Granos de oro: Pensamientos Seleccionados en las Obras de José Martí
Part 4
Suele la imprevisión humana tener a mal que el hombre bueno propague la justicia y salude el talento y la virtud, sin subir o bajar más el sombrero porque el padre del hombre virtuoso haya nacido en África o Europa; ¡pues si nació en África esclavo y de su esclavitud sacó al hijo que se hombrea con el hijo de los libres, mayor es la dificultad vencida, y más bajo debe ir el sombrero!
El peligro de educar a los niños fuera de su patria es casi tan grande como la necesidad, en los pueblos incompletos e infelices, de educarlos donde adquieran los conocimientos necesarios para ensanchar su país naciente, o donde no se les envenene el carácter con la rutina de la enseñanza y la moral turbia en que caen, por la desgana y ocio de la servidumbre, los pueblos que padecen en la esclavitud.
Es grande el peligro de educar a los niños afuera, porque sólo es de padres la continua ternura con que ha de irse regando la flor juvenil, y aquella constante mezcla de la autoridad y el cariño, que no son eficaces, por la misma justicia y arrogancia de nuestra naturaleza, sino cuando ambas vienen de la misma persona.
No se ha de criar naranjas para plantarlas en Noruega, ni manzanos para que den fruto en el Ecuador, sino que al árbol deportado se le ha de conservar el jugo nativo, para que a la vuelta a su rincón pueda echar raíces.
La naturaleza del hombre es por todo el universo idéntica, y tanto yerra el que suponga al hombre del Norte incapaz de las virtudes del del Mediodía, como el de corazón canijo que creyese que al hombre del Sur falta una sola siquiera de las cualidades esenciales de los hombres del Norte.
Los hábitos prolongados crían en los hombres, y en los pueblos, tal modificación en la expresión y funciones de la naturaleza, que, sin mudarla en lo esencial, llegan a ser imposibles al hombre de una región con cierto concepto de la vida y ciertas prácticas, la dicha del contento y el éxito del trabajo en otra región de prácticas y concepto de vida diferentes.
Un país muy poblado y frío, donde la agria necesidad aguza y encona la competencia entre los hombres, cría en éstos costumbres de egoísmo necesario que no se avienen con la franqueza y el desinterés propios e indispensables en las tierras abundantes, donde la población escasa permita aún el acercamiento y grata obligación de la vida de familia.
El fin de la educación no es hacer al hombre nulo, por el desdén o el acomodo imposible al país en que ha de vivir, sino prepararlo para vivir bueno y útil en él.
Un pueblo crea su carácter en virtud de la raza de que procede, de la comarca en que habita, de las necesidades y recursos de su existencia y de sus hábitos religiosos y políticos.
La diferencia entre los pueblos fomenta la oposición y el desdén.
La superioridad del número y del tamaño, en consecuencia de los antecedentes y de las oportunidades, cría en los pueblos prósperos el desprecio de las naciones que batallan en pelea desigual con elementos menores o diversos.
La educación del hijo de pueblos menores en un pueblo de carácter opuesto y de riqueza superior, pudiera llevar al educando a una oposición fatal al país nativo donde ha de servirse de su educación--o a la peor y más vergonzosa de las desdichas humanas, al desdén de su pueblo--, si al nutrirlo con las prácticas y conocimientos ignorados o mal desenvueltos en el país de su cuna, no se le enseñaran, con atención continua, en lo que se relacionan con él y mantienen al educando en el amor y respeto del país adonde ha de vivir.
¿A qué adquirir una lengua, si ha de perturbar la mente y quitarle la raíz al corazón?
El carácter pujante y respetado, triunfa del desierto y la noche de la vida extranjera.
Es hermoso ver luchar a un hombre honrado; verlo padecer, puesto que del espectáculo de su dolor se sacan fuerzas para oponerse a la maldad.
A los hombres los reúne el vicio o la virtud.
Hay blancos y negros tan juntos por la virtud, que no será posible separarlos sin separarlos antes de sus propias entrañas.
Lo dominante es el amor.
La patria está hecha del mérito de sus hijos, y es riqueza de ella cuanto bueno haga un hijo suyo, sobre todo si trabaja en lo que ya han brillado otros y lo de él resulta más útil y completo que lo de sus predecesores.
Lo que importa en poesía es sentir, parézcase o no a lo que haya sentido otro; y lo que se siente nuevamente, es nuevo.
A la vida se le van cayendo los velos poco a poco, y cuando se conoce y rehuye lo de verboso e inútil que hay en ella, vuelve como una ingenuidad al corazón, que en los hombres sensibles y adoloridos se refleja, a la tarde de los años, en la sencillez de la poesía.
Guerra es pujar, sorprender, arremeter, revolver un caballo que no duerme sobre el enemigo en fuga, y echar pie a tierra con la última victoria.
En el mundo, si se le lleva con dignidad, hay una poesía para mucho; todo es el valor moral con que se encare y dome la injusticia aparente de la vida; mientras haya un bien que hacer, un derecho que defender, un libro sano y fuerte que leer, un rincón de monte, una mujer buena, un verdadero amigo, tendrá vigor el corazón sensible para amar y loar lo bello y ordenado de la vida, odiosa a veces por la brutal maldad con que suelen afearla la venganza y la codicia.
Agradecer es un gusto.
Los hombres siempre se están cayendo, es verdad, pero ven a uno que anda firme, y de la vergüenza todos le siguen andando.
El genio no puede salvarse en la tierra si no asciende a la dicha suprema de la humanidad.
La personalidad individual sólo es gloriosa y útil a su poseedor cuando se acomoda a la persona pública.
El hombre, como hombre patrio, sólo lo es en la suma de esperanza o de justicia que representa.
Cuando la patria aspira, sólo es posible aspirar para ella.
Los hombres secundarios, que son aquellos en quienes el apetito del bienestar ahoga los gritos del corazón del mundo y las demandas mismas de la conciencia, pueden vivir alegres, como vasos de fango repintado, en medio de la deshonra y la vergüenza humanas. Los hombres que vienen a la vida con la semilla de lo porvenir y luz para el camino, sólo vivirán dichosos en cuanto obedezcan a la actividad y abnegación que de fuerza fatal e incontrastable traen en sí.
Debe el hombre reducirse a lo que su pueblo, o el mayor pueblo de la humanidad, requiera de él, aunque para este servicio sumo, por la crudez de los menesterosos, sacrifique al arte difícil de componer para la dicha social los elementos burdos de su época, el arte, en verdad ínfimo, de sacar a pujo la brillantez de la persona, ya esmerilando la idea exquisita, que viene mareada del universo viejo, ya levantando, a fuerza de convulsiones inmorales, una vulgar fortuna.
El odio canijo ladra y no obra.
Sólo el amor construye.
Se aborrece a los viles, y se ama, con las entrañas todas, a los hombres pudorosos y bravos.
Cuando se vive en villanía, no hay más que un pensamiento honrado, que ha de morder el corazón hasta que estalle y triunfe, y de quemarlo como una llaga, y de despertarlo en el reposo inmerecido: y es el de echar la villanía abajo.
En la deshonra, en la usurpación insolente del suelo en que se nació y del espacio en que pudieran abrir las alas nuestras facultades; en el comercio, hediondo como el pus, con la ralea que roba a nuestra tierra los frutos de su suelo y el decoro de sus hijos, y los corrompe y empobrece, sólo una especie de hombres puede vivir sin la perenne idea de mudarle el aire al cielo impuro: los hombres deshonrados.
Hombres hay para el pesebre, que viven de estrujar y de engullir; hombres de corral, a la verdad, que en el cieno están bien, que es blando y engorda.
Por el desinterés son bellos los hombres; y feos, y aun abominables, por el interés excesivo, que de la legítima prudencia sacan excusa para la inactividad y la avaricia.
Como con bubas en el rostro y jorobas en la espalda, andan por el mundo los que en las penas de él, y a la hora en que trabajan por remediarlas los corazones poderosos, pasan de prisa y como escondidos por donde el deber labra y padece, para que el deber no les sienta el paso egoísta y no les pida una migaja de su pan.
La lisonja inútil del mundo acaba tal vez en la tumba.
No hay cuenta que no se pague en la naturaleza armoniosa y lógica; y para no llevar como una cadena al pie el deber desatendido, cúmplase el deber, por la ventaja mundana y moral que hay en cumplirlo, y llévese como título y como ala.
El mundo es patético, y el artista mejor no es quien lo cuelga y recama, de modo que sólo se le vea el raso y el oro, y pinta amable el pecado oneroso, y mueve a fe inmoral en el lujo y la dicha, sino quien usa el don de componer, con la palabra o los colores, de modo que se vea la pena del mundo y quede el hombre movido a su remedio.
Negarse y recogerse en sí, y huir de la necesidad del mundo, y adularle el poder, es el pálido oficio de las almas inferiores.
Ámese al hombre entusiasta y desinteresado.
VII
Del vol. "Nuestra América". (Primera Parte.)
VII
Un principio justo, desde el fondo de una cueva, puede más que un ejército.
Quien no sabe excusar y admirar, es ínfimo.
Cada cual se ha de poner, en la obra del mundo, a lo que tiene de más cerca, no porque lo suyo sea, por ser suyo, superior a lo ajeno y más fino o virtuoso, sino porque el influjo del hombre se ejerce mejor y más naturalmente en aquello que conoce, y de donde le viene inmediata pena o gusto.
Patria es humanidad, es aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca y en que nos tocó nacer.
No hay más viejos que los egoístas.
El egoísta es dañino, enfermizo, envidioso, desdichado y cobarde.
A esa literatura se ha de ir: a la que ensancha y revela, a la que saca de la corteza ensangrentada el almendro sano y jugoso, a la que robustece y levanta el corazón.
El mundo es fuerte y bello por los amigos.
El pueblo más grande no es aquel en que una riqueza desigual y desenfrenada produce hombres crudos y sórdidos y mujeres venales y egoístas; pueblo grande, cualquiera que sea su tamaño, es aquel que da hombres generosos y mujeres puras.
La prueba de cada civilización humana está en la especie de hombre y de mujer que en ella se produce.
Todo trabajador es santo y cada productor es una raíz; y al que traiga trabajo útil y cariño, venga de tierra fría o caliente, se le ha de abrir hueco ancho, como a un árbol nuevo.
Honran y sirven a su pueblo los que, aun fuera de justa medida, premian en nombre de él la fe en su porvenir y la fidelidad a sus ideales.
De la transfusión de la sangre mueren los enfermos, cuando no es sangre afín.
Venérese a los hombres de religión, sean católicos o tarahumaras; todo el mundo, lacio o lanudo, tiene derecho a su plena conciencia; tirano es el católico que se pone sobre un indú, y el metodista que silba a un católico.
Hállenos de escudo suyo el criollo a quien se impida negar, y el católico a quien se impida afirmar.
El hombre sincero tiene derecho al error.
El gobierno es la equidad perfecta y la serenidad.
Cuando se va a un oficio útil, como el de poner a los hombres amistosos en el goce de la tierra trabajada--y de su idea libre, que ahorra sangre al mundo--, si sale un leño al camino, y no deja pasar, se echa el leño a un lado, o se le abre en dos y se pasa; y así se entra, por sobre el hombre roto en dos, si el hombre es quien nos sale al camino.
El hombre no tiene derecho a oponerse al bien del hombre.
Es culpable el que ofende a la libertad en la persona sagrada de nuestros adversarios, y más si los ofende en nombre de la libertad.
Todo el que posee en demasía una cualidad extraordinaria, lastima con tenerla a los que no la poseen.
Quien se da a los hombres es devorado por ellos...; pero es ley maravillosa de la naturaleza que sólo esté completo el que se da; y no se empieza a poseer la vida hasta que no vaciamos sin reparo y sin tasa, en bien de los demás, la nuestra.
Unos perciben la composición del detalle, y son los que analizan y como los soldados de la inteligencia; y otros descubren la ley del grupo, y son los que sintetizan y como los legisladores de la mente.
Abrirse, labrar juntos, llamar a la tierra, amarse, he aquí la faena.
Si se es honrado y se nace pobre, no hay tiempo para ser sabio y ser rico.
¡Cuánta batalla ganada supone la riqueza! ¡y cuánto decoro perdido! ¡y cuántas tristezas de la virtud y triunfos del mal genio! ¡y cómo, si se parte una moneda, se halla amargo, y tenebroso, y gemidor su seno!
Los románticos han pecado sólo por su caballeroso exceso de fidelidad a aquella época de renovación sublime.
El hombre, que lleva lo permanente en sí, ha de cultivar lo permanente; o se degrada y vuelve atrás en lo que no lo cultive.
A lo transitorio se esclavizan y venden los que no saben descubrir en sí lo superior y perdurable.
Hay hombres hechos, por su ruin natural, para que se acuesten sobre ellos.
No es que los hombres hacen los pueblos, sino que los pueblos, con su hora de génesis, suelen ponerse, vibrantes y triunfantes, en un hombre. A veces está el hombre listo y no lo está su pueblo. A veces está listo el pueblo y no aparece el hombre.
El que anda, vence.
Hay que obligar a la gente a pensar, que es trabajo que suele agradar menos a los petimetres literarios y políticos que el de ponerle colorines y floripondios a la fachada de la historia.
Para quien conoció la dicha de pelear por el honor de su país, no hay muerte mayor que estar en pie mientras dura la vergüenza patria.
Los gobiernos perfectos nacen de la identidad del país y el hombre que lo rige con cariño y fin noble, puesto que la misma identidad es indispensable, por ser en todo pueblo innata la nobleza, si falta al gobernante el fin noble.
Lo primero que ha de hacer el hombre público, en las épocas de creación o reforma, es renunciar a sí, sin valerse de su persona sino en lo que valga ella a la patria.
Las batallas se ganan entre ceja y ceja.
La grandeza de los caudillos no está, aunque lo parezca, en su propia persona, sino en la medida en que sirven a la de su pueblo; y se levantan mientras van con él, y caen cuando la quieren llevar detrás de sí.
A lo que se ha de estar no es a la forma de las cosas, sino a su espíritu.
Lo real es lo que importa, no lo aparente.
En la política, lo real es lo que no se ve.
La política es el arte de combinar, para el bienestar creciente interior, los factores diversos u opuestos de un país, y de salvar al país de la enemistad abierta o la amistad codiciosa de los demás pueblos.
A todo convite entre pueblos hay que buscarle las razones ocultas.
Ningún pueblo hace nada contra su interés; de lo que se deduce que lo que un pueblo hace es lo que está en su interés.
Si dos naciones no tienen intereses comunes, no pueden juntarse. Si se juntan chocan.
Los pueblos menores, que están aún en los vuelcos de la gestación, no pueden unirse sin peligro con los que buscan un remedio al exceso de productos de una población compacta y agresiva, y un desagüe a sus turbas inquietas, en la unión con los pueblos menores.
Los actos políticos de las repúblicas reales son el resultado compuesto de los elementos del carácter nacional, de las necesidades económicas, de las necesidades de los partidos, de las necesidades de los políticos directores.
Cuando un pueblo es invitado a unión por otro, podrá hacerlo con prisa el estadista ignorante y deslumbrado, podrá celebrarlo sin juicio la juventud prendada de las bellas ideas, podrá recibirlo como una merced el político venal o demente, y glorificarlo con palabras serviles; pero el que siente en su corazón la angustia de la patria, el que vigila y prevé, ha de inquirir y ha de decir qué elementos componen el carácter del pueblo que convida y el del convidado y si están predispuestos a la obra común por antecedentes y hábitos comunes, y si es probable o no que los elementos temibles del pueblo invitante se desarrollen en la unión que pretende con peligro del invitado; ha de inquirir cuáles son las fuerzas políticas del país que le convida, y los intereses de sus partidos, y los intereses de sus hombres, en el momento de la invitación.
Un pueblo crece y obra sobre los demás pueblos en acuerdo con los elementos de que se compone.
La acción de un país, en una unión de países, será conforme a los elementos que predominen en él, y no podrá ser distinta de ellos.
Si a un caballo hambriento se le abre la llanura, la llanura pastosa y fragante, el caballo se echará sobre el pasto y se hundirá en el pasto hasta la cruz, y morderá furioso a quien le estorbe.
Dos cóndores, o dos corderos, se unen sin tanto peligro como un cóndor y un cordero. Los mismos cóndores jóvenes, entretenidos en los juegos fogosos y peleas fanfarronas de la primera edad, no defenderían bien, o no acudirían a tiempo y juntos a defender, la presa que les arrebatase el cóndor maduro.
Prever es la cualidad esencial, en la constitución y gobierno de los pueblos.
Gobernar no es más que prever.
No basta que el objeto de la vida sea igual en los que han de vivir juntos, sino que lo ha de ser la manera de vivir; o pelean, y se desdeñan, y se odian, por las diferencias de manera, como se odiarían por las de objeto.
Los países que no tienen métodos comunes, aun cuando tuviesen idénticos fines, no pueden unirse para realizar su fin común con los mismos métodos.
Quien dice unión económica, dice unión política.
El pueblo que compra, manda.
El pueblo que vende, sirve.
Hay que equilibrar el comercio para asegurar la libertad.
El pueblo que quiere morir, vende a un solo pueblo, y el que quiere salvarse, vende a más de uno.
El influjo excesivo de un país en el comercio de otro, se convierte en influjo político.
La política es obra de los hombres, que rinden sus sentimientos al interés, o sacrifican al interés una parte de sus sentimientos.
Cuando un pueblo fuerte da de comer a otro, se hace servir de él.
Cuando un pueblo fuerte quiere dar batalla a otro, compele a la alianza y al servicio a los que necesitan de él.
Lo primero que hace un pueblo para llegar a dominar a otro, es separarlo de los demás pueblos.
El pueblo que quiera ser libre, sea libre en negocios. Distribuya sus negocios entre países igualmente fuertes. Si ha de preferir alguno, prefiera al que lo necesite menos.
La Unión, con el mundo, y no con una parte de él; no con una parte de él contra otra.
Todo lo primitivo, como la diferencia de monedas, desaparecerá cuando ya no haya pueblos primitivos.
Se ha de poblar la tierra, para que impere, en el comercio como en la política, la paz igual y culta.
El que vende no puede ofender a quien le compra mucho, y le da crédito, por complacer a quien le compra poco, o se niega a comprarle, y no le da crédito.
No debe levantarse entre países que comercian poco, o no dejan de comerciar por razones de monedas, una moneda que perturba a los países con quienes se comercia mucho.
Hay un modo de andar, de espalda vuelta, que aumenta la estatura.
Mostrarse acomodaticio hasta la debilidad no sería el mejor modo de salvarse de los peligros a que expone en el comercio, con un pueblo pujador y desbordante, la fama de debilidad.
La cordura no está en confirmar la fama de débil, sino en aprovechar la ocasión de mostrarse enérgico sin peligro. Y en esto de peligro, lo menos peligroso, cuando se elige la hora propia y se la usa con mesura, es ser enérgico.
Sobre serpientes ¿quién levanta pueblos?
Escasos, como los montes, son los hombres que saben mirar desde ellos, y sienten con entrañas de nación, o de humanidad.
Quien piensa en sí no ama a la patria; y está el mal de los pueblos, por más que a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas que el interés de sus representantes pone al curso natural de los sucesos.
VIII
Del vol. "Nuestra América". (Segunda Parte.)
VIII
Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.
Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados.
Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos.
Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano.
Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada.
A los sietemesinos sólo les faltará el valor.
Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses.
Cree el soberbio que la tierra fué hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando champaña.
La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diez y nueve siglos de monarquía en Francia.
El gobierno ha de nacer del país.
El espíritu del gobierno ha de ser del país.
La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país.
El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.
No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.
El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras ésta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés.
Las repúblicas han purgado en las tiranías su capacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos.
Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.
En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno.
La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno la lastima, se lo sacude y gobierna ella.
En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política.
El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive.
Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías.
La universidad europea ha de ceder a la universidad americana.
Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas.
El heroísmo en la paz es más escaso, porque es menos glorioso que el de la guerra.
La razón de todos en las cosas de todos, y no la razón universitaria de uno sobre la razón campestre de otros.
El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima.
Crear es la palabra de pase de esta generación.
El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!
Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república.
Estrategia es política.