Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades

Part 10

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Hacia con los suyos Aben Humeya su residencia en los lugares de Valor y Poqueira, y en los que están en lo áspero de la Alpujarra; comiendo la vitualla que tenian encerrada y la que hallaban sin dueño, con mayor abundancia y á mas bajos precios que nosotros. Las rentas que para mantenimiento del reino le señalaron fueron el diezmo de los frutos y el quinto de las presas, y mas lo que tiránicamente quitaba á sus súbditos. De esta manera se detuvieron, el marqués de Mondejar rehaciéndose de gente en Orgiba, incierto en que pararia la suspension del rey; y Aben Humeya gozando del tiempo, cobrando fuerzas, esperando el socorro de Berbería para mantener la guerra, ó navíos en que pasarse y desamparar la tierra.

Estando las armas en este silencio; porque el bullicio no cesase en alguna parte, sucedió en Granada un caso aunque liviano, que por ser en ocasion y no pensado escandalizó. Habia en la cárcel de la chancillería hasta ciento y cincuenta moriscos presos; parte por seguridad (que eran escandalosos), parte por delitos ó sospecha de ellos; todos como de los mas ricos y acreditados en la ciudad, así de los mas inhábiles para las armas; gente dada á trato y regalo. Contra estos se levantó voz á media noche estando los hombres en sosiego, que procuraban quebrantar las prisiones, matar las guardias, salir de las cárceles, y juntos con los moros de la Vega y Alpujarra levantar el Albaicin, degollar los cristianos, escalar el Alhambra, y apoderarse de Granada; empresa difícil para sueltos y muchos y experimentados, aunque con menos recatamiento se estuviera. Mas no dejó de tener este movimiento algunas causas; porque hubo informacion que lo trataban; y deposiciones de testigos, que en ánimos sospechosos lo imposible hacen parecer fácil. Acrecentaron la sospecha algunas escalas, aunque de esparto, anchas y fuertes, fabricadas para escalar muralla, que el conde halló en cierta cueva al cerro de Santa Elena; pertrecho que los moros guardaban para entrar en el Alhambra la noche que vinieron al Albaicin, como está dicho. Alborotado el pueblo, corrió á las cárceles con autoridad de justicia, acriminando los ministros el caso y acrecentando la indignacion: mataron cuasi todos los moriscos presos, puesto que algunos hiciesen defensa con las armas que hallaban á mano, como piedras, vasos, madera, poniendo tiempo entre la ira del pueblo y su muerte. Habia en ellos culpados en pláticas y demostraciones, y todos en deseo; gente flaca, liviana, inhábil para todo, sino para dar ocasion á su desventura.

No dejaban los moros en todo tiempo de procurar algun lugar de nombre en la costa para dar reputacion á su empresa, y acoger armada de Berbería; pero su principal intento se encaminaba á tomar á Almería, ciudad asentada en sitio mas á propósito que Málaga, y despues de ella la mas importante; habitada de moriscos y cristianos viejos, cerca de los puertos de cabo de Gata, y de abundancia de carne, pan, aceite, frutas; puesta á la entrada de muchos valles que unos llevan á la parte del maestral á Granada, y otros á la del griego al rio de Almanzora y tierra de Baza; al levante la de Cartagena, y al poniente Almuñecar y Velez Málaga. En tiempo de romanos y godos fue (como ahora) cabeza de provincia llamada Virgi; y en el de los moros, de reino, despues que fueron echados de Córdoba. Pobláronla los de Tiro que vinieron á Cádiz, poco apartada de la mar; los moros por la comodidad del agua pasaron la poblacion adonde ahora está. Destruyóla el emperador de España D. Alonso el VII, trayendo á sueldo el conde de Barcelona, con sesenta galeras y ciento y sesenta y tres navíos de genoveses con Balduino y Ansaldo de Oria, generales de la armada; á quien el rey dió por cuenta de sus sueldos el vaso verde que hoy muestran en San Juan, y dicen ser esmeralda: y puédese creer sin maravilla, vista la grandeza de los que comienzan á venir del Nuevo Mundo, y la que refieren algunos antiguos escritores. Esto tratan nuestras historias; aunque las de genoveses refieren haberle tomado en la conquista de Cesarea en Asia, siendo su capitan Guillelmo que llamaban Cabeza de Martillo: quede la fe de esto al arbitrio de los que leen. Tornó á restaurar la ciudad Abenhut. Cerca del nombre, aprendí de los moros naturales, que por la fábrica de espejos de que habia gran trato, la llamaron Almería; tierra de espejos quiere decir, porque al espejo llaman meri. Dicen los moros valencianos, que por espejo del reino le pusieron este nombre. Las historias arábigas, que en gran parte son fabulosas, cuentan que en lo mas alto habia un espejo semejante al que se finge de la Coruña, en que se descubrian las armadas. La memoria de los antiguos antes de los moros es, que habia atalaya, á que los latinos llamaban _specula_, como en la misma Coruña, para encaminar y mostrar los navíos que venian á la costa, y de allí le dieron el nombre. Pero el autor que yo sigo, y entre los arábigos tiene mas crédito, dice que cuando los moros ganada España se quisieron volver á sus casas, para detenellos, les dieron á poblar á cada uno la tierra que mas parecia á la suya; y á estas provincias llamaron Coras, que quiere decir tanto, como la redondez de la tierra que descubre la vista: horizonte la podrian llamar los curiosos de vocablos. Los de Almería[49], ciudad populosa en la provincia de Frigia, donde fue cabeza la gran Troya, escogieron á Virgi por habitacion; porque les pareció semejante á su ciudad, y le dieron su nombre, como dijimos que los de Damasco dieron el suyo á Granada. Fue Almería la de Asia destruida por el emperador Constancio, en tiempo de Mauhía IV, sucesor de Mahoma. Pues viendo el rey que los moros insistian tanto en la empresa de Almería, y si la ocupasen seria tener la puerta del reino, y fundar en ella nombre y cabeza segun la tuvieron en otros tiempos; aunque por D. García de Villarroel se guardase con bastante diligencia, quiso guardarla con mas autoridad. Mandó que por entonces tuviese el cargo con mayor número de gente D. Francisco de Córdoba que vivia retirado en su casa: hombre plático en la guerra contra los moros, y que habia seguido al emperador en algunas; criado debajo del amaestramiento de dos grandes capitanes, uno D. Martin de Córdoba, su padre, conde de Alcaudete; otro D. Bernardino de Mendoza su tio. Estando en Almería D. Francisco, llegó Gil de Andrada con las galeras de su cargo y otras con que guardaba la costa; y teniendo ambos aviso que en la sierra de Gador se recogia gran número de moros con sus mujeres y hijos, (sobras de gente corrida por los marqueses de Mondejar y Velez), acompañados de treinta turcos, temiendo que juntos con otros le desasosegasen á Almería; juntó gente de la tierra, de la guardia de ella, y de las galeras hasta setecientos arcabuceros y cuarenta caballos; fue sobre ellos, que estaban fuertes, y á su pesar defendidos con algun reparo de manos y aspereza del lugar: á la tierra llaman Alcudia, y al pueblo Inox, pocas leguas de Almería. Estuvo detenido cuasi cuatro dias (por ser malo el tiempo en fin de enero), al pie de la montaña, y cuasi desconfiado de la empresa: resolvióse á combatillos por dos partes, aunque era difícil la subida; hicieron la defensa que pudieron con piedras y gorguces, porque en tanto número como mil y quinientos hombres habia solos cuarenta arcabuceros y ballesteros: fueron rotos, murieron muchos, y con mas pertinacia que los de otras partes; porque hasta las mujeres meneaban las armas: hubo cautivos cuasi dos mil personas; saliéronse los moros y entre ellos el capitan llamado Corcuz de Dalias, para caer despues en las manos de los nuestros cerca de Vera, y morir en Adra sacados los ojos, con un cencerro al cuello, entregado á los muchachos, por los daños que siendo cosario habia hecho en aquella costa. Tornó D. Francisco la gente á Almería rica y contenta: dividió la presa entre los soldados; proveyó de esclavos las galeras; mas dende á pocos dias entendiendo como el marqués de Velez venia por general de toda aquella provincia, y pareciéndole que bastaba para la ciudad un solo defensor, pidió licencia y habida del rey tornó á su casa.

[49] Amorío la llama en su geografía Ptolomeo, lib. V, c. 2.

Crecia la libertad por todo y la permision de los ministros, unos mostrando contentarse, otros no castigando: hombres á quien las desórdenes de nuestros soldados parecian venganzas, otros á quien no pesaba que creciesen estas, y se diese ocasion á que el resto de los moriscos que estaba pacífico tomase las armas. Juntábanseles los ministros de justicia, pertinaces de su opinion, impacientes de esperar tiempo para el castigo, poco pláticos de temporizar hasta la ocasion; el interés de los que desean acrecentar los inconvenientes, la avaricia de los soldados, y por ventura la indignacion del príncipe, la voz del pueblo, y quien sabe si la de Dios, para que el castigo fuese general, como habia sido la ofensa.

Estaba por rebelar la Vega de Granada, de donde y de la tierra á la redonda cada dia se pasaba gente y lugares enteros á los enemigos, excusándose con que no podian sufrir los robos de personas y haciendas, las fuerzas de hijas y mujeres, los cautiverios, las muertes. Estaba sosegada la serranía y el habaral de Bonda, la hoya y jarquia de Málaga, la sierra de Bentomiz, el rio de Bolodui, la hoya y tierra de Baza, Guescar, el rio de Almanzora, la sierra de Filabres, el Albaicin y barrios de Granada poblados de moriscos. Habia levantados algunos lugares en tierra de Almuñecar, el Val de Leclin, el Alpujarra, tierra de Guadix, marquesado de Zenette, rio de Almería, que en esto se encierra todo el reino de Granada poblado de moriscos. Mas Aben Humeya no perdia ocasion de solicitallos por medio de personas, que tenian entre ellos autoridad, ó deudos de las mujeres con quien se habian casado: usaba de blandura general; queria ser tenido por cabeza, y no por rey: la crueldad, la codicia cubierta engañó á muchos en los principios; pero no á su tio Aben Jauhar, que dejando parte del dinero y riquezas en poder del sobrino, llevando lo mejor consigo, resoluto de huir á Berbería, mostró ir á solicitar el levantamiento de la sierra de Bentomiz: vino á Portugos, donde murió de dolor de la hijada, viejo, descontento y arrepentido. Mostró Aben Humeya descontentamiento, mas por haberle la enfermedad quitado el cuchillo de las manos, que por la falta del tio: tomóle los dineros y hacienda con ocasion de entregarse de mucha, que habia entrado en su poder de diezmos y quintos. Tal fue la fin de don Fernando el zaguer Aben Jauhar, cabeza del levantamiento en la Alpujarra, inventor del nombre de rey entre los moros de Granada; poderoso para hacer señor á quien le quitó la hacienda y fue causa de su muerte: tal el desagradecimiento de Aben Humeya contra su sangre, que le habia dado señorío y título de rey, pudiéndolo tomar para sí. Mas así á los príncipes verdaderos como á los tiranos son agradables los servicios, en cuanto parece que se pueden pagar; pero cuando pasan muy adelante, dase aborrecimiento en lugar de merced.

Acabó de resolverse el rey en la venida de su hermano á Granada, para emplealle en empresa que puesto que de suyo fuese menuda, era de muchos cabos peligrosa, por la vecindad de Berbería; y queriéndose llevar por violencia, larga: por ser guerra de montaña, en ocasion que el rey de Argel estaba armado, y la armada del gran turco junta contra venecianos. Hizo dos provisiones; una en D. Luis de Requesens que estaba por embajador en Roma, teniente de D. Juan de Austria en la mar, para que con las galeras de su cargo que habia en Italia, y trayendo las banderas del reino de que D. Pedro de Padilla era maestro de campo, viniese á hacer espaldas á la empresa, poniendo la gente en tierra, donde á D. Juan pareciese que podia aprovechar; y juntando con sus galeras las de España, cuyo capitan era D. Sancho de Leiva, hijo de Sancho Martinez de Leiva, estorbase el socorro que podia venir de Berbería á los enemigos; proveyese de vitualla y municiones las plazas del reino de Granada que están á la costa, y al ejército cuando estuviese en parte á propósito. Otra provision (resoluto de hacer la guerra con mayores fuerzas) fue mandar al marqués de Mondejar que estaba en Orgiba para salir en campo, que dejando en su lugar á D. Antonio de Luna ó á D. Juan de Mendoza, cual de ellos le pareciese, con expresa órden que no innovasen ni hiciesen la guerra, viniese á Granada para recibir á D. Juan y asistir con él en consejo, juntamente con los que hubiesen de tratar los negocios de paz y guerra, no dejando el uso de su oficio, como capitan general de la gente ordinaria del reino de Granada: ó si mejor le pareciese, quedase en Orgiba á hacer la guerra, guardando en todo la órden que D. Juan de Austria su hermano le diese, á quien enviaba por cabeza y señor de la empresa. Pareció al marqués escoger la asistencia en consejo; ó porque con la plática de la guerra pasada, con el conocimiento de la tierra y gente, y con el ejercicio de aquella manera de milicia en que se habia criado (aunque en todo diferente de la ordinaria), esperaba que el crédito y el gobierno pararia en su parecer, y la ejecucion en su mano; ó temiendo quedar debajo de mano ajena, y ser mal proveido, mandado y á veces calumniado ó reprendido como ausente, dejó á D. Juan de Mendoza contento, regalado y honrado en Orgiba; por ser hombre plático, mas desocupado, de su nombre, y con cuyos deudos tenia antigua amistad (aunque algunos creen que en ello no hizo su provecho); y vino á Granada. Salido de Orgiba, estuvo aquella frontera sosegada, sin hacer ni recibir daño de los enemigos; discurriendo ellos á una y otra parte con libertad.

Llegó D. Juan de Austria trayendo consigo á Luis Quijada (plático en gobernar infantería, cuyo cargo habia tenido en tiempo del emperador), hombre de gran autoridad, por voluntad del rey, que le remitió la suma de todo lo que tocaba al gobierno de la persona y consejo del hermano; y por la crianza que habia hecho en él por mandado del emperador. Fue recibido D. Juan con grandes demostraciones y confianza, sin dejar ninguna manera de ceremonia excepto las ordinarias que se suelen hacer á los reyes; y aun la lisonja (que su verdad está en las palabras) se extendió á llamarle alteza, no embargante que hubiese órden expresa del rey, para que sus ministros y consejeros le llamasen excelencia, y él no se consintiese llamar de sus criados otro título. Posó en las casas de la audiencia por estar en medio de la ciudad; casas de mala ventura las llamaban en su tiempo los moros, y así de ellas salió su perdicion. Llegó dende á pocos dias Gonzalo Hernandez de Córdoba, duque de Sesa, nieto del Gran Capitan, que despues de haber dejado el gobierno del estado de Milan, conformando mas su voluntad con la de sus émulos que con la del rey, vivia en su casa libre de negocios aunque no de pretensiones: fue llamado para consejo, y uno de los ministros de esta empresa, como quien habia dado buena cuenta de las que en Lombardía tuvo á su cargo. Lo primero que se trató fue procurar que se asegurase Granada contra el peligro de los enemigos declarados fuera, y sospechosos dentro; visitar la gente que estaba alojada en el Albaicin y otras partes, por la ciudad y la Vega, y en frontera contra los enemigos; repartir y mudar las guardias al parecer con mas curiosidad que necesidad de los muros adentro; y aun quedó muchos meses de parte del realejo sin guardia á discrecion de pocos enemigos. En el campo andaban solas dos cuadrillas, ningunos atajadores por la tierra; que daba avilanteza á los contrarios de inquietar la ciudad, y á nosotros causa de correr las calles á un cabo y á otro, y algunas veces salir desalumbrados, inciertos del camino que llevaban. Atajadores llaman entre gente del campo hombres de á pie y de á caballo, diputados á rodear la tierra, para ver si han entrado enemigos en ella ó salido. Era excusable esta manera de defensa por ser aventurera la gente, muchas banderas de poco número, mantenidas sin pagas con solos alojamientos; la ciudad grande, continuada con la montaña; los pasos como pocos y ciertos en tiempo de nieve, así muchos y inciertos estando desnevada la sierra; un ejército en Orgiba, que los moros habian de dejar á las espaldas viniendo á Granada, aunque lejos.

El propósito requiere tratar brevemente del asiento de Granada por clareza de lo que se escribe. Es puesta parte en monte, y parte en llano: el llano se extiende por un cabo y otro de un pequeño rio que llaman Darro, que la divide por medio; nace en la sierra Nevada poco lejos de las fuentes de Genil, pero no en lo nevado; de aire y agua tan saludable, que los enfermos salen á repararse, y los moros venian de Berbería á tomar salud en su ribera, donde se coge oro; y entre los viejos hay fama, que el rey de España D. Rodrigo tenia riquísimas minas debajo de un cerro, que dicen del sol. Está lo áspero de la ciudad en cuatro montes: el Alhambra á levante, edificio de muchos reyes, con la casa real; y San Francisco, sepultura del marqués D. Iñigo de Mendoza, primer alcaide y general, humilde edificio, mas nombrado por esto; fuerza hecha para sojuzgar la parte de la ciudad que no descubre la Alhambra, con el arrabal de la Churra y calle de los Gomeres que todo se continúa con la sierra de Guejar. El Antequeruela, y las torres Bermejas, que llaman Mauror, á mediodia. El Albaicin, que mira al norte con el Hajariz; y como vuelve por la calle de Elvira la ladera que dicen Zenette por ser áspera. El Alcazava cuasi fuera de la ciudad á mano derecha de la puerta de Elvira que mira al poniente. Con estos dos montes Albaicin y Alcazava se continúa la sierra de Cogollos, y la que decimos del Puntal. En torno de estos montes y la falda de ellos, se extienden los edificios por lo llano hasta llegar al rio Genil que pasa por defuera. Al principio de la ciudad, la plaza Nueva sobre una puente; y cuasi al fin, la de Bibarrambla, grande, cuadrada, que toma nombre de la puerta; ambas plazas juntadas con la calle de Zacatin: antes la iglesia mayor, templo el mas suntuoso despues del Vaticano de San Pedro, la capilla en que están enterrados los reyes D. Fernando y D.ª Isabel, conquistadores de Granada, con sus hijos y yernos. El Alcaicería, que hasta ahora guarda el nombre romano de César (á quien los árabes en su lengua llaman Caizar), como casa de César. Dicen las historias arábigas y algunas griegas, que por encerrarse y marcarse dentro la seda que se vende y compra en todo el reino la llaman de esa manera, dende que el emperador Justino concedió por privilegio á los árabes scenitas, que solos pudiesen crialla y beneficialla: mas extendiendo debajo de Mahoma y sus sucesores su poder por el mundo, llevaron consigo el uso de ella, y pusieron aquel nombre á las casas donde se contrataba; en que despues se recogieron otras muchas mercaderías, que pagaban derechos á los emperadores, y perdido el imperio á los reyes. Fuera de la ciudad el hospital real fabricado de los reyes D. Fernando y D.ª Isabel, San Hierónimo, suntuoso sepulcro del gran capitan Gonzalo Hernandez, y memoria de sus victorias: el rio Genil, que cuasi toca los edificios, dicho de los antiguos Singilia, que nace en la sierra Nevada, á quien llamaban Solaria y los moros Solaira, de dos lagunas que están en el monte cuasi mas alto, de donde se descubre la mar, y algunos presumen ver de allí la tierra de Berbería. En ellas no se halla suelo ni otra salida sino la del rio; cuyas fuentes tienen los moradores por religion, diciendo que horadan el monte por milagro de un santo que está sepultado en otro monte contrario dicho Sant Alcazaren. Va primero al norte, y pequeño; mas en poco camino, grande con las nieves cuando se deshacen y arroyos que se le juntan. Á una y otra parte moraban pueblos, que ahora aun el nombre de ellos no queda; iliberitanos ó liberinos en tiempo de los antiguos españoles, lo que decimos Elvira, en cuyo lugar entró Granada; ilurconeses, pequeños cortijos; la torrecilla, y la torre de Roma, recreacion de la Cava romana, hija del conde Julian el traidor: todo poblaciones de los soldados que acompañaron á Baco en la empresa de España; segun muestran los nombres y muchos letreros y imágenes, en que se ven esculpidas procesiones y personajes que representan juegos y ceremonias del mismo Baco á quien tuvieron por dios; todo esto en la Vega. Despues Loja, Antequera, dicha Singilia del nombre del mismo rio, Écija dicha Astigis, colonias de romanos antiguamente, hoy ciudades populosas en el Andalucía por donde pasa; hasta que haciendo mayor á Guadalquivir, deja en él aguas y nombre.

Cesaron los oficios de guerra y gobierno, excepto de justicia, con la presencia de D. Juan. Su comision fue sin limitacion ninguna; mas su libertad tan atada, que de cosa grande ni pequeña podia disponer sin comunicacion y parecer de los consejeros, y mandado del rey; salvo deshacer ó estorbar, que para esto la voluntad es comision: mozo afable, modesto, amigo de complacer, atento á los oficios de guerra, animoso, deseoso de emplear su persona. Acrecentaba estas partes la gloria del padre, la grandeza del hermano, las victorias del uno y del otro. Lo primero en que se ocupó fue en reformar los excesos de capitanes y soldados en alojamientos contribuciones, aprovechamientos de pagas; estrechando la costa, aunque no atajando las causas de la desórden. En aquellos principios D. Juan era poco ayudado de la experiencia, aunque mucho de ingenio y habilidad. Luis Quijada, áspero, riguroso, atado á la letra, que tuvo la primera órden de guerra en la postrera empresa del emperador contra el rey Henrico II de Francia, siempre mandado. Él y el duque de Sesa acostumbrados á tratar gente plática, con menos licencia, mas proveida, mayores pagas y mas ordinarias en Flandes, en Lombardía, lejos cada uno de su tierra; do convenia esperar pagas, contentarse con los alojamientos, antes que tornar á España, la mar en medio: todo aquí por el contrario. El marqués de Mondejar tambien capitan general antes que soldado, criado á las órdenes de su abuelo y padre, al poco sueldo, á las limitaciones de la milicia castellana; no guiar ejércitos, poca gente, menos ejercicio de guerra abierta. El presidente sin plática de lo uno y de lo otro: la aspereza de unos, la blandura de otros, la limitacion de todos, causaba irresolucion de provisiones y otros inconvenientes; no faltaron algunos de la opinion del marqués de Mondejar, que daban la guerra por acabada. Habia pocos oficiales de pluma, perdian los soldados el respeto, hacíase costumbre del vicio, envilecíase el buen nombre y reputacion de la milicia: apocóse tanto la gente, que fue necesario tratar de nuevo con las ciudades no solo del Andalucía y Estremadura, mas con las mas apartadas de Castilla que enviasen suplemento de ella; y vinieron las de mas cerca, con que parecia remediarse la falta.