Granos de oro: Pensamientos Seleccionados en las Obras de José Martí

Part 2

Chapter 24,368 wordsPublic domain

Mas ni el vino mejora, luego de hecho, por añadirle alcoholes ni taninos; ni se aquilata el verso, luego de nacido, por engalanarlo con aditamentos y aderezos. Ha de ser hecho de una pieza y de una sola inspiración, porque no es obra de artesano que trabaja a cordel, sino de hombre en cuyo seno anidan cóndores, que ha de aprovechar el aleteo del cóndor.

Caballo de paseo no gana batallas.

No está en el divorcio el remedio de los males del matrimonio, sino en escoger bien la dama y en no cegar a destiempo en cuanto a las causas reales de la unión.

En el pulimento no está la bondad del verso, sino en que nazca alado y sonante.

No se dé por hecho el verso en espera de acabarle luego, cuando aún no esté acabado; que luego se le rematará en apariencia, mas no verdaderamente ni con ese encanto de cosa virgen que tiene el verso que no ha sido sajado ni trastrojado.

Cuando el verso quede por hecho ha de estar armado de todas armas, con coraza dura y sonante, y de penacho blanco rematado el buen casco de acero reluciente.

Quien va en busca de montes, no se detiene a recoger las piedras del camino.

Han de podarse de la lengua poética, como del árbol, todos los retoños entecos, o amarillentos, o mal nacidos, y no dejar más que los sanos y robustos, con lo que, con menos hojas, se alza con más gallardía la rama, y pasea en ella con más libertad la brisa y nace mejor el fruto.

Pulir es bueno, mas dentro de la mente y antes de sacar el verso al labio.

El verso hierve en la mente como en la cuba el mosto.

Saluda el sol y acata al monte.

¿Quién no sabe que la lengua es jinete del pensamiento, y no su caballo?

La imperfección de la lengua humana para expresar cabalmente los juicios, afectos y designios del hombre, es una prueba perfecta y absoluta de la necesidad de una existencia venidera.

El eco en el alma dice cosa más honda que el eco del torrente.

La vida humana no es toda la vida.

La tumba es vía y no término.

La mente no podría concebir lo que no fuera capaz de realizar.

La muerte es júbilo, reanudamiento, tarea nueva.

La vida humana sería una invención repugnante y bárbara si estuviera limitada a la vida en la tierra.

Del sufrimiento, como el halo de la luz, brota la fe en la existencia venidera.

El dolor conforta, acrisola y esclarece.

¿Qué es el poeta sino alimento vivo de la llama con que alumbra?

Más bella es la naturaleza cuando la luz del mundo crece con la de la libertad; y va como empañada y turbia, sin el Sol elocuente de la tierra redimida, ni el júbilo del campo, ni la salud del aire, allí donde los hombres, al despertar cada mañana, ponen la frente al yugo, lo mismo que los bueyes.

Tienen los pueblos, como los hombres, horas de heroica virtud, que suelen ser cuando el alma pública, en la niñez de la esperanza, cree hallar en sus héroes, sublimados con el ejemplo unánime, la fuerza y el amor que han de sacarlo de agonía; o cuando la pureza continua de un alma esencial, despierta, a la hora misteriosa del deber, las raíces del alma pública.

Suele el hombre en los grandes momentos, cuando lo pone por las alturas la nobleza ajena o propia, perder, con la visión de lo porvenir, la memoria minuciosa de lo presente.

Sombra es el hombre, y su palabra como espuma, y la idea es la única realidad.

Sólo ve la luz de un rostro la mujer de repente enamorada.

Las reformas, como el hombre mismo, tienen entrañas de justicia y veleidades de fieras.

Lo justo, a veces, por el modo de defenderlo, parece injusto.

En lo social y político acontece, como en las querellas de gente de mar y de suburbio, que el puñal de ancha hoja con que dirimen sus contiendas de honra, da a éstas semejanza de delito.

De todos los problemas que pasan hoy por capitales, sólo lo es uno; y de tan tremendo modo, que todo tiempo y celo fueran pocos para conjurarlo: la ignorancia de las clases que tienen de su lado la justicia.

La mente humana, artística y aristocrática de suyo, rechaza a la larga y sin gran demora, a poco que se la cultive, cuanta reforma contiene elementos brutales e injustos.

La educación suaviza más que la prosperidad: no esa educación meramente formal, de escasas letras, números dígitos y contornos de tierras, que se da en escuelas demasiado celebradas y en verdad estériles, sino aquella otra más sana y fecunda, no intentada apenas por los hombres, que revela a éstos los secretos de sus pasiones, los elementos de sus males, la relación forzosa de los medios que han de curarlos al tiempo y naturaleza tradicional de los dolores que sufren, la obra negativa y reaccionaria de la ira, la obra segura e incontrastable de la paciencia inteligente.

Por educación se ha venido entendiendo la mera instrucción, y por propagación de la cultura la imperfecta y morosa enseñanza de modos de leer y de escribir.

Definir es salvar.

La verdad, una vez despierta, no vuelve a dormirse.

El espíritu, más vasto que el mar, ni se seca ni se evapora, ni cesa de querer, ni ceja en lo que quiere; y puesto a la conquista de un derecho, mina, como la ola salada del mar mina las rocas, esos derechos de convención fortalecidos por los siglos, y acorazados por pechos que el amor al lujo y el desentendimiento criminal de los dolores ajenos petrifica.

Todos los árboles de la tierra se concentrarán al cabo en uno, que dará en lo eterno suavísimo aroma: ¡el árbol del amor--de tan robustas y copiosas ramas, que a su sombra se cobijarán sonrientes y en paz todos los hombres!

Otro manda, y nosotros andamos.

Cuando una fruta se corrompe, hay que dejarla corromper de un todo, para que con sus acres residuos abone la tierra y salga de ella fruta sana y nueva.

Los pueblos son masas enormes, que de sí propios se mueven, brillan como relámpagos, despréndense como avalancha, desátanse e incendian como el rayo, y cuando dejan caer el alma a sus pies, mientras que arteros envenenadores les llevan a los labios copas henchidas de mieles letárgicas, y joyeros complacientes les llenan el cuerpo femenil de joyas, y descuidadas mozas los coronan de flores, y laxan con besos, ¡pesan, ay! los pueblos, como rocas, o como cadáveres.

Como cuerpos que ruedan por un plano inclinado, así las ideas justas, por sobre todo obstáculo y valla, llegan a logro.

Una idea justa que aparece, vence.

La herencia estimula a la holganza, al egoísmo y al vicio.

La dote lleva como de la mano la desventura de la mujer y el rebajamiento del hombre.

¿Quién no ha sentido, una vez al menos en la vida, el beso del Apóstol en la frente, y en la mano la espada de batalla?

Quien quiere triunfar en la tierra, ¡ay! no ha de vivir cerca del cielo.

La victoria está hecha de cesiones.

La reacción se extrema siempre en el mismo grado en que se extrema la acción que la provoca: a acción justa, reacción nula; a acción medianamente justa, reacción lenta y blanda; a acción extremadamente injusta, reacción febril y exagerada.

La revolución quiere alas; los gobiernos pies.

Como cada pensamiento trae su molde, cada condición humana trae su expresión propia.

Sobre la tierra no hay más que un poder definitivo; la inteligencia humana.

El derecho mismo, ejercitado por gentes incultas, se parece al crimen.

Los hombres fuertes que se sienten torpes, se abrazan a las rodillas de los hombres inteligentes, como Hércules montuoso a las rodillas mórbidas de Omphala.

La inteligencia da bondad, justicia y hermosura: como un ala, levanta el espíritu; como una corona, hace monarca al que la ostenta; como un crisol, deja al tigre en la taza y da curso feliz a las águilas y a las palomas. Del puñal hace espada; de la exasperación, derecho; del gobierno, éxito; de lo lejano, cercanía.

Al resplandor del derecho, el abuso ceja, como ruin galancete ante el enojo de una dama pura.

Si el derecho se echa encima manto de ira, los mismos que el derecho reconocen se alzarán contra él tristemente, como padre que ata a su hijo loco.

Quien intenta triunfar, no inspire miedo: que nada triunfa contra el instinto de conservación amenazado.

Quien intenta gobernar, hágase digno del gobierno, porque si, ya en él, se le van las riendas de la mano, o de no saber qué hacer con ellas, enloquece, y las sacude como látigos sobre las espaldas de los gobernados, de fijo que se las arrebatan, y muy justamente, y se queda sin ellas por siglos enteros.

La victoria no está sólo en la justicia, sino en el momento y modo de pedirla; no en la suma de armas en la mano, sino en el número de estrellas en la frente.

En toda palabra ha de ir envuelto un acto.

La palabra es una coqueta abominable, cuando no se pone al servicio del honor y del amor.

Prever es el deber de los verdaderos estadistas.

Dejar de prever es un delito público.

Lo que importa no es que nosotros triunfemos, sino que nuestra patria sea feliz.

¿Para qué se es hombre honrado, para qué se es hijo de un pueblo, sino para tener gozo en padecer por él, y en sacrificarle hasta las mismas pasiones grandiosas que nos inspira?

Los libros suelen estorbar para la gloria verdadera.

¡La tiranía no corrompe, sino prepara!

¡Qué cólera la de un pueblo forzado a acorralar su alma!

El que vive de la infamia, o la codea en paz, es un infame.

Ver en calma un crimen, es cometerlo.

No hay más que una gloria cierta, y es la del alma que está contenta de sí.

El vil no es el esclavo, ni el que lo ha sido, sino el que vió este crimen, y no jura, ante el tribunal certero que preside en las sombras, hasta sacar del mundo la esclavitud y sus huellas.

Si entre los cubanos vivos no hay tropa bastante para el honor, ¡qué hacen en la playa los caracoles, que no llaman a guerrear a los indios muertos!

Dos clases de hombres hay: los que andan de pie, cara al cielo, pidiendo que el consuelo de la modestia descienda sobre los que viven sacándose la carne, por pan más o pan menos, a dentelladas, y levantándose, por ir de sortija de brillante, sobre la sepultura de su honra: y otra clase de hombres, que van de hinojos, besando a los grandes de la tierra el manto.

Cuando la grandeza no se puede emplear en los oficios de caridad y creación que la nutren, devora a quien la posee.

¡Pesan mucho sobre el corazón del genio honrado las rodillas de todos los hombres que la doblan!

Sin sonrisa de mujer no hay gloria completa de hombre.

Cuando se escribe con la espada en la historia, no hay tiempo ni voluntad para escribir con la pluma en el papel.

El hombre es superior a la palabra.

Las etapas de los pueblos no se cuentan por sus épocas de sometimiento infructuoso, sino por sus instantes de rebelión.

Los hombres que ceden no son los que hacen a los pueblos, sino los que se rebelan.

El déspota cede a quien se le encara, con su única manera de ceder, que es desaparecer: no cede jamás a quien se le humilla.

Los pueblos, como las bestias, no son bellos cuando, bien trajeados y rollizos, sirven de cabalgadura al amo burlón, sino cuando de un vuelco altivo desensillan al amo.

Un pueblo se amengua cuando no tiene confianza en sí: crece cuando un suceso honrado viene a demostrarle que aún tiene entero y limpio el corazón.

El egoísmo es la mancha del mundo, y el desinterés su sol.

En este mundo no hay más que una raza inferior: la de los que consultan antes que todo su propio interés, bien sea el de su vanidad, o el de su soberbia, o el de su peculio:--ni hay más que una raza superior: la de los que consultan, antes que todo, el interés humano.

Sagrado es el que, en la robustez de la vida, con el amor a la cabecera de la mesa cómoda, echó la mesa atrás, y los consejos del amor cobarde, y sirvió a su pueblo, sin miedo a padecer ni a morir.

No es poeta el que echa una hormiga a andar, con una bomba de jabón al lomo... sino el que de su corazón, listado de sangre como jacinto, da luces y aromas.

Por la tierra hay que pasar volando, porque de cada grano de polvo se levanta el enemigo, a echar abajo, a garfio y a saeta, cuanto nace con ala.

El dolor delicado y continuo, por donde el hombre se conoce y ennoblece, acendra y eleva el espíritu que se abraza a él como a la verdadera salvación, y la cruz que ensangrentó los hombros viene a ser el áncora con que el alma despercudida se clava al puerto eterno.

Es más propio del hombre, aunque no lo parezca, el derramar consuelos que el recibirlos.

Todo está dicho ya; pero las cosas, cada vez que son sinceras, son nuevas.

Confirmar es creer.

Lo que hace crecer el mundo no es el descubrir cómo está hecho, sino el esfuerzo de cada uno para descubrirlo.

El que saca de sí lo que otro sacó de sí antes que él, es tan original como el otro.

Dígase la verdad que se siente, con el mayor arte con que se pueda decirla.

La emoción en poesía es lo primero, como señal de la pasión que la mueve, y no ha de ser caldeada o de recuerdo, sino sacudimiento del instante, y brisa o terremoto de las entrañas.

Lo que se deja para después es perdido en poesía, puesto que en lo poético no es el entendimiento lo principal, ni la memoria, sino cierto estado de espíritu confuso y tempestuoso, en que la mente funciona de mero auxiliar, poniendo y quitando, hasta que queda en música, lo que viene de fuera de ella.

En poesía, como en pintura, se ha de trabajar con el modelo.

Sin emoción se puede ser escultor en verso, o pintor en verso; pero no poeta.

No está el arte en meterse por los escondrijos del idioma, y desparramar por entre los versos palabras arcaicas o violentas; ni en deslucirle la beldad natural a la idea poética poniéndole de tocado, como a la novia rusa, una mitra de piedras ostentosas; sino en escoger las palabras de manera que con su ligereza o señorío aviven el verso o le den paso imperial, y silben o zumben, o se arremolinen y se arrastren, y se muevan con la idea, tundiendo y combatiendo, o se aflojen y arrullen, o acaben, como la luz del sol, en el aire incendiado.

Cada emoción tiene sus pies, y cada hora del día; y un estado de amor quiere dáctilos, y anapestos la ceremonia de las bodas, y los celos quieren ambos.

Un juncal se pintará con versos leves, y como espigados, y el tronco de un roble con palabras rugosas, retorcidas y profundas.

En el lenguaje de la emoción, como en la oda griega, ha de oirse la ola en que estalla, y la que le responde, y luego el eco.

En el aparato no está el arte, ni en la hinchazón, sino en la conformidad del lenguaje y la ocasión descrita, y en que el verso salga entero del horno, como lo dió la emoción real, y no agujereado y sin los perfiles, para atiborrarlo después, en la tortura del gabinete, con adjetivos huecos, o remendarle las esquinas con estuco.

Este arte de los tonos en poesía no es nada menos que el de decir lo que se quiere, de modo que alcance y perdure, o no decirlo.

Los años que se pasan lejos del suelo nativo son años muy largos.

El verdadero hombre no mira de qué lado se mira mejor, sino de qué lado está el deber.

El que haya puesto los ojos en las entrañas universales, y visto hervir los pueblos, llameantes y ensangrentados, en la artesa de los siglos, sabe que el porvenir, sin una sola excepción, está del lado del deber.

Las palabras deshonran cuando no llevan detrás un corazón limpio y entero.

Las palabras están de más, cuando no fundan, cuando no esclarecen, cuando no atraen, cuando no añaden.

Un pueblo que entra en revolución no sabe de ella hasta que se extingue o la corona.

Pensar es abrir surcos, levantar cimientos y dar el santo y seña de los corazones.

El triunfo es de los que se sacrifican.

El hombre se deshonra cuando deshonra a los demás.

El hombre de actos sólo respeta al hombre de actos.

El que se ha encarado mil veces con la muerte, y llegó a conocerle la hermosura, no acata, no puede acatar, la autoridad de los que temen a la muerte.

El político de razón es vencido, en los tiempos de acción, por el político de acción: vencido y despreciado, o usado como mero instrumento y cómplice, a menos que, a la hora de montar, no se eche la razón al puente, y monte.

No se sabe cuáles sean las ambiciones más funestas para un país que no ha comenzado aún a nacer, si los militares o los civiles.

Con los pueblos sucede como con lo demás de la naturaleza, donde todo lo necesario se crea a la hora oportuna, de lo mismo que se le opone y contradice.

¡Levanten el ánimo los que lo tengan cobarde!: con treinta hombres se puede hacer un pueblo.

III

Del vol. "En los Estados Unidos". (Primera Parte.)

III

La justicia de una causa es deslucida muchas veces por la ignorancia y el exceso en la manera de pedirla.

Al que se cría para toro no puede exigirse que salga ángel: y el obrero, no educado en finezas mentales, ni dispuesto, por lo que sufre y ve, a dulzuras evangélicas, cuando tiene que decir o hacer lo dice o hace a manera de obrero; si es conductor de carros, con guantes de cuero; si es zapatero, con lezna; si es herrero, con martillo.

Sólo son bellos, en hombre y en mujer, los vestidos que siguen la línea humana.

En política se puede una vez que otra ser sincero y honrado.

Las gentes de dinero, iglesia y milicia se preocupan más en acumular medios de ataque contra los humildes que van subiendo, que en descabezar sus iras poniendo honrado remedio a sus legítimas angustias.

Nada excita tanto a la violencia como el desafío y la preparación prematura contra la justicia.

Es digno del cielo el que intenta escalarle.

Sólo los que han bregado cuerpo a cuerpo con la verdad, para reducirla a la frase o al verso, saben cuánto honor hay en ser vencido por ella.

Cada hombre trae en sí el deber de añadir, de domar, de revelar.

Los artistas jóvenes hallan en el mundo una pintura de seda, y con su soberbia grandiosa de estudiantes quieren un artesano de tierra y de sol.

Es, por esencia, trascendental el espíritu humano.

Toda rebelión de forma arrastra una rebelión de esencia.

El egoísmo levanta a los pueblos y los pierde.

Hombres haga quien quiera hacer pueblos.

Todas las grandes ideas de reforma se condensan en apóstoles y se petrifican en crímenes, según en su llameante curso prendan en almas de amor o en almas destructivas.

Unos están empeñados en edificar y levantar: otros nacen para abatir y destruir.

¡Tiene tanto el periodista de soldado!

El arte de escribir ¿no es reducir?

El mejor modo de mantener al vencido en el estado de espíritu necesario para vencer, es mantenerse en pie, ante él, como vencedor.

La guerra se hizo, cualquiera que fuese su pretexto, para acabar con la esclavitud.

El odio político no duerme y se complace en afear toda hermosura.

La libertad debiera ya tener su arquitectura.

Toda cortesía es útil, y no hacen mal esos dulces engaños.

El hombre se siente consagrado en los ancianos.

En un mero soldado la rapiña puede ser natural; pero todo atentado contra el derecho, en tierra propia o ajena, es crimen en un hombre de pensamiento.

Sólo las madres, siempre benévolas, saben la tarea que el niño puede soportar sin fatiga.

El carácter impera.

La elocuencia brilla.

El que sabe dominar las pasiones ajenas o tiene grandes las propias, es guía natural de los hombres, aunque efímero, a menos que la virtud no lo posea; pero el que al fin triunfa, no es el que enciende y desata las pasiones, sino el que sabe reprimirlas.

Nada hace padecer tanto a un hombre virtuoso, ni le pone más cerca el juicio de la ira, que ver interpretadas por la malignidad o el interés sus intenciones.

Sólo merece gobernar a los pueblos quien tiene menos flaquezas que ellos.

Las piedras del odio, a poco de estar al sol, hieden y se desmoronan, como masas de fango.

Los presidentes son para unir, no para dividir.

El hombre lleva en sí lo que lo pierde, que es el interés, y lo que lo redime, que es el sentimiento.

Trabaja inútilmente, porque será vencida, esa generación pueril de filoclastas que anda, por esclavitud de la moda, con traje de cinismo.

La inteligencia tiene sus petimetres, que son los que toman a pecho cualquier novedad que sale de las sastrerías, y sus verdaderos elegantes, que son los que llevan sus vestidos de modo que siempre están bien, porque no acatan ninguna exageración y siguen la gracia natural del cuerpo.

Mal va un hombre cuando no le da un vuelco el corazón al leer o presenciar un acto heroico.

Se nota en el lenguaje de los negros cultos un dejo de desolación que mueve a echarles los brazos.

La riqueza es al fin una patria, cuando no se la tiene propia.

El hombre debe dormir alguna vez al aire, desafiar la lluvia, manejar las armas que defenderán mañana la tierra patria o el derecho, de velar al pie de algo más que un mostrador o una ventana.

El dolor es la sal de la gloria.

Todo se afina, se purifica y crece.

¿Para qué, sino para poner paz en los hombres, han de ser los adelantos de la ciencia?

Por un lado es ala el hombre, que mira al cielo; y por el otro es hocico, clavado en la tierra: hay que empujar perennemente el ala.

Cada época se pone en una fiesta que la representa y refleja sus ideales.

Jamás llegaron a fiesta pública, fuera de aquéllos que la pasión exagera y deshace, sino aquellos sentimientos potentes que de vez en cuando, como energías volcánicas, levantan los pueblos, y quedan para siempre visibles en ellos, como los montes en la tierra.

Es moda nueva, de esmalte, moda de puro barniz, suponer que los accidentes de educación y clima puedan alterar la esencia de los hombres, iguales en todas partes, salvo lo que les pone, o lo que no les ha puesto, la vida acumulada de las generaciones.

Para conocer a un pueblo se le ha de estudiar en todos sus aspectos y expresiones: en sus elementos, en sus tendencias, en sus apóstoles, en sus poetas y en sus bandidos.

Los pueblos son como los obreros a la vuelta del trabajo: por fuera cal y lodo, pero en el corazón las virtudes respetables.

Por sobre las razas, que no influyen más que en el carácter, está el espíritu esencial humano, que los confunde y unifica.

El pudor del hombre está en la mente, y se ha de llegar con él incólume a los ochenta años.

Reproducir no es crear, y crear es el deber del hombre.

La palabra sincera huye, como niña decorosa, de los comedores venales.

El aire ha de estar lleno de almas desinteresadas y amigas.

Como la derrota consume, el éxito robustece.

En la arquitectura, como en todas las artes, el modo más seguro de matar el efecto es rebuscarlo.

IV

Del vol. "En los Estados Unidos". (Segunda Parte.)

IV

No ha de temerse la sinceridad; sólo es tremendo lo oculto.

La vida tiene horas de oro en que parece que el sol sale en el alma, y como ejército que asalta, escala y bulle la gloria por las venas.

En la justicia no cabe demora; y el que dilata su cumplimiento, la vuelve contra sí.

Los pícaros han puesto de moda el burlarse de los que se resisten a ser pícaros.

La política virtuosa es la única útil y durable.

Aplazar no es resolver. Si existe un mal, con permitir que se acumule no se remedia. El crimen, el crimen de permitirlo, trae siempre sangre.

Pan no se puede dar a todos los que lo han menester, pero los pueblos que quieren salvarse han de preparar a sus hijos contra el crimen.

El que conoce lo bello, y la moral que viene de él, no puede vivir luego sin moral y belleza.

Una ciudad es culpable mientras no es toda ella una escuela: la calle que no lo es, es una mancha en la frente de la ciudad.

Debe ser obligatorio el servicio de maestros, como el de soldados.

Preparar un pueblo para defenderse, y para vivir con honor, es el mejor modo de defenderlo.

De vez en cuando es necesario sacudir el mundo, para que lo podrido caiga a tierra.

Las religiones todas son iguales: puestas una sobre otra, no se llevan un codo ni una punta.

Las religiones todas han nacido de las mismas raíces, han adorado las mismas imágenes, han prosperado por las mismas virtudes y se han corrompido por los mismos vicios.

Las religiones, que en su primer estado son una necesidad de los pueblos débiles, perduran luego como anticipo, en que el hombre se goza, del bienestar final poético que confusa y tenazmente desea.