Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 2
Part 9
¿Qué culpa tengo yo de que Aláh Santo Débil mujer me hiciera y no Sultana Feroz como ella? Contener mi llanto No sabré yo ni tarde ni mañana, Y soñaré de noche con espanto Que muerto yaces ó en prisión cristiana, Sin mí llorando ó demandando á voces El fin de tus horóscopos atroces.
BU-ABDIL.
¡Calla, Moraima calla: me estremeces! Creo que tu exaltada fantasía En la locura te despeña á veces. Déjale al vulgo que la suerte mía Juzgue fatal al Árabe, y tus preces Dirige á Aláh, para que llegue un día En que contra ellos la victoria arguya Y el triunfo mis horóscopos destruya.
¡Adiós! yo parto á pelear ahora; Mas cálmate, bien mío, porque creo Que en esta correría asoladora Voy sólo á dar un militar paseo Y á recoger botín. ¡Adiós! que es hora Ya de partir y á la Sultana veo.
MORAIMA.
¡Aláh te guíe!
BU-ABDIL.
Hasta volver contigo.
MORAIMA.
¡Ay! que no volverás, yo te lo digo.
Esta fué la siniestra despedida De Moraima y Abdil. Muda y serena Aixa del corredor á la salida Se presentó, y á impulso de su pena Mortal se desplomó desvanecida Moraima. Partió el Rey para Lucena Y fué su madre á despedirle al muro, Fiando á Dios el porvenir obscuro.
LIBRO OCTAVO
DELIRIOS
I
¡Alahuakbar! ¡Dios grande! No sin causa Llamaron á Bu-Abdil desventurado, Ni sin razón Moraima el fatalismo Lloró de sus horóscopos infaustos. Desdichado en su hogar desavenido, En sus empresas de armas desdichado Y en su amor infeliz, siempre implacable Faltóle Dios en cuanto puso mano. La casa en que nació, la madre que hubo, El siglo en que á luz vino, todo aciago Le fué, y á todo cuanto en torno suyo Vivió sus desventuras alcanzaron. Dios le puso al nacer dentro del pecho Un corazón del infortunio blanco, Y el ambiente fatal de la desgracia Por doquiera que fué le fué cercando. Odio de su nación supersticiosa Por el temor de sus siniestros hados, Y por instinto de creencia y raza Odio á la par del vencedor cristiano, Vió el mundo sus virtudes sin aprecio Y su valor inútil sin aplauso, Y Árabes y Cristianos, por vencido, Á un tiempo sin piedad le calumniaron. Los Moros olvidándole con ira, Mirándole con mofa los Cristianos, Unos y otros infiel en sus historias Legaron á los siglos su retrato. Los unos con lo negro de la saña, Los otros con la tinta del escarnio, En el cuadro inmortal de la conquista Su figura real emborronaron. La poesía, empero, cuyos ojos Escudriñan sagaces lo pasado, Y en dondequiera que lo encuentra admira Lo bello y lo infeliz, con entusiasmo Alumbra su semblante obscurecido, Y, sus forzadas formas restaurando, Su noble y melancólica figura Dibuja con contornos más exactos. No es la de un grande Rey que el fatalismo De su sino provoca temerario, Con el valor del héroe que queda Por él vencido, pero no humillado: Es la figura triste de un Monarca Que obedece al impulso de los astros, Y, sin poderse defender, sucumbe De su destino bajo el peso abogado. No es la robusta encina que se troncha Del huracán gigante entre los brazos, Sino la flor que, abriéndose tardía, Muere marchita por el cierzo helado. ¡Mísero Abú-Abdil! La historia austera No halla luz en tu rostro soberano, Pero la poesía te le alumbra Con el fulgor del infortunio santo. La historia te ve Rey y sin corona, Enamorado y sin favor, soldado Y sin victoria, muerto y sin sepulcro... ¿Dónde hallará su luz para ti un rayo? Alahuakbar ¡Dios grande! No sin causa. Llamaron á Bu-Abdil desventurado, Y con razón Moraima el fatalismo Lloró de sus horóscopos infaustos.
II
Rico de juventud y de hermosura Cual de esperanza y de valor sobrado, Jinete sobre un tordo berberisco Salió el Rey moro Abú-Abdil al campo. Reverberan al sol de la mañana Sus arneses con oro claveteados, Y se ciernen sobre él como palomas Las plumas de su espléndido penacho. En lugar del lanzón que en Bib-Elvira Se hizo al salir en el quicial pedazos, Despreciando pronósticos siniestros, Corvo alfanje de Fez empuña osado. Piafa el brioso bruto en que cabalga, Fuerza, vapor y espuma respirando, Mosqueando inquieto con la blanca cola Sus ricos paramentos africanos; Y Abú-Abdil sobre la silla diestro Cabalgador caracolea ufano, Tan lleno de bravura y gentileza Como de gloria y de fortuna falto. Detrás de su pendón tranquilos marchan Seis mil peones y dos mil caballos, La flor de la nobleza granadina, Los campeones del Islam más bravos. Por honra del Rey mozo, de Granada Los quinientos mancebos más gallardos Para salir con él á esta campaña Como para un torneo se equiparon. Vense tan sólo rostros juveniles En derredor de Abú-Abdil, y el fausto De los trajes, las armas y jaeces Turba los ojos y suspende el ánimo. Quién con el velo de su dama lleva Hecho el turbante al rededor del casco; Quién de la suya en el crestón prendido El ceñidor de virgen en un lazo. Quién una trenza de cabellos negros Ata en el hierro del lanzón dorado, Habiendo prometido devolverla Empapada en la sangre del cristiano. ¡Qué de garzotas desordena el viento! ¡Qué de colores y reflejos varios Ostentan los brillantes escuadrones En sus móviles grupos ordenados! Desde las torres de Granada al verlos Ya de la vega en el confín lejano, Cintas de oro parecen sus hileras Del sol heridas por los limpios rayos. Aquella tarde Abdil de las murallas De la empinada Loja al pie llegando, Vió lanzarse cien árabes jinetes Del su enhiesto peñón como milanos. Sobre caballo indócil del desierto Que avanza á modo de león á saltos, Bajaba á la cabeza de los ciento El alcaide Aly-Athár, de fe relámpago. Al ver los Granadinos campeadores Llegar al fiero triunfador anciano, Con un ¡lelí! de admiración unánimes Su anhelada presencia saludaron. «De Aláh llevamos el favor, dijeron, Si con nosotros á Aly-Athár llevamos.» Y lo creen: hace ya setenta lunas Que es su bandera de Castilla espanto. El fuerte viejo, que indomable arrastra El peso colosal de sus cien años, De ellos el brío y la experiencia abriga Bajo el cendal de sus cabellos blancos. Hijo feroz del África, en la guerra Endurecido, su nervioso brazo Con un bote de lanza todavía Al caballero arranca del caballo. Árabe verdadero en genio y raza Y del Korán indómito sectario, Quiere para subir al paraíso Una escala de cuerpos de cristianos. Su existencia Aly-Athár pasó con ellos En lid no interrumpida peleando, Sin que de amigos ni enemigos Reyes Respetara jamás treguas ni pactos. Tal es el viejo capitán de Loja: Tal es el padre de Moraima; amparo De los Muslimes, vencedor doquiera, Jamás vencido y por doquier temblado. Mas ¡ay! ¿Quién fía en su feliz estrella, Ciego imprudente junto á sí llevando La fortuna de un Rey de quien los cielos Abrieron un abismo entre los pasos? ¿Para quién resplandece estrella alguna Á través de los lóbregos nublados? Alahuakbar ¡Dios grande! Hacia Lucena Marcha Aly-Athár de Abú-Abdil al lado. Va la saña de Dios delante de ellos: De Santaella y de Aguilar los pastos Quedan sin hoja verde, y como lluvia Corre á sus pies el oro y el ganado. De Montilla y la Rambla las moradas Son humo nada más, y el viento vano Se lleva sus cenizas, de sus dueños Sin tumba los cadáveres dejando. ¡Allí van! ¡allí van! Como un torrente Bajan de las montañas, y su rastro Siguen manadas de voraces lobos, Y los buitres sobre ellos van volando. Allí van: ya las torres de Lucena Blanquean á lo lejos: espantados Huyeron los fronteros, ó dormidos Yacen sin verlos descender al llano. Todo reposa en la extensión desierta: Las sombras de la noche condensando Se van, y de los Árabes protegen La marcha lenta con que avanzan cautos. De un silencioso valle en la espesura Donde abrieron las lluvias un barranco, Siguiendo de Aly-Athár un buen consejo El rey Abú-Abdil mandó hacer alto. Alzáronse las tiendas: en el centro Metieron el botín, reses y esclavos, Y esperando la luz del nuevo día Se dieron unas horas al descanso. «Nadie se mueve, dijo el Bey: sin duda Aláh por nuestro bien les ha cegado: Mañana somos dueños de Lucena, Cuando no por sorpresa, por asalto. --Así lo espero, Amir; pero reposa Para lidiar mejor, dijo el anciano Aly-Athár á Bu-Abdil: duerme tranquilo Y deja lo demás á mi cuidado.» Entró Abdilá en su tienda, y apagadas Las luces que pudieran delatarlos, Sumidos en silencio y en tinieblas Los emboscados Árabes quedaron. Del valle á la salida, en una altura, Un hombre se apostó tras un peñasco, Mudo y quieto como él permaneciendo: Era Aly-Athár que vigilaba el campo. Mas ¿cuyos son los ojos que penetran De la mente de Dios el denso cäos? ¿Cuya la inteligencia que sorprende De sus hondos designios el arcano? Mientras el viejo vigilante guarda El campamento moro, confiando En la tranquilidad del enemigo Su empresa audaz para llevar á cabo, En el confín del horizonte obscuro, En una torre que cual punto blanco Vió Aly-Athár con el día, una luz roja Brilló toda la noche. El africano La vió, mas sola y sin aumento viéndola, La contempló brillar sin sobresalto, Pues vió que no era seña ni atalaya, En avisos de guerra ejercitado. Á la lejana luz continuamente Volvíanse sus ojos sin embargo, No por fundado y racional recelo, Mas por tenaz presentimiento vago. «¿Quién allí velará?» Se preguntaba Á sí mismo Aly-Athár. «Si no me engaño, Aquel es el castillo de Baena, Pero ausente está de él su castellano. Si aquella luz fuera señal, seguía Consigo propio el Musulmán hablando, Ya hubieran las cristianas atalayas Con otros á su fuego contestado. ¿Quién velará en Baena?» Así pensaba El viejo Moro al resplandor lejano Mirando; pero Dios solo pudiera Ver en tiniebla tal, y á tal espacio. Y á poder ver el Moro, hubiera visto Á un castellano capitán que armado Se asomaba al balcón del aposento Donde brillaba aquella luz. Debajo De aquel balcón y tras los gruesos muros De aquel castillo y en su extenso patio, Hubiera visto á combatir dispuestos Trescientos caballeros: y, apoyados Los arcabuces en el muro, hubiera Visto hasta mil peones castellanos, Que aguardaban las órdenes del hombre Que estaba en el balcón iluminado. Hubiera visto luego que otro jefe Con otros cien jinetes de su bando Llegaba, y abrazando al que esperaba Tocaron bota-silla sus soldados. Todo esto, á poder ver, hubiera visto Aly-Athár, ó lo hubiera imaginado, Si su clara y sagaz inteligencia No obscureciera Dios para estorbárselo: Mas no vió más que lo que ver podía; Y viendo el día á clarëar cercano, Dejó su puesto y de Abdilá en la tienda Entró, diciendo respetuoso: «Vamos: Levántate, Señor: ya está la aurora Próxima, está el camino solitario, Y es fuerza que á las puertas de Lucena Á un tiempo con el sol amanezcamos.» Cabalgó Abú-Abdil: en breve tiempo Los escuadrones moros se aprestaron Á partir y partieron, á Lucena En su poder el Rey imaginando.
Alahuakbar ¡Dios grande! No sin causa Llaman á Abú-Abdil desventurado; Ni sin razón Moraima el fatalismo Lloró de sus horóscopos infaustos.
III
Llora, esposa infeliz: tu amor es ido Para más no volver; preso en Lucena Se dejará su corazón tu esposo, Y volverá sin alma cuando vuelva. Sultana de las flores de Granada, Llora; porque en verdad ya no te queda Más consuelo que el llanto que derrames En los amargos días que te esperan. Arranca, pues, tristísima Moraima, Tus rizos de oro y sin piedad cercena, Para hacerte un dogal, de tus cabellos La rica y aromática madeja. ¡Llora, madre sin par desventurada! Ese hijo hermoso á quien con ansia besas Nació cautivo para ser: su cuello Tiene ya la señal de la cadena. ¿Por qué uniste tu amor y tu fortuna De Abú-Abdil á la fortuna adversa? ¿Por qué tu padre te arrancó de Loja, Blanca y olorosísima azucena? ¡Feliz de ti si nunca le dejaras! ¡Feliz si nunca, de amistad en prenda, Tu padre del Monarca granadino Al oriental alcázar te trajera! Tal vez entonces Aly-Athár, contrario Al hijo de Muley, sólo á la guerra Le dejara partir, y no quedaras, Cuando su amparo necesitas, huérfana. ¿Qué has hecho tú, paloma enamorada, Víctima para ser de tales penas? ¿Qué has hecho á Dios para atraer los rayos De su furor á tu gentil cabeza? ¡Ay! harto has hecho respirando el aire Que de tu Rey el hálito envenena. Nada esperes del Cielo que maldijo La raza de Bu-Abdil: nada te resta.
IV
¡Pálida sombra de Moraima! escucha: Oye mi voz que te habla en las tinieblas, Y verás con placer que todavía Hay quien contigo de tu mal se duela. Ven, triste sombra, ven: Dios, compasivo, Alas me ha dado como á ti, y la lengua Me ha permitido hablar que hablan las sombras Para ir á su región y hablar con ellas. Ven ¡oh Moraima! El universo duerme: Desciende en una ráfaga á la tierra: Yo sé que está tu espíritu en la Alhambra Y vengo á consolártele: no temas. ¡Gracias, hermosa sombra! Ya te veo Que sobre un rayo de la luna llegas Á estos escombros que la Alhambra fueron. ¡Ay! ¡sombras sólo en su recinto quedan! Ven; yo te haré de mi ignorada vida La misteriosa relación secreta, Y tú se la dirás á tus hermanas Cuando al imperio de las sombras vuelvas. Yo más tarde que tú nací tres siglos: Mas no que vivo en mi centuria creas, No: enamorado de las sombras, vivo Como tú en el país de las quimeras. He venido esta noche á estas mansiones De soledad y de silencio llenas Y, aunque tú te creías invisible Para mí, yo vagar te vi por ellas. ¿Sabes, dulce y quimérica Moraima, Cuál es la ocupación de mi existencia? Pues es no más la de contar al mundo De los pasados tiempos las leyendas. Yo he venido á Granada á demandaros No más que á solas me contéis las vuestras, Para que yo en mis versos harmoniosos Á mi egoísta edad contarlas pueda. Y ahora escucha, Moraima, otro secreto, Que mi callado corazón encierra Desde el instante en que pisé la Alhambra; Pero que tus hermanas no lo sepan. Oye: de todas las hermosas sombras Que los recintos de Granada pueblan, Tú eres la más gentil, la mas simpática, Y la de que mi edad menos se acuerda. Pues bien, Sultana de las sombras, oye: Yo adoro tu fantástica belleza; Yo, que he puesto en las sombras mis amores, Te amo, y mi tierno amor quiero que sepas. Cuando, mujer, en la región vivías De los mortales, en mortal tristeza De los pesares víctima viviste, Calumniada te viste con afrenta De tu estirpe y virtud, vendida esposa, Madre apartada de tus hijos, sierva Más que reina en tu casa, y del más noble Y más valiente de los padres huérfana; Pues bien, Moraima, ahora que, fantasma, Vives con otro sér otra existencia, En tu vida de sombra, yo, que te amo, Una vida mejor quiero que tengas. Tú serás la Sultana de mis cuentos, Yo en mi laúd lamentaré tus penas, Enjugaré tus lágrimas con flores Y regaré tu lecho con esencias; Te llevaré conmigo á los alcázares En donde tiene su morada regia La noble, omnipotente poesía, Que sobre el mundo soberana impera. Entonces tomarás, como las auras De la montaña, transparente aérea Y luminosa forma, y será obscura Á par de ti la nieve de la sierra, La claridad del alma menos limpia Que de tu vaga faz la transparencia, Y la del sol poniente menos rica Que tu rubia y flotante cabellera. Y entonces con desdén verás que el mundo Te reconoce de las sombras reina, Tu pavorosa aparición adora Y de tu velo azul las orlas besa.
Mas ya comienza á amanecer: al cielo, Sombra gentil de mis amores, vuela: ¡Adiós, Sultana de las sombras! huye: Yo me quedo cantándote en la tierra.
V
Ya por el horizonte blanquecino Comienza á despuntar la luz primera Del sexto día en que con hueste brava El Rey Abú-Abdil partió á Lucena; Y ya, envuelta en un schal de cachemira Desde la parda torre de la Vela Tiende su madre los avaros ojos Por la extensión de la tranquila Vega. Todo es silencio, el campo todavía Iluminado por el alba apenas; Duermen aún las aves en las ramas Y cerradas están todas las puertas. Ningún viviente sér en lontananza Comienza el punto de su sombra negra Á acrecentar, sobre el sendero blanco Por donde de Abdilá se aguardan nuevas. Fría, impasible al parecer la Mora, Pero de angustia inexplicable presa, Silenciosa y sombría se mantiene, Inmóvil, apoyada en una almena. Dentro del triste corazón materno Fiera aunque oculta tempestad fermenta, Y á sus ojos las lágrimas no suben Porque en el hondo corazón gotean. Alguna vez su pie, que el suelo hiere Con ímpetu, delata su impaciencia, Y algún suspiro, que fugaz exhala, La realidad de su aflicción revela. Nadie parece aún: el sol brillante De un día de temprana primavera Extiende ya sus purpurinos rayos Por el verde tapiz de las laderas. Las cristalinas gotas del rocío, Que se columpian en la móvil hierba Mecidas por el aura matutina, Del sol á los reflejos reverberan. Ya abandonando su caliente nido Bulliciosos los pájaros gorjean, Y estremeciendo de placer sus plumas, Á Dios bendicen y su luz celebran. ¡Cuán hermosa en los campos de Granada Se ostenta la feraz naturaleza, Cuando del seno de las sombras sale Virgen, florida, perfumada y fresca! Aixa desde la torre su hermosura Callada y melancólica contempla, Sin ver en la extensión de la campiña Más que de Loja la torcida senda. «¡Alahuakbar! clamó, sola creyéndose; ¡Ya la tardanza de Abdilá me aterra!» Y á sus palabras contestó un gemido Hondo, angustioso: de Moraima era. Tornó los ojos la Sultana madre Hacia la esposa pálida, y al verla Con la vista y la faz desencajadas, Siguió de su visual la línea recta. ¡Presentimiento de su amor sin duda! Un punto negro y móvil va con lenta Vacilación su forma acrecentando Sobre el camino que hacia Loja lleva. Käel, que á los pretiles no alcanzando, Por la hendidura ve de una aspillera, Fué el primero que un árabe jinete Reconoció en el punto que negrea, Y á Moraima con muda pantomima Explicó la verdad, que aun no penetra La vista de las Moras, menos clara Por la edad y las lágrimas en ellas. «Tiene razón Käel, es un jinete,» Dijo la madre al fin, sobre las cejas Formando una pantalla con la mano Para ver más sin que la luz la ofenda. «Es un guerrero, sí», dijo Moraima Á su enano Käel que la hace señas: «Es un guerrero de Granada, dijo Aixa á Moraima, tus colores lleva.» Es, en efecto, un caballero moro, Que á escape las campiñas atraviesa Sobre un caballo del desierto, y rápido Como una nube á la ciudad se acerca. Dos ó tres veces se perdió cubierto Por los árboles altos de las huertas, Y apareció otras tantas, más distinto Cada vez y más próximo. Las cercas Dobló de los jardines exteriores, Cruzó las intrincadas callejuelas Del arrabal y entró por Bib-Elvira, Por el vigía al conocerle abierta. «Vamos á recibirle»,--exclamó Aixa. «Vamos», dijo Moraima: y, la escalera Tomando de la torre, las Sultanas Bajaron de la Alhambra hasta la puerta. Un momento después, bajo del arco De la justicia, la rendida yegua Del caballero moro desplomóse Ante los pies de su jinete muerta. Era el bizarro Cid-Kaleb, amigo De Abú-Abdil, quien respirando apenas Dobló ante las Sultanas la rodilla, Mas sin poder hablar. En su impaciencia Hirió Aixa el suelo con la planta y dijo: «Habla: ¿qué es de Bu-Abdil?--Hacia la tierra Cristiana con la mano señalando, Respondió Cid-Kaleb:--¡Allá se queda! --¿Muerto?--Cautivo.--¿Y Aly-Athár?--Sin vida, Su cuerpo el agua del Genil se lleva. ¡Cayó sobre los Árabes el cielo Y yacen sin sepulcro en tierra ajena!» Lanzó un grito Moraima, íntimo, agudo, Honda expresión de su profunda pena, Y cayó sin aliento entre los brazos De Aixa, que la abrazó por vez primera. Lívida, silenciosa, sosteniendo Á la infeliz Moraima con la fuerza Nerviosa del dolor, quedó Aixa un punto Los ojos con horror fijos en tierra. «¡Alahuakbar! ¡Dios grande!» exclamó al cabo: Y de su rostro por la tez morena Resbalaron dos lágrimas, dos solas: ¡Mas de lava y de hiel dos gotas eran!
VI
Tórtola blanca de azulados ojos, Perla robada del peñón de Loja, Flor de la Alhambra, de su bosque ameno Cándida corza:
Bella Sultana, creación aérea De mi alma triste que en los aires mora: ¿Dónde me ocultas tus celestes ojos, Garza paloma?
Pálida estrella cuya luz no veo, Flor de quien busco el delicioso aroma ¿Dónde eres ida, mi gentil Moraima? ¿Quién te me roba?
¿Qué nube opaca tus estancias ciñe? ¿Qué genio infausto en su mansión se posa? ¿Por qué es hoy luto y soledad lo que antes Fué luz y gloria?
¿Qué maleficio de silencio y duelo De tus estancias el recinto colma, Que hasta la fuente que corría en ellas Seca está ahora?
Tus frescos patios de arrayanes llenos, Tus ricos techos de marfil y concha, Tus camarines de labor morisca Yacen en sombra.
¿Dónde tus ojos que alumbrar solían Tus regias salas, imperial señora? ¿Dónde los sones de tus ya olvidadas Cántigas moras?
¡Ay! muda oprimes en letargo yerto Los almohadones de tu umbría alcoba: Sólo tu esclavo te sostiene, sólo Käel te llora.
Duerme, Moraima, en tu letargo, duerme; No vuelvas nunca á las amargas horas Que las vigilias de tu vida aguardan Tempestüosas.
Duerme y no vayas al salón sombrío, Donde Aixa escucha de Kaleb á solas Las de tu padre y de tu esposo aciagas Negras historias.
Duerme y no vayas: á Kaleb no escuches, Hija sin padre, sin esposo esposa; Su voz aterra, su relato eriza: Duerme: no le oigas.
Sér vaporoso, creación de un alma Que en sombras leves su pasión coloca, Hada que hechizas de mi amor poético La fe recóndita:
Ven á mis brazos, de mis sueños hija; Ven: dame tu alma que el pesar desola, Y yo del sueño la hundiré en la sima Lóbrega y honda.
Yo, que comprendo de las sombras vagas La lengua pura y la mortal congoja, Traeré á tu alma aletargada menos Fieras memorias.
Ven: yo no quiero que tu sér errante Vague esta noche por las frías bóvedas De este palacio, que sangrientos sueños Sólo atesora.
Sé que en la angustia de tu afán doliente Hasta el consuelo de mi amor te enoja; Mas ven al campo de las almas tristes Y melancólicas.