Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 2

Part 4

Chapter 42,773 wordsPublic domain

La fe de quien á oráculos acude, Sólo es superstición que la fe ahoga. Voy la historia á lëer con que ese libro Respondió á tu demanda; y si aún dudosa Tu alma desea explicación más clara, Pídela y la tendrás, palpable y pronta. Dijo: y fijando su mirada el sabio Sobre el libro fatal, con pavorosa Voz empezó á lëer, el caballero Prestando á su pesar atención honda: «Un celestial espíritu encantado »Tiene al Rey Alhamar: su augusta sombra »Sobre los leves rayos de la luna »Baja á la Alhambra en las nocturnas horas. »Mudo, invisible, su fantasma regio »Se mostrará una vez y una vez sola »Hablará: mas ¡ay! ¡triste del que entonces »Vea su faz y sus palabras oiga! »Él será engendrador del Rey postrero »Que en la Alhambra rëal ciña corona: »Y ¡ay de los de Nazar! ¡ay de Granada! »Con ese Rey fenecerá su gloria.» Leyó el sabio: y, quitándose del libro, Dirigió así la voz conminadora Al caballero, que encerrado le oye Mudo é inmoble en su armadura cóncava: --«¡Ay de los de Nazar! ¡ay de Granada! »Su Rey ha visto la tremenda sombra; »Y ¡ay de ti, Rey Hasán! ¡ay de tu sangre, »De raza tan fatal engendradora!»

Á estas palabras, el sombrío armado Dando un paso hacia el sabio, con voz ronca Pero resuelta, dijo, levantando La celada que el rostro le encapota: --«Yo soy Muley-Hasán: tú lo dijiste: »Yo he visto esa fantasma aterradora, »Cuya verdad de confirmarme acaba »La virtud de tu ciencia misteriosa. »Yo soy Hasán; pero desde este punto, »Para que tal cual soy me reconozcas; »Oye á tu vez la predicción que te hago »En cambio de tu oráculo y tu historia. »Yo soy el Rey Hasán; pero primero »Que mi raza consume tal deshonra, »Todos mis hijos, todos, uno á uno, »Ahogará sin piedad mi mano propia. »Ya lo sabes: adiós; y abre, pues creo »Que el aire de este cuarto me sofoca.» Dijo Muley-Hasán, y la salida Buscó bajo el tapiz, ebrio de cólera: Mas tomándole el sabio por la mano, Le detuvo diciendo: Rey, tú ignoras Lo que el cielo te guarda, y es preciso Desvanecer tus esperanzas locas, Tu hijo Abú-Abdil.....

MULEY-HASÁN (_interrumpiéndole._)

Preso en la Alhambra Yace, y cadáver le hallará la aurora.

EL SABIO

Te engañas: en Guadix contra su padre Junta sus partidarios á estas horas.

MULEY-HASÁN

¡Mientes!

EL SABIO

¡Mísero Rey! tú ignoras sólo La desventura inmensa que te agobia: Mas yo te haré agotar hasta las heces De la horrenda verdad la amarga copa.

MULEY-HASÁN

Déjame: basta ya: sé lo bastante; Y siento que mi mente se trastorna, Y de alegría imbécil ó satánica Mi inmenso mal el corazón me colma. ¡Déjame!

EL SABIO

No, Muley: esa alegría Insensata la bebes en la atmósfera; Desde que en este camarín entraste, En ti de un filtro la influencia obra: Y esa febril exaltación que sientes Ya á llevarte, en las alas vagarosas De una ilusión quimérica, á unos sitios Cuyos sucesos conocer te importa. --Déjame, exclamó Hasán como luchando Con alguna impresión vertiginosa. --Obedece, mortal, exclamó el sabio Con elevada voz dominadora. Magnetizado Hasán desde este punto, Obedeció á su voz como un autómata: --«Siéntate,» dijo, y se sentó: «contempla El agua de esa fuente.» Y en sus ondas Fijó la vista fascinada.--Entonces, Cerrando el caño por do el agua brota Y el sumidero que la taza orada, Posarse el sabio encantador dejóla. Deshízose en el mármol el postrero Círculo que formó su última gota, Y quedó el haz del agua tersa, inmóvil, Reflejando en su fondo de la bóveda Las múltiples labores que, alumbradas Por las lámparas, fingen con sus combas, Ángulos, radios, casetones y arcos, Grupos de casas, árboles y rocas. Sentóse el sabio junto al Rey, y asiendo Su yerta mano y de su oído próxima La boca colocando,--«duerme, díjole, «Duerme Muley, á tu pesar, reposa: »Mas recibe los sueños que te envío »Y dales un asilo en tu memoria, »Para que cuando vuelvas de tu sueño »Recuerdes sus visiones vaporosas. »Sueña, feroz Muley, y mis palabras »De ensueños vagos en quimeras torna: »Sueña que ves debajo de esa fuente »Lo que en tu sueño de mis labios oigas.» Y aquí el encantador encapuchado Comenzó á relatar con voz monótona Una historia, confusa como un sueño, En que un millar de imágenes se agolpa: Vaga, como unos versos sin cadencia, Que parece tal vez que nunca logran En su harmonía dar con un sonido Que con otro sonido corresponda; Historia, en fin, cuyo relato hecho En la inflexión y guturales notas De árabe dialecto, semejaba Al susurro del agua y de las hojas.

III

--«Mira, escucha y comprende lo que pasa En torno tuyo ¡oh Rey!--¿Ves esas sombras Que como en alas de los vientos cruzan Esos llanos y montes con que sueñas, De esa obscura ciudad saliendo todas? Los corredores son, que el Rey cristiano Envía á sus alcaides fronterizos. Esa ciudad de donde parten, cuyo Mudo recinto en las tinieblas yace Al parecer pacífico y tranquilo, Es Medina del Campo. Desde aquellas Torres los Reyes de Castilla miran Hacia Granada, el pensamiento fijo En su desolación y la memoria En el fatal horóscopo, que anuncia Á Abú-Abdil como el postrer monarca Que reinará en la Alhambra; sus jinetes Por eso envían en secreto, y sólo Caminando de noche, á sus mejores Adalides. ¿Y sabes el mensaje Que les llevan, Muley? Que pues rompiste Las treguas tú, cayendo sobre Zahara, Den por abierto el campo de la guerra Y metan por tus tierras sus pendones, Talando sin piedad y destruyendo Mieses, viñedos, torres y ciudades. Vuelve ahora la vista hacia este lado: ¿Ves ese cerro sobre el cual blanquean Las almenadas torres y los muros De una morisca villa? Son las torres Y las murallas de Guadix. ¿Ves ese Pendón que en ellas vagarosa agita El aura de la noche? No es ya el tuyo: Es el de Abú-Abdil. ¿Ves esos hombres Que, envueltos en sus blancos alquiceles Y jaiques africanos, uno á uno Entran en la segura fortaleza Do se hospeda tu alcaide? Todos esos Son los parciales de Abdilá, que acuden Á ofrecerle su brazo y sus tesoros Contra su mismo padre: y son los mismos Que tus inicuas leyes desterraron De Granada; los hijos y los nietos De aquella ilustre raza degollada Por el infame padre del que ahora Es tu primer Wazir, tu consejero, Del tirano tal vez que por ti reina: De Abú'l-Kasín Ben-Egas, hijo digno Del renegado vil á quien llamaron Moros y Castellanos con desprecio El _Tornadizo_: y todos alimentan Sed de venganza contra él, y el odio Hierve en su corazón contra la impura Cristiana á quien adoras, y detestan Toda la estirpe vil de renegados Que te cerca, Muley, y al pueblo impulsan Hacia la rebelión, que ya fermenta Hasta en tu misma corte, y cuyo fuego Puede atajar tal vez Dios solamente, ¡Alahú-akbar! así está escrito. Vuelve La vista hacia ese valle: es el de Dona. ¿Ves esa multitud de gente armada Que por él atraviesa? Son Cristianos Que á Alhama van. Á Alhama, donde tienes Tus más ricos tesoros: donde acuden Con tus anuales rentas tus alcaides: Donde almacenas los inmensos víveres Á tus tropas fronteras necesarios. Á Alhama van: la llave de Granada, Como los Granadinos la apellidan: Á Alhama van. Repara cómo trepan Por los peñascos en que está fundada, Como astutos reptiles, los Cristianos Escaladores; mira cómo llegan De los muros al pie sin ser sentidos: Mira cómo aproximan las escalas: Mira cómo en silencio en las almenas Aseguran las manos, cómo tienden Los cautelosos ojos al recinto Del muro y del adarve abandonados: Mira cómo el primero salta dentro Y sesenta tras él. Ese maldito Es Ortega del Prado, ese famoso Escalador cuyas sorpresas tienen En vela eterna á los Alcaides todos De tus castillos fronterizos. Mira Cómo asesina al centinela y corre Á sorprender la guardia de las puertas: Mira cómo un enjambre de Cristianos Por las murallas entra. ¡Ay de tu Alhama! ¡Ay de los que no ven que están cercados De lobos Nazarenos! Mira, mira. Aquel jinete, que á su frente viene Á emboscarse traidor junto al postigo, Es Ponce de León, Marqués de Cádiz, Maldecido de Aláh y azote nuestro. Aquel otro de arnés empavonado, Es el rico Asistente de Sevilla Diego de Merlo: aquel que con el hacha El barreado rastrillo hace pedazos Con fuerzas de Titán, es Juan de Robles, Alcaide de Jerez, que mató un toro Dándole en el testuz un puñetazo. Y no creas que es gente allegadiza, Poco diestra en la lid y mal armada; No, Muley, son guerreros avezados Á pelear: ilustres por sus hechos Y por su sangre generosa: todo Cuanto encierra mejor Andalucía De Castellanos capitanes. Mira: ¿Ves aquel joven cuyo bozo apenas Sobre su labio superior apunta? Bien puedes con el alba que esclarece Divisarle, jinete en un morcillo Que piafa de impaciencia: ese es un hijo De aquel Conde de Cabra cuyo brazo Teme no más Aly-Athár de Loja; Es su hijo Don Martín, prez de la raza De Fernández de Córdova. Aquel otro Que monta un potro negro y que tremola Un pendoncillo cárdeno en la lanza, Don Pedro Enríquez es, Adelantado Mayor de Andalucía. Toda entera La tienes ya sobre tu reino: toda Tiene la voz de alarma y se dispone Para vengar á Zahara. ¡Ay de tu Alhama, Que tienen ya por suya! ¡Oh! mira, mira: Aquel que gana el caracol estrecho Del torreón y baja á dar entrada Á los que aguardan del postigo fuera, Es el Comendador Martín Galindo, Que ha jurado inmolar treinta Muslimes Á la implacable sombra de un hermano Muerto á sus pies por el Zegrí de Vélez. Mira cómo ayudado de Estremera Su escudero, y de Pedro de Valdivia, Alcaide de Archidona, desatranca Los pesados barrotes de la puerta Y sube las cadenas del rastrillo. Ya logró levantarle: ya una hoja Franqueó del postigo: apresurados Mira cómo por él se lanzan todos Sedientos de oro y sangre ¡Aláh clemente, Compadece á los Árabes! Escucha. ¿No oyes el repentino clamoreo Que ensordece la villa? ¡Desdichada! Su gente anoche se acostó tranquila, Y en brazos de la muerte se despierta. Mira aquel que en la torre de homenaje De la alta ciudadela ha enarbolado La bandera cristiana; oye cuál grita, Agitando frenético los brazos, ¡Alhama por Castilla!... ya la tienen. Mas no: mira los tuyos cómo acuden Á la pelea: todavía es suya La villa, y el castillo solamente De los Cristianos es. ¡Aláh bendito! Mira cómo coronan las murallas, Una nube de flechas arrojando Sobre los siervos de Jesús. ¡Cuál caen Entre los muros de ambos fuertes! Cejan, Se encierran otra vez en el castillo La tierra con su sangre enrojeciendo. ¡Ah, leales Muslimes, degollados Primeros que rendidos! Viejos, niños, Mujeres, cuantos ciñen el turbante Africano, pelean por su patria. Mira, van á intentar una salida: Ya están acorralados los Cristianos En el castillo, y á su vez ahora Van á ser los sitiados. No hay tronera, Ni lucerna, ni almena, ni resquicio Por donde asome un ojo castellano, Que cubierto de dardos no se vea En el instante mismo. Ya los tuyos Comienzan á salir: mas ¡Cielo santo! En tumulto, sin orden y sin jefe, Como muchachos de una escuela salen. ¡Oh! van á ser pasados á cuchillo Si los Cristianos dan en ellos. ¡Pronto Desdichados! ¡atrás! ¡atrás! Es tarde. Un lienzo de muralla derribando Los Cristianos se lanzan de repente Sobre su ciega multitud, y en ellos Corno en ganados en redil se ceban. Huyen: la puerta los de dentro quieren Cerrar: mas se aproximan unos y otros En confuso tropel: todo es en vano: Todos al par se precipitan dentro. Oye cómo á la avara soldadesca Autorizan los jefes al saqueo, Para animar sus bárbaros instintos. ¡Ira de Dios! La muerte por las calles, Por las plazas, las casas y mezquitas, Corre hambrienta de víctimas humanas Y se harta de cadáveres. En vano Unos pocos valientes, prefiriendo La muerte al cautiverio, se resisten Como leones del desierto. En vano En tu regio _mirab_ encastillándose, Ante el ara sagrada del Profeta Forman una muralla con sus pechos. Un impío Cristiano, una embreada Tea aplicando á la dorada puerta, Sopla la llama arrodillado, en tanto Que otros con sus escudos le protegen De los árabes tiros. Ya la llama Prendió en la puerta cincelada: el humo En espirales pardas culebrea Por cima de los cascos: ya las chispas Saltan á impulso del seguro soplo De la adarga de cuero con que aventan El incendio naciente, y ya rechina La primorosa ensambladura hendiéndose. Mira cómo abrasada se desploma La mezquita y sepulta á los Muslimes: Mira cómo el incendio se propaga Por sus bazares y almacenes: mira Las lagunas de sangre, en cuyo fondo La voz de todo un pueblo degollado Al justiciero Aláh contra ti clama: Mira cómo el incendio, porque veas Mejor, extiende en derredor su llama Encendiendo á tu honor mortuorias teas: Mira la cruz sobre el peñón de Alhama!.... Desventurado Rey, ¡maldito seas!....»

Dijo y calló la voz del nigromante; De la frase final lúgubre el eco En pavoroso són zumbó un instante Bajo morisco artesonado hueco. Un momento después la luz brillante Se extinguió de las lámparas: un paso Lento, más firme gravitó en la alfombra: Sintióse en los tapices un escaso Rumor.... y todo fué silencio y sombra.

IV

Despuntaba la luz de la mañana: El sol, detrás aún del horizonte, Tendía ya su resplandor de grana Como un inmenso chal de monte en monte. Alfombraba la escarcha las laderas De los valles de Darro, y argentinas Del árbol desprendíanse ligeras Las perlas del rocío, á las primeras Ráfagas de las auras matutinas. Diáfana en fin la atmósfera, sereno El cielo y quieto el aire, se anunciaba Un día claro y de alegría lleno Que al perezoso mundo despertaba. En la loma del cerro abandonado, Donde se eleva el torreón obscuro Que al vulgo atemoriza, un hombre armado Yacía al pie de solitario muro, De espaldas en sus piedras apoyado. Verde caftán de damasquina tela, Cuyo valor y forma la elevada Clase y poder del portador revela, Cubría su armadura cincelada, El calado antifaz de su celada No permitiendo ver si duerme ó vela. Allá en el valle y á la torre vuelto De espalda, un negro y colosal Nubiano Dormía echado en su alquicel envuelto, Á precaución habiéndose revuelto Las bridas de dos yeguas á la mano. La hermosa raza del desierto en ellas Se dejaba admirar, y en sus mantillas De seda tunecí, y en las hebillas De plata de su arnés, bien claras huellas Se veían del lujo de su dueño, Cuya venida retardaba acaso Dulce el placer, ó descuidado el sueño. El sol, apareciendo de repente Tras de las cumbres de la helada sierra, Derramó su esplendor sobre la tierra, Y un rayo de su luz hirió el luciente Casco de la armadura en que se encierra El hombre que en la torre al pie del muro Yace, su oculta faz dando al Oriente. Su calor ó su luz, si es que dormía, Le desvelaron: si aguardaba su hora, Le avisaron puntuales que era día. Entonces el armado, la pereza Ó el sueño desechando, en torno suyo Revolvió lentamente la cabeza: Dió tensión á su cuerpo entumecido, Y con señales claras de sorpresa Reconoció el lugar: mas de la torre Viéndose á los umbrales, como herido De repentina idea, ó tal vez presa De una locura, alzóse, y una gruesa Piedra cogiendo entre sus brazos, corre, Y con cuanto vigor halló en su pecho Lanzándola en impulso bien medido Contra el postigo de madera estrecho, Le descuajó del quicio carcomido. Cayó dentro la hoja levantando Una nube de polvo, revocada Por su hueco en espesa bocanada: Al temeroso ruido, despertando El negro que esperaba en la alhameda, Volvióse con pavor: mas no vió nada En medio de la densa polvareda. Inmóvil el Nubiano contemplaba Desvanecerse el polvo que impelido Por el aura corría, y esperaba Sin duda hallar detrás de su cortina Aquel maldito torreón hundido Y abrasada ó desierta la colina, Cuando á manera de marmóreo busto Que, abandonando su sepulcro, asoma Del panteón á la puerta, vió con susto Bajar hacia él por la empinada loma Una radiante y colosal figura, Tras sí dejando el torreón vetusto Del cual la vió salir con gran pavura. Ya para huir despavorido acaso Las manos á la crin y el pie al estribo Iba á llevar, cuando atajó su paso La voz de su señor (cuya armadura Brillaba al Sol con resplandor tan vivo Que deslumbraba), y dándole el nativo Nombre gritóle:--«¡Zil, pronto, á caballo!» Y montando de un salto, á toda brida Lanzó su yegua. Zil, como él activo, Sacó en escape volador tendida La suya de él en pos, y esclavo y dueño Se hundieron de su rápida corrida Entre el polvo, cual sombras de un ensueño.

V