Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 2
Part 5
Media hora después caía muerta De fatiga á los pies de su jinete La yegua del fiel Zil, ante la puerta De la Alhambra: tras él Muley llegando, Á contener la suya no bastando Desenfrenada y en carrera abierta, Con ella por el pórtico se mete. Sujetaron á un tiempo veinte manos Al fogoso animal: á tierra echóse El fatigado Amir, y en medio hallóse De su guardia de negros africanos. Como una torva y rencorosa hiena Que olfatea con ansia en el desierto, Buscando el tronco del viajero muerto Que enterró el salteador bajo la arena: Tal el fiero Muley el zurdo paso Enderezó á la torre de Comares, Con el designio de manchar acaso Con un nefando crimen sus hogares. En su rostro, de cólera amarillo, La decisión horrenda se leía En su sangriento corazón forjada, Y el infernal placer de su alma impía En sus trémulos labios y en el brillo Siniestro de su lúgubre mirada. Los negros su furor adivinando En su ademán y rostro descompuesto, Paso le abrieron con temor callando: Él, en vez de palabras, empleando Un imperioso irresistible gesto, Abrir mandó la cámara africana Que sirve de prisión á la Sultana. En sepulcral silencio, más terrible Que la voz más furiosa, entró en la estancia, De Comares Muley: con impasible, Desdeñosa y sultánica arrogancia, Serena faz y fulgurantes ojos, Á Aixa halló que acercarse le veía En pie y desafiando sus enojos, Silenciosa como él, como él sombría. Como audaz cazador que, asegurado De la muerta leona, hallar espera Sus cachorros sin riesgo, y confiado Avanza hasta la oculta madriguera: Mas en su boca lóbrega, imprudente Los cachorros dormidos reclamando Escarba, y con terror ve de repente, Su ondulante espiral desarrollando, Salir con un silbido una serpiente: Tal se encontró Muley bajo la altiva É imperiosa mirada de la Mora, Á quien débil juzgó como cautiva É insolente encontró como señora. Miráronse un momento frente á frente Aixa y Muley-Hasán: mas no hay quien pueda La mirada arrostrar resplandeciente De esta mujer, cuyo ánimo valiente Tanta virtud como valor hospeda. Con los brazos cruzados sobre el pecho Preguntó al Rey impávida:--«¿Qué quieres?» --«Tu hijo,» exclamó Muley.--«¡Qué imbécil eres!» Repuso con desprecio la Sultana, Dominando á Muley á su despecho. «¿Cuándo has supuesto que albergado viva »En el pecho viril de una Africana »El villano temor de una cautiva, »Ni el corazón servil de una Cristiana? »Tú te olvidas que Dios Reina me ha hecho. »¿Mi hijo á pedirme vienes? ¡Insensato! »Libre partió: mas si seguir su huella »Deseas, de ocultártela no trato. »Corre á tu villa de Guadix, y en ella, »De Dios y de tus pueblos con la ayuda, »Alzado Rey le encontrarás sin duda.» --«¡En Guadix!--dijo el Rey,--¡no lo he soñado!» Y, de pavor mortal sobrecogido, Ante la Mora en pie quedó aterrado, Mudo é inmóvil, cual del rayo herido. Ella le contempló por un instante Sin comprender lo que por él pasaba: Mas suponiendo que algo meditaba Contra el fugado Príncipe, arrogante Díjole, de él poniéndose delante: «La bestia más feroz, jamás se encona »Con sus hijos cual tú. ¿Qué esperar debo »Del tigre que á sus hijos no perdona? »Ya á todo yo por Abdilá me atrevo: »Tigre, te encontrarás con la leona. »De hoy, pues, no lograrás, feroz tirano, »Ni tocar al menor de sus cabellos »Sin que, cual tú feroz, mi regia mano »Meta un puñal entre tu mano y ellos.» Dijo, y una insolente carcajada Soltó, la espalda con desdén volviendo: No la volvió Muley ni una mirada Ni la escuchó tal vez, sólo atendiendo Á la duda fatal en que vacila: Y la Sultana, hallándola entreabierta, Con noble majestad pasó la puerta Y á su cámara real fuese tranquila. Vióla Muley el patio de la alberca Cruzar, volviendo en sí: mas no dió un paso Contra ella, ni el gesto más escaso Hizo, aunque la guardia el patio cerca. En silencio, los brazos sobre el pecho Cruzados é inclinada la cabeza, Á solas con su mal ó su despecho, Presa permaneció por largo trecho De ruin superstición ú honda tristeza. Mas notando el Monarca de repente Que sus guardias le estaban contemplando, Miró á su dignidad, irguió la frente, Y, cobrando su indómita fiereza, Al patio se lanzó, donde llegando Tendió la vista en derredor, ansioso De encontrar una víctima á su saña. En pie, junto á un pilar del peristilo, Vió un hombre cuya cara le era extraña, Pálido, ensangrentado, silencioso, Y de torvo ademán, pero tranquilo. Sonrió al divisarle, satisfecho De hallar en quien la cólera del pecho Descargar, y con calma aterradora Fuese Muley á él. De pie derecho, Contemplándole audaz, con ojo fijo, El hombre le aguardó, y hasta él llegando El iracundo Rey así le dijo: --«¿Quién eres?»--«Nadie ya,» repuso el hombre. De la ira Muley sintió la llama Subirle al rostro, y de furor temblando: «¿Tu raza, dijo, tu país, tu nombre?» Y con acento de tristeza lleno Al Rey el hombre contestó sereno: «No tiene nombre ya, país no tiene, »Ni familia ni tribu le reclama »Por suyo aquel que, su país dejando »Esclavo, huyendo de su patria viene »Á contar el baldón con que se infama. »Mi pueblo yace, Amir, muerto ó cautivo; »Y él solo ves en mí que escapó vivo »De la tremenda asolación de Alhama.» Palideció el Monarca de pavura Á esta nueva fatal: su mensajero Sonrió con sardónica amargura Así siguiendo:--«Amir, mi alma está pura »De traición: combatí junto al primero: »Mas cuando todo se perdió, mi escaso »Aliento aproveché con la esperanza »De poder, á tus pies llegando acaso, «Pedirte, no favor, sino venganza; »Pero no para mí: yo no la quiero: »Sin honra y sin hogar morir prefiero. »Alhama se perdió por tu abandono »Y clamó contra ti su pueblo entero: »Mas yo soy un creyente verdadero »Y, en ti mirando á Aláh sobre tu trono »En nombre de mi raza te perdono.» Dijo el lëal; y con sublime calma En su pecho la daga sepultando, Expiró, buen Muslim, encomendando Su venganza á su Rey, á Dios su alma. La guardia de los negros, torva y muda, Ante el cuerpo del último Alhameño Lloró tal vez su bárbaro heroísmo: Sólo insensible y enarcado el ceño Permaneció Muley con faz sañuda, Víctima de un segundo parasismo De su pavor recóndito sin duda. Reinó un punto el silencio más solemne: Luego, hablando Muley consigo mismo, Dijo:--«Sí, la verdad está perenne: »La aparición..... Alhama..... ¡todo es cierto¡ »¡Y ÉL libre ya!--¡Confúndale el abismo! «¡Más valiera al nacer haberle muerto!»
Y aquí el Rey, humillando la cabeza, Prosiguió con hondísima tristeza: «¿Conque el cielo y la tierra se han unido »En contra mía por tan varios modos?» Mas irguiéndola al punto con fiereza, Dijo:--«Mas no dirán que me he rendido: »Mientras vive Muley, aún no han vencido: »Todos, pues, contra mí, yo contra todos.» Y volviendo la espalda, á pasos lentos Volvió Muley de su oriental palacio Á entrar en los dorados aposentos Donde Zil le siguió tras breve espacio.
VI
«¡Ay de mi Alhama!» en su palacio dijo Muley, que aun suya en su dolor la llama: Y el eco triste, de sus techos hijo, Suspiró: «_¡Alhama!_»
Desde las torres del gentil palacio Bajó en las brisas, y de rama en rama Corrió los huertos y gimió el espacio: «_¡Ay de mi Alhama!_»
Llegó hasta el vulgo la terrible nueva. ¿Quién pára el vuelo de la errante fama? Su voz diciendo en la ciudad se eleva: «_¡Ay de mi Alhama!_»
La turba ociosa, de pavor transida, La aciaga nueva por doquier derrama: Doquier repiten por donde es oída: «_¡Ay de mi Alhama!_»
El ruin villano y el audaz guerrero, El noble altivo y la orgullosa dama Dicen, llorando con el pueblo entero: «_¡Ay de mi Alhama!_»
Y el pueblo entero del palacio augusto Corre á las puertas, y furioso clama Con voz que impone á sus vivientes susto: «_¡Ay de mi Alhama!_»
La guardia negra que á Muley defiende «¡Atrás!» las picas enristrando exclama: Se irrita el pueblo, y el clamor se extiende: «_¡Ay de mi Alhama!_»
Las regias salas el motín conturba Que en torno de ellas cual tormenta brama. Y al grito tiemblan de la airada turba: «_¡Ay de mi Alhama!_»
Muley no duerme: cinco mil guerreros En quienes arde del honor la llama, De sus legiones manda delanteros Ir sobre _Alhama_.
Y al caer la noche, jineteando al frente De hueste inmensa que la lid reclama, Partió gritando con su armada gente: «_¡Venganza á Alhama!_»
«_¡Venganza á Alhama!_» Repitió la plebe Que al Rey valiente y vengador aclama: «¡Aláh, le dijo, la victoria lleve Contigo _á Alhama_!»
Mas ¿quién penetra en el destino obscuro De su ancho velo por la espesa trama? Voz misteriosa suspiró en el muro: «_¡Ay de mi Alhama!_»
Eco siniestro, que la fe desmiente De los Muslimes y á su Rey infama, Toda la noche repitió doliente: «_¡Ay de mi Alhama!_»
¡Tal vez las almas de los muertos, cuyos Miembros sin tumba el agua desparrama De los nublados, piden á los suyos Tierra en _Alhama_!
LIBRO SEXTO
LAS TORRES DE LA ALHAMBRA
Más allá de la torre de Comares, De la Alhambra rëal siguiendo el muro, Recuerdo de los blancos alminares De Damasco y esbelto cual seguro, Dominando alamedas seculares De frescas sombras y de ambiente puro, Se alza un torreoncillo de arabesco Estilo, aéreo, blanco y pintoresco.
Su cabeza gentil no se levanta Coronada de sólidas almenas, Ni su robusta construcción espanta Con aspilleras de espingardas llenas. Defiéndenle no más soledad santa Y quietud misteriosa, y bien ajenas De apariencia marcial, siempre cerradas Sus celosías con primor caladas.
Tal vez despide al despuntar el día En espirales mil humo de aromas Cual pebete oriental su celosía: Tal vez los ecos de las verdes lomas Despierta por la noche la harmonía De los cantos que exhala, y las palomas Y aves, á quienes place su murmullo, La aduermen con sus trinos y su arrullo.
Es esta torrecilla solitaria Un sagrado alminar, y su clausura Destinada no más á la plegaria De la mañana, goza el aura pura Del valle y la extensión y vista varia De la vega feraz desde su altura. Es el mirab del Rey do sólo él ora, Y tal vez la mujer que le enamora.
Hoy, con escarnio de la Fe, le habita, Transformando en harén de sus amores El alminar de la oración bendita Y en camarín de sueños tentadores, Zoraya, la insolente favorita: Destinando sus áureos miradores De su ocioso mirar para recreo, Para atalaya de su vil deseo.
Alcánzase desde ellos la sombría Torre que guarda á la rival Sultana, Y ella afanosa sin cesar espía Desde allí la prisión de la Africana. Por eso ocupa el mirador que impía Con su presencia criminal profana: Mas Dios á su rival tendió la mano Y ya, libre Boabdil, la espía en vano.
Sobre campo y ciudad el delicioso Mirab descuella como erguida palma; Y es en verdad lugar maravilloso Para elevar al Criador el alma, Ya del alba temprana en el reposo, Ya de la noche en la apacible calma: Y el Moro y el Judío y el Cristiano Ten desde allí del Criador la mano.
¡Quién no te cree, Señor, quién no te adora Cuando, á la luz del sol en que amaneces, Ve esta rica ciudad de raza mora Salir de entre los lóbregos dobleces De la nocturna sombra, y á la aurora Abriendo sus moriscos ajimeces Ostentar á tus pies lozana y pura, Perfumada y radiante su hermosura!
Yo te adoro, Señor, cuando la admiro Dormida en el tapiz de su ancha vega; Yo te adoro, Señor, cuando respiro Su aura salubre que entre flores juega: Yo te adoro, Señor, desde el retiro De esta torre oriental que el Dauro riega; Y aquí tu omnipotencia revelada, Yo te adoro, Señor, sobre Granada.
¡Bendita sea la potente mano Que llenó sus colinas de verdura, De agua los valles, de arboleda el llano, De amantes ruiseñores la espesura, De campesino aroma el aire sano, De nieve su alta sierra, de frescura Sus noches pardas, de placer sus días Y todo su recinto de harmonías!
Yo te conozco ¡oh Dios! en los rumores Que á este árabe balcón me trae el viento Perfumado entre pámpanos y flores, Y harmonizado con el grato acento De las aves de Abril. Tantos primores Producto son de tu divino aliento; Porque á tu aliento creador se aliña Con sus mejores galas la campiña.
Tú soplas ¡oh Señor! desde la altura Y saltan los collados de alegría, Y se cubre de flores la llanura, Y se llenan los bosques de harmonía, Y se aduermen las aguas en la hondura, Y sin nublados resplandece el día: Que en tus ojos la vida reverbera Y es tu aliento, Señor, la primavera.
Y no hay región recóndita en el mundo En donde más tu majestad se ostente, Donde sea tu aliento mas fecundo, Ni la tierra en tu prez mas diligente. Señor, tú estás aquí; tú en lo profundo Brillas aquí del corazón creyente; Tú estas aquí; tu trono y tu morada, Tras este cielo azul, sobre Granada.
Dame ¡oh Señor! de querubín aliento, Porque pueda esta vida transitoria Emplear en cantar con digno acento En medio de este edén tu inmensa gloria: Y al lanzar desde aquí mi voz al viento Dando á Granada su oriental historia, Purifique, Señor, mi arpa cristiana El impúdico harén de una Sultana.
NARRACIÓN
I
Iba á dejar en brazos de las sombras Á la tierra el crepúsculo: la vega, El monte y la ciudad entre sus turbios Vapores comenzaban á sumirse, Y el ocaso, alumbrado todavía Con desgarradas ráfagas de fuego, Ultima luz que el sol reverberaba, Teñía los collados con purpúreos Resplandores de incendio. Á la cabeza De su hueste Muley había apenas Traspasado las puertas de Granada Con dirección á Alhama, y en las torres, En las murallas y altas azoteas, Para verle salir, la muchedumbre Se aglomeraba silenciosa y triste. Sus alas ¡ay! sobre la gente mora El genio del dolor tendido había; Fatal presentimiento de amargura Sus corazones lúgubre llenaba, Y miraban tal vez indiferentes De sus hermanos el socorro. Apenas Algunos grupos de la plebe sórdida Que al camino salieron vitoreaban Pagados á Muley: ardid inútil De política torpe que aumentaba El desprecio del pueblo entristecido. El rumor de los gritos desacordes Confuso con las ráfagas llegaba Hasta el alto mirab, en donde inquieta Le escuchaba Zoraya tras las árabes Labores de su espesa celosía. Fijos los ojos, la mirada torva, Presa de aquel fatal presentimiento Que acaso con su atmósfera pesaba Sobre la mora gente, la lectura De su alméh favorita oía, empero Sin escucharla. Á veces el oído Hacia el rumor de la ciudad tendía, Y la alméh se paraba, y en silencio Quedaba el aposento hasta que vuelta La favorita en sí decía «sigue»: Mas desechados iban diez volúmenes De distraer su espíritu incapaces. Los peregrinos viajes y aventuras, Los inspirados y divinos libros Del Korán, las leyendas orientales De los poetas de Damasco y Córdoba, Desarrugar su ceño no podían Ni atraer su atención; guerras, encantos, Sueños, amores, himnos de alabanza Á su propia hermosura dirigidos, Pasaban por su oído resbalando Como agua por encima de las rocas: Y sin embargo, sus lecturas eran En los célebres libros escogidas De los más sabios escritores, siendo Leídas con las gratas inflexiones De una voz melodiosa, amaestrada En el arte divino de la música, Y en la recitación que alas de fuego Presta á la encantadora poesía. Á la luz de una lámpara de plata Colocada en un trípode de concha, La alméh, tomando el séptimo volumen, Comenzaba á leer los puros versos De Abú-Taleb-Abdel-Gebar, de Júcar, Que cantó las victorias y virtudes De los almorávides:--«Pasa, dijo La impaciente Zoraya interrumpiéndola; Otra leyenda busca;» y fué pasando La alméh las hojas de su libro, en ellas Sin posar su mirada la Zoraya Diciendo distraída:--«¿Quién prosigue? --Abí-Aly-Anás.--Pasa. ¿Quién otro? --El faquí Zacaría.--¿De qué trata? --Da consuelos al rey en la amargura De sus pesares.--¿Cuáles eran?--Creo Que él solo se salvó de una batalla. --Lee: tal vez consolar logre los míos. --Mas no me escuchas ¡oh Sultana!--Esclava, Lee y obedece.» Prosiguió leyendo La reprendida alméh y á su profunda É inquieta distracción volvió Zoraya. La deliciosa voz de la lectora Resonaba en el cóncavo recinto Del camarín, como el rumor continuo De un arroyo que corre bajo el césped Quebrando entre los guijos sus cristales: Los harmoniosos versos del poeta Árabe, recitados en su lengua Riquísima, en los tonos é inflexiones Dulces sin par del andaluz dialecto, Resonaban en él inútilmente, Y en su vacío espacio se perdían Como el canto de un pájaro extraviado En el llano infecundo del desierto. Zoraya no escuchaba tiempo hacía De la alméh la lectura: á los cristales Del calado ajimez pegado el rostro, Penetrar del crepúsculo anhelaba La obscuridad creciente: pero en vano. La ciudad se sumía en las tinieblas, Y el rumor que llegaba hasta su oído Era tan sordo, tan confuso y vago, Que era imposible comprender su origen. La humana voz asemejaba á veces Ronco, amenazador, cual si en tumulto Se agitara la plebe descontenta; Otras, el triste é íntimo lamento En que prorrumpe á un tiempo la familia Que en derredor del padre moribundo Su último aliento aguarda, y al lanzarle En llanto universal rompe afligida. Otras, gemido largo y misterioso, Como si algún espíritu que, errante Huyendo por la atmósfera, espantado En sus vacíos senos le lanzara: Mas siempre, siempre al comprender la Mora Del rumor el origen verdadero, Le encontraba con rabia producido Por alguna bandada de palomas, Ó por el són del aire en la arboleda, Ó por la voz de algún pastor tardío Que guiaba en los cerros su rebaño. Y volvía á tenderse despechada En los cojines blandos, y volvía Á mandar continuar una lectura Que no escuchaba, mas que el tiempo largo De su impaciencia entretenía.--«Sigue,» Decía á la lectora: mas un libro Y otro libro hojeado uno por uno Inútilmente había, y con tristeza En silencio la alméh la contemplaba. --«Sigue,» dijo con ímpetu la altiva Favorita: y la alméh, postrada en tierra, Dijo:--«Imposible continuar, Sultana. --¿Por qué?--Porque tus libros uno á uno Has ido desechando, y en sus hojas No hay ya más que leer.--Busca otros nuevos. --No poseemos más.--Pues toma un arpa Y cántame..... distráeme..... entretenme..... Si no, ¿de qué me sirves? ¿Qué te valen Los talentos que encomian los imbéciles Que te enviaron á mí?» La desdichada Alméh, sus gracias y talento viendo Denostados así, dobló la frente Sobre su pecho, y abrasado llanto Comenzó á derramar. Zoraya un punto Permaneció en silencio contemplándola: Empero en la impaciencia que la agita, En la rabia tal vez que la devora El vengativo corazón, ajena Á toda compasión, díjola:--«Vete: Para nada me sirves. Dí al primero Que halles en esa cámara que venga Á divertirme: un guardia, algún esclavo Cuya cabeza al menos me responda De su talento, si le falta. Vete.» Salió la alméh: volvió á la celosía Zoraya. Era ya noche: por doquiera Extendida la sombra encapotaba La tierra. Alguna luz pálida y trémula Brillaba en los postigos entreabiertos De las casas fronteras á la Alhambra, Del ajeriz en el tranquilo barrio. Más allá, por las calles angulosas Del Albaycín, se oía sordamente La voz de sus inquietos moradores Elevarse en murmullo misterioso, Como si sus vecinos, sus moradas Dejando, por las calles reunidos Con tumultuosa plática turbasen La solitaria calma de la noche. Zoraya en vano sondear quisiera Lo que en el Albaycín pasa á estas horas. Es el barrio que habitan los parciales De Aixa y de su hijo, y en la torre De Comares están de él fronteriza. ¿Quién sabe si el rumor que en su absoluta Obscuridad del Albaycín se alza Será efecto ó señal de inteligencia Entre el barrio y la torre? ¡Oh! Tarda mucho El Wazir en volver. ¿Si por desdicha La partida del Rey infunde aliento Á los conspiradores, y en las calles, Tomadas ya, al Wazir han sorprendido? Todo lo teme ya la favorita: Pero todo lo ignora abandonada En el mirab donde impaciente espera: Y he aquí que, al volverse, de la entrada Bajo el dintel y del tapiz delante Ve un esclavo que aguarda silencioso.
ZORAYA
¿Qué quieres?
EL ESCLAVO
¡Oh Sultana! á ti me envía La alméh que acaba de partir llorando Despedida por ti.
ZORAYA
¿De dónde vienes?
ESCLAVO
De la ciudad.
ZORAYA
¿De la ciudad? ¿qué pasa Allí?
ESCLAVO
Ya nada: de los muros lejos Va ya Muley: el pueblo se retira Después de haberle visto.
ZORAYA
¿Á despedirle Mucha gente acudió?
ESCLAVO
Salió, Sultana, Toda cuanta hay en la ciudad.
ZORAYA
¿Y viste Á los del Albaycín?
ESCLAVO
Todos estaban De la puerta Monaita en las alturas Como bandada de águilas.
ZORAYA
¿Inquietos Se mostraban sus grupos?
ESCLAVO
Al contrario: Al Rey desde los altos despedían Diciéndole: ¡buen viaje! y saludábanle Con las manos de lejos.
ZORAYA
¿Y en qué sitio Viste al Wazir?
ESCLAVO
Tras de las huestes queda Hablando con el Rey.
ZORAYA
¿Tú estabas próximo Á ellos?
ESCLAVO
Sí: mas en torno defendidos Por centinelas platicaban ambos En calma.
ZORAYA
Ea, pues, mientras espero La vuelta del Wazir, ve cómo puedes Distraer mi impaciencia; me fastidio. ¿Qué harás para alegrar á tu señora?
ESCLAVO
Manda, y veré si obedecerte puedo.
ZORAYA
¡Si puedes!
ESCLAVO