Part 13
El comendador mayor, segun el poco aparejo, ninguna diligencia posible dejaba de hacer aunque fuese con peligro, hasta que tuvo en Adra puesta vitualla de respeto por tanto tiempo, que ayudado el marqués con alguna de otra parte (aunque fuese habida de los enemigos), podia guerrear sin hambre, y esperar la de Guadix: mas viendo que el marqués incierto de la provision que hallaria en la Calahorra se detenia, dábale priesa en público, y requeríale en consejo que saliese contra los enemigos. Mas dando el marqués razones por donde no convenia salir tan presto, dicen que pasó tan adelante, que en presencia de personas graves y en un consejo, le dijo: _Que no lo haciendo, tomaria él la gente y saldria con ella en campo_.
En Granada ninguna diligencia se hizo para proveer al marqués; porque, pues no replicaba, tuvieron creido que no tenia necesidad, y que estaba proveido bastantemente en Adra, de donde era el camino mas cauto y seguro: tenian por dificultoso el de la Calahorra; los enemigos muchos, las recuas pocas, la tierra muy áspera, de la cual decian que el marqués era poco plático. Mas el pueblo, acostumbrado ya á hacerse juez, culpábale de mal sufrido en palabras y obras igualmente, con la gente particular y comun; á sus oficiales de liberales en distribuir lo voluntario, y en lo necesario estrechos; detenerse en Adra buscando causas para criar la guerra, tenido en otras cosas por diligente: escribíanse cartas, que no faltaba adonde cayesen á tiempo; disminuíase por horas la gracia de los sucesos pasados: decian que de ello no pesaba á D. Juan, ni á los que le estaban cerca: era su parcial solo el presidente, pero ese algunas veces ó no era llamado, ó le excluían de los consejos á horas y lugares, aunque tenia plática de las cosas del reino y alteraciones pasadas. Pasó este apuntamiento hasta ser avisado el consejo por cartas de personas y ministros importantes (segun el pueblo decia), y aun reprendido, que parecia desautoridad y poca confianza, no llamar un hombre grave de experiencia y dignidad. Pero no era de maravillar que el vulgo hiciese semejantes juicios; pues por otra parte se atrevia á escudriñar lo intrínseco de las cosas, y examinar las intenciones del consejo.
Decian que el duque de Sesa y el marqués de Velez eran amigos, mas por voluntad suya que del duque: no embargante que fuesen tio y sobrino. El marqués de Mondejar y el duque émulos de padres y abuelos sobre la vivienda de Granada, aunque en público profesasen amistad: antigua la enemistad entre los marqueses y sus padres, renovada por causas y preeminencias de cargos y jurisdicciones; lo mismo el de Mondejar y el presidente, hasta ser maldicientes en procesos el uno contra el otro: Luis Quijada envidioso del de Velez, ofendido del de Mondejar; porque siendo conde de Tendilla, no quiso consentir al marqués su padre que le diese por mujer una hija que le pidió con instancia; amigo intrínseco de Eraso, y de otros enemigos de la casa del marqués. El duque de Feria[52], enemigo atrevido de lengua y por escrito del marqués de Mondejar; ambos dende el tiempo de D. Bernardino de Mendoza, cuya autoridad despues de muerto los ofendia. El duque de Sesa y Luis Quijada á veces tan conformes, cuanto bastaba para excluir los marqueses, y á veces sobresanados por la pretension de las empresas: hablabánse bien, pero huraños y recatados, y todos sospechosos á la redonda. Entreteníase Muñatones mostrado á sufrir y disimular, culpando las faltas de proveedores y aprovechamientos de capitanes, lo uno y lo otro sin remedio. D. Juan como no era suyo, contentábale cualquiera sombra de libertad: atado á sus comisiones, sin nombramiento de oficiales, sin distribucion de dinero, armas y municiones y vituallas, si las libranzas no venian pasadas de Luis Quijada; que en esto y en otras cosas no dejaba (con algunas muestras de arrogancia) de dar á entender lo que podia, aunque fuese con quiebra de la autoridad de D. Juan; que entendia todos estos movimientos, pero sufríalos con mas paciencia que disimulacion: solamente le parecia desautoridad que el marqués de Mondejar ó el conde su hijo usasen sus oficios, aunque no estaban excluidos ni suspendidos por el rey. Tampoco dejaron de sonarse cosquillas de mozos y otros, que las acrecentaban entre el conde y ellos: tal era la apariencia del gobierno. Pero no por eso se dejaba de pensar y poner en ejecucion lo que parecia mejor al beneficio público y servicio del rey: porque los ministros y consejeros no entran con las enemistades y descontentamientos al lugar donde se juntan, y aunque tengan diferencia de pareceres, cada uno encamina el suyo á lo que conviene; pero los escritores como no deben aprobar semejantes juicios, tampoco los deben callar cuando escriben con fin de fundar en la historia ejemplos, por donde los hombres huyan lo malo y sigan lo bueno.
[52] Solo esto del duque de Feria no entiendo bien, si bien por concordar todos los manuscritos, no me atreví á quitarlo.
[Nota al margen: 1569.]
Dende los diez de junio á los veinte y siete de julio estuvo el marqués de Velez en Adra sin hacer efecto; hasta que entendiendo que Aben Humeya se rehacia, partió con diez mil infantes y setecientos caballos, gente, como dije, ejercitada y armada, pero ya descontenta: llevó vitualla para ocho dias; el principio de su salida fue con alguna desórden. Mandó repartir la vanguardia, retaguardia y batalla por tercios; que la vanguardia llevase el primer dia D. Juan de Mendoza, el segundo D. Pedro de Padilla; y habiendo ordenado el número de bagajes que debia llevar cada tercio, fue informado que D. Juan llevaba mas número de ellos; y puesto que fuesen de los soldados particulares, ganados y mantenidos para su comodidad, y aunque iban para no volver á Adra; mandó tornar D. Juan al alojamiento con la vanguardia, pudiéndole enviar á contar los embarazos y reformarlos; cosa no acontecida en la guerra sin grande y peligrosa ocasion; con que dió á los enemigos ganado tiempo de dos dias, y á nosotros perdido. Salió el dia siguiente con haber hallado poco ó ningun yerro que reformar; llevó la misma órden, añadiendo, que la batalla fuese tan pegada con la vanguardia, y la retaguardia con la batalla, que donde la una levantase los pies, los pusiese la otra, guardando el lugar á los impedimentos; la caballería á un lado y á otro; su persona en la batalla, porque los enemigos no tuviesen espacio de entrar. Vino á Berja, y de allí fue por el llano que dicen de Lucainena, donde al cabo de él vieron algunos enemigos con quien se escaramuzó sin daño de las partes; mostrando Aben Humeya su vanguardia en que habia tres mil arcabuceros, pocos ballesteros; pero encontinente subió á la sierra: la nuestra alojó en el llano, y el marqués en Ujijar donde se detuvo un dia, y mas el que caminó: dilacion contra opinion de los pláticos, y que dió espacio á los enemigos de alzar sus mujeres, hijos y ropa, esconder y quemar la vitualla, todo á vista y media legua de nuestro campo. El dia siguiente salió del alojamiento: los enemigos mostrándose en ala, como es su costumbre, y dando grita acometieron á D. Pedro de Padilla (á quien aquel dia tocaba la vanguardia), con determinacion, á lo que se veía, de dar batalla. Eran seis mil hombres entre arcabuceros y ballesteros, algunos con armas enhastadas; víase andar entre ellos cruzando Aben Humeya bien conocido, vestido de colorado, con su estandarte delante; traía consigo los alcaides, y capitanes moriscos y turcos que eran de nombre. Salió á ellos D. Pedro con sus banderas y con los aventureros que llevaba el marqués de la Favara, y resistiendo su ímpetu, los hizo retirar cuasi todos: pero fueron poco seguidos; porque al marqués de Velez pareció que bastaba resistillos, ganalles el alojamiento, y esparcillos. Retiráronse á lo áspero de la montaña con pérdida de solos quince hombres: fue aquel dia buen caballero el marqués de la Favara, que apartado con algunos particulares que le siguieron, se adelantó, peleó, y siguió los enemigos; lo mismo hizo D. Diego Fajardo con otros. Aben Humeya apretado huyó con ocho caballos á la montaña, y dejarretándolos, se salvó á pie; el resto de su gente se repartió sin mas pelear por toda ella: hombres de paso, resolutos á tentar y no hacer jornada; cebados con esperanzas de ser por horas socorridos ó de gente para resistir, ó de navíos para pasar en Berbería; y esta flaqueza los trujo á perdicion. Contentóse el marqués con rompellos, ganalles el alojamiento, y esparcillos; teniendo que bastaba, sin seguir el alcance, para sacallos de la Alpujarra; ó que esperase mayor desórden, ó que le pareciese que se aventuraba en dar la batalla el reino de Granada, y que para el nombre bastaba lo hecho: hallóse tan cerca del camino, que con doscientos caballos acordó pasar aquella noche á reconocer la vitualla á la Calahorra, donde no hallando que comer, volvió otro dia al campo, que estaba alojado en Valor el alto y bajo. Detúvose en estos dos lugares diez dias, comiendo la vitualla que trajo y alguna que se halló de los enemigos sin hacer efecto, esperando la provision que de Granada se habia de enviar á la Calahorra, y teniendo por incierta y poca la de Adra; y aunque los ministros á quien tocaba afirmasen que las galeras habian traido en abundancia, resolvió mudarse á la Calahorra, fortaleza y casa de los marqueses de Zenette, patrimonio del conde Julian en tiempo de godos, que en el de moros tuvieron los Zenettes venidos de Berbería, una de las cinco generaciones descendientes de los alárabes que poblaron y conquistaron á África. Tuvo el marqués por mejor consejo dejar á los enemigos la mar y la montaña, que seguillos por tierra áspera y sin vitualla, con gente cansada, descontenta y hambrienta; y asegurar tierra de Guadix, Baza, rio de Almanzora, Filabres, que andaba por levantarse, y allanar el rio de Bolodui que ya estaba levantado, comer la vitualla de Guadix y el marquesado.
Mas la gente con la ociosidad, hambre y descomodidad de aposentos, comenzó á adolecer y morir. Ningun animal hay mas delicado que un campo junto, aunque cada hombre por sí sea recio y sufridor de trabajo; cualquier mudanza de aires, de aguas, de mantenimientos, de vinos; cualquier frio, lluvia, falta de limpieza, de sueño, de camas, le adolece y deshace; y al fin todas las enfermedades le son contagiosas. Andaban corrillos, quejas, libertad, derramamientos de soldados por unas y otras partes, que escogian por mejor venir en manos de los enemigos: íbanse cuasi por compañías sin órden ni respeto de capitanes. Como el paradero de estos descontentamientos, ó es amotinarse, ó un desarrancarse pocos á pocos, vino á suceder así hasta quedar las banderas sin hombres; y tan adelante pasó la desórden, que se juntaron cuatrocientos arcabuceros, y con las mechas en las serpentinas salieron á vista del campo: fue D. Diego Fajardo hijo del marqués por detenerlos, á quien dieron por respuesta un arcabuzazo en la mano y el costado, de que peligró, y quedó manco. La mayor parte de la gente que el marqués envió con él, se juntó con ellos y fueron de compañía; tanto en tan breve tiempo habia crecido el odio y desacato.
En fin llegado y alojado en el lugar, temiendo de su persona pasó á posar en la fortaleza: la gente se aposentó en el campo comiendo á libra escasa de pan por soldado sin otra vianda; pero dende á pocos dias dos libras por dia, y una de carne de cabra por semana; los dias de pescado algun ajo y una cebolla por hombre, que esto tenian por abundancia: sufrieron mucho las banderas de Nápoles con el nombre de soldados viejos, y la gente particular; quedaron en pie cuasi solas estas compañías y doscientos caballos. Tal fue el suceso de aquella jornada en que los enemigos vencidos quedaron con la mar y tierra, mayores fuerzas y reputacion; y los vencedores sin ella, faltos de lo uno y de lo otro.
En el mismo tiempo los vecinos del Padul, á tres leguas de Granada, se quejaban que habian tenido y mantenido mucho tiempo gruesa guarnicion, que no podian sufrir el trabajo, ni mantener los hombres y caballos. Pidieron que ó se mudase la guardia ó se disminuyese, ó los llevasen á ellos á vivir en otro lugar. Vínose en esto; y salidos ellos, la siguiente noche juntándose con los moros de la sierra, dieron en la guarnicion, mataron treinta soldados, y hirieron muchos acogiéndose á lo áspero: cuando el socorro de Granada llegó, halló hecho el daño y á ellos en salvo.
La desórden del campo del marqués puso cuidado á D. Juan de proveer en lo que tocaba á tierra de Baza; porque la ciudad estaba sin mas guardia, que la de los vecinos. Envió á D. Antonio de Luna con mil infantes y doscientos caballos, que estuvo dende medio agosto hasta medio noviembre sin acontecer novedad ó cosa señalada, mas del aprovechamiento de los soldados, mostrados á hacer presas contra amigos y enemigos. Puso en su lugar á D. García Manrique á la guardia de la Vega, sin nombre ó título de oficio. Vióse una vez con los enemigos, matándoles alguna gente sin daño de la suya.
Entre tanto no cesaban las envidias y pláticas contra los marqueses, especialmente las antiguas contra el de Mondejar; porque aunque sus compañeros en la suficiencia fuesen iguales, vióse que en el conocimiento de la tierra y de la gente donde y con quien habia hecho la vida, y en las provisiones por el luengo uso de proveer armadas, era su parecer mas aprobado que apacible; pero siempre seguido, hasta que el marqués de Velez subió en favor y vino á ser señor de las armas. Entonces dejaron al de Mondejar, y tornaron á deshacer las cosas bien hechas del de Velez. Mas cuando este comenzó á faltar de la gracia particular y general, tornaron sobre el de Mondejar; y temiendo que las armas de que estaba despojado tornasen á sus manos, claramente le excluían de los consejos, calumniaban sus pareceres, publicaban por una parte las resoluciones y por otra hacíanle autor del poco secreto; parecíales que en algun tiempo habia de seguirse su opinion cuanto al recibir los moriscos y despues oprimillos, que cesarian las armas y por esto la necesidad de las personas por quien eran tratadas.
Estaban nuestras compañías tan llenas de moros aljamiados, que donde quiera se mantenian espías: las mujeres, los niños esclavos, los mismos cristianos viejos daban avisos, vendian sus armas y municion, calzado, paño, y vituallas á los moros. El rey por una parte informado de la dificultad de la empresa, por otra dando crédito á los que la facilitaban, vistos los gastos que se hacian, y pareciéndole que el marqués de Mondejar, émulo del de Velez y de otros, aunque no daba ocasion á quejas, daba avilanteza á que se descargasen de culpas, diciendo que por tener él mano en los negocios eran ellos mal proveidos, y que la ciudad descontenta de él, y persuadida por el corregidor Juan Rodriguez de Villafuerte que era interesado, y del presidente que le hacia espaldas, de mejor gana contribuiria con dinero, gente y vitualla hallándose ausente que presente, que de ninguno podia informarse mas clara y particularmente; envióle á mandar que con diligencia viniese á Madrid: algunos dicen que en conformidad de sus compañeros. El suceso mostró, que la intencion del rey era apartalle de los negocios. Mas porque se vea como los príncipes pudiendo resolutamente mandar, quieren justificar sus voluntades con alguna honesta razon, he puesto las palabras de la carta.
«Marqués de Mondejar, primo, nuestro capitan general del reino de Granada. Porque queremos tener relacion del estado en que al presente están las cosas de ese reino, y lo que converná proveer para el remedio de ellas, os encargamos que en recibiendo esta os pongais en camino, y vengais luego á esta nuestra corte para informarnos de lo que está dicho, como persona que tiene tanta noticia de ellas: que en ello, y en que lo hagais con toda la brevedad, nos ternemos por muy servidos. Dada en Madrid á 3 de setiembre de 1569.»
Llegó el marqués, y fue bien recebido del rey, y algunas veces le informó á solas: de los ministros fue tratado con mas demonstracion de cortesía que contentamiento: nunca fue llamado en consejo; mostrando estar informados á la larga por otra via. Muñatones, plático de semejantes llamamientos, y falto de un ojo, dijo como le mostraron la carta: _que le sacasen el otro, si el marqués tornaba de allá durante la guerra_. Anduvo muchos dias como suspendido y agraviado, cierto que siempre habia seguido la voluntad del rey y de solo ella hecho caudal. Mas entre los reyes y sus ministros, la parte de los reyes es la mas flaca; no embargante la informacion que el marqués dió, eran tantas y tan contrarias unas de otras las que se enviaban, que pareció juntar con ellas la de D. Enrique Manrique, alcaide que fue del castillo de Milan, y habiéndolo él dejado, estaba descansando en su casa. Pasó por Granada entendiendo lo de allí; vino á do el marqués de Velez estaba; y partió sin otra cosa de nuevo mas de errores en la guerra, cargos de unos ministros á otros dados por via de justificacion, necesidad de cargar con mayores fuerzas, crecidas las de los enemigos con la disminucion de las nuestras.
Pareció á los ministros la gente con que el marqués habia ofrecido echar los enemigos de la tierra, poca, y la oferta menos pensada; pues con doblado número no se hizo mayor efecto: y no dejaron de deshacelle el buen suceso, con decir que los moros muertos habian sido menos de lo que se escribió. Pero el rey tomando la parte del marqués respondió: _que habia sido importante desbaratar y partir los enemigos, aunque no con tanto daño de ellos como se dijo_; y esto mas por reprimir alguna intencion que se descubria contra el marqués, que por alaballe, como se vió dende á poco. Decia el marqués que la falta de vitualla habia sido causa de haberse deshecho su campo; cargaba á D. Juan, al consejo de Granada; quedó la suma de todo su campo en pocos mas de mil y quinientos infantes y doscientos caballos: en fin fue necesitado á recogerse dentro en el lugar, atrincherarse, y aun derribar casas por parecerle el sitio grande. Mas dende á pocos dias enviaron de Granada tanta provision, que no habiendo á quien repartilla, ni buena órden, valian cien libras de pan un real.
No estaba Granada por esto mas proveida de vitualla, ni se hacian los partidos de ella con mayor recatamiento, aunque el presidente remediaba parte del daño con industria; ni en lo que tocaba á la gente y pagas se guardaban las órdenes de D. Juan, á quien tampoco perdonaba el pueblo de Granada; libre y atrevido en el hablar, pero en presencia de los superiores siervo y apocado; movido á creer y afirmar facilmente sin diferencia lo verdadero y lo falso; publicar nuevas ó perjudiciales ó favorables, seguillas con pertinacia: ciudad nueva, cuerpo compuesto de pobladores de diversas partes, que fueron pobres y desacomodados en sus tierras, ó movidos á venir á esta por la ganancia; sobras de los que no quisieron quedar en sus casas, cuando los Reyes católicos la mandaron poblar; como es en los lugares, que se habitan de nuevo. No se dice esto porque en Granada no haya tambien nobleza escogida por los mesmos reyes cuando la república se fundó, venida de personas excelentes en letras, á quien su profesion hizo ricos, y los descendientes de unos y otros nobles de linaje ó de ánimo y virtud, como en esta guerra lo mostraron no solamente ellos, pero el comun; mas porque tales son las ciudades nuevas, hasta que envejeciéndose la virtud y riqueza, la nobleza se funda. Discurrian las intenciones libres por todos sin perdonar á ninguno, y las lenguas por los que osaban, y no sin causa; porque en guerra de mucha gente, de largo tiempo, varia de sucesos, nunca faltan casos que loar ó condenar. Las compañías de Granada eran tan faltas y mal disciplinadas, que ni con ellas se podia estar dentro, ni salir fuera; pero la mayor desórden fue que habiendo mandado el rey castigar con rigor los soldados que se venian del marqués de Velez, y procurando D. Juan que se pusiese en ejecucion; cansados los ministros de ejecutar y D. Juan de mandar, visto lo poco que aprovechaba, se tomó expediente de callar; y por no quedar del todo sin gente, consentir que las compañías se hinchiesen de la que desamparaba las banderas del marqués, no sin alguna sombra de negligencia ó voluntad; la cual fue causa de que viniese el campo á quedar deshecho, y los enemigos señores de mar y tierra, campeando Aben Humeya con siete mil hombres, quinientos turcos y berberíes, sesenta caballos; mas para autoridad que necesidad.