Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 2
Part 7
Hirió y arrancó, del círculo Dentro, á escape jineteando, Y á alguno siempre amagando Con incierta rapidez; Desigualó las distancias Ciando, hiriendo y salvándose, Y fué el círculo ensanchándose Más y más de cada vez.
Ya sobre un lado fingía Caer y sobre otro daba: Ya al escape se tendía: Ya diestro en firme paraba: Ya de todos tres huía, Y á todos tres amagaba Y á salvo doquier hería Con certera agilidad:
Hasta que romper logrando La línea que manteniendo Iban los tres, trabajando Sobre el círculo y abriendo Más sus distancias, girando De repente, salió huyendo, Un breve espacio ganando Con extraña habilidad.
Cubierto entonces, tendido Sobre su silla de pechos, Comenzó á alargar los trechos De unos á otros, y fué Cargándoles uno á uno: Con lo cual, hecha la suerte De aquel combate moruno, Echaron á tierra pie.
Moraima, que de lo alto Miraba la escaramuza, Á cada embestida y salto Temblando por Abdilá, Solamente sostenida Por su ansiedad, en el mármol Se sentó desvanecida Al verla acabada ya.
Volvióse luego á su cámara. ¡Ay! todo lo comprendía: Abdilá pasaba el día Lección de armas en tomar. Al fin lograba la madre Hacer de su hijo un guerrero, Tornándole áspero y fiero, De su cariño á pesar.
Dos lunas después, por fruto De este acendrado cariño Dió Moraima á luz un niño Que el porvenir la doró: Y el Rey, un año más tarde, Al prender á la briosa Aixa, de Abdilá la esposa En su torre encarceló.
Tal es su historia. Moraima, La más triste de las moras, Pasa allí sus largas horas En silencio y soledad. Moraima, que de su esposo Encadenada á la huella, Con él de su mala estrella Parte la fatalidad.
La hermosa Sultana, pálida De tez, mas de alma encendida, Es la que está distraída En su ajimez oriental. Sabe que Abdilá está en salvo, Mas pronto que vuelva espera Á buscar la compañera De su destino fatal.
Y vendrá: también lo sabe Cuando al ajimez se asoma; Lo sabe, sí: una paloma, Mensajero fiel de amor, Por mano desconocida Enviada hasta su ventana, Trajo un día á la Sultana Un papel consolador.
Un Africano, jinete Sobre mi corcel del desierto, Llegó al camino encubierto Sobre el que la torre da Con temeraria osadía, Y atada á un cordón de seda La alzó hasta la celosía Diciendo: «Abrid á Abdilá.»
Al ruido que en ella hicieron Las alas de la paloma, Abre Moraima y se asoma, Y, asiéndola con placer, Mira al audaz que esto osara: Mas él huyendo, por única Despedida, en voz muy clara, Dijo: «Dios y Aly-Mazer.»
Su pronta vuelta anunciaba Del Príncipe la misiva: Desde entonces la cautiva Cada noche le aguardó: Y aislada en aquella torre Y sin amigos por fuera, Á Aly-Athár y á Abdil espera Como el papel prometió.
El modo, el día... lo ignora: Espera que se los traiga La fortuna protectora, Y espéralos con afán. Mas no está sola Moraima En su torre: hay otros seres Que distracción y placeres Y pruebas de amor la dan.
Consigo (sin los que aguarda) Tiene entera su fortuna: Su hijo que duerme en la cuna, Su nodriza, esclava fiel, Y un negrito enano y mudo, Que inteligencia destella, Distracción única de ella Y ocupación sólo de él.
Ligero como una corza, Sagaz como una serpiente Y audaz como diligente, Todo lo escucha y lo ve. Leal como un falderillo, Pero con bríos de alano, Doquier se tiende el enano De su hermosa dueña al pie.
Mudo, jamás incomoda Con plática inoportuna, Pero no hay idea alguna Que no sepa él expresar. Los guardas le dejan libre Teniéndole por salvaje, Y no hay más astuto paje En el reino de Alhamar.
Ni su forma es repugnante Por sus defectos nativos, Ni sus gestos expresivos Mohines ingratos son: La gracia de su sonrisa De modo su rostro alegra, Que se lee tras su faz negra El placer del corazón.
Nada hay en él que amedrente, Nada en su exterior que extrañe; Nada en su interior que dañe; Ni expresa su negra faz La envidia, el pesar ó el odio Que otros seres imperfectos Abrigan con sus defectos En su alma uraña y falaz.
No al ver la ajena hermosura Su deformidad deplora; Ve la hermosura y la adora Con sincera admiración; Sér mezquino en proporciones Le formó naturaleza, Mas bajo negra corteza Le dió blanco el corazón.
Ve en Moraima el infortunio Y leal la compadece; Ve la hermosura, y se ofrece Del débil y hermoso sér En servicio: y admirando La beldad sin pesadumbre, Acepta su servidumbre Como justa y con placer.
Amigo, juglar y esclavo, Empléase en todo oficio Y abarca todo servicio De interior utilidad. Entretiene la tristeza Con sus juegos de destreza, Y penetra con su instinto La exterior seguridad.
Tal es la real servidumbre Que asiste á la hermosa Mora En la prisión en que llora, Corta y débil, pero fiel. Tal es el mejor amigo De Moraima, el Nubio enano Que de su amparo al abrigo Vive, y se llama Kaël.
Ahora, y mientras Moraima De tristes memorias presa En recuerdos se embelesa Asomada al mirador, Duerme el negrillo á la sombra Del lecho de la nodriza Sobre el paño que tapiza El alhamí en derredor.
Todo calla: permanece Inmoble al balcón Moraima: La noche se lobreguece, Ausente la luna ya. Ni una estrella en el espacio: Todo es silencio y tinieblas Dentro y fuera del palacio; Mudo el universo está.
He aquí que, como avisado Por algún sér misterioso, El negrillo desvelado La cabeza enderezó, Y con la boca entreabierta, Sin alentar, y clavados Los ojos sobre la puerta, Por un instante quedó.
Nada se oía: el instinto De su raza le advertía Un riesgo que todavía Se escapaba del poder De los sentidos: sólo era Voz de su presentimiento, No voz, rumor ni lamento Que oirse pudiera hacer.
Él, empero, á deslizarse Comenzó sobre la alfombra, Llegando como una sombra Hasta la puerta exterior: Mas al pegar al encaje De sus hojas el oído, Le hirió otro distinto ruido Que entró por el mirador.
Volvió un punto á su absoluta Inmovilidad, tendiendo La cabeza y conteniendo La respiración Kaël. Alumbró luego un relámpago Su mirada inteligente, Y al lejos confusamente Se oyó trotar un corcel.
Sacó de su arrobamiento Su rumor á la Sultana, Que intentó con ansia vana Las tinieblas penetrar. Kaël, por las colgaduras Trepando á la celosía, Se puso el són que traía El aire libre á escuchar.
Tal vez era algún viajero Que á ver venía á Granada, Tal vez algún mensajero, Acaso algún mercader Que, deseando temprano Ganar la alcaicería, Llegaba á la Alhambra ufano Aun antes de amanecer.
Todavía no pisaba El camino que circunda De la Alhambra la alcazaba Sombría, cuando Kaël, De la ventana saltando Con agilidad salvaje, Corrió á la puerta, aplicando El oído á su cancel.
Moraima, á sus pantomimas Y señas acostumbrada, Con impaciente mirada Explicación le pidió. Kaël, pasando una mano Alrededor de su frente É irguiéndose altivamente, Á Aixa por allí anunció.
¿Y el caballo? preguntóle La bella Mora temblando; Y al mirador señalando Y con los brazos Kaël De un ave imitando el vuelo Y leer ansiosamente Fingiendo, trajo á su mente La paloma y el papel.
Moraima, aún no asegurada De comprenderle, le hizo Su pregunta reiterada, Y él sus señas repitió. Lanzóse ella á la ventana, Mas detúvola él á punto Que á la misma puerta junto La voz de Aixa resonó.
--«Abre»--en su imperioso tono Dijo con alguno hablando: Y ante ella el portón girando, Pareció bajo el dintel. Ante su rostro severo Calló Moraima, inclinándose, Y fué á hacerla, prosternándose, Larga _zalema_ Kaël.
Con una antorcha un esclavo Seguía de Aixa la huella; Cerró la puerta, y en ella Quedóse el esclavo en pie: Sin fijar la vista apenas En Moraima, la Africana En silencio á la ventana Con paso altanero fué.
Mas no bien á su antepecho Tocó, cuando al pie del muro, Sobre el arrecife obscuro Trotar al corcel se oyó. Asomóse Aixa: el caballo Paró en firme: cesó el ruido, Y un ruiseñor, sorprendido Tal vez al huir, silbó.
Sacando entonces del seno Aixa un torzal muy delgado Que tiene un plomillo atado Á una punta, dijo:--_va_,-- Y por el balcón lanzóle Prestando el oído atento. Después de un breve momento, Dijeron abajo:--_ya_.
Recogió el torzal la Mora, Y de la bujía al brillo Fué á examinar un anillo Que volvía atado á él. Él es--dijo--y una llave En vez del anillo atando, Tornó á arrojarle, tornando Á oirse trotar el corcel.
Reinó un silencio completo Por un instante. Moraima, Con el corazón inquieto Miraba á Aixa, sin osar Interrumpirle: la esclava Con el infante dormía, Y el enanillo escuchaba, Como Aixa, sin respirar.
Quietos, atentos, callados, Parecían esculturas Ó seres que allí encantados Un Genio paralizó. Confuso luego y lejano Comenzó un rumor á oirse, Que cada vez más cercano Por grados se acrecentó.
Al principio fué un susurro Suave, como el soñoliento Rumor que produce el viento Entre las hojas: después Pareció que muchas voces Hablaban en el camino Por lo bajo, y al fin vino El són claro tal cual es.
Ruido de pasos unidos, Iguales y acompasados, Pasos de muchos soldados que avanzan con rapidez: Y Moraima, no pudiendo Contenerse, adelantóse Á par de Aixa y asomóse En silencio al ajimez.
Quitó la antorcha al esclavo Y, asiéndose al cortinaje, Al labrado barandaje Trepó con ella Kaël. Sacóla sobre el camino, Y su roja llamarada Reflejó en la gente armada Que descendía por él.
Como una inmensa serpiente Que se arrastra en la pradera, Así su movible hilera En torno ciñendo va Del regio alcázar el muro, Hasta sumirse en lo obscuro De la bóveda excusada Que sobre el camino da.
Subterráneos pasadizos Que en los cimientos macizos Labrar mandó de la _Torre_ _De los picos_ Alhamar, Dan á una puerta de hierro, Cuya boca honda y callada No se cansa aquella armada Muchedumbre de tragar.
Tal vez la traición ó el oro Franquean aquella puerta, Puesto que en silencio abierta Da paso al largo cordón De armados, que en ella se hunde Cual procesión de fantasmas Que unas en otras confunde Febril imaginación.
Con fiebre á su vez las veía Deslizarse una tras otra Moraima, y no se atrevía Á la Reina á interrogar, Quien con altanera calma Y semblante satisfecho, Desde el calado antepecho Las contemplaba pasar.
Como vagas creaciones De un sueño, en el subterráneo Jinetes tras de peones Se hundieron: volvió el cancel De la poterna á cerrarse, Y tras él, desde la altura, Del arrecife á la hondura Lanzó su antorcha Kaël.
Entonces Aixa, volviéndose Á Moraima, por la mano Asiéndola y con ufano Semblante detrás de sí Llevándola, el aposento Cruzó con ella callada Hasta ponerla á la entrada De su oriental alhamí.
Allí, del lecho que parte Con su nodriza el dormido Hijo de Abdilá, corrido Teniendo ante ella el tapiz, La dijo:--«Ahora, hija enteca »De un árabe, débil planta »De savia fría, levanta »Con orgullo la cerviz.
»El sol que tras de la sierra »Se elevará esta mañana, »Te saludará Sultana, »Pese el sangriento Muley. »Encrespa, pues, tu flotante »Melena rubia, leona »Real, porque tu tierno infante »Es desde hoy hijo de un Rey.»
Dijo, y comprendiólo todo Moraima en aquel momento: Mas aunque libre y contento Dentro su pecho saltó Su corazón, ante el vano Orgullo de soberano Ni aun el latido más leve En holocausto ofreció.
Abrazó, con sus caricias Despertándole, á su hijo: Mas únicamente dijo, Con inquietud juvenil, Volviéndose á la Africana: --«¿Pero supongo, Sultana, »Qué me ha traído esa gente »Á mi esposo Abú-Abdil?»
Miróla Aixa como un águila Mira, dejándola ir viva, Á una alondra fugitiva Que encuentra por su región, Con esa mirada propia De los seres colosales Que á los débiles mortales Sólo otorgan compasión.
Criaturas fuertes, y almas Todas vigor, que calculan Por el que ellas acumulan El vigor de las demás: Almas en quien arde virgen La luz de su fe divina, Mas para quien no ilumina Su luz la tierra jamás.
Seres dueños de los ímpetus De las terrenas pasiones, Que juzgan los corazones Del suyo por la virtud, Y que siguen inflexibles El carril de sus deberes, Creyendo á todos los seres Con su firme rectitud.
Seres que nacen en tiempos Indignos de ellos; de gente Que arrastra cobardemente Su existencia terrenal: Seres que bajo su siglo Se sepultan con fiereza, Sin humillar la cabeza Ante su siglo fatal.
Tal fué Aixa y tal la fría Mirada que echó á Moraima Que trémula la sentía Sobre su frente pesar: Tales estas dos mujeres Iguales sólo en fortuna: Débil cual las flores una, Otra fiera como el mar.
El silencio de un momento Que produjo esta mirada Kaël con un movimiento De alegría interrumpió. Corrió á la puerta, el oído Á sus hojas aplicando, Y ufano á los pies saltando De su señora volvió.
Pasos presurosos, rápidos Por los jardines se oían, Y luces se percibían De los vidrios á través: Aixa exclamó:--«Ahí le tienes: »Por suerte no es tan villano »Que como un perro cristiano »Venga á tenderse á tus pies.»
Dijo: mas ya no la oía Moraima, que entrelazados Sus bellos brazos tenía Al cuello de Abú-Abdil: Y el viejo Aly-Athár, que entraba Detrás del Rey, de su hija Embebido contemplaba El arrebato infantil.
Ella, soltando al esposo, Corrió á los brazos del padre, Que los abrió cariñoso, Y olvidando la ocasión En que se encontraba, en ellos La levantó como á un niño De su paternal cariño En la expansiva efusión.
Hasta los negros esclavos Que alumbraron tal escena Su emoción con harta pena Pudieron disimular. Aixa tan sólo inactiva Y silenciosa á sus brazos Con circunspección altiva Dejó á Abú-Abdil llegar.
Y le abrazó: más diciéndole: «Abdil, ya estás en el trono: »Tuyo es, y el cielo en tu abono »Contra la injusticia está: »Piensa, empero, que Aláh es justo »Y que con airada mano »Quita el trono al Rey villano »Lo mismo que se le da.
»No olvides que á la fortuna, »De los valientes amiga, »Sólo el valiente la obliga »Y huye del cobarde vil. »Como hombre, pues, sube al trono; »Mas si Aláh al fin te abandona, »No bajes de él sin corona, »Sino sin cabeza, Abdil.»
Diciendo así, la Africana Abandonó el aposento, Y ocupáronse al momento Los fuertes por Abdilá, En el silencio nocturno Sorprendiendo á los soldados Á quien los dejó fiados Muley, que hacia Alhama va.
IV
El sol, al asomar por el Oriente, Del Rey Abú-Abdil vió la bandera Flotar sobre la Alhambra y por su gente Guarnecida á Granada. Nueva era Comenzaba á correr, y alegremente Corrió la muchedumbre novelera, Al vencido Muley abandonando, Del nuevo Rey á acrecentar el bando.
¡Clemente Aláh, cuya potente mano Los imperios del polvo creadora Engendra y los reduce á polvo vano, Según tu santa ley niveladora De la humildad y del orgullo humano: Tiéndela pío hacia la gente mora! ¿Qué va á ser de ella en guerra fratricida Entre el padre y el hijo dividida?
LIBRO SÉPTIMO
I
¿Quién acota los fallos del destino Ni el pie sujeta de la errante fama, En medio del incógnito camino Por do rauda sus nuevas desparrama? Su voz por el cristiano y granadino Reino la historia pregonó de Alhama, Y á par en su defensa como buenos Se arrojaron Cristianos y Agarenos.
Por recobrarla Hasán, desde Granada Corrió con su veloz caballería, Y á defenderla en masa levantada Acudió la cristiana Andalucía. Salió al campo Fernando: su morada Abandonó Isabel, y lució el día En que á mortal y decisiva guerra Se aprestó de una vez la Hispana tierra.
Juntó Muley cincuenta mil guerreros De Alhama al avanzar por el camino, Á cinco mil valientes caballeros Que trae del territorio granadino; Y en el valle á la vez por cien senderos Lanzando de su gente el torbellino, En alas de la rabia que le inflama Llegó el viejo feroz al pie de Alhama.
La voz de la morisca muchedumbre La roca estremeció donde se asienta; Mas Ponce de León, desde la cumbre La voz oyendo de la grey sedienta De su sangre leal, la pesadumbre Para aumentar del árabe y la afrenta, Elevó las banderas Alhameñas Al par de sus católicas enseñas.
Al verlas de los muros en la cima Ondear Muley, con la encendida saña De quien su honor manchado en nada estima El asalto emprendió de la montaña; Mas era el jefe que velaba encima El más ilustre capitán de España, Y á la amenaza de Muley rabiosa Contestó con sonrisa desdeñosa.
Vió el árabe Monarca esta sonrisa, Y al punto comprendió con pesadumbre Que su impotencia el de León le avisa Para asaltar la inaccesible cumbre. De venganza la sed dióle más prisa Que discurso, y fió en la muchedumbre, Y vió que sin inmensa artillería Jamás á los cristianos rendiría.
Tarde lo vió; mas viendo con despecho Que arriesgaba el honor y el tiempo urgía, Él mismo por el áspero repecho Sus gentes al asalto conducía: Y en impaciencia y en furor deshecho, Contemplaba que sólo conseguía Abrir á sus valientes sepultura De aquellos precipicios en la hondura.
La encanecida barba se mesaba El iracundo Rey, y de la empresa No desistir en su furor juraba Hasta cobrar la codiciada presa: Correos tras correos despachaba Máquinas de batir á toda priesa Demandando, y tenaz en tal intento Ante Alhama plantó su campamento.
Los peñascos minó, los manantiales Cegó que daban agua á los sitiados, Y de la villa en derrededor sus reales Circunvalando, les dejó bloqueados. Pronto de su constancia las fatales Consecuencias sintieron los cercados, Viendo que, sin socorro pronto y fuerte, Su esperanza mejor era la muerte.
El valeroso capitán cristiano, Que el apellido de León tenía, Sin dar tregua al discurso ni á la mano, Su valor de León no desmentía: Y viéndole al peligro el más cercano, Siempre y doquier en vela noche y día, No hubo ni un solo cristiano que cejara Ni que matar por él no se dejara.
Infatigable, impávido, tranquilo, Con el valor del héroe sereno, Salió seis veces por oculto silo El campo á sorprender del Agareno; De agua otras cien por conservar un hilo Que de un peñasco les quedó en el seno, Peleó con el fango á la rodilla Mientras bebían de él los de la villa.
En vano gran refuerzo poderoso De hondas, ribadoquines y lombardas Llegó por fin al Árabe orgulloso; Él con sus arcabuces y espingardas Continuo fuego sustentó animoso; Y aunque ya asaz por el cansancio tardas Las manos, de tronar sobre las rocas Jamás cesaron sus ardientes bocas.
Asombrado Muley de tanto arrojo, Pactos amigos al Marqués propuso; Mas Ponce de León, con grande enojo, Á sus mensajes sin dudar repuso: --«Cuando en Alhama mi estandarte rojo »Roja de sangre infiel mi mano puso, »No fué para quitarle á tu venida, »Sino bajo él para dejar la vida.»
--«Pues bien, dijo Muley, serás mi esclavo, Ya que no te contenta ser mi amigo.» --«Mejor me está la esclavitud al cabo.» Replicó fieramente D. Rodrigo. --«Muere, pues,» dijo al irse el viejo bravo. --«Dios de mi honrado fin será testigo.» Dijo el Marqués; y el Moro y el Cristiano Volvieron á sus armas á echar mano.
Ensordeció otra vez la artillería Los precipicios cóncavos de Alhama, Y el cristiano valor vió en su agonía De su esperanza vacilar la llama. Habían hecho ya cuanto podía Hacerse por la patria y por la fama Los Castellanos, mas al fin, mortales Se agotaban sus fuerzas corporales.
Rayaba ya la postrimera aurora Que podía alumbrar su resistencia: Postrer asalto de la hueste mora Iba fin á poner á su existencia, Y, viendo sin pavor su última hora, De su muerte aguardaban la sentencia; Mas Dios, que no abandona al buen cristiano, Entre Alhama y Muley tendió su mano.
La luz de las hogueras con que invoca Socorro el pueblo á la invasión expuesto, De ciudad en ciudad, de roca en roca, Se difundió por el país bien presto; Y al resplandor que á pelear convoca, El peligro de Alhama manifiesto, De Cristo por los campos andaluces Avanzaron las lanzas y las cruces.
Alonso de Aguilar, el compañero De armas de Ponce de León, la gente De sus estados allegó el primero; Y cruzando los montes diligente, Como una estatua de bruñido acero Asomó sobre un cerro del Oriente. Y el sol, como un fantasma de luz y oro La presentó á la vista del Rey moro.
Los hermanos Girón, de Calatrava Con la legión ecuestre aparecieron Por un valle de sauces: con su brava Infantería por el Sur salieron Los Córdobas de Cabra, y por la caba De un monte que al cruzarle descubrieron, Asomaron, los dos bajo una enseña, El Conde de Alcaudete y el de Ureña.
Mirábalos Muley considerando Su fuerza escasa para serios fines, Y se aprestaba á cometerlos, cuando Del montuoso horizonte á los confines Vió de peones numeroso bando, Y en el agudo són de sus clarines Conoció y en sus cárdenos pendones De Enrique de Guzmán los escuadrones.
Con ira entonces comprendió que junto Un ejército entero en su mal era, É impío blasfemó, viendo en un punto Venir sobre él la Cristiandad entera; Y mirando avanzar en buen conjunto Los jinetes cristianos por doquiera, Cual jabalí acosado por los perros Alzó su campo y se acogió á los cerros.
Desde ellos vió con cólera impotente Sus postigos abrir á los de Alhama; Y echando al corazón la mano ardiente, Á contener la hiel que se derrama En sus hinchados vasos, y la frente Al peso del baldón que se la infama Doblando, con ahogado y ronco grito Exclamó: «¡Alahú akbar! estaba escrito.»
Entonces silencioso y cabizbajo De sus gentes cubrió la retirada, Rechazando por sí, no sin trabajo, De las huestes de Ureña una avanzada. Cuando en salvo la vió, por un atajo Se encaminó otra vez hacia Granada, Seguido de unos pocos caballeros De su aciaga fortuna compañeros.
Mas ¡ay! su estrella en la gentil Granada Para siempre su luz obscurecía, Y era ya aquella la postrer jornada Que hacer por ella como Rey debía. Ya en la Alhambra, de rayos coronada, Estrella más feliz resplandecía, Y á otro pendón que al de Muley su gloria Otorgaba versátil la victoria.