Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 2

Part 10

Chapter 103,657 wordsPublic domain

Allí dormida soñarás quimeras Tristes y vagas, pero no angustiosas, Mientras relatan la fatal leyenda... Ven: no la oigas.

Mas ¡ay! ¿quién puede interrumpir los daños De los pesares que al mortal acosan? Sufre y delira, vagarosa hija De mi alma loca.

Tórtola triste que en el sauce umbrío Tu amor perdido solitaria lloras: Ráfaga helada que el ciprés gimiendo Lúgubre azotas:

Són temeroso con que el mar airado Fiero amedrenta la desierta costa: Eco del viento que las huecas ruinas Cóncavo asordas,

Dadme de vuestros funerales ruidos Las más siniestras y dolientes notas, Para que en torno de la Alhambra eleve Fúnebre trova.

VII ORIENTAL

Sultana de la alegre Andalucía, Alcázar de la luz y de las flores, ¿Qué fué de la alegría De tus Señores? Encanto de los ojos, ¿Quién causa tus enojos? Espejo de la luz del medio día, Kiosko oriental de excelsos alminares, ¿Qué fué de la harmonía De tus cantares?

Bellísima Granada, Tu luz está apagada, Los ojos celestiales Están bajo sus schales Su pecho dolorido Su voz es un gemido del cielo favorita, tu gloria está marchita: de tus doncellas moras llorando largas horas: suspira sin amores; su lecho ayer de flores

Es lecho de agonía... Encanto de los ojos, ¿Quién causa tus enojos? Rosal del medio día, Nidal de ruiseñores, ¿Qué fué de la alegría De tus Señores?

La Alhambra está desierta Cerrada está su puerta, Su fábrica altanera Y en ella la bandera No anuncian la victoria Los cánticos de gloria, y obscuros sus salones: cerrados sus balcones: la tempestad azota de Abú-Abdil no flota: sus áureos alminares: placer de sus hogares,

Son ayes de agonía... Encanto de mis ojos, ¿Quién causa tus enojos? Rosal de Alejandría, Remedio de pesares, ¿Qué fué de la harmonía De tus cantares?

¡Oh mísera Granada! ¡Oh madre desolada! Tus hijos los más bravos, Ó muertos son, ó esclavos Abdil, flor de tus flores, Y están tus defensores ¡oh triste reina mora! ¡llora sin tregua, llora! amor de tus entrañas, detrás de tus montañas; no habita ya en Comares, sin tumba ó sin hogares.

¡Lamenta tu agonía, Sultana de la hermosa Andalucía! Mirab sin alminares, ¿Quién te dará harmonía Sin tus cantares? Espejo de la luz del medio día, Alcázar de las flores, ¿Quién te dará alegría Sin tus Señores?

VIII

Es alta noche ya: muda y desierta Yace en tinieblas la oriental Alhambra; Ni una luz en sus altos ajimeces, Ni un paso, ni una voz en sus murallas. Granada está á sus pies, como ella obscura, Muda como ella, triste y solitaria: Ni una voz en el fondo de sus calles, Ni una luz en sus lóbregas ventanas. El peso del dolor y de la afrenta Y el ambiente letal de la desgracia La tienen, más que en sueño sumergida, En profundo sopor aletargada. El duelo universal que la circunda Los lamentos inútiles apaga, Y se oyen los gemidos solamente En la profunda soledad del alma. Todo es silencio la morisca Corte: Mas ¿quién no vierte en el silencio lágrimas? Allí llora la madre por el hijo, Por el hermano allí gime la hermana: La esposa llora su perdido esposo, Su cautivo galán llora la dama, El amigo la suerte del amigo... ¡Noche horrenda y fatal para Granada! Todos conocen la sangrienta historia, Y á su vez la magnánima Sultana Aixa, después de lamentarla, quiso Con pormenores amplios escucharla. La Madre de Abú-Abdil es una altiva Matrona, digna de la edad romana, Que en el momento de sentir las penas Reflexiona que debe dominarlas. Entregada á un dolor íntimo y mudo, Todo el día pasó sola en su estancia; Pero se dijo al fin: «Si está cautivo, Pensar debemos en que libre salga.» Y avisado Kaleb por un esclavo, Subió de noche al silencioso alcázar, Donde de oir la desastrosa historia Le esperaba impaciente la Sultana. «Habla, Kaleb, le dijo cuando á solas Se hallaron: cuenta la fatal jornada: Todo quiero saberlo en esta noche, Y Aláh, Kaleb, me alumbrará mañana.» Y he aquí que en el silencio de la noche, Relatando Kaleb y oyendo Aixa, En un salón del patio de Leones En este punto de la historia estaban.

IX KALEB

«No era de día aún cuando empezamos Á salir del barranco, donde á obscuras Habíamos pasado aquella noche En profundo silencio. Las hileras De guerreros, cautivos y ganados Que cruzaban el valle, parecían Sobre las sendas cóncavas, movibles Serpientes gigantescas, á la escasa Claridad de los astros. Los enormes Peñascos dibujaban sobre un cielo Apenas azulado los contornos Deformes de sus crestas, en las cuales, Toda la noche oímos el siniestro Graznido de los buitres, y el aullido Temeroso del lobo, cuyos ojos Veíamos brillar entre las matas. Todos éramos hombres avezados Á las escenas de la guerra; pero Un no sé qué de pavoroso y triste Nos encogía el ánimo en aquella Melancólica noche, y caminábamos En lúgubre silencio: parecía Que iban á desplomarse los peñascos Sobre nuestras cabezas, y queríamos Salir cuanto antes del medroso valle. Dimos por fin en la llanura: el alba Comenzaba á clarear y distinguimos Los almenados muros de Lucena. Con los cautivos y la presa entonces Mil peones dejando y cien jinetes, Avanzamos, creyendo sorprenderla, Sobre la villa. Abú-Abdil, seguido De un escuadrón de jóvenes valientes Y ansiosos de renombre, se metieron Á escape por las huertas y arrabales. Ni un sér viviente se encontraba en ellos, Ni se abrió una ventana ni una puerta. Prevenidos sus cautos moradores, Se habían encerrado en el castillo. ¡Mas Aláh estaba allí!... Su faz airada Brilló tras de los muros y, en el punto En que tiñó la luz el horizonte, Se cubrieron de cascos de cristianos, Y una lluvia de dardos y de piedras Cayó sobre nosotros: los clarines Y tambores cristianos atronaron El viento, y la bandera de Castilla Se desplegó con insolente orgullo. «¡Al asalto!» gritó con voz de trueno El Rey Abú-Abdil, con una trompa Haciendo la señal. En el instante Se cubrieron de escalas las murallas, Y los turbantes moros blanquearon Envueltos con los cascos de Castilla Encima de los cóncavos adarves. ¡Ay! Aláh estaba allí contra nosotros, Sultana: era un león cada cristiano, Y los genios impuros del abismo Peleaban por ellos aquel día: Sus hachas y sus mazas con horrible Martilleo caían en las frentes De los escaladores, y rodaban Al foso con estruendo los cadáveres. «Señor, dijo Aly-Athár á vuestro hijo Que rugía de saña: es necesario Retirar nuestra gente: prevenidos Estaban, mas la tierra está tranquila Y no han hecho señal las atalayas. No tienen, pues, socorro, y con un sitio De un solo día se darán.» Oyóse Tocar á recoger, y comenzamos Á cejar. Una niebla blanquecina Traída por un viento de Occidente Enlutaba la atmósfera, impidiendo Ver á largas distancias. Los peones Que custodiaban el botín, mirándonos Volver, picaron las revueltas reses Y comenzaron á marchar, creyendo Ya abandonada nuestra empresa. Ahora Dispénsame, Sultana, si el desorden De mi dolor confunde mis palabras, Porque de mis ideas el tumulto No las deja mejor brotar del labio. ¡Ay! ¿cómo te diré lo que quisiera Olvidar para siempre?»--Sofocada Aquí la voz del Árabe, tomaron Una expresión siniestra sus miradas; Sus músculos temblaron sacudidos Por interior agitación, su cara Palideció, y al fin con hondo acento Y en el dialecto gutural del África, El lento é inharmónico relato Continuó así de la fatal jornada, Ora bajando el tono, ora elevándole Conforme la pasión que le agitaba. ¡Y era espantoso de escuchar su cuento, Y espantosas de ver sus exaltadas Actitudes y gestos, inspirados Por el rencor, la afrenta y la venganza! «En medio de la niebla, como turba De maléficos genios, los cristianos Salieron á nosotros: no les vimos Hasta que atravesados por sus flechas Cayeron los Muslimes. Su caballo Revolvió el Rey al punto, y todos dimos La cara á aquellos perros, que salían Por detrás á mordernos. Ya en desorden Les teníamos puestos, cuando, el aire Rasgando una trompeta castellana, Nos sentimos cargar por la derecha Por una tropa de jinetes: íbamos Á volvernos allí cuando, en el monte Que á nuestra izquierda se elevaba, oímos Un clarín italiano, y cada encina Brotó un cristiano caballero. Entonces, Con tan distintas señas confundido, Dijo Aly-Athár al Rey: «Esa trompeta, Señor, es Italiana: el estandarte Que traen aquellos otros no le he visto En batalla jamás: el mundo entero Creo que viene aquí sobre nosotros.» ¡Alahuakbar! ¡Sultana, estaba escrito! Cejábamos lidiando, en la esperanza De unirnos á los nuestros: mas al punto De mirar hacia atrás, vimos que todos Huían por los montes, torpemente El inmenso botín abandonando. «¡Volved, gritaba el Rey corriendo á ellos, Volved, desventurados, y á lo menos Sabed de quién huís.» ¡Voces inútiles! Otro tambor, doblando en la angostura Por donde huían, aumentó su miedo Y dieron como ciervos espantados Á correr por el valle. ¡Aláh potente! Obligados á huir los que quedábamos En rededor del Rey, le circuimos Y volvimos la espalda, descendiendo Hasta un angosto paso de la sierra: Un pelotón de nobles Granadinos, Caballeros leales que volvían Á buscar á su Rey, en él hallamos Protegiendo á los últimos peones De nuestro bando. El Rey volvió la cara Al llegar á la cóncava angostura, Y en un estrecho llano deteniéndose Nos dijo: «Retirémonos como hombres Que ceden á la suerte, mas no huyamos Como cobardes que la muerte temen.» Y metiendo al caballo las espuelas, Cargó sobre los perros Nazarenos Que nos seguían: á ampararle todos Nos lanzamos tras él, y los cristianos, Desordenados al tremendo empuje De los caballos árabes, nos dieron Tiempo para ganar las angosturas Donde en estrechas sendas imposible Les era acometernos; y emprendimos La peligrosa retirada á Loja. Los enemigos, pronto rehaciéndose, Entraron tras nosotros en la hondura Pisándonos las huellas; cinco leguas Combatiendo y marchando recorrimos Hasta el valle fatal de Algarinejo. Aquí el Genil, con las crecidas ancho, Segunda vez detuvo nuestra marcha: Nos arrojamos á vadearle y salvos Nuestros caballos á sacarnos iban Nadando vigorosos, cuando vimos Con ira y con terror que, á la ribera Bajando en rigurosa disciplina, Salía á recibirnos en sus lanzas Otro escuadrón cristiano, como un muro De hierro levantado en el camino. Su jefe, el gigantesco Don Alonso De Aguilar, á su frente sonreía Mirándonos salir de entre las aguas Con placer infernal; yo le había visto En mi cautividad y le tenía Bien presente. Dió el grito de ¡Santiago! Y aquel muro de hierro se nos vino Como un témpano encima. La pelea Fué horrenda. Con el agua á la cintura Los más, mucha la ira, el suelo escaso, Vinimos á las manos arrojando Las inútiles lanzas y acudimos Á los alfanjes y puñales; rojas Iban á poco del Genil las aguas. Yo peleaba junto al Rey: su brazo Era un rayo: sus ojos chispeaban Como carbones encendidos: sangre Le brotaban los labios, que rabioso Se mordía, y hendiendo, atropellando, No con la voz, con el esfuerzo heroico, Nos animaba á combatir sin tregua, Para morir con honra ante su vista. Mas he aquí que un cristiano que caído Se halló bajo de mí, tal vez creyendo Que era yo el Rey por mi caballo blanco, Le cortó los jarretes; dió un bramido El generoso bruto, y desplomándose Cayó sobre mi cuerpo, en torno mío Una laguna con la sangre haciendo Que sus arterias rotas derramaban. Pasaron sobre mí cien y cien veces Amigos y enemigos, sin que fuera Posible levantarme. Entonces, Aixa, ¡Aláh lo olvide! blasfemé, escupiendo Al cielo sin piedad para los Árabes: Y allí tendido, ahogado bajo el peso De los que sobre mí cayendo iban, Y recibiendo en mi lugar la muerte, Á quien en vano á veces invocaba, Vi caer á Aly-Athár, bajo el mandoble De Don Alonso. Con la frente hendida Á un tajo de su brazo formidable Cayó, más sin soltar la cimitarra, Aly-Athár en el río, y su cadáver Las turbias ondas del Genil sorbieron. ¡En el Edén los justos le reciban! Los que lidiar y perecer le vieron Su muerte llorarán mientras que vivan. Con él se hundió el valor de los Muslimes; Cuarenta caballeros que lidiaban Con el Rey, le dijeron á mi lado Defendiéndole: «Sálvate: nosotros Moriremos por ti. » Yo vi el semblante De tu hijo, surcado por dos lágrimas, Volverse á aquellos fieles caballeros Y lanzarse otra vez en la pelea Para morir con ellos. ¡Oh Sultana! Tu hijo es un Rey valiente que combate En la primera fila: es un Rey noble Que defiende á los suyos; pero temo Que sus tristes horóscopos se cumplan: Dios le abandona á su fatal estrella, Y por más que su aliento soberano Prodigios hace de valor humano, La fuerza de su sino le atropella. Persuadido por fin de que era inútil Ya su obstinada resistencia, tu hijo Arrojándose al agua, á su corriente Se abandonó: mis ojos le siguieron Con indecible afán: le vi alejarse: Le vi tocar en la ribera opuesta, Vi caer su caballo moribundo, Y le vi vacilante de fatiga Meterse en un jaral: le creí salvo. Mas ¡ay! á poco junto á mí sin armas Le vi pasar, á la merced de un jefe De quien iba cautivo. En su cimera No había ya una pluma, ni una hebilla Que encajara en su arnés, roto en cien partes. Lleno de sangre y de sudor el rostro, Reconocíle apenas: como un sueño Le vi alejarse, y el pesar, la ira, La vergüenza, el cansancio, me prensaron De angustia el corazón... pasó una nube De sangre ante mis ojos y, en la arena Caer dejando la cabeza inerte, Que para verle alcé, me eché sin pena En los brazos del ángel de la muerte.»

Calló Kaleb y, el rostro con las manos Cubriéndose, lloró. Torva, sombría, La Sultana clavó sus negros ojos En el suelo, las lágrimas apenas Pudiendo contener que en las pupilas Sentía aglomerársela, y gran trecho Sin pestañear inmóvil se mantuvo, Porque no se la huyeran de los párpados. Tragóselas al fin, y sobre el hombro Poniendo de Kaleb su mano ardiente, Dijo: «Bien. ¿Y qué más?» El Moro alzando La cabeza y mostrando su semblante, Que surcaban las lágrimas, repuso: «¿Qué más he de decirte? Anochecía Ya cuando en mí torné. Tendí los ojos En rededor: cubierta la ribera Estaba de cadáveres: los buitres Aguardaban la ausencia de la vida De algunos que aun luchaban con la muerte Para cebarse en ellos, y en las breñas Aullaban ya los lobos. Mi caballo, Con las postreras ansias revolcándose, Se separó de mí, y á sus esfuerzos Desesperados, de los cuerpos libre Que pesaban sobre él, me había dejado Libre también á mí. Tendí mis miembros Entumecidos y probé mis fuerzas. Al movimiento que hice, vi los ojos De un Árabe tendido en mí fijarse. Era el valiente Ben-Osmín; el pecho Tenía atravesado por un dardo Que no pudo sacarse, y expiraba Con el valor sereno de los héroes. Me conoció, y al verme en pie llamóme: «Toma (me dijo el infeliz), si vives »Y vuelves á Granada, da esa trenza »De sus cabellos á Jarifa, y dila »Que es mi sangre la sangre en que empapada »Se la envío, y que ya no espere verme »Sino en el Paraíso;» y alargándome La trenza con la mano ensangrentada, «Toma,» me dijo, y se tendió, cerrando Los ojos para siempre. Apoderarme Logró al fin de un caballo sin jinete, Y echando por lo espeso de la sierra, Corrí en un día lo que anduve en siete, Hasta salir de tan infausta tierra.»

«¡Alahuakbar! Dios es de los destinos Señor, exclamó Aixa. Ven mañana Al trasponer el sol á este aposento: Temo á los inconstantes Granadinos, Y necesito meditar mi intento: Mañana le sabrás.--Adiós, Sultana.» Dijo Kaleb, y hacia la puerta un paso Dió: mas al levantar de su cortina El cairelado azul pérsico raso, Permaneció Kaleb sin movimiento, Cual si viera en la cámara vecina Alguna aparición. Su macilento Rostro volviendo á él, dijo la Mora: «¿Qué es lo que tal admiración te inspira?» Kaleb, ante su vista indagadora, Descorriendo el tapiz, la dijo: «Mira.»

X

Más pálida que el mármol de la fuente Donde apoya su brazo nacarino, Más triste que la voz con que doliente Gime en la costa el pájaro marino Cuando cercano el temporal presiente, En la ancha pila del jardín vecino Contemplaba Moraima silenciosa La triste imagen de su faz llorosa.

Suelto el cabello, que á merced del viento Por los desnudos hombros ondulaba, En el agua, al reflejo amarillento De una lámpara de oro, se miraba. Su cuerpo sin acción, sin movimiento Sus enclavados ojos, semejaba Su blanca y melancólica figura Añadida á la fuente una escultura.

Á la luz que su lámpara destella, Su rostro con asombro contemplaron Aixa y Kaleb, y con callada huella Á la infeliz Moraima se acercaron Solícitos: mas ¡ay! inmóvil ella, Ni les vió ni sintió cuando llegaron: «Duerme, dijo Aixa que tenaz la mira: --No duerme, dijo el Árabe: delira.»

Delirando, Moraima el ojo atento De la taza de mármol no quitaba, La imagen de su rostro macilento Contemplando que el agua reflejaba; Y al fin, con un suspiro y con acento Cuya tristeza el alma traspasaba, Con el mirar en ella siempre fijo, Así á su imagen transparente dijo:

«¿Quién eres tú que pálida me miras »Debajo de la trémula corriente? »¿Quién eres tú que como yo suspiras »Con triste faz y en ademán doliente? »¿Eres algún espíritu que giras »Por los senos del agua transparente, »En pos del bien á quien perdido lloras, »Y en el lugar en que se oculta ignoras?

»¡Ay! no le busques, sombra enamorada: »No te fatigues más, alma perdida. »Vete, sombra: ya amor no hay en Granada: »Alma, vete: en Granada ya no hay vida. »Mira: yo estoy también abandonada »Como tú, y en el alma estoy herida: »¡Ay! yo busco también á los que adoro »Y el sitio en donde están como tú ignoro.

»Mas ¿por ventura buscas á tu esposo? »¿Á tu padre tal vez? Los dos se han ido. »El Cielo estaba obscuro y tempestuoso, »Rugía el huracán cuando han partido. »Iban á pelear: era forzoso: »La tempestad allá les ha cogido... »¿Padres y esposos buscas? ¡insensata! »Míralos... el Genil les arrebata.

»Vete, pues: aún no han vuelto de Lucena. »Mas ¿por qué así me miras, sombra vana? »No me mires así: me causas pena. »¿Quién eres?... mas ¿te ríes? ¡Ah villana! »¡Tú eres alguna esclava nazarena! »Sí, sí: ¡Tú eres la pérfida cristiana! »Que me le hechiza el corazón ahora »¡Con su infernal amor!... toma, traidora.»

Dijo y tiró la lámpara á la fuente: Con hueco són al sumergirse en ella, El agua helada salpicó su frente. Quedó en tinieblas el jardín: la bella Y enamorada aparición doliente Se disipó, sintiéndose su huella Primero del jardín entre las flores, Y luego en los sombríos corredores.

LIBRO NOVENO

PRIMERA PARTE

Yo era ayer como luna llena y esplendorosa y hoy soy como estrella que desaparece.

AZZ-EDDIN ELMOCADDESSI.

INTRODUCCIÓN

¿Qué sabe el corazón lo que desea? ¿Qué sabe de su mal ni su ventura? Nada le satisface que posea: Cuando no tiene, poseer procura; No hay fealdad que, como ajena sea, No tenga para si por hermosura: No tiene bien que mal no le parezca, Imposible no ve que no apetezca.

Tal anhela respetos y se infama: Tal blasona de honor y se envilece; Aquél cree que aborrece lo que ama, Cree que repugna aquél lo que apetece; Éste recoge lo que aquél derrama, Consigue el otro lo que no merece; ¡Oh miserable corazón humano, Como de polvo vil mísero y vano!

¡Mísero corazón que juzga eterno Todo lo deleznable y quebradizo, Y sumiso lo adora y lo ama tierno; Que ciego, pertinaz, antojadizo, Equivoca el Edén con el Averno Y el milagro real con el hechizo! ¡Mísero corazón que diviniza Todo lo que es como él polvo y ceniza!

¿Quién dijo: «no lo haré» que no lo hiciera, Ni quién «no lo amaré» que no lo amara? ¿Quién hubo que por ver no se perdiera, Ni quién que por burlar no se burlara? ¿Qué afición no empezó débil quimera Y no acabó pasión que avasallara? ¡Mísero corazón que nada sabe, Y de quien solo Dios tiene la llave!

Una carta, un recuerdo ó un suspiro Hacen en sus instintos y aficiones Tomar al corazón diverso giro, Distinta fe, distintas opiniones. Unas horas de ausencia ó de retiro Cambian las simpatías en pasiones, Y un dulce y solitario pensamiento Da á una pasión volcánica alimento.

Una pasión que cambia nuestra esencia, Una pasión que va con nuestra vida, Que corroe voraz nuestra existencia: Por cuyo ardiente amor todo se olvida, El deber, el honor y la conciencia, El padre tierno y la mujer querida: Una pasión que forma nuestra suerte, Nuestra fe, nuestra vida, nuestra muerte.

Y esa pasión preñada de misterios, De crímenes tal vez é infamias llena, Que pierde las familias, los imperios, Que las almas sacrílega condena, Es la historia de entrambos hemisferios: Oña, Clorinda, Deyanira, Elena, Cleopatra, Raquel, Dido y Lucrecia, Son las de España, Italia, Egipto y Grecia.

¿Qué cosa empero es el amor? Se ignora. Es un grande placer ó un dolor grave, Que dicha ó mal eternos atesora. ¿Cómo viene ó se va? Nadie lo sabe, Aparece y se extingue en una hora: En ningún sér está y en todos cabe; Los poetas le cantan y le cuentan: Los pueblos le maldicen y lamentan.

Dios, sin embargo, dámosle no pudo Como pasión desoladora y fiera, Sino de la tristeza para escudo, De esperanza y de fe como bandera. Dios no creó el amor torpe y sañudo Que desola, emponzoña y desespera, Sino el amor feliz, íntimo y tierno, Memoria y prenda de su amor eterno.

El hombre imbécil, cuya torpe mano Mancha é impurifica cuanto toca, Fué el que hizo de un instinto soberano Una pasión desaforada y loca. Del hombre ha sido el corazón villano, Del hombre ha sido la profana boca, Los que del dón mejor del alto cielo Han hecho un germen de miseria y duelo.

De ella luego el infierno apoderado, Contra el hombre volvió sus beneficios: Hechizó al corazón enamorado De su amor con los torpes maleficios: Le arrastró con su amor desesperado Á los más insensatos sacrificios, Y le inmoló su honor, su fe, su calma, Y, renunciando á Dios, vendió su alma.