Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 1
Part 9
Fresca, gentil, risueña, Á la primera luz de la mañana Se despertaba la ciudad sultana, De cien ciudades orgullosa dueña: La ciudad del amor y de las flores: La ardiente y hermosísima africana, Que reclina su frente soberana Sobre el fresco tapiz de mil colores Que á sus pies tiende su florida tierra, Y cuyas orlas por doquier remata Con caireles de lázuli y de plata, Ya el mar que en torno de ella se dilata, Ya la nevada fronteriza sierra.
Asomado á un balcón de la alta torre Llamada de Comares, cuyo asiento El Darro besa que á su planta corre Regando huertas mil en curso lento, Esperaba el Rey árabe la hora De recibir al castellano Vera, Quien no quería que en la Corte Mora La venidera aurora Su embajada sin dar le amaneciera.
La gente granadina Con la nueva alarmada De aquella ceremonia, aglomerada Ante Bib-el-Leujar, la matutina Luz aguardaba con afán, curiosa De conocer el fin de esta embajada, Más misteriosa cuanto no esperada.
Mil interpretaciones Daba á su objeto el vulgo: comentaban Los viejos y santones Las causas y políticas razones Que pudieron mover al Rey cristiano Á enviar á la ciudad del africano La enseña militar de sus legiones: Mas fatigaban el discurso en vano; Ignoraba hasta el Rey las intenciones Con que vino á su Corte el castellano.
Este á su vez, y en tanto, prevenido Para cumplir con su misión, oía, Desde la torre que ocupaba, el ruido Que de ella al pie la multitud hacía. Ya antes del alba con atento oído, Ojo sagaz y espíritu mañero, La situación inspeccionado había De la árabe ciudad el caballero.
De pechos en la almena De su torre moruna, Al resplandor de la creciente luna La contempló de fortalezas llena, De muros bien cercada, Bajo un clima feliz y en cultivada Campiña, rica, saludable, amena, Por tres ríos á par fecundizada, Y favorita, en fin, sin duda alguna Del amor, de la próspera fortuna: Y el noble castellano, inteligente En el arte y estudios de la guerra, Vió que estaba en su tierra Bien prevenida la africana gente.
Comprendió de Don Juan el buen sentido En la quietud de su nocturna vela, Que había el moro Rey, muy entendido, Coronado sus torres y alminares Por uno y otro atento centinela, Y diestra y sabiamente repartido Sus vigías y puestos militares: Concluyendo por fin Don Juan de Vera De la ciudad entera La nocturna revista, Diciéndose á sí mismo sin reparo Cuánto iba á ser al Castellano caro Lograr de aquella tierra la conquista.
Hallábase en la torre todavía El buen Comendador, rectificando Á la primera luz del nuevo día El juicio que hecho por la noche había, Cuando vió que á su torre aproximando Un escuadrón de Moros se venía, La plaza del aljibe atravesando. Dejó la almena, convocó su gente Y, á la plaza bajando, La tendió de los Árabes enfrente.
Entonces el wazir, que administraba La justicia del reino Y el gobierno interior de la alcazaba Del granadino Rey, ante la fila De los jinetes árabes saliendo, Fuése para Don Juan, con faz tranquila Y sosegada voz así diciendo:
«La fe de Aláh te alumbre, castellano. »Has demandado con la luz primera »Al Rey hablar: ven pues, que ya te espera »Del Consejo en presencia el soberano.» Encontrando la arenga algo altanera Y contemplando al Árabe un momento, «Vamos» dijo no más Don Juan de Vera: Y á paso noble, majestuoso y lento, De la ancha plaza atravesó el espacio Que apartaba no más su alojamiento De las doradas puertas del palacio.
De la soberbia torre de Comares En la ostentosa cámara, alfombrada Con alkatifas persas, perfumada Con pebeteros de oro y con millares De extrañas, ricas y olorosas flores Que en sus pensiles dan los Alijares, Esperaba Muley al castellano En medio de su Corte y su nobleza, Queriendo ante los ojos del cristiano Hacer ostentación de su grandeza.
Con la rosada luz de la mañana Resplandecía en toda su hermosura La labor africana De aquella estancia regia, que figura Un pabellón de rica filigrana, Trabajo de algún Genio por ventura Según la tradición mahometana.
En torno de Muley, sobre divanes De púrpura, los viejos consejeros, Los kadís y los nobles capitanes Del ejército, estaban los primeros. De su Rey menos cerca, De pie, con respetuosos ademanes, Los demás cortesanos caballeros Ocupaban el patio de la alberca Á sombra de sus frescos arrayanes.
El estanque y las fuentes del palacio, Ornadas con vistosos surtidores, Poblaban el espacio De caños de cruzados saltadores Que, deshechos en gotas en la altura, Doblaban del ambiente la frescura Como perlas cayendo entre las flores, Que al borde crecen de la alberca pura Llena de pececillos de colores.
Del wazir precedido Y de diez caballeros Castellanos Por decoro seguido, Armado de los pies hasta las manos, Del manto de Santiago revestido, Con apostura grave y altanera, Por medio de los nobles Africanos El patio atravesó Don Juan de Vera.
Torva mirada de los ojos fieros Del círculo de Moros caballeros Pesó sobre Don Juan desde su entrada, Manteniéndose en él tenaz, clavada, Hasta los pies de el granadino trono; Bien revelando el animoso encono Con que su roja Cruz se ve en Granada.
Don Juan, empero, en ademán tranquilo, Y mesurado aunque orgulloso porte, Avanzó hasta el marmóreo peristilo Que da entrada al salón do está la corte: Llegó hasta el trono de Muley, y en tierra, Sin humildad, hincando una rodilla, Presentóle una caja en que se encierra Su regia credencial dada en Sevilla.
Tomóla sin abrirla el Africano Con altivo desdén, y del prolijo Ceremonial haciendo al castellano Amplia merced, lacónico le dijo: «Ya te escucha Muley: habla, cristiano.» Púsose en pie Don Juan, y con pausada Voz, que pudo entender el más lejano, De esta manera expuso su embajada:
«Yo, Don Juan de la Vera, caballero »Comendador del Orden de Santiago, »En nombre de mi Rey vengo: primero, »Á reclamar el atrasado pago »De tu tributo anual íntegro, entero, »Y después, de Castilla con Granada »La tregua á prolongar, que es acabada.»
Dijo Don Juan y enrojeció el semblante Del Árabe la cólera: en la estancia Rumor universal cundió al instante De indignación terrible, la arrogancia De tal mensaje oyendo: más de un guante Se alzó en contestación de su jactancia: Más de un Moro dió un paso hacia adelante, Puesta la mano en el alfanje: empero Sus iras atajó Muley severo.
«Cristiano (dijo el Rey con voz airada), »Ve á decir á los Reyes castellanos »Que han muerto ya los Reyes de Granada »Que pagaban tributo á los cristianos: »Que la moneda entonces acuñada »No conocemos ya, ni nuestras manos »Labran ya más metales que el acero »De que forja su arnés el caballero.
»Oiste: parte, pues. Yo te perdono »La vida y la embajada. Á la frontera »Del reino salvo llegarás: mi encono »No infringirá mi fe: mas la postrera »Colina al transponer donde mi trono »Se respeta y tremola mi bandera, »De mí hablar oirás, yo te lo juro, »Castellano. Ve en paz, que vas seguro.»
«Moros, dijo Don Juan con altanero Mas tranquilo ademán: si mi mensaje Os ofendió, ved bien que el mensajero Ni un punto le ha añadido: mi lenguaje Fué exactamente el de mi Rey: y espero Que ninguno por él me hará el ultraje De esquivar con desdén, si es que me halla, El bote de mi lanza en la batalla.»
Dijo Don Juan. Los nobles Africanos, De los valientes siempre apreciadores, Abrieron en silencio á los cristianos Paso, ahogando en el pecho los rencores De raza y religión. Los castellanos Volvieron á montar sus piafadores Corceles: y, dejando á rienda suelta La ciudad, dieron á Castilla vuelta.
* * * * *
Cuando el sol de aquel día en Occidente Irradiaba sus últimos reflejos, Ya transponía la cristiana gente Los cerros fronterizos. Á lo lejos Les vió desde sus torres impaciente El árabe Monarca, cuyos viejos Mas perspicaces ojos todavía Penetran la confusa lejanía.
El brillo de las lanzas castellanas Apenas se sumió en el horizonte, Y apenas, embozada en sus livianas Sombras, la noche á descender del monte Comenzó, cuando Hasán sus africanas Armas pidió diciendo: «Que se apronte »Una hueste elegida y numerosa »Á partir en la noche silenciosa.»
«Yo la conduciré.» Llamó en seguida Á su wazir Abú-l'Kazín, que era Gobernador de la ciudad, y «cuida »(le dijo) bien de que se cumpla entera »Mi voluntad. Después de mi partida »Pon á Aija en una torre prisionera »Con su hijo, y á habitar manda que vaya »En el Generalife la Zoraya.
»Ten á ésta como mi única sultana, »Á Aija y Abú Abdil como traidores. »Yo á tocar á una villa castellana »Una alborada voy con mis tambores, »Y tardaré lo más una semana »En volver á la Alhambra. ¡Ea, señores, »Á caballo y silencio! los soldados »En Bib-arrambla esperan convocados.»
Dijo Muley, su intimación postrera Dirigiendo á sus guardias: y, montando En su caballo de batalla, que era Un árabe veloz, partió tomando La cuesta de Gomeles, con guerrera Planta en la plaza real desembocando: Y, al frente de su hueste, de Granada Salió á empresa de todos ignorada.
LIBRO TERCERO
ZAHARA
I
GONZALO ARIAS DE SAAVEDRA
Está Zahara en una altura Entre montaña y colina, Sentada en la peña dura Que asoma la cresta obscura Por entre Ronda y Medina.
Cuando encienden los cristianos De noche hogueras en ella, No distinguen los paisanos Si son sus fuegos lejanos Luz de atalaya ó de estrella;
Y cuando el alba naciente Dora la almenada villa, Se confunde fácilmente Con la armadura que brilla El riëlar de la fuente.
Sus atalayas pusieron Los moros en ella un día, De fosos la circuyeron, Y apriesa la abastecieron Porque el invierno venía.
Tuviéronla muchos años De los cristianos guardada, Con mil ardides extraños, Causándoles muchos daños En guerra tan prolongada.
Á la sombra guarecidos De sus breñas y pinares, Bajaban como bandidos Y robaban atrevidos Alquerías y lugares.
Toleraban los cristianos En silencio sus desmanes: Pero pensando á las manos Coger á los africanos De aquel peñón gavilanes.
Estaban los insolentes, Aunque pocos, confiados, Conociéndose valientes: Los cristianos, más prudentes, Les cogieron descuidados.
Todos los de aquella tierra, Procurándose en secreto Mil utensilios de guerra, Atravesaron la sierra De asaltarla con objeto.
Y una noche la asaltaron, Y guardarla no supieron Los Moros que la fundaron; Cinco veces la cobraron Y otras cinco la perdieron.
Entonces los vencedores Doblaron su alta muralla, Y abrieron fosos mayores Para guardar previsores La prenda de la batalla.
Estrecha y sola una senda Dejaron en todo el cerro, Porque mejor se defienda, Si se empeña otra contienda, Su sola puerta de hierro.
Por eso en sus torreones Y en sus anchos murallones Guardó la morisca villa, Sobrepuestos, los blasones De los Reyes de Castilla.
Tal es Zahara: y en la altura Del cerro en que está fundada, Y por la fragosa hondura De sus barrancos guardada, Siempre estuviera segura.
De los Moros, como el nido De un águila suspendido En inaccesible peña, Si menos la hubiera sido Su fortuna zahareña.
Pero su alcaide cristiano Nació con estrella aciaga, Y Dios apartó su mano Del infeliz castellano, Y el rayo de Dios la amaga.
Porque ¡ay! ¿qué la han de valer Su muro y torres de piedra, Si los ha de mantener, Sin fortuna y sin poder, Gonzalo Arias de Saavedra?
¡Desventurada es la historia De este buen Gobernador, Bravo capitán sin gloria, Blanco de mala memoria Y de fortuna peor!
Desdichada fué su raza: No hubo cálculo ni traza Que al revés no le saliera, Ni bando, opinión ó plaza Que, suya, prevaleciera.
Siguió su padre Hernán Arias De Enrique el Rey las banderas Á las de Isabel contrarias, Y perdieron las primeras Sus empresas temerarias.
Del de Cádiz se allegó Hernán á los partidarios, Y el encono se extinguió De los grandes sus contrarios, Y Hernán Arias se fugó.
De los Moros amparóse Y por los Moros mantuvo Á Tarifa; mas tornóse La suerte: capitulóse, Y Arias que entregarse tuvo.
Caballeros en Castilla Intercedieron por él, Y, olvidando su mancilla, Le indultó Doña Isabel Confinándole á Sevilla.
Bien único hereditario, En su aljarafe tenía Un torreón solitario, Y allí su infortunio varió Fuése á llorar noche y día.
Mas he aquí que maltratado Por el tiempo el edificio, Y él imposibilitado De gastar sólo un cornado De su hacienda en beneficio,
En un temblor que agitó Las tierras circunvecinas Su torre se desplomó, Y Hernán Arias pereció Sepultado entre sus ruinas.
¡Desventurado Hernán Arias! Las estrellas tan contrarias Le fueron en paz y en guerra, Que hasta se le abrió la tierra Sin exequias funerarias.
Su hijo Gonzalo, heredero De su fortuna fatal, Aunque habido por guerrero Valiente y buen caballero, Lo pasó siempre bien mal.
De su padre la memoria, Lo siniestro de su historia Y proverbial desventura, Le hicieron, sin prez ni gloria, Pasar una vida obscura.
Dotado de alto valor, De ciencia y destreza rara En la guerra, con honor De alcaide gobernador Le enviaron al fin á Zahara.
Dióle la reina Isabel Compadecida este cargo: Pero, dándoselo á él, El mejor panal de miel Se le hubiera vuelto amargo.
Era Gonzalo un valiente Y entendido capitán, Tan audaz como prudente: Mas ¿qué hará si no le dan Ni bastimentos ni gente?
«Tu lealtad y tu bravura »Tendrán á Zahara segura» Le dijeron, y le enviaron Á Zahara: mas no contaron Con su innata desventura.
Sin víveres y sin oro Con que pagar sus soldados, No puede ni su decoro Sostener, ni contra el Moro Tenerles subordinados.
Su gente se le rebela Y él, sólo, en continua vela, Su fortaleza recorre, Y hace á veces centinela El mismo en alguna torre.
«Si no por obligación, »Por vuestro bien ayudadme,» Les dijo en una ocasión: Y su alférez Luis Monzón Contestóle ébrio: «Pagadme.»
Y el pobre Gobernador, Sin influencia y sin pan, Se vió inútil capitán De gentes que sin temor Ni amor hacia él están.
Pedía al gobierno amparo De víveres ó dinero: Pero el gobierno reparo No ponía, y el frontero Seguía en su desamparo.
Dos veces quiso salir Á correr la mora tierra: Mas sus gentes, al oir Que se trataba de guerra, No le quisieron seguir.
Tal era la situación De Zahara en esta ocasión; Tal es el afán que arredra El brío del corazón De Gonzalo Arias Saavedra.
Por eso sus castellanos Se están mal entretenidos En casa de los villanos, En pensamientos livianos Con las mozas divertidos;
Pues por demás licenciosos Son siempre nuestros soldados, Cuando en puestos apartados Les dejan vivir ociosos, Por libres ó mal pagados.
El Rey moro, que sondara Su abandono y su pobreza, Se dijo: «Es cosa bien clara Que me da la fortaleza Quien así la desampara:
Conque tomarla es razón.» Y Hasán dispuso á este fin Misteriosa expedición, Dándole gente en unión La Alhambra y el Albaicín.
Salió, pues, de la ciudad Muley en la obscuridad, Sin decir de esta salida La razón desconocida, Para más seguridad.
Y es fama que el Africano, De Bib-arrambla al pasar Bajo el arco, dijo ufano: «Le tengo de festonar Con cabezas de Cristiano.»
Era una tarde nublada De tormenta amenazada: El viento ronco mugía, Y en anchas gotas caía Á espacios lluvia pesada.
Cerróse en obscuridad El cielo: la tempestad Desgarró las nubes pardas, Y brilló en las alabardas El relámpago fugaz.
Entre la enramada espesa De un pinar de que se ampara, Con la gente de su empresa Iba Muley á hacer presa En la descuidada Zahara.
Caídos los martinetes Sobre las mojadas telas Revueltas á los almetes, Caminaban los jinetes El lodo hasta las espuelas.
Mohino el Rey por demás, De los pasos el compás Oyendo con mal humor, Iba: junto á él un tambor Y los peones detrás.
Tras éstos los saeteros Y hasta cien arcabuceros: Luego los escaladores, Luego trompas y atambores, Y luego los ingenieros.
Tras ellos, en pelotones Flanqueados por dos alas De jinetes con lanzones, Muchos negros con escalas Para entrar los torreones.
La media noche sería, ¡Espantosa noche á fe! Cuando de la roca umbría Sobre que Zahara dormía Se detuvieron al pie.
Contó el Rey cuidadosamente Las hogueras y señales, En que convino prudente Con sus guías, y la gente Partió en dos bandos iguales.
Guardando el cerro dejó Los jinetes: apostó Los saeteros mejores, Y él con los escaladores Por el peñasco trepó.
La obscuridad, la tormenta, Patrocinan su ascensión Ardua, silenciosa y lenta: Todo Muley lo hubo en cuenta Con astuta previsión.
El ruido de sus pisadas Sofoca el ruido del viento, Y las aguas despeñadas Por las ásperas quebradas Con estrépito violento.
Tal vez descienden rodando De roca en roca chocando Pedazos de las montañas, Pinos, chozas y alimañas Consigo al valle arrastrando.
Tal vez una encina añosa, Arraigada en un peñón Todo un siglo, estrepitosa Se rompe con temerosa Y atronadora explosión.
Tal vez algún lobo, fuera De su cueva sorprendido, Bajo una peña cogido Invoca á la muerte fiera Con un espantoso aullido.
Tal vez por algún torrente Arrastrada una serpiente De un precipicio á la hondura, Rasga la atmósfera obscura Con un silbido estridente.
¡Horrible noche es aquella, En que, mientras contra Zahara Ronca tempestad se estrella, De la tempestad se ampara Muley audaz contra ella!
La villa desventurada, Por el viento sacudida, Por el turbión anegada Y en las tinieblas velada, Reposaba adormecida.
Apena en un torreón De su vieja ciudadela, Encogido en un rincón Murmura escasa oración Un cristiano centinela.
Tal vez duerme sin afán Al calor de su gabán En su garita, al arrullo Que viento y agua le dan Con su continuo murmullo.
Y tal vez, sobre la mano La barba y en la rodilla El codo, sueña el cristiano Una aurora de verano En un lugar de Castilla.
II
¡Tremenda noche! La lluvia, Desgajándose á torrentes Por las quebradas vertientes De la sierra, con fragor Á la hondura de sus valles Consigo arrastrando baja Los árboles que descuaja Del vendaval el furor.
¡Tremenda noche! Iracundos Los rebeldes elementos Amagan de sus cimientos Las montañas arrancar: Y, en la cresta de la roca Donde se halla suspendida, Con ímpetu sacudida Tiembla Zahara sin cesar.
Á una aspillera asomado De su antigua ciudadela, El buen Arias está en vela, Ocupado en escuchar Los rumores que á su oído En sus alas trae el viento, Y un fatal presentimiento No le deja sosegar.
Nada sus tenaces ojos Ven en noche tan cerrada: No percibe ni oye nada En la densa lobreguez, Más que el velo tenebroso Y la voz de la tormenta, Cuya furia se acrecienta Con horrible rapidez.
Á sus pies reposa Zahara: Sus tejados ve, á la lumbre Del relámpago, en la cumbre Donde el pueblo se fundó: Mas la roja llamarada Que el relámpago refleja Le deslumbra y no le deja Comprender lo que á ella vió.
Al resplandor instantáneo Con que el pueblo se ilumina, Cree tal vez ver la colina Con el pueblo vacilar: Y á veces, en el instante De iluminarse de lleno, Cree ver de Zahara en el seno Vagas visiones errar.
Blancos bultos, misteriosas Sombras, móviles reflejos Tras los muros á lo lejos Moverse y lucir cree ver; Cual si, haciendo de ellas vallas, Los espíritus del monte De sus torres y murallas Se quisieran guarecer.
¡Delirios vanos! ¡Quimeras De su débil fantasía! Pasa el pobre noche y día En continua agitación, Y, con fe supersticiosa Creyendo en su fatalismo, Recela hasta de sí mismo, Trastornando su razón.
¡Ilusiones! Arias sólo Oye el vendaval que brama Y el agua que se derrama Por los tejados rodar, Y en los muros del castillo El rumor acelerado De los pasos del soldado Que acaban de relevar.
Oye el sordo remolino Con que rueda la tormenta Haciendo girar violenta Las veletas de metal, Y zumbar estremecida La mal sujeta campana, Y temblar en la ventana El desprendido cristal.
Todos reposan en Zahara, La atalaya de Castilla: Sólo se oyen por la villa, En la densa obscuridad, El agua de las goteras Y el rumor del vago viento, Que ruge con el acento De la ronca tempestad.
Sólo en apartada torre Del mal guardado castillo, Con el fulgor amarillo De una lámpara al morir, Velan algunos soldados Y se siente desde fuera El rumor de una quimera Y jurar y maldecir.
Óyense sus carcajadas, Sus apodos insolentes: Pues en esto han tales gentes Contentamiento y placer; Se juntan en borracheras Para acabarlas riñendo, Y vuelven en concluyendo Desde reñir á beber.
Y al calor de las orgías Y al vapor de los licores, Disertan de sus amores En obsceno platicar; Pues su lengua irreligiosa, Sin respetos y sin vallas, Sólo de sangre y batallas Ó mujeres ha de hablar.
De éstas se miran algunas, Con los soldados más mozos En impúdicos retozos Y deshonesto ademán, Que, osadas y descompuestas, Ó blasfemando ó riñendo, Hasta embriagarse bebiendo Desatinadas están.
La trémula llamarada De una hoguera agonizante Presta á su rudo semblante Una expresión más feroz; Y, recibiendo la bóveda La algazara en su ancho hueco, Remeda con largo eco La desentonada voz.
Harto de vino y de amores, En dos bancos apoyado, Cantaba un viejo soldado Al són de un roto rabel, É hiriendo á compás la mesa Con plato, jarra ó cuchillo Aullaban el estribillo Ellos y ellas con él.
Brindaban, y á cada brindis Insensatos blasfemaban, Y reían y danzaban Completando la embriaguez: Y sus sombras, en silencio, Gigantescas, agitadas, Cual fantasmas convidadas Erraban por la pared.
«¡Á ellos!» gritaron voces: Y entraron el aposento, Diez á diez y ciento á ciento, Los moros del Rey Hasán; Y apenas á las espadas Acudieron los cristianos, Les cercenaron las manos En donde tan mal están.