Granos de oro: Pensamientos Seleccionados en las Obras de José Martí
Part 3
Las religiones, en lo que tienen de durable y puro, son formas de la poesía que el hombre presiente fuera de la vida, son la poesía del mundo venidero: ¡por sueños y por alas los mundos se enlazan!: giran los mundos en el espacio unidos, como un coro de doncellas, por estos lazos de alas. Por eso la religión no muere, sino se ensancha y acrisola, se engrandece y explica con la verdad de la naturaleza y tiende a su estado definitivo de colosal poesía.
Las religiones todas, fuera de aquellas ya aventadas que en anuncio de la final religión poética han establecido la razón, tienen sus milagros, sus arúspices, sus oráculos, sus ídolos, sus _juggernaut_ que tunden y fulminan, hasta que, negados los fieles a creer que la palabra de Dios sea enemiga del albedrío, condiciones y virilidad que nacen con el hombre, se acercan al _juggernaut_ con maza en mano, le desciñen el manto, le quitan las faldas de formas de flores, le quiebran el vientre esférico, le levantan el capuz funeral, orlado de luminosa pedrería, y en vez de la palabra de Dios, a que en seguida corren a alzar templo, encuentran un tablón viejo y roído, con los pies y las manos de carbón pintado, como los gigantes de las ferias.
¡Oh! ¡la ciencia que se aprende en el libro de todos los días, con la pluma, con las bridas, con el componedor, con el cepillo, con la lezna!
Donde luce un espíritu sincero, los hombres se congregan y siguen el camino, como detrás del manso la majada.
Color y olor tienen las almas.
La verdad se revela mejor a los pobres y a los que padecen.
La flor del pensamiento es la poesía.
Lo más recio de la fe del hombre en las religiones es su fe en sí propio, y su soberbia resistencia a creer que es capaz de errar; lo más potente de la fe es el cariño a los tiempos tiernos en que se la recibe, y las manos adoradas que nos la dieron.
La religión, falsa siempre como dogma a la luz de un alto juicio, es eternamente verdadera como poesía.
Se conocen repúblicas falsas que cernidas en un tamiz, sólo producirían el alma de un lacayo; pero donde la libertad verdaderamente impera, sin más obstáculos que los que le pone nuestra naturaleza, no hay trono que se parezca a la mente de un hombre libre, ni autoridad más augusta que la de sus pensamientos.
Cuanto no sea compatible con la dignidad humana, caerá.
A las poesías del alma nadie podrá cortar las alas, y siempre habrá ese magnífico desasosiego y esa mirada ansiosa hacia las nubes.
Con las libertades, como con los privilegios, sucede que juntas triunfan o peligran, y que no puede pretenderse o lastimarse una sin que sientan todas el daño o el beneficio.
Cuanto abata o reduzca al hombre, será abatido.
Hay hombres ardientes en quienes, con todos los tormentos del horno, se purifica la especie humana.
Hay hombres dispuestos para guiar sin interés, para padecer por los demás, para consumirse iluminando.
Sólo sirve dignamente a la libertad el que, a riesgo de ser tomado por su enemigo, la preserva sin temblar de los que la comprometen con sus errores.
Las grandes opresiones engendran los grandes rebeldes.
Siempre lo impuesto es vano y lo libre es vivífico.
No es el hombre más que una de esas burbujas resplandecientes que danzan a tumbos ciegos en un rayo de sol.
Tiene el negro una gran bondad nativa, que ni el martirio de la esclavitud pervierte, ni se oscurece con su varonil bravura.
Pero tiene, más que otra raza alguna, tan íntima comunión con la naturaleza, que parece más apto que los demás hombres a estremecerse y regocijarse con sus cambios.
Hay en su espanto y alegría algo de sobrenatural y maravilloso que no existe en las demás razas primitivas, y recuerda en sus movimientos y miradas la majestad del león: hay en su afecto una lealtad tan dulce, que no hace pensar en los perros, sino en las palomas: y hay en sus pasiones tal claridad, tenacidad, intensidad, que se parecen a los de los rayos del sol.
Jesús es lo que más aman de todo lo que saben de la cristiandad estos desconsolados, porque lo ven fusteado y manso como se vieron ellos.
La mente, puesta a obrar, no cesa; el dolor, puesto a bullir, estalla; la palabra, puesta a agitar, se desordena; la vanidad, puesta a lucir, arrastra; la esperanza, puesta en acción, acaba en el triunfo o la catástrofe; "para el revolucionario, dijo St. Just, ¡no hay más descanso que la tumba!"
¡Quién que anda con ideas no sabe que la armonía de todas ellas, en que el amor preside a la pasión, se revela apenas a las mentes sumas que ven hervir el mundo sentados, con la mano sobre el sol, en la cumbre del tiempo!
Una vez reconocido el mal, el ánimo generoso sale a buscarle remedio: una vez agotado el recurso pacífico, el ánimo generoso, donde labra el dolor ajeno como el gusano en la llaga viva, acude al remedio violento.
El jabalí perseguido no oye la música del aire alegre, ni el canto del universo, ni el andar grandioso de la fábrica cósmica: el jabalí clava las ancas contra un tronco oscuro, hunde el colmillo en el vientre de su perseguidor, y le vuelca el redaño.
Así como la vida del hombre se concentra en la médula espinal y la de la tierra en las masas volcánicas, surgen de entre esas muchedumbres, erguidos y vomitando fuego, seres en quienes parece haberse amasado todo su horror, sus desesperaciones y sus lágrimas.
Las almas dan sonidos, como los más acordes instrumentos.
Terrible es, libertad, hablar de ti para el que no te tiene. Una fiera vencida por el domador no dobla la rodilla con más ira. Se conoce la hondura del infierno, y se mira desde ella, en su arrogancia de sol, al hombre vivo. Se muerde el aire, como muerde una hiena el hierro de su jaula. Se retuerce el espíritu en el cuerpo como un envenenado.
Del fango de las callea quisiera hacerse el miserable que vive sin libertad, la vestidura que le asienta. Los que te tienen, oh libertad, no te conocen. Los que no te tienen no deben hablar de ti, sino conquistarte.
Los hombres que quedan son los que encarnan en sí una idea que combate, o una aspiración destinada al triunfo,--los que pasan por el mundo voceando y luciendo con velocidad extraordinaria--como los astros. Mientras viven, se les señala con el dedo; en cuanto mueren se ve que donde ellos caen se levanta una estatua. No importa que hayan defendido sus doctrinas con exceso: así han de defenderse las ideas justas, para que al retraerse, como todo se retrae, en la marea del universo, no quede la idea demasiado atrás.
Un grano de poesía sazona un siglo.
La alegría viene de la gente llana.
No se vive sin sacar luz en la familiaridad con lo enorme.
El hábito de domar da al rostro de los escultores un aire de triunfo y rebeldía.
Engrandece la simple capacidad de admirar lo grande, cuanto más el moldearlo, el acariciarlo, el ponerle alas, el sacar del espíritu en idea lo que a brazos, a miradas profundas, a golpes de cariño ha de ir encorvando y encendiendo el mármol y el bronce.
Jamás sin dolor profundo produjo el hombre obras verdaderamente bellas.
Disfraz abominable y losa fúnebre son las sonrisas y los pensamientos cuando se vive sin patria, o se ve en garras enemigas un pedazo de ella: un vapor de embriaguez perturba el juicio, sujeta la palabra, apaga el verso, y todo lo que produce entonces la mente nacional es deforme y vacío, a no ser lo que expresa el anhelo de las almas.
¿Quién siente mejor la ausencia de un bien que el que lo ha poseído y lo pierde?
Los que no creen en la inmortalidad creen en la historia.
Es necesario elevarse como los montes para ser vistos de lejos.
La falta de proporción parece indispensable a la grandeza.
Como la montaña, la vida del hombre que perdura ha de ser selvática, enmarañada: acá una cripta, allá un roble, por allá una enredadera; incorrecta, abrupta, rugosa.
La pasión es una nobleza.
Los apasionados son los primogénitos del mundo.
Los fuertes doman la pasión; pero en cuanto logran extinguirla, cesan de ser fuertes.
Hasta para ser justo se necesita ser un poco injusto.
La fama es premio justo de quien tiene el valor de sacrificar el grato sigilo de su persona a la idea que defiende.
Donde el virtuoso se recata, el ambicioso vence.
La justicia manda reconocer que el mundo adelanta por la obra unida, hostil en la apariencia e idéntica en el fondo, de la ambición y la virtud.
Triunfa de lado la virtud en la política, pero nunca de un modo directo y absoluto.
El alma, es verdad, va por la vida como en la cacería la cierva acorralada, sin tiempo para despuntar los retoños jugosos, o aspirar el aire vivífico, o aquietar la sed en aquel arroyuelo del bosque que corre entre las dos riberas verdes, luz derretida, joya líquida, discurso de la naturaleza que fortifica y alecciona por donde pasa. En cuanto el alma asoma, un escopetazo la echa abajo: para vivir, hay que esconderla donde no nos la sospechen, y en las horas de soledad, en las horas de lujo, sacarla a la luz tenue, como el relicario que guarda la efigie de la mujer querida, y llorar sobre ella, acariciarle la cabellera pegada a las sienes, aquietarle la mirada ansiosa, y decirle con la voz de los desesperados: "¿cuándo acabaremos, alma?"
Todo vivo, que debiera ser un aroma, es un cómplice; y la existencia es más feliz mientras son más numerosas y francas las complicidades.
Todo es símbolo y síntesis, y hay que ir a buscar la raíz de todo.
Morir, ¿no es volver a lo que se era en principio?
V
Del vol. "La Edad de Oro".
V
El niño ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte, de ser hermoso: el niño puede hacerse hermoso, aunque sea feo; un niño bueno, inteligente y aseado, es siempre hermoso.
Nunca es un niño más bello que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte una flor para su amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana, para que nadie se la ofenda: el niño crece entonces, y parece un gigante: el niño nace para caballero, y la niña nace para madre.
Los niños son los que saben querer; los niños son la esperanza del mundo.
Los niños saben más de lo que parece, y si les dijeran que escribiesen lo que saben, muy buenas cosas que escribirían.
Para escribir bien de una cosa hay que saber de ellas mucho.
Las niñas deben saber lo mismo que los niños, para poder hablar con ellos como amigos cuando vayan creciendo.
Es una pena que el hombre tenga que salir de su casa a buscar con quien hablar, porque las mujeres de la casa no sepan contarle más que de diversiones y de modas.
Hasta hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su patria.
Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía.
Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado.
Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que el gobierno sea bueno, no es un hombre honrado.
Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y permite que pisen el país donde nació los hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado.
El niño, desde que puede pensar, debe pensar en todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden vivir con honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y debe ser un hombre honrado.
El niño que no piensa en lo que sucede a su alrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, es como un hombre que vive del trabajo de un bribón, y está en camino de ser bribón.
Hay hombres que son peores que las bestias, porque las bestias necesitan ser libres para ser dichosas: el elefante no quiere tener hijos cuando vive preso: la llama del Perú se echa en la tierra y se muere, cuando el indio le habla con rudeza, o le pone más carga de la que puede soportar. El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso como el elefante y como la llama.
Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor.
En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz.
Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarle a los hombres su decoro.
Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.
Un hombre solo no vale nunca más que un pueblo entero; pero hay hombres que no se cansan cuando su pueblo se cansa, y que se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen que consultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos tienen muchos hombres, y no pueden consultarse tan pronto.
Esos son héroes; los que pelean para hacer a los pueblos libres, o los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran verdad.
Los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otros pueblos, por tener más mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no son héroes, sino criminales.
Un escultor es admirable porque saca una figura de la piedra bruta: pero esos hombres que hacen pueblos son como más que hombres.
La palabra de un hombre es ley.
La fortuna es ciega y favorece a los necios.
La fuerza no sirve para todo.
De los casamientos no se puede decir al principio, sino luego, cuando empiezan las penas de la vida, y se ve si los casados se ayudan y quieren bien, o si son egoístas y cobardes.
Tener talento es tener buen corazón.
Todos los pícaros son tontos.
Los buenos son los que ganan a la larga.
Los hombres son soberbios y no quieren confesar que otro hombre sea más fuerte o más inteligente que ellos.
Son los hombres los que inventan los dioses a su semejanza, y cada pueblo imagina un cielo diferente, con divinidades que viven y piensan lo mismo que el pueblo que las ha creado y las adora en los templos.
El hombre se ve pequeño ante la naturaleza que lo crea y lo mata, y siente la necesidad de creer en algo poderoso, y de rogarle, para que lo trate bien en el mundo, y para que no le quite la vida.
Los países no se pueden gobernar por el capricho de un tirano, sino por el acuerdo y respeto de los hombres principales que el pueblo escoge para explicar el modo con que quiere que lo gobiernen.
Los pueblos, lo mismo que los niños, necesitan de tiempo en tiempo algo así como correr mucho, reirse mucho y dar gritos y saltos.
En la vida no se puede hacer todo lo que se quiere, y lo que se va quedando sin hacer sale así de tiempo en tiempo, como una locura.
Los versos no se han de hacer para decir que se está contento o se está triste, sino para ser útil al mundo.
Con la imaginación se ven cosas que no se pueden ver con los ojos.
La superstición y la ignorancia hacen bárbaros a los hombres en todos los pueblos.
El mundo tiene más jóvenes que viejos.
Cuando no se ha cuidado del corazón y la mente en los años jóvenes, bien se puede temer que la ancianidad sea desolada y triste.
Cada ser humano lleva un ser ideal, lo mismo que cada trozo de mármol contiene en bruto una estatua, tan bella como la que el griego Praxiteles hizo del dios Apolo.
La educación empieza con la vida, y no acaba sino con la muerte.
La mente cambia sin cesar, y se enriquece y perfecciona con los años.
Las cualidades esenciales del carácter, lo original y enérgico de cada hombre, se dejan ver desde la infancia en un acto, en una idea, en una mirada.
Todo hombre tiene el deber de cultivar su inteligencia, por respeto a sí propio y al mundo.
Lo general es que el hombre no logre en la vida un bienestar permanente sino después de muchos años de esperar con paciencia y de ser bueno, sin cansarse nunca.
El ser bueno da gusto y lo hace a uno fuerte y feliz.
La fuerza del genio no se acaba con la juventud.
Nadie debe morirse mientras pueda servir para algo.
La vida es como todas las cosas, que no debe deshacerlas sino el que puede volverlas a hacer.
Así es la vida, no cabe en ella todo el bien que pudiera uno hacer.
Los niños debían juntarse una vez por lo menos a la semana, para ver a quién podían hacerle algún bien, todos juntos.
Mejor es morir abrasado por el sol que ir por el mundo, como una piedra viva, con los brazos cruzados.
Los hombres suelen admirar al virtuoso mientras no los avergüenza con su virtud o les estorba las ganancias.
El hombre virtuoso debe ser fuerte de ánimo, y no tenerle miedo a la soledad, ni esperar a que los demás le ayuden, porque estará siempre solo.
Las cosas buenas se deben hacer sin llamar al universo para que lo vea a uno pasar.
Se es bueno porque sí; y porque allá dentro se siente como un gusto cuando se ha hecho un bien, o se ha dicho algo útil a los demás.
Los hombres deben aprenderlo todo por sí mismos, y no creer sin preguntar, ni hablar sin entender, ni pensar como esclavos lo que les mandan pensar otros.
Los hombres cada uno cree que sólo lo que él piensa y ve es la verdad.
Todos los hombres tienen la misma pena, y la historia igual, y el mismo amor.
El mundo es un templo hermoso, donde caben en paz los hombres todos de la tierra, porque todos han querido conocer la verdad, y han escrito en sus libros que es útil ser bueno, y han padecido y peleado por ser libres, libres en su tierra, libres en el pensamiento.
Es un presumido el que se crea más sabio que la naturaleza.
Los pueblos que se cansan de defenderse llegan a halar, como las bestias, del carro de sus amos.
A los pueblos pequeños les cuesta mucho trabajo vivir.
Con lanzas no se puede pelear contra balas.
La vida no es propiedad del hombre, sino préstamo que le hizo la naturaleza.
Morir no es más que volver a la naturaleza de donde se vino y en la que todo es como hermano del hombre.
No hay gusto mayor, no hay delicia más grande que la vida de un hombre que cumple con su deber, que está lleno alrededor de espinas.
La vida es toda de dolor; y el dolor viene de desear, y para vivir sin dolor es necesario vivir sin deseo.
El hombre no ha de descansar hasta que no entienda todo lo que ve.
Los hombres somos como el león del mundo, y como el caballo de pelear, que no está contento ni se pone hermoso sino cuando huele batalla, y oye ruido de sables y cañones.
La mujer es como una flor, y hay que tratarla así, con mucho cuidado y cariño, porque si la tratan mal, se muere pronto, lo mismo que las flores.
Con el elefante sucede como con las gentes del mundo, que porque tienen hermosura de cara y de cuerpo las cree uno de alma hermosa, sin ver que eso es como los jarrones finos, que no tienen nada dentro, y una vez pueden tener olores preciosos, y otras peste, y otras polvo.
A los niños no se les ha de decir más que la verdad, y nadie debe decirles lo que no sepa.
Hay gente loca, y es la que dice que no es verdad sino lo que se ve con los ojos.
Se ha de conocer las fuerzas del mundo para ponerlas a trabajar, y hacer que la electricidad, que mata en un rayo, alumbre en la luz.
La vida de tocador no es de hombres.
VI
Del vol. "Hombres".
VI
¿Qué es ver la luz y celebrarla de lejos, si se la huye de cerca?
¿Qué es pensar sin obrar, decir sin hacer, desear sin querer?
¿Qué es ver caer la torre deshecha sobre el pueblo amado, y tener al pueblo por la espalda, como la celestina a la novicia dolorosa, para que le caiga mejor la torre encima?
¿Qué es aborrecer al tirano, y vivir a su sombra y a su mesa?
¿Qué es predicar en voz alta o baja, la revolución, y no componer el país desgobernado para la revolución que se predica?
¿Qué es la gloria verdadera y útil, sino abnegarse, y con la obra silente y continua tener la hoguera henchida de leños, para la hora de la combustión, y el cauce abierto para cuando la llama se desborde, y el cielo vasto y alto, para que quepa bien la claridad?
Lo más del hombre, y lo mejor, suele ser lo que en él sólo ven a derechas quienes como él padezcan y anhelen.
Los pueblos, injustos en la cólera o el apetito, y crédulos en sus horas de deseo, son infalibles a la larga.
De luz se han de hacer los hombres, y deben dar luz.
De la Naturaleza se tiene el talento, vil o glorioso, según se le use en el servicio frenético de sí, o para el bien humano; y de sí elabora el hombre, aquilatándose o reduciéndose, el mérito supremo del carácter.
Unos están en el mundo para minar; y para edificar están otros.
La pelea es continua entre el genio albañil y el genio roedor.
Unos trabajan con la uña y el diente, otros con la cuchara y el nivel.
Cuando, con el corazón clavado de espinas, un hombre ama en el mundo a los mismos que lo niegan, ese hombre es épico.
Con independencia, en hombres como en pueblos, la mayor humildad es corona; y sin ella el genio mismo va de saltimbanqui, y la virtud, de verse incapaz, se vuelve ponzoña.
Honrar a la patria es una manera de pelear por ella.
El lacayo muda de amo y se alquila al señor de más lujo y poder. El hombre de pecho libre niega su corazón a la libertad egoísta y conquistadora y adivina que el triunfo del mundo, más que en los edificios babilónicos caedizos, reside en la abundancia de generosidad, en aquella pasión plena del derecho que lleva a respetar el ajeno tanto como el propio.
Los compromisos de los gobiernos, ligados a veces por la prudencia con respetos que lastiman su corazón, son acaso menos eficaces que la simpatía irresponsable y ambiente del pueblo decidido a favorecer en sus alrededores el triunfo de la libertad.
Lo que la cancillería, ahita de tratados de paz y respeto, no puede a veces intentar, lógralo, sin que se le pueda poner la mano encima, la ayuda secreta del alma del país, que alienta el brazo alzado contra los tiranos.
Las alianzas que contraen de sí propias las almas de los pueblos y se firman por los más puros de sus hijos ante el altar en que las mujeres y las niñas ofrendan flores a un hombre que sólo fué poderoso por el entendimiento y la bondad, son más duraderas y apetecibles que los contratos que suelen ajustar las necesidades políticas y los intereses.
De hombres tiernos y creadores necesita el mundo, que con las mieles de su corazón vayan cerrando las heridas que tiene que abrir en el bosque nuevo el hacha.
Los hombres van en dos bandos: los que aman y fundan, los que odian y deshacen.
Como con el agua fuerte se ha de ir tentando el oro de los hombres.
Que se marque al que no ame, para que la pena lo convierta.
Más bello será vivir en el lazo de los mundos, con la libertad fácil en un país rico y trabajador, como pueblo representativo y propio, donde se junta al empuje americano el arte europeo que modera su crudeza y brutalidad, que rendir el alma nativa, a la vez delicada y fuerte, a un espíritu nacional ajeno que contiene sólo uno de los factores del alma de la isla--que vaciaría en la isla pobre y venal los torrentes de su riqueza egoísta y corruptora--, que convertiría un pueblo fino y de glorioso porvenir en lo que Inglaterra ha convertido el Indostán.
¿Adónde, sino en las tumbas y en la miseria, están los hombres útiles?
Abrazo sea el mar, y uno los cubanos de la Isla y los de afuera.
Así se alzan los pueblos: no apedreándose las casas de acera a acera, ni recortándose los méritos como cortesanos envidiosos, sino reconociendo el mérito a pleno corazón, convidando a la virtud por el estímulo del respeto con que se la premia, juntándose los hombres en una casa sola, para venerar y amar.
Juntarse: esta es la palabra del mundo.
Como se apartan los ojos de las villanías, para que la piedad del silencio ayude a hacerlas menos feas y aborrecibles, así se ha de volver los ojos a los espectáculos de la virtud, para que se mantenga o reviva la esperanza en el alma de los hombres.