ejemplo de Málaga donde el corregidor tenia cargo de la gente, no obstante que el alcaide tuviese título de capitan de la ciudad; mas ó fuese mandamiento expreso, ó inclinacion á otros, ó desabrimiento particular con la casa ó persona del conde, no obstante las cédulas, y que la profesion de Juan Rodriguez fuese otra que armas, hizo D. Juan una manera de pleito de la pretension del conde, y remitió el negocio al consejo del rey; quitándole el uso de su oficio, y dándole á Juan Rodriguez, que aquel dia llevó cargo de la gente de la ciudad y le tuvo otros muchos. Partió á los veinte y tres de diciembre con nueve mil infantes, seiscientos caballos, ocho piezas de campo. Habia dos caminos de Granada á Guejar; uno por la mano izquierda y los altos, y este llevó él con cinco mil infantes y cuatrocientos caballos: llevaba Luis Quijada la vanguardia con dos mil, donde iba su persona; á D. García Manrique encomendó la caballería; y la retaguardia con la artillería, municion y vitualla (donde iba su guion) al licenciado Pedro Lopez de Mesa y á D. Francisco de Solis, ambos caballeros cuerdos, pero sin ejercicio de guerra: lo cual dió ocasion á pensar, que la empresa fuese fingida, y D. Juan cierto que el lugar estaba desamparado; pues encomendaba á personas pacíficas lugar adonde podia haber peligro y era menester experiencia; dando al duque el camino del rio mas breve con cuatro mil infantes y trescientos caballos, en que iba la gente de la ciudad. Aquella noche se aposentó en Veas, dos leguas de Granada, y otras tantas de Guejar, con órden que juntos por diversas partes llegasen á un tiempo, y combatiesen los enemigos, para que los que del uno escapasen diesen en el otro; pero quedóles abierto el camino de la sierra. D. Diego de Quesada, á quien tenia por plático de la tierra, iba por guia del campo de D. Juan, aunque otros hubiese en la compañía tan soldados, criados en aquella tierra, y mas pláticos en ella, segun lo mostró el suceso. Estaban á la guardia del lugar ciento y veinte turcos y berberíes con Caravajal que estuvo en Galera, cuatrocientos y treinta de la tierra, todos arcabuceros; la cabeza era Joaibi, los capitanes Cholon, Macox, y Rendati, y el Partal por sarjento mayor; venidos, segun se entendió, solo por la ganancia de las presas, con la seguridad de la montaña, y mudábanse por meses; muchas mujeres, muchachos y viejos de los lugares vecinos, que no querian apartarse de sus casas, proveidos de pan y carne en abundancia; y dicen ellos, que nunca hubo mas gente ordinaria. Entendieron dias antes la ida de D. Juan, y tuvieron tiempo de salvar lo mejor de su ropa, sus personas y ganados. El dia antes que D. García y Tello de Aguilar fueron á reconocer avisando la gente, partieron los turcos á la Alpujarra; y de los moros, el dia antes que D. Juan llegase, salieron cuatrocientos hombres con Partal, y el Macox, y Rendati á la Vega en ocasion de correr nuestras espaldas, y hicieron daño el mismo dia que llegó D. Juan: quedaron en Guejar ochenta hombres con Joaibi para retirar el removiente de la gente inútil, y ropa. Partieron á un tiempo de Granada el duque, y D. Juan de Veas al amanecer: hay pocos hombres del campo que sepan caminar bien de noche la tierra que han visto de dia; esta era toda de un color igual aunque doblada, que dió causa á la guia de engañarse cuasi en la salida del lugar, y á D. Juan de gastar tiempo. Con todo se detuvo, esperando el dia, incierto del camino que haria el duque, y avisando las atalayas de los moros con fuegos á los suyos de lo que ambos hacian. Mas el duque caminó por derecho: envió delante á D. Juan de Mendoza, que halló la trinchea desamparada sino de diez ó doce viejos, que de pesados escogieron quedar á morir en ella, estos fueron acometidos y degollados. Entrado y saqueado el lugar por la gente que D. Juan de Mendoza llevaba de vanguardia, vieron subir por la sierra mujeres y niños, bagajes cargados, con espaldas de sesenta arcabuceros y ballesteros, que haciendo vuelta sobre los nuestros en defensa de su ropa, se salvaron de espacio, aunque seguidos poco trecho y detenidamente; pero lo que se pudo, y con mas daño nuestro que suyo: murieron entre hombres y mujeres sesenta personas, y fueron cautivas otras tantas; la demás gente por la sierra fueron á parar en Valor y Poqueira y otros lugares de la Alpujarra: húbose mucho trigo y ganado mayor; de nuestra gente murieron cuarenta soldados, porque los moros en lo áspero de la tierra y entre las matas cubiertos con las tocas de las mujeres, esperaban á nuestros soldados que pensando ser mujeres llegasen á cautivallas, y los arcabuceasen. Entre ellos murió el capitan Quijada siguiendo el alcance, desatinado de una pedrada que una mujer le dió en la cabeza. D. Juan apartándose del lugar dos leguas, ora acercándose á menos de un cuarto por camino que todo se podia correr, se halló pasado mediodia sobre Guejar, dentro de la trinchea de los enemigos en el cerro que llaman la Silla: llevó la gente ordenada; y á los que nos hallamos en las empresas del emperador, parecia ver en el hijo una imágen del ánimo y provision del padre, y un deseo de hallarse presente en todo, en especial con los enemigos. Descubrió de lo alto á la gente del duque delante del lugar en escuadron, y tan de improviso que Luis Quijada envió con D. Gomez de Guzman de mano en mano á pedir artillería, pensando que fuesen enemigos, ó dando á entender que lo pensaba. Esta voz se continuó con mucha priesa; y caminando con dos pezezuelas, llegó D. Luis de Córdoba de parte del duque con el aviso, que los enemigos iban rotos y los nuestros estaban dentro en el lugar. Quedamos espantados como Luis Quijada no conoció nuestras banderas y órden de escuadron dende tan cerca, hombre plático en la guerra, y de buena vista; y como el duque enviaba á decir que los enemigos iban rotos, no habiendo enemigos. Mostró D. Juan contentamiento del buen suceso, y queja del agravio de que le hubiesen guiado por tanto rodeo que no alcanzase á ver enemigos. Pero D. Diego de Quesada se excusaba, con que en consejo se le mandó que guiase por parte segura; y Luis Quijada le dijo, que por donde no peligrase la persona de D. Juan; que él no sabia como cumplir su comision mas á la letra que guiando siempre cubierto y dos leguas de los enemigos. Tuvo la toma de Guejar mas nombre lejos, que cerca; mas congratulaciones, que enemigos. Volvieron la misma noche á Granada D. Juan y el duque de Sesa; mandó quedar á D. Juan de Mendoza en Guejar con gruesa guardia por algunos dias, y despues á D. Juan de Alarcon con las banderas de su cargo; dende á pocos dias á D. Francisco de Mendoza, reparado y trincheado un fuerte, pero con poca gente. Decian que si cuando los moros desampararon el lugar y D. Juan fue á reconocelle, se hubiera hecho el fuerte (que podia en una noche) y puesto en él una pequeña guardia, como se hizo en Tablate, se salvaran pasadas de tres mil personas, que murieron á manos de los enemigos, mucha pérdida de ganado, reputacion y tiempo, el nombre de guerra, desasosiego de noche y dia; todo hecho por mano de poca gente.

Dende este dia parece que D. Juan alumbrado comenzó á pensar en las gracias de vitoria tan fácil, y buscadas las causas para conseguilla, hacer y proveer por su persona lo que se ofrecia, con mayor beneficio y mas breve despacho. Extendióse por España la fama de su ida sobre Galera, y movióse la nobleza de ella con tanto calor, que fue necesario dar el rey á entender que no era con su voluntad ir caballeros sin licencia á servir en aquella empresa. Enviaron las ciudades nueva gente de á pie y de caballo: crecieron algunas (que no tenian propios) los precios á las vituallas, para gastos de la guerra; otras entre cinco vecinos mantenian un soldado. Entraron el tiempo que duró la masa pasadas de ciento y veinte banderas con capitanes naturales de sus pueblos, personas calificadas, sin la gente que vino al sueldo pagado por el rey, que fue la tercia parte: tanta reputacion pudo dar á los enemigos la voluntad de venganza. Mandó D. Juan (que ya era señor de sí mismo, y de todo) que una parte de la masa se hiciese en el mismo campo del marqués de Velez, pasando la gente por Guadix; y otra, pasando por Granada en las Albuñuelas, donde estuviese D. Juan de Mendoza á recogella, y hacer provision de vitualla. Ordenó que el duque de Sesa quedase su lugarteniente en Granada, pasase á posar en el mismo aposento que él tenia en la chancillería; y que formado su campo, partiese por Orgiba contra el Alpujarra, á un mismo tiempo que él para Galera, por divertir las fuerzas de los enemigos.

Mas Abdalá Abenabó, indignado del suceso de Guejar, quiso recompensar la fortuna y la reputacion, procurando ocupar algun lugar de nombre en la costa. Escogió tres mil hombres, y en un tiempo con escalas y como pudo acometieron de noche á Almuñecar, que los antiguos llamaban Manoba, y á Salobreña, que llamaban Selambina: pero el capitan de Almuñecar resistió retenidamente por ser de noche, y con algun daño de los enemigos, que dejando las escalas se acogieron á la sierra, donde corrian de continuo la comarca; lo mismo hicieron los que iban á Salobreña, que rebotados por D. Diego Ramirez, alcaide de ella, con dificultad, por aguardarse con menos gente, se retiraron juntándose con la compañía. Visto Abenabó que sus empresas le salian inciertas, y que las fuerzas de España se juntaban contra él, envió de nuevo al alcaide Hoceni á Argel solicitando gente para mantener, ó navíos para desamparar la tierra y pasarse; y juntamente con él un moro suyo á Constantinopla. Dicen que llegados á Argel hallaron órden del señor de los turcos, para que fuese socorrido.

En el mismo tiempo batia el marqués á Galera con poco efecto, defendíanse los vecinos, y reparaban el daño facilmente; saltaban algunas veces fuera; y entre ellas, trabando una gruesa escaramuza, cargaron nuestra gente de manera, que matando al capitan Leon y veinte soldados, cuasi pusieron en rota el cuartel; pero retiráronse cargados sin daño: colgaron de la muralla la cabeza del capitan y otras, y el marqués partió á Guescar un dia por rehacerse de gente; volviendo trajo consigo pocos soldados. Mas D. Juan partió de Granada con tres mil infantes y cuatrocientos caballos á juntarse con el marqués; vino á Guadix, que los antiguos llamaban Acci, pueblo en España grande, y cabeza de provincia como agora lo es: adoraban los moradores al sol en forma de piedra redonda y negra; aun hoy en dia se hallan por la tierra algunas de ellas con rayos en torno. La nobleza y gente de la ciudad han mantenido el lugar, viéndose á menudo con los moros, y partiéndose de ellos con ventaja. De Guadix vino de espacio á Baza, que llamaban los antiguos como los moros Basta, cabeza de una gran partida de la Andalucía, que del nombre de la ciudad decian Bastetania, en que habia muchas provincias. Y de allí á Guescar, donde el marqués estaba con su gente, la cual junta con la de la ciudad y tierra hicieron gran recibimiento y salva, mostrando mucha alegría con la venida de D. Juan. Solo el marqués salió descontento á recibirle, por ver que habia de obedecer, siendo poco antes obedecido y temido. Mas D. Juan le recibió con alegre y blando acogimiento, y aunque sintió su disgusto, le saludó y abrazó con mucha serenidad, diciéndole: «Marqués ilustre, vuestra fama con mucha razon os engrandece, y atribuyo á buena suerte haberse ofrecido ocasion de conoceros. Estad cierto, que mi autoridad no acortará la vuestra; pues quiero que os entretengais conmigo, y que seais obedecido de toda mi gente, haciéndolo yo asimismo como hijo vuestro, acatando vuestro valor y canas, y amparándome en todas ocasiones de vuestros consejos.» Á estas ofertas respondió el marqués por los términos extraños que siempre usó, aunque medido con su grandeza, diciendo: «Yo soy el que mas ha deseado conocer de mi rey un tal hermano, y quien mas ganara de ser soldado de tan alto príncipe; mas si respondo á lo que siempre profesé, irme quiero á mi casa, pues no conviene á mi edad anciana haber de ser cabo de escuadra.» Fue la respuesta muy notada, así de sentenciosa y grave, cuanto aguda, y así el marqués fue breve en su jornada, porque tarde ó nunca mudó de consejo. Entró D. Juan en consejo sobre lo de Galera, y despues de haberla reconocido, se determinó de ir sobre ella y ponerle cerco.

LIBRO IV.

Luego que D. Juan salió de Granada, fue á posar el duque en casa del presidente, conforme á la órden que tenia de D. Juan. Comenzóse á entender en la provision de vitualla en Guadix, Baza y Cartagena, lugares de Andalucía, y la comarca, para proveer el campo de D. Juan; y en Granada y su tierra el del duque: pero de espacio, y con alguna confusion, por la poca plática, y desórdenes de comisarios y tenedores, inclinados todos á hacer ganancias, y extorsiones con el rey y particulares: y aunque Francisco Gutierrez fue parte para atajar la corrupcion, no lo era él ni otro para remedialla del todo. Salió el duque de Granada á 21 de hebrero de 1570, quedando por cabeza y gobierno de paz y guerra el presidente; y por ser eclesiástico, quedó D. Gabriel de Córdoba para el de guerra, y ejecutar lo que el presidente mandase, que daba el nombre; y hacia el oficio de general un consejo formado de tres oidores, auditor general, Francisco Gutierrez de Cuellar, el corregidor de Granada; quedaron á la guarda de la ciudad cuatro mil infantes: hacíase con la misma diligencia con el Albaicin despoblado, Guejar en presidio nuestro, guardada la Vega, con las mismas centinelas, las postas, los cuerpos de guarda, los presidios en Cenes y Pinillos, que cuando la Vega estaba sospechosa, el Albaicin lleno de enemigos, Guejar en su poder: y duró esta costa y recato hasta la vuelta de D. Juan, ó fuese por olvido, ó por otras causas el guardar contra los de dentro y los de fuera. ¡Qué cosa para los curiosos que vieron al Sr. Antonio de Leiva teniendo sobre sí el campo de la liga, cuarenta mil infantes, nueve mil caballos, y la ciudad enemiga; él con solos siete mil infantes enfrenalla, resistir los enemigos, sitiar el castillo, y al fin tomallo, echar y seguir los enemigos, fuertes, armados, unidos, la flor de Italia soldados y capitanes! Vino al Padul el mismo dia que salia de Granada, donde en Acequia se detuvo muchos dias esperando gente y vituallas; y haciendo reducto en Acequia y las Albuñuelas para asegurarse las espaldas, y asegurar á Granada en un caso contrario ó furia de enemigos, y el paso á las escoltas que partiesen de la ciudad á su campo: otro fuerte en las Guajaras, para asegurar aquella tierra y los peñones, donde otra vez los echó el marqués de Mondejar; y por dar tiempo á Don Juan para que juntos entrasen en el rio de Almanzora y Alpujarra. Allí le fue á visitar el presidente, y dar priesa á su salida: tomó el camino de Orgiba con ocho mil infantes y trescientos y cincuenta caballos. Iban con él muchos caballeros de la Andalucía, muchos de Granada, parte con cargos, y parte por voluntad. Llegó sin que los enemigos le diesen estorbo, aunque se mostraron pocos y desordenados al paso de Lanjaron y de Cañar.

Mientras el duque se ocupaba en esto, salió D. Juan de Austria de Baza con su campo para Galera, adonde puso su cerco enviando á reconocella; y considerando primero el daño que de un castillo que estaba en la parte alta les podia venir, se trató de minalla, y habiendo hecho algunas minas, les pusieron fuego, con que cayó un gran pedazo del muro con muerte de algunos de los moros cercados. Algunos soldados de los nuestros, de ánimos alboratados, arremetieron luego por medio del humo y confusion sin aguardar tiempo ni órden conveniente, á los cuales siguieron otros muchos y al fin gran parte del ejército, procurando embestir la fortaleza por el destrozo que las minas habian hecho, todo sin hacer efecto, por estar un peñon delante. Los enemigos estaban puestos en arma, y haciendo á su salvo mucho daño en los cristianos con muchas rociadas de arcabuces y flechas, sin ser necesaria la puntería, porque no echaban arma que diese en vacío, sin que esto fuese parte para hacer retirar los ánimos obstinados de los soldados, ni ninguna prevencion ni diligencia de oficiales y capitanes. Tanto que necesitó á D. Juan de Austria á ponerse con su persona al remedio del daño, y no con poco peligro de la vida; porque andando con suma diligencia y valor persuadiendo á los soldados que se retirasen sin olvidarse de las armas, fue herido en el peto con un balazo, que aunque no hizo daño en su persona, escandalizó mucho á todo el campo, particularmente á su ayo Luis Quijada que nunca le desamparaba, cuyas persuasiones obligaron á D. Juan á retirarse por el inconveniente que se sigue en un ejército del peligro de su general. Mas ordenó al capitan D. Pedro de Rios y Sotomayor que con diligencia hiciese retirar la gente porque no se recibiese mas daño; el cual entró por medio de los nuestros con una espada y rodela, á tiempo que se conocia alguna mejoría de nuestra parte, diciendo: _Afuera, soldados, retirarse afuera, que así lo manda nuestro príncipe_. Habia ya cesado algun tanto el alarido y voces, de suerte que se oían claro las cajas á recoger, y todo junto fue parte para que tuviese fin este asalto tan inadvertido. Aquí se mostró buen caballero D. Gaspar de Sámano y Quiñones; porque habiendo con grande esfuerzo y valentía subido de los primeros en el lugar mas alto del muro, y sustentado con la mano el cuerpo para hacer un salto dentro, le fueron cortados los dedos por un turco que se halló cerca de él, sin que esto le perturbase nada de su valor echó la otra mano y porfió á salir con su intento, y saltar del muro adentro, mas no dándole lugar los enemigos, le fue resistido de manera que dieron con él del muro abajo. No fue parte este daño para que á los nuestros les faltase voluntad de continuarle segunda vez otro dia, y así lo pidieron á D. Juan: el cual pareciéndole no ser bien poner su gente en mas riesgo con tan poco fruto, y tratádose en consejo mandó que hiciesen un par de minas para que en este tiempo se entretuviesen y descansasen los soldados. Los enemigos considerando su peligro cercano y la tardanza de socorro, despacharon á Abenabó pidiéndole favor, á lo cual Abenabó cumplió con solas esperanzas, porque la diligencia del duque en lo del Alpujarra le traía sobre aviso, temeroso y puesto en armas. Acabadas las minas mandó D. Juan que se encendiesen la una una hora antes que la otra. Hízose, y la primera rompió catorce brazas de muralla, aunque con poco daño de los cercados, por estar prevenidos en el hecho; y así seguros de mas ofensa se opusieron á la defensa de lo que estaba abierto, unos trayendo tierra, madera y fagina para remediarlo, y otros procurando ofender con mucha priesa de tiros continuos: y estando en esto sucedió luego la otra mina que derribando todo lo de aquella parte hizo gran estrago en los enemigos, y tras esto cargando la artillería de nuestra parte se comenzó el asalto muy riguroso; porque no teniendo los moros defensa que los encubriese y amparase, eran forzados á dejar el muro con pérdida de muchas vidas: adonde se mostró buen caballero por su persona D. Sancho de Avellaneda herido del dia antes, haciendo muchas muestras de gran valor entre los enemigos, hasta que de un flechazo y una bala todo junto murió. Siguióse la victoria por nuestra parte hasta que del todo se rindió Galera, sin dejar en ella cosa que la contrastase que todo no lo pasasen á cuchillo. Repartióse el despojo y presa que en ella habia, y púsose el lugar á fuego, y así por no dejar nido para rebelados, como porque de los cuerpos muertos no resultase alguna corrupcion: lo cual todo acabado ordenó D. Juan que el ejército marchase para Baza adonde fue recibido con mucho regocijo.