Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 2
Part 6
Sí, Sultana, soy Cristiano: Me cautivaron en Jerez los Moros, Y conservo mi fe. Si contra ella Me mandaras obrar, perdona, pero No te obedecería. Dios es antes Para mí que la vida.--La Zoraya Le oía de hito en hito contemplándole, Y recordando que en sus venas corre Sangre cristiana, chispeante y roja, Con ardiente rubor la faz sentía: Su niñez con vergüenza recordaba Tímida ante el esclavo la señora: Pronto, empero, repuesta y su sonrisa Habitual en sus labios ver dejando, Más terrible mil veces que su ceño, Díjole:--«Eres cristiano..... enhorabuena. Veamos lo que saben los cristianos Para abreviar el tiempo á sus señores Cuando pesa sobre ellos el fastidio, Ó esperan, y esperar les importuna. Dime: ¿En qué te ocupabas en tu patria? --Era paje de un noble caballero De Calatrava.--¿Cuál era tu oficio Con él?--Le preparaba sus arneses, Salía detrás de él á la campaña, Me batía á su lado. Si vencíamos, Dábamos gracias al Señor á un tiempo; Si nos vencían y salía herido, Le curaba, velándole constante Junto á su lecho: y en salud completa Ó en grave enfermedad, todas las noches Devotas oraciones le leía, Ó leyendas sagradas de la Biblia Le recitaba. Así creí, Sultana, Mi existencia pasar en su servicio Mientras durara su existencia, y luego, Admitido en la Orden, como noble Pelear y morir en la defensa De mi fe; Dios, empero, de otro modo Lo dispuso, Sultana. Un día aciago, Caminando la vuelta de Antequera, Dió en nosotros un árabe algarada. Viajábamos diez y ocho caballeros Con otros tantos pajes, y los Moros Eran un escuadrón; nos aprestamos Á combatir: cayeron uno á uno Los más valientes, mi señor entre ellos. Yo, con intento de salvar su cuerpo Ó perecer sobre él, lidié con ira, Y Dios me castigó: caí cautivo, Y pasto de los cuervos fué el cadáver Del último Solís, hijo de Martos; Su familia y la gloria de su casa Acabaron en él. Tal es mi historia, Sultana. Tuyo soy, manda á tu esclavo.» La favorita de Muley sus ojos Encendidos de cólera fijaba Sobre los ojos del cautivo, en vano De sus palabras la intención oculta Profundizar queriendo. Ella, cristiana Y de la raza de Solís nacida, Era el último sér que se animaba Con sangre de Solís. Aquel esclavo, Servidor de su casa en otro tiempo, La vió niña tal vez en el castillo De la encomienda de su padre; ahora, En Granada cautivo, ¿conocía De su señor á la hija renegada? Su presencia en la Alhambra, ¿era un agüero Favorable ó funesto? ¿Era un amigo Que velaba por ella? ¿Era un espía Que traidor la acechaba? Los recuerdos De su infancia dichosa y sus dormidos Remordimientos, á la par alzándose Como horribles espectros á su vista, La helaron de terror. La sombra airada De su ultrajado padre parecía Que tras aquel cristiano á levantarse Iba, y en el pavor supersticioso De su alma criminal y en la nerviosa Exaltación del miedo, sus miradas Fijó en la puerta de la estancia. Ante ella, Pálido como el mármol que sostiene Su cincelada bóveda, sombrío Cual fantasma del féretro evocado, El viejo Aly-Mazer la contemplaba En lúgubre silencio. Sus pupilas Radiaban con fulgor siniestro y trémulo, Y los hilos brillantes de sus rayos, Como los de la baba poderosa De la culebra, al estrellarse ardientes En las pupilas de Zoraya, á ellas Se adherían tenaces, é invisible Extendiendo una red en torno suyo, En sus mágicos nudos la envolvía, Y el vigor de su sér paralizaba, Aunque en su helado cuerpo arder sentía La inquieta sangre como hirviente lava. Subyugada, incapaz de movimiento, Víctima de poder incomprensible, Vió Zoraya cruzando el aposento Llegar á Aly-Mazer con paso lento, Su mágica influencia indefinible Dominando su sér, y en su semblante Su fulgente mirar teniendo fijo, Con desdeñosa voz así la dijo: --«¿Te fastidias, Sultana? ¿Te impacientas? ¿De tu infeliz alméh con las historias Vacías de interés no te contentas? ¿Por qué no lees las íntimas memorias Que en el fondo de tu ánima aposentas? ¿Por qué en vez de leyendas ilusorias No lees sobre tu faz tu historia horrenda? ¿Crees que no hay interés en su leyenda? Iguales son los fallos soberanos Para todos: delira y entretente Tu porvenir meciendo en sueños vanos: Mas escrito tu horóscopo en tu frente Llevas: sobre las rayas de tus manos Tus ojos pon y le verás patente. Naciste y morirás entre cristianos: Y, más fatal que el de Abdilá, tu sino La obscuridad te anuncia solamente; Su estrella real apagará tu estrella: Su destino anonada tu destino; Extranjera á Granada, no hay en ella Para tu raza impura Ni trono, ni mansión, ni sepultura. Esclava sin pudor, tu cuello doma Al yugo de tu dueño; renegada Sin fe y sin patria, el fugitivo aroma De tu poder pasó: sobre Granada De otro poder real el alba asoma; Tú no posees sobre su tierra nada: La estrella de Bu-Abdil, contraria tuya, Es fuerza que al brillar tu luz destruya.» Dijo el severo Aly, y con el cristiano Partió, y á la Sultana fascinada Un escrito al partir dejó en la mano.
II
Su vida y su vigor recobró al punto Libre de Aly-Mazer ya la presencia, Y al misterioso escrito echó Zoraya Una mirada de pavura llena. Criada desde niña entre los Árabes, De la superstición de su creencia Es víctima su espíritu, y con miedo De él contempló las misteriosas letras. El escrito es su horóscopo: los datos De la consultación que le encabeza, De su país, su raza y nacimiento Son los nombres exactos y las fechas. Un confuso dibujo cabalístico Marca la conjunción de los planetas Que, desde el punto en que nació, su vida Dominan con su mágica influencia; Y bajo el doble nombre entrelazado Que entre Cristianos y Árabes conserva, Explicando sus cálculos y signos Se leía en arábigo esta letra:
«Cinco años será Cristiana, Veinticinco será Mora, Diez esclava y diez Sultana: Mas su estrella protectora Va á apagar antes de un hora Otra estrella soberana.-- Ni Española ni Africana, Ni de raza engendradora, Morirá en tierra cristiana Ni cautiva ni señora; Odiada como tirana, Oculta como traidora.»
Fijos aún los espantados ojos En el fatal pronóstico, y apenas Con tiempo de ocultarle, en la otra cámara Oyó los pasos del Wazir Ben-Egas. Dominó su emoción, dió á su semblante Su expresión ordinaria, y de la puerta Al dintel el Wazir apareciendo, Diálogo se entabló de esta manera:
ZORAYA
¡Por Aláh, que impaciente te aguardaba!
EL WAZIR
Detúvome Muley más que quisiera Mi impaciencia también.
ZORAYA
¿Partió?
EL WAZIR
Va lejos, Sultana.
ZORAYA
¿Y la ciudad?
EL WAZIR
Tranquila queda.
ZORAYA
Del callado Albaycín la misteriosa Obscuridad algún secreto encierra.
EL WAZIR
El que todos los barrios: por Alhama Lloran con profundísima tristeza, Y la ciudad por la perdida villa Yace de luto universal cubierta.
ZORAYA
¿Y la Sultana? ¿Y Abdilá? ¿Qué órdenes Con respecto á los dos Muley te deja?
EL WAZIR
¡El infierno sin duda les protege!
ZORAYA
Acaba de una vez: habla.
EL WAZIR
Funestas Nuevas de ellos te traigo. El Rey no quiso Que por su propia boca lo supieras. Abdilá, descolgado por su madre, Por un balcón huyó.
ZORAYA
¡Maldita sea Mi confianza en ti! Siempre he temido Que te burlara su infernal destreza. Pero explícame en fin.....
EL WAZIR
Es imposible: Todo se ignora aún.
ZORAYA
Pero ¿y la fuerza De tu ley? ¿No eres tú juez de la Alhambra?
EL WAZIR
Muley prohibe que se emplee en ella Mi autoridad, y manda que en su alcázar No obedecida pero libre sea.
ZORAYA
¿Aixa libre en la Alhambra?
EL WAZIR
Sí.
ZORAYA
¿Acotada Tu autoridad?
EL WAZIR
Prohibe que la ejerza Contra ella.
ZORAYA
Wazir, te estás mofando.
EL WAZIR
No lo permita Aláh. Del Rey la letra Conoces: lee sus órdenes escritas Por él: esta es su ley mientras su ausencia: «Sin potestad, mas libre, viva Aixa Mi esposa, Abú-l'Kasín: la más pequeña Ofensa ó vejación que sufrir la hagas, La consideraré contra mí hecha. La razón yo la sé: de la Sultana Me respondes, Wazir, con la cabeza.»
ZORAYA
¡Oh! la mía se pierde en tal misterio.
EL WAZIR
Pero tal vez la mía le penetra. He interrogado á Zil, á los esclavos Que le sirvieron, á su guardia negra, Y á la torre maldita sé que ha ido, Que en Comares furioso entró á su vuelta, Que estuvo allí con la Sultana á solas, Que ella salió después altiva y fiera, Y que Muley, sombrío y aterrado, Libre la dejó ir, cielos y tierra Diciendo que contra él se conjuraban, De una impresión supersticiosa presa. Pues bien, Zoraya, en esa torre creo Que encontraré la explicación entera De su superstición y de sus órdenes Incomprensibles de hoy.
ZORAYA
Bien dices: vuela, Wazir Abú-l'Kasín, vuela á esa torre, Demuele sus murallas, y sus piedras Registra una por una, y aprisiona Sin piedad, interroga y atormenta Al sér aciago que en la torre encuentres, Hasta que des con la verdad.
EL WAZIR
Modera Tu cólera, Sultana: todavía Algo que hacer en la ciudad me resta. En sus barrios acaso entre las sombras Ya criminal conspiración fermenta, Y es mi primer obligación á salvo Ponerte á ti de su furor. Te esperan Al postigo del Agua tus esclavos Y una guardia leal que te defienda. Vas á habitar los Alijares: este, Más que regio palacio, es fortaleza, Y en ausencia del Rey todo lo temo De la Sultana audaz.
ZORAYA
Me desesperas, Abú-l'Kasín con tu prudencia imbécil. Cuando torne Muley, que la baile muerta, Y nos dará las gracias.
EL WAZIR
Tú deliras, Zoraya: eso sería en ancha hoguera Tornar el fuego que debajo duerme De la ceniza aún: mientras alienta El Príncipe Abdilá, siempre los suyos Tienen un capitán y una bandera: Y en tanto que la madre está segura, Rehén tenemos para el hijo en ella. Vamos, y fía en mí; partamos antes Que la luna en los cielos aparezca, Porque importa que nadie se aperciba De que el palacio de la Alhambra dejas
La Zoraya, cediendo á las razones Del prudente Wazir, aunque la pesa, Dejó el mirab y, en el espeso velo Embozada la faz, siguió sus huellas. De la torre del Agua en el postigo Una escolta leal halló dispuesta, Y al fuerte de los regios Alixares La condujo el Wazir en las tinieblas.
Mas en el punto de partir, del muro Donde la torre apoya á las almenas. Una mujer que se asomó espiaba La ruta por do van. Era la Reina.
III
Sobre el muro que el recinto De la Alhambra real circunda, Si en fortaleza segunda Primera en esplendidez, Hay una torre morisca Frontera al Generalife, Que sobre angosto arrecife Abre un dorado ajimez.
Este arrecife tortuoso, Que extiende sus líneas combas Entre yedras y gayombas, Madreselvas y jazmín, Solitario, áspero, umbrío, Parece el lecho de un río Que dividió en otro tiempo El alcázar del jardín.
Fresco, umbroso en el verano, Abrigado en el invierno, Gozando el verdor eterno De la yedra y el laurel, Es este oculto arrecife, Lleno de sombra y misterio, Huella oriental del imperio De la raza de Ismael.
Á un lado, Generalife De sus floridos verjeles Le entolda con los laureles, Le impregna de aromas mil; Al otro, la Alhambra espléndida Le fía por sus ventanas De cautivas y sultanas Toda su historia gentil.
De una parte le armonizan, Por el lado de las flores, Los canoros ruiseñores Que anidan en el verjel: De otra, por el del alcázar, Opuesto al de los jardines, Las zambras y los festines Que se celebran en él.
Por un lado le engalana La rica naturaleza, Por otro le dan grandeza Las cien torres de Alhamar; Por allí muestra patente Dios su creadora mano, Por aquí del soberano Se hace el poder acatar.
Tal vez en noche de estío, Al són de un arpa morisca, Desde el muro una odalisca Entona amante canción, Y algún colorín celoso, Desde la verde floresta, Con trino amante contesta Del arpa amorosa al són.
En la ciudad empezando Y abriendo paso á la sierra, ¿Quién sabe cuántos encierra Secretos de honra y amor Este encantado camino, Bajo flores encubierto Y sobre peñas abierto De un palacio en derredor?
¡Cuánta hermosa enamorada Intentó el arduo descenso Del vacío espacio extenso Que hay desde él á su balcón! ¡Y cuánto noble Africano Cayó en su arenosa loma, Muerto por oculta mano Y por oculta razón!
No hay un pie de este camino Que una tradición no hechice, Que un nombre no poetice, Ó dé un recuerdo valor. La torre allí _de los Picos_ Se eleva, cuyos cimientos Defienden encantamientos De un sabio conjurador.
Allá la _de la Cautiva_, Donde entre són de cadenas Viene á lamentar sus penas El alma de una mujer: Allá la _puerta de Hierro_, Por do su vida salvaron Los Reyes á quien lanzaron Sus vasallos del poder.
Y allí, en fin, el pie cercado De adelfa y silvestres plantas, La torre de _las Infantas_ Se alza con regia altivez, Abriendo en su grueso muro, Frontero á Generalife, Encima del arrecife Un misterioso ajimez.
Una graciosa ventana De arabescos y labores Orlada, cuyos colores Minió maestro pincel: Una ventana morisca Que, en dibujos de oro envuelto, Parte un pilarcillo esbelto De mármol de Macaël:
Un mirador delicioso, Cuyo arco filigranado Está en redor festonado Con leyendas del Korán; Cuyos dos graciosos huecos Ornados de medallones, Hojas, nichos y agallones, Contento á los ojos dan.
Mas ¿quién mora en esa torre Donde jamás se percibe Ni el rostro de quien la vive, Ni ruido de humana voz? Jamás de aquella ventana Se abre al sol la celosía, Ni de un cantar la armonía Da nunca al aura veloz.
Muestra, empero, que se habita Allá en las nocturnas horas La luz de las tembladoras Lámparas de su interior, Que á pesar de su cerrada Celosía y su vidriera De colores, lanza fuera Su trémulo resplandor.
Y á veces apunta el alba Ya, y tras esta celosía Se percibe todavía De la lámpara el fulgor, Y una sombra que va y viene Por dentro del aposento, Da ó quita á cada momento Luz ó sombra al mirador.
Su movimiento incesante, Sus paradas repentinas, Recogiendo las cortinas Para ver ó para oir, Demuestran que el desvelado De aquel ajimez espera Algo que dél por afuera Debe sin duda venir.
Mas pasa una noche y otra, Y la luz del sol se traga Su luz, y con ella apaga El que allí esperando está Su esperanza, hasta otra noche Que vuelve á arder la bujía, Y él vuelve á la celosía Y tras ella viene y va.
Es alta noche: en el sueño Yace el mundo sumergido: El aire se ha recogido Bajo del césped feraz: Tiéndense inmobles las ramas De los troncos, no se mueve Ni la ráfaga más leve, Ni el murmullo más fugaz.
¡Silencio!--He aquí que, en medio Del universal reposo, El mirador misterioso Se abre por primera vez. La celosía dorada Se levanta: la cortina Se descorre, y se ilumina Por adentro el ajimez.
Y al pilar que en dos divide El arco de su ventana Llega una figura humana Lentamente: una mujer, Sultana, esclava, cautiva, Joven, ó hermosa..... ¿qué ojos Á altura tan excesiva La podrán reconocer?
Apartó de ante su rostro Su blanco y flotante velo: Una mirada del cielo Por la cavidad tendió, Y, vuelta hacia el Occidente Do ya tocando la luna Está, en la lengua moruna Y con voz triste exclamó:
«¡Un día más!--La menguante »Luna hacia la mar declina, »Y su lumbrera argentina »Toca al horizonte ya. »¡Casto fanal de la noche, »De los creyentes lumbrera, »Que tu brillante carrera »Guíe protector Aláh!
»Ve en paz ¡oh de las tinieblas »Sultana dominadora, »Pendón de la gente mora, »Lámpara de la oración! »¡Y plegue á Aláh que mañana, »Cuando vuelvas por Oriente, »Vuelva con tu luz naciente »La luz de mi corazón!
»Ve en paz: y si sobre Loja »Al verter tu lumbre pura, »Hallas vivos por ventura »Á mi buen padre Aly-Athár »Con el Príncipe mi esposo, »Que es la luz del alma mía, »Diles ¡ay! que noche y día »Les aguardo sin cesar.»
Dijo, y la frente apoyando En el pilar arabesco, Dentro el marco pintoresco Del morisco mirador Quedó, como una escultura Para su cuadro labrada La Mora desconsolada, Á solas con su dolor.
Resalta, á la luz de espalda, Su contorno destacado Sobre el fondo iluminado Del aposento oriental: Y parece desde lejos Al genio de la pureza, Que va á partir con tristeza De una cámara nupcial.
Mas aquel busto tan noble De suave y rubio cabello, Aquel nacarino cuello Pálido como el marfil, Aquel brazo modelado Por una ática escultura, Aquella frágil cintura, Y aquel todo tan gentil;
Asomado á tales horas Á una torre destinada Sólo á las Princesas moras, Al ojo menos sutil Delatan á la que ocupa Su misteriosa ventana, Por la infelice Sultana Esposa de Abú-Abdil.
Es ella, sí: allí apacenta El dolor que la acongoja Moraima, la flor de Loja, La azucena de Aly-Athár: La gacela de ojos garzos, Cuyas niñas de azul cielo Eran fuentes de consuelo Para el viejo militar.
Hoy son ya fuentes de lágrimas: Sus abrasadas pupilas No reflejan hoy tranquilas La pura luz del placer; Hoy la dulce paz del niño Su sonrisa no revela, Porque en sus labios la hiela El dolor de la mujer.
Moraima, sí, la más triste, La más pura de las Moras, Pasa allí sus largas horas En silencio y soledad. Moraima, que de su esposo Encadenada á la huella, Con él de su mala estrella Parte la fatalidad.
Triste es su historia. Su padre, La mejor lanza africana, La otorgó como Sultana Al sucesor de su Rey; Temiendo al viejo soldado En rebelión harto crítica, Con su torcida política Pensó en tal boda Muley.
El bravo Aly-Athár, más hombre De pelea que de Estado, Se dió en ello por honrado Y á Granada la llevó. La boda hizo el Rey al punto, Pero á sí mismo se dijo: «¡Imbécil! le doy el hijo, Pero la corona no.»
Dos niños eran entrambos, Rubios, alegres, gentiles: Apenas sus quince abriles Cumplido habrían los dos; Hermosos como inocentes, Les unieron y se amaron: Mas en su amor no contaron Con la voluntad de Dios.
Sosegados ya los pueblos, No fué Aly-Athár peligroso: Y en su aislamiento amoroso Afeminado Abdilá, Los hijos de la Zoraya, Merced al fatal destino De Abdilá, libre el camino Tendrían del trono ya.
Tal pensó el Rey; los dos niños, Sin cálculo y sin encono, De sus derechos á un trono Ni aun se acordaron tal vez: Pero otro sér mas activo Á quien amor no adormía, En lugar de ellos abría Sus ojos con avidez.
Aixa, la altiva Sultana, Celosa de su derecho, Fué una mañana á su lecho Como un ensueño fatal. Abrieron sobresaltados Los dos Príncipes los ojos, Y ella, respirando enojos, Dijo con voz sepulcral:
«Aquel á quien Dios destina »Á ceñir una corona, »Sus derechos no abandona »Sino por orden de Dios. »Hijo de Reyes, despierta: »Rompe tus amantes lazos »Y tiende el alma y los brazos »De tu real corona en pos.
»Y á ti, flor silvestre y pálida »De los peñascos de Loja, »¿Por ventura te se antoja »Que no hay más ley que el placer? »¿Crees que tus ojos de cielo, »Tu alma y tu tez de nieve, »El dote son que traer debe »Á un Príncipe una mujer?
»Pues te engañas: la que espera »Dominar como Sultana, »Necesita un alma entera, »Con más altivez que amor. »Despertad pues; los lobeznos »De la torpe renegada »Giran con planta callada »De vuestro trono en redor.»
Abú-Abdilá, de su madre Hecho á la exacta obediencia, Tras ella sin resistencia Del aposento salió: Moraima, sobrecogida Por la plática severa De aquella Reina altanera, Quedóse sola y lloró.
«¿Qué me importan á mí, dijo, »Su poder y su corona? »Lo que mi amor ambiciona »Es no más su corazón; »Y si éste me lo arrebatan »Por el gobierno y la guerra, »¿Qué me dejan en la tierra »Á mí, sin regia ambición?»
¡Pobre niña! el joven Príncipe Empezó desde aquel día Á dejar su compañía Y su cámara á dejar: Venía por él su madre Apenas el sol rayaba, Y hasta que el sol se ocultaba No le veía tornar.
Entonces, aunque volvía Alegre y enamorado, Volvía tan fatigado, Tan hambriento y sin vigor, Que en la mesa devoraba Y se dormía en el lecho, Cual si no hubiera en su pecho Ni corazón ni calor.
Moraima, en su seno amante Colocando su cabeza, Contemplaba con tristeza Su rostro franco y leal, Que empezaba en el reposo De su fatigado sueño Á adquirir un torvo ceño Que no le era natural.
«¿Qué hará? ¿Dónde irá? (decía »La pobre niña) ¿Qué afanes »Más propios para gañanes »Me le cansarán así? »Si tanto cuesta á los Príncipes »Guardar su trono, ¡pluguiera »Á Aláh que pastor naciera, »Sin esperar más que en mí!»
Y una mañana, Moraima, Un sueño tenaz fingiendo, Fué desde lejos siguiendo Á la Reina y á Abdilá, Y vió que, cruzando apriesa De los muros el espacio, Se salieron del palacio Al bosque que al río da.
Corrió al oratorio regio Que domina su enramada, Y vióles á una esplanada Tras una loma llegar. Allí esperaban tres hombres Hasta los dientes armados, Con caballos ensillados Y en guisa de pelear.
Ciñóse una jacerina, Embrazó una recia adarga, Asió de una lanza larga Y cabalgó Abú-Abdil. Salió el caballo botando: Moraima tembló de gozo Y miedo al verle tan mozo, Tan armado y tan gentil.
Cabalgaron uno á uno Los otros tres: apartóse La Sultana, y preparóse La escaramuza. Abdilá, En medio de la esplanada Y de los tres circundado, Á la suerte preparado Inmóvil y atento está.
Dió la señal la Sultana, Y empezaron los guerreros En torno de Abdil mañeros En círculo á galopar, Á cada vuelta estrechándole; Mas, como un chacal atento, Espiando él un momento Su línea para salvar.
Sereno sobre su silla, Con mirada centelleante Espía un propicio instante En liza tan desigual, En tanto que en torno suyo Van los tres caracoleando, Á cada vuelta cerrando La peligrosa espiral.
Giraba él en ellos puesta La vista: por todas partes Hallaba un arma funesta Dirigida contra él. Vió al fin que un potro rebelde Se mostraba, y contra él hizo Un amago: espantadizo Encabritóse el corcel.