Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 2

Part 8

Chapter 83,701 wordsPublic domain

En la vega al entrar, de una colina Al revolver el áspero sendero, De la luna á la lumbre mortecina Vió correr hacia él un caballero. Era un doncel de raza granadina Que, ante él parando el fatigado overo, Dijo con voz por la carrera ahogada: --«Tente, Señor: no vuelvas á Granada.»

--«¿Por qué?»--dijo Muley.--«Porque ya llegas Tarde: de ella Abdilá se ha apoderado.» --«¿Y mi Wazir Abú-l'Kasín-Ben-Egas?» --«Está en los Alixares encerrado.» --«¿Y mi Zoraya?»--«De las turbas ciegas Por milagro no más se ha libertado: Los pocos fieles que te quedan vivos, Te buscan por la sierra fugitivos.»

--«¿Todo pues lo perdí?--La honra te queda. --Te engañas, infeliz; sin ella vengo. --La puedes recobrar mientras que leda Se conserve tu fe.--Ya no la tengo Tampoco: es fuerza que al destino ceda; Su ley fatal á obedecer me avengo. --Aún te resta, señor, una esperanza. --¿Cuál?--La mejor de todas: la venganza.

--Tienes razón. ¿Podemos todavía En el alcázar penetrar?--Acaso: Si te ayuda tu intrépida osadía, Yo puedo abrirte hasta la Alhambra paso En las tinieblas de la noche.--Guía: Y si á ella subo, como frágil vaso Quebrantaré de Aixa y de su hijo La existencia fatal que Aláh maldijo.»

Y el Rey, á la venganza decidido, Á los que son con él la faz volviendo Les dijo: «Á este mancebo habéis oído; Uniros á mi suerte no pretendo; Abandonad, si os place, al Rey vencido.» Mas la mano los Árabes poniendo De los corvos alfanjes en los pomos, Respondieron resueltos: «Tuyos somos.»

Metió Muley á su corcel la espuela, Y echando por delante al Granadino, Pensando en sorprender su ciudadela Hacia Granada continuó el camino. Mas ¡ay! en vano el hombre se rebela Contra la ley de su fatal destino, En vano avasallar quiere á la suerte: La voluntad de Dios siempre es más fuerte.

Era la hora en que entregado al sueño Abú-Abdil, en la Alhambra aposentado, Soñaba con el bien de que era dueño, Con el cetro que á Hasán había robado. Aixa también, desarrugado el ceño, Su saña habiendo y su ambición saciado, Al fin vengada de su infiel esposo, Entregábase en brazos del reposo.

Era todo silencio en el recinto Del regio alcázar de la corte mora: Reinaba en su dorado laberinto Del descanso la paz reparadora, Cuando el eco de un ¡ay! claro y distinto De sala en sala retumbó á deshora, Y el joven Rey, de sus estancias dueño, Al eco de aquel ¡ay! rompió su sueño.

Oyólo al par la varonil Sultana Su madre, y fuera del suntuoso lecho Lanzándose veloz, á la ventana Escuchó atentamente largo trecho. Sus sentidos sutiles de Africana Y el velador instinto de su pecho La revelaron el terrible arcano De aquel ¡ay! eco del dolor humano.

Escuchaba el Rey moro todavía El eco de aquel lúgubre gemido, Cuando su madre con vigor le asía Por el brazo en que estaba sostenido. --«Levántate, hijo mío, le decía, Levántate, Abdilá: ¡Nos han vendido! --¿Qué pasa, madre? preguntó el mancebo. --Tu padre busca á la venganza cebo.»

Su alfanje Abú-Abdil blandió desnudo, Y asiendo de un clarín con gran coraje, En los senos lanzó del aire mudo Una sonata de África salvaje. De aquel bárbaro són al eco agudo Se estremeció su guardia Abencerraje, Y de su riesgo próximo avisada Acudió junto al Rey precipitada.

Y á tiempo fué. Su yatagán sangriento Muley blandiendo apareció á sus ojos Por la puerta del próximo aposento, Rebosando sacrílegos enojos. Feroz vampiro, de su carne hambriento, Sus brazos muestra con su sangre rojos, Y con los ojos en su sangre fijos La sangre anhela de sus propios hijos.

Helóse de terror á su presencia Toda la guarnición de la alcazaba: Aixa, empero, abrasada de impaciencia, Empuñó un arcabuz gritando brava: «¡Muera el tirano!» Al punto con violencia Lid fratricida sin cuartel se traba: En el mismo aposento en que nacieron Los hijos con los padres se batieron.

Peleaba Muley como un demente, Y á Aixa los suyos de la lid sacaron: Hallarse no lograron frente á frente Los dos Reyes por más que se buscaron. Llamaba á Abdil con cólera estridente El viejo Rey, cuando sobre él cargaron Tantos al par, que sin lograr su objeto Cejó y huyó por corredor secreto.

En el versátil vulgo confiando Descendió á la ciudad por una cueva, Juntar creyendo poderoso bando Con que arruinar la monarquía nueva. Metióse, pues, por la ciudad, llevando Audaz á cabo tan osada prueba, Y en un momento la ciudad entera Campo sangriento de batalla era.

Doquier, se escuchan con pavor lamentos, Ayes de muerte y gritos de pelea: Á salvarse no más todos atentos, Sólo en salvarse cada cual se emplea: No hay nadie que en tan críticos momentos Presa de los cristianos no se crea: Nadie á juzgar la realidad se para, Nadie ve dónde ni de quién se ampara.

En tanta confusión, en duelo tanto, Abandonando Hasán la lid confusa, Va á los umbrales á llamar de cuanto Moro por su parcial la fama acusa; Mas, al reconocerle, con espanto Seguirle todo musulmán rehusa, Porque se hundieron su prestigio y fama Bajo su triste expedición de Alhama.

Su nombre con horror de boca en boca Rápidamente en las tinieblas pasa, Y por doquiera contra él evoca Ira sin compasión, rencor sin tasa: Cobra valor la muchedumbre loca, Y al correr la verdad de casa en casa, Por rejas, ajimeces y balcones, Comienzan á asomar luces y hachones.

Comiénzase á ordenar la gente fiera Del Albaycín: tremólanse estandartes Que atraen á sí la juventud guerrera, Y conócense al fin por ambas partes. ¡Aláh por Bu-Abdil! gritan doquiera; Y descubriendo las traidoras artes Á que echa Hasán para vengarse mano, Gritan dando sobre él: ¡muera el tirano!

Desengañado el viejo vengativo Abandonó su despechada empresa, Dándose por feliz en salir vivo Favorecido por la sombra espesa: Y con veinte jinetes fugitivo Que aún le seguían, caminó con priesa Muley hacia los altos alijares Donde aún tiene Zoraya sus hogares.

Allí la favorita con Ben-Egas Le aguardaba á caballo: á marchar prestos, Sus guardias negros como estatuas ciegas Por él se hallaban á morir dispuestos. --«Vamos, dijo Muley.--Á tiempo llegas, Repuso Abú-l'Kasín: Aixa mis puestos Descubrió ya, y á su merced estamos. --¡Maldita sea! dijo el Rey: huyamos.»

Y entrando por las lóbregas laderas De la sierra fragosa y escarpada, Aprovecharon cautos las postreras Sombras para alejarse de Granada: Y del alba siguiente á las primeras Luces, el que fué Rey ya no era nada: El reino se le huyó de entre los brazos Y su cetro al caer se hizo pedazos.

¡Clemente Aláh, que como aristas secas Las más robustas fábricas quebrantas, Los pueblos hundes, y las razas truecas Bajo el polvo que en pos dejan tus plantas! Del hombre vil las vanidades huecas ¿Cómo han de interrumpir tus leyes santas? De Hasán tocó tu soplo en la corona, Y fué... ¡Dios bueno, lo que fué perdona!

II

Llena al fin de su enojo la medida, Abrió el Señor la urna en que atesora De las naciones la acotada vida: De ella arrojó la de la estirpe mora, Y al caer en la nada desprendida De su mano, con voz imperadora Dijo Dios á Isabel: «He aquí tu día: Parte, rayo de fe: tu empresa es mía.»

Y por el fuego de la fe abrasada, Por la celeste mano compelida, Los brazos Isabel tendió á Granada, Que por sus brazos se sintió ceñida Con angustia mortal: y al punto armada Y con el sayo de la cruz vestida, Aparición marcial salió á campaña La fe invocando y el honor de España.

Á su inspirado y vigoroso acento, La nobleza leal de Andalucía Pareció ante Isabel en un momento, Rebosando valor y bizarría. Llenas de emulación con su ardimiento Cuantas provincias en su reino había, Su gente enviaron de pelea en planta En derredor de su bandera santa.

Encendida en sus bélicos deseos, Desde Córdoba envió con gran premura Numerosos y rápidos correos Á Toledo, León y Extremadura. Cuantos gozaban en su nombre empleos Ó de su autoridad investidura, Su intimación de guerra recibieron Y en campaña obedientes se pusieron.

Cartas atentas escribió á sus damas Para que á sus amantes y maridos, De los troncos más nobles y sus ramas La enviasen á la lid apercibidos; Y por los pueblos esparció proclamas, Llamando á los mancebos atrevidos Á romper una lanza en la campaña Por el honor y libertad de España.

De su entusiasmo el religioso influjo Derramó el entusiasmo por doquiera, Y cuanto noble su nación produjo En redor acudió de su bandera. Sus vasallos á Córdoba condujo Todo varón que diez tuvo siquiera, Y en cada hora nueva que sonaba Un valiente á Isabel se presentaba.

Ella entretanto en vastos almacenes Depositó profusas provisiones De granos, vinos y cecinas, bienes De que abundan sus fértiles regiones: Acopió ropas y armas: montó trenes De batir, con lombardas y cañones: Soldados instruyó que los sirvieran, Y acémilas compró que los movieran.

No se excusó ni un noble castellano De acudir de Isabel á la cruzada, Y no quedó un solar en monte ó llano De que no hubiese en Córdoba una espada. Todas las joyas del valor hispano Fueron parte á tomar en la jornada, Sombreando sus bizarros escuadrones De sus casas más ricas los pendones.

Vino el primero el Cardenal de España Con escolta lucida y numerosa: Desde el campo feraz que el Ebro baña, El buen Duque llegó de Villa-hermosa. Trajo el Conde de Cabra de montaña Ballestería diestra y vigorosa; Y á los suyos el Conde de Cifuentes Trajo armados de hierro hasta los dientes.

Vinieron los del pródigo Infantado Armados de broquel, puñal y clava, Con rico arnés azul empavonado: Vino la gente de Alburquerque brava Con ancho escudo y espadón pesado, Y la Orden militar de Calatrava Llegó, con su Maestre á la cabeza, En caballos de indómita fiereza.

Trajo Medinaceli sevillanos Sobre pintadas yeguas caballeros, Y el de Ureña jinetes jerezanos En potros como el céfiro ligeros; Vinuesa de leales castellanos Trajo gran pelotón de espingarderos, Y leoneses con enormes mazas Que hendían los broqueles y corazas.

Trajo Fernando de Aragón sus huestes, Y con ellas vinieron de Navarra Los montañeses ásperos y agrestes, Al tiro afectos del balón y barra; Los de Aza y Urgel, jamás contextes, Armados de morisca cimitarra, Y los deudos de Pedro de Velasco De abigarrado y penachudo casco.

Desde el muro hasta la árabe alcazaba, De los Kalifas oriental palacio, Córdoba un campamento semejaba, De sus plazas y calles el espacio El aparato militar llenaba, Y de lejos brillar como un topacio La veían los vecinos montañeses Alfombrada de auríferos arnases.

Y he aquí que de un balcón que la domina, Contemplaba Isabel la roja hoguera Del sol arder tras la postrer colina, Cuando dobló tendido á la carrera La falda de la loma más vecina Un corredor cristiano de Antequera, Que en nombre de los héroes de Alhama Bastimentos y víveres reclama.

Su mensaje al oir Fernando, al punto Convocando en su estancia su Consejo, Pidió opinión sobre tan grave asunto. Pedro de Vargas, Capitán ya viejo, Frontero en territorio á Alhama junto Y del país conocedor, espejo De los cristianos jefes fronterizos, Dijo, mostrando al Rey sus blancos rizos:

«Mi existencia, Señor, pasé en la guerra. Y aún no esquivo por débil la batalla, Ni el viejo corazón que aquí se encierra Late aún con temor bajo la malla; Pero conozco bien aquella tierra: Alhama es un peñasco que se halla Cercado por doquier de plazas moras Que le tendrán en riesgo á todas horas.

«Mantenerla no pudo vuestro abuelo San Fernando, Señor, y es necesario Que para conservar su inútil suelo Empleéis la mitad de vuestro erario. Con cinco mil jinetes aún recelo Que será su destino bien precario, Porque cada convoy que hasta allí llegue Fuerza es con sangre que el camino riegue.

«Sólo quien tenga guarnición en Loja La podrá conservar, y aun así un día Puede que el Moro por traición la coja: Si yo fuera que vos, la quemaría, Y de su incendio con la lumbre roja Á Granada una noche alumbraría, Dejando en su ceniza al Rey pagano Un testimonio del furor cristiano.»

Dijo el anciano Vargas. Los prudentes Y graves consejeros que le oyeron, Sus razones hallando suficientes, Á su opinión unánimes se unieron: «De Alhama retirad á vuestras gentes Y quemadla, Señor,» al Rey dijeron: Mas Isabel, que los escucha y mira, Llena exclamó de generosa ira:

«No permita el Señor que se abandone Prenda de tal valor de esa manera, Ni que vileza tal nos ocasione Escarnio ser de la morisma entera. No quiera Dios que entre ellos se pregone Que, del peligro en la ocasión primera, Ni en Dios ni en nuestro brío fe tenemos. Ni lo nuestro á guardar nos atrevemos.

»No se hable, pues, de abandonar á Alhama: Cuando á lidiar mis gentes he traído, No para empresas sin peligro y fama, Para las dignas de renombre ha sido: Auxilio Alhama de su Rey reclama, Y yo se le daré, que á eso he venido; No ha de cejar ni descansar mi gente Sino cuando en la Alhambra se aposente.»

Dijo Isabel: y á la ciudad bajando, Cabalgando en su rápida hacanea «¡Á Alhama!... dijo al castellano bando, ¡Conmigo á Alhama quien valiente sea!» ¡Á Alhama! las banderas desplegando Clamó toda la gente de pelea; Y tras la Reina, que su ardor inflama, Se encaminó el ejército hacia Alhama.

¡Mísero Abú-Abdil! con luz incierta Ya tu estrella fatal sobre ti brilla: Recuerda tus horóscopos: despierta. ¡Apresta tu corcel y tu cuchilla! Ya de la Alhambra á la dorada puerta Va á llamar con ejércitos Castilla, Y á echar van sobre ti los españoles De siete siglos los sangrientos soles.

III

Dejó Isabel á Alhama guarnecida, Sus muros y baluartes la repuso, Y, en templo su mezquita convertida, Segura guarnición en ella puso. Á Luis Portocarrero á su salida Por su alcaide nombró, quien, según uso De los fronteros jefes castellanos, Conservarla ó morir juró en sus manos.

El Católico Rey, dejar queriendo Á los moros señal de aquella entrada, En sus fronteras con estrago horrendo Se corrió por su tierra amedrentada, Y su bizarro ejército metiendo Por la fecunda vega de Granada, Incendió mieses, arrasó olivares, Robó ganados y asoló lugares.

Los moros que estos daños achacaron Del furioso Muley á la imprudencia, Partido al punto por Abdil tomaron Y Rey le proclamaron en su ausencia. Las tropas de Muley le abandonaron, El vulgo le mofó con insolencia, Y á Málaga, frustrada su esperanza, Huyó por fin sin alcanzar venganza.

Aixa, empero, temiendo la inconstancia Del pueblo, y conociendo que en el trono No tendría Abdilá segura estancia Sino haciendo venir de él en abono Alguna empresa ó triunfo de importancia Que al vulgo deslumbrara, y que su encono Contra Hasán aumentara, con secreto Se preparó para lograr su objeto.

Congregó los más diestros capitanes De todas las opuestas banderías, Y desechando y rehaciendo planes, Oyendo escuchas y escuchando espías, Realizó sus solícitos afanes Aprontando por fin en breves días Numerosa y segura cabalgada, De espléndido botín esperanzada.

«Probemos á los Reyes castellanos Que aprovechar sabemos sus lecciones, (Dijo á su hijo Abdilá). Pues nuestros llanos Talan, sal á talar sus posesiones. En nuestras tierras por llenar sus manos, Sus castillos están sin guarniciones; Lo que hallan, pues, en nuestra vega amena Busca tú por sus campos de Lucena.»

Comprendió el joven Rey á la Sultana; Y ganoso de gloria, y con deseos De probar en la tierra castellana El valor que ha ostentado en los torneos, Con gallardía juvenil y ufana Resolución, sus bélicos arreos Vistiendo, mostró el joven Soberano Su alma de Rey y origen africano.

IV

¡Qué hermosas son las noches de Granada! ¡Cuánto placer la atmósfera respira! ¡Con qué rumor tan grato perfumada Susurra el aura que en sus huertos gira! Su misteriosa soledad, poblada De árabes genios, languidez inspira, Y no encierran los senos de su sombra El vago miedo que en la noche asombra.

El canto de los pájaros canoros Que anidan en sus bosques embebece; El ruido de sus árboles sonoros Y de sus frescas aguas adormece; De la brisa en los pliegues incoloros Extasiado el espíritu se mece: Todo reposa allí bajo el imperio De un oriental incógnito misterio.

Encantada ciudad, cuyas historias Piden del Rey profeta el arpa de oro; Sultana del Genil, cuyas memorias Evoco á solas y en silencio adoro; Alcázar oriental, de cuyas glorias Envidioso está el mundo: bien el Moro Dijo al decir que la mansión divina Está sobre tu tierra peregrina.

Tras el cendal da tu estrellado cielo Se ve la faz de Dios que centellea; No hay quien detrás de tu flotante velo La omnipotencia de su Sér no vea; No hay quien escrita en tu fecundo suelo La realidad de su poder no lea; No hay quien contemple tu nocturna calma Sin alzarte un altar dentro del alma.

¡Tierra de bendición! ¿Quién no te adora? ¡Tierra de amor, en que el placer se anida, En tus dulces recuerdos se atesora Toda la gloria de mi inquieta vida! ¿Quién de ti, si te ve, no se enamora? ¿Quién tus noches espléndidas olvida? Bien hizo el que á tus pies por no perderte Peleando tenaz buscó la muerte.

Es una noche azul de primavera: Millones de lucientes luminares Dan tibia luz á la terrestre esfera; De flores aromáticas millares Alfombran ya la tierra, y la ligera Brisa en la regia estancia de Comares Introduce sus vírgenes olores Á través de los áureos miradores.

Sobre cojín morisco reclinada, Los pies doblados sobre escasa alfombra, Yace la que de la árabe Granada Al fin Sultana sin rival se nombra. Rico dosel de seda cairelada Da á su lánguida faz templada sombra, Y pantalla chinesca en su penumbra Guarda el mechero que el salón alumbra.

Es la azucena pálida de Loja; Es de Aly-Athár la tímida gacela; Es la mujer, que trémula cual hoja De triste sauce, duda, ama y recela: Moraima es, cuyo ánimo acongoja Pesar secreto que la tiene en vela. Es la Sultana de cabellos de oro, Que el alma hechiza del Monarca moro.

Käel, su negro y perspicaz Nubiano, Yace á sus pies con languidez tendido; La frente apoya sobre la ancha mano Fatigado tal vez, tal vez dormido; Mas la mirada fija del enano Y la abierta nariz y atento oído, Al que su instinto y lealtad comprende Advierten que sagaz á todo atiende.

En el obscuro camarín, formado Por la maciza fábrica del muro, Y en donde se abre el ajimez dorado Que da aire y luz al aposento obscuro Al estilo de Oriente fabricado, Contempla el cielo otra mujer; su duro Contorno sobre el cielo se destaca, Pues fuera del balcón el cuerpo saca.

Es Aixa, la despótica Sultana, El genio protector del Islamismo, Que desde aquella arábiga ventana Mide del porvenir el hondo abismo. Genio tenaz, encarnación humana De la fe, del valor y el heroísmo, Genio que, á aparecer en otra era, Mentir á los horóscopos hiciera.

Con el rumor del bosque confundidos Que sombrea la torre de Comares, Trae el aura fugaz á sus oídos Del bullicioso pueblo los cantares. Á sus vasallos quiere entretenidos Tener el nuevo Rey en sus hogares, Y el mal que sus horóscopos predicen Cantando olvidan y á su Rey bendicen.

Pero Aixa, que jamás en ilusiones Se adormeció y á quien la edad avisa De que las populares ovaciones Tan efímeras son como la brisa Que su murmullo trae á sus balcones, Con desdeñosa y lúgubre sonrisa Su són escucha, que al rayar el día Ser puede amotinada vocería.

Todo en la regia cámara reposa: Ajenos al turbión de los placeres De la morisca corte voluptuosa, Aquellos tres tan diferentes seres Tristes meditan. Á la fin la esposa, La más inquieta de las dos mujeres, Dando sin duda al pensamiento giro Distinto, débil exhaló un suspiro.

Llamó de Aixa la atención el eco De aquella exhalación enamorada, Y del balcón dejando el fondo hueco Fijó en Moraima su glacial mirada; Y con el tono desabrido y seco De su voz, á mandar acostumbrada, La dijo: «Afrenta de las Reinas moras, Espíritu cobarde, ¿por qué lloras?»

No lloraba Moraima todavía, Mas tan duras palabras la preñaron De lágrimas los ojos. Muda, fría, Aixa las vió cuando á la faz brotaron De la débil mujer que las vertía. Las vió, mas conmoverla no lograron, Y con regio desdén, á paso lento Comenzó á atravesar el aposento.

Mas al llegar del arco á los umbrales, De la alberca en el patio embaldosado Anunciaron los roncos atabales Al Rey por las Sultanas esperado. Seguido de sus deudos más leales Llegó Abdilá para el combate armado: Sonrió al verle con su arnés más bello Aixa, y Moraima se abrazó á su cuello.

--«¡Tan pronto! dijo la afligida esposa. --Ya tarda, dijo la valiente madre. --¡Aláh te vuelva!... murmuró la hermosa: --Mas si no vences: volverá tu padre, Añadió la Africana vigorosa. --¡Antes cristiana lanza me taladre!» Dijo el mancebo rebosando enojos, Y un rayo de rencor brilló en sus ojos.

Entonces la Sultana:--«En paz os dejo: (Añadió con voz grave) despedíos Á solas, pero ved que no me alejo; No me le quites con tu amor los bríos Que necesita.» Y, torvo el entrecejo, Se sumió en los tortuosos y sombríos Corredores, dejándoles á solas Del mar de su aflicción entre las olas.

En silencio abrazados los esposos Largo espacio quedaron: el exceso De su dolor en ayes angustiosos Exhalaba Moraima, mientras preso Mantenía en sus brazos cariñosos Á Abú-Abdil: dióla él un tierno beso De su cariño en la efusión sincera, Diciéndose los dos de esta manera:

BU-ABDIL.

No llores, alma mía: cobra aliento: Llevo todo mi ejército conmigo.

MORAIMA.

Abdil, tengo el fatal presentimiento De que no has de volver: yo te lo digo. He soñado, mi bien, tu vencimiento, Y mi sueño es lëal. Mi dulce amigo, Manda tus capitanes á la guerra: Tú eres el Rey; no salgas de tu tierra.

BU-ABDIL.

Moraima de mi vida, ¿no comprendes Que tu congoja mi valor me quita? Esta salida que evitar pretendes Es nuestra salvación. Se necesita Que el pueblo crea en mi valor ¿entiendes? El Rey ha de ser Rey. Ve á la mezquita Á orar; mas oye ¡oh flor de mis amores! Delante de mi madre nunca llores.

Mi madre es una Reina verdadera, Cuyo orgullo jamás ha concebido Que un Rey pueda llorar. Tu amor modera Ante ella y muestra del dolor olvido: Porque ella, aunque á sus pies morir nos viera, No exhalara, Moraima, ni un gemido; Matar sobre nosotros se dejara, Mas creyera infamarse si llorara.

MORAIMA.