Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 2
Part 3
Al influjo de este álito divino Regeneróse la Cristiana tierra Con nuevo sér y cambio repentino; Los nobles turbulentos, que con guerra Doméstica ensangrientan su destino, Sintiendo el nuevo sér que su alma encierra, Sintieron sus alientos belicosos Bajo instintos brotar más generosos.
El pueblo, por sus próceres armado En pro de asoladoras banderías, Contempló su valor desperdiciado En contiendas inútiles ó impías; Y, por la nueva fe iluminado, Pensó en borrar de tan nefastos días Con páginas espléndidas de gloria Del libro de los tiempos la memoria.
El soplo de los ángeles fecundo Inoculando la feraz semilla De la fe de Isabel en lo profundo Del alma de los hijos de Castilla, La progenie evocó que, un nuevo mundo Del mar buscando en la encontrada orilla, Iba en sus carabelas viento en popa Las llaves de otro mundo á traer á Europa.
Un vapor luminoso, perceptible No más á los espíritus del viento, Á la mirada de Satán terrible, Y á las del Hacedor del firmamento, Alfombra en punto tal la haz apacible Del católico reino en tal momento, Recibiendo sus pueblos, que en paz duermen, De la celeste inspiración el germen.
De los jefes católicos, en sueños, El generoso corazón se agita Á impulso de presagios halagüeños Que el soplo en ellos de Azäel excita. Temerarios y heroicos empeños Ya delirando cada cual medita, Y, á la voz de los cielos obediente, Pronto al combate cada cual se siente.
Uno entre todos, héroe futuro De la conquista en que la Cruz se empeña, Con el asalto de agareno muro, Por Azäel arrebatado, sueña, Y el fondo ve del porvenir obscuro Que con la fe alumbrándole le enseña. Es Ponce de León, el caballero Mejor, en fe, y en armas el primero.
Él, de la ira de Dios rayo inflamado, De su divina cólera instrumento, El primero en su mente inoculado Percibe de Isabel el pensamiento; Como ella, por el Ángel instigado, Penetrar en su sér siente su aliento, Y que en él á su soplo se levanta De la cristiana fe la llama santa.
Del corazón le advierten los latidos Del invisible genio la presencia, Y el placer con que gozan sus sentidos El soberano bien de la existencia; Y oye en su corazón, no en sus oídos, Una voz que relata á su conciencia De una era de fe, de honor y gloria La venidera y encantada historia.
El ángel Azäel, ante sus ojos Del negro porvenir el libro abriendo, Con sangre escrito en caracteres rojos Del Árabe le muestra el sino horrendo. Mensajero se ve de los enojos De Jehováh en Granada combatiendo, Desplegado un momento ante su vista El cuadro colosal de la conquista.
Él, de su panorama misterioso Reconoce los sitios y figuras, Y ve doquiera su pendón glorioso Tremolando el primero en las alturas; Siempre descubre su corcel fogoso Recorriendo triunfante las llanuras Que abandonan ante él los Africanos Y que tras él ocupan los Cristianos.
La fiebre de su espíritu guerrero Á este ensueño de gloria se enardece, Y al envidiado honor de ir el primero En su noble ambición se desvanece: Y soñando que blande el ancho acero, Que tira el primer golpe le parece, Y el rudo brazo al descargar exclama: «En honor de mi Dios y de mi fama.»
Poniendo entonces Azäel su mano Sobre su ardiente y generoso pecho, Díjole, del honor y la fe arcano Su noble corazón dejando hecho: «El primero serás: Dios soberano »Acuerda á tu valor ese derecho. »Levanta el grito y el pendón de guerra: »Tala, rayo de fe, la mora tierra.»
Dijo Azäel: y abriendo en el ambiente Sus alas de vapor, por un momento Dejando tras de sí fosforescente Rastro, perdióse en el azul del viento. Despertó el Castellano de repente La puerta oyendo abrir de su aposento, Y presentóse en ella á Don Rodrigo De un cristiano adalid el rostro amigo.
Es el valiente escalador Ortega, De la guerra avezado al ejercicio, Donde su vida cada día juega De _escucha_ haciendo el peligroso oficio. Del territorio de los Moros llega, Y su presencia siempre algún servicio Promete al de León, quien en campaña Siempre de él se aconseja y acompaña.
Reconoció de Dios al mensajero En él el pïadoso Don Rodrigo, Y el gaje espera que le trae primero De las promesas de Azäel consigo. Incorporóse, pues, el caballero Diciendo alegre:--«¿Qué me traes, amigo? --Traigo una prenda que os dará gran fama: Traigo una villa mora.--¿Cuál?--Alhama.»
--«¡Alhama! Es la más rica del Rey moro. --Sí, señor: de su reino está en el centro. --¿Dicen que en ella guarda su tesoro? --Sí, señor: y yo de ella os pondré dentro. --¿Sabes lo que prometes?--Nada ignoro, Señor; mas cuando ofrezco es que me encuentro En posición de dar. Venid conmigo, Y sois dueño de Alhama, Don Rodrigo.»
--«Ortega, en una empresa tan osada Es preciso que Dios guíe tu huella.» --«La voluntad de Dios está marcada Y nos la brinda á nuestra buena estrella. Yo no me he contentado en mi emboscada Con rondar por la noche en torno de ella; Señor, yo he estado dentro de la villa: Dios por mi mano se la da á Castilla.»
--«Yo veo la de Dios tras de tu mano. Basta: aguarda mis órdenes afuera.» Salió Ortega: el ilustre Castellano Del lecho se arrojó, y, con fe sincera Puesto de hinojos, con fervor cristiano Dijo: «Mi fe, Dios mío, en Vos espera: Si en Alhama, Señor, me dais entrada, Yo llevaré la Cruz hasta Granada.»
LIBRO QUINTO
INTRODUCCIÓN
¡Escrito estaba así! Dios en su mano Tiene los corazones de los Reyes, Y sus profundos cálculos políticos La voluntad de Dios acota siempre. Esa nación, que poderosa nace De las ruinas de aquella que perece, Al mandato de Dios brota y se encumbra Y en alas sólo de su aliento viene. Los pueblos y las razas se renuevan, Devorando el que nace al que fenece, Como en la inundación bajo las aguas Se renueva el país que se sumerge. La gloria y el poder de las naciones Nace, se eleva y cae, cual se suceden Las semillas y frutos de la tierra, Hijas de la estación que les da germen. El invierno corona las montañas Con blancas tocas de apretada nieve, Y el aire de sus copos infecundos La lluvia extrae para regar las mieses. Cuna y sepulcro al par de cuanto en ella Vegeta y se consume, nace y muere, Fúnebre ¡adiós! ó alegre bienvenida Da la tierra á quien parte y á quien viene; Y lo mismo que el manto se desciñe De vida y flores en que Abril la envuelve, Se despoja insensible de sus pueblos, Y sus razas olvida indiferente. Así han nacido y perecido todos Bajo esta ley universal, y quieren Explicar los políticos en vano Los misterios del tiempo y de la muerte. _Mane_, _Tézel_, _Farés_, escribió el dedo De Dios de su palacio en las paredes, Y se hundió Baltasar y Babilonia; Y así se hunden los pueblos y los Reyes. En vano achaca el sabio á su política El viento que á su ruina les impele: Al pueblo que á su fin mísero toca, Su propio peso hacia su fin le vence: Y el Rey que nace de su raza el último, Por mucho que afanoso se desvele Por la prez y la gloria de sus pueblos, Al fin sus pueblos y su gloria pierde. Nínive así, Jerusalén y Roma Fueron: y así las razas del Oriente Que encantaron los valles de Granada Fueron: sombra de sauce, inquieta y breve, Aroma de jazmín que dura un día, Humo de mirra que borró el ambiente, Nube formada del vapor del alba Que á los rayos del sol se desvanece. Tal fué Granada: y al dejar sus muros, Filósofa ó fanática su gente «Escrito estaba así!--dijo partiendo, ¡Alahú-akbar!--¡Dios grande, Tú lo quieres!» Y yo, que al relatar su última historia, En empolvados libros y papeles Roídos por el tiempo, voy sus hechos Al olvido robando, siento á veces Preñárseme los párpados de lágrimas, Viendo la abnegación de aquellos seres Que al África partieron resignados, Más que á su patria á su crëencia fieles; Y cuando leo los cristianos libros Que les tratan de bárbaros y aleves, Digo en mi corazón: «Escrito estaba: ¡Alahú-akbar! ¡Dios grande, Tú lo quieres!» Mas volviendo á tomar mi torpe pluma Y tornando á elevar mi canto débil, Torno al relato de su antigua historia Y vuelvo de Granada á los verjeles.
NARRACIÓN
I
Más allá de la selva de avellanos, Á cuya sombra misteriosa mana Murmuradora fuente cuya historia Cuento parece de orientales hadas: Más allá de los cármenes que alegran De los cerros del sol la verde falda, Y más allá de las rojizas lomas Que á Darro obligan á torcer sus aguas, Hay un tajo que forman dos colinas Donde la arcilla estéril, de las plantas Secando las semillas, el arraigo De hierbas, flores y árboles rechaza. De este tajo en la cóncava hendedura, Del Moro y del Cristiano abandonada Y objeto de pavor para ambos pueblos, Hay una vieja torre solitaria. Fábrica, según unos, de un mal Genio Que, teniendo en las nubes su morada, Robó audaz una Hurí del paraíso Y al mundo la bajó sobre sus alas, Encerrándola luego en esta torre Que fabricó con piedras encantadas. Obra de un parricida, según otros, De quien no quiso Satanás el alma, Y la enterró con el nefando cuerpo Debajo de la arcilla emponzoñada, Vuelta después en fuente pantanosa, Turbia, insalubre, fétida y amarga. Mas cualquiera que fuere el misterioso Origen ignorado de su fábrica Que en los siglos se pierde, es esta torre Objeto del terror de la comarca. Al amor de la lumbre los ancianos, De las noches de invierno en las veladas, Á sus vecinos y parientes, de ella Mil leyendas quiméricas relatan. Ni pastor llevó nunca su ganado Por aquellos contornos, ni serrana Por recia tempestad sobrecogida Se abrigó de sus bóvedas rajadas; Ni nunca las doncellas campesinas Se casaron con hombre que pasara En la luna anterior al matrimonio Por bajo de esta torre condenada; Ni cazador alguno su ballesta Disparó sobre el ave ó la alimaña Que se acogió á las grietas de sus muros, Ó en su cresta posó desalmenada. El padre al revoltoso rapazuelo Con la torre fatídica amenaza, Y el muchacho, medroso, se guarece Bajo el regazo maternal y calla. Dicen que en las tinieblas de la noche En torno de ella apariciones vagas Se perciben tal vez, y se iluminan Los huecos de sus lóbregas ventanas; Dicen que un Moro, ó alquimista ó santo, De triste voz y venerable barba La torre habita, y que curó con filtros Á una pobre mujer endemoniada; Y cuentan, aunque nadie le designa, Que un mancebo del pueblo, que idolatra Á una Infanta rëal, clavó una noche, Caprichos por cumplir de la que ama, En el viejo postigo de la torre El velo de la hermosa con su daga: Y la hermosa á otro día halló clavados El velo y el puñal en su ventana. Un mercader del Zacatín, muy rico, Muy limosnero y de costumbres santas, Consultó escrupuloso con un sabio Santón el fundamento de estas fábulas, Y el sabio Aly-Mazer, que penitente En los montes habita una cabaña Que nadie vió, y á quien el vulgo dice Que cuida allí de alimentar un águila, Su plática al oir sobre la torre Dijo con vista torva y voz airada: «¡Ay del que pise de su umbral la piedra Allí afila la muerte su guadaña.» Y esto el sabio santón diciendo á voces Al mercader, atravesó la plaza, Dejándole aterrado y circuído De inmensa multitud estupefacta. Dícese, sin embargo, aunque se dice Entre amigos no más, y en voz muy baja, Que algunos han llegado hasta esta torre De consejos ó filtros en demanda, Y que el viejo dervich que habita en ella Satisfizo sus dudas ó sus ansias: Y aun dicen que debajo de las piedras De aquella torre vacilante se hallan Camarines suntuosos, alumbrados Con candelabros de coral y de ámbar, Y una fuente que aduerme los sentidos Al dulce són de sus bullentes aguas. Dios sabe la verdad; el vulgo siempre Da formas temerosas y fantásticas Á lo que no comprende, y esta torre Le es en sus sueños pesadilla ingrata.
Era la última tarde de Febrero: Ya el crepúsculo en sombra se cerraba, De los vientos de Marzo comenzando Á zumbar en los árboles las ráfagas. Ya recogido el labrador su yunta Cansado había y el pastor sus cabras, Y el humo de las chozas y alquerías Á su frugal banquete le llamaba. Se hundían en sus cuevas los reptiles Y acudían las aves á las ramas, Llamando á la vecina primavera Que más de lo que anhelan se retarda. La tierra, en fin, en brazos de la noche, Yerta, en silencio y soledad quedaba, Y al lejos la ciudad se distinguía Sólo ya por la luz de sus ventanas. Era una noche fría y tenebrosa: Crecía el viento y, de la luna falta, La bóveda del cielo parecía Con fúnebres crespones enlutada. Era una de esas noches en las cuales La voz del miedo al corazón nos habla y Y de infantil superstición al soplo Quimeras mil en nuestra mente se alzan. Noche agradable para oir historias Junto á la lumbre del hogar contadas, Ó para hacer castillos en el aire Bajo el triple doblez de espesa manta. Mas no siempre á su antojo goza el hombre Plácida ocupación, cómoda estancia, Y alguno hay siempre que afanoso vela Mientras el mundo universal descansa. He aquí por qué del arcilloso tajo Donde la antigua torre está fundada, Á pesar de la noche pavorosa, La soledad un hombre atravesaba. No se alcanzaba á ver en las tinieblas Ni aun el contorno de su forma humana; Mas se oía su aliento fatigoso Y el compás desigual de sus pisadas. Sonoro el rosetón de sus espuelas Tal vez por caballero le acusaba, Y por hombre de guerra el són metálico Con que bajo el caftán crujen sus armas. Llegó á la cima del repecho, donde La puerta da del torreón: ahogada Tos de cansancio le saltó del pecho, Mas sofocó su ruido en la garganta. Breve silencio luego, hondo, absoluto, Indicó que dudoso vacilaba, Y que tal vez en el momento crítico Le abandonaba el corazón su audacia Con larga aspiración tomar aliento Oyósele después, y de la daga Con el pomo dos golpes dió en la puerta, Secos, iguales, firmes: no temblaba. El corazón que daba á aquella mano Tan sereno vigor latía en calma, Y el hombre que llamaba á aquella torre Resuelto en ella á penetrar llegaba. Si á su secreto huésped conocía, Su relación con él era harto franca; Si la creía habitación de espíritus, Con temeraria fe les provocaba. El doble són de su doblado golpe Los ecos de la torre abandonada Cóncavos repitieron, hasta ahogarles En la desierta cavidad lejana, Y un momento después otra voz ronca Tras de la puerta preguntó:--«¿Quién llama?» --«Un hombre solo», respondió el de fuera.
EL DE DENTRO
¿Qué quiere?
EL DE FUERA
Quiere hacer una demanda Al espíritu sabio que aquí mora.
EL DE DENTRO
¿Su ciencia sin saber de quién dimana?
EL DE FUERA
Del cielo ó del infierno: importa poco: Con que me sepa responder me basta.
EL DE DENTRO
¿Resuelto traes el corazón?
EL DE FUERA
Á todo.
EL DE DENTRO
¿Tienes bien la pregunta meditada?
FUERA
Sí.
DENTRO
¿Sabes que la ciencia nunca miente, Y que desnuda la verdad espanta?
FUERA
Favorable ó fatal, saberla quiero; Pon precio á tu respuesta, pero dámela.
DENTRO
La ciencia no se vende: y quien el cáliz Osa apurar de la verdad amarga, En el veneno que al saberla bebe La compra por su mal bastante cara. Entra.--Abrióse la puerta: pasó el hombre, Y fué todo silencio, sombra, nada.
En medio de un morisco gabinete Que, á juzgar por su bóveda cerrada, Pertenece sin duda á alguna obra Desconocida, oculta y subterránea, Al suave resplandor con que la alumbran De pulido alabastro cinco lámparas, Hay una fuentecilla que se vierte De mármol transparente en una taza. El desborde del líquido impidiendo, Un sumidero que su fondo orada Le conserva en nivel constante siempre, La que sume igualando á la que mana. Su ancho tazón que sobresale apenas Del pavimento, á la arabesca usanza, Cercado está de blandos almohadones Y tupidas alfombras toledanas; Mas parece que sólo se destinan Por el rico señor de aquella estancia Á que gocen sus huéspedes la vista Y el grato són de la corriente mansa: Y la luz de las lámparas, que recta En su cristal á reflejarse baja, Para alumbrar también parece sólo La transparente linfa preparada. Radia empero esta luz por todas partes En rededor de la ostentosa cámara Sobre mil preciosísimos objetos, Que la opulencia del señor delatan. Ricos jarrones del Japón que ostentan Índicas flores que en su seno arraigan, Plumas costosas de chinesco origen, Y talismanes y amuletos y armas Por su rara virtud ó precio enorme De enriquecer capaces á un Monarca, Decoran el fantástico aposento Que aroma un ancho perfumero de ámbar: Exquisitos damascos, cairelados Con anchos flecos y tejidas randas, Cubren los muros, cuyo friso adornan Minuciosas labores africanas; Y del techo estaláctico, de cedro y olorosas maderas cinceladas, Los huecos casetones laberínticos Miniaturas espléndidas esmaltan. El murmullo continuo de la fuente, La suave luz en ella reflejada Y el aroma oriental del perfumero Que harmoniza, ilumina y embalsama El aire de este asilo misterioso, Embebecen el ánimo y embargan Los sentidos, y el alma á las delicias De beáticos éxtasis preparan. Al respirar su atmósfera vivífica La cavidad del pecho se dilata Con placer inefable: y, cual si en ella Un bálsamo vital se inoculara, Corre la sangre renovada, al cuerpo Comunicando ligereza extraña, Como si el soplo de benigno genio Su peso terrenal aligerara. Este deleite, empero, inexplicable, Este placer magnético que embriaga El ánimo y el cuerpo en este sitio, Tanta delicia infunde, que aletarga. Aura parece del Edén, divina Fruición de la gloria que, arrastrada Á la tierra de impuro sortilegio Por la virtud, deleita pero daña. Mansión es ésta singular: acaso En ella con sacrílega amalgama El ambiente vital del paraíso Y el aliento satánico se hermanan. Mansión que está sujeta á algún encanto, Ó por algún espíritu habitada, Ó por un sabio mago está dispuesta Para abusar de la razón humana. Fantástica mansión, cuyo recinto Se encierra oculto en la maciza fábrica De los hondos cimientos que mantienen La torre secular que al vulgo espanta.
II
Como visión que se aparece muda Á la voz del conjuro que la evoca, Como la mancha que proyecta móvil La nube que ante el sol cruza la atmósfera, Así apartando la crujiente seda Que el subterráneo camarín decora, En su oriental recinto penetraron En sombrío silencio dos personas; Hombres las dos: el uno, revestido De luengas, anchas y talares ropas, Bajo el morisco capuchón plegado La edad oculta y el semblante emboza; Debajo el otro de caftán turquesco Rica armadura y cimitarra corva Deja admirar: mas el cerrado almete Su faz resguarda de atención curiosa. Ser el primero en su ademán revela De esta mansión el dueño: indagadora Inquietud, mas no miedo, del segundo Muestra la continencia cautelosa. Busca el primero entre los mil objetos Que allí se ven, de aplicación incógnita, Algo que necesita, y el segundo Sagaz espía sus acciones todas. Un talismán y un libro, cuyos usos Sólo tal vez su posesor no ignora, Tomó por fin el sabio y puso el libro En un atril de laboreada concha. Era el libro un volumen con respeto Guardado en un cajón de palo-rosa, Y el talismán representaba un áspid, El cuerpo de oro y de coral la cola. De un candelero de oro salomónico Encendió luego la bujía roja El silencioso encapuchado, y dijo Volviéndose al guerrero:--«Ya está pronta El ara de la ciencia y arde en ella La luz de la verdad. Ese áspid toma, Pregúntale; divide de ese libro Las páginas con él y, sobre la hoja Que abras, lee la respuesta á tu pregunta, Y..... espera todavía, si te importa Tu secreto guardar, que por tu lengua Hable tu alma: la palabra sobra.» Obedeció en silencio el caballero: Y dejando en un mueble sus manoplas, Con la desnuda mano asiendo el áspid Se aprestó á la tremenda ceremonia. Hizo en secreto su demanda, y luego, Metiendo el talismán entre las hojas Del libro, en el atril por ambos lados Caer partidas al azar dejólas. Á través de las barras del almete Tendió á lo escrito la mirada ansiosa: Leyó, y el estertor que hinchó su pecho Mostró de su alma la mortal congoja; Mas hombre á dominar acostumbrado Sin duda al corazón, una tras otra Leyó todas las líneas de la página, Su acíbar apurando gota á gota. Acabó de leer y cabizbajo Permaneció un momento: escrutadora Entretanto del sabio la mirada Sobre él en vano pertinaz se posa; Porque el tejido espeso de las barras De la celada penetrar le estorba Hasta su rostro que, indiscreto acaso, Revelara su idea más recóndita. Alzó al fin el armado la cabeza, Con un suspiro desechando la honda Fatídica impresión del sortilegio, Rompiéndose el silencio en esta forma:
EL SABIO
¿Has concluído?
EL CABALLERO
Sí.
EL SABIO
¿Que trae el libro?
EL CABALLERO
Una encantada y peregrina historia.
EL SABIO
La tuya.
EL CABALLERO
Puede de ser: pero la escrita Tiene cierto sabor á fabulosa.
EL SABIO
En vano quieres con fingida calma Ocultar á mis ojos tu zozobra; Yo sé que la verdad de tus palabras Está en tu corazón, y no en tu boca. Yo sé que espanta el porvenir: que acíbar Guarda no más de la verdad la copa, Y que, por más sereno que la apures, Te fermenta en el alma su ponzoña.
EL CABALLERO
Un alma varonil, con su destino Lucha: una fe tenaz todo lo arrostra.
EL SABIO